Una relación sin arraigo

Henry Moore
Henry Moore, Two Forms (1934). MOMA

Aquel “No, Diego; ya no” lo determinó a desistir del primer impulso. ¿Qué sentirá? ¿Será que se defiende y pone entre nosotros la última barrera?, se preguntó dispuesto a reavivar el rescoldo por leve que fuera. Pero no era de los que toman la fortaleza por asalto. No quiso forzar la voluntad de Eugenia por más que lo asaltara la duda. Otra vez me retraigo, pensó, y le quedó la sensación de dejarlo todo a medias. De todos modos, no se dio por vencido.

—Aquí no estamos seguros —dijo—. No corramos peligro.

—¿Qué peligro? —Eugenia lo miró extrañada.

—Quiero decir que nos pueden interrumpir —Diego esbozó media sonrisa.

Eugenia reconoció que estarían mejor en un lugar tranquilo, fuera de la mirada y los oídos de la gente. Pero sabía, bien lo sabía, lo había sentido desde que lo volvió a ver, que la intimidad los llevaría otra vez al enredo, y no quería; tampoco estabilizarse con él. Pensaba que él tampoco lo deseaba, que la costumbre acabaría con los dos. Pese a todo, accedió por fin y no le puso condición alguna, le parecía pueril y estúpido, aunque sabía que no le sería fácil mantener la distancia ¿Acaso lo intentaría?

Caminaban despacio, intentaban no hacer caso al apremio del deseo. Disimulaban la urgencia, como si el único motivo fuera mantener una conversación de trabajo fuera de la curiosidad ajena.

Diego abrió la puerta y Eugenia hizo un comentario trivial para rebajar el tono: Pero si está todo igual, dijo. Diego cerró la puerta y se situó, como antaño, frente a ella. Avanzó y Eugenia alargó los brazos con ademán de detenerlo, pero le faltaron las fuerzas y posó blandamente las manos sobre los hombros del hombre.

Pero fueron otros en el abrazo. Las impresiones dejadas por otras manos, otros cuerpos, otros alientos se manifestaron en una forma de hacer más experta pero con menos entrega. Eugenia comprendió en el acto, en el abrazo, en los besos, que no habría compromiso, que el sexo, placentero y tórrido, era lo que quedaba, para bien, pensó. Así es mejor, cada cual con su vida, y una relación sin arraigo.

—Nos estamos haciendo mayores —dijo con ironía.

Diego sonrió.

—¿Te pongo una copa?

—¿Te queda de aquel bourbon?

Diego le dijo que no, que se había cansado de un sabor tan recio, que se había acostumbrado a un escocés normalito, y sacó una botella de J&B.

—¿Quieres hielo?

—Sí, dos cubitos —contestó ella.

Lo que había sido una pasión sin freno pasó a ser una relación sin objetivo, anclada en el presente, sin pretensión de durar.

—¿Qué tenías que decirme? —Diego sacó un paquete de cigarrillos, encendió uno y se lo pasó.

—¿Ya no fumas de aquello? —preguntó Eugenia con intención.

—No, ya no —contestó Diego—; a veces, no hace mucho, pero ya no, no me apetece.

—A lo mejor me quieres contar algo; para lo que tenemos que hablar tenemos tiempo —Eugenia le lanzó el humo en la cara y sonrió.

—No, qué va; no tengo nada que contar —Diego endureció la expresión—; mejor dicho, no quiero ¿Qué te puede importar?

—Ay, Diego, no te lamentes ¿Para qué volver? ¿No te parece bien así?

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Algo pasa

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Camille Claudel, Etude. Wikimedia Commons

Como ocurre en los hoteles, y más cuando se trata de una estancia inopinada y de emergencia, la habitación no sugería ninguna diferencia con la suya; nada se había impregnado de la presencia de una mujer. Luisa no había deshecho la maleta, había tomado lo justo y, para el aseo, se servía de los jabones y perfumes existentes en el baño, con lo cual, incluso los olores parecían los mismos. Había que ser muy despistado y poco observador para pasar por alto que Luisa se había soltado el pelo y dejaba caer sobre los hombros una hermosa melena que delineaba el óvalo de su rostro; además, con el aire que da la intimidad de la pieza, se había quitado la chaqueta y lucía una blusa blanca a la que había desabrochado el botón del escote justo para dejar al descubierto el nacimiento de los senos.

Naturalmente, los cambios operados no pasaron desapercibidos al piloto. No te precipites, se dijo, pero tampoco te demores demasiado.

—¿Whisky o cambiamos de bebida? —preguntó Luisa.

—Whisky… ¿para qué cambiar? —dijo él.

Luisa sacó unos vasos, hielo y un par de botellines. Puso los vasos sobre la mesa, el hielo en el centro, y destapó los recipientes con intención de servir el licor. A propósito se agachó ostentosamente y el piloto no tuvo reparo en asomarse a su escote. Brindaron de nuevo.

Fue Luisa quien, en un rapto de audacia, le dijo que no era necesario que pasara calor, que se quitara la chaqueta, y lo ayudó. Se acercó frente a él le desabrochó los botones, con las dos manos separó la pechera y ligeramente metió la pierna derecha entre las del hombre. Él se ahuecó para desembarazarse de la prenda, la arrojó en un vuelo de ave herida y abarcó en un apretado abrazo a la mujer que con tanta decisión había invadido su terreno. Desde ese momento las palabras se apartaron dejando sitio a los actos.

Desde entonces Luisa y el piloto compartieron días y noches en hoteles de media Europa. No podían frecuentar la casa de él por motivos obvios y en la de ella era imposible porque se lo tenían prohibido. Dijo que convivía con su madre y su tía, mujeres antiguas y demasiado estrictas.

El amor se fue haciendo sitio y Luisa disfrutaba, se sentía enamorada de nuevo, al fin y al cabo con esa relación le bastaba; hasta cierto punto tenía su aliciente vivir su vida y tener a quien amar y sentirse querida. Así estuvieron cinco años, pero como se suele decir, cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas. Fina se lo había dicho: Este trabajo es de poca satisfacción y de mucha renuncia. No importa el daño que nos puedan hacer a nosotras, contamos con ello, pero, ay, si nos embarcamos en compromisos, nos atacarán por ahí y será muy doloroso. ¿Y tú cómo te las arreglas?, le preguntó Luisa una noche de confidencias. Me limito a tener una vida privada lo más discreta posible, a no embarcarme en parejas, matrimonio, hijos… A Luisa le pareció muy dura la perspectiva, pero Fina era su tabla de salvación. El golpe había sido muy duro y aquello garantizaba un sueldo y una vida con la cabeza ocupada. Y eso, el diablo no pudo estar quieto.

Una noche, Luisa, que estaba entrenada para detectar los cambios de humor en las personas, descubrió que el piloto andaba caviloso y distraído. Le preguntó si le pasaba algo, si tenía alguna preocupación. Al principio él no quiso estropear el encuentro, pero tal era la zozobra que Luisa no tuvo más remedio que decirle:

—A ti te pasa algo; será mejor que me lo digas, a lo mejor te puedo ayudar.

—No, nada importante creo; una impresión, mi mujer…

Una reunión de trabajo

La joven abrió la puerta, y la forma de mirarlos parecía indicar que no le resultaba extraño que se presentaran dos desconocidos, del interior salía un leve y callado murmullo. Ante la mirada interrogativa de la muchacha, Diego, a sabiendas de que Elvira no estaba dispuesta a decir ni palabra, dijo que habían ido porque tenían un papel con esa dirección escrita. La muchacha sonrió con aire de complicidad, se hizo a un lado y les franqueó la entrada. Apenas dieron dos pasos cuando se encontraron en el minúscu­lo saloncito del apartamento. Cuatro personas, además de la joven, tres hombres y una mujer, se acomodaban en los ablandados asientos de un viejo tresillo. La joven arrimó unas sillas y les invitó a sentarse; ella hizo lo mismo. Pasaban los minutos y el aire se iba cargando de humo de tabaco rubio; los allí reunidos mantenían un pesado silencio a veces alterado por monosílabos sin respuesta. Uno de los hombres pidió una copa de coñac y la joven preguntó a los demás qué querían. Ella llenó un vaso grande y ancho de hielo y se sirvió ron hasta el borde. Los hombres tomaron coñac y la otra mujer agua; Elvira y Diego pidieron whisky. Con los primeros tragos hablaron del tiempo, del tráfico y de las obras de las calles, pero cuando empezaban a sentirse incómodos, la mujer de mediana edad, traje sastre ceñido y cabello negro recogido en una cola caballo, después de un leve carraspeo, inició la conversación.

—Supongo que todos han recibido la carta y la tienen aquí; ya saben que es imprescindible traerla.

Con ojos duros e inquisitoriales recorrió uno a uno a los circunstantes; con tono que sugería fría amabilidad, prosiguió:

—Ni que decir tiene que se les ha escogido de entre muchas personas después de un examen minucioso y muy selectivo, el objeto de nuestro trabajo no es para menos.

El hombre calvo, algo entrado en carnes, que había pedido la copa de coñac no parecía muy cómodo y, por los continuos carraspeos, daba la sensación de querer hablar. La mujer le clavó una mirada helada, se puso en pie y se alisó la falda. La luz de la lámpara del rincón proyectaba su figura sobre la pared y su rostro anguloso se llenó de sombras. Se hizo de nuevo un largo silencio. Pasado un instante, tomó de nuevo la palabra y en breves rasgos les dijo que trabajarían de forma inconexa, pero coordinados por ella; que hicieran todo al pie de la letra por absurdo que les pareciera; y, después les exigió la máxima discreción.

—La verdad, quisiera saber de qué va esto. Ya sé que en el anuncio pedían seriedad y discreción, pero a mí no me gustan los líos —dijo el hombre del carraspeo a la vez que añadía coñac a su copa.

—Pero le gustará el dinero, supongo —dijo la mujer dibujando por primera vez una sonrisa—. Además, quisiera que me explicara por qué habla usted de líos: esto es un negocio como otro cualquiera y, en todo caso, si no le interesa, puede retirarse.

—Hombre, yo no es que dude de la limpieza de su negocio, pero, la verdad, quisiera verlo más claro. A mí no me gusta hacer las cosas sin saber para qué, eso es lo que veo de raro en este asunto —hablaba temeroso y miraba a los demás como pidiendo su apoyo.

La chica y los otros dos hombres fumaban y no entraban en la conversación, quizá esperando que el otro se desgastara; Elvira y Diego lucían sonrisas impersonales y se miraban de reojo como diciendo, y esto de qué coño va. La mujer que llevaba la voz cantante volvió a tomar asiento, cruzó las piernas, y con aire aparentemente distendido dijo:

—Bueno, antes de entrar en materia vamos a conocernos, ¿me podéis enseñar las cartas?