No me veo como un enamoradizo

‘No me veo como un enamoradizo’, me dijo Diego uno de estos días en que venimos charlando de asuntos del pasado, como sincerándonos. ‘Sin embargo, es cierto, ellas me atraen o atrajeron con una fuerza que apenas podía dominar y, ya lo ves, me implico hasta lo más hondo, y las quiero, a todas las quiero o las he querido, como más te guste. Es lo que me ocurre hoy con Blanca, aunque sería más preciso si dijera que me vuelve a ocurrir, y si me apuras te diría que en el fondo nunca la dejé de querer, porque no las he querido de una en una, sino a cada una sin dejar de querer a la otra. En cuanto a Blanca, ¿quién diría que al cabo de los años íbamos a encontrar esta paz? Pero entonces, después de aquello me dejó porque necesitaba romper con todo lo relacionado con lo que pasó’.

Echó en su vaso un par de cubitos de hielo y se añadió más whisky. Sacó del bolsillo de la camisa uno de sus cigarrillos y lo encendió con un mechero de los que suelo tener sobre la mesa; por mi parte yo encendí uno de los míos.

—No deberías fumar —me dijo en tono de broma—; y no te apures, Luisillo, que no te voy a dejar sin historia. Te voy a contar lo que me pasó después de que Freixido nos enrolara para sacar adelante nuestra revista… ¿De verdad no te diste cuenta?

—Hombre, algún cambio se notó, pero iban tan deprisa los acontecimientos y las novedades que no me dio por pensar en nada; además, tampoco me parece que se lo tomaran muy en serio, sobre todo si atendemos al último cambio, del que ya supe algo más —le dije con ironía.

—En fin, fuera como fuere, ya sabes que aceptamos y quizá nos justificamos diciéndonos que no quedaba otra, que tampoco era tanto lo que nos pedían, que con algo de habilidad nos saltaríamos las instrucciones. Lo que no sabíamos, aunque no es difícil de imaginar, es que aquello no iba a pasar de ser un trámite más y que se olvidarían de nosotros.

 

Con todo, se fue imponiendo la calma o al menos cesaron las hostilidades. La tarde tocaba a su fin y el sol desparramaba destellos rojizos encaramado en el ocaso. Volvieron Eugenia y Fina y con ellas entró en la casa una bocanada de frío.

—Habrá que tomar un café y pensar en irse a Madrid —dijo Freixido.

Eugenia dijo que ella lo prepararía y Diego aprovechó para acompañarla con la excusa, no del todo insincera, de que le gustaba mucho el café y sus preparativos, ver como lo hacen los otros porque siempre se aprende algo, incluso en las operaciones más sencillas, aunque lo que en realidad quería y Elvira captó en el acto era quedarse a solas con Eugenia. Hablaron de cosas intrascendentes: cómo moler el grano, si hay que calentar antes el agua. Eugenia le dijo que se tenía que conformar con café molido de paquete, que no se lo dijera a Freixido, y menos mal que no es de sobre, le dijo.

—¿Cuándo te puedo ver? —le preguntó Diego de sopetón, sin preparativos ni transiciones.

—Ya me estás viendo —contestó Eugenia con una sonrisa.

—No es a eso a lo que me refiero —replicó Diego.

—Ya, ya me lo imagino; si te ocurre lo que pienso, ¿por qué no te quedas?

Diego, por mucho que lo deseara, no esperaba una proposición tan directa. Nervioso, se puso a dar paseos por la cocina.

—¿Quién vive aquí? —fue lo único que se le ocurrió preguntar.

—Eso qué importa, ¿te quedas o no? Bueno, digamos que vive Fina; pensé que lo habías notado.

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Qué calor

6:00 de la mañana. Empiezo a respirar, pero ya no tengo sueño. Algo he dormido, creo. No, no era fiebre; sólo recuerdo algo como un sueño en bucle. No leo, no escribo, no…, bueno sí, aunque antes de las doce.

6:30, primera ducha. Me da ánimos el fresco abrazo del agua; duran lo que tardo en secarme. Desayuno.

7:00, a la calle; 9:30, vuelta empapado en sudor, con el pan y el periódico; nueva ducha.

10:00, ¿fruta o gazpacho?

11:30, repaso del periódico, ¿para qué comentarlo?

12:30, la casa en sombra, como una jaima, dispuestas las cortinas como grandes abanicos; nada de ventiladores ni aire acondicionado, ¿que no? a la una entra fuego por las ventanas. Aire acondicionado hasta las doce de la noche.

¿Que hacer? ¿Cine? ¿Lectura? ¿Siesta? ¿Nada?

Vemos la película argentina El ciudadano ilustre. Volver a la tierra puede ser un infierno, sobre todo si la has convertido en tu mundo literario. División de opiniones sobre el final después del final: no me gustan los estrambotes; a Carmen le parece acertado.

Inicio ¡Ya era hora! la lectura de Patria. Independientemente del contenido, ya me gustan la estructura que se adivina y los recursos formales: distribución en capítulos cortos con su propio título, y en el primero, menos de tres páginas y media, con ágiles pinceladas presenta (se presentan) a tres personajes, caracteres, conflictos… Ah, y un uso magistral del estilo indirecto libre.

Y dejo aquí la entrada. El ordenador escupe fuego por la ranura del ventilador ¡Me voy a la ducha!