¿Y si fuera un juego?

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Willem de Kooning, Sin título (1966-7)

—Entonces pensé: Si se sirven de este método, el asunto del que ya nadie habla bien pudiera ser un cuento, un montaje, una ficción.

—Hombre, resultado da —le dije entre risas—; hasta han hecho una película. Y lo tuyo, ¿dio mucho de sí?

—El asunto, amigo mío, tiene sustancia. Algún dinero saqué.

»Lo gracioso era que daban por bueno cualquier disparate, aunque no era fácil, dada la gravedad, contar historias inocuas, circunstanciales, sin apenas trascendencia. Creo que para ellos era una forma de justificarse. Me imagino a quien mandaba de verdad diciendo: ¿Y eso es lo que hay? ¿En esto gastamos el dinero?

»Claro que me aproveché; fue como un desquite. Pensé: No caigas en el señuelo; esto es un juego; saca todo el partido que puedas. Creo que mis relatos absurdos eran chorros de tinta de calamar.

»Eugenia me exigía datos, nombres, fechas, sitios, y yo le componía relatos ambiguos y nebulosos; quienes eran o pudieran ser no estaban suficientemente caracterizados para ocupar una casilla. Eugenia leía mis informes siempre con una sonrisa, la misma sonrisa. Levantaba la mirada, enarcaba las cejas, y me preguntaba: ¿Este quién es?, No estoy muy seguro, le contestaba, por eso no el pongo nombre, por eso lo señalo con pronombre ¿Y si me equivoco?

—Veo que nos tomas por gilipollas —me decía sin dejar de sonreír—. Queremos saber, sólo saber; no intervenir, nunca intervenimos; no se lo vamos a contar a nadie, es para nosotros, antes de que caiga en peores manos. Por cierto, ¿Crees que los que te rodean son de fiar? ¿No crees que alguno estará tocado?

 

—¿Me metiste en alguna de tus historias? —Le pregunté picado.

—No exactamente; no eras el tipo que necesitaban.

—No exactamente, pero de algo te serviste…

—Todo me servía. Eugenia me pedía nombres, me preguntaba por personas en concreto, si había oído algo que les relacionara con los hechos de que tanto se hablaba, tan presentes entonces en la prensa; en cualquier caso, me pedía mi opinión. Y yo jugaba al juego porque así estaba con ella y hacía durar el cuento.

—Pero no te fiabas de nadie, ¿por qué?

—Porque no, ¿acaso alguien podía fiarse? Acuérdate de aquel que apareció largando cuando todo estaba tan confuso: era un juego de todos contra todos.

—Y tú, encima, trabajando en el lado oscuro.

—Llámalo como quieras.

—Y Elvira, ¿supo algo de esto? ¿Acaso te echó una mano?

—Claro que me ayudó; y yo a ella. Deberías saberlo, siempre fue así.

No por esperada, aquella confesión dejó de dolerme. Me sentí como un cazador cazado. Me adentraba en asuntos oscuros de la vida de Diego y los hechos se volvían en mi contra. Diego y Elvira, Elvira y Diego jugando a los espías a mis espaldas, traficando con la información y el dinero en una operación poco clara. No estábamos en el centro de la tormenta, pero por nuestra modesta oficina pasaban desmentidos, declaraciones, alusiones, análisis, todo un maremágnum de ruido y confusión, y por si fuera poco, mi amante haciendo juegos de espías.

 

»Ya sabes cómo se resolvió todo. De mi paso por ahí saqué una enseñanza muy provechosa: el uso caprichoso de la información, la irrupción en asuntos y en vidas tan abrupta como azarosa y, fundamentalmente, la banalidad de tantas acciones, sometidas a las conveniencias de los centros de poder, tan interesados en hundir reputaciones como en abandonar sin explicación plausible cualquier objetivo aparente.

—No, Diego, en algo te equivocas, me lo imagino, pero no sé cómo fue.

 

No sé si arrepentirme, creo que sí, claro que me arrepiento de haber puesto este asunto en marcha, a cada momento me aparece un nuevo pesar ¿Acaso podía imaginar el alcance? Uno tiene una sospecha, imagina algo, pregunta, y le descubren una colección de intrigas ocurridas ante sus narices, de las que es posible que nunca se hubiera levantado el velo. De pronto deseé que Diego se fuera y me dejara de contar. Quise estar con Elvira, hablar con ella, pedirle explicaciones ¿Acaso me las debía? Claro que me las debía; el diablo ya lo tenía dentro, necesitaba oír su relato, compararlo, ver hasta qué punto estaban conchabados. Mi curiosidad se había vuelto perniciosa. Me costaba dormir. Imaginaba la escena que tendría con ella, mis palabras y las suyas. De ahí pasaba a sentirme ridículo, lo vas a estropear todo, me decía, años de amistad y convivencia. Y me mortificaba pensar que Elvira se burlara de mí, se preguntara, ¿Este es el pusilánime con el que me acuesto?

Abro la caja de Pandora y pago las consecuencias ¿Y si todo fuera un invento de Diego para seguirme la corriente? Porque le podría decir: Ya sé que todo lo que me cuentas es mentira, que se trata de un juego, nada más, pasto literario para que escriba y escriba. Y que él me conteste que tengo razón, que no hay nada, que la vida real es pedestre y anodina.

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Eso es cosa tuya

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Clyfford Still – PH-950, 1950

Hablar de lo pasado, de lo sufrido… no, no era cuestión de ponerse melodramático, todo estaba claro. De todos modos, otra vez lo venía a soliviantar, aunque, ¿para qué lamentarse? Habrá que ir a lo práctico, inquirir sobre el motivo que los había vuelto a juntar, saber a qué atenerse. A tomar por culo, pensó ciego por el despecho. Hemos jodido, no ha estado mal, y ahora me quiere liar. Que se vayan a la mierda ella y sus manejos. Miró a Eugenia con fijeza, las manos, como garras, se anudaron a sus brazos presionando hasta hacerle daño…

—¡Y ahora! ¡Para qué me quieres ahora! Gritó sin levantar la voz.

—No te excites, cariño, no hace falta que te excites —le dijo una Eugenia profesional que no dejaba traslucir ni un átomo de emoción—. Te hemos llamado así porque de otro modo no hubieras acudido; y te necesitamos. Es un trabajo, sólo eso; ningún riesgo; te pagarán bien y a otra cosa.

No pasó por alto ese “Te pagarán bien”. Eugenia no se incluía, no dijo: “te pagaremos bien” ¿Hasta qué punto mantenía la distancia? Quiso creer que no estaba alienada por el sistema al que servía, que únicamente se trataba de una relación distante, motivada por el dinero y el gusto por hacer algo fuera de lo ordinario.

»Cuando te hablo de estos asuntos espero, creo que me conoces, que el dinero no era mi primera pretensión. No te voy a decir que un buen sobre libre de impuestos venga mal; la tela viene bien para vivir y satisfacer los caprichos, pero hubiera preferido recuperar a Eugenia, aunque yo sea el primero que piense que soy uno de tantos gilipollas que pululan por ahí.

De lo que he visto y de lo que me cuenta concluyo que la vida de este hombre está marcada por la influencia de tres mujeres, que no hicieron de él tres hombres distintos; aún me asombra su hermetismo contradictorio: Diego no es precisamente taciturno y misántropo.

»Le dije que ya no fumaba hierba, que me había dejado de apetecer. Lo que no le dije fue que echaba tanto de menos los petardos cónicos y apretados que me hacía con Elisa, que no me quedaron ganas de volver a intentarlo hasta la noche de mi reencuentro con Blanca.

»Eugenia dejó de hacerse la remolona y entró de lleno en el asunto.

—¿Tú sabes la que hay liada por ahí arriba? No, no te envares, no hay ningún riesgo para ti; sólo información, eso es lo que queremos —Esta vez se había incluido.

—¿Qué queréis que haga?

—Algo muy fácil, ya te lo he dicho, informarnos, sólo eso.

—Pero, ¿qué tipo de información?

—Pues eso, lo que oigas; las palabras que digan, sin cambiar ni interpretar, y un breve comentario.

—Tengo que saber algo más para considerarlo.

—Es justo —dijo Eugenia—. Si tienes algún escrúpulo, me lo dices; pero no temas. Sabíamos que pondrías objeciones de índole ética, pero te aseguro que no vas a perjudicar a tus compañeros; al contrario, queremos información porque todo el mundo la tiene, y la hay buena y muy mala, según se mire; nosotros las queremos tener y controlar, para minimizar los daños, que serán grandes, no te quepa la menor duda.

—Por cierto, aunque lo sé, quiero que me lo digas, ¿quiénes sois vosotros?

—Nosotros somos nosotros, pero estamos del lado bueno, fíate.

—¿Cómo quieres que me fíe? —pregunté con violencia.

—No vuelvas por ahí, Diego, no vuelvas por ahí —se puso muy seria—; yo también lo pasé mal, no sabes hasta qué punto.

—Bueno, supongamos que me interesa —le dije para abrir así la posibilidad de colaborar.

—Pues haremos lo de la otra vez; con diferencias, claro, con diferencias.

—¿Cuáles? —le pregunté porque no quería eludir lo nuestro, ni que ella lo hiciera.

—La primera es que actuarás solo.

—¿Y la segunda? ¿Cuál es la segunda?

—La segunda es consecuencia de la primera: no estaremos juntos: cuando tengas algo que contar, llamas a este teléfono. Ya sabes, memorízalo y rompe el papel.

—¿Y si me invento historias y te llamo por verte?

—Eso es cosa tuya.

No, Diego, no; ya no

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Edvard Munch – Dos seres humanos (Los solitarios) (1905)

Diego y Eugenia se quedaron solos. Se hizo un silencio denso y tirante. Sólo se movían para dar un sorbo de cerveza o para fumar. Se miraban de hito en hito y bajaban la vista. Pasados unos minutos que parecieron horas, Eugenia rompió el silencio:

—Te tendré que decir lo que queremos de ti.

—¿Por qué no me lo cuentas en mi casa? —Diego preguntó con tristeza.

—Porque no sería bueno —le contestó Eugenia con suavidad.

—¿Por qué no sería bueno? Para mí sí lo sería; y creo que para ti también ¿Acaso crees que no te conozco? ¿Qué no sé interpretar tu mirada? ¿El temblor de tus labios?

—Precisamente por eso, Diego, precisamente por eso.

A Diego no le pasó desapercibido el titubeo de Eugenia, la falta de firmeza de sus afirmaciones. Cuántas veces nos hemos esforzado para evitar repetir aquello que se dejó, por volver a la querencia de lo placentero y bueno aunque se volviera maligno, en decir lo contrario de lo que se piensa y siente. Quien nos conoce distingue lo que escondemos. Hay un hilo delgado que rompe la resistencia o fortalece y cierra la boca de quien no quiere hablar. Hay en los amantes recorridos conocidos, caricias exclusivas, reconocimientos, barreras dispuestas para caer, o levantarse y hacerse infranqueables. Todo eso lo sabía Diego; también Eugenia. Había que tocar un punto sin lugar para el equívoco y le tocaba a él pulsarlo. Recordó la mañana en que Fina los dejó en Reina Victoria ante los edificios Titanic, el paseo de Santa Engracia, el taxi… Podía haber pensado que las personas cambian, que hay momentos únicos e irrepetibles, porque lo que fue un instante luminoso deviene en un fracaso, en un triste calco. Pero no lo pensó. Durante un minúsculo intervalo, pensaron en lo mismo, cuando se volvieron locos, pero no hubo sincronía, cuando Diego pulsó la tecla, el ángel había abandonado los dominios de Eugenia.

—¿Por qué no hacemos como entonces? —preguntó Diego y le tomó la mano.

—No, Diego, no; ya no —contestó ella.

 

»El tiempo es implacable. Lo que fue una conjunción perfecta pasó a ser un compromiso triste, un ejercicio de nostalgia compensatoria. Cuando me dijo «No, Diego, no; ya no», la tristeza se le escapaba por todos los poros, aunque sus palabras, su expresión y su rostro certificaban lo que se rompió el día que desapareció de mi vida.

Me sentí incómodo y se lo dije.

—¿Por qué? —me preguntó.

—Porque estaba convencido de que éramos amigos —le dije—. Tanta conversación, ¿para qué? Resulta que ha tenido que pasar el tiempo para que ahora me lo cuentes.

—Me parece que eres injusto —me dijo— ¿Qué sentido tiene que te tuviera al corriente de una actividad clandestina? Incluso te hubiera perjudicado. Si lo piensas bien, no me he portado tan mal, no te he obligado a decidir tus fidelidades. Por otra parte, me consta, lo que yo podía decir, que era bien poco comparado con lo que salía de otras fuentes, era mera información que no se llegó a utilizar.

—¿Estás seguro?

—Bueno, uno nunca puede estarlo. El que parecía mi objetivo desde luego que no, digo que no me consta que se actuara contra él, que más tarde, como te contaré, reaparece; diría que siempre fue un tío inquieto. Y te adelanto, creo que te sorprenderá, el papel que desempeñó en la nueva etapa.

No me sorprendió, pero esperé a que me lo contara; no me anticipé por no desvirtuar el discurso, por no obligarlo a improvisar, responder o defenderse; a olvidar con el apremio los detalles que traería pensados.

Nosotras somos gente rara

Picabia Mujer sobre fondo verde 1938
Francis Picabia, Mujer sobre fondo verde, 1938

Luisa no decía nada, pero Fina parecía adivinar sus objeciones y se anticipó para no romper el hilo del discurso.

—Ay, Luisa, mi niña —adoptaba un tono maternal al hacer una apreciación o dar un consejo—, te voy a contar algo.

»Tú crees, como todo el mundo, que soy una mujer solitaria, dedicada al trabajo en cuerpo y alma porque es lo que me llena la vida; nada más alejado de la verdad de mi modo de ser. También he amado y tenido mis relaciones, me he apasionado y sentido tanto como cualquier otra… Aún, si te dijera… Pero esa es otra historia —se le adivinaba el esbozo de una sonrisa—. Pero hubo alguien; mira que era guapo y buen mozo, y discreto. No sé qué pensaría de mí. Nada le ocultaba porque no había nada que ocultar. Cuando me relacioné con él, acababa de incorporarme a los servicios auxiliares como administrativa, era lo que había. Armando, así se llama, era subinspector de la Criminal; y tanto Fina por aquí, Fina por allá, que empezamos a tontear. Creo que lo adivinas, desde joven siempre he sido suelta y decidida, y como el tonteo me parecía poco y cursi, me enredé con él. Tu padre lo conoció; pregúntale. Con el tiempo vinieron cambios y Armando pasó a un servicio muy especial, y no se le ocurrió otra cosa que reclutarme.

»Pero, como comprenderás, a la gente no se le pueden ocultar ciertas cosas, y lo nuestro era evidente. En un servicio normal, vaya que vaya; vas de cara, no cambias de identidad, de apariencia, tienes tu vida, tu familia; corres riesgos, pero entra en el sueldo. Lo nuestro era más delicado; pasamos, por así decirlo, a la clandestinidad. Lo nuestro era la ocultación, el disimulo, la mentira… Mentir era un arte ¿Qué te voy a decir? Al principio no te das cuenta, crees que lo sabes todo y sin embargo tienes todo un mundo por descubrir. Lo más sorprendente es constatar que lo peor no está en los otros, en los que, ¿cómo te diría?, traicionas su confianza; lo peor está en ti, en los tuyos, en los que dejas atrás y dicen ¿Por qué ella?, o manifiestan sin ambages que te ha llevado porque eres su querida. Tenemos que dejarlo, me dijo un día Armando. Nada ocurría entre nosotros, nada iba mal, pero desde arriba le dijeron que no era bueno que fuéramos compañeros y amantes; y obedeció. A los pocos días recibió un nombramiento, y, no me preguntes la lógica, sin saber cómo y prácticamente sola me vi al frente de una sección, sin apenas personal y sin ocupación aparente, hasta que me convocó un alto cargo y me dijo que tenía su confianza para reclutar a algunas mujeres para dar contenido a la sección que llamó “de inteligencia”, que a partir de ese momento pasaba a estar a sus órdenes directas. Así que ya ves, nuestra relación acabó y a cambio recibimos un ascenso.

Luisa la debió mirar con estupor.

»Mujer, lo nuestro, ahora que lo miro con distancia, fue una ruptura de conveniencia, no hubo amenazas sino habladurías y un ambiente hostil provocado por celos profesionales; lo tuyo es más grave.

—¿Y desde entonces? —la pregunta de Luisa apuntaba directamente hacia lo que a ella le esperaba.

—¿Desde entonces? Lo de Armando fue duro, lo que sentí no se puede decir con palabras, eso no se puede explicar. Desde entonces me digo: «Qué suerte; hay que ver lo libre que soy». Alguna relación sin compromiso, sin conocernos, sin saber nada el uno del otro; los mejores sitios, los bares y restaurantes de hotel: puedes pasar por una profesional en viaje de negocios. Tienes habitación, cenas sola, tomas una copa y ¡zas! Alguno cae. Casados, desplazados por trabajo, ya sabes.

—Ya sé, ya sé; claro —objetó Luisa—, pero el amor es otra cosa.

—Ya, ya, ¿qué me vas a decir? Te encierras en la profesión, ocupas en ella todo tu tiempo, te endureces, no quieres sufrir ni que sufran; encuentros sin compromiso: sexo con un poco de relación.

—¿Y dejarlo?

—También puedes hacerlo; pero no lo haces: es como un vicio. Somos gente rara, nos convencemos con facilidad de que no podemos ni sabemos hacer otra cosa. El matrimonio… No sé tú; yo no me he visto, menos ahora, en casa criando hijos, haciendo comidas, preparando ropas… Quiero esto, me gusta esto, la soledad es el precio.

—Por lo tanto, según tú…

—Por lo tanto, mi niña, tendrás que cortar la relación, comerte las uñas y salir de esta. Ya verás como sales.

—¿Qué ganan quienes han urdido esto?

—En cualquier caso —contestó Fina—, déjame un tiempo a ver si averiguo algo. Si viene de alguien de la casa, es por joderte, a no ser que…

 

Luisa bebía despacio y miraba la pantalla del televisor sin ver nada. Si alguien la contemplara, sorprendería un rictus de amargura y el fluir de las lágrimas.

Por eso te pegan a ti

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Máscaras, Maruja Mallo (hacia 1952)

A la noche, Luisa, sola en el hotel, pidió un sándwich y una cerveza desde la habitación. Hacía fresco, pero no le importó salir a la amplia terraza para contemplar la inmensa bahía y las luces de los pueblos lejanos.

«Qué distinto es todo», pensó, y se preguntó si no hubiera merecido la pena poner un bufete, una gestoría; hacer declaraciones de la renta o especializarse en derecho matrimonial. Pero no, no se cambiaría. Su vida y actividad estaban regidas por el acaso. Se podía decir que mantenía una relación morbosa consigo misma.

 

Decidió comunicárselo a Fina —No tenía más remedio, así lo marcaba el protocolo—. Sabía lo que ésta le diría, que se lo había advertido, que las relaciones, sobre todo las familiares y amorosas eran el punto más débil. Pero, ¿quién no se enamora? Todo se podía capear en lo que no surgieran contratiempos. El mayor riesgo no era el aviso, la amenaza, con eso esperan tu reacción, que dejes lo que estás haciendo; te proponen un pacto: nos dejas en paz y no te hacemos daño. Es peor la venganza. El que la quiera cumplir no amenaza; actúa: no busca tu desistimiento sino tu dolor. Pero esto es así, y sin embargo aquí estamos, a no ser que uno se quiera salir. Entonces, ya sabes, un periodo de descompresión y fuera, sin que nada te garantice que no seas objeto de un ajuste de cuentas, y estés sola, sin protección.

Acudió al despacho de Fina y le puso al corriente de lo sucedido y de sus temores. Fina le dijo lo que sabía y no quería oír: ‘Tienes que dejarlo, es duro, pero tienes que dejarlo’. Al tiempo que hablaba escribió en una hoja de bloc: “Esta tarde a las ocho en Vips, ya sabes”. Luisa cogió el papel, lo dobló y se lo guardó en el bolso, ya lo destruiría fuera, cuando estuviera a salvo de miradas indiscretas, porque la cautela de Fina no auguraba nada bueno.

A las ocho en punto entró en la cafetería y no se molestó en buscarla porque sería ella la que se presentaría después. Había tomado medidas para zafarse de un seguimiento y, una vez segura, entró y buscó una mesa discreta. Fina buscaría, efectivamente, una mesa discreta y la localizaría con facilidad.

No tuvo que mirar el reloj: a las ocho y dos minutos la vio. Sin saludar se acercó a la mesa y tomó asiento. Esperaron al camarero. Una vez servidas, Fina le dijo sin preámbulos que temía que fuera alguien de la Casa ¿Por qué? Por envidia, celos o, lo que es peor, por resquemor por los nuevos aires. ‘Mira, Luisa, conozco bien la Casa, casi eché los dientes en ella. En esto nunca se puede estar seguro, pero diría que fui la primera mujer reclutada para el servicio activo, además a petición del jefe, a quien le gustó mi perfil, profesional, claro… Bueno, si eso ya lo sabes. Eso es lo que te puedo decir. Me huele, sabes que tengo buen olfato, a gente de la Casa. Y sí, claro, es para putearte, no tiene otra explicación; como conmigo no pueden, te pegan a ti. Sí, sí, para joderte la vida’.

La despedida

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El caso es que, por un extraño impulso, removemos asuntos ignorados u olvidados. Hay como un honor al silencio, a guardar unos secretos que, en su momento, cuando ocurrieron los hechos, tuvieron la bondad de facilitar salidas y conformidades. Porque Luisa, a esas alturas, se había conformado con el relato, más o menos creíble, que había supuesto, como en estos menesteres suele pasar, cercano a la verdad tanto en los hechos como en los actores.

—Amenazaste a Elena, a su hija pequeña, para alarmarla y que de paso me alarmara a mí ¿Por qué no me avisaste? ¿Por qué ese montaje? —Luisa preguntó a Fina— Creo que lo hubiera comprendido y me habría apartado sin más, sin explicaciones, como sabemos hacer las cosas.

Fina la miró apesadumbrada. Por momentos se arrepentía de su debilidad, de la que había tenido, inexplicable, de anciana chocha que necesita hablar para ponerse en paz consigo misma. «Qué poco profesional», se dijo.

—¿Y si no lo hubieras hecho? Ya lo sabes, es así; en lo que nos concierne poco importa el riesgo, pero en lo tocante a quienes queremos… No me quise arriesgar; eso es todo.

Con sentido práctico, en este punto, Luisa no quiso ahondar en el tema: así había sido y no tenía remedio ¿Qué hacía ella con Eugenia? ¿Qué haría si se viera en la misma tesitura? Aunque, bien mirado, a Eugenia ya le habían cortado una relación.

—Tengo hambre —dijo Luisa zanjando el asunto—. Supongo que me tendrás preparada una sorpresa… Anda, cambia de cara, ya me lo has dicho, ya te has quedado a gusto, ya está ¿No me preguntas nada de la Casa?

—¿Para qué? Me jubilé en serio: no quiero saber nada, estoy bien así. No sé por qué te he dicho esto; tonterías de vieja; mira que lo siento. En cuanto a la sorpresa… Pues sí; ya sabes lo que me gusta la cocina.

—Claro —Luisa recuperó la calma—; bien se te daba el papel de cocinera o criada.

—¿Te gusta el bacalao? He conseguido una pieza de lo mejor ¿Sabes que ya no se sala como antes? Ahora lo hacen algo más crudo, dicen que al gusto británico. Pero la pieza era de Islandia: un buen lomo bien salado. Tiene que verse blanco, conservar la textura, no se puede deshacer; mantener el sabor de la sal, el suficiente para que sepa a eso, a bacalao, para que recuerde el aroma de las tiendas. Y por delante calamares, berberechos, zamburiñas y percebes. Ya verás.

—¿Va a venir alguien? —preguntó Luisa con intención.

—No, nadie; tú y yo solas. Después, no digas nada, después no creo que nos volvamos a ver.

El fiel de la balanza

El juicio de Osiris
El juicio de Osiris. Wikipedia

—Pero, Fina, ¿de qué me hablas? De verdad, no te entiendo.

—Fui yo quien metió el miedo en el cuerpo a la mujer del piloto.

Luisa clavó la mirada en el suelo y se puso a dar pasos nerviosos de un lado a otro de la pista. Su cabeza se convirtió en un hervidero y respiró hondo para tranquilizar y poner en orden sus pensamientos.

—Pero… ¿Por qué? ¿Por qué, Fina? ¡No lo entiendo!

—No es fácil, Luisa, no es fácil; en aquel momento pensé que era lo mejor. Ahora te pido que te calmes, que no me interrumpas; luego dices lo que quieras, o te vas; pero déjame que te explique.

»Seguro que te informé de la existencia de la llamada “Sección 6”; si no la han disuelto con las remodelaciones, ahí tiene que seguir ¿Sigue? Como seguro que estás al corriente, sabrás que esos no responden ante nada ni ante nadie, vamos, que tienen carta blanca; sólo reciben órdenes del jefe.

»Pues bien. A través de mis contactos —tú tendrás los tuyos—, me llegó el soplo de que el asunto estaba en un punto en que había que dejar hacer, pero de cara a los de arriba no podíamos decir que te retirábamos, salvo que hubiera una buena razón, y los de la 6 pensaban, ya sabes que en aquellos momentos no había manera de saber dónde estaba cada cual, pensaban descubrirte, no de forma pública, naturalmente, sino ante el elemento más activo y peligroso de la conjura, con la instrucción de que hiciera lo que fuera contigo, en fin, un accidente, una desaparición…

»Me aseguré de la veracidad del soplo, de si era una intoxicación para ponernos nerviosos; pero no: estaban dispuestos a sacrificarte. Por eso intervine.

—¿No me pudiste advertir? Ya se nos hubiera ocurrido algo —objetó Luisa. Aparentemente más calmada, apartaba piedrecitas con la punta del zapato—. Algo habríamos hecho.

—Puede ser, Luisa, puede ser, pero no había tiempo y no se me ocurrió nada mejor.

—¿No te parece demasiado?

—Claro que me lo parece. Pero es ahora, cuando estoy lejos, cuando puedo pensar. Sé que te hice daño, por eso te he llamado, para decírtelo y, mira qué egoísta, para descargar la conciencia. Con el paso de los años todo se presenta con una nueva claridad, y necesitaba decírtelo, no para pedirte perdón —no se trata de eso—, sino para que supieras lo que pasó.

—¿Por qué me lo dices ahora? ¿Qué necesidad tenías?

—Ya te lo he dicho, porque ahora puedo pensar; y no te diré —eso es ocioso y hasta cursi— que para que tú no hagas lo mismo —harás lo que tengas que hacer—. Es posible que lo haga por mí, por descargarme, por confesar, ya ves, por confesar.

Luisa era de pensamiento rápido y en seguida comprendió que Fina había puesto en los platillos de la balanza su vida y su felicidad, y le quedaba la duda de si había pesado por encima de toda consideración el éxito de la misión.

Fui yo

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Henry Moore, aguafuerte. Pinterest

Ahora quería recordarle aquellas palabras y lo acertaba que estaba, pero intuyó que la Fina con quien compartía empanada y vino estaba muy lejos del servicio y sus contingencias.

—¿Por qué me has llamado? —le preguntó sin que la cuestión sonara inquisitiva.

—Muy sencillo, Luisa —contestó—. Porque tenía ganas de verte; simplemente por eso; también para mostrarte que también hay otra vida; no como la de tus padres, tú y yo somos de otra pasta, además estamos solas; pero hay otra vida.

—¿Cuándo esta ya está gastada?

—Sí, cuando esa ya está gastada. No saber lo que la vida te puede dar si tienes salud y un poco de dinero; y si mantienes un control razonable sobre tu cabeza.

—Y hombres… ¿Algún hombre?

—Pues claro, siempre lo hubo.

—¿Nunca te presionaron?

—Con este no pudieron. Era solo; no tenía familia, ni hijos ni mujer. Siempre estuvo lejos, embarcado… Y ahora los dos…

—Ahora sois dos jubilados felices.

—En cierto modo sí. Pero no convivimos; es tal la costumbre de estar solo; cada uno en su casa, como solemos decir, pero hay tiempo para estar juntos, incluso para el amor.

Se habían acostumbrado tanto a la mentira que Luisa no acababa de convencerse de que no hubiera una intención secreta en el encuentro, algo que tratar fuera del Centro, fuera de Madrid, lejos de los curiosos, que Fina tenía la misión de comunicarle algo, advertirle de algo… Era difícil imaginar, al menos así lo pensaba, que la hubiera llamado por el simple placer de verse. Acabó el vino y Fina la sirvió de nuevo.

—Volvamos fuera si quieres, por dar un paseo, el día no es frío del todo —dijo Fina.

Luisa accedió complacida. Ciertamente se estaba bien en aquel lugar solitario, donde prevalecía el orden del bosque, debidamente modificado para el solaz humano. Remontaron unos metros el empinado camino hasta desembocar en una bifurcación donde cruzaba una pista, más o menos horizontal, que seguía la falda del monte, una pista para el acceso de camiones y máquinas a la gran plantación de eucaliptos. Los marcos y la altura de los árboles denotaban la sucesión de las cortas y los límites de cada parcela. Fina leía con facilidad el lenguaje del bosque: dónde se acostaba un corzo, por dónde bajaba el jabalí. Del pináculo de un poste alzó el vuelo, majestuosa, un águila culebrera sin que pareciera importarle demasiado la presencia de las dos mujeres. Caminaban en silencio, no hablaban, como si se lo tuvieran todo dicho.

—Fui yo —Fina lo dijo de forma desprevenida, como una ráfaga de viento frío que cortara el aire.

—¿Fuiste tú qué? —Elisa preguntó sin saber a qué atenerse.

—Fui yo, y necesitaba que lo supieras; me encargué personalmente para evitar males mayores…

Ella no te fallará

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La cocina, Ramón Bayeu (hacia 1780) Wikimedia

—¿Esto? —Fina levantó la barbilla señalando la fachada— Esto es la ilusión de mi vida. No siempre fue así; lo que compré era pura ruina; apenas pude aprovechar los fundamentos y poco más. Al constructor —no sé si se puede hablar de restaurador— le dije más o menos lo que quería y más o menos lo que recordaba, porque me crié allá abajo, en la última aldea, y a los niños nos gustaba subir; la señora mayor nos daba frutas y caramelos, y nos dejaba jugar en los prados. Siempre me gustó. Murió la señora, la familia tardó en ponerse de acuerdo en lo que querían hacer con la casa; fíjate que le dio tiempo a caer; la casa era pura ruina. La pusieron en venta y la compré: es mi retiro.

—Nunca mejor dicho —comentó Luisa risueña y asombrada.

Porque no era para menos, ¿quién iba a imaginar que Fina, una mujer sin vida aparente, dedicada íntegramente al trabajo y a la renuncia, tuviera tamaño secreto, no de índole novelesca o peliculera sino íntimo y entrañable. Solo falta que ahora aparezca alguien a quien presente como su hijo, pensó Luisa.

—Así fue como lo pensé siempre —dijo Fina—. Cuando digo siempre me refiero a los últimos treinta y pico años, que ya viene a ser la mitad de mi vida. Me dije que haría todo lo posible por acabar aquí.

—Y lo has conseguido, vaya si lo has conseguido —replicó Luisa.

—Vamos dentro —Fina cogió a Luisa del brazo y la llevó con paso decidido hacia el portón.

En el quicio, disimulado, dentro de un cajetín, se podía ver un teclado. Fina introdujo la llave, marcó un código, se oyó un clic, el mecanismo permitió el giro de la llave y la puerta se abrió.

La luz, de suyo filtrada y absorbida por árboles y prados, pasaba por el tamiz de encaje de los visillos de modo que sugería un espacio suspendido e irreal. Se veía todo nuevo: tratado o renovado: piedra, hierro y madera. Se irrumpía de golpe en el corazón de la casa, a una sala diáfana que hacía las veces de cocina, comedor y salón, todo ello seguido de izquierda a derecha

—Estarás en la gloria —dijo Luisa, que no paraba de mirar de un lado a otro.

La cocina, haciendo isla, los fregaderos bajo una ventana, potas y sartenes a la vista, unas en vasares, las otras colgadas al estilo antiguo. A la derecha una mesa amplia y consistente rodeada de sillas. Más a la derecha, a un nivel ligeramente más bajo, una mesa grande de comedor y en las paredes armarios y aparadores, y al fondo, un conjunto de tres sofás, un par de sillones, librerías y un televisor. En la pared de la izquierda, un robusto hogar con algunos troncos encendidos; al fondo, una escalera de hierro y madera conducía a la planta superior.

—No me quejo —contestó Fina.

—¿Y todo esto para ti sola? —preguntó Luisa con intención. Se había quitado la ropa de abrigo y sentado al amor de la lumbre.

—Alguien habrá encendido —observó Fina con picardía—, pero sí, básicamente para mí sola, lo que no quita para que una se relacione —sorprendió una cierta incomodidad en Luisa—; no, no te preocupes, no te meteré en sociedad: tú y yo solas.

Fina se levantó y fue hacia la cocina, ‘No te muevas’, dijo, pero Luisa se levantó y la siguió. Sobre la encimera de mármol gris oscuro y azulado con vetas blancas había una tabla cubierta por un paño, bajo la tabla se adivinaba la existencia de algo pleno, y panzudo por el centro. Fina retiró el paño y apareció una empanada circular. El suculento aroma se dejó notar.

—Bueno, nos sentamos aquí y charlamos un rato, luego comemos. Ya verás, te vas a chupar los dedos—. Cortó un trozo de empanada y lo dividió en otros más pequeños que puso en un plato blanco con bordes azulados. Cogió dos copas y sacó de la nevera una botella de vino blanco pálido y fresco.

La verdad es que Luisa no salía de su asombro. Fina se había jubilado, se había despedido discretamente —en el departamento no era la amistad lo que mejor se cultivaba—, se había ido en todos los sentidos, lo cual se interpretó como una desaparición. Antes de irse, aparte, se reunió con Luisa en un lugar convenido y le dijo que la había recomendado para que ocupara su puesto: ‘Siempre me he fiado de ti’, le dijo, ‘lo cual es comprensible debido a nuestra antigua amistad y a la competencia que has demostrado; tú, en caso de que ocurra lo que creo que ocurrirá, tendrás que pelear con los celos y resentimientos de quienes aspiran al puesto; eso lo desmontarás con tiempo y paciencia, la gente se cansa; aunque recuerda aquel asunto, ya sabes cómo se las gastan algunos. Quien no te fallará será Eugenia; bastante le hicimos cuando la pusimos a prueba, y ahí sigue; de los demás no te fíes, pero dales cuerda, sólo así saldrás adelante’.

Una extraña invitación

 

Paisaje Cezanne
Paisaje, Paul Cezanne, 1870

Miró el vaso y la botella, la tomó y rellenó el recipiente con una ración generosa. Pensó, una vez más, en la alegría sorda y desvaída que trae beber a solas. Volvió a mirar hacia el teléfono, una llamada, un rato de compañía, un par de billetes, y vuelta a la soledad. Ahora que tenía una responsabilidad más alta, se permitía andar al borde de la prudencia como última válvula de escape. Pensó que a su padre no se le había exigido tanto: había formado una familia, criado a sus hijos. Comprendía que para su madre no había sido fácil, recordaba la palidez y el ligero temblor, cuando a altas horas de la noche, sonaba el teléfono y el padre no había regresado. Pero la vida se iba llevando y el padre no tuvo que renunciar a nada. Encendió un cigarrillo y dio un trago largo mientras pensaba en el sinsentido y la infelicidad, en si el precio a pagar no era demasiado alto. Acabó el contenido y añadió un chorrito más, miró al techo y soltó una carcajada. Fina, la muy canalla, una vez jubilada, desapareció ¿Por qué tuvo que mostrarse? ¿Por qué removerlo todo?

Pasado un tiempo, Luisa recibió, por carta, una extraña invitación. Fina le mandó un pasaje de avión y la reserva a su nombre en un afamado hotel ¿Cómo había averiguado que dispondría de algo de libertad en aquellos días? No lo llegó a saber; tampoco se lo preguntó. El caso es que siguió al pie de la letra las instrucciones y, cuando estaba deshaciendo la maleta y colocando sus cosas, recibió una llamada. Era Fina, que le dijo que la esperaba en el salón.
Cuando la vio, apenas la reconoció. Estaba rejuvenecida y había cambiado la ropa severa del trabajo por otra más informal. Se saludaron efusivamente, tomaron un café, y Fina la invitó a salir.
—¿Sin acabar de deshacer la maleta? —Luisa hacía honor a su sentido del orden.
—Ya lo harás —contestó Fina —; ahora nos vamos.
El día se mostraba espléndido y la bahía lucía una luz alegre de invierno. Cerca había un coche aparcado, un todoterreno. Subieron y salieron de la ciudad. Fina condujo bordeando la costa hasta que, llegados a un punto, enfiló hacia el interior. Tomaba carreteras y pistas que tiraban hacia arriba. Pasaban bajo túneles vegetales que formaban los altos robles, castaños, salgueiros, nogales y eucaliptos. Cuando Luisa pensó que estaban en medio de la nada, después de ascender por una pista irregular, surcada y desgastada por los regueros, surgió a su izquierda una casa toda de piedra y madera, rodeada de prados y manzanos, con un lavadero adosado a la pared que traslucía las vetas blancas, azules y oro viejo de la piedra, bajo un lecho de agua cristalina, donde se dejaba oír el resbalar de una película de agua. Para contemplar la magnífica fachada principal, orientada al sur, había que sentarse en el centro de una explanada de césped cuidado y recién cortado, para así descubrir la balconada corrida de hierro forjado, el acristalado del mirador, a dos bandas, sur y poniente, la puerta enmarcada por dintel y pilares de piedra, claveteada, y con un imponente llamador de bronce bruñido. Luisa no salía de su asombro: tan pronto reía como abría la boca y los ojos sin ninguna contención.
—¿Y esto? —acertó a preguntar.