¿Y yo qué?

 

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“Automat”, Edward Hooper, 1927

El sentido, la deformación profesional, pusieron a Luisa en guardia.

—El asunto parece inocuo —prosiguió el piloto— pero mi mujer está obsesionada y, claro, me afecta. Te cuento. Hace unos días, Elena estaba en el parque con Julita, la pequeña, ya sabes. (Julita, la pequeña, tenía cuatro años, casi cinco, y había nacido al inicio de sus relaciones).

»Pues eso, que Julita jugaba en los columpios y Elena estaba sentada en el banco con la bicicleta, el agua y la merienda cuando una señora de mediana edad se sentó a su lado. Inició una conversación insustancial: los niños, el tiempo, en fin, nada de importancia. Se acercó Julita a beber agua y pidió la merienda. La señora hizo los cumplidos correspondientes y cuando la niña regresó a sus juegos, la señora ponderó sus virtudes: qué linda, qué vigor, qué salud; da gusto verlos así, dijo. Y añadió: Cuídela bien, que no se le malogre; los niños están muy expuestos; no deje que le ocurra nada, sería una lástima y usted y su marido no se lo perdonarían nunca. Piense en lo que le digo. Y dicho esto, se fue. Naturalmente, Elena, nada más llegar yo de Milán, me lo refirió. Se lo noté nada más llegar: no es mujer que oculte sus preocupaciones. No para de preguntarse a qué venía eso. Y en todo caso es de muy mal gusto hablar así a una madre, me dijo. Eso es lo que me ocurre: Elena me ha pegado su inquietud y ahora no paro de pensar en ello ¿Cómo lo ves?

Luisa, al ser interpelada, se vio obligada a dar una respuesta. Además quería y necesitaba tranquilizarlo, pero no se engañaba, el objetivo era ella y hasta donde pudiera indagaría de dónde podía venir la amenaza.

No cabía duda de que alguien la había vigilado, alguien conocía su relación, sus andanzas, y, en el mejor de los casos quería mandarle una advertencia. El asunto era saber si era fuego contrario o fuego amigo; si se trataba de un aviso o una amenaza, en cualquier caso tuvo meridianamente claro que su relación con el piloto sería perjudicial para él, que en todo caso tenía que acabar esa relación, sufrir y hacer daño, desaparecer sin dar explicaciones. Maldita la vida que había elegido pero no tenía otra cosa.

¿Me puedo fiar de Fina?, pensó. Habrá que arriesgarse.

Al piloto le dijo que en principio no le diera demasiada importancia. Hay mucha gente muy loca y entrometida; posiblemente esa señora es de las que ven demasiada televisión y sólo miran el lado malo de la vida. Hay mucha gente así. Tú llevas una vida muy particular, pero si vieras el marujeo que nos traemos con eso de los potingues… Yo no me preocuparía, y tranquiliza a Elena, mi rival, pero esa es otra historia, dijo sonriendo y abrazándolo con intención de animarlo.

Salió Luisa antes y él se quedó en el hotel. Anduvo sin rumbo y descuidada, despreciando el peligro y facilitando el trabajo a sus vigilantes. Buscó un bar tranquilo, donde al menos estuviera libre de miradas, y pidió una copa sin importarle la hora y lo poco usual; en cierto modo quería llamar la atención, comunicar a su vigilante, si es que alguien la seguía, que habían dado en el clavo, que se centraran en ella y se olvidaran de él. Pensó en las últimas misiones, en la que ahora trabajaba, para entender de dónde podía venir la amenaza o el aviso, en todo caso tenía que avisar a Fina para tomar medidas.

Tomaba la copa con parsimonia y pensaba en lo duro de la renuncia, en que además no podía liarse la manta a la cabeza y decirle: Mira, es por esto. Pero ya estoy harta, me voy. Me voy al otro lado del mundo, tú ven cuando quieras, donde no nos conozcan ni nos persigan, ya se cansarán. Pero eso no era posible. Todo lo tenía que resolver ella sola y mal, no se podían minimizar los daños: ella, destrozada y en la picota, y él, confuso, engañado, abandonado sin razón alguna que lo justifique. Se consoló pensando que él, al fin y al cabo, regresaría a una vida que no le era hostil, pero ¿Y yo? ¿Y yo qué?

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Algo pasa

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Camille Claudel, Etude. Wikimedia Commons

Como ocurre en los hoteles, y más cuando se trata de una estancia inopinada y de emergencia, la habitación no sugería ninguna diferencia con la suya; nada se había impregnado de la presencia de una mujer. Luisa no había deshecho la maleta, había tomado lo justo y, para el aseo, se servía de los jabones y perfumes existentes en el baño, con lo cual, incluso los olores parecían los mismos. Había que ser muy despistado y poco observador para pasar por alto que Luisa se había soltado el pelo y dejaba caer sobre los hombros una hermosa melena que delineaba el óvalo de su rostro; además, con el aire que da la intimidad de la pieza, se había quitado la chaqueta y lucía una blusa blanca a la que había desabrochado el botón del escote justo para dejar al descubierto el nacimiento de los senos.

Naturalmente, los cambios operados no pasaron desapercibidos al piloto. No te precipites, se dijo, pero tampoco te demores demasiado.

—¿Whisky o cambiamos de bebida? —preguntó Luisa.

—Whisky… ¿para qué cambiar? —dijo él.

Luisa sacó unos vasos, hielo y un par de botellines. Puso los vasos sobre la mesa, el hielo en el centro, y destapó los recipientes con intención de servir el licor. A propósito se agachó ostentosamente y el piloto no tuvo reparo en asomarse a su escote. Brindaron de nuevo.

Fue Luisa quien, en un rapto de audacia, le dijo que no era necesario que pasara calor, que se quitara la chaqueta, y lo ayudó. Se acercó frente a él le desabrochó los botones, con las dos manos separó la pechera y ligeramente metió la pierna derecha entre las del hombre. Él se ahuecó para desembarazarse de la prenda, la arrojó en un vuelo de ave herida y abarcó en un apretado abrazo a la mujer que con tanta decisión había invadido su terreno. Desde ese momento las palabras se apartaron dejando sitio a los actos.

Desde entonces Luisa y el piloto compartieron días y noches en hoteles de media Europa. No podían frecuentar la casa de él por motivos obvios y en la de ella era imposible porque se lo tenían prohibido. Dijo que convivía con su madre y su tía, mujeres antiguas y demasiado estrictas.

El amor se fue haciendo sitio y Luisa disfrutaba, se sentía enamorada de nuevo, al fin y al cabo con esa relación le bastaba; hasta cierto punto tenía su aliciente vivir su vida y tener a quien amar y sentirse querida. Así estuvieron cinco años, pero como se suele decir, cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas. Fina se lo había dicho: Este trabajo es de poca satisfacción y de mucha renuncia. No importa el daño que nos puedan hacer a nosotras, contamos con ello, pero, ay, si nos embarcamos en compromisos, nos atacarán por ahí y será muy doloroso. ¿Y tú cómo te las arreglas?, le preguntó Luisa una noche de confidencias. Me limito a tener una vida privada lo más discreta posible, a no embarcarme en parejas, matrimonio, hijos… A Luisa le pareció muy dura la perspectiva, pero Fina era su tabla de salvación. El golpe había sido muy duro y aquello garantizaba un sueldo y una vida con la cabeza ocupada. Y eso, el diablo no pudo estar quieto.

Una noche, Luisa, que estaba entrenada para detectar los cambios de humor en las personas, descubrió que el piloto andaba caviloso y distraído. Le preguntó si le pasaba algo, si tenía alguna preocupación. Al principio él no quiso estropear el encuentro, pero tal era la zozobra que Luisa no tuvo más remedio que decirle:

—A ti te pasa algo; será mejor que me lo digas, a lo mejor te puedo ayudar.

—No, nada importante creo; una impresión, mi mujer…

De uniforme

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Luisa lo miró divertida, como diciendo: Ya veo por dónde vas; no sé si sabrás, piloto, que estás cogiendo mi rumbo.

—No, no me espera nadie en el sentido que creo que me pregunta. Trabajo, mucho trabajo; sólo eso.

El piloto tuvo la tentación de preguntar por el sentido que atribuía Luisa a su pregunta, pero desistió; descartó lo que sería una impertinencia.

—Cuánto lo siento —dijo—. Quiero decir que es una pena que tenga que volver a España en el vuelo de mañana, porque la acompañaría con mucho gusto si no tuviera inconveniente. Podríamos cenar, en fin, salir un rato.

Luisa se dio cuenta de que el piloto tenía un punto de timidez, que no se atrevía a dar el siguiente paso. Habrá que ayudarlo, pensó.

—En fin —lo envolvió con una mirada seductora—, es una pena porque habría aceptado con mucho gusto su compañía, pero con una condición…

—¿Cuál? —preguntó él.

—Que fuera de uniforme.

El piloto captó el énfasis, la picardía, y dijo:

—Pero eso tiene solución. Ahora mismo me cambio, me pongo el uniforme y problema resuelto.

Luisa, acostumbrada a tener paciencia, se dijo que no le quedaba más remedio que entrar por lo derecho:

—Podemos hacer una cosa —dijo casi con maldad—. Sube a su habitación y se cambia, viene a la mía —le dio el número— y le invito a una copa ¿Qué le parece?

El piloto se esforzó por ocultar el desconcierto que le producía una invitación tan directa. Cualquiera podía pensar que por fuerza tenía que ser un hombre curtido y avezado en esos asuntos por las peculiaridades de su oficio: siempre viajando y frecuentando mundos y personas. Cualquiera pensaría que había salido a tomar una copa para entablar conversación y demás. Pero ninguna de esas consideraciones sería la acertada. Simplemente no tenía sueño. La experiencia le decía que en esos casos lo mejor que podía hacer era emplear alrededor de una hora en dar un paseo o tomar una copa para llamar al cansancio. Por lo demás era un hombre felizmente casado con una esposa a la que amaba y deseaba, y dos hijos, ambos varones, preciosos y saludables. En suma, era un hombre feliz. Por eso le sorprendió el agrado de conversar con Luisa, lo mucho que lo atraía y el punzante deseo de tener una aventura con ella. Esta noche sólo, pensó, mañana como si nada, la cabeza en su sitio, nada de líos.

Dijo al camarero que le apuntara las copas y subieron a las habitaciones. No pudo evitar pensar en lo cómico de la situación: ponerse el uniforme para reunirse con una mujer. Por un momento pensó en cancelar la cita, pero el picotazo del deseo lo animó a vestirse con la mayor prestancia, con el ánimo de gustar. No se demoró demasiado y se rio interiormente porque se dio cuenta del temor a que Luisa se impacientara y eso la hiciera cambiar de idea. Pensó en lo insólito de la situación y comprobó que no tenía nada que ofrecer. Cayó en la cuenta de que en el maletín guardaba los bombones que acostumbraba llevar para su mujer y los niños, pero descartó cogerlos, ni por asomo se le ocurriría perpetrar semejante traición. Así que fue a la cita con las manos vacías porque al final sólo podía llevar unos botellines iguales a los que ella tenía en la nevera de su habitación. Llamó con los nudillos tenuemente y, pasados tres o cuatro segundos Luisa abrió la puerta.

Viaje a París

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París en Blanco y Negro

A Luisa no le quedaron ganas de hacer nada, tampoco de acabar la carrera, pero fue el tesón de sus padres y de Josefina Freire, amiga de la familia y antigua compañera de su padre, quienes la sacaron de la depresión y la animaron a concluir los estudios. Fue Josefina quien la reclutó para la nueva sección que se estaba formando; algo nuevo, arriesgado y poco de fiar para los de arriba, aunque auspiciado por el jefe, experto en servicios de información. De ese modo, fue una de las primeras mujeres que formarían parte del nuevo organismo, en el que Josefina Freire desempeñaría un papel relevante.

Pero aquella era una noche triste. El metro seguía su curso estación tras estación, y Luisa parecía no llevar rumbo, como si no le importara donde bajar.

De pronto pareció despertar de un sueño, tomó conciencia de la situación, pensó que Eugenia se las arreglaría sola. Sabía perfectamente cuál era la misión y cuál era su papel, incluso tenía permiso para tomarse un desahogo siempre que no se comprometiera demasiado. El metro entró en la estación de Valdeacederas y ella tenía que haber bajado en Cuatro Caminos. Bajó, cambió de andén y dirección y esperó al tren que venía de Plaza de Castilla. Tomó nota de que, metida en sus pensamientos, había dejado de prestar atención. Miró a la gente, poca, que había en ambos andenes y esperó en la cabecera hasta que llegó el tren. Subió, inspeccionó el vagón de arriba abajo y recostó la espalda en uno de los laterales. En esa posición, con aire despistado, esperó hasta llegar a su destino. Bajó, miró con disimulo hacia ambos lados y emprendió la marcha hacia la salida, no sin antes tomar nota de una mujer joven rubia, con zamarra amarilla y pantalones negros y un joven de pelo teñido, cresta, imperdibles en las orejas, chupa de cuero sintético verdoso y pantalón azul marino hecho jirones. Sonrió para sí: a pesar de la parafernalia cantaban demasiado: parecían salidos de Cornejo. Salió a Reina Victoria y bajó por la acera de la derecha hasta Dr. Federico Rubio. Entró en un edificio de apartamentos y miró el buzón. Cogió el ascensor, pulsó el tercer piso, salió, fue hacia la puerta G, abrió y se sintió en su casa.

Una vez dentro, se desnudó, tomó una ducha caliente, se puso el pijama, la bata, las zapatillas y conectó la TV. De la nevera sacó una pastilla de chocolate y cubos de hielo; del bar, una botella de whisky. Se sentó cómoda en el sillón y se sirvió un trago generoso.

Parecía que miraba la televisión, el programa insustancial o la película descatalogada, pero no importaba, el caso era sentir el runrún y tenerla de compañía. En ese momento pensaba poco en el trabajo; en cambio le venían  a la mente deseos incumplidos y a la memoria fragmentos de una vida a la que poco exigía, pero al menos algo de eso que llaman felicidad.

Y claro que hubo un tiempo en que fue feliz. Fina la había mandado a París en comisión de servicio. Su misión consistía en contactar mediante un buzón de seguridad con un infiltrado en lo que se llamó Junta Democrática para recibir información de lo que allí se respiraba, los proyectos, los contactos, todo ello por interés directo de la Presidencia del Gobierno.

¿Por qué ella? Pensaron, en realidad fue Fina, que una mujer se movería más cómoda. La tapadera era una representación de cosméticos a cargo de una conocida firma. Un día, diversas circunstancias retrasaron su vuelo y tuvo que hacer noche en el hotel próximo al aeropuerto.

Un accidente

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Francis Picabia (1879–1953), Olga , 1930 Lápiz grafito y crayón sobre papel

Una vez en la calle Luisa le volvió a agradecer su gentileza pero le reiteró que prefería ir en metro y pasear. Álvaro no se dio por vencido e insistió, incluso se ofreció a acompañarla, a conversar, a conocerse. Para todo ello echó mano de su indudable encanto personal, sobre todo al constatar que a Luisa no le desagradaba su compañía. Pero ésta adoptó un aire de seriedad y le dijo:

  —Anda, coge tu taxi, no sea que se haga tarde para llamar a tu mujer y a tus hijos.

  Luisa le tendió la mano, le dio dos besos y se metió en la boca del metro.

 Bajó deprisa y con agilidad las escaleras. Con la costumbre que da la profesión, comprobó de forma rutinaria si Álvaro la seguía, por si no se daba por vencido.

 Ya en el metro, mecida por el traqueteo, sintió haberlo dejado así plantado. A Luisa le habían gustado su fe y desparpajo, y su apariencia de hombre limpio y hermoso; quién sabe a qué acababa de renunciar, todo fuera por el servicio. Pensó en las relaciones, en las restricciones que venían impuestas. Eugenia, tiempo atrás, rompió la norma, y vino lo que vino. Fina se percató de que Eugenia había quedado pillada, que el amor se había impuesto a la responsabilidad de la misión. Decidieron abortarla y Diego les dio la oportunidad de hacerlo como resultado lógico cuando él mismo manifestó la sospecha de que lo estaban manipulando. No les resultó fácil convencer a Eugenia de que había que organizar su desaparición. Hubo que recurrir a la disciplina y a la amenaza. Finalmente se doblegó, pero estuvo un tiempo deprimida, despistada, no apta para el servicio. La cubrieron entre Fina y Luisa hasta que se hicieron con ella. Una no se debe encariñar con nadie, pensaba, pero, cómo evitarlo. Fina, bajo su aspecto maternal, podía ser fría e implacable; sin embargo el enamoramiento de Eugenia lo tomó como un error personal por el que la chica no tenía por qué pagar. Se portó bien con ella, y Luisa, la sucesora natural de Fina, aprendió que en cualquier oficio o cometido el cariño no tiene por qué estar proscrito, que no se pierde nada por cuidar unos de otros, eso sí, marcando con claridad las líneas que separan la vida personal de la disciplina y las reglas del juego. Eso fue lo que inculcaron a Eugenia después del fiasco de la misión y por eso ahora Luisa le daba una segunda oportunidad, bajo la advertencia de que en este caso no habría miramientos si flaqueaba.

  Luisa pensó en las oportunidades perdidas ¿Hay que renunciar al amor? No, pero hay que saber gestionarlo, administrar los compromisos, y en caso de establecerlos, tener en cuenta la provisionalidad y la arbitrariedad del azar y las contingencias. Sobre todo cubrirse y cubrir a los otros de los posibles daños. Por todo ello, esa tarde se sintió especialmente incómoda. Soy una mujer, se dijo, y ese hombre me ha gustado, pensó en pasado porque de antemano había renunciado a él. No sé si será la edad, pero hoy estoy propicia, siguió con sus pensamientos; me apetece, y no quiero coger una habitación de hotel, el teléfono, solicitar compañía.

  Solicitar compañía. La soledad te lleva a buscar un consuelo lo más impersonal posible. Un desahogo y ya está. Con la tarjeta de crédito no hay que pasar por el bochorno de los billetes. Amabilidad y pericia, todo muy profesional. Y lo aceptas porque te sientes sola y te aprieta el deseo.

  No quiere esto decir que Luisa nunca hubiera tenido relaciones, incluso estuvo a punto de casarse hace ya unos años, cuando era realmente joven. Fue en la Complutense, en la Facultad de Derecho, se llamaba Ángel Santana, estaban en el mismo curso. Proyectaron poner un bufete, trabajar juntos, casarse, tener hijos. Ángel era natural de Valdepeñas; allí vivían sus padres; acostumbraba a ir al pueblo una vez al mes. Luisa lo acompañaba a veces, y otras aprovechaba para visitar ella también a los suyos en Guadalajara. Aquel fin de semana Ángel iba solo. Conducía un R-8. La carretera estaba tranquila a esa hora de la tarde. Había oscurecido. En una curva, a la altura de La Guardia, un coche que venía de frente invadió el carril izquierdo y chocó contra el coche de Ángel, al que sacó de la carretera y le hizo dar dos vueltas de campana. Ángel murió en el acto y el otro conductor salió con graves heridas; su mujer, que viajaba al lado, quedó parapléjica.

Elisa, qué mujer tan extraña

Elisa, qué mujer tan extraña. Apenas la conocí. Recuerdo la noche en que Elvira nos la presentó, aunque confieso que me hago un lío; Elvira dice que yo no estaba, Diego cree que sí, y Elisa no me recuerda en su relato, al menos no se refiere a mí de ninguna manera, aunque, lo que es más seguro, fui para ella transparente; bien mirado, y a decir verdad, sólo tuvo ojos y sentidos para Diego, así que no me extraña que no me mencione. Lo que me extraña es que Elvira sea tan tajante; se burla de mí, seguro que se burla de mí. Qué intensa su relación con Diego, digo la de Elisa. Apenas salían. Nadie salvo Elvira tuvo amistad con ella. Vivía completamente retirada, absorbida por su trabajo, ausente de todo contacto social. Es una relación que, a diferencia de otras, Diego no quiere contar. Incluso ahora que lo sabemos todo, al menos lo que ella dice, Diego no nos deja entrar en su parte. En el relato en el que salgo difunto, apenas cuenta, si acaso al principio, cuando lo echa de su casa. Se lo he preguntado, ¿por qué aquello? Y Diego contesta con evasivas ¿Acudirías si te llamara?, le pregunto. Ahora no, por supuesto; aunque en otro tiempo… Me contesta y lo deja ahí. Elvira se ve con ella, por Elvira tenemos noticias suyas, nunca en detalle. Bien, está bien, dice; muy relajada, mucho más que entonces, tiene sus amigos… ¡Sale! Mira que costaba sacarla de su encierro. ¿Ha tenido problemas?, le preguntamos a Elvira. Y ella dice: Qué va, es una novela ¿Quién puede creer que lo que cuento sea verdad?. Lo podían comprobar, le dije una vez. Bueno, que lo comprueben ¿Tú qué crees?, me preguntó a bocajarro. Si yo te creo, le dije. Eso es lo que importa, sonrió, porque estas cosas nadie se las cree; eso me favorece.

¿No te da por ir a verla?, le pregunté a Diego. Me contestó que a veces está tentado, pero luego insiste en que está mejor así; aunque me llame no iré; así es la vida, querido Luis.

La vida de Diego está marcada por tres mujeres. Tres mujeres de marcada personalidad y de belleza notable; dos bastante parecidas en cuanto a su apariencia, con personalidad, carácter y biografía distintas, eso es lo que sabemos; la otra es el contrapunto, podríamos decir. Sin embargo, parece paradójico, es Blanca la que más lo influye: se nota su presencia, se ve en él su reflejo. Da la impresión de que con ella Diego se somete gustoso. Tiene suerte el muy bandido. Me refiero a estos años últimos, tan entregado al estudio, la escritura y el amor. Ahora que no se debe a nadie y tiene que mentir lo justo, en cuanto a la escritura me refiero.

 

Sobre la imagen: Puerta de acceso al antiguo café Lion con sus faroles (http://antiguoscafesdemadrid.blogspot.com/2013/03/el-cafe-lion-y-su-ballena-alegre.html)

La impresión de Diego

»En ese punto me di cuenta de que esa Eugenia no era la misma que se había estremecido en mis brazos. Me pareció más dura, más metida en su papel. Quise pensar que se esforzaba por mostrarse insensible, como si estuviera demasiado pendiente de la vigilancia u observación de Luisa, que ésta actuara como supervisora muy atenta a sus reacciones, que se estuvieran permanentemente vigilando para controlar la fidelidad y sometimiento a las normas. Supuse y deseé que su ofrecimiento de hablar más adelante contuviera la promesa de reverdecer nuestra relación. Porque, a pesar del despecho y la furia, esta nueva Eugenia me resultaba más atractiva si cabe, y por lo tanto, más deseable.

»Con intensidad apenas audible, Luisa recuperó la palabra:

—Como te he dicho, sabemos lo que haces; claro, bien mirado somos nosotros los responsables. Verás. Como sabes, y seguro que estás bien informado, en la frontera están pasando cosas demasiado llamativas. No, no te hagas el nuevo, sabes a qué frontera me refiero, y a qué zona, y por qué estamos tan atentos a lo que ocurre. Además, como te puedes imaginar, controlamos algunos movimientos, aunque no todos. Ya sabes que nosotros no hacemos, nos informamos y dejamos hacer o desviamos, o informamos para que sean otros los que hagan, mejor o peor, pero que sean ellos los que lo hagan, como, por lo demás, ocurre con todos los servicios cuando se trata de asuntos de orden interno. No sé por qué te explico esto.

Iba Diego a protestar, a decir que bien lo había comprobado en sus carnes, cuando Eugenia, como si hubiera leído su mente, se adelantó:

—Sí, Diego, lo sabes, hicimos nuestro trabajo y no nos salimos del guion. Te manipulamos, no hace falta que lo digas, pero el trabajo salió bien, y tú vivo, y te recompusiste, no me digas que no.

»Lo bueno (o malo) del caso es que saben cómo hablarte para que creas que lo saben todo de ti, que desde el momento en que establecen contacto contigo tienen unos ojos que no dejan de mirarte. Y eso es terrible porque te sientes espiado y acabas no fiándote de nadie. No pude evitar pensar que conocían de parte a parte mi relación con Elisa, y la tuya; la de Elvira ya la conocían. Llegué a pensar que Elisa también era de ellos, aunque ¿Por qué? ¿Tanto importaba yo? De todos modos fue una paranoia que me asaltó y me tuvo en vilo no sé el tiempo. Pero, todo hay que decirlo, me vino muy bien el manto de Elvira, a quien he contado, con quien he descargado mis manías, quien me aseguró que Elisa no tuvo nada que ver, que lo suyo era otra cosa, según sabía o creía saber, porque Elisa siempre fue muy reservada; no creas que se abría con facilidad, y cuando lo hacía pedía la mayor discreción, que yo cumplí y seguiré cumpliendo con total escrúpulo, lo mismo que Elvira, que seguro sabe más de lo que dice porque, o bien tú eres un artista del disimulo, o poco te ha contado de lo que hablamos.

Un nuevo trabajo

“Escucha con atención”, me dijo. Noté el cuerpo tenso, no pude evitar un escalofrío ni la sensación de que vivía escenas anteriores aunque en un marco diferente. No necesitaban montar un número. Quise odiar a Eugenia pero no pude; al contrario, al verla, al mirarla, revivía los momentos pasados, los días, que fueron muchos, en que convivimos, en la pasión y el amor que nos tuvimos. Y en ese momento la tenía de nuevo conmigo, requerido de forma rocambolesca para no sé qué que me diría Luisa, una Eugenia que pretendió hablarme con una firmeza profesional que me sonó impostada, que de nuevo me buscaba sin que yo alcanzara a intuir en qué consistía su requerimiento.

»Para imprimir solemnidad al asunto, Luisa dio una profunda calada al cigarrillo, tomó un breve sorbo de cerveza, carraspeó ligeramente y comenzó:

—Como comprenderás, Diego, sabemos dónde estás y qué haces —hizo una pausa, volvió al cigarrillo, a la cerveza, aclaró nuevamente la garganta, la voz le había salido ronca—. Precisamente por tu posición y por haber trabajado con nosotros eres la persona idónea para que te encomendemos este nuevo trabajo.

»No sé cuál sería mi expresión, pero se interrumpió al ver la cara que puse. Aunque pienso, en fin, lo sé, todo estaba previsto, se trataba de una pausa ensayada, pensada, programada, diríamos hoy, para dejarme respirar, para que me expresara, para descomprimirme, para crear mi expectación al tiempo que, en principio, quedaba al descubierto el asunto por el que me habían llamado. Eso lo debía de saber en aquel momento, con varios años de profesión y experiencia, después de escribir acotaciones en los discursos, señalar las pausas, los énfasis, los cambios de tono. Pero estaba tan tenso que no pude evitar estar a su merced.

 

—¿Cómo que un nuevo trabajo? —balbució.

—Sí, claro, un nuevo trabajo para nosotros sin apenas riesgo; algo sencillo, y todos nos beneficiaremos; no tendrás queja, ya lo verás.

—¿Y si me niego? —adoptó una mirada hosca; trataba de retener sin éxito la de Eugenia.

—No te puedes negar —apoyó Eugenia, que estaba como recién salida de un rapto, de una ausencia.

—¿Por qué no me puedo negar? —la pregunta era para las dos; las miró alternativamente para enfatizar. Buscaba la respuesta de Luisa por dos razones: quería oírselo por su mayor jerarquía, siempre le pareció evidente, y por evitar que Eugenia le dijera algo desagradable.

—Porque no nos conviene —dijo fatalmente Eugenia—. A ti porque sufrirías las consecuencias; a nosotras porque sería un fracaso que no nos podemos permitir.

—¿Qué consecuencias? —se atrevió a preguntar.

—Graves y de todo tipo —apoyó Luisa—. Créenos, no te conviene. Has trabajado con nosotras, nos conoces, sabes que no nos gustan los jueguecitos…

—¿Ah no? —preguntó airado dirigiéndose a Eugenia.

—No, no te confundas —Eugenia respondió con sequedad—; no nos gustan los juegos; a mí menos; nunca he jugado contigo, otra cosa es el alcance de las relaciones, los motivos, los gustos, las necesidades…

—Las necesidades… ¿Qué necesidades? —Diego iba elevando el tono e ignorando la presencia de Luisa.

—Las necesidades, Diego —Eugenia bajó la voz—; deberías saberlo, haberlo pensado, esto es así; todos lo sentimos; no te engaño. Pero ahora no vamos a hablar de eso; más adelante, si quieres, hablamos y te aclaro las dudas, siempre que pueda.

En eso consiste

No creas, no lo hice mal del todo —me sigue contando sin contestar a mi pregunta—. Me hubiera quedado. No te puedes imaginar el gusto que le coges al engaño y al disimulo, todo ello para perpetrar una traición, porque, por mucho que se diga, se trata de eso, de ganar confianza. El objetivo tiene que sentirte próximo, como un amigo, para soltar prenda, no por indiscreción sino por cooperación, ganar a uno más para la causa, un cómplice, un compañero, alguien con quien te jugarías la vida. ¿Sabes lo peor? Que no sientes mala conciencia porque acabas convencido de la bondad, por necesaria, de la misión.

—Ya, pero te me escapas, Diego, te me escapas…

—¿Por qué? Te lo estoy contando todo; y no es muy confesable.

—Te me escapas porque no me acabas de decir tus motivaciones reales.

—Es que no es fácil. Ya te he dicho que fue por Blanca, y por mí, ¿acaso no comprendes que nos jodieron la vida?

—Hombre, también me doy cuenta de que ahora estás con Blanca, y Eugenia es… ¿un buen recuerdo?

—Pero, ¿qué más da? —no digo que se pusiera tenso, aunque reaccionó en la dirección que yo quería.

—No sé, no sé si dará lo mismo; eso únicamente lo puedes saber tú —le contesté.

—Digo qué más da porque mis cosas con Eugenia no invalidan mi necesidad de desquite; ella puso en mi mano los medios para tomármelo, al menos eso creí. Lo que pasa es que eres un puñetero puntilloso y ahora te quieres desquitar por el tiempo en que te tuvimos in albis. Ya escribió Flaubert, y veo que tú lo sigues al pie de la letra, algo parecido a esto: ‘La biografía de un amigo hay que escribirla como si fuera una venganza’.

Podía haber dicho touché, pero no quise darle semejante satisfacción. Lo que sí le dije fue que su cita de Flaubert era imprecisa y que además le cambiaba el sentido, la cita literal es: “Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándole”. Pero Diego no andaba descaminado en sus apreciaciones; no negaré que el despecho se adueñó de mí durante demasiado tiempo; sobre todo sentí, aunque me cuesta reconocerlo, la falta de confianza de Elvira. Por mucho que uno lo niegue, quieres saber vida y milagros de quien duerme contigo, aunque no sea siempre, aunque no conviva. Paul, personaje protagonista de El último tango en París, pretende hacer del piso un islote utópico exento de sentimientos, incluso de lenguaje: allí no existen los nombres. Pero Paul trata de poseer a Jeanne, la protagonista, a toda ella. Y la persigue, quiere saber quién es, se muestra, pregunta, dice su nombre y un retazo biográfico; y camina hacia su propia destrucción, hasta la muerte.

 

No les resultó difícil entrar en contacto con uno de los grupos que por aquellos días se formaban y crecían como hongos, animados por la oportunidad que se les presentaba: culminar una gran movilización contra uno de los bloques militares formados al abrigo de la llamada “Guerra Fría”. Las plataformas antiotan eran un excelente banderín de enganche: los conocimientos, la experiencia y el entusiasmo servían de pasaporte para llegar a tocar los centros de decisión, pero lo que más les importaba era navegar por los meandros y recorridos que les llevaran al objetivo, a situarlo, a conocer sus conexiones y, lo más importante, detectar los contactos que llevaran hasta él: ‘Nosotros informamos’, decía Eugenia. ‘Otros harán lo que tengan que hacer. En eso consiste’.

 

Sobre la imagen: Fotograma de El último tango en París, Bernardo Bertolucci, 1972

 

 

 

La fuerza de una pasión

»Nos abrasamos. Lo esperado era una relación aparente, una pareja como cualquiera, un chico y una chica que comparten piso, que tienen una relación… Lo que se presupone es confuso e incompleto, algo que casa con individuos solitarios y descomprometidos. No diría que nosotros no lo fuéramos, al menos en mi caso eso pensarían, o fue como me viera Freixido al informar sobre mí. Pero vivimos el presente como un sueño, como un mundo entre paréntesis, sin conciencia del final. Como en un juego, nos metimos en harina como dos niños traviesos para quienes el engaño no tiene consecuencias…

 

Disimular, engañar, no digo traicionar porque exageraría ¿Quién hubiera pensado que alguien que trabaja a tu lado, que toma copas contigo y te habla de su vida; que comparte carpetas, noticias; que te pasa sus escritos para que los supervises y les des el visto bueno, te propone como cosa informal asuntos que le vienen impuestos por no se sabe quién, que lo dicho está ordenado y supervisado por otros, creado con un fin que no sabes? Aquel empeño en comparar a nuestros militares con los de la OTAN, el déficit en cuanto a su formación, el dominio de idiomas y tecnologías, y la idea central: la convivencia con militares demócratas, todo ello razonable pero interesado en aquel contexto, acompañado de datos sobre la obsolescencia de nuestro armamento y de la falta de operatividad de nuestras tropas. Y las filtraciones. Sabes que éstas siempre son interesadas, que las fabrican para ajustar cuentas, manipular información, ideología, estado de ánimo… Pero no se te ocurre pensar ni por asomo que el que está a tu lado y es tu amigo está metido en un juego de espías por vengar a una mujer y estar al lado de otra, aunque, efectivamente, como le dije, Blanca no te culpó, como bien sabes; te asoció, así te lo dijo, con lo peor que le había pasado, un episodio de su vida con el que no contaba porque no valoró el peligro o nadie la advirtió.

Otra vez el juego. La necesaria ignorancia o desprecio del peligro porque en caso contrario nada se haría, o quedaría todo en manos de los más osados, no necesariamente valientes. En cualquier caso, creo, te vengabas por ti mismo, porque en el fondo bien supiste que todo hubiera sido distinto si no la hubieran delatado, entregada como cebo, como el que dice: Si queréis carne, ahí la tenéis, inocente además, que nada os dirá porque nada sabe. Eso hace daño, mucho daño, tanto que la mente se te cierra y además necesitas atribuir la culpa, no importa a quién, tampoco si es o no justo, es algo que va más allá del puro razonamiento. Lo peor es el rechazo. Quizá pensara: ¿Por qué no me lo advirtió? Como si uno tuviera la facultad de saber, proteger, anticiparse.

Diego se esforzó en hacerme creer que únicamente lo movió el afán de justicia. Lo hizo de forma notable; por más que disimulaba no conseguía engañarme, armó un relato en que hizo lo imposible por establecer el equilibrio, como si pretendiera reivindicarse ante Blanca, convencerla de que compartía su dolor y hacía todo lo que estaba en su mano por repararlo. Con su historia demostraba la propensión que tenemos para inventar justificaciones; creo que no se daba cuenta de que al tratar de dignificar la peripecia, dejaba a la intemperie la pasión que lo movía, nada inconfesable por otra parte, tampoco incompatible con su esfuerzo reparador, porque a ciertas alturas de la vida, con poco que hayamos sentido, estamos dispuestos, digo más, prestos, a comprender la fuerza de una pasión. La locura de los brazos, los besos, las miradas; el hambre de comerse el uno al otro.

 

Sobre la imagen:  René Magritte, La Memoria, 1944, colección privada.