Un pueril desasosiego

Por más que lo intenté, el día no pudo continuar pareciéndose a los anteriores. No era capaz de pensar con la limpieza que había conseguido a base de esquivar influencias y noticias. Mi presente se fue proyectando sin poder evitarlo hacia un desconocido a cuya existencia era completamente ajeno y no quería, aunque se hacía difícil, que me condicionara el hecho de que se hubiera confesado lector mío, lo cual sería de agradecer si todo hubiera quedado ahí, nos hubiéramos deseado suerte, hubiéramos dicho que teníamos mucho gusto en conocernos y hasta la próxima, con la seguridad más que probable de que no nos volviéramos a ver, y si así fuera, que nos hubiera bastado con una leve inclinación de cabeza o un movimiento de ojos. Todas estas cuitas no me impidieron dormir a pierna suelta después de haber visto en la televisión una película muy bruta, con mucha nieve, unos gruñidos y poco más. Una historia mínima hecha con cuidado protagonizada por el paisaje y la soledad.

A la mañana siguiente, sin necesidad de despertador ni otros artilugios, me desperté con el sol. Como todos los días, desayuné, me aseé, me vestí, y salí a la calle con la novedad de que me encontraría con un hombre llamado Cosme Vidal. El azar, que tanto nos asiste cuando somos jóvenes y nos hace creer que cada día es un descubrimiento, había sido forzado y también mi nada azarosa rutina: al cabo de unos mil quinientos metros y alrededor de media hora, mi banco no estaría vacío y cabía la posibilidad de que Cosme Vidal lo hubiera ocupado. Al enfilar el paseo sentí un pueril desasosiego: sería inadmisible que se adelantara y por tanto motivo de un enfado tan descomunal que me vería obligado a cortar por lo sano. Incluso deseé que allá estuviera para así recuperar mi soledad. Pero no fue así. Cosme Vidal se mostró tan observador como discreto y exhibió, así ocurrió en lo sucesivo, el tacto de permitir que ocupara mi posesión y disfrutara de unos minutos de soledad tras los cuales se presentaría sin ruidos ni alardes, sin llegar con un sospechoso sigilo. Esa naturalidad me inquietó de forma paradójica: por un lado deseaba que cometiera un desliz; por otro, me agradaba ese miramiento, ese esfuerzo por no molestar.

Cuando se me hizo visible, porque vino de frente para que lo viera a lo lejos, en cierto modo me alegré, sentimiento que intenté combatir y derrotar sin éxito. Cuando llegó al banco me dio los buenos días y se sentó a mi lado sin decir nada, sin romper el silencio. No me preguntó qué tal estaba, tampoco trajo pan para echar a los pájaros; simplemente se sentó.

Sobre la imagen: Mario Casas en Bajo la piel del lobo, de Samu Fuentes.

©Alfonso Cebrián Sánchez

3 respuestas a “Un pueril desasosiego”

  1. Siempre enigmático, siempre un gran relato, siempre esperando un final esperanzador, concluyente o, simplemente, 😶, atrayente.
    No cambies nunca, Alfonso.
    Un abrazo fuerte.

    1. Gracias por tu lectura, Enrique, siempre a tener en cuenta. Un abrazo.

  2. ¡Maldito algoritmo y sus correctores ortográficos! ¡Quita y pone tildes sin ton ni son! ¡Es la tercera vez que lo corrijo! Mis disculpas a quienes lo hayan padecido.

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