Habla Carmen

Craig_Hamlet_final_scene_photoLeón, que no tenía a don Florentino por embustero, aunque sí urdidor y liante, como acababa de sufrir en sus propias carnes, se conmovió con la semblanza que había hecho de don Armando Centenera, pero no quiso perder la ocasión de expresarle sus quejas. Don Florentino hizo una pausa por la que León vio la ocasión de meter baza.

—Lo que me cuenta es muy conmovedor —dijo—y créame que me entristece, pero necesito decirle que no ha estado bien lo que ha hecho conmigo ¿Acaso no me lo podía haber propuesto aquí? Quiero decir a mí personalmente, usted y yo solos. Incluso, su proposición, tal como le digo, hubiera respondido mejor a los criterios de seguridad de los que me ha hablado ¿A qué viene ese montaje?

—¿A qué viene? A que es efectivo. Por la confianza que te voy teniendo y por la amistad que vamos fraguando, te diré que tú y yo, aquí en este gabinete, no habríamos sacado nada en claro, todo habría quedado como una charla o elucubración alrededor de una mesa camilla. No, mi querido León; cuando se quiere algo, hay que coger el toro por los cuernos y jugársela. No sabes bien cómo te necesitamos, y sin embargo sabes cuánto deseo que todo esto acabe y no haya que falsificar más documentos, o en todo caso, que no sea perentorio y menos de vida o muerte, sino por otros menesteres también honestos, pero velados al común de los mortales. Pero eso tiene otro alcance y es pura especulación propia.

León observó y sintió que don Florentino había pasado a otro nivel de confianza, como si él mismo, con su actitud y aceptación hubiera ascendido en su estima, como si la adopción del joven, si se puede decir de esa forma, estuviera en vías de completarse; y luego estaba el tuteo, que León no adoptó en reciprocidad, dada la posición en la que situaba a don Florentino, en la jerarquía social y familiar, aunque eso no había llegado todavía por más que lo deseara. Pero presintió que don Florentino estaba dispuesto a cerrarle las vías para la queja.

En estas llegó Trini armada de mantel, servilletas, vajilla y cubiertos, que colocó en un santiamén. Ahora viene la tortilla, dijo. Y don Florentino: No se te olvide el vino.

—El vino es de una cosecha de antes de la guerra. Hubo un cierto esplendor en esta casa en tiempos de mi padre —dijo don Florentino—; no supe ni fui capaz de seguir su estela; todo su empeño consistía en ganar dinero para nosotros, con sus almacenes y transportes; mucho se esforzó en que yo lo siguiera, pero el arte y el teatro… Nos dejó bienes y rentas, y de ello vamos tirando; mi madre con su sueño de tiempos pasados, y en lo que a mí respecta, ya ves… ¿Sabes quién me importa? Carmencita. Carmencita es como… como mi hija, y no quiero que siga mi camino: el arte, si no eres de verdad un genio y, por el contrario, uno del montón, con más pena que gloria, no te da grandes satisfacciones, y si careces de un colchón, como es mi caso, con lo justo para mi madre y para mí, sobre todo para ella y su ensoñación, vivirás en la miseria, con grandes aspiraciones, pero en la miseria. Y lo mío da para cuatro, pero no para toda la vida. No te puedo ser más franco, con perdón —don Florentino sonrió—. Veo que te quiere —ahora quien sonrió levemente fue León—y tú a ella, eso me da tranquilidad… Así que estudia, que es lo tuyo, y llévatela.

El joven no tuvo más remedio que dar una profunda calada para aplacar los nervios y la ira que le iban creciendo, y se vio obligado a protestar enérgicamente.

—No es justo lo que dice ni sé a qué es debido, parece mentira don Florentino ¡Carmen es una gran actriz!

***

Apenas habían dormido y la luz que penetraba a través de unos visillos limpios y gastados, como de papel de fumar, iluminaba la pequeña alcoba. Con cautela se lo había dicho, insinuado, a su amiga y compañera, Pura Soler, y ella le había dejado las llaves. El color del nuevo día, el calorcillo de la cama y el roce les arrebató el ánimo para continuar el encuentro. Después hablaron; había que decirse lo que no se habla en la calle ni en los cafés.

—Creo que con el tiempo nos deberíamos casar; este curso termino y, la verdad, no creo que me cueste establecerme —León abandonó el tono meloso de las ternuras. Antes había encendido un cigarrillo. Expulsó el humo hacia el techo—. Viviríamos en nuestra casa…

—O te vienes a la mía… Mi madre…

—Sola no se quedaría, y menos ahora con Paquita —León, por no repetirlo, nada habló de lo mucho que lo conmovía el detalle de haber recogido a la niña.

—No sé cómo lo ves tú —Carmen sintió también la necesidad de fumar—, de eso no hemos hablado, tampoco llevamos tanto tiempo y no hace mucho ni siquiera nos conocíamos, como para pensar en estas cosas… te quiero decir que mi vida es el teatro, desde niña lo llevo conmigo, y no quiero dejarlo; es bueno que lo sepas, por si habías pensado otra cosa o hay quien trata de inculcártelo. Espero que algún día llegue mi momento, o puede que nunca, pero no lo descarto, mi momento, quiero decir. Trabajo y estudio mucho, ya lo ves. Para mí el trabajo no consiste en aprender los papeles y hacerlos como yo, es decir, adaptarlos a mí, para que sea yo el personaje; prefiero entenderlos, imaginar qué hacen y cómo son fuera de la escena y del texto, ser ellos, ellas, mejor dicho, y es posible que eso me perjudique, pero así me lo enseñó don Florentino cuando empezó a frecuentar mi casa e hizo las veces de padre y maestro. Me habló de los nuevos métodos, de los Meininger, Stanislavski, Antoine, Jarry, Appia, Gordon Craig, Meyerhold; del resurgir de Chejov…

Hablaban mirando al techo, fumando hacia el techo, como si el techo fuera el mudo testigo de la conversación, pero en este punto Carmen se volvió hacia León, lo miró con intensidad y remató:

—El teatro es mi vida y ahora también lo eres tú, y no quisiera que fuerais antagónicos.

—Claro que llegará tu momento —le dijo él, y con el índice le acarició la mejilla.

—Llegará o tendré que hacer como las demás, encarnar un tipo, que la crítica y el público digan: Este papel le cae a la Rivas que ni pintado —Carmen dijo esto con voz impostada y rompió a reír. De pronto se puso muy seria, apagó el cigarrillo y se anudó al cuerpo de León. Dijo: No me apartes del teatro, nunca lo hagas, mi amor. Y lo besó con pasión y dulzura el cabello, las mejillas, los labios, el cuello, el pecho…

Sobre la imagen: Escena final de Hamlet sobre un montaje de Gordon Craig en el Teatro del Arte de Moscú (1911)

©Alfonso Cebrián Sánchez

Esta es una obra de ficción. Los hechos y personajes son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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