Tiempo ceniza – El bolso

Ahora es cuando Elvira, no sabemos si por el asombro o la risa, abre los ojos desmesuradamente y no puede reprimir un “Joder, tío, menuda movida”.

-¿Y qué hiciste? -Elvira apura el vaso y se sirve de nuevo.

-Ya te lo he dicho; me escabullí. Me fui corriendo calle arriba y me metí en el metro; iba hecho una sopa y la gente me miraba, porque a pesar de lo que llovía nadie iba tan empapado como yo.

“El problema era volver a casa. Imagínate que los dos tipos se hubieran fijado en mí y pensaran que yo, tarde o temprano, volvería. Pensé en ti, no creas. Me dije, voy a casa de Elvira, ella me dará cobijo.

Elvira no puede reprimir la risa: “Cobijo, ella me dará cobijo. Una madre, eso es lo que soy; una gallina con sus polluelos bajo las alas ¿Y por qué no viniste?

-Porque no era buena hora; seguro que no estabas en casa.

-Pero sabes cómo y dónde localizarme…

-Pero no te quería complicar…

-Sí, claro, sobre todo eso -Elvira acaba de liar un cigarro bien cargadito y se lo pasa a Diego para que lo encienda-. Bueno, sigue.

“Después de hacer unos transbordos y comprobar que aquellos tipos no me seguían, anduve por Cuatro Caminos, ya había escampado, y volví andando. Tomé precauciones, miré hacia el interior del bar, escruté el portal, no vi nada raro, subí por la escalera y me metí en casa…

-Y entonces registraste el bolso para intentar atar algún cabo… ¿Y qué había?

-¿Qué había? Lo normal: barras de labios, un llavero, una pequeña agenda, un bloc de notas, unas gafas de sol, un pañuelo, un peine, esmaltes, un bolígrafo, cremas, un espejito, unas tijeras, un paquete de chicle, un par de condones, y dinero, mucho dinero, en dólares, un fajo de billetes de cien; y…

-¿Y?

-Y una pistola.

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Tiempo de ceniza – La tormenta

-¿Y para eso vienes y me despiertas a las tres de la mañana? ¿No tenías otro momento? Bueno, en realidad me acababa de acostar, pero, chico, hay momentos para estas cosas –la sonrisa de Elvira desmiente su incomodidad.

-Es que no es sólo ella sino la situación lo que me inquieta -Diego ni siquiera atiende a la objeción de Elvira-; en realidad fue un encuentro fugaz; digo encuentro cuando en realidad no lo hubo, si acaso una visión nada más, y un acto de lo más desconcertante; y ahora me veo envuelto en algo así como una aventura, aunque tampoco sabría decirte de qué se trata porque no lo sé –mientras habla hace girar el licor dentro del vaso; si contuviera hielo hablaría del tintineo de los cubitos.

“Verás. Hace unos días, una tarde, estaba muy agobiado, como encerrado, y me dio por salir a dar una vuelta para que me diera el aire. Era una tarde oscura, con un cielo pesado, de los que te presionan la cabeza y deseas que estalle un trueno y se ponga a llover. Y el trueno estalló, y se puso a llover con tal fuerza que me di media vuelta, pero no quise volver a casa tan pronto y entré en el bar de abajo, ya sabes, por tomar algo, por estar fuera de casa, por ver caras, gente, ruido, qué sé yo. Afuera jarreaba. La puerta y el ventanal del escaparate se empañaron enseguida, de la calle venían figuras borrosas que, como muñecos articulados, corrían sin ton ni son (Elvira escucha con atención sin dejar la media sonrisa). Una de las figuras se fue agrandando hasta abrir la puerta y entrar en el local. Era una mujer que entró apresurada y vino hasta el fondo, cerca de mí. Pidió un café con leche y sacudió la cabeza hasta hacer ondear una melena morena. Me sentí inundado por un perfume de pelo y lluvia. Parecía nerviosa y miraba insistentemente hacia la puerta; me daba la espalda y creí que ni siquiera había reparado en mi presencia. Del bolso sacó una pitillera y de ella un cigarrillo que encendió, y chupó la primera calada con ansiedad, para expulsar el humo con cierta violencia; el café se lo hubiera tomado de dos sorbos si no fuera porque en ese bar acostumbran a servirlo muy caliente. Cogía y levantaba la taza con gracia y estilo a pesar de la evidente excitación.

“Y de pronto ocurrió lo inesperado. Por la calle pasaban dos bultos, dos hombres que andaban apresurados, que volvieron y pararon ante la puerta, la abrieron, entraron en el bar, y la mujer se volvió hacia mí y me dijo: “Paga y vamos fuera”. Me miró intensamente, como suplicándome. Hice lo que me dijo y se colgó de mi brazo. Los dos tipos tardaron en reaccionar y cuando quisieron recordar andábamos calle arriba. Seguía lloviendo a cántaros. Apareció un taxi libre, lo llamó, y cuando me quise dar cuenta tenía en la mano su bolso del que sacó una cartera. Con rapidez subió al taxi en el justo momento en que los dos hombres salían del bar y echaron a correr tras el automóvil, circunstancia que aproveché para escurrirme y desaparecer de su vista.

 

Imagen tomada de Internet

 

Un viento traicionero

No hay nada tan perturbador para la vida tranquila y apacible, para la marcha sosegada y uniforme, que la aparición de un viento repentino. En El espejo del mar, Joseph Conrad nos habla con admiración y respeto de los vientos del Oeste y del Este. Para él, según su experiencia, vivida o contada, el viento del Oeste es como un rey vikingo, recio, fuerte, tozudo y constante. Tiene la fuerza del elefante y el zarpazo del león. Oscurece un cielo que se deshace en permanente aguacero y sopla sin tregua; pero es previsible. El buen capitán lo recibe de frente, incluso lo aprovecha para ganar velocidad, aun a riesgo de perder parte del velamen. El viento del Este, sin embargo, es torvo y traicionero como un príncipe o un condotiero del Quinientos. El del Oeste es previsible y no engaña. El cielo puede estar negro y soltando aguaceros durante semanas, pero el marinero sabe a qué atenerse; tiene hasta el detalle de avisar su final con un último turbión. Pero el del Este es capaz de dejar a la vista el cielo, el sol y la luna, para luego embestir de forma inesperada y al tiempo soltar un aguacero helado y brutal; el viento del Este puede desarbolar un barco o tenerlo a la deriva; además hay que andar desconfiado porque nunca anuncia su final.

Aitor es un hombre feliz. Joven, guapo, simpático y dinámico. No se le dieron bien los libros: sacó la ESO por los pelos y, por la insistencia de sus padres, se matriculó en un ciclo formativo relacionado con la mecánica del automóvil, sobre todo por tener un título para poder trabajar. Como suele ocurrir, en seguida destacó en las prácticas, aunque las pruebas teóricas las pasaba a duras penas. En cuanto consiguió el título, sin que nadie le dijera nada, corrió a buscar trabajo. No tardó en encontrarlo, y no podía haber un chico más feliz.

Tampoco Amelia disfrutaba con el estudio. Hubiera preferido quedarse con su abuela al cuidado de las vacas y del huerto, pero sus padres se tuvieron que trasladar a Madrid por imperativos de la empresa. Recordaba los veranos en la aldea, en casa de la abuela, asistir a las vacas y a las gallinas, faenar en el huerto. A veces pasaba por casa una de las pocas jóvenes que aún quedaban por allí. La abuela decía que en nada tenían que envidiar a las de la ciudad. Conducían un automóvil por las modernizadas pistas y carreteras, iban a las ciudades próximas y se divertían como la que más. El caso es que por añoranza o melancolía acabó la ESO y no quiso estudiar más. Se colocó en un supermercado, trabajó en una gasolinera, pero no terminó de gustarle, sobre todo después del atraco en el que se vio ante el cañón de una pistola y no acertaba a abrir la caja. Aunque lo peor fue la bronca del patrón, como si pretendiera que se hubiera enfrentado a los ladrones. Fue cuando Irene, su compañera, una chica procedente de Ucrania, espigada, lista, y con estudios de economía, le dijo que tenía amigas que iban a trabajar a las casas. Ante el respingo de Amelia, se echó a reír divertida, no mujer, le dijo, a limpiar por horas, qué te has creído. Dicen que no les va mal, normalmente son personas mayores o muy ocupadas y que ni siquiera están en casa. Te asignan una tarea y nadie te controla, siempre que lo hagas bien. Pero yo, chica, y si fuera tú haría lo mismo, me voy a matricular en clases nocturnas para sacar algo, yo qué sé, secretaria, ejecutiva, algo importante; pero no me convalidan nada y mi embajada no me hace ni caso, así que. otra vez a empezar de cero. Vamos a hacer una cosa: me acompañas y así ves de qué va eso.

Amelia y Aitor hacían botellón junto con otros amigos del barrio. De vez en cuando se enrollaban, como ellos decían, y se perdían por algún parque o descampado. Aunque no lo dijeran, se iban enamorando y siempre deseaban estar juntos. Con el primer sueldo, Aitor le compró al patrón un coche viejo que fue renovando. Con el coche se fueron independizando, y un día, los dos con trabajo, pensaron que podían juntar los sueldos, alquilar un piso y vivir como pareja. Entonces vino la ilusión por la moto. Amelia prefería una de esas de brillos cromados y niquelados y Aitor se inclinaba por una de las que se encabritan en cuanto les metes un poco de gas. Con esa ilusión, los sábados por la noche se juntaban con la peña de amigos para beber cerveza, fumar un poco y hablar de motores. Así iba todo hasta que Amelia decidió matricularse.

No iba bien la mañana. El puñetero se resistía; por más pruebas que le hiciera, la avería no daba la cara. Se lo entregaban al dueño, le decían que no veían nada, y a los dos días volvía, que si los tirones, que si el ruido ese. Pero Aitor no era de los que se lían a cambiar piezas a ver si así acertamos y de paso el cliente se deja un buen dinero; no, Aitor no era de esos, y el patrón se lo consentía porque era su mejor mecánico, así lo reconocía él, que llevaba toda la vida con el olor a grasa. No es que estuviera distraído, aunque, ahora que hacía cuentas, cada sábado le costaba más ir con los amigos, o tenía que ir solo porque Amelia tenía que estudiar, que por qué no iban alguna tarde al teatro, o al cine; y luego ese Paco, que si Paco ha dicho, que si me ha recomendado. El viento cambió de pronto y Aitor sonrió mientras empujaba el carrillo de las herramientas. Sintió el temblor de Amelia como el furtivo del primer día, el calor de su mirada, la turbación que siempre le provocaba. Pero en el fondo no alcanzaba a dar forma al desasosiego que lo había cogido como una tormenta, sentía que no era a Paco a quien había de temer. Entonces, ¿qué era lo que lo traía a mal traer?

Imagen tomada de Internet