En preventa

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El caso es que había incluido un pequeño fragmento para lanzar el libro, pero el famoso “big data” recorre la web y busca coincidencias, y, mira por dónde, me dice que hay fragmentos publicados en la web de forma gratuita. He hecho lo que me dice para corroborar que poseo los derechos de publicación, aunque, por si las moscas, he borrado el texto.

Sólo me queda decir: “¡Escucha, bigdata, todos los textos son míos, y ya me ha costado imaginarlos y escribirlos! ¡Todo sea por publicar!

AMELIA Y DOÑA ROSA ya está en preventa, en formato digital,  en Amazon. El próximo día veinte saldrá a la venta en eBook y papel.

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¡Que hable la literatura!

Dejé Twitter, dejé Facebook: no tiene mérito: hay algo en esas redes que me desagrada, que no me compensa. Son adictivas y consumen demasiado tiempo; quieren tu alma y tu cuerpo, tu conciencia y tu estilo; tus gustos y tus palabras. Es cierto que a nada te obligan, pero el algoritmo tiene la paciencia del alfarero: te propone “amigos”, te incluye en “grupos”, te va modelando y, a través de la aceptación, los ‘me gusta’, te suministra la ración de dopamina (el “soma”) precisa para mantener la autoestima. Mejor fuera.

Aunque no es nada fácil escapar al control. Hace unos días estuve en una óptica. Como llevaba el móvil encendido, en los días siguientes he sufrido un bombardeo de publicidad: gafas de todos los modelos. El teléfono cuenta tu vida: dónde estás, qué haces, qué escribes, qué dices ¿Apagar el móvil? ¿Cerrar cuentas? ¿Salir de las redes? ¿Cerrar el blog? ¿Desaparecer? ¿Dejar de ser?

Como el HAL9000 de 2001: Una odisea del espacio, siento la necesidad de apagarme. Leo la prensa, oigo la radio, veo la TV, y siento un enorme abatimiento, una desgana existencial ante tanta estupidez.

Pero siempre nos quedará la literatura. Buena o mala, tiene el efecto salvador de la palabra, y nos cubre con su manto protector.

¡Que sea ella la que hable!

Almejas a la marinera

Y vaya si fue una sorpresa, me acabó contando Elvira, mucho tiempo más tarde, diría que no hace demasiado si nos atenemos a lo que nos toca vivir, cuando ya para nosotros un lustro equivale al año de una persona joven, un joven decíamos no hace tanto. Diego no estaba presente porque, con la complicidad de Elvira, urdí organizar sesiones para que me contaran a dos voces aquella aventura. ‘Qué es eso de tirar tus cenizas para alimento de los peces, acabar como pienso de piscifactoría’, dijo cuando nos reíamos (sin que a mí me hiciera demasiada gracia) con mi muerte en tierras de Suiza.

Hubiera sido digno de presenciar la escena: el hombre en cuestión ha ensayado una aparición teatral, un golpe de efecto, una forma de mostrarse para dejar a los otros asombrados, sin defensas, sin capacidad de respuesta.

—Pero tú qué haces aquí; de qué va esto —Elvira fue la primera en reaccionar mientras Diego permanecía con la boca abierta.

El interpelado avanzó unos pasos hasta que tomó el centro de la habitación para dominar de ese modo la escena. Diego, que en su fuero interno celebraba el encuentro con la joven y bella muchacha, intentó despegar los labios hasta que estalló como un eco amplificado:

—Eso mismo digo yo, Freixido, ¡¿De qué coño va esto?!

—Nada hombre, tranquilizaos —dijo Freixido—; vamos a sentarnos, a picotear un poco, veréis qué almejas me ha mandado mi hermano, y tranquilamente os pongo en antecedentes. Y ante la sorpresa general, exclamó: ‘¡Fina, las almejas!’

De una puerta que sería la de la cocina apreció una mujer de unos sesenta años, que, con diligencia y pericia puso un mantel, servilletas, cubiertos, platos y copas sobre la mesa, y volvió por donde había salido. A los cinco minutos apareció con una aromática, humeante y repleta bandeja con unas, a juzgar por la presencia, exquisitas almejas a la marinera.

Incluida Fina, se sentaron todos a la mesa; Amable Freixido descorchó una botella de albariño.

—Bueno chicos, me tenéis que perdonar, pero todo esto, en fin, lo que os ha pasado, no es más que un montaje para traeros aquí.

Servidumbres de la autoedición

Como sabéis, no hace mucho que salió mi primera novela -publicada; escrita tengo alguna más-. Por diversas causas, y la que luego diré no es baladí, recurrí a la autopublicación en Amazon, autopublicación pura y dura hasta la última coma. Y, qué os puedo decir, la edición es mejorable, no por culpa de ellos, sino mía: cómo me habré metido en este berenjenal. Pero todo se aprende: a hacer constar los derechos y advertencias, a borrar números de página, a editar márgenes e interlineados, en fin, a hacer el libro más vistoso. Y es que estuve en una presentación y, casualmente, el libro presentado era una autoedición de Amazon, pero muy atractivo y bien hecho. Porque, claro, das el visto bueno al documento, y cuando tienes el libro en la mano comprendes el porqué de la corrección de pruebas ¡Jamás pensé que los errores se notaran tanto! ¡Pero si no los veía por más que mirara la pantalla o el papel! En fin, pido disculpas a mis queridos amigos que disponen de esta edición -en compensación les diré que a la larga será la más apreciada-. Yo, por mi parte, estoy muy ocupado trabajando en la mejora. Ah, y una de las razones de haberme decantado por la autopublicación es la comodidad: tendrían los editores que hacer cola a la puerta de mi casa para que considerara decidirme por alguno de ellos; como no vienen…