Gloria Ravel en la playa

Y los focos, los focos te cegaban y te daban mucho calor; casi no podía ver al público, pero sentía muy cerca su aliento; había un silencio casi religioso. La orquesta y yo nos acoplábamos a la perfección como si fuéramos una pareja de baile: Bermúdez era un gran músico y le gustaba mucho mi ritmo y el calor de mi voz. Así abrázame mi amor / lo mismo que la yedra ¿Recuerdas esa canción? Siempre la cantaba. Tenía un repertorio muy amplio, no te vayas a creer, pero La Yedra era mi favorita. Y los aplausos, el cariño del público, el escenario repleto de flores; y los ramos en el camerino con sus tarjetas cargadas de insinuaciones ¡Otra vez fumando! Pero hija, si lo acabas de tirar y ya enciendes otro. Como te decía, hubo un tiempo en que tenía Madrid a mis pies. No era bonita pero sí vistosa, lo que más gustaba era mi porte; siempre he tenido buena estatura, el cabello rubio, liso; había que verme con mis vestidos largos y ajustados; verdes, casi siempre verdes, en todos los tonos, bien escotados por delante; y como siempre he estado proporcionada, no resultaba exagerada, no como esas vedettes, tan bastas; y algunas tan ordinarias, cantando canciones soeces, meneando el culo y provocando a los hombres. Yo no, yo era cantante y hacía respetar mi arte; y los guantes largos como Rita Haiworth en Gilda. Antoñito Gilabert, tan guapo y tan fino anunciaba mi actuación: ‘Y ahora damas y caballeros, distinguido público, tengo el placer de presentarles a la estrella de nuestro espectáculo, la elegante, la gentil, la sin par, ¡Gloooria Raveel!’. Me gustaba Antoñito Gilabert, pero hija no había manera de conquistarlo. Tenía afición por los jovencitos y, para qué negarlo, alguno compartí con él. Pero era muy ce­loso; y eso es un peligro, así que me retiraba antes de llegar a mayores. Que no mujer, que eso es mañana. Mañana a la una y media te recojo sin falta; no se te olvide. Bueno, pues como te decía, salimos de gira un verano para presentar en provincias parte del espectáculo, unos bolos que se llama. Nos contrataban para las ferias y ya sabes, la gente va un poquito lanzada, pero yo siempre me he hecho respetar. Una vez, en un teatro de una ciudad cercana a Madrid, me planté y hasta que no echaron a un tío gamberro no seguí cantando; a las demás podrán jalearlas; a mí no. Me dijo Miguel Iranzo, el director, que luciera un poco las piernas, que eso les gustaba a los provincianos; y se me ocurrió ponerme un conjunto de baile negro con incrustaciones verdes que ha­cía juego con una falda capa que me quitaba durante la actuación. Cantaba con picardía, y bailando me quitaba la falda, eso que ahora hace la Norma Duval, pero, mira por donde, un tío desde el patio de butacas se pone a gritar: tía buena y otras cosas. Así que me paré, hice callar a la orquesta y dije que no continuaba mientras no se llevaran a ese gamberro. Oye, el público rompió en aplausos y gritaban ¡Fuera, fuera, a la calle! Hasta que dos acomodadores lo sacaron de allí. Estaría bueno. Luego, Iranzo me dijo que no se me volviera a ocurrir, que había tenido mucha suerte, que si al público le da por otro lado no sabía qué hubiera podido pasar. Así que, ¿sabes qué hice? pues rompí el contrato y me fui a Madrid. A mí me iba a venir con esas; ni Iranzo ni narices. Anda, vamos a darnos un baño que son ya casi las once y me tengo que ir. Sí, hija sí, tengo mucho que hacer ¿Quién saca a hacer pipí a la perra? Además, hace mucho calor y este sol no es bueno. Pero, ¿otro cigarrillo? Mujer, que eso te puede perjudicar. Ya lo sé, ya sé que tu marido te dijo que fumaras cuanto te viniera en gana. El pobre, ya, ya lo sé. Y no había fumado en su vida. Una no sabe; pero de todos modos no te beneficia, fumas demasiado. Que ya no tienes otro placer. Ni yo, ¿qué te crees? Tú eras feliz con tu marido… No, yo no; el mío era un bestia. Pero mira, si no hubiera sido tan malo, yo no habría sido cantante. Menudo era, un Otelo, me tenía siempre encerrada; y un roñoso. No me invitaba ni al cine. Y yo trabajando como una negra para que luego, cuando venía por la noche de jugar la partida, se echara encima de mí… con ese aliento. Eso con veintitantos años… Tú qué sabes. Y encima estaba enredado con otra del pueblo de al lado. No sé qué le vería. Y encima, para fastidiarme, me decían algunas con retintín: ‘hija, no sé qué le dará; porque lo que es valer, vales tú mucho más’. Y cada día se prolongaban más las ausencias, cada día se preocupaba menos de mí. Muchas noches no iba ni a dormir a casa. Hasta que me largué con Manolito Sánchez; eso sí que no se lo esperaba: él me la pegaba pero yo lo dejé plantado. Y así empezó mi carrera. Manolito Sánchez, ¿nunca te he hablado de él? Manolito Sánchez vivía en Madrid y venía al pueblo todos los veranos. Era muy, pero que muy guapo; además siempre iba muy elegante, ni antiguo ni moderno, eso, elegante. La verdad es que a todas nos atraía un poco, bueno, a decir verdad, a algunas nos fascinaba. Sus modales, su conversación… Se veía a la legua que era un hombre de mundo. Murió de mala manera, pobrecito mío. Ya nos habíamos dejado: era un poco inconstante y yo lo sabía. Las faldas lo perdieron. Pero él me introdujo en el mundo del espectáculo y yo triunfé; y me libré del bestia de mi marido. Como te decía, mi marido siempre me tenía encerrada, pero al final se descuidó. Ya casi vivía siempre con la otra, entonces yo, en vez de amilanarme y llorar como una tonta, empecé a salir. Me iba a la ciudad, al cine, yo sola; y hasta me atreví a ir alguna noche a la sala de fiestas. Quería ver el mundo, los artistas, las cantantes, tan elegantes, tan guapas, con aquellos peinados altos. Oye, yo ensayaba en mi casa delante de un espejo; como siempre estaba sola. Pero cerraba la puerta de la calle, no fuera a venir alguna visita inoportuna. Pues como te decía, me ponía delante del espejo, unas veces envuelta en una colcha, lu­ciendo los hombros; otras me ponía un vestido al que quité las mangas y abrí un poco el escote; otras veces, me da vergüenza decirlo, pero qué más da, bailaba vestida sólo con la ropa interior. Me maquillaba, me pintaba bien pintada, y bailaba. En ocasiones me sentía querida por el público, porque yo tenía mi público, el humo del tabaco y los aplausos, el éxito. Soñaba y soñaba… Ahora soy muy realista, qué quieres que le haga; pero de joven…

            El mar es de un azul cristalino y una leve brisa refresca los cuerpos. Pe­queñas gaviotas juegan con los picos de las olas.

            Claro que si no llega a ser por Manolito Sánchez no salgo del pueblo. Me lo puso tan fácil. Al principio de aquel verano estuve algo deprimida; aquel tío ya ni pasaba por casa. Aparecía cuando menos lo esperaba y me daba algún dinero. ‘Toma, me decía, que nadie diga que te falta’. ¿Que si le pedía explicaciones? No hija, no. Jamás oyó de mí la menor queja. Estaría bueno. Verás. Iba algunas noches a la sala de fiestas y pedía una mesa alejada de la pista de baile, discreta, donde fuera difícil que me viera nadie. Pero Manolito debió verme entrar, el caso es que cuando quise recordar lo tenía delante pidiendo permiso para sentarse y para invitarme a una copa. Si te tengo que decir la verdad, diré que no me desagradó en absoluto verme de pronto a solas con Ma­nolito Sánchez en aquel local; al contrario, me puse muy contenta y, sorprendida conmigo misma, me puse a coquetear con él. Ni que decir tiene que le dije que sí. Pidió champan. Dijo, ‘esto hay que celebrarlo’ ‘¿Pero por qué?’ le pregunté. Entonces me dijo no sé qué de las venturas que reservan los dioses a los más afortunados y una serie de cosas muy graciosas y que eran muy suyas. El caso es que pasamos la noche en su hotel y al día siguiente, de madrugada, fuimos a mi casa, recogí lo imprescindible y me fui con él a Madrid.

Publicado en la revista Hermes en el invierno de 1999

Imagen: Playa con gente paseando y barcos. Vincent van Gogh. 1882. Tomada de Internet

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La petición

Una dificultad grande, que el narrador no siempre solventa con éxito, es la de transcribir el habla (o lenguaje coloquial) de sus personajes. Hay quien, en un alarde de autenticidad, trata de reproducir acentos, dialectos, estilos, registros, argots o jergas. A veces depende de la época, así, lo que hoy es marca de prestigio, el uso correcto de la lengua literaria, mañana puede ser desbordado por una mezcla de usos que podríamos denominar con el nombre genérico de ‘populares’: como es sabido, ya hemos pasado por ambas alternativas. En cuanto a la narrativa en español, no tengo más remedio que acudir a dos grandes talentos: Miguel de Cervantes y Benito Pérez Galdós. Una vez más me serviré del Quijote para llamar la atención sobre la habilidad del autor para utilizar diversos registros, en muchos casos de forma paródica, para así penetrar un poco más si cabe en el alma de los personajes: hay que ser muy bueno y muy hábil para mezclar el lenguaje coloquial con el lenguaje literario. Lo que en el teatro o el cine, llevado con mano discreta, puede tener cierta eficacia, en la novela puede ser un desastre, o en el mejor de los casos un intento fallido.

¿Me quiere de verdad? La pregunta apareció de pronto como el fogonazo que ciega cualquier sensación o pensamiento ¿Hay algún motivo, algún indicio? En realidad no, pero, ¿y esa manía de ir al teatro? Como aquella tarde en que se empeñó en ir al Español porque representaban Ricardo III. Poco le interesaba el teatro, aunque reconocía que por lo menos era llamativo el cromatismo de luces y decorados; y los trajes y vestidos de época, tan coloridos e historiados. Sin embargo vio salir y entrar de entre unas cortinas negras a unos personajes que cantaban, declamaban, gesticulaban, y se sentaban, subían y bajaban de grandes baúles que sin ton ni son aparecían en escena; y por si fuera poco, los hombres vestían largos y andrajosos tabardos, monos de trabajo, o ridículas gabardinas; y las mujeres vestidos y trajes que, a ver, quién se vestía así en tiempos de ese rey. Pero así será el teatro de ahora, y si a ella le gusta. Con todas sus fuerzas, intentó mantener la atención, pero no pudo evitar dar alguna cabezada. Bien, dijo, cuando Amelia le preguntó qué le había parecido; y le agradeció que no siguiera con el tema. Por si acaso se anticipó proponiéndole ir a tomar unas cervezas y comer algo antes de volver a casa.

Se sentía incómodo con esas novedades, pero Amelia era su chica y siempre fue más lista que él. No obstante, no le sentó nada bien que la tarde de aquel sábado, cuando estaban en el bar con los amigos, le ofreciera su entrada al Nico porque tenía que estudiar. Le había regalado la camiseta del Atleti, con la que estaba muy guapa, la bufanda para lucirla y extenderla cuando salían los jugadores mientras sonaba el himno, y agitarla después de cada gol. De esa guisa, se reunían con la Peña del barrio para ir todos juntos. Todo esto lo incomodaba, pero tampoco le daba demasiada importancia; tanto las salidas al cine o al teatro como las idas al fútbol culminaban en locas efusiones de amor. Y sin embargo la duda había sembrado la zozobra: algo había que hacer para que todo volviera a estar en su sitio ¿Dónde iban a encontrar mejores amigos? ¿A ver quién podía presumir de haber curado al Juli? Tan pillado por el jaco y ahora lleva una camioneta de reparto. Hubo que aguantarle el mono; para eso están los colegas. Y ahora, con tanto libro y tanto estudio, apenas se junta con los amigos, y me quiere llevar a mí detrás. Habrá que hablar, decirle las cosas, convencerla.

Como todas las noches, Amelia volvió cansada y con ganas de ponerse cómoda. Soltó la mochila y entró al dormitorio a quitarse la ropa. Se refrescaría, se daría una ducha, y se pondría algo ligero para cenar y pasar la velada. Aitor, como de costumbre, andaba por la cocina friendo boquerones y preparando una ensalada. Se sentaron a cenar, cada uno un plato colmado de ensalada y en el centro una buena tanda de boquerones, en una bandeja, sobre un lecho de lechuga. Tenemos que hablar, dijo, sin levantar los ojos del plato. Amelia lo miró expectante. Aitor levantó la vista, irguió la cabeza, carraspeó, y con voz ronca dijo: Quiero que dejes la Escuela.

[Para quien no quiera pinchar en los enlaces, me he servido del fragmento (Segunda Parte, Capítulo XIX) en el que, con motivo de las bodas de Camacho, conversan el bachiller, don Quijote y Sancho, y Don Quijote dice eso de: “Fiscal has de decir —dijo don Quijote—, que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda”. En cuanto a Benito Pérez Galdós, he acudido a “MiauEl lenguaje coloquial (humano) en Galdós”, publicado por la recordada Ana María Vigara Tauste en el Nº 5 de la revista digital Especulo, en 1997].