Justicia poética (1)

La tarde se deshilaba en fina lluvia que, menuda y ligera, se deslizaba suavemente sobre el paraguas que una mujer sostenía con trémula mano. Las últimas luces se escapaban difuminadas por los rincones más altos de la plaza de Santo Domingo el Real y el tenue fulgor de las primeras farolas caía despacio sobre el brillo empedrado de la calle. La mujer, desde el cobertizo, miraba y miraba hacia el fondo y pensaba que todo había sido una locura, y se sentía ridícula. La plaza poco a poco se sumergía en la humedad de la noche. ‘Ahora no puedo flaquear, no hay nada de malo en todo esto; en cualquier caso es hermoso’ se decía mientras sus piernas temblaban y, no sabía bien por qué, demoraba sus pasos para retrasar en lo posible la cita con su destino.

En el Instituto hablaba de poesía con pasión contenida y sentía el ligero rubor que apenas traslucía el rescoldo que anidaba en su seno. Cuarenta años de sábanas solitarias, noche tras noche deshojaba la flor amarga del desamor.

Le gustaba dar clases al aire libre. Una tarde, en la plaza de Santo Domingo el Real, donde el silencio resuena iluminado por la tenue luz conventual, al pie de la placa de mármol que en su día dedicaron a Bécquer, con suavidad majestuosa desgranaba sus explicaciones, ilustradas por cálidos y encendidos poemas. En el aire flotaban palabras de amor y de misterio.

Solía pasear por las calles solitarias para oír el eco de sus pisadas. Disfrutaba de la soledad sin más compañía que sus pensamientos. Rara vez aparecía por las calles céntricas, sólo cuando se acercaba al teatro.

Una tarde, cuando andaba por los Cobertizos, llamó su atención una hoja blanca de papel que, doblada cuidadosamente, se ofrecía en el hueco de una antigua hornacina. Picada por la curiosidad, tomó y desdobló cuidadosamente lo que parecía un mensaje. La sorpresa se encendió en su rostro para después elevar la mirada a lo largo de las altas paredes y expresar una lejana sonrisa. Y es que, lo que antes llamaríamos billete decía lo siguiente:

Gracias a ti mis solitarios paseos se alejan de la melancolía, y al verte andar por mis calles el espíritu recupera esa alegría que consideraba perdida. Compartimos nuestras pisadas y mis manos acarician lo que tocas. No me conoces, pero algún día, si quieres, mi cuerpo estará contigo aunque ya posees mi alma. Siempre sé dónde estás. Si aceptas mis cartas pronto tendrás de nuevo mis noticias.

No quería tomar en serio tamaña tontería, lo que no le impedía dejar de pensar en ello. Quién será semejante personaje. No es más que una broma de mal gusto. Pero la curiosidad primero, y el deseo después, comenzaron a minar aquella, hasta entonces, despreocupada mente.

Las lluvias y los fríos acompañaban sus atardeceres sombríos. Miraba la hornacina por si hubiera un nuevo billete, una referencia que soplara en el fuego que iba germinando en su corazón aturdido. En clase se distraía. Los alumnos lo notaban. Hasta que una tarde amarilla, la blancura de papel resaltaba como una luz en la hornacina. Las palabras escritas en él soplaban sobre las ascuas avivando promesas de amor y de misterio. El color rosaba sus mejillas y sus ojos recuperaban lejanos brillos. Lo que había sido una mueca pasó a ser un bello resurgir otoñal. A los apagados ojos de mirada esquiva retornó el claro azul con sus brillos juveniles. La blanquecina piel hermoseaba en leves carmines y en dorados tonos y la risa iluminaba la frescura de su boca. A toda carrera, ante tanta mudanza, acudió el deseo. Ya las noches no estaban vacías. Descubrió de nuevo la seda de su piel, la olvidada firmeza de sus pechos, el suave y húmedo calor de sus rincones. La Luna, indiscreta, plateaba su cuerpo desnudo ante el frío balcón.

 

Imagen: Plaza de Santo Domingo el Real, Toledo.

 

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El brillo añejo de la tarde

Aparecieron una tarde cualquiera. Doña Rosa no recuerda si era invierno o verano, pero sí que fue por la tarde. Llamaron a la puerta, alguien con algo que vender, se dijo. Abría porque no le gustaba hacerse la ausente o la tonta, Tampoco cuesta demasiado saber lo que una quiere, les decía a las amigas, por qué te van a engañar; son muy jóvenes y no tienen otra cosa; no, claro, primero pregunto. La miraron sonrientes pero con una calidez calculada y distante. La mayor aparentaba unos cincuenta años. Iba muy arreglada. La acompañaba una mujer más joven, algo atractiva, pero con una belleza desvaída. La mayor se presentó como Esperanza y le preguntó a doña Rosa si le podía hacer una pregunta. Ante la señal afirmativa y la cara de asombro de ésta, le dijo si pensaba con frecuencia en los problemas de este mundo y si pensaba si había alguna solución. Doña Rosa, abrumada y perpleja ante tan enrevesada cuestión, les dijo que no, que no se le ocurría solución alguna, Hacer las cosas bien, creo, pero bueno, no se queden aquí en la puerta, pasen y me lo preguntan más despacito. Tuvo que insistir para que le aceptaran una infusión de manzanilla y unas galletas, y mientras las servía les dijo que esas cuestiones le venían grandes, Bastante tengo con mantener mi vida en orden como para ponerme a solucionar los problemas del mundo; si no tiene arreglo, ¿para qué preocuparse? La más joven le dijo que había que pensar no sólo en este mundo sino en la trascendencia, Hay otro mundo después de este, le dijo; y a ese estamos todos llamados, siendo unos pocos los justos que disfrutarán plenamente del que ha de venir no tardando mucho. Doña Rosa vio que la conversación no llevaría a ninguna parte y les preguntó si vivían por allí, a lo que contestaron que no, que vivían en Getafe, pero que les gustaba predicar, así dijeron, por Madrid, y especialmente por el centro. Así transcurrieron días y conversaciones, de modo que se inició una relación basada en una especie de esgrima dialéctica entre Esperanza, que trataba de entrar en su materia, y doña Rosa, que practicaba el arte de escurrir el bulto; hasta que se concedieron una tregua y pasaron a conversar sobre las cosas de la vida: hablar de los hijos, del matrimonio, de la soledad, de las dificultades económicas; de cine, libros, incluso de la actualidad política: cualquier tema servía de pretexto para tomar una manzanilla, unas galletas y pasar un rato.

Amelia salió de casa con la mochila a la espalda rumbo a la Biblioteca. Parecía que iba a comerse el mundo con los ojos, cualquiera que se cruzara con ella sentiría el calor de su mirada, que sin embargo iba absorta contemplando lejanos y desconocidos paisajes acompañada de Aitor y un par de chiquillos. De ahí pasaba sin transición a pensar en las aplicaciones, y en lo que le iba a preguntar a la de Mates. Así llegó junto a Ángela, la bibliotecaria, Un café, te traigo un café, le preguntó. Ángela le dijo que sí con una sonrisa y Amelia fue a la máquina en la que seleccionó lo de siempre: uno largo y un cortado. Vio a la bibliotecaria triste y se lo refirió, Me quedan unos días, el sábado se me acaba el contrato y no me lo renuevan; otra vez al paro, dijo ésta, ¿tú crees que merece la pena matarse a estudiar para esto?

Ante estas situaciones Amelia se quedaba confusa; como cuando Aitor le decía, incluso a modo de reproche, que no entendía el porqué de tanto esfuerzo, con mi curro y con el tuyo estamos bien, decía.

Amelia acabó el café entristecida, animó a Ángela con las mejores palabras que pudo, y se dirigió a la mesa de costumbre, a la silla de costumbre. Sacó el libro de Matemáticas, el cuaderno y el bolígrafo, y antes de sentarse, paseó su mirada por el brillo añejo de la tarde que se colaba por la ventana.