Carlota

Sabes qué es el estraperlo, pregunta doña Rosa, y Amelia, sorprendida, se siente en la obligación de responder.

-No sé, ¿algo así como el contrabando?

-Sí, algo parecido, aunque no es lo mismo comprar de contrabando que de estraperlo; de contrabando podías comprar un capricho y de estraperlo algo necesario, muy necesario, como el pan, pero veo que me voy por las ramas, ¿por dónde iba? Ah, sí, de los celos por los estudios.

“Ya te he dicho que don Raimundo no era el partido que soñaba mi madre, pero bien que se  impuso; no, si luchador y tozudo era un rato. Sacó la carrera con sobresalientes y matrículas, y aprobó a la primera la oposición de adjunto. Con esos títulos se presentó a pedir mi mano, y vaya si lo consiguió. Yo, por mi parte, dije que o me casaba con él o me iba a una misión al África; vieron tal decisión en nosotros, que dieron su brazo a torcer. Porque Raimundo y yo nos queríamos desde niños, bien pronto nos prometimos en secreto, sólo lo sabía mi hermana Carlota.

“Ay, si te cuento lo de mi hermana Carlota -doña Rosa vuelve a llenar las copitas-; menuda campanada -ríe con desenfado-. Resulta que Raimundo y yo vivíamos aquí, en esta casa, y en el tercero había una pensión. Pues bien, en la pensión pasaban temporadas, cuando los contrataban para el Price, unos artistas de variedades: cantaban, tocaban instrumentos musicales y hacían juegos malabares: cosas así; eran tres hermanos: dos chicas y un chico.

“Dio la casualidad de que Carlota, que venía mucho por casa, y a la que no le hacía ninguna gracia la encomienda de mis padres…

-Toma, menuda gracia me habría hecho a mí; me hacen a mí eso y me marcho de casa…

-Sí, hija, si, y harías bien, pero eso lo hacían muchas familias, y lo malo era que la señalada obedecía sin rechistar; y lo que es peor, solían elegir a la que tenían como poco agraciada, como si dijeran, ya que no va a ser fácil casarla, que nos cuide. Y el caso es que Carlota, que no era una belleza de las que se estilaban entonces, alta, huesuda, con la cara un poco larga, era muy elegante y resultaba muy atractiva…

-¿Y qué pasó, doña Rosa? No me lo diga; se conocieron en el ascensor, digo, al artista ese, al hermano, al de la pensión…

-Bueno, algo parecido.

 

En la imagen: Ritratto di Margherita, (1916). Amedeo Modigliani. Tomada de Internet