Vivir con una mata-hari

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Greta Garbo en “Mata-Hari”, 1931

No quise pedirle explicaciones, no me atreví. Si algo te oculta, allá ella, no vas a dejar por eso de quererla. Te dirá que lo hizo para protegerte.

—¿Quieres que continúe? —me preguntó al percatarse de mi confusión.

—Sí —le contesté— ¿Por qué no? Ya puestos, quiero saberlo todo… Así que les dijiste que colaborarías con ellos…

—No sólo se lo dije —prosiguió—; me dispuse a entrar en aquello con todas las consecuencias. Me dije: ya que vendes el alma al diablo, que sea al precio más alto.

—Y tenías que poner en suerte a un tío, según sus palabras…

—Sí. Con ese asunto me inicié. No estoy orgullosa, pero no creas, tampoco me arrepiento; no me costó demasiado tomarlo como un trabajo, solo eso, un trabajo.

Creo que a Elvira le divertía mi embarazo; me conoce demasiado y sabe por mi respiración, por el tono de mi voz, incluso por el sudorcillo que me hace pasarme el borde de la mano por la frente, sabe que estoy azorado, incómodo ¿Cómo no me di cuenta?

—¿Cómo fue? —le pregunté para tomar aire.

—Duro, laborioso, canalla; así fue.

—Quiero decir —aspiré con estrépito y Elvira me tomó la mano divertida—. Quiero decir que me lo cuentes: quién, cuándo, cómo, dónde, ya sabes.

—Ya, ya… A eso voy. Pero, cariño, esto va a ser largo y habrá que tomar algo, hacer algo, descansar… Además, hijo, no me aturulles… ¿Tendré que pensar lo que digo?

¿Estaré perdiendo el hilo? ¿Acaso la razón? ¿Un juego que se me va de las manos? Cómo me vería para decir que paraba. Me comía la curiosidad, pero se lo agradecí ¿Qué vendrá después?

Abrimos la caja de Pandora y ya no paramos. Esa noche nos dimos una tregua. Cenar en casa o salir por ahí, cambiar de ambiente, tomar el aire, ver gente.

En el barrio hay un bar donde siempre hay alguien conocido, nada mejor que la charla, unas cervezas, unas tapas, y ganar la euforia suficiente para quitar hierro a los asuntos, ver el lado cómico que mueva a la risa. No quiero sufrir, quiero a Elvira por muchas atrocidades que haya hecho, nada cambia, incluso, a buenas horas, el morbo de no saber, de compartir un pedazo de tu vida con una mata-hari.

—¿Salimos a tomar un bocado? —le pregunté.

—Sí, claro, así te da el aire —me contestó.

La calle nos acarició con mano fría y recorrimos en silencio la distancia que nos separaba del bar. Entramos al calor del establecimiento, el televisor gritaba, ¿Siempre había sido así? Se lo pregunté a Elvira, me miró extrañada y me dijo que sí, siempre ha sido así de cutre, me dijo.

—Lo único, los calamares —añadió—; si no fuera por eso…

Nos sentamos en una mesa lo más alejada posible del ruido del televisor, y no tardó en aparecer la hija del tabernero, una joven de pantalón negro y camiseta también negra con el nombre del bar, con los brazos tatuados, media cabeza afeitada y la otra media con media melena teñida de morado, con piercings en labios, orejas y nariz.

—¿Qué tomáis? —preguntó blandiendo un blog y un bolígrafo.

—¿Tenéis calamares? —Elvira puso su mejor sonrisa, insuficiente para conmover ni un músculo de la cara de la chica.

—Sí, ¿qué os pongo? ¿Una ración? ¿Una tapa?

—Una tapita —contestó Elvira con un diminutivo— ¿Y esa oreja tan rica?

—¿Una tapa también? ¿Y para beber?

—Cerveza; para beber, cerveza —continuó Elvira.

La chica escribió en el bloc como si tomara una nota taquigráfica.

—Enseguida —dijo—. Se guardó el bloc en un bolsillo trasero del pantalón; en el otro llevaba el móvil. Salió andando como a saltitos hacia la cocina y Elvira sorprendió mi mirada.

—¿Mejor? —preguntó con picardía.

La chica volvió con un paño mojado, lo pasó sobre la mesa dejando surcos de un líquido con olor a fritanga y cerveza.

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La oferta

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Adolphe Appia, Boceto.

»Aquello me dejó helada: se intensificaron las sensaciones desagradables: frío, olor a cerrado, silencio ¿Qué pretendían?

»—Freixido —exigí sin convicción a quien veía tan sumiso y callado— ¡Ya está bien la broma; llévame a casa!

»—No, querida Elvira, no es una broma —el tal Artaza cambió el tono de su voz para hacerlo más severo—; esto es muy serio ¿Verdad Luisa?

»Otro número, otro golpe de efecto; no sería una broma, pero Luisa tuvo una aparición teatrera. Entró en escena a la voz de Artaza. Desde el pasillo y ya en la puerta, a mi espalda, se le oyó decir:

»—Muy, pero que muy serio, querida; y no te puedes negar.

»Me puse de pie, me giré, me acerqué a ella para estar a su altura, ensayé un contoneo con la copa en la mano, levanté la voz:

»—¿Por qué? ¿Qué me vais a hacer? ¿Acaso matarme o hacerme desaparecer?

»—No, mujer, no… Díselo, Braulio —dijo con una sonrisa no niego que encantadora.

El interpelado carraspeó ligeramente:

»—A esta hora, como sabes, en Miraflores está tu amigo Álvarez con dos de nuestras colaboradoras. Si todo va como pensamos, se sentirá un hombre feliz y afortunado, incapaz de imaginar lo que lo espera si tú no colaboras…

»—Así que, por su bien y el tuyo, mona —prosiguió Luisa—, harás lo que te digamos ¿Cómo sabremos que cumplirás? Muy sencillo, si no te lo ha dicho Braulio, te lo digo yo, te vamos a hacer una oferta que no podrás rechazar; vas a vender tu alma al diablo, ya lo verás… Adelante, Braulio.

»Luisa estaba dando toda una lección de dominio escénico: dura, suave, persuasiva, sarcástica y, sobre todo, convincente; no me cupo la menor duda de que iba en serio. El tal Braulio volvió a llenar las copas y se sentó en el sillón que estaba libre.

»—¿Quién no es ambicioso? ¿Quién, en su carrera, no quiere llegar a lo más alto? Usted, Elvira, nos consta —dijo mirando a Freixido—, lo quiere todo en su profesión ¿Me equivoco? —sin esperar respuesta prosiguió— Nosotros nos ocuparemos de ello, de que usted llegue a lo más alto. Tendrá primicias, exclusivas, entrevistas, facilidades con las editoriales… Todo eso lo tendrá ¿A cambio de qué? Se preguntará. Ya se lo digo: a cambio de información y de hacer para nosotros cosas que no podemos hacer, por ejemplo, poner en suerte a un hombre al que no podemos llegar, pero con su ayuda… Con su ayuda lo tendremos.

»Iba a protestar  cuando Luisa, en perfecta coordinación con su compañero, intervino sin darme tiempo a abrir la boca:

»—Hazle caso, te conviene, ya lo creo que te conviene; de lo contrario… Y no temas por los escrúpulos, esos los tenemos todos, ¿verdad Freixido?, pero luego se van. Además, por si te tranquiliza, alguien tiene que engrasar la máquina para que funcione.

 

—No te puedo decir ahora, créeme, si fue el miedo a sus amenazas o la ceguera de la ambición…

—¿No serían ambas cosas? —le pregunté conmocionado y por decir algo.

—Sí, claro, sería por ambas cosas, el caso es que me rendí y les dije que colaboraría con ellos.

Te hablaré de Luisa

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Paul Klee, El caballero negro, 1927

De toda esta historia, convencido de que Elvira no me iba a contar su versión, aunque no acostumbraba a cerrarse en banda, me interesaba Luisa.

—Háblame de Luisa, lo que sepas, tus impresiones, lo que me pueda servir. Te prometo que seré cuidadoso.

—Mira que eres terco. Bueno, prepárate para lo que te voy a contar.

Me lo dijo con un tono que sonaba a advertencia; ese “prepárate” me puso tenso y pensé que no sabía de la misa la mitad. Me dijo que antes de empezar quería saber lo que me había contado Diego.

—Bueno, no está mal como cuentecito —dijo cuando le hice un resumen—. No está mal lo del bolso; fue así, pero hay más.

»Efectivamente, el bolso contenía un buen fajo de billetes y una pistola, pero no fue la curiosidad lo que nos llevó donde se nos indicaba; fue el miedo. ¿Miedo de qué?, te preguntarás. Y ahí va la respuesta: miedo porque en la nota se nos decía que la única forma de deshacernos de ella, de la pistola, y de disfrutar de los dólares era, precisamente, la de acudir a la cita que nos proponían. Porque no fue nuestra perspicacia investigadora la que nos llevó al piso donde se celebraba una extraña reunión, en realidad un montaje. Tampoco creas que me mezclé porque me lo pidiera Diego o me diera por inmiscuirme, no, qué va, fui porque en la nota se decía con pelos y señales quién era yo y que era imprescindible mi asistencia.

»¿Por qué dinero y por qué una pistola? El dinero, naturalmente, como elemento corruptor, como si dijeran: «¿Ves esto? Pues hay mucho más». La pistola, como elemento disuasorio: «Os vigilamos y obra en nuestro poder un arma que, vaya usted a saber, de qué crímenes habrá sido instrumento». Así que no tuvimos más remedio que acudir con intención de desentrañar el misterio y librarnos de una amenaza ¡Qué ingenuos e ilusos!

»Acudimos donde nos dijeron y nos encontramos con el montaje que conoces, en eso el relato de Diego no difiere del mío: el piso y la tal Luisa, Miraflores, Freixido, la tal Eugenia, la tal Fina…

»El cuento de la revista estuvo bien, también la comida y la sobremesa, no se puede decir que no fueran amenas, bien servidas y regadas, pero la sorpresa me la llevé yo cuando me quedé a solas con Freixido.

»Salimos para Madrid y yo iba tan confiada, le pregunté sobre la mejora y la dinámica que cobraría la revista, y me planteaba cuáles serían las ventajas. «Has sido lista —me dije—, apenas te has comprometido y puede que de una vez despegues».

»Freixido, con su proverbial simpatía, hablaba y hablaba, y, cuando quise darme cuenta, el coche se lanzó hacia la carretera de Valencia. «¿Dónde vamos?», le pregunté. Y me contestó: «No temas, no pasará nada, pero tenemos que hacerlo; toma, ponte esto», y me largó una capucha de un tejido negro y espeso. No me dio tiempo a protestar: me conminó a ponérmelo y me dijo que era peor resistirse. «Confía en mí; algo te tiene que costar; anda póntelo; no me obligues a hacerlo». Siempre pensé que Freixido era un blando de esos que no tienen ni media hostia, pero había algo en su voz y en su expresión que me dio miedo, parecía otro, lo creí de veras capaz de hacerme daño, descubrí de pronto a un tipo capaz de ejercer una violencia infinita. Me quedé helada, literalmente de frío, se me cortó la respiración y tuve miedo, mucho miedo. Se había hecho completamente de noche, de modo que nadie me veía encapuchada porque, ya lo habrás adivinado, me puse la capucha y deseé con todas mis fuerzas que tuviera razón, que nada me pasaría.

No me vengas con esas, Luis


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Henri Matisse – Odalisca con ropaje amarillo y anémonas, 1937

Porque te meterías en un berenjenal, dijo. Y añadió:

—Tú y los demás. Insisto: no sé exactamente qué te habrá contado Diego, como si no supiera el peligro que corren los hechos al arbitrio de tu mente calenturienta —dijo con enfado.

—¿Tan inconfesable es todo? ¿Tan peligroso?

—No, tonto, todo se puede contar, siempre que no vea la luz.

—Acabáramos —dije con una mezcla de sorna y enfado—. Demasiado sabes que mis apuntes y escritos jamás se publicarán.

—Alto, Luis, no tan rápido; sabes perfectamente que cualquier material sirve para montar un escándalo; hoy tiene una salida preferente.

—Que te lo digan a ti…

—No me jodas, Luis, no me vengas con una puñalada trapera, precisamente tú ¿Qué tiene que ver la información con estos melodramas morbosos?

Decía esto y se le agitaba la respiración, se le abrían las aletas de la nariz, se le incrementaba el brillo de los ojos. Algo la agitaba; proseguí sin ningún tacto:

—No me jodas tú; no pretendo ahondar en hechos que no quieras que se sepan, no es eso lo que quiero. Como no has leído lo último que he escrito no sabes que prefiero entrar en los motivos, en los impulsos. Y es verdad, Luisa me interesa, es mi personaje favorito.

—Aquí todos somos personajes, querido mío; tú también lo eres, y por lo que veo te importamos un pimiento. Mira que sacar partido de un par de anécdotas.

—Mujer, no creo que sea una anécdota comprometer así la revista ¡Y a mis espaldas! ¡Como un tonto útil!

—Anda que no hemos hablado; no sé cómo te pones así —se le fue ablandando la tensión— ¿Quién se aprovecha? ¿Te parece poco unos años de florero, meternos en una publicación sin futuro? Ahí Freixido estuvo listo; le sacó a su paisano la supervivencia…

—¿Por qué me tuvisteis al margen?

—Porque no hubieras tragado; con el tiempo has ganado en cinismo, pero entonces eras el más puro de la peña, así que no te quejes, fue una buena decisión. En cuanto a lo que vino después, mira, cada cual ha trepado lo que ha podido; y no nos va tan mal.

—Diego me dice que se hizo espía; tú también; también te hiciste espía, quiero decir —Ahora era yo el que estaba de los nervios.

La carcajada sonó en el salón con toda su amplitud. Elvira, relajada, reía como ella sabe hacerlo, agitando el cuerpo con una buena carga sensual.

—¿Espías nosotros? ¿Pero qué me dices? Vaya un Diego, qué cosas tiene.

—Sí, sí, qué cosas tiene, pero Eugenia, Luisa, Josefina existen, las conocéis, habéis tratado con ellas, sobre todo Diego, y de qué forma.

—Claro, Diego era una tapadera, se dio cuenta y se aprovechó. Diego era ¿Cómo te diría? Como un Macguffin para justificar, para hacer ver que se hacía, para rellenar partes e informes con los que justificar actividad, para despistar. En cuanto a Eugenia, deberías saberlo, nuestro querido Diego es un enamoradizo impenitente, pero no me digas que no son bonitas sus historias de amor.

—En eso no estoy de acuerdo; de amor sí son las historias, pero sale escaldado, lo de Elisa, por ejemplo…

—A Elisa déjala; es como es, y Diego lo sabía.

La tranquilidad, de forma paradójica, la había agitado hasta tal punto que se había metido de lleno en la conversación que al principio trataba de eludir. Saqué una botella de aguardiente y le pregunté si quería un chupito.

¿Y si fuera un juego?

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Willem de Kooning, Sin título (1966-7)

—Entonces pensé: Si se sirven de este método, el asunto del que ya nadie habla bien pudiera ser un cuento, un montaje, una ficción.

—Hombre, resultado da —le dije entre risas—; hasta han hecho una película. Y lo tuyo, ¿dio mucho de sí?

—El asunto, amigo mío, tiene sustancia. Algún dinero saqué.

»Lo gracioso era que daban por bueno cualquier disparate, aunque no era fácil, dada la gravedad, contar historias inocuas, circunstanciales, sin apenas trascendencia. Creo que para ellos era una forma de justificarse. Me imagino a quien mandaba de verdad diciendo: ¿Y eso es lo que hay? ¿En esto gastamos el dinero?

»Claro que me aproveché; fue como un desquite. Pensé: No caigas en el señuelo; esto es un juego; saca todo el partido que puedas. Creo que mis relatos absurdos eran chorros de tinta de calamar.

»Eugenia me exigía datos, nombres, fechas, sitios, y yo le componía relatos ambiguos y nebulosos; quienes eran o pudieran ser no estaban suficientemente caracterizados para ocupar una casilla. Eugenia leía mis informes siempre con una sonrisa, la misma sonrisa. Levantaba la mirada, enarcaba las cejas, y me preguntaba: ¿Este quién es?, No estoy muy seguro, le contestaba, por eso no el pongo nombre, por eso lo señalo con pronombre ¿Y si me equivoco?

—Veo que nos tomas por gilipollas —me decía sin dejar de sonreír—. Queremos saber, sólo saber; no intervenir, nunca intervenimos; no se lo vamos a contar a nadie, es para nosotros, antes de que caiga en peores manos. Por cierto, ¿Crees que los que te rodean son de fiar? ¿No crees que alguno estará tocado?

 

—¿Me metiste en alguna de tus historias? —Le pregunté picado.

—No exactamente; no eras el tipo que necesitaban.

—No exactamente, pero de algo te serviste…

—Todo me servía. Eugenia me pedía nombres, me preguntaba por personas en concreto, si había oído algo que les relacionara con los hechos de que tanto se hablaba, tan presentes entonces en la prensa; en cualquier caso, me pedía mi opinión. Y yo jugaba al juego porque así estaba con ella y hacía durar el cuento.

—Pero no te fiabas de nadie, ¿por qué?

—Porque no, ¿acaso alguien podía fiarse? Acuérdate de aquel que apareció largando cuando todo estaba tan confuso: era un juego de todos contra todos.

—Y tú, encima, trabajando en el lado oscuro.

—Llámalo como quieras.

—Y Elvira, ¿supo algo de esto? ¿Acaso te echó una mano?

—Claro que me ayudó; y yo a ella. Deberías saberlo, siempre fue así.

No por esperada, aquella confesión dejó de dolerme. Me sentí como un cazador cazado. Me adentraba en asuntos oscuros de la vida de Diego y los hechos se volvían en mi contra. Diego y Elvira, Elvira y Diego jugando a los espías a mis espaldas, traficando con la información y el dinero en una operación poco clara. No estábamos en el centro de la tormenta, pero por nuestra modesta oficina pasaban desmentidos, declaraciones, alusiones, análisis, todo un maremágnum de ruido y confusión, y por si fuera poco, mi amante haciendo juegos de espías.

 

»Ya sabes cómo se resolvió todo. De mi paso por ahí saqué una enseñanza muy provechosa: el uso caprichoso de la información, la irrupción en asuntos y en vidas tan abrupta como azarosa y, fundamentalmente, la banalidad de tantas acciones, sometidas a las conveniencias de los centros de poder, tan interesados en hundir reputaciones como en abandonar sin explicación plausible cualquier objetivo aparente.

—No, Diego, en algo te equivocas, me lo imagino, pero no sé cómo fue.

 

No sé si arrepentirme, creo que sí, claro que me arrepiento de haber puesto este asunto en marcha, a cada momento me aparece un nuevo pesar ¿Acaso podía imaginar el alcance? Uno tiene una sospecha, imagina algo, pregunta, y le descubren una colección de intrigas ocurridas ante sus narices, de las que es posible que nunca se hubiera levantado el velo. De pronto deseé que Diego se fuera y me dejara de contar. Quise estar con Elvira, hablar con ella, pedirle explicaciones ¿Acaso me las debía? Claro que me las debía; el diablo ya lo tenía dentro, necesitaba oír su relato, compararlo, ver hasta qué punto estaban conchabados. Mi curiosidad se había vuelto perniciosa. Me costaba dormir. Imaginaba la escena que tendría con ella, mis palabras y las suyas. De ahí pasaba a sentirme ridículo, lo vas a estropear todo, me decía, años de amistad y convivencia. Y me mortificaba pensar que Elvira se burlara de mí, se preguntara, ¿Este es el pusilánime con el que me acuesto?

Abro la caja de Pandora y pago las consecuencias ¿Y si todo fuera un invento de Diego para seguirme la corriente? Porque le podría decir: Ya sé que todo lo que me cuentas es mentira, que se trata de un juego, nada más, pasto literario para que escriba y escriba. Y que él me conteste que tengo razón, que no hay nada, que la vida real es pedestre y anodina.

Eso es cosa tuya

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Clyfford Still – PH-950, 1950

Hablar de lo pasado, de lo sufrido… no, no era cuestión de ponerse melodramático, todo estaba claro. De todos modos, otra vez lo venía a soliviantar, aunque, ¿para qué lamentarse? Habrá que ir a lo práctico, inquirir sobre el motivo que los había vuelto a juntar, saber a qué atenerse. A tomar por culo, pensó ciego por el despecho. Hemos jodido, no ha estado mal, y ahora me quiere liar. Que se vayan a la mierda ella y sus manejos. Miró a Eugenia con fijeza, las manos, como garras, se anudaron a sus brazos presionando hasta hacerle daño…

—¡Y ahora! ¡Para qué me quieres ahora! Gritó sin levantar la voz.

—No te excites, cariño, no hace falta que te excites —le dijo una Eugenia profesional que no dejaba traslucir ni un átomo de emoción—. Te hemos llamado así porque de otro modo no hubieras acudido; y te necesitamos. Es un trabajo, sólo eso; ningún riesgo; te pagarán bien y a otra cosa.

No pasó por alto ese “Te pagarán bien”. Eugenia no se incluía, no dijo: “te pagaremos bien” ¿Hasta qué punto mantenía la distancia? Quiso creer que no estaba alienada por el sistema al que servía, que únicamente se trataba de una relación distante, motivada por el dinero y el gusto por hacer algo fuera de lo ordinario.

»Cuando te hablo de estos asuntos espero, creo que me conoces, que el dinero no era mi primera pretensión. No te voy a decir que un buen sobre libre de impuestos venga mal; la tela viene bien para vivir y satisfacer los caprichos, pero hubiera preferido recuperar a Eugenia, aunque yo sea el primero que piense que soy uno de tantos gilipollas que pululan por ahí.

De lo que he visto y de lo que me cuenta concluyo que la vida de este hombre está marcada por la influencia de tres mujeres, que no hicieron de él tres hombres distintos; aún me asombra su hermetismo contradictorio: Diego no es precisamente taciturno y misántropo.

»Le dije que ya no fumaba hierba, que me había dejado de apetecer. Lo que no le dije fue que echaba tanto de menos los petardos cónicos y apretados que me hacía con Elisa, que no me quedaron ganas de volver a intentarlo hasta la noche de mi reencuentro con Blanca.

»Eugenia dejó de hacerse la remolona y entró de lleno en el asunto.

—¿Tú sabes la que hay liada por ahí arriba? No, no te envares, no hay ningún riesgo para ti; sólo información, eso es lo que queremos —Esta vez se había incluido.

—¿Qué queréis que haga?

—Algo muy fácil, ya te lo he dicho, informarnos, sólo eso.

—Pero, ¿qué tipo de información?

—Pues eso, lo que oigas; las palabras que digan, sin cambiar ni interpretar, y un breve comentario.

—Tengo que saber algo más para considerarlo.

—Es justo —dijo Eugenia—. Si tienes algún escrúpulo, me lo dices; pero no temas. Sabíamos que pondrías objeciones de índole ética, pero te aseguro que no vas a perjudicar a tus compañeros; al contrario, queremos información porque todo el mundo la tiene, y la hay buena y muy mala, según se mire; nosotros las queremos tener y controlar, para minimizar los daños, que serán grandes, no te quepa la menor duda.

—Por cierto, aunque lo sé, quiero que me lo digas, ¿quiénes sois vosotros?

—Nosotros somos nosotros, pero estamos del lado bueno, fíate.

—¿Cómo quieres que me fíe? —pregunté con violencia.

—No vuelvas por ahí, Diego, no vuelvas por ahí —se puso muy seria—; yo también lo pasé mal, no sabes hasta qué punto.

—Bueno, supongamos que me interesa —le dije para abrir así la posibilidad de colaborar.

—Pues haremos lo de la otra vez; con diferencias, claro, con diferencias.

—¿Cuáles? —le pregunté porque no quería eludir lo nuestro, ni que ella lo hiciera.

—La primera es que actuarás solo.

—¿Y la segunda? ¿Cuál es la segunda?

—La segunda es consecuencia de la primera: no estaremos juntos: cuando tengas algo que contar, llamas a este teléfono. Ya sabes, memorízalo y rompe el papel.

—¿Y si me invento historias y te llamo por verte?

—Eso es cosa tuya.

No, Diego, no; ya no

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Edvard Munch – Dos seres humanos (Los solitarios) (1905)

Diego y Eugenia se quedaron solos. Se hizo un silencio denso y tirante. Sólo se movían para dar un sorbo de cerveza o para fumar. Se miraban de hito en hito y bajaban la vista. Pasados unos minutos que parecieron horas, Eugenia rompió el silencio:

—Te tendré que decir lo que queremos de ti.

—¿Por qué no me lo cuentas en mi casa? —Diego preguntó con tristeza.

—Porque no sería bueno —le contestó Eugenia con suavidad.

—¿Por qué no sería bueno? Para mí sí lo sería; y creo que para ti también ¿Acaso crees que no te conozco? ¿Qué no sé interpretar tu mirada? ¿El temblor de tus labios?

—Precisamente por eso, Diego, precisamente por eso.

A Diego no le pasó desapercibido el titubeo de Eugenia, la falta de firmeza de sus afirmaciones. Cuántas veces nos hemos esforzado para evitar repetir aquello que se dejó, por volver a la querencia de lo placentero y bueno aunque se volviera maligno, en decir lo contrario de lo que se piensa y siente. Quien nos conoce distingue lo que escondemos. Hay un hilo delgado que rompe la resistencia o fortalece y cierra la boca de quien no quiere hablar. Hay en los amantes recorridos conocidos, caricias exclusivas, reconocimientos, barreras dispuestas para caer, o levantarse y hacerse infranqueables. Todo eso lo sabía Diego; también Eugenia. Había que tocar un punto sin lugar para el equívoco y le tocaba a él pulsarlo. Recordó la mañana en que Fina los dejó en Reina Victoria ante los edificios Titanic, el paseo de Santa Engracia, el taxi… Podía haber pensado que las personas cambian, que hay momentos únicos e irrepetibles, porque lo que fue un instante luminoso deviene en un fracaso, en un triste calco. Pero no lo pensó. Durante un minúsculo intervalo, pensaron en lo mismo, cuando se volvieron locos, pero no hubo sincronía, cuando Diego pulsó la tecla, el ángel había abandonado los dominios de Eugenia.

—¿Por qué no hacemos como entonces? —preguntó Diego y le tomó la mano.

—No, Diego, no; ya no —contestó ella.

 

»El tiempo es implacable. Lo que fue una conjunción perfecta pasó a ser un compromiso triste, un ejercicio de nostalgia compensatoria. Cuando me dijo «No, Diego, no; ya no», la tristeza se le escapaba por todos los poros, aunque sus palabras, su expresión y su rostro certificaban lo que se rompió el día que desapareció de mi vida.

Me sentí incómodo y se lo dije.

—¿Por qué? —me preguntó.

—Porque estaba convencido de que éramos amigos —le dije—. Tanta conversación, ¿para qué? Resulta que ha tenido que pasar el tiempo para que ahora me lo cuentes.

—Me parece que eres injusto —me dijo— ¿Qué sentido tiene que te tuviera al corriente de una actividad clandestina? Incluso te hubiera perjudicado. Si lo piensas bien, no me he portado tan mal, no te he obligado a decidir tus fidelidades. Por otra parte, me consta, lo que yo podía decir, que era bien poco comparado con lo que salía de otras fuentes, era mera información que no se llegó a utilizar.

—¿Estás seguro?

—Bueno, uno nunca puede estarlo. El que parecía mi objetivo desde luego que no, digo que no me consta que se actuara contra él, que más tarde, como te contaré, reaparece; diría que siempre fue un tío inquieto. Y te adelanto, creo que te sorprenderá, el papel que desempeñó en la nueva etapa.

No me sorprendió, pero esperé a que me lo contara; no me anticipé por no desvirtuar el discurso, por no obligarlo a improvisar, responder o defenderse; a olvidar con el apremio los detalles que traería pensados.

Elisa, qué mujer tan extraña

Elisa, qué mujer tan extraña. Apenas la conocí. Recuerdo la noche en que Elvira nos la presentó, aunque confieso que me hago un lío; Elvira dice que yo no estaba, Diego cree que sí, y Elisa no me recuerda en su relato, al menos no se refiere a mí de ninguna manera, aunque, lo que es más seguro, fui para ella transparente; bien mirado, y a decir verdad, sólo tuvo ojos y sentidos para Diego, así que no me extraña que no me mencione. Lo que me extraña es que Elvira sea tan tajante; se burla de mí, seguro que se burla de mí. Qué intensa su relación con Diego, digo la de Elisa. Apenas salían. Nadie salvo Elvira tuvo amistad con ella. Vivía completamente retirada, absorbida por su trabajo, ausente de todo contacto social. Es una relación que, a diferencia de otras, Diego no quiere contar. Incluso ahora que lo sabemos todo, al menos lo que ella dice, Diego no nos deja entrar en su parte. En el relato en el que salgo difunto, apenas cuenta, si acaso al principio, cuando lo echa de su casa. Se lo he preguntado, ¿por qué aquello? Y Diego contesta con evasivas ¿Acudirías si te llamara?, le pregunto. Ahora no, por supuesto; aunque en otro tiempo… Me contesta y lo deja ahí. Elvira se ve con ella, por Elvira tenemos noticias suyas, nunca en detalle. Bien, está bien, dice; muy relajada, mucho más que entonces, tiene sus amigos… ¡Sale! Mira que costaba sacarla de su encierro. ¿Ha tenido problemas?, le preguntamos a Elvira. Y ella dice: Qué va, es una novela ¿Quién puede creer que lo que cuento sea verdad?. Lo podían comprobar, le dije una vez. Bueno, que lo comprueben ¿Tú qué crees?, me preguntó a bocajarro. Si yo te creo, le dije. Eso es lo que importa, sonrió, porque estas cosas nadie se las cree; eso me favorece.

¿No te da por ir a verla?, le pregunté a Diego. Me contestó que a veces está tentado, pero luego insiste en que está mejor así; aunque me llame no iré; así es la vida, querido Luis.

La vida de Diego está marcada por tres mujeres. Tres mujeres de marcada personalidad y de belleza notable; dos bastante parecidas en cuanto a su apariencia, con personalidad, carácter y biografía distintas, eso es lo que sabemos; la otra es el contrapunto, podríamos decir. Sin embargo, parece paradójico, es Blanca la que más lo influye: se nota su presencia, se ve en él su reflejo. Da la impresión de que con ella Diego se somete gustoso. Tiene suerte el muy bandido. Me refiero a estos años últimos, tan entregado al estudio, la escritura y el amor. Ahora que no se debe a nadie y tiene que mentir lo justo, en cuanto a la escritura me refiero.

 

Sobre la imagen: Puerta de acceso al antiguo café Lion con sus faroles (http://antiguoscafesdemadrid.blogspot.com/2013/03/el-cafe-lion-y-su-ballena-alegre.html)

La impresión de Diego

»En ese punto me di cuenta de que esa Eugenia no era la misma que se había estremecido en mis brazos. Me pareció más dura, más metida en su papel. Quise pensar que se esforzaba por mostrarse insensible, como si estuviera demasiado pendiente de la vigilancia u observación de Luisa, que ésta actuara como supervisora muy atenta a sus reacciones, que se estuvieran permanentemente vigilando para controlar la fidelidad y sometimiento a las normas. Supuse y deseé que su ofrecimiento de hablar más adelante contuviera la promesa de reverdecer nuestra relación. Porque, a pesar del despecho y la furia, esta nueva Eugenia me resultaba más atractiva si cabe, y por lo tanto, más deseable.

»Con intensidad apenas audible, Luisa recuperó la palabra:

—Como te he dicho, sabemos lo que haces; claro, bien mirado somos nosotros los responsables. Verás. Como sabes, y seguro que estás bien informado, en la frontera están pasando cosas demasiado llamativas. No, no te hagas el nuevo, sabes a qué frontera me refiero, y a qué zona, y por qué estamos tan atentos a lo que ocurre. Además, como te puedes imaginar, controlamos algunos movimientos, aunque no todos. Ya sabes que nosotros no hacemos, nos informamos y dejamos hacer o desviamos, o informamos para que sean otros los que hagan, mejor o peor, pero que sean ellos los que lo hagan, como, por lo demás, ocurre con todos los servicios cuando se trata de asuntos de orden interno. No sé por qué te explico esto.

Iba Diego a protestar, a decir que bien lo había comprobado en sus carnes, cuando Eugenia, como si hubiera leído su mente, se adelantó:

—Sí, Diego, lo sabes, hicimos nuestro trabajo y no nos salimos del guion. Te manipulamos, no hace falta que lo digas, pero el trabajo salió bien, y tú vivo, y te recompusiste, no me digas que no.

»Lo bueno (o malo) del caso es que saben cómo hablarte para que creas que lo saben todo de ti, que desde el momento en que establecen contacto contigo tienen unos ojos que no dejan de mirarte. Y eso es terrible porque te sientes espiado y acabas no fiándote de nadie. No pude evitar pensar que conocían de parte a parte mi relación con Elisa, y la tuya; la de Elvira ya la conocían. Llegué a pensar que Elisa también era de ellos, aunque ¿Por qué? ¿Tanto importaba yo? De todos modos fue una paranoia que me asaltó y me tuvo en vilo no sé el tiempo. Pero, todo hay que decirlo, me vino muy bien el manto de Elvira, a quien he contado, con quien he descargado mis manías, quien me aseguró que Elisa no tuvo nada que ver, que lo suyo era otra cosa, según sabía o creía saber, porque Elisa siempre fue muy reservada; no creas que se abría con facilidad, y cuando lo hacía pedía la mayor discreción, que yo cumplí y seguiré cumpliendo con total escrúpulo, lo mismo que Elvira, que seguro sabe más de lo que dice porque, o bien tú eres un artista del disimulo, o poco te ha contado de lo que hablamos.

Un nuevo trabajo

“Escucha con atención”, me dijo. Noté el cuerpo tenso, no pude evitar un escalofrío ni la sensación de que vivía escenas anteriores aunque en un marco diferente. No necesitaban montar un número. Quise odiar a Eugenia pero no pude; al contrario, al verla, al mirarla, revivía los momentos pasados, los días, que fueron muchos, en que convivimos, en la pasión y el amor que nos tuvimos. Y en ese momento la tenía de nuevo conmigo, requerido de forma rocambolesca para no sé qué que me diría Luisa, una Eugenia que pretendió hablarme con una firmeza profesional que me sonó impostada, que de nuevo me buscaba sin que yo alcanzara a intuir en qué consistía su requerimiento.

»Para imprimir solemnidad al asunto, Luisa dio una profunda calada al cigarrillo, tomó un breve sorbo de cerveza, carraspeó ligeramente y comenzó:

—Como comprenderás, Diego, sabemos dónde estás y qué haces —hizo una pausa, volvió al cigarrillo, a la cerveza, aclaró nuevamente la garganta, la voz le había salido ronca—. Precisamente por tu posición y por haber trabajado con nosotros eres la persona idónea para que te encomendemos este nuevo trabajo.

»No sé cuál sería mi expresión, pero se interrumpió al ver la cara que puse. Aunque pienso, en fin, lo sé, todo estaba previsto, se trataba de una pausa ensayada, pensada, programada, diríamos hoy, para dejarme respirar, para que me expresara, para descomprimirme, para crear mi expectación al tiempo que, en principio, quedaba al descubierto el asunto por el que me habían llamado. Eso lo debía de saber en aquel momento, con varios años de profesión y experiencia, después de escribir acotaciones en los discursos, señalar las pausas, los énfasis, los cambios de tono. Pero estaba tan tenso que no pude evitar estar a su merced.

 

—¿Cómo que un nuevo trabajo? —balbució.

—Sí, claro, un nuevo trabajo para nosotros sin apenas riesgo; algo sencillo, y todos nos beneficiaremos; no tendrás queja, ya lo verás.

—¿Y si me niego? —adoptó una mirada hosca; trataba de retener sin éxito la de Eugenia.

—No te puedes negar —apoyó Eugenia, que estaba como recién salida de un rapto, de una ausencia.

—¿Por qué no me puedo negar? —la pregunta era para las dos; las miró alternativamente para enfatizar. Buscaba la respuesta de Luisa por dos razones: quería oírselo por su mayor jerarquía, siempre le pareció evidente, y por evitar que Eugenia le dijera algo desagradable.

—Porque no nos conviene —dijo fatalmente Eugenia—. A ti porque sufrirías las consecuencias; a nosotras porque sería un fracaso que no nos podemos permitir.

—¿Qué consecuencias? —se atrevió a preguntar.

—Graves y de todo tipo —apoyó Luisa—. Créenos, no te conviene. Has trabajado con nosotras, nos conoces, sabes que no nos gustan los jueguecitos…

—¿Ah no? —preguntó airado dirigiéndose a Eugenia.

—No, no te confundas —Eugenia respondió con sequedad—; no nos gustan los juegos; a mí menos; nunca he jugado contigo, otra cosa es el alcance de las relaciones, los motivos, los gustos, las necesidades…

—Las necesidades… ¿Qué necesidades? —Diego iba elevando el tono e ignorando la presencia de Luisa.

—Las necesidades, Diego —Eugenia bajó la voz—; deberías saberlo, haberlo pensado, esto es así; todos lo sentimos; no te engaño. Pero ahora no vamos a hablar de eso; más adelante, si quieres, hablamos y te aclaro las dudas, siempre que pueda.