¿Y yo qué?

 

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“Automat”, Edward Hooper, 1927

El sentido, la deformación profesional, pusieron a Luisa en guardia.

—El asunto parece inocuo —prosiguió el piloto— pero mi mujer está obsesionada y, claro, me afecta. Te cuento. Hace unos días, Elena estaba en el parque con Julita, la pequeña, ya sabes. (Julita, la pequeña, tenía cuatro años, casi cinco, y había nacido al inicio de sus relaciones).

»Pues eso, que Julita jugaba en los columpios y Elena estaba sentada en el banco con la bicicleta, el agua y la merienda cuando una señora de mediana edad se sentó a su lado. Inició una conversación insustancial: los niños, el tiempo, en fin, nada de importancia. Se acercó Julita a beber agua y pidió la merienda. La señora hizo los cumplidos correspondientes y cuando la niña regresó a sus juegos, la señora ponderó sus virtudes: qué linda, qué vigor, qué salud; da gusto verlos así, dijo. Y añadió: Cuídela bien, que no se le malogre; los niños están muy expuestos; no deje que le ocurra nada, sería una lástima y usted y su marido no se lo perdonarían nunca. Piense en lo que le digo. Y dicho esto, se fue. Naturalmente, Elena, nada más llegar yo de Milán, me lo refirió. Se lo noté nada más llegar: no es mujer que oculte sus preocupaciones. No para de preguntarse a qué venía eso. Y en todo caso es de muy mal gusto hablar así a una madre, me dijo. Eso es lo que me ocurre: Elena me ha pegado su inquietud y ahora no paro de pensar en ello ¿Cómo lo ves?

Luisa, al ser interpelada, se vio obligada a dar una respuesta. Además quería y necesitaba tranquilizarlo, pero no se engañaba, el objetivo era ella y hasta donde pudiera indagaría de dónde podía venir la amenaza.

No cabía duda de que alguien la había vigilado, alguien conocía su relación, sus andanzas, y, en el mejor de los casos quería mandarle una advertencia. El asunto era saber si era fuego contrario o fuego amigo; si se trataba de un aviso o una amenaza, en cualquier caso tuvo meridianamente claro que su relación con el piloto sería perjudicial para él, que en todo caso tenía que acabar esa relación, sufrir y hacer daño, desaparecer sin dar explicaciones. Maldita la vida que había elegido pero no tenía otra cosa.

¿Me puedo fiar de Fina?, pensó. Habrá que arriesgarse.

Al piloto le dijo que en principio no le diera demasiada importancia. Hay mucha gente muy loca y entrometida; posiblemente esa señora es de las que ven demasiada televisión y sólo miran el lado malo de la vida. Hay mucha gente así. Tú llevas una vida muy particular, pero si vieras el marujeo que nos traemos con eso de los potingues… Yo no me preocuparía, y tranquiliza a Elena, mi rival, pero esa es otra historia, dijo sonriendo y abrazándolo con intención de animarlo.

Salió Luisa antes y él se quedó en el hotel. Anduvo sin rumbo y descuidada, despreciando el peligro y facilitando el trabajo a sus vigilantes. Buscó un bar tranquilo, donde al menos estuviera libre de miradas, y pidió una copa sin importarle la hora y lo poco usual; en cierto modo quería llamar la atención, comunicar a su vigilante, si es que alguien la seguía, que habían dado en el clavo, que se centraran en ella y se olvidaran de él. Pensó en las últimas misiones, en la que ahora trabajaba, para entender de dónde podía venir la amenaza o el aviso, en todo caso tenía que avisar a Fina para tomar medidas.

Tomaba la copa con parsimonia y pensaba en lo duro de la renuncia, en que además no podía liarse la manta a la cabeza y decirle: Mira, es por esto. Pero ya estoy harta, me voy. Me voy al otro lado del mundo, tú ven cuando quieras, donde no nos conozcan ni nos persigan, ya se cansarán. Pero eso no era posible. Todo lo tenía que resolver ella sola y mal, no se podían minimizar los daños: ella, destrozada y en la picota, y él, confuso, engañado, abandonado sin razón alguna que lo justifique. Se consoló pensando que él, al fin y al cabo, regresaría a una vida que no le era hostil, pero ¿Y yo? ¿Y yo qué?

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Algo pasa

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Camille Claudel, Etude. Wikimedia Commons

Como ocurre en los hoteles, y más cuando se trata de una estancia inopinada y de emergencia, la habitación no sugería ninguna diferencia con la suya; nada se había impregnado de la presencia de una mujer. Luisa no había deshecho la maleta, había tomado lo justo y, para el aseo, se servía de los jabones y perfumes existentes en el baño, con lo cual, incluso los olores parecían los mismos. Había que ser muy despistado y poco observador para pasar por alto que Luisa se había soltado el pelo y dejaba caer sobre los hombros una hermosa melena que delineaba el óvalo de su rostro; además, con el aire que da la intimidad de la pieza, se había quitado la chaqueta y lucía una blusa blanca a la que había desabrochado el botón del escote justo para dejar al descubierto el nacimiento de los senos.

Naturalmente, los cambios operados no pasaron desapercibidos al piloto. No te precipites, se dijo, pero tampoco te demores demasiado.

—¿Whisky o cambiamos de bebida? —preguntó Luisa.

—Whisky… ¿para qué cambiar? —dijo él.

Luisa sacó unos vasos, hielo y un par de botellines. Puso los vasos sobre la mesa, el hielo en el centro, y destapó los recipientes con intención de servir el licor. A propósito se agachó ostentosamente y el piloto no tuvo reparo en asomarse a su escote. Brindaron de nuevo.

Fue Luisa quien, en un rapto de audacia, le dijo que no era necesario que pasara calor, que se quitara la chaqueta, y lo ayudó. Se acercó frente a él le desabrochó los botones, con las dos manos separó la pechera y ligeramente metió la pierna derecha entre las del hombre. Él se ahuecó para desembarazarse de la prenda, la arrojó en un vuelo de ave herida y abarcó en un apretado abrazo a la mujer que con tanta decisión había invadido su terreno. Desde ese momento las palabras se apartaron dejando sitio a los actos.

Desde entonces Luisa y el piloto compartieron días y noches en hoteles de media Europa. No podían frecuentar la casa de él por motivos obvios y en la de ella era imposible porque se lo tenían prohibido. Dijo que convivía con su madre y su tía, mujeres antiguas y demasiado estrictas.

El amor se fue haciendo sitio y Luisa disfrutaba, se sentía enamorada de nuevo, al fin y al cabo con esa relación le bastaba; hasta cierto punto tenía su aliciente vivir su vida y tener a quien amar y sentirse querida. Así estuvieron cinco años, pero como se suele decir, cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas. Fina se lo había dicho: Este trabajo es de poca satisfacción y de mucha renuncia. No importa el daño que nos puedan hacer a nosotras, contamos con ello, pero, ay, si nos embarcamos en compromisos, nos atacarán por ahí y será muy doloroso. ¿Y tú cómo te las arreglas?, le preguntó Luisa una noche de confidencias. Me limito a tener una vida privada lo más discreta posible, a no embarcarme en parejas, matrimonio, hijos… A Luisa le pareció muy dura la perspectiva, pero Fina era su tabla de salvación. El golpe había sido muy duro y aquello garantizaba un sueldo y una vida con la cabeza ocupada. Y eso, el diablo no pudo estar quieto.

Una noche, Luisa, que estaba entrenada para detectar los cambios de humor en las personas, descubrió que el piloto andaba caviloso y distraído. Le preguntó si le pasaba algo, si tenía alguna preocupación. Al principio él no quiso estropear el encuentro, pero tal era la zozobra que Luisa no tuvo más remedio que decirle:

—A ti te pasa algo; será mejor que me lo digas, a lo mejor te puedo ayudar.

—No, nada importante creo; una impresión, mi mujer…

De uniforme

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Luisa lo miró divertida, como diciendo: Ya veo por dónde vas; no sé si sabrás, piloto, que estás cogiendo mi rumbo.

—No, no me espera nadie en el sentido que creo que me pregunta. Trabajo, mucho trabajo; sólo eso.

El piloto tuvo la tentación de preguntar por el sentido que atribuía Luisa a su pregunta, pero desistió; descartó lo que sería una impertinencia.

—Cuánto lo siento —dijo—. Quiero decir que es una pena que tenga que volver a España en el vuelo de mañana, porque la acompañaría con mucho gusto si no tuviera inconveniente. Podríamos cenar, en fin, salir un rato.

Luisa se dio cuenta de que el piloto tenía un punto de timidez, que no se atrevía a dar el siguiente paso. Habrá que ayudarlo, pensó.

—En fin —lo envolvió con una mirada seductora—, es una pena porque habría aceptado con mucho gusto su compañía, pero con una condición…

—¿Cuál? —preguntó él.

—Que fuera de uniforme.

El piloto captó el énfasis, la picardía, y dijo:

—Pero eso tiene solución. Ahora mismo me cambio, me pongo el uniforme y problema resuelto.

Luisa, acostumbrada a tener paciencia, se dijo que no le quedaba más remedio que entrar por lo derecho:

—Podemos hacer una cosa —dijo casi con maldad—. Sube a su habitación y se cambia, viene a la mía —le dio el número— y le invito a una copa ¿Qué le parece?

El piloto se esforzó por ocultar el desconcierto que le producía una invitación tan directa. Cualquiera podía pensar que por fuerza tenía que ser un hombre curtido y avezado en esos asuntos por las peculiaridades de su oficio: siempre viajando y frecuentando mundos y personas. Cualquiera pensaría que había salido a tomar una copa para entablar conversación y demás. Pero ninguna de esas consideraciones sería la acertada. Simplemente no tenía sueño. La experiencia le decía que en esos casos lo mejor que podía hacer era emplear alrededor de una hora en dar un paseo o tomar una copa para llamar al cansancio. Por lo demás era un hombre felizmente casado con una esposa a la que amaba y deseaba, y dos hijos, ambos varones, preciosos y saludables. En suma, era un hombre feliz. Por eso le sorprendió el agrado de conversar con Luisa, lo mucho que lo atraía y el punzante deseo de tener una aventura con ella. Esta noche sólo, pensó, mañana como si nada, la cabeza en su sitio, nada de líos.

Dijo al camarero que le apuntara las copas y subieron a las habitaciones. No pudo evitar pensar en lo cómico de la situación: ponerse el uniforme para reunirse con una mujer. Por un momento pensó en cancelar la cita, pero el picotazo del deseo lo animó a vestirse con la mayor prestancia, con el ánimo de gustar. No se demoró demasiado y se rio interiormente porque se dio cuenta del temor a que Luisa se impacientara y eso la hiciera cambiar de idea. Pensó en lo insólito de la situación y comprobó que no tenía nada que ofrecer. Cayó en la cuenta de que en el maletín guardaba los bombones que acostumbraba llevar para su mujer y los niños, pero descartó cogerlos, ni por asomo se le ocurriría perpetrar semejante traición. Así que fue a la cita con las manos vacías porque al final sólo podía llevar unos botellines iguales a los que ella tenía en la nevera de su habitación. Llamó con los nudillos tenuemente y, pasados tres o cuatro segundos Luisa abrió la puerta.

Hoy dejo paso a Alfonso Cebrián y a su nuevo libro: “Amelia y doña Rosa…”

¿Cómo no agradecer el cariño y benevolencia de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós? Os dejo su reseña sobre AMELIA Y DOÑA ROSA

Apalabrando los días

Leer los textos de Alfonso Cebrián es un ejercicio placentero que llevo practicando desde hace años, tantos como los que él lleva compartiendo su quehacer literario en su bitácora. Tantos como el tiempo en que su timidez se resguardaba en los pseudónimos de Emma y Madame Bovary. Tantos como el tiempo en que deshizo el hechizo y dio a conocer su verdadera identidad.
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Hace un año que Alfonso Cebrían publicó su primer libro, una excelente novela titulada “Las aguas del olvido” (Amazon me recuerda que lo adquirí el 26 de noviembre de 2017) y, para celebrar su aniversario, Alfonso nos ofrece una segunda publicación para deleite de todos nosotros: “Amelia y doña rosa, y otros relatos”. Solo quien es consciente del peso específico que tiene la calidad del “postre” que ofrece, lo oferta como enseña de su portada. Por eso el libro comienza con el despliegue de…

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Con retraso

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Una vez en la habitación no tenía sueño y le apetecía tomar una copa, no de un botellín de la nevera sino una generosa y bien servida. Bajó al bar. A esa hora estaba desierto y habría permanecido sola todo el tiempo si no hubiera aparecido un hombre de mediana edad, bien parecido, con pelo y barba con incipientes canas. El hombre vestía de manera informal, con ropas caras. Se acodó también en la barra y pidió whisky con hielo. Le sirvió el camarero y el hombre levantó el vaso con ademán de brindar con la única persona que en ese momento allí estaba. Luisa levantó el vaso y la mirada, y sonrió lo justo, aunque suficiente para que el otro se acercara y se presentara:

—Ignacio Lamas —dijo—, y en cierto modo soy el responsable de que ahora estemos aquí tomando una copa.

Luisa enarcó una ceja como preguntando: ¿Cómo? ¿Por qué?, y el hombre dijo:

—Porque soy el piloto de este trasto que nos ha traído, y algo tengo que ver con el retraso ¿Le ha causado algún contratiempo?

Luisa le contestó que no, salvo tener que hacer noche donde no tenía previsto.

El piloto manifestó su tranquilidad por no haberle causado ningún inconveniente salvo la molestia. Luisa dijo que lo que pudiera tener de molestia quedaba compensado con la novedad sorprendente de tomar una copa en un bar de hotel, a esas horas y en Francia.

Luisa no había dicho su nombre y el piloto quiso saberlo.

Lo de Luisa es comprensible. La naturaleza de su trabajo le exigía ser discreta. Pero en su fuero interno algo le pedía un punto de rebeldía. Le ocurría cuando alguien le caía bien o le gustaba, y era lo que estaba ocurriendo. La tapadera estaba bien definida: ella era Teresa Ortiz, socia con una amiga de una tienda de productos de belleza y cosmética, nada complicado y comprobable. Luisa, por sus conocimientos de idiomas, viajaba para tratar con proveedores, asistir a ferias, trabajar para el negocio.

—Ah, perdone si no me he presentado: Teresa Ortiz, artículos de belleza —se presentó y le tendió la mano.

El piloto se la estrechó con la energía suficiente para infundir el calor y la suavidad necesaria y no dar la sensación de fuerza.

Se hizo un breve silencio que cada cual aprovechó para tomar un sorbo; y fue Luisa, predispuesta a dominar situaciones, la que preguntó:

—¿Y qué le pasaba al avión? ¿Me lo puede decir?

La sonrisa que puso fue de las que vienen a expresar: Dilo, no me lo puedes negar.

—No, nada, en realidad nada que no se pueda resolver; pero había que salir con plena seguridad, sobre todo porque cualquier alarma, por leve que sea, nos dice que algo está fallando, o lo que es peor, puede fallar en cualquier momento, porque una incidencia pequeña a la que no damos importancia puede ocultar otra mayor. Por ejemplo: que no luzca un piloto no quiere decir que falle el elemento al que está asociado, pero es preciso que luzca: en la cabina hay disponer de toda la información; pues bien, el piloto que indica que estás al habla con la torre de control no lucía, aunque nos poníamos al habla ¿Y si se estaba gestando una avería mayor? Por alta temperatura, por ejemplo.

Se lo veía contento con la pregunta; eso le daba pie para conversar con Luisa, que para él era Teresa, a la que había valorado como una mujer muy atractiva, que se refugiaba en un aspecto neutro, por su cara limpia —y eso que comerciaba con productos de belleza—, el cabello estirado y cogido atrás en cola de caballo, el traje sastre oscuro, no ceñido sino suficientemente holgado para no marcar las curvas y ganar elegancia. Hay que decir que Luisa no negociaba con su aspecto: no consentía en disfrazarse.

—Entonces, ¿nos hemos retrasado más de dos horas por una lucecita? —dijo ella tratando de remarcar algo de frivolidad femenina.

—No, no, no era una lucecita —dijo el piloto con una sonrisa—, era algo más, nada importante, es verdad, una cablecito, una conexión, pero había que estar seguro.

Luisa se sentía cómoda con él y consideró que había que avanzar un paso en el agrado y la confianza. Mañana será otro día, se dijo, al fin y al cabo todo está un poco salido de la norma. Siguió sonriendo, bebió, sacó cigarrillos del bolso, le ofreció, fumaron, no sin antes sacar él un mechero del bolsillo y disculparse por no haber caído en la cuenta. Le dijo:

—Qué bien, así me siento segura ¿Sabe que de jovencita soñaba con salir con un piloto? Con el uniforme, para mí los pilotos iban siempre de uniforme; y esa seguridad y pericia para manejar un aparato tan grande y majestuoso; y los pasajeros protegidos por él…

—Y al final, ¿no hubo piloto? —el piloto acepta el tanteo y Luisa se da cuenta de que se ha percatado del lance. Lanza un pestañeo seguido de una caída de ojos y esboza una sonrisa.

—No, no hubo piloto; también se me pasó aquel sueño juvenil, pero cuando una es casi una niña, ya sabe, tonterías…

—¿Y la espera alguien en París? —el piloto había decidido llevar la iniciativa.

Viaje a París

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París en Blanco y Negro

A Luisa no le quedaron ganas de hacer nada, tampoco de acabar la carrera, pero fue el tesón de sus padres y de Josefina Freire, amiga de la familia y antigua compañera de su padre, quienes la sacaron de la depresión y la animaron a concluir los estudios. Fue Josefina quien la reclutó para la nueva sección que se estaba formando; algo nuevo, arriesgado y poco de fiar para los de arriba, aunque auspiciado por el jefe, experto en servicios de información. De ese modo, fue una de las primeras mujeres que formarían parte del nuevo organismo, en el que Josefina Freire desempeñaría un papel relevante.

Pero aquella era una noche triste. El metro seguía su curso estación tras estación, y Luisa parecía no llevar rumbo, como si no le importara donde bajar.

De pronto pareció despertar de un sueño, tomó conciencia de la situación, pensó que Eugenia se las arreglaría sola. Sabía perfectamente cuál era la misión y cuál era su papel, incluso tenía permiso para tomarse un desahogo siempre que no se comprometiera demasiado. El metro entró en la estación de Valdeacederas y ella tenía que haber bajado en Cuatro Caminos. Bajó, cambió de andén y dirección y esperó al tren que venía de Plaza de Castilla. Tomó nota de que, metida en sus pensamientos, había dejado de prestar atención. Miró a la gente, poca, que había en ambos andenes y esperó en la cabecera hasta que llegó el tren. Subió, inspeccionó el vagón de arriba abajo y recostó la espalda en uno de los laterales. En esa posición, con aire despistado, esperó hasta llegar a su destino. Bajó, miró con disimulo hacia ambos lados y emprendió la marcha hacia la salida, no sin antes tomar nota de una mujer joven rubia, con zamarra amarilla y pantalones negros y un joven de pelo teñido, cresta, imperdibles en las orejas, chupa de cuero sintético verdoso y pantalón azul marino hecho jirones. Sonrió para sí: a pesar de la parafernalia cantaban demasiado: parecían salidos de Cornejo. Salió a Reina Victoria y bajó por la acera de la derecha hasta Dr. Federico Rubio. Entró en un edificio de apartamentos y miró el buzón. Cogió el ascensor, pulsó el tercer piso, salió, fue hacia la puerta G, abrió y se sintió en su casa.

Una vez dentro, se desnudó, tomó una ducha caliente, se puso el pijama, la bata, las zapatillas y conectó la TV. De la nevera sacó una pastilla de chocolate y cubos de hielo; del bar, una botella de whisky. Se sentó cómoda en el sillón y se sirvió un trago generoso.

Parecía que miraba la televisión, el programa insustancial o la película descatalogada, pero no importaba, el caso era sentir el runrún y tenerla de compañía. En ese momento pensaba poco en el trabajo; en cambio le venían  a la mente deseos incumplidos y a la memoria fragmentos de una vida a la que poco exigía, pero al menos algo de eso que llaman felicidad.

Y claro que hubo un tiempo en que fue feliz. Fina la había mandado a París en comisión de servicio. Su misión consistía en contactar mediante un buzón de seguridad con un infiltrado en lo que se llamó Junta Democrática para recibir información de lo que allí se respiraba, los proyectos, los contactos, todo ello por interés directo de la Presidencia del Gobierno.

¿Por qué ella? Pensaron, en realidad fue Fina, que una mujer se movería más cómoda. La tapadera era una representación de cosméticos a cargo de una conocida firma. Un día, diversas circunstancias retrasaron su vuelo y tuvo que hacer noche en el hotel próximo al aeropuerto.

Un accidente

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Francis Picabia (1879–1953), Olga , 1930 Lápiz grafito y crayón sobre papel

Una vez en la calle Luisa le volvió a agradecer su gentileza pero le reiteró que prefería ir en metro y pasear. Álvaro no se dio por vencido e insistió, incluso se ofreció a acompañarla, a conversar, a conocerse. Para todo ello echó mano de su indudable encanto personal, sobre todo al constatar que a Luisa no le desagradaba su compañía. Pero ésta adoptó un aire de seriedad y le dijo:

  —Anda, coge tu taxi, no sea que se haga tarde para llamar a tu mujer y a tus hijos.

  Luisa le tendió la mano, le dio dos besos y se metió en la boca del metro.

 Bajó deprisa y con agilidad las escaleras. Con la costumbre que da la profesión, comprobó de forma rutinaria si Álvaro la seguía, por si no se daba por vencido.

 Ya en el metro, mecida por el traqueteo, sintió haberlo dejado así plantado. A Luisa le habían gustado su fe y desparpajo, y su apariencia de hombre limpio y hermoso; quién sabe a qué acababa de renunciar, todo fuera por el servicio. Pensó en las relaciones, en las restricciones que venían impuestas. Eugenia, tiempo atrás, rompió la norma, y vino lo que vino. Fina se percató de que Eugenia había quedado pillada, que el amor se había impuesto a la responsabilidad de la misión. Decidieron abortarla y Diego les dio la oportunidad de hacerlo como resultado lógico cuando él mismo manifestó la sospecha de que lo estaban manipulando. No les resultó fácil convencer a Eugenia de que había que organizar su desaparición. Hubo que recurrir a la disciplina y a la amenaza. Finalmente se doblegó, pero estuvo un tiempo deprimida, despistada, no apta para el servicio. La cubrieron entre Fina y Luisa hasta que se hicieron con ella. Una no se debe encariñar con nadie, pensaba, pero, cómo evitarlo. Fina, bajo su aspecto maternal, podía ser fría e implacable; sin embargo el enamoramiento de Eugenia lo tomó como un error personal por el que la chica no tenía por qué pagar. Se portó bien con ella, y Luisa, la sucesora natural de Fina, aprendió que en cualquier oficio o cometido el cariño no tiene por qué estar proscrito, que no se pierde nada por cuidar unos de otros, eso sí, marcando con claridad las líneas que separan la vida personal de la disciplina y las reglas del juego. Eso fue lo que inculcaron a Eugenia después del fiasco de la misión y por eso ahora Luisa le daba una segunda oportunidad, bajo la advertencia de que en este caso no habría miramientos si flaqueaba.

  Luisa pensó en las oportunidades perdidas ¿Hay que renunciar al amor? No, pero hay que saber gestionarlo, administrar los compromisos, y en caso de establecerlos, tener en cuenta la provisionalidad y la arbitrariedad del azar y las contingencias. Sobre todo cubrirse y cubrir a los otros de los posibles daños. Por todo ello, esa tarde se sintió especialmente incómoda. Soy una mujer, se dijo, y ese hombre me ha gustado, pensó en pasado porque de antemano había renunciado a él. No sé si será la edad, pero hoy estoy propicia, siguió con sus pensamientos; me apetece, y no quiero coger una habitación de hotel, el teléfono, solicitar compañía.

  Solicitar compañía. La soledad te lleva a buscar un consuelo lo más impersonal posible. Un desahogo y ya está. Con la tarjeta de crédito no hay que pasar por el bochorno de los billetes. Amabilidad y pericia, todo muy profesional. Y lo aceptas porque te sientes sola y te aprieta el deseo.

  No quiere esto decir que Luisa nunca hubiera tenido relaciones, incluso estuvo a punto de casarse hace ya unos años, cuando era realmente joven. Fue en la Complutense, en la Facultad de Derecho, se llamaba Ángel Santana, estaban en el mismo curso. Proyectaron poner un bufete, trabajar juntos, casarse, tener hijos. Ángel era natural de Valdepeñas; allí vivían sus padres; acostumbraba a ir al pueblo una vez al mes. Luisa lo acompañaba a veces, y otras aprovechaba para visitar ella también a los suyos en Guadalajara. Aquel fin de semana Ángel iba solo. Conducía un R-8. La carretera estaba tranquila a esa hora de la tarde. Había oscurecido. En una curva, a la altura de La Guardia, un coche que venía de frente invadió el carril izquierdo y chocó contra el coche de Ángel, al que sacó de la carretera y le hizo dar dos vueltas de campana. Ángel murió en el acto y el otro conductor salió con graves heridas; su mujer, que viajaba al lado, quedó parapléjica.

AMELIA Y DOÑA ROSA, a la venta

51j4na1niul-_sx322_bo1204203200_Tampoco se puede decir que haya tenido mucho ajetreo, la verdad; familia y amigos; una bendición. Buen tiempo —aunque prefiero la lluvia—, paseo, lectura; y afinar en los recuerdos de tiempos anteriores.

Pero el puente me lo ha complicado el editor de Amazon por publicar pequeños fragmentos de mis cuentos para darlos a conocer. El asunto es largo de contar y quizá se deba a mi impericia, pero, ¡me ha cambiado los planes!

¿Qué quiere decir esto? Pues eso, que ya está a la venta AMELIA Y DOÑA ROSA, en tapa blanda, y el eBook sale mañana —dentro de un rato— a las 0:00 horas.

Y nada más; bueno, que si tenéis un rato para leer, AMELIA Y DOÑA ROSA puede ser una buena opción.

AMELIA Y DOÑA ROSA se vende exclusivamente en Amazon.

En papel: Amazon.es, com, uk, de, fr, it y jp

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En preventa

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El caso es que había incluido un pequeño fragmento para lanzar el libro, pero el famoso “big data” recorre la web y busca coincidencias, y, mira por dónde, me dice que hay fragmentos publicados en la web de forma gratuita. He hecho lo que me dice para corroborar que poseo los derechos de publicación, aunque, por si las moscas, he borrado el texto.

Sólo me queda decir: “¡Escucha, bigdata, todos los textos son míos, y ya me ha costado imaginarlos y escribirlos! ¡Todo sea por publicar!

AMELIA Y DOÑA ROSA ya está en preventa, en formato digital,  en Amazon. El próximo día veinte saldrá a la venta en eBook y papel.