Celos

El reloj se acerca a las cinco sin que ninguna de las dos parezca tener prisa. En el taller, Aitor mira de vez en cuando el móvil sin que pueda apreciar señal alguna de llamada o mensaje; se ha enfadado, no le cabe la menor duda, pero no tiene por qué. Si no la quisiera le daría lo mismo, bueno, también en lo que sea su chica lo tiene que respetar; pero es que la quiere, de eso no hay duda, y ahora bien lo sabe cuando en su fuero interno crece la sensación de que no es tan suya como cree, de que se puede ir, de que lo puede dejar; entonces… entonces no quiere ni pensarlo.

 

“Mis celos, esos que tanto me atormentaron durante demasiado tiempo, vinieron cuando apareció Aurorita. Y qué mal lo pasé; hoy lo recuerdo y me da pena de mí, de Raimundo, y de ella también; y me da vergüenza porque aún siento el ridículo; pero entonces lo veía todo tan grande; todo lo malinterpretaba según le convenía a la obsesión que me tenía dominada. Porque, mi querida niña, lo peor de las obsesiones, y los celos no son otra cosa, es que te hacen ver las cosas como tú quieres y, aunque parezca mentira, quieres ver lo que en realidad te daña, así que, palabra, acto, mirada, qué sé yo, cualquier cosa, es una prueba fehaciente de que en realidad ocurre lo que crees que ocurre, y no hay nada que te quite del error.

“Aurorita, como comprenderás, hoy es una señora más bien mayor, jubilada, pero entonces era una niña joven, no muy guapa, con unos enormes ojos oscuros y una mirada profunda; pero, con todo, no eran sus cualidades físicas las que mejor la adornaban sino una fina inteligencia y una curiosidad insaciable…

 

Imagen: Fotograma de Ballet Mécanique (1924), Man Ray

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