El banco de Soledad (y 2)

-¿Cómo le voy a decir que esto es muy bonito pero no tiene venta?

Telas de raso, de seda, brillantes, lisas, estampadas; vestidos escotados de la espalda estampados de flores o rayas de alegres colores; medias de cristal con costura, ligueros; bragas y sostenes de raso con puntillas vaporosas…

-¡Quite usted hombre; guarde eso!

Y desde dentro el marido:

-Pero mujer, déjale…

Castañetea el rumor de la cortina que aísla el comercio del sol de la calle, entra en el recinto la mujer de la estación, pide una bobina de hilo negro y un metro de goma negra ancha. El día ha sido sofocante pero ella viste de negro riguroso, sin velo ni pañuelo a la cabeza. La penumbra del local no evita que su cabello emita reflejos de azabache. Ha dado las buenas tardes con voz queda y ronca y se ha marchado con la misma frase. La mujer mira de frente y no esconde los ojos enmarcados por la lividez de las profundas ojeras que no resaltan más por causa de su piel morena. Es alta y esbelta; bajo los lutos se adivina la altivez de su pecho y se puede apreciar la lisura de su espalda.

-Es extraña esta mujer, siempre en la estación, como esperando a alguien que no acaba de llegar -dice el viajante mirando el revuelo de la cortina.

-¿Quién, la Sole? -pregunta retóricamente la dueña de la tienda. Si la hubiera visto antes… cuando la guerra y antes ¿Quién le manda? A estos -mira hacia la trastienda- los traía por la calle de la amargura, fueran casados o solteros, daba lo mismo; comían de su mano y todo lo que hacía les parecía bien, menos mal que ha vuelto el orden y cada cual en su sitio… Si la hubiera usted visto vestida de miliciana con el pañuelo de la CNT al cuello…

Y desde dentro, ‘Mujer, deja eso’; y ella, ‘¿Por qué lo voy a dejar? Con Vicente se puede hablar. No es que hiciera nada malo, pero, ¿a quién se le ocurre venir con esas modernidades? Vinieron los de la CNT y los de la FAI y declararon eso que ellos llamaban el comunismo libertario. Hala, fuera el dinero, la propiedad, la propiedad es un robo, decían; el matrimonio, los curas. A don Antonio le hicieron quitarse la sotana y le pusieron a enseñar la cartilla a los mayores, vaya ocurrencia. Y como era verano, se iban a la charca y se bañaban desnudos, y los niños mirando, vaya un ejemplo. Decía la Sole que había que practicar el amor libre, que se había acabado eso de ser esclavas de los hombres, ¿quién iba a fregar los cacharros y hacer las camas? Menudos son estos. Claro, mucho amor libre y no dejaba al Luis ni a sol ni a sombra; así que el Luis la dejó preñada y se fue de huyenda cuando vinieron los moros. Ella estaba con sus padres y no le dio tiempo a salir corriendo, si no es por don Antonio, el cura, aquí iba a estar. Bueno, a la Sole y a las otras de los rojos las pelaron y lo del aceite, pero no pasaron de ahí, gracias a don Antonio, repito, menuda escabechina en el pueblo de al lado… ‘Pero, ¿te quieres callar? –Desde dentro- mira que si viene alguien; aquí hasta las paredes oyen y no tengo ganas de líos. Usted perdone Vicente, pero ya sabe lo que pasa’.

-Ya, me hago cargo. Bueno, ustedes se quedan las muestras y alguna pieza. Miren a las jóvenes, las que se pasan por la capital, a lo mejor alguna pica -La dueña del comercio mira las prendas con ojos soñadores.

Pasan varios días y el calor se hace cada vez más intenso. Un reverbero asciende del suelo y envuelve como un espejismo a la mujer y el niño que se acercan a la estación. El banco de madera, vacío, espera a la sombra de una acacia la llegada de la pareja. El grupo de gorriones se apresta a recibir su ración mientras las cigarras baten sus sierras enloquecidas. Falta aún media hora y el Jefe se refresca con una cerveza al lado del viajante que toma la suya bebiendo del gollete; con la mano izquierda se da aire con un abanico de cartón en el que hay pintada una mujer vestida de largos volantes anunciando una colonia.

-Ya viene, como siempre, dice el ferroviario, ¿no se dará cuenta? Verá, una mujer del pueblo de al lado había perdido a su marido y había quedado viuda. Cuál no sería su sorpresa cuando un día todo el que estaba aquí lo vio, a su marido, bajar del tren, y corrieron a decírselo ¿Y sabe que había hecho? Había cambiado sus papeles por los de un muerto de verdad y se había escondido, y no se le había ocurrido otra que alistarse a la División Azul, mira que hay que tener idea. La Paula se había casado porque a su marido lo habían dado por muerto y así rezaba en los papeles, y uno de fuera la pretendió. Así que fíjese qué lío: la Paula con dos maridos. Andan en pleitos con el obispado; han escrito a Roma: ya decidirán. Menos mal que no tiene hijos. Ahora vive con sus padres hasta que todo se arregle; y no vale que uno de los dos renuncie, menuda es la Iglesia. Entre nosotros, el Jefe baja aún más la voz, pierde el primero, ya lo verá. Entonces, como le decía, se entera Soledad y ahí la tiene, perdido el sentido y esperando a su hombre, y no hay quien la persuada de lo contrario: está convencida de que Luis hizo lo mismo.

Soledad ocupa su banco y echa miguitas de pan a los pájaros; el niño juega a las chapas en el suelo.

Cuentan que pasados los años Soledad volvió a la estación con su hijo: se lo llevaban a la mili. Cuando el tren se marchó tirado por una máquina de gasoil, la mujer enlutada se fue a sentar a su banco y los gorriones acudieron a su alrededor con su desordenado piar.

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El banco de Soledad (1)

Soledad limpia los mocos del chiquillo que, como un gorrión más, anda a saltitos alrededor del banco de la estación. Soledad siembra el suelo de migas de pan, que las aves picotean al haber perdido la desconfianza. El jefe de Estación pasea con la bandera plegada bajo el brazo y mira con simpatía al cuadro estático en que se han convertido la mujer y el niño. El tren está a punto de llegar.

Soledad ya sabe medir la proximidad de la máquina. Con minuciosidad ha estudiado los movimientos del funcionario, los pasos, las señales de la bandera; el piafar del vapor, el chirrido de los frenos, el ritmo pausado de las bielas con un compás cada vez más piano. Es entonces cuando coge de la mano al niño y recorre con mirada ansiosa de uno en uno los pasajeros que bajan de los vagones. En alguna ocasión ha tirado de la manga de la chaqueta del hombre delgado que se vuelve con expresión interrogante; y Soledad, Usted perdone, creía…

El jefe de Estación da la salida, pliega la bandera y pasa por su despacho a firmar los partes. Desde la ventana contempla un día más a Soledad con su hijo de la mano alejarse desafiando el sol y tomar el camino descubierto e inhóspito para cubrir a pie los cerca de tres kilómetros que separan la estación del pueblo. Hay días que tiene suerte y la recoge un carro que regresa de faenar del campo; en otras ocasiones soporta la burla de quienes pasan a su lado y la escupen como si fuera una apestada.

El jefe de Estación se da una vuelta por la cantina a tomar un vaso de vino tinto. Un viajante de prendas femeninas y ropa interior está comiendo y lo invita a sentarse con él:

-Y esa mujer, siempre aquí en la estación; alguna vez la he llevado al pueblo, pero no abre la boca; y lleva sujeto al crío para que tampoco lo haga, ya he oído, pero… ¿No estará un poco loca? Tiene una forma de mirar…

-Hombre, como para no estarlo -aunque no hay nadie en ese momento, el funcionario baja la voz-, mataron a su marido, la pasearon, la pelaron y le hicieron tomar aceite de ricino; bueno, ahí es donde le duele, que ella cree que su marido vive, porque según le dijeron, a su marido lo mataron en el frente y… -De una portezuela que da a la trastienda aparece el cantinero y el Jefe continúa-, ¿Y qué tal la venta? Por aquí le va a costar colocar el género: lo que usted trae es muy atrevido y… ya sabe.

-Ya -contesta el viajante-, pero no hay que desfallecer. Verá, lo que hace falta es que haya alguna que se atreva, usted ya me entiende… luego, las demás se van animando… Y la ropa interior: esa no la ve nadie.

-Ya, pero las ven comprarla -tercia el cantinero-, y, usted me va a perdonar, pero si yo me entero, y cómo no me voy a enterar -dice con picardía.

Una muchacha de unos trece años entra en la cantina y se dirige al Jefe:

-Papá, la comida.

El viajante pide un café, paga y se adentra en la camioneta a la sombra de un olmo a dormir la siesta.

El sol empieza a bajar y no cede por eso el monótono cantar de las cigarras. El viajante se despereza y vuelve a entrar en la cantina. Pide un vaso de agua y se encamina al lavabo. Primero orina en una taza turca de uso único y después en un lavabo minúsculo se remoja la cara y ordena sus duras crenchas con un peine pequeño que lleva en la cartera.

-Hasta la semana que viene -se despide del cantinero, arranca la camioneta con la manivela y la pone en marcha.

Por amor

Ella lo adoraba.

Guardaba como un tesoro una fotografía suya y todas las noches la miraba con embeleso en la penumbra de su habitación, alumbrada por una lámpara minúscula. Pero él tenía novia, la otra. Todos los días pasaban ante su ventana. Con los ojos brillantes de lágrimas y ensombrecidos por la tristeza los veía a través de los visillos.

(En aquel tiempo la gente estaba muy sola y apenas podía expresar los sentimientos)

Desde muy pequeña había jugado con él, y desde entonces lo amaba con pasión enfermiza; sin embargo, a pesar de todo, no perdía las ganas de vivir; lo adoraba, ¿acaso su felicidad no era suficiente alimento? ¡Qué importa que se case con otra! Lo amo y eso me basta.

Él se casó con la otra y se fueron a vivir a un barrio cercano. Tuvieron dos hijos. Ella quedó de amiga solícita, que cuida a los hijos de los otros cuando van al cine o a cenar fuera, que cuida a los padres viejos; por amor le cambiaba los pañales a su padre.

Pasaron los años sin que ningún detalle, por nimio que fuera, escapara a su escrutinio; hace tiempo que no lo ve feliz; sus ojos han perdido el brillo seductor y las ojeras se hacen más lívidas y profundas. Estudia, espía, observa el tono del habla, las miradas, los gestos… y ve que una sombra espesa se interpone entre la pareja. Intenta sonsacar a la otra.

No es alegría sino tristeza lo que siente cuando ésta le confirma que el desamor se ha instalado en su casa, vamos, que tiene una amante, Y no creo que sea por mi culpa, le dice; al contrario, lo soporta esperando que sea un cansancio pasajero, ese que dicen que tarde o temprano llega. Procura saber lo menos posible, hacer que no se percata de su frialdad o falta de pasión, o los ardores desmesurados y a destiempo; se hace cargo del regreso de la oficina a horas intempestivas, de los cabellos en la camisa y del olor a otro perfume. Fue entonces cuando se constituyó en confidente y pañuelo de lágrimas de su rival. La acompañó y ayudó hasta que se hizo imprescindible. Veía, olía, sorbía las cosas de él; planchaba su ropa; cuando la otra andaba deprimida, hacía la comida; todos los días, a media mañana, preparaba café.

Hoy recorre con pasos cortos y lentos el patio rectangular de altas paredes y alambradas altas. Y él es libre.

 

Publicado en el extinto blog El cuento inacabado bajo el seudónimo de madamebovary