Por amor

Ella lo adoraba.

Guardaba como un tesoro una fotografía suya y todas las noches la miraba con embeleso en la penumbra de su habitación, alumbrada por una lámpara minúscula. Pero él tenía novia, la otra. Todos los días pasaban ante su ventana. Con los ojos brillantes de lágrimas y ensombrecidos por la tristeza los veía a través de los visillos.

(En aquel tiempo la gente estaba muy sola y apenas podía expresar los sentimientos)

Desde muy pequeña había jugado con él, y desde entonces lo amaba con pasión enfermiza; sin embargo, a pesar de todo, no perdía las ganas de vivir; lo adoraba, ¿acaso su felicidad no era suficiente alimento? ¡Qué importa que se case con otra! Lo amo y eso me basta.

Él se casó con la otra y se fueron a vivir a un barrio cercano. Tuvieron dos hijos. Ella quedó de amiga solícita, que cuida a los hijos de los otros cuando van al cine o a cenar fuera, que cuida a los padres viejos; por amor le cambiaba los pañales a su padre.

Pasaron los años sin que ningún detalle, por nimio que fuera, escapara a su escrutinio; hace tiempo que no lo ve feliz; sus ojos han perdido el brillo seductor y las ojeras se hacen más lívidas y profundas. Estudia, espía, observa el tono del habla, las miradas, los gestos… y ve que una sombra espesa se interpone entre la pareja. Intenta sonsacar a la otra.

No es alegría sino tristeza lo que siente cuando ésta le confirma que el desamor se ha instalado en su casa, vamos, que tiene una amante, Y no creo que sea por mi culpa, le dice; al contrario, lo soporta esperando que sea un cansancio pasajero, ese que dicen que tarde o temprano llega. Procura saber lo menos posible, hacer que no se percata de su frialdad o falta de pasión, o los ardores desmesurados y a destiempo; se hace cargo del regreso de la oficina a horas intempestivas, de los cabellos en la camisa y del olor a otro perfume. Fue entonces cuando se constituyó en confidente y pañuelo de lágrimas de su rival. La acompañó y ayudó hasta que se hizo imprescindible. Veía, olía, sorbía las cosas de él; planchaba su ropa; cuando la otra andaba deprimida, hacía la comida; todos los días, a media mañana, preparaba café.

Hoy recorre con pasos cortos y lentos el patio rectangular de altas paredes y alambradas altas. Y él es libre.

 

Publicado en el extinto blog El cuento inacabado bajo el seudónimo de madamebovary

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Imperativos del sediento viajero*

“Qué lees”, me pregunta Charles al verme tan concentrada y subida de tono. “Los cuadernos de don Rigoberto, de Vargas Llosa”, le digo sin levantar los ojos. “Ya, ese Vargas Llosa…”. A mí me gusta su forma de contar, su delicada relación con el idioma; leo y releo La orgía perpetua y me sube la autoestima. Qué te parece si leemos juntos, le propongo. Y créanme, ayer me preguntó por unas medias verdes que no recuerdo ni dónde las guardo, me persigue por los pasillos, me llama Lucrecia y me pregunta por la mirada del carnicero ¡Ay por Dios, qué sofoco a estas alturas!

Así que allá va una pequeña muestra.

klimt

Ésta es una orden de tu esclavo, amada.

Frente al espejo, sobre una cama o sofá engalanado con sedas de la India pintadas a mano o indonesio batik de circulares ojos, te tumbarás de espaldas, desvestida, y tus largos cabellos negros soltarás.

Levantarás recogida la pierna izquierda hasta formar un ángulo. Apoyarás la cabeza en tu hombro diestro, entreabrirás los labios y, estrujando con la mano derecha un cabo de la sábana, bajarás los párpados, simulando dormir. Fantasearás que un amarillo río de alas de mariposa y estrellas en polvo desciende sobre ti desde el cielo y te hiende.

¿Quién eres?

La Dánae de Gustav Klimt, naturalmente. No importa quién le sirviera para pintar ese óleo (1907-1908), el maestro te anticipó, te adivinó, te vio, tal como vendrías al mundo y serías, al otro lado del océano, medio siglo después. Creía recrear con sus pinceles a una dama de la mitología helena y estaba precreándote, belleza futura, esposa amante, madrastra sensual.

Sólo tú, entre todas las mujeres, como en esa fantasía plástica, juntas la pulcra perfección del ángel, su inocencia y su pureza, a un cuerpo atrevidamente terrenal. Hoy, prescindo de la firmeza de tus pechos y la beligerancia de tus caderas para rendir un homenaje exclusivo a la consistencia de tus muslos, templo de columnas donde quisiera ser atado y azotado por portarme mal.

Toda tú celebras mis sentidos.

Piel de terciopelo, saliva de áloe, delicada señora de codos y rodillas inmarcesibles, despierta, mírate en el espejo, díte: «Soy reverenciada y admirada como la que más, soy añorada y deseada como los espejismos líquidos de los desiertos por el sediento viajero».

Lucrecia – Dánae, Dánae – Lucrecia.

Ésta es una súplica de tu amo, esclava

*En Mario Vargas Llosa, Los cuadernos de don Rigoberto, Alfaguara, Madrid, 1997

Imágenes: 1. Egon Schiele. Mujer con medias verdes (1917) 2. Gustav Klimt. Dánae (1907)

Publicada en el extinto blog El cuento inacabado bajo el seudónimo de Madamebovary.

 

Casting

Frente al espejo se dio el visto bueno no sin antes retocar levemente la raya del ojo, la línea del labio y acomodar los pechos a la ventana el escote.

Candelabros, rosas, porcelana de filos dorados y motivos pastoriles, cristal tallado, servilletas bordadas, cubiertos de plata. Por el espacio del salón flotaban notas de Chopin.

Cada noche para mí eres como una epifanía, ya lo sabes mi amor. Se llevó la copa a los labios y sintió en la punta de la lengua un jugueteo, como el estallido de una flor. En el centro, las perdices doradas y flameadas se ofrecían como una promesa, orladas por pétalos de rosas rojas.

Risas como brazos de palmera estrellada de fuegos artificiales, talle rendido como un lirio y suave rumor de telas a ritmo de vals, Rodeada de tus brazos, mi amor, me siento tocada por el ala de un ángel.

Rumoreo de campanas, velas sofocadas y estrellas encendidas; fuga de notas. Risas en cascada, luz tenue ante el espejo del tocador. El pelo y los pendientes sueltos, y el vestido en arrío como una bandera o una ola en retorno, Así mi amor, abárcame con tus manos de fuego.

Se sumergió entre las sábanas como quien se deja llevar por la suave pendiente de una playa. Su dedo de alabastro, con toque mágico, acabó con el último destello de fosforescencia.

Las primeras luces, como las de días anteriores, la sorprendieron en la cama, ovillada y feliz. Sobre la alfombra descansaba, cerrado, como un estuche de nácar, su pequeño ordenador portátil. El sol entraba a borbotones por el amplio ventanal y alargaba la mano para acariciarle la espalda mientras la sábana le vestía de suavidad el resto del cuerpo. Despertó. Siguió el rastro de sedas y encajes hasta llegar a la mesa en la que dos copas contenían restos de champán; una, un ligero toque bermellón en el borde. Canturreando se mojó los labios y a saltitos, como una bailarina, se metió en la ducha. El domingo acababa de comenzar.

Salió de la ducha, dorada, caliente y esponjosa como el pan reciente. El espejo empañado la envolvía en una gasa cuando sintió con la suavidad del algodón y la firmeza del alabastro la mano abierta como un abanico sobre la leve curva de su vientre. Un suspiro profundo como una navaja y seco como un latigazo delató el calambre que la sacudió de la cabeza a los pies. Los ojos le sonreían a través del espejo. Todo es tan confuso, un brumoso sentir empañado y húmedo, la mano como un abanico, los labios como un aleteo, y la presión urgente y nebulosa que, como sueño o fantasía, se adivina en las diminutas perlas condensadas en la bruñida superficie y se siente en los pulsos del corazón agitado. Es entonces cuando el cuerpo se abre como una granada.

Ducha

Con el énfasis del trueno y la intensidad del relámpago llegó el estremecimiento.

Sin prisa, como si tal cosa, volvieron el sonido de la radio del vecino, el voceo del tapicero, el taconeo del piso de arriba y la cascada de una cisterna lejana. Relajada y diáfana, sonrió a la muchacha del espejo y la señaló con el índice de la mano izquierda; su lengua recordó el crujir de las tostadas y su olfato el aroma del café con leche: sentía hambre. Otra vez de puntillas, con pasos de bailarina, cruzó el salón hasta llegar a la bata que, como una bandera, había caído arriada a sus pies la noche anterior.

Ay, la abuela Antonia. El pan, bien torrado, crujiente, tierno y dorado, en rebanadas, ni muy gruesas ni muy finas. Un tomate maduro, pequeño y con mucho zumo, que caiga a chorro sobre el pan. Una anchoa de salazón lavada al grifo para quitarle el salitre. Y aceite virgen, de la almazara. El café, sobre la leche bien caliente ¿Y las salsas? Cada una a su ritmo y con su tiempo, Paciencia, paciencia y amor, decía cuando le preguntaban el secreto.

Pero no tiene ni el pan ni el tomate ni la anchoa ni el aceite ni la lumbre ni la paciencia ni a su abuela. Aun así, con el pan, el aceite, el tomate, el café y la leche del súper, le queda el recuerdo de su amor, que todo lo impregna.

Por la ventana penetra el sol. Esperan las calles.

El sol, como una cascada de oro, se deja caer a borbotones sobre la estancia, Qué desorden, piensa, y recoge las copas y candelabros, la botella, los platos, el mantel, las servilletas y la ropa de la cama. Tararea y se vence de un lado a otro, armónica y ágil. Cuando quiere recordar, todo ha recuperado su orden. Escruta el armario: vestido liviano de crespón salpicado de florecillas, de ágil caída y mejor ajuste, zapatos altos de alegres colores; tenue raya de ojos y de labios, el cutis rosado natural, cabello suelto y al viento. La acera se viste de fiesta con sus andares. El aire lanza una pícara ráfaga y levanta un ala del vestido, que revolotea a su caer ayudado por su mano que lo alisa como si tal cosa. La mirada sonríe alta, y baja los ojos del espectador sorprendido.

Marilyn

El vestido se remecía y garbeaba poniendo rúbrica a sus andares, el vientecillo travieso hizo un garabato con el borde de su falda, y el largo escaparate, poblado de estáticos espectadores, se unió a la fiesta reflejando el travelín de su paseo. Dos manzanas adelante, ante la puerta de un pequeño teatro, había una larga cola de chicas jóvenes y frescas en busca de una escena, una frase, para trabajar en la serie que rompería todos los índices de audiencia. Enfrente, personas de edad, y algunas jóvenes, eran absorbidas por el oscuro frescor de la puerta del templo. Un alegre campaneo llamaba a misa de doce.

Le había dicho que enseñara la tarjeta al señor de la puerta, que así no tendría que esperar. Un hombre joven con camisa y pantalón negros, y cabello recogido en la nuca con una coleta, la miró de arriba abajo con descaro y tomó la tarjeta, sonrió, la recorrió de nuevo y le dijo que pasara, y luego se volvió sonriente y con las manos en alto hacia las que esperaban y elevaban tímidas protestas. Después de una breve espera, se abrió la puerta del patio de butacas y salió una joven, como ella, con los ojos llorosos, Pasa, te acompaño, le dijo la mujer que hacía de recepcionista, y la condujo al escenario, a la vuelta, cuchicheó unas palabras al oído del que sería el director, al menos era el que llevaba la voz cantante, Bien, ya conoces la escena, le dijo; tienes que hacerme sentir que eres una mariposa. Música y luces se adueñaron del escenario.

Frente al espejo se dio el visto bueno no sin antes retocar levemente la raya del ojo, la línea del labio y acomodar los pechos a la ventana el escote.

Candelabros, rosas, porcelana de filos dorados y motivos pastoriles, cristal tallado, servilletas bordadas, cubiertos de plata. Por el espacio flotaban notas de Chopin.

Cada noche para mí eres como una epifanía, ya lo sabes mi amor. Se llevó la copa a los labios y sintió en la punta de la lengua un jugueteo, como el estallido de una flor. En el centro, las perdices doradas y flameadas se ofrecían como una promesa, orladas por pétalos de rosas rojas.

Risas como brazos de palmera estrellada de fuegos artificiales, talle rendido como un lirio y suave rumor de telas a ritmo de vals, Rodeada de tus brazos, mi amor, me siento tocada por el ala de un ángel.

Rumoreo de campanas, velas sofocadas y estrellas encendidas; fuga de notas. Risas en cascada, luz tenue ante el espejo del tocador. El pelo y los pendientes sueltos, y el vestido en arrío como una bandera o una ola en retorno, Así mi amor, abárcame con tus manos de fuego.

Publicado en el blog  El cuento inacabado -hoy cerrado- bajo el seudónimo de madamebovary.