Vivir con una mata-hari

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Greta Garbo en “Mata-Hari”, 1931

No quise pedirle explicaciones, no me atreví. Si algo te oculta, allá ella, no vas a dejar por eso de quererla. Te dirá que lo hizo para protegerte.

—¿Quieres que continúe? —me preguntó al percatarse de mi confusión.

—Sí —le contesté— ¿Por qué no? Ya puestos, quiero saberlo todo… Así que les dijiste que colaborarías con ellos…

—No sólo se lo dije —prosiguió—; me dispuse a entrar en aquello con todas las consecuencias. Me dije: ya que vendes el alma al diablo, que sea al precio más alto.

—Y tenías que poner en suerte a un tío, según sus palabras…

—Sí. Con ese asunto me inicié. No estoy orgullosa, pero no creas, tampoco me arrepiento; no me costó demasiado tomarlo como un trabajo, solo eso, un trabajo.

Creo que a Elvira le divertía mi embarazo; me conoce demasiado y sabe por mi respiración, por el tono de mi voz, incluso por el sudorcillo que me hace pasarme el borde de la mano por la frente, sabe que estoy azorado, incómodo ¿Cómo no me di cuenta?

—¿Cómo fue? —le pregunté para tomar aire.

—Duro, laborioso, canalla; así fue.

—Quiero decir —aspiré con estrépito y Elvira me tomó la mano divertida—. Quiero decir que me lo cuentes: quién, cuándo, cómo, dónde, ya sabes.

—Ya, ya… A eso voy. Pero, cariño, esto va a ser largo y habrá que tomar algo, hacer algo, descansar… Además, hijo, no me aturulles… ¿Tendré que pensar lo que digo?

¿Estaré perdiendo el hilo? ¿Acaso la razón? ¿Un juego que se me va de las manos? Cómo me vería para decir que paraba. Me comía la curiosidad, pero se lo agradecí ¿Qué vendrá después?

Abrimos la caja de Pandora y ya no paramos. Esa noche nos dimos una tregua. Cenar en casa o salir por ahí, cambiar de ambiente, tomar el aire, ver gente.

En el barrio hay un bar donde siempre hay alguien conocido, nada mejor que la charla, unas cervezas, unas tapas, y ganar la euforia suficiente para quitar hierro a los asuntos, ver el lado cómico que mueva a la risa. No quiero sufrir, quiero a Elvira por muchas atrocidades que haya hecho, nada cambia, incluso, a buenas horas, el morbo de no saber, de compartir un pedazo de tu vida con una mata-hari.

—¿Salimos a tomar un bocado? —le pregunté.

—Sí, claro, así te da el aire —me contestó.

La calle nos acarició con mano fría y recorrimos en silencio la distancia que nos separaba del bar. Entramos al calor del establecimiento, el televisor gritaba, ¿Siempre había sido así? Se lo pregunté a Elvira, me miró extrañada y me dijo que sí, siempre ha sido así de cutre, me dijo.

—Lo único, los calamares —añadió—; si no fuera por eso…

Nos sentamos en una mesa lo más alejada posible del ruido del televisor, y no tardó en aparecer la hija del tabernero, una joven de pantalón negro y camiseta también negra con el nombre del bar, con los brazos tatuados, media cabeza afeitada y la otra media con media melena teñida de morado, con piercings en labios, orejas y nariz.

—¿Qué tomáis? —preguntó blandiendo un blog y un bolígrafo.

—¿Tenéis calamares? —Elvira puso su mejor sonrisa, insuficiente para conmover ni un músculo de la cara de la chica.

—Sí, ¿qué os pongo? ¿Una ración? ¿Una tapa?

—Una tapita —contestó Elvira con un diminutivo— ¿Y esa oreja tan rica?

—¿Una tapa también? ¿Y para beber?

—Cerveza; para beber, cerveza —continuó Elvira.

La chica escribió en el bloc como si tomara una nota taquigráfica.

—Enseguida —dijo—. Se guardó el bloc en un bolsillo trasero del pantalón; en el otro llevaba el móvil. Salió andando como a saltitos hacia la cocina y Elvira sorprendió mi mirada.

—¿Mejor? —preguntó con picardía.

La chica volvió con un paño mojado, lo pasó sobre la mesa dejando surcos de un líquido con olor a fritanga y cerveza.

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La oferta

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Adolphe Appia, Boceto.

»Aquello me dejó helada: se intensificaron las sensaciones desagradables: frío, olor a cerrado, silencio ¿Qué pretendían?

»—Freixido —exigí sin convicción a quien veía tan sumiso y callado— ¡Ya está bien la broma; llévame a casa!

»—No, querida Elvira, no es una broma —el tal Artaza cambió el tono de su voz para hacerlo más severo—; esto es muy serio ¿Verdad Luisa?

»Otro número, otro golpe de efecto; no sería una broma, pero Luisa tuvo una aparición teatrera. Entró en escena a la voz de Artaza. Desde el pasillo y ya en la puerta, a mi espalda, se le oyó decir:

»—Muy, pero que muy serio, querida; y no te puedes negar.

»Me puse de pie, me giré, me acerqué a ella para estar a su altura, ensayé un contoneo con la copa en la mano, levanté la voz:

»—¿Por qué? ¿Qué me vais a hacer? ¿Acaso matarme o hacerme desaparecer?

»—No, mujer, no… Díselo, Braulio —dijo con una sonrisa no niego que encantadora.

El interpelado carraspeó ligeramente:

»—A esta hora, como sabes, en Miraflores está tu amigo Álvarez con dos de nuestras colaboradoras. Si todo va como pensamos, se sentirá un hombre feliz y afortunado, incapaz de imaginar lo que lo espera si tú no colaboras…

»—Así que, por su bien y el tuyo, mona —prosiguió Luisa—, harás lo que te digamos ¿Cómo sabremos que cumplirás? Muy sencillo, si no te lo ha dicho Braulio, te lo digo yo, te vamos a hacer una oferta que no podrás rechazar; vas a vender tu alma al diablo, ya lo verás… Adelante, Braulio.

»Luisa estaba dando toda una lección de dominio escénico: dura, suave, persuasiva, sarcástica y, sobre todo, convincente; no me cupo la menor duda de que iba en serio. El tal Braulio volvió a llenar las copas y se sentó en el sillón que estaba libre.

»—¿Quién no es ambicioso? ¿Quién, en su carrera, no quiere llegar a lo más alto? Usted, Elvira, nos consta —dijo mirando a Freixido—, lo quiere todo en su profesión ¿Me equivoco? —sin esperar respuesta prosiguió— Nosotros nos ocuparemos de ello, de que usted llegue a lo más alto. Tendrá primicias, exclusivas, entrevistas, facilidades con las editoriales… Todo eso lo tendrá ¿A cambio de qué? Se preguntará. Ya se lo digo: a cambio de información y de hacer para nosotros cosas que no podemos hacer, por ejemplo, poner en suerte a un hombre al que no podemos llegar, pero con su ayuda… Con su ayuda lo tendremos.

»Iba a protestar  cuando Luisa, en perfecta coordinación con su compañero, intervino sin darme tiempo a abrir la boca:

»—Hazle caso, te conviene, ya lo creo que te conviene; de lo contrario… Y no temas por los escrúpulos, esos los tenemos todos, ¿verdad Freixido?, pero luego se van. Además, por si te tranquiliza, alguien tiene que engrasar la máquina para que funcione.

 

—No te puedo decir ahora, créeme, si fue el miedo a sus amenazas o la ceguera de la ambición…

—¿No serían ambas cosas? —le pregunté conmocionado y por decir algo.

—Sí, claro, sería por ambas cosas, el caso es que me rendí y les dije que colaboraría con ellos.

Poner en suerte

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Pablo Picasso. “La Tauromaquia”

»Por las maniobras que hizo, supuse que había cambiado de dirección y luego, por la disminución de la velocidad y el movimiento, tuve la impresión de que entraba en una zona de orografía irregular. El coche paró, se oyó como el arrastrar de una puerta metálica y Freixido lo volvió a poner en marcha. Se oyó un crujir de gravilla y luego el ruido del motor amplificado por un local cerrado. Paró el motor y me dijo que me quitara la capucha.

»—Vaya día de numeritos —le dije mientras miraba lo que era un garaje normal y corriente; un Simca 1200 estaba aparcado al lado del coche de Freixido. Nadie salió a recibirnos.

»—Hay que tomar precauciones, Elvira querida —dijo Freixido con sorna.

»—Ahora me ataréis, me amordazaréis y me inyectaréis una droga —dije sin abandonar el tono humorístico que Freixido pretendía—. Seguro que sale una vieja arpía, rubia con pelo corto y traje sastre gris.

»No, mujer, sólo hablaremos contigo y te haremos una oferta que no podrás rechazar.

»Al fondo había una escalera que ascendía a la planta noble de lo que parecía un chalet; eso lo pensé, porque todo estaba cerrado. Desembocamos en un pasillo y Freixido abrió una puerta doble con cristales esmerilados de color ámbar; apareció ante nosotros un salón con dos sofás de cuero y muebles castellanos.

»—Siéntate —me dijo—; él hizo lo mismo. Sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció. Acepté y nos pusimos a fumar.

»A nuestra espalda, procedente de la puerta por la que habíamos entrado oímos un «Buenas tardes». La voz era grave y de un hombre maduro. Me volví inquieta y curiosa; Freixido ni se movió.

»—Ante todo —dijo dirigiéndose a mí— perdone por las formas un tanto rocambolescas; espero que no le hayan resultado demasiado incómodas.

»Los modales del hombre, de entre cincuenta y sesenta años, eran ceremoniosos y educados; la voz, bien timbrada, hacía que no me pareciera ofensiva la situación. De todos modos, dije:

»—Incómodas, no. Si consideramos que llevo todo el día de un lado a otro, conociendo gente con la que no contaba y que, finalmente, Freixido me ha raptado y traído a un lugar desconocido, incómoda, lo que se dice incómoda, no estoy.

»El hombre abrió un mueble-bar y nos ofreció de beber. No tenía precisamente muchas ganas, pero la situación requería un buen trago. Freixido señaló una botella de Martell y el hombre sacó la botella y tras copas.

»—Permita que me presente. Me llamo Artaza, Braulio Artaza, y no le digo para lo que guste porque comprendo que la situación no lo requiere. Y si le parece, para qué perder el tiempo, iremos al grano.

»Aquel “iremos” me pareció cómico y mayestático; Freixido pasó a ser un convidado de piedra y yo no tenía opción alguna.

»—Lo primero que le diré será el motivo por el que ha sido convocada —sonrió levemente sin permitirse el recochineo—; necesitamos su ayuda para una misión delicada, una mediación.

»Artaza cabeceó, chasqueó la lengua y él mismo se corrigió:

»—Mediación, mediación… en realidad es otra cosa, digamos, en términos taurinos, poner en suerte ¿Sabe usted lo que es poner en suerte?

»Como se quedó en suspenso y mirándome fijamente me vi en la obligación de responder.

»—No, la verdad es que no; lo he oído decir, pero no he prestado atención.

»—Pues verá, se trata de colocar al toro en los terrenos propicios a lo largo de las diferentes suertes de la lidia: ante el picador, el banderillero, y la suerte culminante: ante el matador cuando entra a matar. Algo de eso hará usted.

»—¿Me van a poner ante un toro?

»—No, ante un toro no; ante un hombre.

No me vengas con esas, Luis


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Henri Matisse – Odalisca con ropaje amarillo y anémonas, 1937

Porque te meterías en un berenjenal, dijo. Y añadió:

—Tú y los demás. Insisto: no sé exactamente qué te habrá contado Diego, como si no supiera el peligro que corren los hechos al arbitrio de tu mente calenturienta —dijo con enfado.

—¿Tan inconfesable es todo? ¿Tan peligroso?

—No, tonto, todo se puede contar, siempre que no vea la luz.

—Acabáramos —dije con una mezcla de sorna y enfado—. Demasiado sabes que mis apuntes y escritos jamás se publicarán.

—Alto, Luis, no tan rápido; sabes perfectamente que cualquier material sirve para montar un escándalo; hoy tiene una salida preferente.

—Que te lo digan a ti…

—No me jodas, Luis, no me vengas con una puñalada trapera, precisamente tú ¿Qué tiene que ver la información con estos melodramas morbosos?

Decía esto y se le agitaba la respiración, se le abrían las aletas de la nariz, se le incrementaba el brillo de los ojos. Algo la agitaba; proseguí sin ningún tacto:

—No me jodas tú; no pretendo ahondar en hechos que no quieras que se sepan, no es eso lo que quiero. Como no has leído lo último que he escrito no sabes que prefiero entrar en los motivos, en los impulsos. Y es verdad, Luisa me interesa, es mi personaje favorito.

—Aquí todos somos personajes, querido mío; tú también lo eres, y por lo que veo te importamos un pimiento. Mira que sacar partido de un par de anécdotas.

—Mujer, no creo que sea una anécdota comprometer así la revista ¡Y a mis espaldas! ¡Como un tonto útil!

—Anda que no hemos hablado; no sé cómo te pones así —se le fue ablandando la tensión— ¿Quién se aprovecha? ¿Te parece poco unos años de florero, meternos en una publicación sin futuro? Ahí Freixido estuvo listo; le sacó a su paisano la supervivencia…

—¿Por qué me tuvisteis al margen?

—Porque no hubieras tragado; con el tiempo has ganado en cinismo, pero entonces eras el más puro de la peña, así que no te quejes, fue una buena decisión. En cuanto a lo que vino después, mira, cada cual ha trepado lo que ha podido; y no nos va tan mal.

—Diego me dice que se hizo espía; tú también; también te hiciste espía, quiero decir —Ahora era yo el que estaba de los nervios.

La carcajada sonó en el salón con toda su amplitud. Elvira, relajada, reía como ella sabe hacerlo, agitando el cuerpo con una buena carga sensual.

—¿Espías nosotros? ¿Pero qué me dices? Vaya un Diego, qué cosas tiene.

—Sí, sí, qué cosas tiene, pero Eugenia, Luisa, Josefina existen, las conocéis, habéis tratado con ellas, sobre todo Diego, y de qué forma.

—Claro, Diego era una tapadera, se dio cuenta y se aprovechó. Diego era ¿Cómo te diría? Como un Macguffin para justificar, para hacer ver que se hacía, para rellenar partes e informes con los que justificar actividad, para despistar. En cuanto a Eugenia, deberías saberlo, nuestro querido Diego es un enamoradizo impenitente, pero no me digas que no son bonitas sus historias de amor.

—En eso no estoy de acuerdo; de amor sí son las historias, pero sale escaldado, lo de Elisa, por ejemplo…

—A Elisa déjala; es como es, y Diego lo sabía.

La tranquilidad, de forma paradójica, la había agitado hasta tal punto que se había metido de lleno en la conversación que al principio trataba de eludir. Saqué una botella de aguardiente y le pregunté si quería un chupito.

Por eso te pegan a ti

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Máscaras, Maruja Mallo (hacia 1952)

A la noche, Luisa, sola en el hotel, pidió un sándwich y una cerveza desde la habitación. Hacía fresco, pero no le importó salir a la amplia terraza para contemplar la inmensa bahía y las luces de los pueblos lejanos.

«Qué distinto es todo», pensó, y se preguntó si no hubiera merecido la pena poner un bufete, una gestoría; hacer declaraciones de la renta o especializarse en derecho matrimonial. Pero no, no se cambiaría. Su vida y actividad estaban regidas por el acaso. Se podía decir que mantenía una relación morbosa consigo misma.

 

Decidió comunicárselo a Fina —No tenía más remedio, así lo marcaba el protocolo—. Sabía lo que ésta le diría, que se lo había advertido, que las relaciones, sobre todo las familiares y amorosas eran el punto más débil. Pero, ¿quién no se enamora? Todo se podía capear en lo que no surgieran contratiempos. El mayor riesgo no era el aviso, la amenaza, con eso esperan tu reacción, que dejes lo que estás haciendo; te proponen un pacto: nos dejas en paz y no te hacemos daño. Es peor la venganza. El que la quiera cumplir no amenaza; actúa: no busca tu desistimiento sino tu dolor. Pero esto es así, y sin embargo aquí estamos, a no ser que uno se quiera salir. Entonces, ya sabes, un periodo de descompresión y fuera, sin que nada te garantice que no seas objeto de un ajuste de cuentas, y estés sola, sin protección.

Acudió al despacho de Fina y le puso al corriente de lo sucedido y de sus temores. Fina le dijo lo que sabía y no quería oír: ‘Tienes que dejarlo, es duro, pero tienes que dejarlo’. Al tiempo que hablaba escribió en una hoja de bloc: “Esta tarde a las ocho en Vips, ya sabes”. Luisa cogió el papel, lo dobló y se lo guardó en el bolso, ya lo destruiría fuera, cuando estuviera a salvo de miradas indiscretas, porque la cautela de Fina no auguraba nada bueno.

A las ocho en punto entró en la cafetería y no se molestó en buscarla porque sería ella la que se presentaría después. Había tomado medidas para zafarse de un seguimiento y, una vez segura, entró y buscó una mesa discreta. Fina buscaría, efectivamente, una mesa discreta y la localizaría con facilidad.

No tuvo que mirar el reloj: a las ocho y dos minutos la vio. Sin saludar se acercó a la mesa y tomó asiento. Esperaron al camarero. Una vez servidas, Fina le dijo sin preámbulos que temía que fuera alguien de la Casa ¿Por qué? Por envidia, celos o, lo que es peor, por resquemor por los nuevos aires. ‘Mira, Luisa, conozco bien la Casa, casi eché los dientes en ella. En esto nunca se puede estar seguro, pero diría que fui la primera mujer reclutada para el servicio activo, además a petición del jefe, a quien le gustó mi perfil, profesional, claro… Bueno, si eso ya lo sabes. Eso es lo que te puedo decir. Me huele, sabes que tengo buen olfato, a gente de la Casa. Y sí, claro, es para putearte, no tiene otra explicación; como conmigo no pueden, te pegan a ti. Sí, sí, para joderte la vida’.

La despedida

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El caso es que, por un extraño impulso, removemos asuntos ignorados u olvidados. Hay como un honor al silencio, a guardar unos secretos que, en su momento, cuando ocurrieron los hechos, tuvieron la bondad de facilitar salidas y conformidades. Porque Luisa, a esas alturas, se había conformado con el relato, más o menos creíble, que había supuesto, como en estos menesteres suele pasar, cercano a la verdad tanto en los hechos como en los actores.

—Amenazaste a Elena, a su hija pequeña, para alarmarla y que de paso me alarmara a mí ¿Por qué no me avisaste? ¿Por qué ese montaje? —Luisa preguntó a Fina— Creo que lo hubiera comprendido y me habría apartado sin más, sin explicaciones, como sabemos hacer las cosas.

Fina la miró apesadumbrada. Por momentos se arrepentía de su debilidad, de la que había tenido, inexplicable, de anciana chocha que necesita hablar para ponerse en paz consigo misma. «Qué poco profesional», se dijo.

—¿Y si no lo hubieras hecho? Ya lo sabes, es así; en lo que nos concierne poco importa el riesgo, pero en lo tocante a quienes queremos… No me quise arriesgar; eso es todo.

Con sentido práctico, en este punto, Luisa no quiso ahondar en el tema: así había sido y no tenía remedio ¿Qué hacía ella con Eugenia? ¿Qué haría si se viera en la misma tesitura? Aunque, bien mirado, a Eugenia ya le habían cortado una relación.

—Tengo hambre —dijo Luisa zanjando el asunto—. Supongo que me tendrás preparada una sorpresa… Anda, cambia de cara, ya me lo has dicho, ya te has quedado a gusto, ya está ¿No me preguntas nada de la Casa?

—¿Para qué? Me jubilé en serio: no quiero saber nada, estoy bien así. No sé por qué te he dicho esto; tonterías de vieja; mira que lo siento. En cuanto a la sorpresa… Pues sí; ya sabes lo que me gusta la cocina.

—Claro —Luisa recuperó la calma—; bien se te daba el papel de cocinera o criada.

—¿Te gusta el bacalao? He conseguido una pieza de lo mejor ¿Sabes que ya no se sala como antes? Ahora lo hacen algo más crudo, dicen que al gusto británico. Pero la pieza era de Islandia: un buen lomo bien salado. Tiene que verse blanco, conservar la textura, no se puede deshacer; mantener el sabor de la sal, el suficiente para que sepa a eso, a bacalao, para que recuerde el aroma de las tiendas. Y por delante calamares, berberechos, zamburiñas y percebes. Ya verás.

—¿Va a venir alguien? —preguntó Luisa con intención.

—No, nadie; tú y yo solas. Después, no digas nada, después no creo que nos volvamos a ver.

Precauciones

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—Verás —dijo Fina—. Contamos con una persona infiltrada, pero no es agente ni nada que se lo parezca, así que habrá que confiar en ella lo justo. Parece convencida, pero el miedo le puede jugar una mala pasada. Tú entrarás en la casa como asistenta para diversos cometidos, fundamentalmente trabajos en el hogar. Te crearemos un perfil de mujer casada que ayuda con su trabajo a pagar el piso y a correr con otros gastos ¿Qué tal se te da la limpieza? ¿Y la cocina?

—Mujer, de todo eso aprendí de pequeña y algo sé; creo que me apañaré.

—Claro que te tendrás que apañar; y ser creíble.

 

Y la verdad es que se las compuso para ser convincente en su papel. Como estaba convenido, se presentó a pedir trabajo y no tardó en llegar a un acuerdo. La dueña de la casa le habló del continuo trasiego de personajes. Dijo que su marido proporcionaba algo así como una tapadera, pensaba que era un hombre de paja sobre quien no recaería sospecha alguna lo que lo hacía la persona conveniente para servir de correveidile, además de disponer de un lugar discreto y desconocido donde recalar. Apenas sé de lo que hablan, le dijo a Luisa la mujer de la casa. A veces, pocas, se les va la lengua delante de mí; dicen cosas muy fuertes y desagradables; por ser quienes son no me lo tomo como una baladronada o charla de sobremesa. Cuando se juntan, mi marido me indica que lo mejor es que me ausente, me dice que no es conveniente que yo esté presente ¿Qué por qué di este paso? Porque esa gente me da mucho miedo. Recordé la amistad de mi padre con… y acudí a él. Me dijo que estuviera tranquila y me lo agradeció mucho.

Cuando se reunían, Luisa entraba en el salón para servir el café y las copas. Acto seguido cerraban las puertas. La memoria fotográfica de Luisa reconstruyó ante Fina la escena completa: los asistentes, el lugar que cada uno ocupaba; pero no tuvo ocasión de asistir a sus conversaciones, ni siquiera cazar cualquier alusión, un chascarrillo. Desecharon la idea de instalar un micrófono porque el mando suponía que entre los asistentes habría alguien perteneciente o próximo a la Casa, que hiciera un doble juego o estuviera de parte de ellos.

 

—Quizá sea eso lo que explique lo que me cuentas —dijo Fina, que se levantó de la silla y caminó con pasos lentos hacia la ventana—. De todos modos, ya sabemos lo que tenemos que saber, o al menos por donde viene el golpe, que no es poco; en cualquier caso, mejor que estar a ciegas.

—¿A qué te refieres? —a Luisa se le ensombreció la expresión.

—A eso, a que alguien está haciendo doble juego y te ha descubierto.

—¿Eso quiere decir que me retiras? —preguntó Luisa con cierta ansiedad.

—Eso quiere decir que, efectivamente, lo dejas —contestó Fina—. Es evidente que te han descubierto, mejor dicho, que alguien te ha descubierto; lo que no sabemos es si se lo ha dicho a ellos o mantiene un juego a varias bandas y no tenemos ni idea de para quién trabaja; ten en cuenta que aquí hay muchos actores implicados. De lo que no cabe la menor duda es que nos quiere retirar de la escena. A la dueña de la casa le dirás que te ha salido un trabajo fijo en unos grandes almacenes y que por eso te vas, eso tiene que saber y decir; y, naturalmente, que tenga mucho cuidado y que no se exponga más.

—¿Puedo mantener contacto con ella?

—No, terminantemente, no —Fina puso su expresión más seria—. Al marcharte se asustará más si cabe; no hay que exponerla más; no nos conviene que levante la más mínima sospecha. Esperemos que su marido la quiera lo suficiente o sea tan tonto como dices.

Porque, efectivamente, Luisa decidió poner a Fina al corriente del incidente ocurrido en el parque con la niña del piloto, sin olvidar que le había advertido del pago que había que hacer por vivir lo más en paz posible.

Cuando le indicó que tenía un problema del que tenía que informarla, Fina compuso un gesto de preocupación y desaprobación. Sin decir palabra encendió un cigarrillo, se levantó del asiento, le dio la espalda y miró maquinalmente al exterior a través de la ventana. Luisa permanecía de pie y miraba la espalda de su jefa. Miraba sin ver la blusa negra de crespón, ligeramente holgada, aunque no lo suficiente para disimular la complexión fuerte de una mujer no alta pero sí de notable presencia. Por el gesto de Fina se reafirmó en la gravedad prevista, supo el serio peligro que corrían ella y la misión.

Con retraso

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Una vez en la habitación no tenía sueño y le apetecía tomar una copa, no de un botellín de la nevera sino una generosa y bien servida. Bajó al bar. A esa hora estaba desierto y habría permanecido sola todo el tiempo si no hubiera aparecido un hombre de mediana edad, bien parecido, con pelo y barba con incipientes canas. El hombre vestía de manera informal, con ropas caras. Se acodó también en la barra y pidió whisky con hielo. Le sirvió el camarero y el hombre levantó el vaso con ademán de brindar con la única persona que en ese momento allí estaba. Luisa levantó el vaso y la mirada, y sonrió lo justo, aunque suficiente para que el otro se acercara y se presentara:

—Ignacio Lamas —dijo—, y en cierto modo soy el responsable de que ahora estemos aquí tomando una copa.

Luisa enarcó una ceja como preguntando: ¿Cómo? ¿Por qué?, y el hombre dijo:

—Porque soy el piloto de este trasto que nos ha traído, y algo tengo que ver con el retraso ¿Le ha causado algún contratiempo?

Luisa le contestó que no, salvo tener que hacer noche donde no tenía previsto.

El piloto manifestó su tranquilidad por no haberle causado ningún inconveniente salvo la molestia. Luisa dijo que lo que pudiera tener de molestia quedaba compensado con la novedad sorprendente de tomar una copa en un bar de hotel, a esas horas y en Francia.

Luisa no había dicho su nombre y el piloto quiso saberlo.

Lo de Luisa es comprensible. La naturaleza de su trabajo le exigía ser discreta. Pero en su fuero interno algo le pedía un punto de rebeldía. Le ocurría cuando alguien le caía bien o le gustaba, y era lo que estaba ocurriendo. La tapadera estaba bien definida: ella era Teresa Ortiz, socia con una amiga de una tienda de productos de belleza y cosmética, nada complicado y comprobable. Luisa, por sus conocimientos de idiomas, viajaba para tratar con proveedores, asistir a ferias, trabajar para el negocio.

—Ah, perdone si no me he presentado: Teresa Ortiz, artículos de belleza —se presentó y le tendió la mano.

El piloto se la estrechó con la energía suficiente para infundir el calor y la suavidad necesaria y no dar la sensación de fuerza.

Se hizo un breve silencio que cada cual aprovechó para tomar un sorbo; y fue Luisa, predispuesta a dominar situaciones, la que preguntó:

—¿Y qué le pasaba al avión? ¿Me lo puede decir?

La sonrisa que puso fue de las que vienen a expresar: Dilo, no me lo puedes negar.

—No, nada, en realidad nada que no se pueda resolver; pero había que salir con plena seguridad, sobre todo porque cualquier alarma, por leve que sea, nos dice que algo está fallando, o lo que es peor, puede fallar en cualquier momento, porque una incidencia pequeña a la que no damos importancia puede ocultar otra mayor. Por ejemplo: que no luzca un piloto no quiere decir que falle el elemento al que está asociado, pero es preciso que luzca: en la cabina hay disponer de toda la información; pues bien, el piloto que indica que estás al habla con la torre de control no lucía, aunque nos poníamos al habla ¿Y si se estaba gestando una avería mayor? Por alta temperatura, por ejemplo.

Se lo veía contento con la pregunta; eso le daba pie para conversar con Luisa, que para él era Teresa, a la que había valorado como una mujer muy atractiva, que se refugiaba en un aspecto neutro, por su cara limpia —y eso que comerciaba con productos de belleza—, el cabello estirado y cogido atrás en cola de caballo, el traje sastre oscuro, no ceñido sino suficientemente holgado para no marcar las curvas y ganar elegancia. Hay que decir que Luisa no negociaba con su aspecto: no consentía en disfrazarse.

—Entonces, ¿nos hemos retrasado más de dos horas por una lucecita? —dijo ella tratando de remarcar algo de frivolidad femenina.

—No, no, no era una lucecita —dijo el piloto con una sonrisa—, era algo más, nada importante, es verdad, una cablecito, una conexión, pero había que estar seguro.

Luisa se sentía cómoda con él y consideró que había que avanzar un paso en el agrado y la confianza. Mañana será otro día, se dijo, al fin y al cabo todo está un poco salido de la norma. Siguió sonriendo, bebió, sacó cigarrillos del bolso, le ofreció, fumaron, no sin antes sacar él un mechero del bolsillo y disculparse por no haber caído en la cuenta. Le dijo:

—Qué bien, así me siento segura ¿Sabe que de jovencita soñaba con salir con un piloto? Con el uniforme, para mí los pilotos iban siempre de uniforme; y esa seguridad y pericia para manejar un aparato tan grande y majestuoso; y los pasajeros protegidos por él…

—Y al final, ¿no hubo piloto? —el piloto acepta el tanteo y Luisa se da cuenta de que se ha percatado del lance. Lanza un pestañeo seguido de una caída de ojos y esboza una sonrisa.

—No, no hubo piloto; también se me pasó aquel sueño juvenil, pero cuando una es casi una niña, ya sabe, tonterías…

—¿Y la espera alguien en París? —el piloto había decidido llevar la iniciativa.

Un accidente

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Francis Picabia (1879–1953), Olga , 1930 Lápiz grafito y crayón sobre papel

Una vez en la calle Luisa le volvió a agradecer su gentileza pero le reiteró que prefería ir en metro y pasear. Álvaro no se dio por vencido e insistió, incluso se ofreció a acompañarla, a conversar, a conocerse. Para todo ello echó mano de su indudable encanto personal, sobre todo al constatar que a Luisa no le desagradaba su compañía. Pero ésta adoptó un aire de seriedad y le dijo:

  —Anda, coge tu taxi, no sea que se haga tarde para llamar a tu mujer y a tus hijos.

  Luisa le tendió la mano, le dio dos besos y se metió en la boca del metro.

 Bajó deprisa y con agilidad las escaleras. Con la costumbre que da la profesión, comprobó de forma rutinaria si Álvaro la seguía, por si no se daba por vencido.

 Ya en el metro, mecida por el traqueteo, sintió haberlo dejado así plantado. A Luisa le habían gustado su fe y desparpajo, y su apariencia de hombre limpio y hermoso; quién sabe a qué acababa de renunciar, todo fuera por el servicio. Pensó en las relaciones, en las restricciones que venían impuestas. Eugenia, tiempo atrás, rompió la norma, y vino lo que vino. Fina se percató de que Eugenia había quedado pillada, que el amor se había impuesto a la responsabilidad de la misión. Decidieron abortarla y Diego les dio la oportunidad de hacerlo como resultado lógico cuando él mismo manifestó la sospecha de que lo estaban manipulando. No les resultó fácil convencer a Eugenia de que había que organizar su desaparición. Hubo que recurrir a la disciplina y a la amenaza. Finalmente se doblegó, pero estuvo un tiempo deprimida, despistada, no apta para el servicio. La cubrieron entre Fina y Luisa hasta que se hicieron con ella. Una no se debe encariñar con nadie, pensaba, pero, cómo evitarlo. Fina, bajo su aspecto maternal, podía ser fría e implacable; sin embargo el enamoramiento de Eugenia lo tomó como un error personal por el que la chica no tenía por qué pagar. Se portó bien con ella, y Luisa, la sucesora natural de Fina, aprendió que en cualquier oficio o cometido el cariño no tiene por qué estar proscrito, que no se pierde nada por cuidar unos de otros, eso sí, marcando con claridad las líneas que separan la vida personal de la disciplina y las reglas del juego. Eso fue lo que inculcaron a Eugenia después del fiasco de la misión y por eso ahora Luisa le daba una segunda oportunidad, bajo la advertencia de que en este caso no habría miramientos si flaqueaba.

  Luisa pensó en las oportunidades perdidas ¿Hay que renunciar al amor? No, pero hay que saber gestionarlo, administrar los compromisos, y en caso de establecerlos, tener en cuenta la provisionalidad y la arbitrariedad del azar y las contingencias. Sobre todo cubrirse y cubrir a los otros de los posibles daños. Por todo ello, esa tarde se sintió especialmente incómoda. Soy una mujer, se dijo, y ese hombre me ha gustado, pensó en pasado porque de antemano había renunciado a él. No sé si será la edad, pero hoy estoy propicia, siguió con sus pensamientos; me apetece, y no quiero coger una habitación de hotel, el teléfono, solicitar compañía.

  Solicitar compañía. La soledad te lleva a buscar un consuelo lo más impersonal posible. Un desahogo y ya está. Con la tarjeta de crédito no hay que pasar por el bochorno de los billetes. Amabilidad y pericia, todo muy profesional. Y lo aceptas porque te sientes sola y te aprieta el deseo.

  No quiere esto decir que Luisa nunca hubiera tenido relaciones, incluso estuvo a punto de casarse hace ya unos años, cuando era realmente joven. Fue en la Complutense, en la Facultad de Derecho, se llamaba Ángel Santana, estaban en el mismo curso. Proyectaron poner un bufete, trabajar juntos, casarse, tener hijos. Ángel era natural de Valdepeñas; allí vivían sus padres; acostumbraba a ir al pueblo una vez al mes. Luisa lo acompañaba a veces, y otras aprovechaba para visitar ella también a los suyos en Guadalajara. Aquel fin de semana Ángel iba solo. Conducía un R-8. La carretera estaba tranquila a esa hora de la tarde. Había oscurecido. En una curva, a la altura de La Guardia, un coche que venía de frente invadió el carril izquierdo y chocó contra el coche de Ángel, al que sacó de la carretera y le hizo dar dos vueltas de campana. Ángel murió en el acto y el otro conductor salió con graves heridas; su mujer, que viajaba al lado, quedó parapléjica.

La impresión de Diego

»En ese punto me di cuenta de que esa Eugenia no era la misma que se había estremecido en mis brazos. Me pareció más dura, más metida en su papel. Quise pensar que se esforzaba por mostrarse insensible, como si estuviera demasiado pendiente de la vigilancia u observación de Luisa, que ésta actuara como supervisora muy atenta a sus reacciones, que se estuvieran permanentemente vigilando para controlar la fidelidad y sometimiento a las normas. Supuse y deseé que su ofrecimiento de hablar más adelante contuviera la promesa de reverdecer nuestra relación. Porque, a pesar del despecho y la furia, esta nueva Eugenia me resultaba más atractiva si cabe, y por lo tanto, más deseable.

»Con intensidad apenas audible, Luisa recuperó la palabra:

—Como te he dicho, sabemos lo que haces; claro, bien mirado somos nosotros los responsables. Verás. Como sabes, y seguro que estás bien informado, en la frontera están pasando cosas demasiado llamativas. No, no te hagas el nuevo, sabes a qué frontera me refiero, y a qué zona, y por qué estamos tan atentos a lo que ocurre. Además, como te puedes imaginar, controlamos algunos movimientos, aunque no todos. Ya sabes que nosotros no hacemos, nos informamos y dejamos hacer o desviamos, o informamos para que sean otros los que hagan, mejor o peor, pero que sean ellos los que lo hagan, como, por lo demás, ocurre con todos los servicios cuando se trata de asuntos de orden interno. No sé por qué te explico esto.

Iba Diego a protestar, a decir que bien lo había comprobado en sus carnes, cuando Eugenia, como si hubiera leído su mente, se adelantó:

—Sí, Diego, lo sabes, hicimos nuestro trabajo y no nos salimos del guion. Te manipulamos, no hace falta que lo digas, pero el trabajo salió bien, y tú vivo, y te recompusiste, no me digas que no.

»Lo bueno (o malo) del caso es que saben cómo hablarte para que creas que lo saben todo de ti, que desde el momento en que establecen contacto contigo tienen unos ojos que no dejan de mirarte. Y eso es terrible porque te sientes espiado y acabas no fiándote de nadie. No pude evitar pensar que conocían de parte a parte mi relación con Elisa, y la tuya; la de Elvira ya la conocían. Llegué a pensar que Elisa también era de ellos, aunque ¿Por qué? ¿Tanto importaba yo? De todos modos fue una paranoia que me asaltó y me tuvo en vilo no sé el tiempo. Pero, todo hay que decirlo, me vino muy bien el manto de Elvira, a quien he contado, con quien he descargado mis manías, quien me aseguró que Elisa no tuvo nada que ver, que lo suyo era otra cosa, según sabía o creía saber, porque Elisa siempre fue muy reservada; no creas que se abría con facilidad, y cuando lo hacía pedía la mayor discreción, que yo cumplí y seguiré cumpliendo con total escrúpulo, lo mismo que Elvira, que seguro sabe más de lo que dice porque, o bien tú eres un artista del disimulo, o poco te ha contado de lo que hablamos.