El brillo añejo de la tarde

Aparecieron una tarde cualquiera. Doña Rosa no recuerda si era invierno o verano, pero sí que fue por la tarde. Llamaron a la puerta, alguien con algo que vender, se dijo. Abría porque no le gustaba hacerse la ausente o la tonta, Tampoco cuesta demasiado saber lo que una quiere, les decía a las amigas, por qué te van a engañar; son muy jóvenes y no tienen otra cosa; no, claro, primero pregunto. La miraron sonrientes pero con una calidez calculada y distante. La mayor aparentaba unos cincuenta años. Iba muy arreglada. La acompañaba una mujer más joven, algo atractiva, pero con una belleza desvaída. La mayor se presentó como Esperanza y le preguntó a doña Rosa si le podía hacer una pregunta. Ante la señal afirmativa y la cara de asombro de ésta, le dijo si pensaba con frecuencia en los problemas de este mundo y si pensaba si había alguna solución. Doña Rosa, abrumada y perpleja ante tan enrevesada cuestión, les dijo que no, que no se le ocurría solución alguna, Hacer las cosas bien, creo, pero bueno, no se queden aquí en la puerta, pasen y me lo preguntan más despacito. Tuvo que insistir para que le aceptaran una infusión de manzanilla y unas galletas, y mientras las servía les dijo que esas cuestiones le venían grandes, Bastante tengo con mantener mi vida en orden como para ponerme a solucionar los problemas del mundo; si no tiene arreglo, ¿para qué preocuparse? La más joven le dijo que había que pensar no sólo en este mundo sino en la trascendencia, Hay otro mundo después de este, le dijo; y a ese estamos todos llamados, siendo unos pocos los justos que disfrutarán plenamente del que ha de venir no tardando mucho. Doña Rosa vio que la conversación no llevaría a ninguna parte y les preguntó si vivían por allí, a lo que contestaron que no, que vivían en Getafe, pero que les gustaba predicar, así dijeron, por Madrid, y especialmente por el centro. Así transcurrieron días y conversaciones, de modo que se inició una relación basada en una especie de esgrima dialéctica entre Esperanza, que trataba de entrar en su materia, y doña Rosa, que practicaba el arte de escurrir el bulto; hasta que se concedieron una tregua y pasaron a conversar sobre las cosas de la vida: hablar de los hijos, del matrimonio, de la soledad, de las dificultades económicas; de cine, libros, incluso de la actualidad política: cualquier tema servía de pretexto para tomar una manzanilla, unas galletas y pasar un rato.

Amelia salió de casa con la mochila a la espalda rumbo a la Biblioteca. Parecía que iba a comerse el mundo con los ojos, cualquiera que se cruzara con ella sentiría el calor de su mirada, que sin embargo iba absorta contemplando lejanos y desconocidos paisajes acompañada de Aitor y un par de chiquillos. De ahí pasaba sin transición a pensar en las aplicaciones, y en lo que le iba a preguntar a la de Mates. Así llegó junto a Ángela, la bibliotecaria, Un café, te traigo un café, le preguntó. Ángela le dijo que sí con una sonrisa y Amelia fue a la máquina en la que seleccionó lo de siempre: uno largo y un cortado. Vio a la bibliotecaria triste y se lo refirió, Me quedan unos días, el sábado se me acaba el contrato y no me lo renuevan; otra vez al paro, dijo ésta, ¿tú crees que merece la pena matarse a estudiar para esto?

Ante estas situaciones Amelia se quedaba confusa; como cuando Aitor le decía, incluso a modo de reproche, que no entendía el porqué de tanto esfuerzo, con mi curro y con el tuyo estamos bien, decía.

Amelia acabó el café entristecida, animó a Ángela con las mejores palabras que pudo, y se dirigió a la mesa de costumbre, a la silla de costumbre. Sacó el libro de Matemáticas, el cuaderno y el bolígrafo, y antes de sentarse, paseó su mirada por el brillo añejo de la tarde que se colaba por la ventana.

La siesta

Es la hora de la siesta. En la pantalla, el busto deja ver el conato de sonrisa con que convierte la miseria y la muerte en puras banalidades. Doña Rosa se ha pasado a la penumbra del salón, a la blandura del sillón, en el que, muy a su pesar, dormitará y dejará pasar una tras otra las secuencias del serial. A lo lejos se oyen las campanadas del viejo reloj. Amelia se refresca y recompone después de haber dado una cabezada, echada en el sofá cama. Por el patio de luces asciende un ritmo de bachata que acompasa su ir y venir, para sacar mandilón y zapatillas de la mochila, y en su lugar poner cuadernos y libros. Son las cuatro y hay que hacer un repasillo en la Biblioteca, le gustan el silencio y el ambiente, como si se estudiara mejor. Después, en Adultos, Mates con Lola, la nueva, la interina.

Con la aparente desgana que viene de la rutina, doña Rosa fregó la loza, colocó la cocina, fregó el suelo, y se mudó al salón. Encendió la televisión y se aprestó para ver el capítulo del día del culebrón de la Primera. Para ello tenía dispuesto un sillón de alto respaldo, un cojín de látex ajustado a las lumbares y un escabel para combatir la hinchazón de los pies. Atacaba la serie con entusiasmo, pero al cuarto de hora se le cerraban los ojos y, a pesar de los esfuerzos, acababa dormida después de emitir un sonoro ronquido. En muchas ocasiones, más de las que ella quisiera, se despertaba cuando había acabado el capítulo de la serie. Entonces miraba el reloj por si se le había pasado la hora de arreglarse para reunirse con las amigas. Había tardes que la despertaba el ring del teléfono y se levantaba sobresaltada y presurosa, no fuera a no llegar a cogerlo. Y cuando lo descolgaba y reconocía la voz de Pili Revuelta, Reme Alonso o Purita Díaz, no podía evitar un gesto de decepción que trascendía al tono de su voz, porque lo que deseaba era oír la voz de Gonzalo, su hijo, de quien siempre esperaba la llamada que llegaba de pascuas a ramos.

Pero esta tarde lo que sonó fue el timbre de la puerta. Con pasos torpes, con las piernas dormidas, salió al recibidor y preguntó quién era sin atreverse a abrir la mirilla. Esperanza, le contestó una voz suave y bien timbrada. Espera, hija, ahora te abro, le dijo, y se fue al cuarto de baño a refrescarse y atusarse para estar presentable.

Abrió la puerta, y ante ella estaban Esperanza y Matilde: la primera de mediana edad y la segunda más joven. Miró el reloj y vio que marcaba las cinco y media, Venga, pasad y charlamos un ratito, les dijo. Entraron con la confianza que da el haber sido siempre bien recibidas y se sentaron en el sofá. Sobre la mesa depositaron unos folletos y una biblia con las cubiertas de cuero negro.

Imagen: La siesta, Vincent Van Gogh (según Millet), 1890,Musée d’Orsay, París. Bajada de Internet