¿Y si fuera un juego?

Untitled 1966-7 by Willem de Kooning 1904-1997
Willem de Kooning, Sin título (1966-7)

—Entonces pensé: Si se sirven de este método, el asunto del que ya nadie habla bien pudiera ser un cuento, un montaje, una ficción.

—Hombre, resultado da —le dije entre risas—; hasta han hecho una película. Y lo tuyo, ¿dio mucho de sí?

—El asunto, amigo mío, tiene sustancia. Algún dinero saqué.

»Lo gracioso era que daban por bueno cualquier disparate, aunque no era fácil, dada la gravedad, contar historias inocuas, circunstanciales, sin apenas trascendencia. Creo que para ellos era una forma de justificarse. Me imagino a quien mandaba de verdad diciendo: ¿Y eso es lo que hay? ¿En esto gastamos el dinero?

»Claro que me aproveché; fue como un desquite. Pensé: No caigas en el señuelo; esto es un juego; saca todo el partido que puedas. Creo que mis relatos absurdos eran chorros de tinta de calamar.

»Eugenia me exigía datos, nombres, fechas, sitios, y yo le componía relatos ambiguos y nebulosos; quienes eran o pudieran ser no estaban suficientemente caracterizados para ocupar una casilla. Eugenia leía mis informes siempre con una sonrisa, la misma sonrisa. Levantaba la mirada, enarcaba las cejas, y me preguntaba: ¿Este quién es?, No estoy muy seguro, le contestaba, por eso no el pongo nombre, por eso lo señalo con pronombre ¿Y si me equivoco?

—Veo que nos tomas por gilipollas —me decía sin dejar de sonreír—. Queremos saber, sólo saber; no intervenir, nunca intervenimos; no se lo vamos a contar a nadie, es para nosotros, antes de que caiga en peores manos. Por cierto, ¿Crees que los que te rodean son de fiar? ¿No crees que alguno estará tocado?

 

—¿Me metiste en alguna de tus historias? —Le pregunté picado.

—No exactamente; no eras el tipo que necesitaban.

—No exactamente, pero de algo te serviste…

—Todo me servía. Eugenia me pedía nombres, me preguntaba por personas en concreto, si había oído algo que les relacionara con los hechos de que tanto se hablaba, tan presentes entonces en la prensa; en cualquier caso, me pedía mi opinión. Y yo jugaba al juego porque así estaba con ella y hacía durar el cuento.

—Pero no te fiabas de nadie, ¿por qué?

—Porque no, ¿acaso alguien podía fiarse? Acuérdate de aquel que apareció largando cuando todo estaba tan confuso: era un juego de todos contra todos.

—Y tú, encima, trabajando en el lado oscuro.

—Llámalo como quieras.

—Y Elvira, ¿supo algo de esto? ¿Acaso te echó una mano?

—Claro que me ayudó; y yo a ella. Deberías saberlo, siempre fue así.

No por esperada, aquella confesión dejó de dolerme. Me sentí como un cazador cazado. Me adentraba en asuntos oscuros de la vida de Diego y los hechos se volvían en mi contra. Diego y Elvira, Elvira y Diego jugando a los espías a mis espaldas, traficando con la información y el dinero en una operación poco clara. No estábamos en el centro de la tormenta, pero por nuestra modesta oficina pasaban desmentidos, declaraciones, alusiones, análisis, todo un maremágnum de ruido y confusión, y por si fuera poco, mi amante haciendo juegos de espías.

 

»Ya sabes cómo se resolvió todo. De mi paso por ahí saqué una enseñanza muy provechosa: el uso caprichoso de la información, la irrupción en asuntos y en vidas tan abrupta como azarosa y, fundamentalmente, la banalidad de tantas acciones, sometidas a las conveniencias de los centros de poder, tan interesados en hundir reputaciones como en abandonar sin explicación plausible cualquier objetivo aparente.

—No, Diego, en algo te equivocas, me lo imagino, pero no sé cómo fue.

 

No sé si arrepentirme, creo que sí, claro que me arrepiento de haber puesto este asunto en marcha, a cada momento me aparece un nuevo pesar ¿Acaso podía imaginar el alcance? Uno tiene una sospecha, imagina algo, pregunta, y le descubren una colección de intrigas ocurridas ante sus narices, de las que es posible que nunca se hubiera levantado el velo. De pronto deseé que Diego se fuera y me dejara de contar. Quise estar con Elvira, hablar con ella, pedirle explicaciones ¿Acaso me las debía? Claro que me las debía; el diablo ya lo tenía dentro, necesitaba oír su relato, compararlo, ver hasta qué punto estaban conchabados. Mi curiosidad se había vuelto perniciosa. Me costaba dormir. Imaginaba la escena que tendría con ella, mis palabras y las suyas. De ahí pasaba a sentirme ridículo, lo vas a estropear todo, me decía, años de amistad y convivencia. Y me mortificaba pensar que Elvira se burlara de mí, se preguntara, ¿Este es el pusilánime con el que me acuesto?

Abro la caja de Pandora y pago las consecuencias ¿Y si todo fuera un invento de Diego para seguirme la corriente? Porque le podría decir: Ya sé que todo lo que me cuentas es mentira, que se trata de un juego, nada más, pasto literario para que escriba y escriba. Y que él me conteste que tengo razón, que no hay nada, que la vida real es pedestre y anodina.

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En preventa

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El caso es que había incluido un pequeño fragmento para lanzar el libro, pero el famoso “big data” recorre la web y busca coincidencias, y, mira por dónde, me dice que hay fragmentos publicados en la web de forma gratuita. He hecho lo que me dice para corroborar que poseo los derechos de publicación, aunque, por si las moscas, he borrado el texto.

Sólo me queda decir: “¡Escucha, bigdata, todos los textos son míos, y ya me ha costado imaginarlos y escribirlos! ¡Todo sea por publicar!

AMELIA Y DOÑA ROSA ya está en preventa, en formato digital,  en Amazon. El próximo día veinte saldrá a la venta en eBook y papel.

¡Que hable la literatura!

Dejé Twitter, dejé Facebook: no tiene mérito: hay algo en esas redes que me desagrada, que no me compensa. Son adictivas y consumen demasiado tiempo; quieren tu alma y tu cuerpo, tu conciencia y tu estilo; tus gustos y tus palabras. Es cierto que a nada te obligan, pero el algoritmo tiene la paciencia del alfarero: te propone “amigos”, te incluye en “grupos”, te va modelando y, a través de la aceptación, los ‘me gusta’, te suministra la ración de dopamina (el “soma”) precisa para mantener la autoestima. Mejor fuera.

Aunque no es nada fácil escapar al control. Hace unos días estuve en una óptica. Como llevaba el móvil encendido, en los días siguientes he sufrido un bombardeo de publicidad: gafas de todos los modelos. El teléfono cuenta tu vida: dónde estás, qué haces, qué escribes, qué dices ¿Apagar el móvil? ¿Cerrar cuentas? ¿Salir de las redes? ¿Cerrar el blog? ¿Desaparecer? ¿Dejar de ser?

Como el HAL9000 de 2001: Una odisea del espacio, siento la necesidad de apagarme. Leo la prensa, oigo la radio, veo la TV, y siento un enorme abatimiento, una desgana existencial ante tanta estupidez.

Pero siempre nos quedará la literatura. Buena o mala, tiene el efecto salvador de la palabra, y nos cubre con su manto protector.

¡Que sea ella la que hable!

Almejas a la marinera

Y vaya si fue una sorpresa, me acabó contando Elvira, mucho tiempo más tarde, diría que no hace demasiado si nos atenemos a lo que nos toca vivir, cuando ya para nosotros un lustro equivale al año de una persona joven, un joven decíamos no hace tanto. Diego no estaba presente porque, con la complicidad de Elvira, urdí organizar sesiones para que me contaran a dos voces aquella aventura. ‘Qué es eso de tirar tus cenizas para alimento de los peces, acabar como pienso de piscifactoría’, dijo cuando nos reíamos (sin que a mí me hiciera demasiada gracia) con mi muerte en tierras de Suiza.

Hubiera sido digno de presenciar la escena: el hombre en cuestión ha ensayado una aparición teatral, un golpe de efecto, una forma de mostrarse para dejar a los otros asombrados, sin defensas, sin capacidad de respuesta.

—Pero tú qué haces aquí; de qué va esto —Elvira fue la primera en reaccionar mientras Diego permanecía con la boca abierta.

El interpelado avanzó unos pasos hasta que tomó el centro de la habitación para dominar de ese modo la escena. Diego, que en su fuero interno celebraba el encuentro con la joven y bella muchacha, intentó despegar los labios hasta que estalló como un eco amplificado:

—Eso mismo digo yo, Freixido, ¡¿De qué coño va esto?!

—Nada hombre, tranquilizaos —dijo Freixido—; vamos a sentarnos, a picotear un poco, veréis qué almejas me ha mandado mi hermano, y tranquilamente os pongo en antecedentes. Y ante la sorpresa general, exclamó: ‘¡Fina, las almejas!’

De una puerta que sería la de la cocina apreció una mujer de unos sesenta años, que, con diligencia y pericia puso un mantel, servilletas, cubiertos, platos y copas sobre la mesa, y volvió por donde había salido. A los cinco minutos apareció con una aromática, humeante y repleta bandeja con unas, a juzgar por la presencia, exquisitas almejas a la marinera.

Incluida Fina, se sentaron todos a la mesa; Amable Freixido descorchó una botella de albariño.

—Bueno chicos, me tenéis que perdonar, pero todo esto, en fin, lo que os ha pasado, no es más que un montaje para traeros aquí.

Servidumbres de la autoedición

Como sabéis, no hace mucho que salió mi primera novela -publicada; escrita tengo alguna más-. Por diversas causas, y la que luego diré no es baladí, recurrí a la autopublicación en Amazon, autopublicación pura y dura hasta la última coma. Y, qué os puedo decir, la edición es mejorable, no por culpa de ellos, sino mía: cómo me habré metido en este berenjenal. Pero todo se aprende: a hacer constar los derechos y advertencias, a borrar números de página, a editar márgenes e interlineados, en fin, a hacer el libro más vistoso. Y es que estuve en una presentación y, casualmente, el libro presentado era una autoedición de Amazon, pero muy atractivo y bien hecho. Porque, claro, das el visto bueno al documento, y cuando tienes el libro en la mano comprendes el porqué de la corrección de pruebas ¡Jamás pensé que los errores se notaran tanto! ¡Pero si no los veía por más que mirara la pantalla o el papel! En fin, pido disculpas a mis queridos amigos que disponen de esta edición -en compensación les diré que a la larga será la más apreciada-. Yo, por mi parte, estoy muy ocupado trabajando en la mejora. Ah, y una de las razones de haberme decantado por la autopublicación es la comodidad: tendrían los editores que hacer cola a la puerta de mi casa para que considerara decidirme por alguno de ellos; como no vienen…