La petición

Una dificultad grande, que el narrador no siempre solventa con éxito, es la de transcribir el habla (o lenguaje coloquial) de sus personajes. Hay quien, en un alarde de autenticidad, trata de reproducir acentos, dialectos, estilos, registros, argots o jergas. A veces depende de la época, así, lo que hoy es marca de prestigio, el uso correcto de la lengua literaria, mañana puede ser desbordado por una mezcla de usos que podríamos denominar con el nombre genérico de ‘populares’: como es sabido, ya hemos pasado por ambas alternativas. En cuanto a la narrativa en español, no tengo más remedio que acudir a dos grandes talentos: Miguel de Cervantes y Benito Pérez Galdós. Una vez más me serviré del Quijote para llamar la atención sobre la habilidad del autor para utilizar diversos registros, en muchos casos de forma paródica, para así penetrar un poco más si cabe en el alma de los personajes: hay que ser muy bueno y muy hábil para mezclar el lenguaje coloquial con el lenguaje literario. Lo que en el teatro o el cine, llevado con mano discreta, puede tener cierta eficacia, en la novela puede ser un desastre, o en el mejor de los casos un intento fallido.

¿Me quiere de verdad? La pregunta apareció de pronto como el fogonazo que ciega cualquier sensación o pensamiento ¿Hay algún motivo, algún indicio? En realidad no, pero, ¿y esa manía de ir al teatro? Como aquella tarde en que se empeñó en ir al Español porque representaban Ricardo III. Poco le interesaba el teatro, aunque reconocía que por lo menos era llamativo el cromatismo de luces y decorados; y los trajes y vestidos de época, tan coloridos e historiados. Sin embargo vio salir y entrar de entre unas cortinas negras a unos personajes que cantaban, declamaban, gesticulaban, y se sentaban, subían y bajaban de grandes baúles que sin ton ni son aparecían en escena; y por si fuera poco, los hombres vestían largos y andrajosos tabardos, monos de trabajo, o ridículas gabardinas; y las mujeres vestidos y trajes que, a ver, quién se vestía así en tiempos de ese rey. Pero así será el teatro de ahora, y si a ella le gusta. Con todas sus fuerzas, intentó mantener la atención, pero no pudo evitar dar alguna cabezada. Bien, dijo, cuando Amelia le preguntó qué le había parecido; y le agradeció que no siguiera con el tema. Por si acaso se anticipó proponiéndole ir a tomar unas cervezas y comer algo antes de volver a casa.

Se sentía incómodo con esas novedades, pero Amelia era su chica y siempre fue más lista que él. No obstante, no le sentó nada bien que la tarde de aquel sábado, cuando estaban en el bar con los amigos, le ofreciera su entrada al Nico porque tenía que estudiar. Le había regalado la camiseta del Atleti, con la que estaba muy guapa, la bufanda para lucirla y extenderla cuando salían los jugadores mientras sonaba el himno, y agitarla después de cada gol. De esa guisa, se reunían con la Peña del barrio para ir todos juntos. Todo esto lo incomodaba, pero tampoco le daba demasiada importancia; tanto las salidas al cine o al teatro como las idas al fútbol culminaban en locas efusiones de amor. Y sin embargo la duda había sembrado la zozobra: algo había que hacer para que todo volviera a estar en su sitio ¿Dónde iban a encontrar mejores amigos? ¿A ver quién podía presumir de haber curado al Juli? Tan pillado por el jaco y ahora lleva una camioneta de reparto. Hubo que aguantarle el mono; para eso están los colegas. Y ahora, con tanto libro y tanto estudio, apenas se junta con los amigos, y me quiere llevar a mí detrás. Habrá que hablar, decirle las cosas, convencerla.

Como todas las noches, Amelia volvió cansada y con ganas de ponerse cómoda. Soltó la mochila y entró al dormitorio a quitarse la ropa. Se refrescaría, se daría una ducha, y se pondría algo ligero para cenar y pasar la velada. Aitor, como de costumbre, andaba por la cocina friendo boquerones y preparando una ensalada. Se sentaron a cenar, cada uno un plato colmado de ensalada y en el centro una buena tanda de boquerones, en una bandeja, sobre un lecho de lechuga. Tenemos que hablar, dijo, sin levantar los ojos del plato. Amelia lo miró expectante. Aitor levantó la vista, irguió la cabeza, carraspeó, y con voz ronca dijo: Quiero que dejes la Escuela.

[Para quien no quiera pinchar en los enlaces, me he servido del fragmento (Segunda Parte, Capítulo XIX) en el que, con motivo de las bodas de Camacho, conversan el bachiller, don Quijote y Sancho, y Don Quijote dice eso de: “Fiscal has de decir —dijo don Quijote—, que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda”. En cuanto a Benito Pérez Galdós, he acudido a “MiauEl lenguaje coloquial (humano) en Galdós”, publicado por la recordada Ana María Vigara Tauste en el Nº 5 de la revista digital Especulo, en 1997].