Tiempo de lectura

Hay una sacudida de hierba y rocío al abrir la puerta. Te sigue una mariposa blanca a ras de suelo. Te viene a la memoria –siempre la literatura- el personaje –una mujer- de Cien años de soledad, pero no tienes a mano un ejemplar y tampoco te apetece consultar la Wiki. De lo alto baja el piar agudo de un mirlo al que otro contesta a lo lejos. Avanzas por la pista hasta llegar a la casa semiderruida y cubierta por las plantas parásitas a la que atribuyes una historia que nada tiene que ver con la de la familia que en ella vivió hasta su completo abandono. Más abajo, las silvas se comen literalmente las ruinas de otra que formó parte de los sueños de alguien que luego no pudo cumplirlos. Con qué ilusión te enseñó los planos y perspectivas, los árboles que iba a plantar, el estanque que iba a llenar con las aguas del reguero que atraviesa la finca; pero nuestras ilusiones van por un lado y la vida se empeña en torcerse, en ir a lo suyo. El valle se ensancha y del fondo sube el rumor de algún automóvil que circula por la que pomposamente llamamos ‘carretera general’. Amarillean los prados, hace calor, apenas llueve.

Es tiempo de lectura y descanso. Entras con fuerza en Patria, de Fernando Aramburu. Te alegra ver que el libro, en cuanto a estructura y técnica narrativa, se asemeja a lo que tú escribes: un mosaico de escenas abiertas, provistas de conectores para que el lector las ensamble en una estructura superior y un conjunto de voces que sienten y cuentan. No es una historia de buenos y malos, sino de perdedores; tampoco el autor se remite a la fortuna o a las circunstancias para dar sentido a la tragedia: cada cual sabe lo que hace y por qué lo hace. Es un alivio, en un momento de neolengua espesa y alambicada, que no se hable de conflicto político, sino de odio irracional y también de callada vergüenza o silencio cobarde. Es una historia de ficción perfectamente verosímil, una forma de abrir la herida en carne viva, la mejor manera de prepararla para la cura y cicatrización, mucho mejor, desde luego, que hacer como que no ha pasado nada y cerrar en falso. No hay un progreso temporal que haga avanzar la fábula con sus caídas y mejoras: todo se sabe desde el principio y el autor vuelve una y otra vez sobre las acciones principales para que las veamos desde distintos planos, desde puntos de vista diferentes. El autor siente algo parecido al pudor a la hora de intervenir, de modo que son los personajes los que dicen la historia. Parafraseando a Mario Vargas Llosa en cuanto a Cien años de soledad, diré que Patria es una novela atractiva tanto para el lector culto y exigente como para el lector elemental que sólo sigue la anécdota y no se interesa por la lengua ni por la técnica narrativa.

Y tú piensas en la necesidad que tienen tantos de sentirse parte de algo, de trascender esa vida tan diminuta –tan pedestre en ocasiones- en algo superior a lo que vincular sus emociones, bien sea una creencia, una religión o una patria.

Hay que crear un relato compartido, lees u oyes decir; un mundo de ficción, algo en lo que nos podamos mirar sin sentir las aristas, dices tú; que los historiadores cuenten lo que convenga y que los apacentadores de masas creen contrafácticos a fuerza de rellenar significantes vacíos.

En este punto interviene Carmen y te dice: Alfonso, no te pongas estupendo.

 

Siente una vibración en el bolsillo. Saca el teléfono, lo mira, y lo deslumbra el nombre como un fogonazo. Un vuelco de alegría le cambia el semblante. Paco observa el cambio y sujeta como puede la pregunta, Me voy, dice Aitor, Pasa algo, pregunta Paco, Nada, contesta Aitor, Pero es ella, Paco no puede reprimir la pregunta, Sí, es ella; y lo deja con la palabra en la boca.

 

Imagen tomada de la portada de la novela Patria, de Fernando Aramburu, Tusquets, Barcelona, 2016

 

Elogio y exaltación del orinal

Deliciosa locura. Hace días me siento perseguida hasta en los quehaceres más íntimos. No sé si adrede, muy a la vista, como al descuido, sobre la cómoda destacaba inmaculada, cuidadosamente doblada, la siguiente nota:

“Música de cámara. Vasijas vacías las que más ruido hacen. Por la acústica, la resonancia cambia en la medida en que el peso del agua es conforme a la ley de la caída del agua. Como esas rapsodias de Liszt, húngaro, de ojos agitanados. Perlas. Gotas. Lluvia. Tirilin laralara luruluru. Sisssseo. La cabeza de Leopold Bloom va de los calcetines a cuadros de Boylan al alegre tintineo secretorio de Molly.

Don Rigoberto lo había pasado por alto. No tanto como los versos de Neruda:

Y por verte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,

como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,

cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,

y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma…

 

Y así, Sin transición, [don Rigoberto] divisó a Lucrecia, sentada en la taza del excusado, y escuchó el alegre chapaleo de su pipí en el fondo del recipiente, que lo recibía cascabeleando agradecido.

Cuántas horas, cuántas noches desconociendo, perdiendo la alegre sonata de sus adentros. A media noche, no sé si por efecto de las pastillas de la tensión, se levanta y recorre sonámbula la distancia que media entre la cama y el inodoro. La puerta la deja entreabierta; el cuarto de baño despide una lámina de luz. Cuando se removió para incorporarse, le dije, “Emma, hazlo en el orinal; está a tus pies, debajo de la cama”. Y así fue. El silbido de una cobra y el tintineo agudo de la oquedad vacía bajando notas hasta el grave goteo: fffffzzzziiiiioooo”.

Cuando volví a lo alto de la cama me sentí cogida de la cintura y atraída hacia él, “¡¿Pero Charles?!” grité despacito sin salir de mi asombro.

En cursiva, textos de James Joyce en Ulises y de Mario Vargas Llosa en Los cuadernos de don Rigoberto. Y de Pablo Neruda, fragmento del Tango del viudo.

En la imgen, El beso, Gustav Klimt (1907-8). Galería Belvedere, Viena.

Publicada en el extinto blog El cuento inacabado bajo el seudónimo de madamebovary

 

Imperativos del sediento viajero*

“Qué lees”, me pregunta Charles al verme tan concentrada y subida de tono. “Los cuadernos de don Rigoberto, de Vargas Llosa”, le digo sin levantar los ojos. “Ya, ese Vargas Llosa…”. A mí me gusta su forma de contar, su delicada relación con el idioma; leo y releo La orgía perpetua y me sube la autoestima. Qué te parece si leemos juntos, le propongo. Y créanme, ayer me preguntó por unas medias verdes que no recuerdo ni dónde las guardo, me persigue por los pasillos, me llama Lucrecia y me pregunta por la mirada del carnicero ¡Ay por Dios, qué sofoco a estas alturas!

Así que allá va una pequeña muestra.

klimt

Ésta es una orden de tu esclavo, amada.

Frente al espejo, sobre una cama o sofá engalanado con sedas de la India pintadas a mano o indonesio batik de circulares ojos, te tumbarás de espaldas, desvestida, y tus largos cabellos negros soltarás.

Levantarás recogida la pierna izquierda hasta formar un ángulo. Apoyarás la cabeza en tu hombro diestro, entreabrirás los labios y, estrujando con la mano derecha un cabo de la sábana, bajarás los párpados, simulando dormir. Fantasearás que un amarillo río de alas de mariposa y estrellas en polvo desciende sobre ti desde el cielo y te hiende.

¿Quién eres?

La Dánae de Gustav Klimt, naturalmente. No importa quién le sirviera para pintar ese óleo (1907-1908), el maestro te anticipó, te adivinó, te vio, tal como vendrías al mundo y serías, al otro lado del océano, medio siglo después. Creía recrear con sus pinceles a una dama de la mitología helena y estaba precreándote, belleza futura, esposa amante, madrastra sensual.

Sólo tú, entre todas las mujeres, como en esa fantasía plástica, juntas la pulcra perfección del ángel, su inocencia y su pureza, a un cuerpo atrevidamente terrenal. Hoy, prescindo de la firmeza de tus pechos y la beligerancia de tus caderas para rendir un homenaje exclusivo a la consistencia de tus muslos, templo de columnas donde quisiera ser atado y azotado por portarme mal.

Toda tú celebras mis sentidos.

Piel de terciopelo, saliva de áloe, delicada señora de codos y rodillas inmarcesibles, despierta, mírate en el espejo, díte: «Soy reverenciada y admirada como la que más, soy añorada y deseada como los espejismos líquidos de los desiertos por el sediento viajero».

Lucrecia – Dánae, Dánae – Lucrecia.

Ésta es una súplica de tu amo, esclava

*En Mario Vargas Llosa, Los cuadernos de don Rigoberto, Alfaguara, Madrid, 1997

Imágenes: 1. Egon Schiele. Mujer con medias verdes (1917) 2. Gustav Klimt. Dánae (1907)

Publicada en el extinto blog El cuento inacabado bajo el seudónimo de Madamebovary.