Cogiendo naranjas

Sentada en la mecedora de mimbre mira con ojos ausentes las vigas pintadas de azul que surcan el techo encalado. Mientras, arrima los pies descalzos al calor del tronco de algarrobo que se anima con el crepitar de unas ramas de almendro. Diríase que descansa relajada después de un día de larga faena dedicada a la cosecha de la naranja, pero al mirarla sorprenderemos un leve temblor de boca y el nacer de unas tímidas lágrimas.

 

Bueno, bueno, así es que nos has salido roja. El comisario Comillas corta la boquilla de un cigarro y levanta la vista para mirarla con dureza, No sé qué coño queréis los niños bien. Hace un nuevo esfuerzo para sostenerle la mirada sin que sus ojos trasluzcan asomo de miedo o inseguridad. Lo mira pero no le contesta, Tienes suerte; tu padre tiene amigos; yo lo hago por él, que te conste ¡Si por mí fuera a todos los comunistas de mierda os mandaba al paredón! O a trabajos forzados, a eso os mandaba yo, vagos de los cojones ¡A trabajar, eso es lo que os hace falta! ¿Oyes? yo no me corto contigo: tú no eres una señorita. Y a todo esto, ¿qué tienes que decir? ¡Contesta, joder!

Una semana antes el comisario Comillas recibía una llamada de jefatura. Que si podía averiguar algo de la hija de Santisteban, que había desaparecido; que Flori estaba descompuesta; que sospechaba que andaba en líos de comunistas y eso. No le costó trabajo encontrarla. Sólo tuvo que llamar al famoso inspector que trabajaba a sus órdenes directas, Apañarla un poco y subirla a mi despacho ¿No se os habrá ido la mano? Por esta vez vale con un buen susto.

 

Más que los golpes dolían las vejaciones, Puta, me decían, ¿con cuántos te acuestas? Ahora te vas a enterar de lo que es un hombre. Y me hacían desnudarme, y miraban mi cuerpo con una suciedad torva que jamás podré olvidar. No, no se tapaban la cara, sabían que no era necesario, que nunca tendrían que pagar por ello. Hay que olvidar, dicen… Cabrones…

La luz de la lámpara cae sobre dos cuerpos desnudos. Ambos fuman y de vez en cuando echan un trago de ron a palo seco, Ahora estoy bien aquí contigo. Es muy duro saber que eres una apestada para quienes hasta hace poco eran tus amigos, tus compañeros, tus camaradas. Pero no dije nada, no hablé. Si vieras al hijo de puta de Comillas; el tío baboso alabando su amistad con mi padre y al mismo tiempo insinuándose, Tú eres gilipollas -decía-, con lo bien que te lo podías hacer si quisieras. Los policías no somos tan malos como cuentan. Defendemos lo que ganamos a pulso, joder. Sabemos mucho y tenemos agarraderas. Dicen que si se muere el abuelo esto va a cambiar, pero a nosotros no nos joden. Ay, niña, con lo bien que te lo podías montar con nosotros.  Ahora sales y haces que todo siga igual. Nos cuentas cosas, ya sabes. Lo de ahora no ha sido nada, muñeca, un aperitivo. Mira, a ese con cara de niño lo he tenido que sujetar. Cuando lo dejo suelto, y no siempre lo puedo controlar, no sabes lo que es capaz de hacer. Tu padre, qué suerte tienes; pero si no colaboras, ¡ni Santisteban ni hostias! Así toda la mañana y luego me decía que con lo joven y guapa que soy. De todas formas, añadía, ya sabes que todo lo puedo tomar por la fuerza, Pero no colaboré, jamás tuve nada que ver con ellos. Fue muy doloroso lo que hicisteis, bueno tú no: creo que nunca dejaste de creer en mí. Fue el niñato ese que vino de Alemania ¿Te acuerdas? Al principio se me apartó y yo lo entendí: estaba quemada; siempre he comprendido eso. Pasó el tiempo, murió el innombrable, todo cambiaba. Ya les era más difícil raptarme, o habían perdido el interés por mí; y vino ese rubiajo de mierda. Y a vosotros se os abría la boca ¿Recuerdas? Pero qué gilipollas éramos. Armas, revolución, mierda. Y la María, Cuidado con ese que es policía; y vosotros, Que va, qué va, si es un tío muy majo, lo que pasa es que no veis más que brujas. Menos mal que hubo quien se lo tomó en serio e investigó, si no yo, terrorista ¡Si soy incapaz de matar una mosca! Pero el hijo de puta os envenenó. Que si yo era una infiltrada; y os lo creísteis a pie juntillas ¿No me conocíais? Aguanté hostias, vejaciones, insultos. Soporté el vacío de más de tres años, y lo comprendí. Para acabar como chivata. No sé cómo os miro a la cara.

 

La noche avanza lenta. Una suave y húmeda brisa cargada de azahar penetra por la rendija abierta en la ventana meciendo con suavidad las leves cortinas. El fuego chisporrotea y la mujer se inclina lentamente hacia adelante para pasar las manos sobre los fatigados pies. Su mirada se pierde en el fondo del fuego. Bajo un amplio ventanal hay una mesa grande donde quedan platos con restos de comida y una botella de vino casi terminada. En el centro, un cenicero repleto de colillas. En el ambiente se respira un fuerte olor a hachís. De arriba bajan susurros y risas. Sobre una silla, y desparramadas por el suelo, se ven ropas de hombre y de mujer.

 

Enero de 1985

Anuncios

Carrillada de ternera

Amelia entró como un torbellino. Con pasos decididos fue hacia doña Rosa y le estampó dos besos de los que alegran el día: todo era tan igual. Y sin embargo doña Rosa había sorprendido esas ojeras tan hondas, como lo fue su preocupación: nunca la había visto así. Llevó la mochila al cuarto donde se cambiaba, volvió a la cocina y se sentó a la mesa. Doña Rosa no quiso entrar en brusquedades, ya tendría tiempo de verla, observarla, con cualquier pretexto.

Sí, decididamente a esta chica le pasa algo ¿Será mal de amores? ¿Una desavenencia pasajera? A lo mejor un disgustillo de esos que la juventud tanto agranda. Se había afanado para preparar un buen menú: una buena ensalada, croquetas de jamón y gambas al ajillo; y como plato fuerte, carrillada de ternera al chocolate. Amelia se dispuso a prestarle ayuda y la echó de la cocina, Anda, anda, déjame; tú a lo tuyo; si es que me aturullo si hay alguien conmigo.

¿Habrá notado algo? Seguro que sí; menuda facha, le dijo al espejo del lavabo mientras lo limpiaba… Dejar los estudios, ¿por qué? ¿Qué tiene de malo? No, si no pienso dejarlos ¡No pienso dejarlos! Pero él me lo pide; bueno, tanto como pedir… más que un ruego parece una orden. Mira con lo que sale; ahora celoso; vamos, que si alguien me lo dice lo mando bien alto… Bueno, que se preocupe, que sepa lo que valgo. Vuelve a mirarse en el espejo y sorprende una expresión sombría. No, no, qué va, mi Aitor no es como el Artur, ni mucho menos; Hay que ver a la Choni con las gafas de sol… Con lo de siempre, que si se ha caído o se ha dado con una puerta; a ver, qué va a decir. El caso es que llega con el Artur, con las gafas de sol, la chupa de cuero, tan pegada a él, tan cariñosa… Pero a mí no, ni se le ocurra… No, mi Aitor no es de esos; ya se le pasará.

Amelia vierte un buen chorro de lejía con detergente en la taza del inodoro, mira los azulejos, el espejo, los sanitarios, la mampara, el suelo, y les da el visto bueno.

Aquí, en la mesa de la cocina, como si fuera de la familia, ¡cuernos! ¿A quién tengo yo más que a ella? ¿Quién me cuidó cuando la gripe? Y bien atendida que estuve. Porque Gonzalo ni se enteró; cuando me quiso llamar ya estaba mejor y, ¿para qué preocuparle? Está tan lejos… Se hará maestra, y entonces… entonces me quedaré sola del todo, con el cariño que la tengo… ¿Qué le habrá pasado?

Enrique, el carnicero, la deshuesó y limpió, ¿La hago filetes o la troceo? le preguntó y ella le dijo que no, que no pierda el jugo, le dijo. Luego, ya en la cocina, en la olla exprés depositó la carrillada entera, un par de hojas de laurel, una cebolla troceada en cuartos, un pimiento seco, dos o tres dientes de ajo, unos granos de pimienta negra, y añadió agua y un puñado de sal, todo en frío. Cerró la olla y la puso a fuego vivo hasta subir la presión; bajó el fuego a la mitad y la dejó cocer durante media hora. Después, sacó la carne de la olla y la colocó en una fuente. Así hasta el día siguiente.

Doña Rosa trocea la carne y la deposita en una cacerola; aparte, en una sartén sofríe media cebolla picada y tres o cuatro dientes de ajo; luego, añade una cucharadita pequeña de maicena y medio cubito de caldo de carne, Ay, Dios mío, ¿le gustará? Estoy perdiendo la mano, no sé… Ve dorado el sofrito y añade el vaso de vino tinto que había dispuesto; lo mezcla todo, aparta la sartén del fuego y añade el chocolate que previamente ha deshecho en un vaso con el caldo de la carne. Todo lo pasa por la batidora y prueba la salsa. No está nada segura; tiene el mismo miedo de la primera vez, cuando se la hizo a Raimundo y a su madre. Había aprendido con Rosario, la cocinera, ¿por qué nunca conseguiré el gusto que ella le daba? Vierte la salsa en la carne y pone la cacerola en el fuego; antes, espolvorea un poquito de pimienta blanca. A fuego lento y moviendo la cacerola de vez en cuando, está  muy atenta a que la salsa merme hasta encontrar el punto.