Por eso te pegan a ti

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Máscaras, Maruja Mallo (hacia 1952)

A la noche, Luisa, sola en el hotel, pidió un sándwich y una cerveza desde la habitación. Hacía fresco, pero no le importó salir a la amplia terraza para contemplar la inmensa bahía y las luces de los pueblos lejanos.

«Qué distinto es todo», pensó, y se preguntó si no hubiera merecido la pena poner un bufete, una gestoría; hacer declaraciones de la renta o especializarse en derecho matrimonial. Pero no, no se cambiaría. Su vida y actividad estaban regidas por el acaso. Se podía decir que mantenía una relación morbosa consigo misma.

 

Decidió comunicárselo a Fina —No tenía más remedio, así lo marcaba el protocolo—. Sabía lo que ésta le diría, que se lo había advertido, que las relaciones, sobre todo las familiares y amorosas eran el punto más débil. Pero, ¿quién no se enamora? Todo se podía capear en lo que no surgieran contratiempos. El mayor riesgo no era el aviso, la amenaza, con eso esperan tu reacción, que dejes lo que estás haciendo; te proponen un pacto: nos dejas en paz y no te hacemos daño. Es peor la venganza. El que la quiera cumplir no amenaza; actúa: no busca tu desistimiento sino tu dolor. Pero esto es así, y sin embargo aquí estamos, a no ser que uno se quiera salir. Entonces, ya sabes, un periodo de descompresión y fuera, sin que nada te garantice que no seas objeto de un ajuste de cuentas, y estés sola, sin protección.

Acudió al despacho de Fina y le puso al corriente de lo sucedido y de sus temores. Fina le dijo lo que sabía y no quería oír: ‘Tienes que dejarlo, es duro, pero tienes que dejarlo’. Al tiempo que hablaba escribió en una hoja de bloc: “Esta tarde a las ocho en Vips, ya sabes”. Luisa cogió el papel, lo dobló y se lo guardó en el bolso, ya lo destruiría fuera, cuando estuviera a salvo de miradas indiscretas, porque la cautela de Fina no auguraba nada bueno.

A las ocho en punto entró en la cafetería y no se molestó en buscarla porque sería ella la que se presentaría después. Había tomado medidas para zafarse de un seguimiento y, una vez segura, entró y buscó una mesa discreta. Fina buscaría, efectivamente, una mesa discreta y la localizaría con facilidad.

No tuvo que mirar el reloj: a las ocho y dos minutos la vio. Sin saludar se acercó a la mesa y tomó asiento. Esperaron al camarero. Una vez servidas, Fina le dijo sin preámbulos que temía que fuera alguien de la Casa ¿Por qué? Por envidia, celos o, lo que es peor, por resquemor por los nuevos aires. ‘Mira, Luisa, conozco bien la Casa, casi eché los dientes en ella. En esto nunca se puede estar seguro, pero diría que fui la primera mujer reclutada para el servicio activo, además a petición del jefe, a quien le gustó mi perfil, profesional, claro… Bueno, si eso ya lo sabes. Eso es lo que te puedo decir. Me huele, sabes que tengo buen olfato, a gente de la Casa. Y sí, claro, es para putearte, no tiene otra explicación; como conmigo no pueden, te pegan a ti. Sí, sí, para joderte la vida’.

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La despedida

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El caso es que, por un extraño impulso, removemos asuntos ignorados u olvidados. Hay como un honor al silencio, a guardar unos secretos que, en su momento, cuando ocurrieron los hechos, tuvieron la bondad de facilitar salidas y conformidades. Porque Luisa, a esas alturas, se había conformado con el relato, más o menos creíble, que había supuesto, como en estos menesteres suele pasar, cercano a la verdad tanto en los hechos como en los actores.

—Amenazaste a Elena, a su hija pequeña, para alarmarla y que de paso me alarmara a mí ¿Por qué no me avisaste? ¿Por qué ese montaje? —Luisa preguntó a Fina— Creo que lo hubiera comprendido y me habría apartado sin más, sin explicaciones, como sabemos hacer las cosas.

Fina la miró apesadumbrada. Por momentos se arrepentía de su debilidad, de la que había tenido, inexplicable, de anciana chocha que necesita hablar para ponerse en paz consigo misma. «Qué poco profesional», se dijo.

—¿Y si no lo hubieras hecho? Ya lo sabes, es así; en lo que nos concierne poco importa el riesgo, pero en lo tocante a quienes queremos… No me quise arriesgar; eso es todo.

Con sentido práctico, en este punto, Luisa no quiso ahondar en el tema: así había sido y no tenía remedio ¿Qué hacía ella con Eugenia? ¿Qué haría si se viera en la misma tesitura? Aunque, bien mirado, a Eugenia ya le habían cortado una relación.

—Tengo hambre —dijo Luisa zanjando el asunto—. Supongo que me tendrás preparada una sorpresa… Anda, cambia de cara, ya me lo has dicho, ya te has quedado a gusto, ya está ¿No me preguntas nada de la Casa?

—¿Para qué? Me jubilé en serio: no quiero saber nada, estoy bien así. No sé por qué te he dicho esto; tonterías de vieja; mira que lo siento. En cuanto a la sorpresa… Pues sí; ya sabes lo que me gusta la cocina.

—Claro —Luisa recuperó la calma—; bien se te daba el papel de cocinera o criada.

—¿Te gusta el bacalao? He conseguido una pieza de lo mejor ¿Sabes que ya no se sala como antes? Ahora lo hacen algo más crudo, dicen que al gusto británico. Pero la pieza era de Islandia: un buen lomo bien salado. Tiene que verse blanco, conservar la textura, no se puede deshacer; mantener el sabor de la sal, el suficiente para que sepa a eso, a bacalao, para que recuerde el aroma de las tiendas. Y por delante calamares, berberechos, zamburiñas y percebes. Ya verás.

—¿Va a venir alguien? —preguntó Luisa con intención.

—No, nadie; tú y yo solas. Después, no digas nada, después no creo que nos volvamos a ver.

Precauciones

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—Verás —dijo Fina—. Contamos con una persona infiltrada, pero no es agente ni nada que se lo parezca, así que habrá que confiar en ella lo justo. Parece convencida, pero el miedo le puede jugar una mala pasada. Tú entrarás en la casa como asistenta para diversos cometidos, fundamentalmente trabajos en el hogar. Te crearemos un perfil de mujer casada que ayuda con su trabajo a pagar el piso y a correr con otros gastos ¿Qué tal se te da la limpieza? ¿Y la cocina?

—Mujer, de todo eso aprendí de pequeña y algo sé; creo que me apañaré.

—Claro que te tendrás que apañar; y ser creíble.

 

Y la verdad es que se las compuso para ser convincente en su papel. Como estaba convenido, se presentó a pedir trabajo y no tardó en llegar a un acuerdo. La dueña de la casa le habló del continuo trasiego de personajes. Dijo que su marido proporcionaba algo así como una tapadera, pensaba que era un hombre de paja sobre quien no recaería sospecha alguna lo que lo hacía la persona conveniente para servir de correveidile, además de disponer de un lugar discreto y desconocido donde recalar. Apenas sé de lo que hablan, le dijo a Luisa la mujer de la casa. A veces, pocas, se les va la lengua delante de mí; dicen cosas muy fuertes y desagradables; por ser quienes son no me lo tomo como una baladronada o charla de sobremesa. Cuando se juntan, mi marido me indica que lo mejor es que me ausente, me dice que no es conveniente que yo esté presente ¿Qué por qué di este paso? Porque esa gente me da mucho miedo. Recordé la amistad de mi padre con… y acudí a él. Me dijo que estuviera tranquila y me lo agradeció mucho.

Cuando se reunían, Luisa entraba en el salón para servir el café y las copas. Acto seguido cerraban las puertas. La memoria fotográfica de Luisa reconstruyó ante Fina la escena completa: los asistentes, el lugar que cada uno ocupaba; pero no tuvo ocasión de asistir a sus conversaciones, ni siquiera cazar cualquier alusión, un chascarrillo. Desecharon la idea de instalar un micrófono porque el mando suponía que entre los asistentes habría alguien perteneciente o próximo a la Casa, que hiciera un doble juego o estuviera de parte de ellos.

 

—Quizá sea eso lo que explique lo que me cuentas —dijo Fina, que se levantó de la silla y caminó con pasos lentos hacia la ventana—. De todos modos, ya sabemos lo que tenemos que saber, o al menos por donde viene el golpe, que no es poco; en cualquier caso, mejor que estar a ciegas.

—¿A qué te refieres? —a Luisa se le ensombreció la expresión.

—A eso, a que alguien está haciendo doble juego y te ha descubierto.

—¿Eso quiere decir que me retiras? —preguntó Luisa con cierta ansiedad.

—Eso quiere decir que, efectivamente, lo dejas —contestó Fina—. Es evidente que te han descubierto, mejor dicho, que alguien te ha descubierto; lo que no sabemos es si se lo ha dicho a ellos o mantiene un juego a varias bandas y no tenemos ni idea de para quién trabaja; ten en cuenta que aquí hay muchos actores implicados. De lo que no cabe la menor duda es que nos quiere retirar de la escena. A la dueña de la casa le dirás que te ha salido un trabajo fijo en unos grandes almacenes y que por eso te vas, eso tiene que saber y decir; y, naturalmente, que tenga mucho cuidado y que no se exponga más.

—¿Puedo mantener contacto con ella?

—No, terminantemente, no —Fina puso su expresión más seria—. Al marcharte se asustará más si cabe; no hay que exponerla más; no nos conviene que levante la más mínima sospecha. Esperemos que su marido la quiera lo suficiente o sea tan tonto como dices.

Porque, efectivamente, Luisa decidió poner a Fina al corriente del incidente ocurrido en el parque con la niña del piloto, sin olvidar que le había advertido del pago que había que hacer por vivir lo más en paz posible.

Cuando le indicó que tenía un problema del que tenía que informarla, Fina compuso un gesto de preocupación y desaprobación. Sin decir palabra encendió un cigarrillo, se levantó del asiento, le dio la espalda y miró maquinalmente al exterior a través de la ventana. Luisa permanecía de pie y miraba la espalda de su jefa. Miraba sin ver la blusa negra de crespón, ligeramente holgada, aunque no lo suficiente para disimular la complexión fuerte de una mujer no alta pero sí de notable presencia. Por el gesto de Fina se reafirmó en la gravedad prevista, supo el serio peligro que corrían ella y la misión.

Con retraso

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Una vez en la habitación no tenía sueño y le apetecía tomar una copa, no de un botellín de la nevera sino una generosa y bien servida. Bajó al bar. A esa hora estaba desierto y habría permanecido sola todo el tiempo si no hubiera aparecido un hombre de mediana edad, bien parecido, con pelo y barba con incipientes canas. El hombre vestía de manera informal, con ropas caras. Se acodó también en la barra y pidió whisky con hielo. Le sirvió el camarero y el hombre levantó el vaso con ademán de brindar con la única persona que en ese momento allí estaba. Luisa levantó el vaso y la mirada, y sonrió lo justo, aunque suficiente para que el otro se acercara y se presentara:

—Ignacio Lamas —dijo—, y en cierto modo soy el responsable de que ahora estemos aquí tomando una copa.

Luisa enarcó una ceja como preguntando: ¿Cómo? ¿Por qué?, y el hombre dijo:

—Porque soy el piloto de este trasto que nos ha traído, y algo tengo que ver con el retraso ¿Le ha causado algún contratiempo?

Luisa le contestó que no, salvo tener que hacer noche donde no tenía previsto.

El piloto manifestó su tranquilidad por no haberle causado ningún inconveniente salvo la molestia. Luisa dijo que lo que pudiera tener de molestia quedaba compensado con la novedad sorprendente de tomar una copa en un bar de hotel, a esas horas y en Francia.

Luisa no había dicho su nombre y el piloto quiso saberlo.

Lo de Luisa es comprensible. La naturaleza de su trabajo le exigía ser discreta. Pero en su fuero interno algo le pedía un punto de rebeldía. Le ocurría cuando alguien le caía bien o le gustaba, y era lo que estaba ocurriendo. La tapadera estaba bien definida: ella era Teresa Ortiz, socia con una amiga de una tienda de productos de belleza y cosmética, nada complicado y comprobable. Luisa, por sus conocimientos de idiomas, viajaba para tratar con proveedores, asistir a ferias, trabajar para el negocio.

—Ah, perdone si no me he presentado: Teresa Ortiz, artículos de belleza —se presentó y le tendió la mano.

El piloto se la estrechó con la energía suficiente para infundir el calor y la suavidad necesaria y no dar la sensación de fuerza.

Se hizo un breve silencio que cada cual aprovechó para tomar un sorbo; y fue Luisa, predispuesta a dominar situaciones, la que preguntó:

—¿Y qué le pasaba al avión? ¿Me lo puede decir?

La sonrisa que puso fue de las que vienen a expresar: Dilo, no me lo puedes negar.

—No, nada, en realidad nada que no se pueda resolver; pero había que salir con plena seguridad, sobre todo porque cualquier alarma, por leve que sea, nos dice que algo está fallando, o lo que es peor, puede fallar en cualquier momento, porque una incidencia pequeña a la que no damos importancia puede ocultar otra mayor. Por ejemplo: que no luzca un piloto no quiere decir que falle el elemento al que está asociado, pero es preciso que luzca: en la cabina hay disponer de toda la información; pues bien, el piloto que indica que estás al habla con la torre de control no lucía, aunque nos poníamos al habla ¿Y si se estaba gestando una avería mayor? Por alta temperatura, por ejemplo.

Se lo veía contento con la pregunta; eso le daba pie para conversar con Luisa, que para él era Teresa, a la que había valorado como una mujer muy atractiva, que se refugiaba en un aspecto neutro, por su cara limpia —y eso que comerciaba con productos de belleza—, el cabello estirado y cogido atrás en cola de caballo, el traje sastre oscuro, no ceñido sino suficientemente holgado para no marcar las curvas y ganar elegancia. Hay que decir que Luisa no negociaba con su aspecto: no consentía en disfrazarse.

—Entonces, ¿nos hemos retrasado más de dos horas por una lucecita? —dijo ella tratando de remarcar algo de frivolidad femenina.

—No, no, no era una lucecita —dijo el piloto con una sonrisa—, era algo más, nada importante, es verdad, una cablecito, una conexión, pero había que estar seguro.

Luisa se sentía cómoda con él y consideró que había que avanzar un paso en el agrado y la confianza. Mañana será otro día, se dijo, al fin y al cabo todo está un poco salido de la norma. Siguió sonriendo, bebió, sacó cigarrillos del bolso, le ofreció, fumaron, no sin antes sacar él un mechero del bolsillo y disculparse por no haber caído en la cuenta. Le dijo:

—Qué bien, así me siento segura ¿Sabe que de jovencita soñaba con salir con un piloto? Con el uniforme, para mí los pilotos iban siempre de uniforme; y esa seguridad y pericia para manejar un aparato tan grande y majestuoso; y los pasajeros protegidos por él…

—Y al final, ¿no hubo piloto? —el piloto acepta el tanteo y Luisa se da cuenta de que se ha percatado del lance. Lanza un pestañeo seguido de una caída de ojos y esboza una sonrisa.

—No, no hubo piloto; también se me pasó aquel sueño juvenil, pero cuando una es casi una niña, ya sabe, tonterías…

—¿Y la espera alguien en París? —el piloto había decidido llevar la iniciativa.

Un accidente

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Francis Picabia (1879–1953), Olga , 1930 Lápiz grafito y crayón sobre papel

Una vez en la calle Luisa le volvió a agradecer su gentileza pero le reiteró que prefería ir en metro y pasear. Álvaro no se dio por vencido e insistió, incluso se ofreció a acompañarla, a conversar, a conocerse. Para todo ello echó mano de su indudable encanto personal, sobre todo al constatar que a Luisa no le desagradaba su compañía. Pero ésta adoptó un aire de seriedad y le dijo:

  —Anda, coge tu taxi, no sea que se haga tarde para llamar a tu mujer y a tus hijos.

  Luisa le tendió la mano, le dio dos besos y se metió en la boca del metro.

 Bajó deprisa y con agilidad las escaleras. Con la costumbre que da la profesión, comprobó de forma rutinaria si Álvaro la seguía, por si no se daba por vencido.

 Ya en el metro, mecida por el traqueteo, sintió haberlo dejado así plantado. A Luisa le habían gustado su fe y desparpajo, y su apariencia de hombre limpio y hermoso; quién sabe a qué acababa de renunciar, todo fuera por el servicio. Pensó en las relaciones, en las restricciones que venían impuestas. Eugenia, tiempo atrás, rompió la norma, y vino lo que vino. Fina se percató de que Eugenia había quedado pillada, que el amor se había impuesto a la responsabilidad de la misión. Decidieron abortarla y Diego les dio la oportunidad de hacerlo como resultado lógico cuando él mismo manifestó la sospecha de que lo estaban manipulando. No les resultó fácil convencer a Eugenia de que había que organizar su desaparición. Hubo que recurrir a la disciplina y a la amenaza. Finalmente se doblegó, pero estuvo un tiempo deprimida, despistada, no apta para el servicio. La cubrieron entre Fina y Luisa hasta que se hicieron con ella. Una no se debe encariñar con nadie, pensaba, pero, cómo evitarlo. Fina, bajo su aspecto maternal, podía ser fría e implacable; sin embargo el enamoramiento de Eugenia lo tomó como un error personal por el que la chica no tenía por qué pagar. Se portó bien con ella, y Luisa, la sucesora natural de Fina, aprendió que en cualquier oficio o cometido el cariño no tiene por qué estar proscrito, que no se pierde nada por cuidar unos de otros, eso sí, marcando con claridad las líneas que separan la vida personal de la disciplina y las reglas del juego. Eso fue lo que inculcaron a Eugenia después del fiasco de la misión y por eso ahora Luisa le daba una segunda oportunidad, bajo la advertencia de que en este caso no habría miramientos si flaqueaba.

  Luisa pensó en las oportunidades perdidas ¿Hay que renunciar al amor? No, pero hay que saber gestionarlo, administrar los compromisos, y en caso de establecerlos, tener en cuenta la provisionalidad y la arbitrariedad del azar y las contingencias. Sobre todo cubrirse y cubrir a los otros de los posibles daños. Por todo ello, esa tarde se sintió especialmente incómoda. Soy una mujer, se dijo, y ese hombre me ha gustado, pensó en pasado porque de antemano había renunciado a él. No sé si será la edad, pero hoy estoy propicia, siguió con sus pensamientos; me apetece, y no quiero coger una habitación de hotel, el teléfono, solicitar compañía.

  Solicitar compañía. La soledad te lleva a buscar un consuelo lo más impersonal posible. Un desahogo y ya está. Con la tarjeta de crédito no hay que pasar por el bochorno de los billetes. Amabilidad y pericia, todo muy profesional. Y lo aceptas porque te sientes sola y te aprieta el deseo.

  No quiere esto decir que Luisa nunca hubiera tenido relaciones, incluso estuvo a punto de casarse hace ya unos años, cuando era realmente joven. Fue en la Complutense, en la Facultad de Derecho, se llamaba Ángel Santana, estaban en el mismo curso. Proyectaron poner un bufete, trabajar juntos, casarse, tener hijos. Ángel era natural de Valdepeñas; allí vivían sus padres; acostumbraba a ir al pueblo una vez al mes. Luisa lo acompañaba a veces, y otras aprovechaba para visitar ella también a los suyos en Guadalajara. Aquel fin de semana Ángel iba solo. Conducía un R-8. La carretera estaba tranquila a esa hora de la tarde. Había oscurecido. En una curva, a la altura de La Guardia, un coche que venía de frente invadió el carril izquierdo y chocó contra el coche de Ángel, al que sacó de la carretera y le hizo dar dos vueltas de campana. Ángel murió en el acto y el otro conductor salió con graves heridas; su mujer, que viajaba al lado, quedó parapléjica.

La impresión de Diego

»En ese punto me di cuenta de que esa Eugenia no era la misma que se había estremecido en mis brazos. Me pareció más dura, más metida en su papel. Quise pensar que se esforzaba por mostrarse insensible, como si estuviera demasiado pendiente de la vigilancia u observación de Luisa, que ésta actuara como supervisora muy atenta a sus reacciones, que se estuvieran permanentemente vigilando para controlar la fidelidad y sometimiento a las normas. Supuse y deseé que su ofrecimiento de hablar más adelante contuviera la promesa de reverdecer nuestra relación. Porque, a pesar del despecho y la furia, esta nueva Eugenia me resultaba más atractiva si cabe, y por lo tanto, más deseable.

»Con intensidad apenas audible, Luisa recuperó la palabra:

—Como te he dicho, sabemos lo que haces; claro, bien mirado somos nosotros los responsables. Verás. Como sabes, y seguro que estás bien informado, en la frontera están pasando cosas demasiado llamativas. No, no te hagas el nuevo, sabes a qué frontera me refiero, y a qué zona, y por qué estamos tan atentos a lo que ocurre. Además, como te puedes imaginar, controlamos algunos movimientos, aunque no todos. Ya sabes que nosotros no hacemos, nos informamos y dejamos hacer o desviamos, o informamos para que sean otros los que hagan, mejor o peor, pero que sean ellos los que lo hagan, como, por lo demás, ocurre con todos los servicios cuando se trata de asuntos de orden interno. No sé por qué te explico esto.

Iba Diego a protestar, a decir que bien lo había comprobado en sus carnes, cuando Eugenia, como si hubiera leído su mente, se adelantó:

—Sí, Diego, lo sabes, hicimos nuestro trabajo y no nos salimos del guion. Te manipulamos, no hace falta que lo digas, pero el trabajo salió bien, y tú vivo, y te recompusiste, no me digas que no.

»Lo bueno (o malo) del caso es que saben cómo hablarte para que creas que lo saben todo de ti, que desde el momento en que establecen contacto contigo tienen unos ojos que no dejan de mirarte. Y eso es terrible porque te sientes espiado y acabas no fiándote de nadie. No pude evitar pensar que conocían de parte a parte mi relación con Elisa, y la tuya; la de Elvira ya la conocían. Llegué a pensar que Elisa también era de ellos, aunque ¿Por qué? ¿Tanto importaba yo? De todos modos fue una paranoia que me asaltó y me tuvo en vilo no sé el tiempo. Pero, todo hay que decirlo, me vino muy bien el manto de Elvira, a quien he contado, con quien he descargado mis manías, quien me aseguró que Elisa no tuvo nada que ver, que lo suyo era otra cosa, según sabía o creía saber, porque Elisa siempre fue muy reservada; no creas que se abría con facilidad, y cuando lo hacía pedía la mayor discreción, que yo cumplí y seguiré cumpliendo con total escrúpulo, lo mismo que Elvira, que seguro sabe más de lo que dice porque, o bien tú eres un artista del disimulo, o poco te ha contado de lo que hablamos.

Por fin lo tenemos

—Tienes que abordarlo; si lo conoces, tienes que abordarlo; ya sabes, no puede pensar siquiera que albergas algún resquemor por lo pasado. Venga, vamos, me presentas como a todos, al fin y al cabo soy tu compañera —lo sonrió y guiñó el ojo para que se decidiera—. Ahora que nos mira.

—¡Pero bueno! —exclamó Diego con fingido entusiasmo— Mira por dónde…

Avanzó con pasos rápidos y le tendió la mano. El tal Mateo se vio sorprendido, pero reaccionó haciendo un esfuerzo para reconocer a quien se dirigía hacia él tan decidido y confianzudo.

—¡Hombre! Tú eres… ¿Matías? Sí, sí, claro, Matías… Ya recuerdo…Qué tiempos… ¿Y cómo se llamaba la chica aquella?

—Pilar, supongo que te refieres a ella —dijo Diego con su mejor sonrisa.

—Ah, claro… Pilar… Rubia, más bien alta, estudiante… Sí, sí, claro… Pilar.

—Bueno, no sé si lo sabrás… Ahora pica muy alto; está con los del Gobierno… Ah, esta es Eugenia, mi compañera; y este es Mateo, ¿no es así?

—Sí, sí, claro, Mateo. Pero eso era en aquellos tiempos… Braulio Cortés —se presentó e intercambió con Eugenia los besos de rigor— Y tú, no te llamarás Matías, supongo.

—No. Mi nombre es Diego, Diego Álvarez.

—Vaya, qué bueno; ahora que nos conocemos por nuestros nombres os presentaré a estos compañeros, a ver si hacemos algo grande.

Braulio Cortés fue presentando a los circunstantes, cuatro hombres y dos mujeres, todos de sobra conocidos.

 

Ya se ve, de vez en cuando me asaltan las dudas ¿Por qué cuento todo esto? Qué bonito sería decir que, como ya hice, que me mueve el deseo de esclarecer los hechos y la necesidad de contar la verdad. Pero, ¿a quién le interesa? Diego ha contado una historia densa, me atrevería a decir que ejemplar. Cuando lo asaltó la primera idea, vino como el sabio que descubre por fin una fórmula mágica y me gritó: ¡Ya lo tengo! ¡Una casa! Partiré de la casa, será el lugar, el centro de la historia. Alrededor de la casa crecerán los personajes. Pasó dos años de escritura incansable: Ya no es sólo la casa, dijo, una comarca, eso es lo que es, un espacio vivo, un mundo… Y me dijo que me incluiría en su relato. Trátame bien, le dije, y pareció acceder a mi pueril deseo, hasta que, ya lo he dicho, me hizo enfermar y me mató.

 

Diego cobró ánimos con la novedad, la suerte del encuentro fortuito, y así se lo dijo a Eugenia:

—Por fin; ya lo tenemos.

—Por fin, ¿qué? —lo interpeló con expresión que venía a decir algo así: No te hagas ilusiones, todavía queda mucho por hacer, mucha tela que cortar.

—Por fin tenemos al tal Mateo —la voz le salió baja y dubitativa.

—Ahora empezamos —puntualizó Eugenia—. Pero, cariño, no lo sientas, después de un día viene otro; no hay que tener prisa. En lo que los de arriba no digan nada estamos bien así.

Grandes dudas

Podía hacer una pequeña sinopsis de lo contado, pero todo está aquí. Por ello os invito a remontar el blog página a página: al fin y al cabo sólo se trata de un pequeño esfuerzo.

 

No les costó demasiado penetrar en los círculos de decisión. En realidad no había nada novedoso. En la medida en que se escalaban peldaños aparecían los mismos sujetos que en otro tiempo dirigían o tenían relevancia en las cúpulas. Capacidad, tiempo y esfuerzo, sobre todo estos últimos, eran los atributos necesarios para formar parte de los núcleos con poder de decisión: no como miembros de una estructura orgánica sino como colaboradores voluntariosos, de ese modo, imprescindibles. También era preciso mostrar entusiasmo y disposición para portar pegatinas, banderas y pancartas, o gritar consignas en las concentraciones, manifestaciones y marchas.

Hubo un momento en que Diego empezó a sospechar que no importaba tanto la localización y seguimiento del llamado Mateo como el hecho de estar allí, que en realidad su función no era otra cosa que servir de soporte para Eugenia y darle legitimidad y cobijo dentro de lo que se estaba organizando, que el Gobierno necesitaba información de primera mano y por eso los había infiltrado. Sobre todo porque era un hecho cada vez más nítido el cambio de posición y el consiguiente riesgo que se corría. No en vano entró en circulación, sin que pareciera falso, el rumor de que ni EE.UU ni la Europa que se estaba fraguando hubieran dejado a España entrar en el Mercado Común sin el compromiso previo de permanecer en la Organización Atlántica.

Naturalmente ese rumor se extendió por la revista de la mano de Freixido, y nadie hizo nada por desmentirlo, ni siquiera discutirlo, salvo Diego, muy en su papel, pero en este caso ajeno a tal movimiento, el de Freixido.

Elvira, por su parte, vivió su momento más dulce, destacada por su periódico como testigo de excepción de los cambios que se estaban operando en medio mundo.

En cuanto a mí, vivía una época de grandes dudas. Los convulsos acontecimientos provocaron una gran dispersión de voluntades y compromisos, así que pensé que había llegado el momento de hacer bien mi trabajo sin otra consideración que la idea que tenía de mi propia honestidad, aunque siempre hay que hacer la salvedad de que esa medida nos la ponemos nosotros mismos, y de nosotros dependen las trampas. Con esto quiero decir que, por falta de nexo, me dediqué a trabajar solo, sin responder ante nadie salvo mi jefe, Freixido, a poner en juego mi capacidad profesional exclusivamente.

La revista nunca había ido bien; no había sido una publicación de grandes tiradas, sino una oferta turística. Con los cambios, parecía que íbamos a coger fuerza, entrar en el mercado, pero éste estaba monopolizado por publicaciones que se iban decantando por la ideologización o el sensacionalismo. Eso fue lo que debieron ver, porque, con el paso del tiempo, la clausuraron definitivamente, no sin antes ofrecerme el trabajo que he venido ejerciendo hasta hace poco, expulsado por la edad, las nuevas tecnologías y las redes sociales, a cambio de una fidelidad perruna hacia mis patronos.

Me ofrecieron la posibilidad de formar un equipo que consistiera en un colaborador, una secretaria y yo mismo. Elvira quedó descartada; no porque nadie la vetara; simplemente en ese tiempo ella volaba a gran altura, además nos habíamos impuesto, para la buena marcha de nuestra irregular relación, evitar trabajar juntos. Es cierto que pensé en Diego, aunque no pude demorar mi decisión, entre otras cosas porque no merecía la pena; en definitiva me vino impuesto desde arriba. Y arriba estaba Blanca. Diego lo cuenta de otra manera pero ocurrió como yo lo cuento.

En eso consiste

No creas, no lo hice mal del todo —me sigue contando sin contestar a mi pregunta—. Me hubiera quedado. No te puedes imaginar el gusto que le coges al engaño y al disimulo, todo ello para perpetrar una traición, porque, por mucho que se diga, se trata de eso, de ganar confianza. El objetivo tiene que sentirte próximo, como un amigo, para soltar prenda, no por indiscreción sino por cooperación, ganar a uno más para la causa, un cómplice, un compañero, alguien con quien te jugarías la vida. ¿Sabes lo peor? Que no sientes mala conciencia porque acabas convencido de la bondad, por necesaria, de la misión.

—Ya, pero te me escapas, Diego, te me escapas…

—¿Por qué? Te lo estoy contando todo; y no es muy confesable.

—Te me escapas porque no me acabas de decir tus motivaciones reales.

—Es que no es fácil. Ya te he dicho que fue por Blanca, y por mí, ¿acaso no comprendes que nos jodieron la vida?

—Hombre, también me doy cuenta de que ahora estás con Blanca, y Eugenia es… ¿un buen recuerdo?

—Pero, ¿qué más da? —no digo que se pusiera tenso, aunque reaccionó en la dirección que yo quería.

—No sé, no sé si dará lo mismo; eso únicamente lo puedes saber tú —le contesté.

—Digo qué más da porque mis cosas con Eugenia no invalidan mi necesidad de desquite; ella puso en mi mano los medios para tomármelo, al menos eso creí. Lo que pasa es que eres un puñetero puntilloso y ahora te quieres desquitar por el tiempo en que te tuvimos in albis. Ya escribió Flaubert, y veo que tú lo sigues al pie de la letra, algo parecido a esto: ‘La biografía de un amigo hay que escribirla como si fuera una venganza’.

Podía haber dicho touché, pero no quise darle semejante satisfacción. Lo que sí le dije fue que su cita de Flaubert era imprecisa y que además le cambiaba el sentido, la cita literal es: “Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándole”. Pero Diego no andaba descaminado en sus apreciaciones; no negaré que el despecho se adueñó de mí durante demasiado tiempo; sobre todo sentí, aunque me cuesta reconocerlo, la falta de confianza de Elvira. Por mucho que uno lo niegue, quieres saber vida y milagros de quien duerme contigo, aunque no sea siempre, aunque no conviva. Paul, personaje protagonista de El último tango en París, pretende hacer del piso un islote utópico exento de sentimientos, incluso de lenguaje: allí no existen los nombres. Pero Paul trata de poseer a Jeanne, la protagonista, a toda ella. Y la persigue, quiere saber quién es, se muestra, pregunta, dice su nombre y un retazo biográfico; y camina hacia su propia destrucción, hasta la muerte.

 

No les resultó difícil entrar en contacto con uno de los grupos que por aquellos días se formaban y crecían como hongos, animados por la oportunidad que se les presentaba: culminar una gran movilización contra uno de los bloques militares formados al abrigo de la llamada “Guerra Fría”. Las plataformas antiotan eran un excelente banderín de enganche: los conocimientos, la experiencia y el entusiasmo servían de pasaporte para llegar a tocar los centros de decisión, pero lo que más les importaba era navegar por los meandros y recorridos que les llevaran al objetivo, a situarlo, a conocer sus conexiones y, lo más importante, detectar los contactos que llevaran hasta él: ‘Nosotros informamos’, decía Eugenia. ‘Otros harán lo que tengan que hacer. En eso consiste’.

 

Sobre la imagen: Fotograma de El último tango en París, Bernardo Bertolucci, 1972

 

 

 

La fuerza de una pasión

»Nos abrasamos. Lo esperado era una relación aparente, una pareja como cualquiera, un chico y una chica que comparten piso, que tienen una relación… Lo que se presupone es confuso e incompleto, algo que casa con individuos solitarios y descomprometidos. No diría que nosotros no lo fuéramos, al menos en mi caso eso pensarían, o fue como me viera Freixido al informar sobre mí. Pero vivimos el presente como un sueño, como un mundo entre paréntesis, sin conciencia del final. Como en un juego, nos metimos en harina como dos niños traviesos para quienes el engaño no tiene consecuencias…

 

Disimular, engañar, no digo traicionar porque exageraría ¿Quién hubiera pensado que alguien que trabaja a tu lado, que toma copas contigo y te habla de su vida; que comparte carpetas, noticias; que te pasa sus escritos para que los supervises y les des el visto bueno, te propone como cosa informal asuntos que le vienen impuestos por no se sabe quién, que lo dicho está ordenado y supervisado por otros, creado con un fin que no sabes? Aquel empeño en comparar a nuestros militares con los de la OTAN, el déficit en cuanto a su formación, el dominio de idiomas y tecnologías, y la idea central: la convivencia con militares demócratas, todo ello razonable pero interesado en aquel contexto, acompañado de datos sobre la obsolescencia de nuestro armamento y de la falta de operatividad de nuestras tropas. Y las filtraciones. Sabes que éstas siempre son interesadas, que las fabrican para ajustar cuentas, manipular información, ideología, estado de ánimo… Pero no se te ocurre pensar ni por asomo que el que está a tu lado y es tu amigo está metido en un juego de espías por vengar a una mujer y estar al lado de otra, aunque, efectivamente, como le dije, Blanca no te culpó, como bien sabes; te asoció, así te lo dijo, con lo peor que le había pasado, un episodio de su vida con el que no contaba porque no valoró el peligro o nadie la advirtió.

Otra vez el juego. La necesaria ignorancia o desprecio del peligro porque en caso contrario nada se haría, o quedaría todo en manos de los más osados, no necesariamente valientes. En cualquier caso, creo, te vengabas por ti mismo, porque en el fondo bien supiste que todo hubiera sido distinto si no la hubieran delatado, entregada como cebo, como el que dice: Si queréis carne, ahí la tenéis, inocente además, que nada os dirá porque nada sabe. Eso hace daño, mucho daño, tanto que la mente se te cierra y además necesitas atribuir la culpa, no importa a quién, tampoco si es o no justo, es algo que va más allá del puro razonamiento. Lo peor es el rechazo. Quizá pensara: ¿Por qué no me lo advirtió? Como si uno tuviera la facultad de saber, proteger, anticiparse.

Diego se esforzó en hacerme creer que únicamente lo movió el afán de justicia. Lo hizo de forma notable; por más que disimulaba no conseguía engañarme, armó un relato en que hizo lo imposible por establecer el equilibrio, como si pretendiera reivindicarse ante Blanca, convencerla de que compartía su dolor y hacía todo lo que estaba en su mano por repararlo. Con su historia demostraba la propensión que tenemos para inventar justificaciones; creo que no se daba cuenta de que al tratar de dignificar la peripecia, dejaba a la intemperie la pasión que lo movía, nada inconfesable por otra parte, tampoco incompatible con su esfuerzo reparador, porque a ciertas alturas de la vida, con poco que hayamos sentido, estamos dispuestos, digo más, prestos, a comprender la fuerza de una pasión. La locura de los brazos, los besos, las miradas; el hambre de comerse el uno al otro.

 

Sobre la imagen:  René Magritte, La Memoria, 1944, colección privada.