Vida y andanzas de Cosme Vidal. El río

1200px-chicos_en_la_playa2c_por_joaquc3adn_sorollaSegún consta en mi Partida de Nacimiento, certifican con mayor entendimiento mi padre Antonio y mi madre Aurora, y atestiguan, porque estaban allí, la tía Ramona, la tía Juana, la tía Jacinta, la abuela Ramona y mi madrina Carmiña, vine a nacer en la que era casa de mis padres un día de noviembre de 1945 a las diez de la noche poco más o menos. Dicen que aquel fue el año del hambre y que se pasaba mucha necesidad, aunque, como decía mi madre siempre que tenía ocasión, a nosotros no nos comían los piojos y siempre había tocino y garbanzos para el cocido, y a mi padre no le faltaba el jornal. Mi madre contaba con pena y orgullo que lo primero que hice fue agarrarme a la teta, que muy llena no podía estar, no obstante, presumía de que aún mamaba a los cinco años y les disputaba el alimento a mis hermanas Ramona y Carmen. Cuento esto porque, lejos de nacer en el arroyo, o ser en él abandonado, fui el primer vástago de una familia humilde y mi nacimiento fue bienvenido y celebrado.

De niño cumplí con lo que se exige a un niño de barrio: no fui ni tonto ni listo, tampoco pegón, lo cual no quiere decir que no saliera cobrando el que se metiera conmigo. Si alguien registra mi cabeza, que aún conserva una buena mata de pelo, encontrará unas cuantas calvas, huella de las descalabraduras que vinieron por causa de un sin fin de caídas y pedradas, lo cual no tenía nada de extraordinario porque de ésas cada muchacho del barrio lucía unas cuantas; se podría afirmar que cada calva era un trofeo o medalla, testigo de nuestras andanzas. Pero lo mejor era el río: el río era nuestro dominio: allá nos enseñoreábamos de sus orillas porque todavía a la gente no le había dado por el baño y el sol. Los críos y los no tanto andábamos desnudos, nos rebozábamos en la arena y aprendíamos a nadar. En un tiempo en que todo estaba vedado, el cuerpo de los mayores era el modelo que nos decía cómo seríamos a no más tardar, y también los mayores nos iniciaron en rituales colectivos, cada uno consigo mismo, propios de aquella adolescencia picardeada por los cuentos de la calle y la contemplación de un viejo y manoseado Paris Hollywood. Para nuestro fastidio, aquello duró hasta el verano en que aparecieron las familias —padres, madres e hijos pequeños que se solazaban en el brazo estrecho y nada peligroso en cuyo arenal crecían los chopos—, y poco a poco fuimos expulsados de aquel edén hacia la isla y el río grande, donde nadaríamos a gusto y seguiríamos disfrutando de nuestra desnudez. Pero no hay dios que pare las invasiones. A mediados de verano pusieron un gango donde las familias se refrescaban con cerveza, vino y gaseosa, comían de lo que llevaban en sus cestas de mimbre, y los más osados tomaron posesión de nuestra reducida playa a orillas del río grande, así que nos vimos obligados a emigrar. Y así lo hicimos, y para ello elegimos una zona difícil, honda y peligrosa, aunque no para nosotros, que ya por aquel entonces éramos nadadores expertos. Cerca de aquel paraje se encontraban el huerto y la casa de la prima Rosa.

Sobre la imagen: Joaquín Sorolla, Niños en la playa (1010)

©Alfonso Cebrián Sánchez

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