Tiempo de ceniza – La tormenta

-¿Y para eso vienes y me despiertas a las tres de la mañana? ¿No tenías otro momento? Bueno, en realidad me acababa de acostar, pero, chico, hay momentos para estas cosas –la sonrisa de Elvira desmiente su incomodidad.

-Es que no es sólo ella sino la situación lo que me inquieta -Diego ni siquiera atiende a la objeción de Elvira-; en realidad fue un encuentro fugaz; digo encuentro cuando en realidad no lo hubo, si acaso una visión nada más, y un acto de lo más desconcertante; y ahora me veo envuelto en algo así como una aventura, aunque tampoco sabría decirte de qué se trata porque no lo sé –mientras habla hace girar el licor dentro del vaso; si contuviera hielo hablaría del tintineo de los cubitos.

“Verás. Hace unos días, una tarde, estaba muy agobiado, como encerrado, y me dio por salir a dar una vuelta para que me diera el aire. Era una tarde oscura, con un cielo pesado, de los que te presionan la cabeza y deseas que estalle un trueno y se ponga a llover. Y el trueno estalló, y se puso a llover con tal fuerza que me di media vuelta, pero no quise volver a casa tan pronto y entré en el bar de abajo, ya sabes, por tomar algo, por estar fuera de casa, por ver caras, gente, ruido, qué sé yo. Afuera jarreaba. La puerta y el ventanal del escaparate se empañaron enseguida, de la calle venían figuras borrosas que, como muñecos articulados, corrían sin ton ni son (Elvira escucha con atención sin dejar la media sonrisa). Una de las figuras se fue agrandando hasta abrir la puerta y entrar en el local. Era una mujer que entró apresurada y vino hasta el fondo, cerca de mí. Pidió un café con leche y sacudió la cabeza hasta hacer ondear una melena morena. Me sentí inundado por un perfume de pelo y lluvia. Parecía nerviosa y miraba insistentemente hacia la puerta; me daba la espalda y creí que ni siquiera había reparado en mi presencia. Del bolso sacó una pitillera y de ella un cigarrillo que encendió, y chupó la primera calada con ansiedad, para expulsar el humo con cierta violencia; el café se lo hubiera tomado de dos sorbos si no fuera porque en ese bar acostumbran a servirlo muy caliente. Cogía y levantaba la taza con gracia y estilo a pesar de la evidente excitación.

“Y de pronto ocurrió lo inesperado. Por la calle pasaban dos bultos, dos hombres que andaban apresurados, que volvieron y pararon ante la puerta, la abrieron, entraron en el bar, y la mujer se volvió hacia mí y me dijo: “Paga y vamos fuera”. Me miró intensamente, como suplicándome. Hice lo que me dijo y se colgó de mi brazo. Los dos tipos tardaron en reaccionar y cuando quisieron recordar andábamos calle arriba. Seguía lloviendo a cántaros. Apareció un taxi libre, lo llamó, y cuando me quise dar cuenta tenía en la mano su bolso del que sacó una cartera. Con rapidez subió al taxi en el justo momento en que los dos hombres salían del bar y echaron a correr tras el automóvil, circunstancia que aproveché para escurrirme y desaparecer de su vista.

 

Imagen tomada de Internet

 

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Intuiciones

Decimos de alguien que es intuitivo cuando tiene la capacidad de aprehender de forma inmediata cosas o acontecimientos que a otros les cuesta captar. El conocimiento intuitivo es directo e irreflexivo. El comisario Adamsberg, personaje creado por Fred Vargas, establece hipótesis de trabajo en base a intuiciones y corazonadas. A su lado tiene al inspector Danglard, riguroso, metódico, analítico y lógico: Adamsberg y Danglard son dos caras de la misma moneda: la intuición y el rigor se asocian para establecer la verdad de los hechos, o al menos una aproximación razonable.

Cuando Amelia salió de casa, como casi todas las mañanas, cantaban los pájaros, lucía el sol y las campanas de la iglesia daban las ocho. Faltaron a la cita los estorninos, quizá porque extendían sus rumores y sus vuelos por los sembrados próximos. Anduvo con su natural prestancia, por el centro de la acera, hacia la boca del metro. Tomó asiento, sacó el libro de la mochila y se dispuso a reanudar la lectura, pero, a diferencia del día anterior, no consiguió concentrarse. Ese día le tocaba la casa del profesor, que además es un escritor de cierto renombre. El profesor está soltero, tiene unos cuarenta y cinco años, y vive solo aunque a veces cuenta con alguna compañía. Esto lo sabe Amelia en cuanto abre la puerta. Los olores y la disposición de las cosas le dan pistas sobre cuál de las dos mujeres, porque está convencida de que son dos mujeres, ha pasado la noche. No las conoce pero las ha puesto nombre y les ha atribuido una fisionomía a juzgar por el color del carmín en las colillas, la disposición y humedad de las toallas, o los restos de comida existentes en los platos o en el cubo de la basura. Al profesor lo conoció el día de la entrevista y no lo ha vuelto a ver. Tiene las llaves de la casa y sabe lo que hay que hacer. Cada final de mes encuentra en el lugar convenido un sobre con el dinero de su retribución. En alguna ocasión el profesor le deja una nota con una recomendación particular, como aquella, la primera, en que le decía que no hiciera caso de la mesa de trabajo, que ésta tenía su propio orden y le gustaba encontrarla como la había dejado. Naturalmente, siguió sus instrucciones, aunque interpretó que el cenicero abarrotado de colillas, la taza de café y el vaso con restos de whisky no entraban en ese orden y por eso los recoge, además quita las cenizas y las manchas repartidas por encima de la mesa. Hace grandes esfuerzos, pero no puede, por eso no evita curiosear y mirar los libros abiertos, subrayados y con comentarios en los márgenes, los rimeros de hojas manuscritas, supuestamente por sus alumnos, y las hojas y cuadernos en los que hay escritos esbozos de poemas, de narraciones, y borradores que tratan cuestiones diversas, todos ellos plagados de tachaduras con palabras en el borde superior y numerosos comentarios en los márgenes. Un día se lo comentó a Paco y éste la habló sobre el proceso creativo, de obras acabadas y abiertas, de procesos, aunque, cuando bajó a la tierra, le dijo que de eso ya lo tocarían más adelante. Y la ilustró sobre la dificultad de asentar como buena y genuina la edición de una obra de un autor antiguo, sobre todo si éste ha realizado correcciones, o se las han atribuido. Las obras dramáticas, por ejemplo, cuentan además con la dificultad de que los autores, que eran los equivalentes a los empresarios o directores teatrales actuales, compraban la obra al poeta, que así llamaban al que la había escrito, y la modificaban a su gusto. Pero hoy los escritores controlan la obra desde el manuscrito hasta las pruebas de imprenta; algunos editores les hacen sugerencias, pero ellos, los autores, son muy libres de aceptarlas. Eso sí, los hay que dejan a la vista todo lo que hacen: borradores, manuscritos, comentarios, métodos de trabajo, cartas, facturas, todo, y no falta quien esté presto para publicarlas. A este respecto me hizo gracia la observación que hace Umberto Eco, el de El nombre de la Rosa, a propósito de la escritura. En el principio de El péndulo de Foucault, dice que el ordenador es una bendición porque permite hundir en el éter la palabra, el párrafo, el capítulo, que hemos escrito mal y que no queremos que nadie lea, ¿Y tú qué opinas?, le preguntó. Amelia no se sorprendía por estas preguntas por sorpresa porque ya estaba acostumbrada, ¿Yo?… Verás… A mí no me gusta que me vean hacer mi trabajo. Cuando limpio el despacho de don Raimundo, prefiero estar sola; eso sí, luego me gusta que doña Rosa vea lo que he hecho, aunque, claro, no es lo mismo.

Se habían levantado como todos los días, habían repetido el juego de compartir la ducha, Aitor había preparado el desayuno y Amelia, recogido el baño y hecho la cama; habían desayunado deprisa, y Aitor había salido disparado para ayudar a poner todo a punto antes de abrir el taller. Amelia preparó la mochila y salió de casa con las campanadas de las ocho. Como algo borroso, como salida de un sueño, se le presentó la pregunta, Sí, está casado y tiene una hija de diez años, le dijo a Aitor mientras desayunaban, ¿Qué? ¿Quién? Preguntó él como cogido por sorpresa, Paco, anoche me lo preguntaste, ¿o lo habré soñado?, Ah, no, no lo soñaste; pero, bah, a mí qué me importa, Aitor mojó la tostada en el café con leche; bueno, simple curiosidad, sólo eso, se levantó y dejó los cacharros en el fregadero, hasta luego, mi vida, se inclinó y besó los labios con sabor a café de Amelia ¿Por qué no le había dicho que Paco se estaba divorciando? Se preguntó mientras el metro iba pasando estaciones.

La mente tiene extraños mecanismos para establecer asociaciones. Hasta ese momento Amelia no se había fijado en Paco como una mujer puede mirar a un hombre o un hombre a una mujer. Paco era el profesor de Historia, simpático, agradable, amante de su especialidad y aledañas, a quien le gusta prolongar la clase ante una caña de cerveza. En la Escuela se sabía que su matrimonio no iba bien, que estaba esperando a que se resolviera la demanda de divorcio. Eso se sabía, no porque él lo fuera diciendo sino porque esas cosas se saben. Pero esa mañana, en el metro, cuando iba camino de la casa del profesor y escritor notable, Amelia no se concentraba en la lectura. Hasta ese momento no había reparado en las risas furtivas de algunos compañeros de clase cuando sorprendían a Paco en el pasillo, cerca de la puerta de salida, hojeando unos apuntes, un libro abierto, o simplemente haciendo algo con el móvil. Y también esa mañana, en el metro, porque no se concentraba en la lectura, le llegó a la mente, diáfana y deslumbrante la cuestión: ¿Por qué Aitor le había hecho esa pregunta?

Imagen sacada de Internet