El viaje de Carlota

A propósito de la novela El buen soldado, de Ford Madox Ford, José María Guelbenzu escribe en El País de 23 de noviembre de 2016:

“En el mundo de la teoría literaria, a la figura del narrador de esta novela se le conoce como “narrador no fiable”. No se trata de un mentiroso o un tergiversador necesariamente, sino alguien que por su manera de contar, de seleccionar los acontecimientos y por el caprichoso orden en que va ofreciendo sus revelaciones, crea la sospecha, o al menos la incomodidad, en el lector. Una sospecha que la narración no aclara todo lo que debiera aunque el contenido de la misma sí queda expuesto de una manera comprensible.

Los hechos reveladores van apareciendo a conveniencia del narrador, que oculta o desvela según le parece, con saltos atrás y adelante que se atienen al interés del narrador, lo que obliga continuamente a atar cabos y crea el soberbio y terrible clima de tragedia humana que atraviesa la historia”.

 

Doña Rosa eleva la mirada hacia el techo y emite un largo suspiro. Da un pequeño sorbo de la copita de anís y prosigue:

-Ay, hija, perdona si me voy por las ramas, pero no creas que se me ha olvidado lo que te quería decir, lo que pasa es que hay que llegar a ello, y de paso te cuento lo de mi hermana Carlota, ¿te aburro?

-Qué va, doña Rosa; al contrario; a mí me gustan mucho las historias. Si usted viera la cocina de mi abuela; se ponen a contar y no paran. Yo, muchas veces, cuando estoy allí, ni me entero porque no sé de quiénes hablan, muchos ya están muertos o murieron hace muchos años. Hacen lo que nosotras ahora: un pocito de café, y luego, encima, venga chorritos de aguardiente; así hasta las tantas de la noche. Cuando era pequeña, me mandaban a la cama, oye, que está la cativa, decían, pero me quedaba escuchando en lo alto de la escalera. Entonces contaban chistes e historias subidas de tono que yo entendía a medias, y no vea cómo se reían.

-Es que lo de Carlota tiene su gracia. Pues sí, no ibas descaminada. Coincidieron en el portal y el ascensor estaba averiado. Según nos contó Carlota, muerta de risa, el artista se ofreció a subirla en brazos y ella, lejos de incomodarse, le rió la gracia. Así fue como se conocieron y así fue como Carlota, bajo el pretexto de visitarnos, se veía con él, que por cierto no se anduvo por las ramas y le propuso que se fugaran a la manera romántica. Mi hermana aceptó y se fueron a Venezuela, donde encontraron trabajo en una emisora haciendo radioteatro. Después vinieron los culebrones de la televisión y Carlota, ya madura, se especializó en papeles de madrastra, mala, muy mala, y él de padre bondadoso. Ambos, si se terciaba, impostaban el habla de allí, y cuando el papel lo requería, hacían de españoles.

“Claro, mis padres no tuvieron más remedio que aceptar los hechos y, ¿sabes a quién le tocó cuidarlos?

-Esa respuesta sí me la sé; a usted ¿a quién si no?

-Pues eso es. Además, la ruina fue de tal calibre que apenas podíamos contratar a nadie; bueno, miento, alguna aportación hicieron mis hermanos para que viniera una mujer y me ayudara. Así que, ya ves cómo son las cosas, por mucho que te propongas luego salen como a Dios le da a entender. Y ahora sí, ahora te voy a hablar de los celos, de los que yo sufrí sin que nada ni nadie tuviera ninguna culpa.

 

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