Amelia y doña Rosa (final)

Amelia, antes de irse, echa el último vistazo a doña Rosa; se queda tranquila al comprobar la placidez de su sueño. Estira la mantita que el cubre las piernas y le da un beso suave en la mejilla; no llega a captar la media sonrisa que insinúan los labios de la anciana. Coge la mochila, sale de la casa y hace una bajada de escalera de reina o princesa –aunque le gusta el cine, no nos consta que viera la de Scarlett O´Hara, en Lo que el viento se llevó-. Distraída y pensativa mira escaparates sin apenas fijarse en los artículos ni en su imagen. Entra en el metro. Antes, cuando fue a meter la bata en la mochila, notó el peso del teléfono. Lo cogió, lo abrió, y vio las llamadas perdidas y los mensajes de Aitor. No quiso mirarlos, no por falta de curiosidad, tampoco de ganas de sentirlo, de hablar con él, de leer sus cosas, pero se había impuesto el esfuerzo de ignorarlo, para que aprenda, ¿Qué forma es esa de despedirse? Tengo las ideas claras.

Una vez en el metro, como de costumbre, a mitad de trayecto quedaron algunos asientos libres. Amelia descargó el cansancio y también la cabeza, un tanto achispada. Sacó el libro de la mochila y se puso a hojearlo sin encontrar el modo de centrarse en la lectura. Pasaba las hojas de forma mecánica, de adelante atrás y de atrás adelante, hasta que la escritura brilló con luz propia:

“Cuanto podía ofreceros era una opinión sobre un punto sin demasiada importancia: que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela”.

Salió del metro con las primeras farolas encendidas, los neones de los escaparates y las propias farolas dejaban caer hilillos fosforescentes. Anduvo hacia casa, a veces despacio, otras a saltitos. Subió, abrió la puerta y no estaba Aitor. Soltó la mochila, se sentó en el sofá, cogió el móvil, miró los mensajes y la invadió una mezcla de comprensión y ternura. Abrió el whassapp y escribió: “Uy!, mi vida, perdona pero se me ha ido el santo al cielo. Ya estoy en casa. Tú dónde estás? Ahora te cuento”.. Lo leyó, lo repasó y pulsó el botón de ‘enviar’

 

Agosto de 2017

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Tiempo de lectura

Hay una sacudida de hierba y rocío al abrir la puerta. Te sigue una mariposa blanca a ras de suelo. Te viene a la memoria –siempre la literatura- el personaje –una mujer- de Cien años de soledad, pero no tienes a mano un ejemplar y tampoco te apetece consultar la Wiki. De lo alto baja el piar agudo de un mirlo al que otro contesta a lo lejos. Avanzas por la pista hasta llegar a la casa semiderruida y cubierta por las plantas parásitas a la que atribuyes una historia que nada tiene que ver con la de la familia que en ella vivió hasta su completo abandono. Más abajo, las silvas se comen literalmente las ruinas de otra que formó parte de los sueños de alguien que luego no pudo cumplirlos. Con qué ilusión te enseñó los planos y perspectivas, los árboles que iba a plantar, el estanque que iba a llenar con las aguas del reguero que atraviesa la finca; pero nuestras ilusiones van por un lado y la vida se empeña en torcerse, en ir a lo suyo. El valle se ensancha y del fondo sube el rumor de algún automóvil que circula por la que pomposamente llamamos ‘carretera general’. Amarillean los prados, hace calor, apenas llueve.

Es tiempo de lectura y descanso. Entras con fuerza en Patria, de Fernando Aramburu. Te alegra ver que el libro, en cuanto a estructura y técnica narrativa, se asemeja a lo que tú escribes: un mosaico de escenas abiertas, provistas de conectores para que el lector las ensamble en una estructura superior y un conjunto de voces que sienten y cuentan. No es una historia de buenos y malos, sino de perdedores; tampoco el autor se remite a la fortuna o a las circunstancias para dar sentido a la tragedia: cada cual sabe lo que hace y por qué lo hace. Es un alivio, en un momento de neolengua espesa y alambicada, que no se hable de conflicto político, sino de odio irracional y también de callada vergüenza o silencio cobarde. Es una historia de ficción perfectamente verosímil, una forma de abrir la herida en carne viva, la mejor manera de prepararla para la cura y cicatrización, mucho mejor, desde luego, que hacer como que no ha pasado nada y cerrar en falso. No hay un progreso temporal que haga avanzar la fábula con sus caídas y mejoras: todo se sabe desde el principio y el autor vuelve una y otra vez sobre las acciones principales para que las veamos desde distintos planos, desde puntos de vista diferentes. El autor siente algo parecido al pudor a la hora de intervenir, de modo que son los personajes los que dicen la historia. Parafraseando a Mario Vargas Llosa en cuanto a Cien años de soledad, diré que Patria es una novela atractiva tanto para el lector culto y exigente como para el lector elemental que sólo sigue la anécdota y no se interesa por la lengua ni por la técnica narrativa.

Y tú piensas en la necesidad que tienen tantos de sentirse parte de algo, de trascender esa vida tan diminuta –tan pedestre en ocasiones- en algo superior a lo que vincular sus emociones, bien sea una creencia, una religión o una patria.

Hay que crear un relato compartido, lees u oyes decir; un mundo de ficción, algo en lo que nos podamos mirar sin sentir las aristas, dices tú; que los historiadores cuenten lo que convenga y que los apacentadores de masas creen contrafácticos a fuerza de rellenar significantes vacíos.

En este punto interviene Carmen y te dice: Alfonso, no te pongas estupendo.

 

Siente una vibración en el bolsillo. Saca el teléfono, lo mira, y lo deslumbra el nombre como un fogonazo. Un vuelco de alegría le cambia el semblante. Paco observa el cambio y sujeta como puede la pregunta, Me voy, dice Aitor, Pasa algo, pregunta Paco, Nada, contesta Aitor, Pero es ella, Paco no puede reprimir la pregunta, Sí, es ella; y lo deja con la palabra en la boca.

 

Imagen tomada de la portada de la novela Patria, de Fernando Aramburu, Tusquets, Barcelona, 2016

 

El viaje de Carlota

A propósito de la novela El buen soldado, de Ford Madox Ford, José María Guelbenzu escribe en El País de 23 de noviembre de 2016:

“En el mundo de la teoría literaria, a la figura del narrador de esta novela se le conoce como “narrador no fiable”. No se trata de un mentiroso o un tergiversador necesariamente, sino alguien que por su manera de contar, de seleccionar los acontecimientos y por el caprichoso orden en que va ofreciendo sus revelaciones, crea la sospecha, o al menos la incomodidad, en el lector. Una sospecha que la narración no aclara todo lo que debiera aunque el contenido de la misma sí queda expuesto de una manera comprensible.

Los hechos reveladores van apareciendo a conveniencia del narrador, que oculta o desvela según le parece, con saltos atrás y adelante que se atienen al interés del narrador, lo que obliga continuamente a atar cabos y crea el soberbio y terrible clima de tragedia humana que atraviesa la historia”.

 

Doña Rosa eleva la mirada hacia el techo y emite un largo suspiro. Da un pequeño sorbo de la copita de anís y prosigue:

-Ay, hija, perdona si me voy por las ramas, pero no creas que se me ha olvidado lo que te quería decir, lo que pasa es que hay que llegar a ello, y de paso te cuento lo de mi hermana Carlota, ¿te aburro?

-Qué va, doña Rosa; al contrario; a mí me gustan mucho las historias. Si usted viera la cocina de mi abuela; se ponen a contar y no paran. Yo, muchas veces, cuando estoy allí, ni me entero porque no sé de quiénes hablan, muchos ya están muertos o murieron hace muchos años. Hacen lo que nosotras ahora: un pocito de café, y luego, encima, venga chorritos de aguardiente; así hasta las tantas de la noche. Cuando era pequeña, me mandaban a la cama, oye, que está la cativa, decían, pero me quedaba escuchando en lo alto de la escalera. Entonces contaban chistes e historias subidas de tono que yo entendía a medias, y no vea cómo se reían.

-Es que lo de Carlota tiene su gracia. Pues sí, no ibas descaminada. Coincidieron en el portal y el ascensor estaba averiado. Según nos contó Carlota, muerta de risa, el artista se ofreció a subirla en brazos y ella, lejos de incomodarse, le rió la gracia. Así fue como se conocieron y así fue como Carlota, bajo el pretexto de visitarnos, se veía con él, que por cierto no se anduvo por las ramas y le propuso que se fugaran a la manera romántica. Mi hermana aceptó y se fueron a Venezuela, donde encontraron trabajo en una emisora haciendo radioteatro. Después vinieron los culebrones de la televisión y Carlota, ya madura, se especializó en papeles de madrastra, mala, muy mala, y él de padre bondadoso. Ambos, si se terciaba, impostaban el habla de allí, y cuando el papel lo requería, hacían de españoles.

“Claro, mis padres no tuvieron más remedio que aceptar los hechos y, ¿sabes a quién le tocó cuidarlos?

-Esa respuesta sí me la sé; a usted ¿a quién si no?

-Pues eso es. Además, la ruina fue de tal calibre que apenas podíamos contratar a nadie; bueno, miento, alguna aportación hicieron mis hermanos para que viniera una mujer y me ayudara. Así que, ya ves cómo son las cosas, por mucho que te propongas luego salen como a Dios le da a entender. Y ahora sí, ahora te voy a hablar de los celos, de los que yo sufrí sin que nada ni nadie tuviera ninguna culpa.

 

Imagen tomada de Internet

Insomnio

Cuando escribo, tengo una forma de saber cuándo estoy inmerso hasta el cuello en el relato. Das vida a unos personajes, los sitúas en una ciudad, en una casa; les atribuyes tipo, facciones, edad, profesión, si la ejercen o hacen otra cosa, o nada destacable; amistades, amores y gustos; incluso manías, que a veces son las tuyas. Pero no basta con eso: estás hasta el cuello cuando no dejas de pensar en ellos, hablas de ellos y hablas con ellos: ya forman parte de tu mundo, ocupan tu espacio y tu dormitorio, incluso se te aparecen en sueños. Hace unos días, en una novela que estoy acabando, un personaje muy entrañable tenía que morir. Mari Carmen, desde que le hablé de esa posibilidad, me ha estado disuadiendo, pero el destino se tenía que cumplir. Cuando leímos la escena, me pareció que se le saltaban las lágrimas; hoy me lo ha confirmado. Yo, por mi parte, la escribí con un nudo en la garganta.

Este domingo, Javier Marías, en su sección La zona fantasma de El País semanal nos anuncia, y para mí es una buena noticia, que ha terminado la escritura de su nueva novela. Por suerte para todos tiene calidad, fama y editor, así que, pronto el libro estará con nosotros.

Escribe Javier Marías:

“He estado más de dos años conviviendo –no a diario, qué más quisiera– con unos personajes nuevos al principio y que al final son más que amistades. Aunque uno no se siente ante la máquina –y son muchas las jornadas en que es imposible hacerlo, por viajes y quehaceres varios–, durante el tiempo de composición lo rondan incesantemente. Uno piensa en ellos con más intensidad que en los seres reales que lo rodean: de éstos no está contando la historia, ni asiste a ella con el mismo grado de cercanía, y desde luego carece de capacidad decisoria sobre sus vidas, como sí la tiene sobre las de sus entes de ficción, por recuperar la vieja fórmula. Así que despedirse de ellos es en cierto sentido un cataclismo personal. “¿Cómo”, se pregunta uno, “ahora he perdido a estos amigos? ¿No tengo que ocuparme más de ellos, no he de conducirlos a diario? ¿Aquí los abandono y me abandonan? Si algunos no han muerto, ¿es que el resto de lo que les ocurra no me interesa?” Sí, me interesa, pero soy consciente de que a los posibles lectores futuros tal vez no; de que estarán a punto de cansarse de seguirlos, o de que las mejores historias son las que no se relatan completas, no de cabo a rabo”.

“Quiero que dejes la Escuela”. Las palabras sonaron irreales. El silencio se hizo largo. La voz de Aitor resonaba en la cabeza de Amelia ¿Qué habrá pasado? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué le pasa conmigo? Se le atraganta la lechuga, se le corta la respiración; quiere hablar pero no puede; es su mirada la que interroga, la que muestra curiosidad y asombro, Sí, bueno, balbucea él, que te veo muy cambiada, ya no te gustan mis cosas; y con los amigos cada día se te ve más a disgusto. No, no, no, nadie ha dicho nada -Aitor eleva el tono-, pero se nota; ya no te juntas con la Nieves ni con la Carol, con lo amigas que erais, ¡y eso no me gusta! Y todo viene desde la escuela, desde que la rusa esa te comió la cabeza. Te vas, te vas, pero yo no voy a dejar de ser como soy. Y encima el Paco ese. Que si Paco dice, que si Paco opina, que si esta película, que si este teatro… Amelia sonríe y parece que el color le vuelve a la cara, el aire a los pulmones y la sangre a la cabeza, que ya no se atraganta, Acabáramos, dice, así que ‘el Paco ese’, ¿no estarás celoso? Amelia ríe con desenfado, pero su mirada es profunda y seria. Mira, mi amor, pienses lo que pienses, no hay nadie en el mundo como tú; con lo que yo te quiero ¡Entérate, no hay ningún Paco; es un profesor y punto!

Acabaron de cenar riendo y diciendo los dichos y las voces que usan los amantes en la intimidad, pasaron la velada cada uno con lo suyo: Amelia con su cine y Aitor con sus redes hasta que llegó la hora de acostarse. Una vez en la cama, por primera vez, Amelia se dejó llevar, sintió que le faltaba entusiasmo. Aitor cogió el sueño, tranquilo porque había dicho lo que pensaba y había oído lo que quería oír. Amelia se acurrucó entre los brazos de su novio y permaneció quieta, pero no conseguía dormir. La velada, hermana del insomnio, se le hizo confusa y larga. A su embarullada cabeza acudían en desorden la Escuela, Aitor, Paco, los amigos, la Nieves y la Carol ¿De dónde habrá sacado lo de Paco?

Amelia no acertaba a comprender el origen de los celos de Aitor, y a esos celos atribuía su malestar y sus quejas. Pero no le había dado motivos. El caso es que en su fuero interno sentía un lejano halago y, en el maremágnum del insomnio, de forma recurrente y en desorden pensaba en las muestras del especial interés que Paco ponía en ella, en las casualidades que lo situaban esperando su salida, en las invitaciones a tomar algo para cambiar impresiones sobre algún tema; en los consejos y la especial atención que le prestaba. Pero no, qué va, donde estuviera su Aitor…, y acto seguido se sentía contrita por el simple hecho de haber sentido placer ante la posibilidad de atraer el amor de dos hombres. Qué loca, vaya tonterías que me vienen a la cabeza; pobre de mi Aitor, y se pegó toda ella al cuerpo dormido. Lentamente se fue abriendo paso la letra y el compás de un famoso bolero.

La musiquilla del despertador se le clavó en el cerebro como una punzada. No sabía si estaba dormida o despierta, pero lo cierto es que estaba pegada a su Aitor, que se desperezó y como siempre le dijo: Arriba, gandula.

Imagen: Kay Sage:  Too Soon for Thunder , 1943. Tomada de Internet