Algo pasa

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Camille Claudel, Etude. Wikimedia Commons

Como ocurre en los hoteles, y más cuando se trata de una estancia inopinada y de emergencia, la habitación no sugería ninguna diferencia con la suya; nada se había impregnado de la presencia de una mujer. Luisa no había deshecho la maleta, había tomado lo justo y, para el aseo, se servía de los jabones y perfumes existentes en el baño, con lo cual, incluso los olores parecían los mismos. Había que ser muy despistado y poco observador para pasar por alto que Luisa se había soltado el pelo y dejaba caer sobre los hombros una hermosa melena que delineaba el óvalo de su rostro; además, con el aire que da la intimidad de la pieza, se había quitado la chaqueta y lucía una blusa blanca a la que había desabrochado el botón del escote justo para dejar al descubierto el nacimiento de los senos.

Naturalmente, los cambios operados no pasaron desapercibidos al piloto. No te precipites, se dijo, pero tampoco te demores demasiado.

—¿Whisky o cambiamos de bebida? —preguntó Luisa.

—Whisky… ¿para qué cambiar? —dijo él.

Luisa sacó unos vasos, hielo y un par de botellines. Puso los vasos sobre la mesa, el hielo en el centro, y destapó los recipientes con intención de servir el licor. A propósito se agachó ostentosamente y el piloto no tuvo reparo en asomarse a su escote. Brindaron de nuevo.

Fue Luisa quien, en un rapto de audacia, le dijo que no era necesario que pasara calor, que se quitara la chaqueta, y lo ayudó. Se acercó frente a él le desabrochó los botones, con las dos manos separó la pechera y ligeramente metió la pierna derecha entre las del hombre. Él se ahuecó para desembarazarse de la prenda, la arrojó en un vuelo de ave herida y abarcó en un apretado abrazo a la mujer que con tanta decisión había invadido su terreno. Desde ese momento las palabras se apartaron dejando sitio a los actos.

Desde entonces Luisa y el piloto compartieron días y noches en hoteles de media Europa. No podían frecuentar la casa de él por motivos obvios y en la de ella era imposible porque se lo tenían prohibido. Dijo que convivía con su madre y su tía, mujeres antiguas y demasiado estrictas.

El amor se fue haciendo sitio y Luisa disfrutaba, se sentía enamorada de nuevo, al fin y al cabo con esa relación le bastaba; hasta cierto punto tenía su aliciente vivir su vida y tener a quien amar y sentirse querida. Así estuvieron cinco años, pero como se suele decir, cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas. Fina se lo había dicho: Este trabajo es de poca satisfacción y de mucha renuncia. No importa el daño que nos puedan hacer a nosotras, contamos con ello, pero, ay, si nos embarcamos en compromisos, nos atacarán por ahí y será muy doloroso. ¿Y tú cómo te las arreglas?, le preguntó Luisa una noche de confidencias. Me limito a tener una vida privada lo más discreta posible, a no embarcarme en parejas, matrimonio, hijos… A Luisa le pareció muy dura la perspectiva, pero Fina era su tabla de salvación. El golpe había sido muy duro y aquello garantizaba un sueldo y una vida con la cabeza ocupada. Y eso, el diablo no pudo estar quieto.

Una noche, Luisa, que estaba entrenada para detectar los cambios de humor en las personas, descubrió que el piloto andaba caviloso y distraído. Le preguntó si le pasaba algo, si tenía alguna preocupación. Al principio él no quiso estropear el encuentro, pero tal era la zozobra que Luisa no tuvo más remedio que decirle:

—A ti te pasa algo; será mejor que me lo digas, a lo mejor te puedo ayudar.

—No, nada importante creo; una impresión, mi mujer…

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Tiempo de ceniza – Un hotel céntrico

Otro día de plomo. El viento dobla la esquina y clava en la piel sus alfileres. Un camión de riego lanza sus chorros sobre el borde de la calzada y salpica la acera por la que discurren hilos oscuros que arrastran bolsas de plástico, paquetes arrugados de cigarrillos y una jeringuilla sanguinolenta arrastrada por la corriente negra hasta despeñarse por el enrejado del desagüe. Diego saca un cigarrillo arrugado del bolsillo derecho de la chaqueta, enciende una cerilla, aspira una larga bocanada, y mira hacia el cielo gris, rayado por el vuelo de una banda de palomas y enmarcado por las cornisas de los edificios, aún pálidos como láminas de acero.

Suele cruzar las calles sin hacer demasiado caso de los coches, y también acostumbra a frecuentar el bar donde toma un carajillo antes de irse a acostar. Lo entretiene alargar el café cuando se dan cita la noche y el día; husmear, es algo mirón, se asoma a la vida sin tocarla, y busca materiales para las historias que nunca contará. Después, baja sin prisa por las calles céntricas, mira escaparates y le llama la atención la tienda de ortopedia con los bragueros y los brazos articulados, así demora la llegada al pequeño apartamento en el que vive de alquiler.

Pero aquel día era por la tarde y caía una lluvia muy intensa. Fue un aguacero repentino de los que te pillan desprevenido y corres a refugiarte. El bar que frecuentaba estaba cerca y allí se metió. Pidió una ginebra con tónica y mucho hielo y se dispuso a esperar a que escampara. La bebida, los cigarrillos y el atropellado entrar y salir de la gente mojada eran entretenimiento suficiente para una tarde en la que no tenía demasiado que hacer. De dinero no andaba mal pues había cobrado una suculenta comisión por un encargo que hizo fuera de Madrid. Así fue como se reencontró con Blanca, alguien a quien quería de verdad y hacía tiempo que no veía.

 

Se saludaron con aparente frialdad. Caminaron por el andén mirando hacia la puerta de salida, o más al fondo.

—Te veo un poco más, cómo te diría, la palabra no es gordo, pero parece que abultas más, y esas canas —le dijo sin cambiar la vista de dirección— te hacen más interesante. Bueno, bueno, pasan los años, te vas al culo del mundo, precioso, acogedor, agradable, y aparece el bueno de Diego ¿Y a ti cómo te va? ¿Estás bien? ¿Qué haces, a qué te dedicas?

Los dos miraban hacia la misma puerta.

—Tú también estás algo cambiada; no sé, menos niña, aunque no parece…

—¿Qué haya pasado el tiempo? Vamos Diego, no me digas.

Salieron de la estación y Blanca le condujo hacia un pequeño automóvil.

—Llévame a un hotel céntrico —dijo él—, me gustan los hoteles viejos aunque estén reformados; me gusta ir andando a los sitios, ya sabes.

—¿Entonces no te quedas en casa?

Blanca estaba tensa, aunque esa tensión indicaba que el tiempo no se había portado mal con ella. Había engordado como lo hacen algunas mujeres rubias, con una cierta proporción que la hermoseaba a pesar de un ligero descolgamiento facial y unas bolsas incipientes debajo de los ojos; a cambio había ganado en profundidad, su mirada azul era más concreta, y su forma de conducir, decidida, parecía signo de persona acostumbrada a andar sola, sin necesidad de acomodarse al gusto de nadie. Andaba por las estrechas calles de la ciudad a una velocidad que a Diego le parecía de vértigo, hasta que llegaron a una calle más concurrida donde aparcó el coche sobre la acera y le señaló la entrada del hotel. ‘Te espero en la cafetería’, le dijo.