Seis meses

Va para seis meses que publiqué en Amazon Las aguas del olvidoNo lo voy a negar: la novela ha cosechado un rotundo fracaso en cuanto a las ventas, pero muy buenas críticas, me consta. A este respecto aprovecho estas líneas para agradecer a Isabel Fernández Bernaldo de Quirós la reseña que publicó en su blog, Apalabrando los días, así como a María, Juan, Lucy, Andrés, Reme, Leonor, Martín, Pilar, César, Carmen, Eduardo, Luchi… los comentarios que animan y confirman esta mi pasión por la escritura.

Ya me referí en estas páginas a la autopublicación y me lamenté y pedí disculpas por el desastre técnico de lo que llamaría ‘Primera versión’. A la tercera va la vencida, se conoce que me dije; y es verdad, la ‘Tercera’ salió muy bien, así que aprendí para posteriores intentos.

En cuanto al contenido, me dicen que cuesta entrar, llegar a lo que es el asunto principal; pero me parece bien: la estructura está pensada, mirada y remirada para que ese sea el resultado, para que la historia se vaya haciendo mediante alusiones y recuerdos hasta entrar en el meollo.

He leído manuales que parecen de autoayuda, consejos, procedimientos, todo ello encaminado a promocionar y vender mejor. Pero ¿qué le vamos a hacer? No hago el menor caso, ni pienso hacerlo: estoy bien así.

Tengo otras tres publicaciones en cola, una de ellas lista para salir, y haré lo mismo: la anunciaré en el blog, llevaré un puñado de ejemplares a mi librero amigo, por si vende alguno; naturalmente, me pondré muy contento cuando pueda tocar el libro, hojearlo, olerlo, mirarlo: al fin y al cabo es mi criatura; y, sobre todo, agradeceré especialmente la atención que puedan prestar los lectores, a quienes me dirijo y con quienes quiero conversar.

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No digas que no me ha salido bien el pulpo

Alguien pensará que digo una cosa y la contraria, aunque, si nos tomamos la molestia de ser muy puntillosos, en todo discurso encontraremos elementos contradictorios. Desde luego hemos de tener en cuenta lo mucho que ocultamos, aunque eso no impide que digamos mucho de nosotros —a veces demasiado— con nuestras costumbres, preferencias, reacciones, selecciones, descartes, con lo que comentamos como si fuera una banalidad; y no nos percatamos de que siempre hay alguien con el ojo avizor, con predisposición al cotilleo por simple curiosidad; pero también quien ha sido aleccionado y entrenado para observar, anotar, distinguir los pequeños cambios, los matices; y no digamos las complicidades o coincidencias.

Diego era, lo sigue siendo, un admirador incondicional de Elvira. No sé si han tenido alguna relación, no me consta, tampoco lo he preguntado ni me lo han dicho. Para Diego, Elvira es confidente, confesora, consejera, psiquiatra, de todo ¿Cómo no iba a buscar su complicidad ante un asunto tan poco común? Ellos lo sabían porque se dedican a saber cosas de los demás, a espiar, a vigilar, a controlar. No siempre les sale bien, no cuentan con la sofisticación que se les atribuye, a ellos y a otros de mayor prestigio, al menos la que aparentan o les conceden los novelistas del género, pero no les resultó difícil ganar su confianza y colaboración.

Elvira, perspicaz y lista, como me dijo, obtuvo mucho a cambio de nada. Porque la revista pasó al olvido hasta que alguien habló conmigo y me señaló que aquello no tenía sentido, que la iban a cerrar definitivamente, y que a nosotros —a Diego y a mí— nos integrarían en lo que llamó pomposamente sección de información y propaganda. Se dirigieron a mí porque Freixido ya estaba amortizado —eso dijeron—, que lo indemnizarían debidamente y que volvería a Galicia. Poco le duró el retiro; al poco tiempo murió. Así se produjo el cambio, que Diego aceptó convencido, o informado, de que había una poderosa razón para hacerlo, no necesariamente presupuestaria; además creo que se había acostumbrado a no hacer preguntas, aunque, por lo que veo, mantiene la ilusión de que yo nunca he sabido ni imaginado nada, y yo no me esfuerzo en desmentirlo.

 

Desde luego Fina es una caja de sorpresas, eso debió pensar Diego cuando reapareció precedida de agradables aromas procedentes de la cocina. Depositó sobre el centro de la mesa una fuente de almejas, otra de rape, y una última con pulpo a feira, todo fresco y reciente, y para acompañarlo, una botella fría de albariño, que pasó a Diego para que la abriera.

—Hay otra en la nevera —dijo—; por si no tuviéramos suficiente.

La comida genera camaradería y con ésta vino la confianza.

—¿Cuánto llevas en esto? —preguntó Diego.

—Ah, no, eso no se pregunta. Te voy a decir una cosa: acostúmbrate a no preguntar, no es nada bueno, hazme caso. Pero te voy a contestar. Mucho, mucho tiempo, el suficiente para haber visto de todo, cosas que ni te imaginas. Porque, claro, alguien tiene que quitar la mierda para que no huela. Todos queremos vivir seguros, que nadie nos moleste, ser felices… No tienes ni idea, nadie la tiene, de lo que hay debajo, de lo que hay que hacer para que nadie la pise y la lleve a casa en la suela de los zapatos. Aunque no todos son asuntos escabrosos o inconfesables, que es lo primero que se piensa; no cariño, en general somos de lo más pedestre; desde luego impresiona lo fácil que es traicionar, y no creas que la traición viene por la presión o la amenaza. El motor suele ser la venganza, pero no creas que ésta se genera, digo los deseos, por motivos poderosos; viene de lo más pueril. Y la envidia. Los envidiosos son un filón: cómo nos saben buscar; cómo nos encuentran. Ya ves que te hablo y te doy confianza; pero anda, no le des muchas vueltas, no digas que no me ha salido bien el pulpo.

¿Cuánto hubo de venganza?

—No, ni se me ocurrió. No tiene nada de extraño: Eugenia ejercía sobre mí un magnetismo tal, que estaba dispuesto a creer a pie juntillas lo que me dijeran; además no era disparatado ni carecía de lógica. Ten en cuenta, y eso hay que tenerlo presente, que Fina aparentaba todo lo contrario a esas arpías de las películas: media melena teñida de rubio con mechas, la tez muy blanca, los ojos grandes y azules, el pecho generoso y una figura bien mantenida para los sesenta que aparentaba. Era dulce, te miraba de frente y no te agobiaba. Sólo me acorraló cuando me enseñó la fotografía. Por otra parte, lo sabes bien, los grupos estaban infiltrados por todo tipo de policías y gente rara. No me extrañó en absoluto que también estuvieran los de la banda, como ella los llamó: en Madrid necesitaban apoyos. Lo que te puedo decir es que se me fijaron dos ideas: una, vengar a Blanca (y a mí); no era una desgraciada ni le iba mal en la vida, pero en estos casos la procesión va por dentro; no ha vuelto a ser la misma; quizá ahora, al cabo de los años, vuelve a encontrar la tranquilidad y, como comprenderás, me hace muy feliz que sea conmigo.
—¿Y la segunda?
—La segunda, estar junto a Eugenia, trabajar con ella. Así que se me nubló cualquier tentación de resistirme.

—¿Qué papel juego yo en todo esto? —preguntó Diego.
—Uno muy peligroso, no te voy a mentir; os vamos a infiltrar a Eugenia y a ti —contestó Fina.
—Pero el tal Samuel me reconocerá —objetó Diego.
—Precisamente por eso. Si lo hacéis bien, cogerán confianza.

—Fíjate la ligereza: por un lado las preguntas se me agolpaban en la cabeza; por otro, tenía prisa en acabar para estar a solas con Eugenia.
—Y te metiste en lo que fuera, vaya usted a saber…
—No, Luis, no… Nunca fui de ellos; trabajé para ellos, que no es lo mismo.
—Pues yo no veo la diferencia ¿Duró mucho?
—Un par de años, hasta que acabamos el trabajo.
—¿Sabes lo que me llama la atención? —le pregunté sin esperar respuesta—, la enorme capacidad de disimulo y ocultación de la que habéis hecho gala. Cuando hay distancia por medio, apenas relación, lo normal es no saber lo que hace otro en sus horas libres, en su intimidad, a no ser que al azar le dé por establecer un cruce, un encuentro inesperado, una situación insólita, nada imposible por otra parte, que suele llevar a interpretaciones equívocas, con la dificultad que añade al sorprendido si pretende explicarlas; en esos casos lo mejor es dejarlo estar, no dar las explicaciones que nadie te pide. Pero vosotros, sobre todo Elvira en lo que a mí respecta… No, no os lo tengo en cuenta; ayer, si lo hubiera sabido ayer, ¿quién sabe?
Diego hacía ligeros movimientos afirmativos con la cabeza como diciendo: ‘Tienes razón. La suerte para todos es que no nos hayamos encontrado por ahí en situaciones difíciles de explicar, no en vano conociste a Eugenia como una relación mía. Elvira en realidad no tuvo que hacer nada: todo se puede atribuir a su pericia; de todos modos, todo lo consiguió por sus propios méritos, sólo le dieron el primer empujoncito’. También me miraba con cara de esperar que le hiciera la pregunta que, no por obvia, forzosamente tenía que llegar:
—Entonces, Diego, ¿cuánto hubo de venganza y cuánto de Eugenia?

¿Y si te estaban manipulando?

‘¿Qué podía decir yo? Vaya si la comprendí, y parecía una amenaza; era una amenaza. Aquella mujer dulce y hacendosa se había cambiado, no te digo que en una arpía, porque el acento y la voz le daban una suavidad impropia de quien sabe que tiene que ser obedecido, de quien, una vez dado el paso y puesto las cartas al descubierto, te deja bien claro que ya no hay vuelta atrás, pero sí en alguien a quien había que temer. Y te aseguro, con aquella sonrisa y aquella suavidad, te helaba la sangre’.

—Verás, Diego —continuó—, tú has tenido relación con una tal Blanca Falcón; qué digo, una tal; si hoy es muy conocida; en fin, con esa.
—No sé de qué me hablas —protestó Diego—. No, no he conocido a nadie que se llame así; difícilmente he podido tener ningún tipo de relación con ella.
—Venga ya, Diego. A ver, ¿quiénes son estos dos? —Fina le puso delante una fotografía sacada desde lejos con teleobjetivo en la que se lo veía junto a una joven con el pelo claro.

‘Llegados a ese punto, ante la evidencia, no quise seguir negando. Me empecé a preocupar por Blanca, no fuera que pretendieran hacerle una encerrona, una fechoría. Porque en aquel momento intuía con quiénes me la estaba jugando. Y si no fueran a por Blanca, era seguro que me necesitaban, pero, pensé, ¿para qué? Y, qué gracia, simultáneamente me preguntaba por el papel de Eugenia. Por un lado me venían intenciones asesinas y por otro deseaba seguir besándola, acostarme con ella, disfrutar de ella’.

—Bien, sí, somos nosotros —dijo Diego con énfasis—, ¿a qué viene sacar esto aquí, ahora? ¿Qué pretendéis? ¿Qué queréis de mí?
—Ahí quería llegar —dijo Fina—; bien sabes lo que le pasó. Un error, mejor dicho, una delación intencionada… para despistar y desviar la atención. Una putada, hijo, una gran putada. Seguro que si te nombro a un tal Samuel lo recuerdas… No me digas que no, no te confundas, no somos tus enemigos, te lo aseguro. Tienes que saber, como eres un chico listo seguro que lo sabes, que las cosas cambian pero no los problemas, sobre todo los que sabemos, los que necesitan dar continuidad a lo avanzado. Se aceleraron las cosas y algunas las dejaron pudrirse porque convenía; y ahora, ya ves, quieren reabrir asuntos, a lo mejor no quieren dejar cabos sueltos. A tu Blanca —dijo con intención al tiempo que miraba a Eugenia con algo parecido a la ternura— la utilizaron como señuelo; el tal Samuel la delató. Luego desapareció y más tarde se llegó a saber que se nos había infiltrado como falso delator y confidente, de modo que nos puso en bandeja a tu Blanca, y cuando nos quisimos dar cuenta teníamos a una chica muy blanca, perdona el juego de palabras, y los pájaros habían volado. ¿Por qué te cuento esto? Porque a todos nos vendría muy bien cazar al tal Samuel y a unos cuantos más.

‘Después se puso a hacerme los cargos. Que así me cobraría venganza, que era bueno para todo el mundo acabar con la banda. Abrí la boca y enseguida se me echó encima, sin precipitación, con la suavidad que la caracterizaba, pero con la energía de quien sabe imponerse. Me dijo que no dijera nada, que no protestara. La muy ladina parecía adivinar el pensamiento: estaba en lo cierto, haría cualquier cosa por joder bien jodido a quien nos hizo tanto daño, sobre todo a Blanca’.
—Pero, ¿en ningún momento pensaste que te podía estar manipulando?

Has tenido mala suerte

El reloj marcaba las ocho y nos pareció temprano. Encendimos cigarrillos para matar el tiempo y Fina rompió a hablar. Dijo dirigiéndose a Eugenia:
—Ahora comprendo por qué aquel día volviste tan nerviosa. Me dije, no puede ser, pura rutina, pero —me miró con descaro y con gesto de aprobación— ahora lo comprendo, chica. Y tú —dirigiéndose a mí—, ¿qué nos puedes contar?
—¿De qué? —pregunté.
—De qué va a ser; de ti. Algo sabemos, pero es mejor que nos lo cuentes tú.

Pasas la vida confiado, crees que eres un ser sin historia, que nadie, nunca, se fija en ti. Nada se sabe de mi vida privada, piensas, sin reparar en los muchos testigos que, a base de retales, pueden construir un relato de tu vida; no una biografía, pero sí una exposición fragmentaria cuyos vacíos se rellenarán con suposiciones más o menos causales. Sales a la calle, compras el periódico, tomas un café, y no falta quien diga: ‘Yo lo vi’. Así, la policía busca y encuentra testigos oculares, quizá no del hecho investigado, pero sí de recorridos, visitas, costumbres, compañías. Recuerda, Luis, lo que nos contaba Paula, la morenita. Era muy joven y andaba por una calle céntrica. Dos hombres la pararon y le enseñaron una fotografía ¿Has visto a este hombre?, le preguntaron y ella dijo que no, Pues si lo ves, llama a la policía inmediatamente, es un delincuente muy peligroso. A los pocos días vio la fotografía en el periódico. Daban cuenta del intento de suicidio de un peligroso activista político; en realidad lo habían tirado por una ventana. Días más tarde lo fusilaron. Así que, Luis, no estaba preparado para escuchar lo que Fina, muy alejada de su rol de cocinera, fue relatando.

—¿Qué sabéis de mí? —preguntó.
—Mucho más de lo que te imaginas. En realidad eras tú el objetivo principal. —Diego no salía del asombro. Se le subió la sangre a la cabeza y no podía pensar.
—Entonces… entonces —Diego apretó los puños—, ¿todo esto también forma parte del montaje que os traéis? —miraba a Eugenia con rabia.
—Quieto, quieto —dijo Fina—, esto es un imprevisto; no te negaré que había que conseguir que te quedaras, en realidad no contábamos con que nos lo pusieras tan fácil, pero algo ha pasado, lo sé desde que la vi tan nerviosa, ya me lo has oído. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Habrá que seguir; pero eso estamos aquí.
—Mira, Fina, o como te llames —Diego no conseguía controlar los nervios—, no sé que os traéis entre manos, pero no me vais a liar más. Me largo.
—Tú verás; no creo que a estas horas te acerque nadie a Madrid, si acaso el taxi. Pero no seas tonto, escucha; a lo mejor te interesa lo que te voy a contar; en cualquier caso, escucha y luego decide. Además, no te voy a mentir, es mejor que no te vayas; nos hemos fijado en ti y tenemos nuestras razones, mala suerte; o buena, según se mire, pero una cosa tienes que saber antes que nada: estamos arriesgando mucho y esto no puede trascender; y, claro, sabemos cuidarnos, no sé si me comprendes.

Un beso, sólo un beso

—Para una tarde, ya eran novedades —le dije a Diego—; no creo que supieras por dónde tirar.

—Sí, pero lo más fuerte estaba por venir. Quién se lo iba a imaginar. Tomamos café, mantuvimos una conversación insustancial, de las que se usan cuando parece que está todo dicho; de los pormenores ya nos iría poniendo al corriente Freixido. No veía a Elvira muy convencida, yo tampoco lo estaba, y encima tenía que volver a Madrid con Luisa o con él; yo me quedaba con Eugenia y fuera lo que Dios quisiera.

»Cuando se lo dije a Elvira, me dedicó una sonrisa cómplice, no en vano fue con el asunto de la chica misteriosa etc. con el que me presenté una noche en su casa a darle la tabarra. ‘Tú sabrás lo que haces’, me dijo, y se fue con Freixido. Luisa se encerró con Fina en uno de los cuartos y, pasados como tres cuartos de hora, salió. Se despidió de Eugenia con un guiño casi imperceptible; a mí me miró con descaro: ‘Bueno, guapo, que pases buena noche’, me dijo y me estampó dos sonoros besos.

»Fina se había quedado en la habitación o donde fuera, así que me quedé a solas con Eugenia sin saber qué decir. Lo que más me confundía era el aplomo con que se conducía.

—Querrás dormir conmigo —me espetó al tiempo que me ofrecía un cigarrillo. Para ello se levantó del sillón y vino a sentarse a mi lado en el sofá, envolviéndome con su penetrante y enloquecedora proximidad.

»El corazón me latía desbocado. Se me acercó lo suficiente para que sintiera el agobio de su presencia; penetrar en mi espacio como si dijera: ‘Ahora te toca a ti; yo he hecho mi parte’. Sólo tenía que alargar la mano, tomarla por la nuca, acercarle los labios, besarla. Cuando quise recordar, unos labios húmedos y calientes se apretaban a los míos y yo me hundía en el mar de sus cabellos, finos y suaves como el agua. Estaba tan bien, me sentía tan bien, que no hice nada por apartarme, por sorprenderme, por preguntar, sólo dejarme llevar por lo que era beso y sólo beso, como si no tuviéramos brazos ni manos con que tocarnos porque no estábamos en eso, sino en un primer encuentro tan dulce como inesperado.

Fina no fue impertinente. Se dejó notar poco a poco. No es que viniera de puntillas; sus pasos eran suaves, de zapatillas, exentos de ruido. Se dejó notar con un discreto carraspeo al que atendimos sin alborotarnos. ‘Habrá que cenar’, dijo.

La atracción de Eugenia

—Mucho pides tú —dijo Luisa, aunque bajando el tono en plan conciliador—. Habrá que consultar; siempre que todos cumplamos… En fin, se hará lo que se pueda, ¿te parece bien, compañera? —la expresión de Luisa denotaba empero una mezcla de ironía y mala uva.

—Entonces, amigos míos, no se hable más; mañana en mi despacho ultimamos los detalles —Freixido había quedado definitivamente fuera de juego. Algo tenía que decir para recuperar la autoridad menoscabada.

—Perdona que me inmiscuya —dijo Luisa—; no creo que reunirse en tu despacho sea lo más prudente, nadie tiene que saber nada, siempre que éstos mantengan la boca cerrada. Además, ya saben de qué va y no necesitan más explicaciones. Tú —dirigiéndose a Freixido— serás nuestro enlace; para estos dos como si no existiéramos, nunca hemos estado aquí.

 

Ese “nosotros” implícito, me dijo Elvira, no me pasó desapercibido: acababa de vender el alma al diablo y me quedé sin saber si también era de “nosotros” o de cualquier otra cosa. Porque así fue, mi querido Luis, vendí el alma al diablo y te confieso que no me salió mal la jugada, con la ventaja de que al final de mi vida no le tendré que rendir cuentas porque el pago ya se lo he dado y, siguiendo con la confesión, no creas —tú eres testigo— que me he visto obligada a hacer nada del otro mundo. Porque las fuentes, ya sabes, cada uno las busca como puede, y si son ellas las que se te ofrecen…

Si eso, la confesión, me la hubiera dicho hace años, hubiera objetado que de algún modo había traicionado la deontología profesional, que esos procedimientos no son correctos, eso sin poner en peligro nuestra relación, porque hubiera hecho lo posible por no disgustarla ni enrabietarla. Hoy día no, quiero decir que nada le hubiera dicho. A estas alturas el escepticismo me ha tomado por completo, intento que nada me conmueva. La historia de Elvira, en cuanto a los avatares de la revista y los suyos propios, me refiero a lo relacionado con su profesión, lo que puede tener interés para contarlo, aquí termina; eso no significa que a lo largo se su vida no haya protagonizado episodios de interés, pero entonces estaríamos hablando de otra historia que hoy por hoy no cuento, ni creo que me dejara hacerlo. Luego está lo que le pasó a Diego, cuya narración no termina aquí; en su caso estamos al principio, no sólo por lo que le sucedió, sino por el alcance que tuvo, todo ello debido a la atracción que sobre él ejerció Eugenia.

 

El tiempo amarillo

En las casas, ya se sabe, con el tiempo se acumulan cachivaches, trastos, ropas, adornos; y papeles, venga papeles. De vez en cuando doy una vuelta porque hay cosas que te pueden hacer falta y no sabes ni donde están. Y mira por dónde descubro, porque se trata de un auténtico descubrimiento, una carpeta de esas azules con tiras de goma repleta de recortes del suplemento literario del ABC, que un amigo me regalaba. Hoy los papeles están viejos y amarillos — creo que los voy a digitalizar—, y para mí tienen un gran valor literario y sentimental: Justo González, así se llamaba mi amigo, ya no está con nosotros.

Parafraseando a Miguel Hernández, diré que el tiempo se pone amarillo sobre los papeles, pero al leer los textos, veremos que hay asuntos en los que apenas se ven los cambios. Y siempre será un placer leer la prosa exacta de Miguel Delibes.

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La pasión de Elvira

Hasta esa noche había considerado a Elvira como a una hermana. Mantenía con ella una relación fraternal de esas en las que prevalece la camaradería sobre los sentimientos, y el deseo queda excluido porque te parece incestuoso, y entonces te descartas como amante, pareja o compañero ocasional.

Pero el latigazo del deseo me recorrió el espinazo y lo inmediato fue sentir vergüenza, como si lo que estaba sucediendo, y lo que podía venir, no fuera legítimo, como una intrusión o abuso de confianza, pero tenía la mano pegada a su rodilla, y mi dedo pulgar inició un vaivén sobre el comienzo del muslo, y así, era incapaz de apartarla. Elvira hablaba, trataba de expresar sus razones y argumentos, pero me di cuenta de que iba perdiendo el hilo, no porque yo relajara la atención sino porque hablaba con la voz entrecortada. Y ya no pude parar. Avancé la mano a lo largo de la cara interna del muslo hasta palpar la redondez voluptuosa de su carne. Elvira interrumpió el discurso y emitió un largo suspiro, cerró los ojos y avanzó ligeramente el labio superior. No dijo nada, pero bajó la mano y la aferró a la mía, y con energía, no con avidez, la dirigió a su sexo y ella misma apartó la estrecha franja de las bragas.

Y así comenzó mi primer encuentro sexual con Elvira, y como consecuencia, me enamoré perdidamente de ella y le propuse establecer algún tipo de relación. Como me paró en seco, desde entonces vamos a su aire.

 

Sin embargo, es ahora, al cabo del tiempo, cuando llego a saber aquello que me fue vedado. Escribo estos papeles y cuento lo que he terminado por descubrir, no porque de algún modo se me mostrara algún indicio, o ellos emitieran algún signo que me pusiera en alerta, ha  ocurrido porque ellos han querido, cada uno por su lado, quién sabe si no se han puesto de acuerdo para repartirse los papeles, o, simplemente porque cada cual quiere contar lo suyo o su propia versión. Han tenido que pasar los años para tener noticia de los manejos y combinaciones de Amable Freixido, de la colaboración de Elvira y Diego, quizá por distracción o juego, o por el sabor excitante de la aventura, aunque esta última no sea de la índole de las vividas por los personajes de novela, y yo, al que Diego en su relato presenta como el responsable de un recóndito departamento de fontanería, he sido el último en enterarse, y es muy posible que nunca lo hubiera sabido si a estos dos, ahora, no les da por contarme, a sabiendas de que quien lo lea lo tomará por ficción y por lo tanto mentira, de modo que todo quedará a salvo encerrado en un relato.

La rodilla de Elvira

Diego también habla de Elvira. Lo hace en el manuscrito que será, por fin, la novela que tenía pendiente, en la que gratuitamente me hace enfermar y morir, y Elvira acaba siendo mi enfermera y albacea testamentaria. ‘No es para tanto’, me dijo Diego cuando, después de leer el manuscrito, le llamé la atención. ‘¿Tú sabes la aprensión que me ha entrado?’, le pregunté sin esperar respuesta. ‘Me vigilo la tos, fumo con temor, me miro las ojeras, me controlo el peso…’. Y me dijo: ‘Bah, hombre, no me seas hipocondríaco, si estás como un roble; fue una licencia que me tomé; si quieres quito toda esa parte’. Bien sabía que eso era jugar con ventaja, que no le iba a pedir que quitara nada; y me gustó que me acompañara Elvira, incluso me ha dado la idea de hacerla depositaria de mis voluntades, quién mejor. Pero en ambos casos, tanto en la confesión de Elisa como en la de Diego, Elvira figura como una suerte de buena amiga, excelente si me apuran, facilitadora y comprensiva: un hombro sobre el que llorar, cuando en realidad tiene una personalidad mucho más compleja, algo que esboza Elisa sin llegar a detenerse; claro que ella —Elisa—bastante tiene con hablar de su peripecia, por más que trate de despistarnos con otras cuestiones.

Hablando del asunto —de mi enfermedad inventada—, Elvira me dijo: ‘No entiendo por qué nos hace eso’. Entonces yo aproveché para alabar su discreción, su silencio sobre lo nuestro, si es que en realidad hay algo, o acaso lo hubo. ‘Anda bobo; lo nuestro es distinto, es… no sé cómo llamarlo’ ‘¿Fraternidad amorosa?, le pregunté. ‘Algo así; llámalo como quieras’, y se echó a reír.

Tengo que decir, con cierto desorden, eso sí es verdad, que nuestra relación no puede calificarse como una relación amorosa corriente, es más, diría que nuestro primer encuentro tuvo algo de involuntario, al menos no fue perseguido ni buscado. Aquella noche, como tantas otras, tomamos unas copas con los de la revista y algún que otro amigo, y la acompañé a su casa, cosa que ocurría con bastante frecuencia, porque nos gustaba tomar la última y rematar la conversación. En un determinado momento —el whisky y la maría no faltaban—posé la mano derecha sobre su rodilla, algo habitual, al menos entre nosotros, pero en aquella ocasión, mis dedos, y sobre todo la palma de la mano, sintieron una plácida sensación al posarse sobre tan cálida redondez, y no sé si ellos —los dedos y la palma— o mi mente, o todos a la vez, descubrieron el contacto placentero de una piel extremadamente suave que sugería la promesa de un placer más intenso en el caso de que la mano se aventurara más arriba, más adentro.