La prima Rosa, 2

490px-charles_de_la_fosse_-_acis_et_galathc3a9eMe sentía bien con la prima Rosa. Desde que teníamos diez años, con disgusto de nuestras madres, mis amigos y yo pasábamos los días en el río. A la hora de comer volvíamos a casa y durante la siesta nos escapábamos. Por la tarde, a la vuelta, me despedía de los amigos y me demoraba un rato en la huerta, con la prima Rosa. Cogíamos los huevos de los ponederos (nunca se me olvidará el tacto del huevo recién puesto, su calor y forma, la presión de la mano), encerrábamos a las gallinas, ordeñábamos a la vaca y nos regábamos con su leche: «Abre la boca —me decía—, así de calentita estaba la leche de tu madre»; me preparaba un trozo enorme de pan con cuajada, a veces con azúcar y vino, y luego, como si fuera una niña, jugaba, corría y peleaba conmigo. Cada cierto tiempo, me medía de pie junto al palo del tendedero, donde grababa una marca con una navaja.

Pero la tarde a que me refiero yo tenía dieciséis años y había crecido lo suficiente para que la prima Rosa ya no tomara nota de mi estatura. La prima Rosa conocía la naturaleza de mi deseo, atrapaba la dirección e intensidad de mis miradas y jugaba con mi turbación. Quizá fuera por eso que se fijó sin recato en el abultamiento de mi pantalón y cambió la sonrisa por una mirada para mí desconocida. Se fue aproximando, y a medida que se me acercaba, su olor y calor se hicieron tan intensos que me faltaba poco para estallar de deseo, locura y vergüenza. Cuando la sentí pegada a mi cuerpo, cuando sentí el aliento de su boca, no pude más y deseé que me tragara la tierra. Ella sonrió y me dijo: «Anda, quítatelo y te lo doy un agua; todavía queda sol para secarlo y todavía hay tiempo para lo que tú y yo queremos hacer»

“Lo que tú y yo queremos hacer”, me dijo, y recorrió mi cuerpo una descarga eléctrica. La prima Rosa se me ofrecía, venía a mí lo que más deseé desde que me sentí hombre; ella me lo dio con generosidad y yo le correspondí con mi juventud. Por imaginado, nunca pude sospechar que sentiría un placer tan intenso y la gloria de contemplar una desnudez tan densa y natural.

Aquellos días de verano fueron de un placer y una pasión deslumbrantes. Por más que estuve tentado, nada conté a mis amigos, pero ellos lo notaron. Estaba con ellos e inopinadamente me ausentaba y me iba con la prima Rosa, quien me recibía de buen grado para continuar una batalla que parecía no tener fin. Para sorprenderla, entraba a la huerta por la parte del río, pero no la engañaba y el sorprendido era yo porque estaba dispuesta para cualquier lance. Junto a ella nadaba con el sol recién puesto en las aguas tranquilas y templadas, lejos de las miradas de quienes se habían retirado a sus casas.

Pasaban y se acortaban los días. Entrados en agosto, la huerta se hacía más generosa y los frutos entraban en sazón. Una tarde, Rosa se me acercó con un tomate enorme, rojo, reventón, maduro, carnoso… Y me lo plantó en el pecho. Apretó, lo estrujó, y con la pulpa y el jugo me impregnó todo al tiempo que me daba otro para que hiciera con ella lo mismo. Así, nos restregamos el uno con el otro, nos lamimos, y nos extasiamos de placer hasta saciarnos. Luego nos tiramos al río.

Pero llegó septiembre y tuve que volver al colegio. Rosa y yo no nos escribimos. Se lo indiqué y me dijo que no. Le dije que no me iba y me dijo que no fuera tonto, que sacara mis estudios y acabara de hacerme un hombre. Cuando le hablaba torpemente de amor, se echaba a reír y me decía que no dijera tonterías, y cuando le dije que me esperara para Navidad, sonrió de un modo que no comprendí, me dijo: «Navidad, Navidad, demasiado tiempo, ¿Quién sabe dónde estaremos en Navidad?». El día que fui a despedirme, no estaba. La esperé, la busqué, pero no la encontré y no vino. Cuando volví en Navidades me dijeron que lo había vendido todo y a finales de octubre se fue no saben si a Barcelona, Alemania o Suiza. Le pregunté a mi madre y me dijo muy seria que lo mío era estudiar, que era en lo único que tenía que pensar.

Por ella, que me enseñó el sabor de la vida y de la libertad, me busqué trabajo y me negué a volver al internado. Pero sobre todo es la marca indeleble de aquel olor a mujer la que me hace sentir una poderosa nostalgia de mi calle, de mi río, y de aquel corral cercado con una valla de cañizo.

Sobre la imagen: Charles De la Fosse, Acis y Galatea, alrededor de 1700.

©Alfonso Cebrián Sánchez

2 respuestas a “La prima Rosa, 2”

  1. Esos maravillosos veranos de descubrimientos. ¿Quién no ha tenido algo así? Se llame Rosa o Manolo.
    Como siempre, un placer leerte, mi querido Alfonso.
    Un abrazo enorme.

    1. Y siempre estarán con nosotros. Un placer enorme verte, María. Un montón de besos.

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