No, Diego, no; ya no

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Edvard Munch – Dos seres humanos (Los solitarios) (1905)

Diego y Eugenia se quedaron solos. Se hizo un silencio denso y tirante. Sólo se movían para dar un sorbo de cerveza o para fumar. Se miraban de hito en hito y bajaban la vista. Pasados unos minutos que parecieron horas, Eugenia rompió el silencio:

—Te tendré que decir lo que queremos de ti.

—¿Por qué no me lo cuentas en mi casa? —Diego preguntó con tristeza.

—Porque no sería bueno —le contestó Eugenia con suavidad.

—¿Por qué no sería bueno? Para mí sí lo sería; y creo que para ti también ¿Acaso crees que no te conozco? ¿Qué no sé interpretar tu mirada? ¿El temblor de tus labios?

—Precisamente por eso, Diego, precisamente por eso.

A Diego no le pasó desapercibido el titubeo de Eugenia, la falta de firmeza de sus afirmaciones. Cuántas veces nos hemos esforzado para evitar repetir aquello que se dejó, por volver a la querencia de lo placentero y bueno aunque se volviera maligno, en decir lo contrario de lo que se piensa y siente. Quien nos conoce distingue lo que escondemos. Hay un hilo delgado que rompe la resistencia o fortalece y cierra la boca de quien no quiere hablar. Hay en los amantes recorridos conocidos, caricias exclusivas, reconocimientos, barreras dispuestas para caer, o levantarse y hacerse infranqueables. Todo eso lo sabía Diego; también Eugenia. Había que tocar un punto sin lugar para el equívoco y le tocaba a él pulsarlo. Recordó la mañana en que Fina los dejó en Reina Victoria ante los edificios Titanic, el paseo de Santa Engracia, el taxi… Podía haber pensado que las personas cambian, que hay momentos únicos e irrepetibles, porque lo que fue un instante luminoso deviene en un fracaso, en un triste calco. Pero no lo pensó. Durante un minúsculo intervalo, pensaron en lo mismo, cuando se volvieron locos, pero no hubo sincronía, cuando Diego pulsó la tecla, el ángel había abandonado los dominios de Eugenia.

—¿Por qué no hacemos como entonces? —preguntó Diego y le tomó la mano.

—No, Diego, no; ya no —contestó ella.

 

»El tiempo es implacable. Lo que fue una conjunción perfecta pasó a ser un compromiso triste, un ejercicio de nostalgia compensatoria. Cuando me dijo «No, Diego, no; ya no», la tristeza se le escapaba por todos los poros, aunque sus palabras, su expresión y su rostro certificaban lo que se rompió el día que desapareció de mi vida.

Me sentí incómodo y se lo dije.

—¿Por qué? —me preguntó.

—Porque estaba convencido de que éramos amigos —le dije—. Tanta conversación, ¿para qué? Resulta que ha tenido que pasar el tiempo para que ahora me lo cuentes.

—Me parece que eres injusto —me dijo— ¿Qué sentido tiene que te tuviera al corriente de una actividad clandestina? Incluso te hubiera perjudicado. Si lo piensas bien, no me he portado tan mal, no te he obligado a decidir tus fidelidades. Por otra parte, me consta, lo que yo podía decir, que era bien poco comparado con lo que salía de otras fuentes, era mera información que no se llegó a utilizar.

—¿Estás seguro?

—Bueno, uno nunca puede estarlo. El que parecía mi objetivo desde luego que no, digo que no me consta que se actuara contra él, que más tarde, como te contaré, reaparece; diría que siempre fue un tío inquieto. Y te adelanto, creo que te sorprenderá, el papel que desempeñó en la nueva etapa.

No me sorprendió, pero esperé a que me lo contara; no me anticipé por no desvirtuar el discurso, por no obligarlo a improvisar, responder o defenderse; a olvidar con el apremio los detalles que traería pensados.

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Nosotras somos gente rara

Picabia Mujer sobre fondo verde 1938
Francis Picabia, Mujer sobre fondo verde, 1938

Luisa no decía nada, pero Fina parecía adivinar sus objeciones y se anticipó para no romper el hilo del discurso.

—Ay, Luisa, mi niña —adoptaba un tono maternal al hacer una apreciación o dar un consejo—, te voy a contar algo.

»Tú crees, como todo el mundo, que soy una mujer solitaria, dedicada al trabajo en cuerpo y alma porque es lo que me llena la vida; nada más alejado de la verdad de mi modo de ser. También he amado y tenido mis relaciones, me he apasionado y sentido tanto como cualquier otra… Aún, si te dijera… Pero esa es otra historia —se le adivinaba el esbozo de una sonrisa—. Pero hubo alguien; mira que era guapo y buen mozo, y discreto. No sé qué pensaría de mí. Nada le ocultaba porque no había nada que ocultar. Cuando me relacioné con él, acababa de incorporarme a los servicios auxiliares como administrativa, era lo que había. Armando, así se llama, era subinspector de la Criminal; y tanto Fina por aquí, Fina por allá, que empezamos a tontear. Creo que lo adivinas, desde joven siempre he sido suelta y decidida, y como el tonteo me parecía poco y cursi, me enredé con él. Tu padre lo conoció; pregúntale. Con el tiempo vinieron cambios y Armando pasó a un servicio muy especial, y no se le ocurrió otra cosa que reclutarme.

»Pero, como comprenderás, a la gente no se le pueden ocultar ciertas cosas, y lo nuestro era evidente. En un servicio normal, vaya que vaya; vas de cara, no cambias de identidad, de apariencia, tienes tu vida, tu familia; corres riesgos, pero entra en el sueldo. Lo nuestro era más delicado; pasamos, por así decirlo, a la clandestinidad. Lo nuestro era la ocultación, el disimulo, la mentira… Mentir era un arte ¿Qué te voy a decir? Al principio no te das cuenta, crees que lo sabes todo y sin embargo tienes todo un mundo por descubrir. Lo más sorprendente es constatar que lo peor no está en los otros, en los que, ¿cómo te diría?, traicionas su confianza; lo peor está en ti, en los tuyos, en los que dejas atrás y dicen ¿Por qué ella?, o manifiestan sin ambages que te ha llevado porque eres su querida. Tenemos que dejarlo, me dijo un día Armando. Nada ocurría entre nosotros, nada iba mal, pero desde arriba le dijeron que no era bueno que fuéramos compañeros y amantes; y obedeció. A los pocos días recibió un nombramiento, y, no me preguntes la lógica, sin saber cómo y prácticamente sola me vi al frente de una sección, sin apenas personal y sin ocupación aparente, hasta que me convocó un alto cargo y me dijo que tenía su confianza para reclutar a algunas mujeres para dar contenido a la sección que llamó “de inteligencia”, que a partir de ese momento pasaba a estar a sus órdenes directas. Así que ya ves, nuestra relación acabó y a cambio recibimos un ascenso.

Luisa la debió mirar con estupor.

»Mujer, lo nuestro, ahora que lo miro con distancia, fue una ruptura de conveniencia, no hubo amenazas sino habladurías y un ambiente hostil provocado por celos profesionales; lo tuyo es más grave.

—¿Y desde entonces? —la pregunta de Luisa apuntaba directamente hacia lo que a ella le esperaba.

—¿Desde entonces? Lo de Armando fue duro, lo que sentí no se puede decir con palabras, eso no se puede explicar. Desde entonces me digo: «Qué suerte; hay que ver lo libre que soy». Alguna relación sin compromiso, sin conocernos, sin saber nada el uno del otro; los mejores sitios, los bares y restaurantes de hotel: puedes pasar por una profesional en viaje de negocios. Tienes habitación, cenas sola, tomas una copa y ¡zas! Alguno cae. Casados, desplazados por trabajo, ya sabes.

—Ya sé, ya sé; claro —objetó Luisa—, pero el amor es otra cosa.

—Ya, ya, ¿qué me vas a decir? Te encierras en la profesión, ocupas en ella todo tu tiempo, te endureces, no quieres sufrir ni que sufran; encuentros sin compromiso: sexo con un poco de relación.

—¿Y dejarlo?

—También puedes hacerlo; pero no lo haces: es como un vicio. Somos gente rara, nos convencemos con facilidad de que no podemos ni sabemos hacer otra cosa. El matrimonio… No sé tú; yo no me he visto, menos ahora, en casa criando hijos, haciendo comidas, preparando ropas… Quiero esto, me gusta esto, la soledad es el precio.

—Por lo tanto, según tú…

—Por lo tanto, mi niña, tendrás que cortar la relación, comerte las uñas y salir de esta. Ya verás como sales.

—¿Qué ganan quienes han urdido esto?

—En cualquier caso —contestó Fina—, déjame un tiempo a ver si averiguo algo. Si viene de alguien de la casa, es por joderte, a no ser que…

 

Luisa bebía despacio y miraba la pantalla del televisor sin ver nada. Si alguien la contemplara, sorprendería un rictus de amargura y el fluir de las lágrimas.

Por eso te pegan a ti

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Máscaras, Maruja Mallo (hacia 1952)

A la noche, Luisa, sola en el hotel, pidió un sándwich y una cerveza desde la habitación. Hacía fresco, pero no le importó salir a la amplia terraza para contemplar la inmensa bahía y las luces de los pueblos lejanos.

«Qué distinto es todo», pensó, y se preguntó si no hubiera merecido la pena poner un bufete, una gestoría; hacer declaraciones de la renta o especializarse en derecho matrimonial. Pero no, no se cambiaría. Su vida y actividad estaban regidas por el acaso. Se podía decir que mantenía una relación morbosa consigo misma.

 

Decidió comunicárselo a Fina —No tenía más remedio, así lo marcaba el protocolo—. Sabía lo que ésta le diría, que se lo había advertido, que las relaciones, sobre todo las familiares y amorosas eran el punto más débil. Pero, ¿quién no se enamora? Todo se podía capear en lo que no surgieran contratiempos. El mayor riesgo no era el aviso, la amenaza, con eso esperan tu reacción, que dejes lo que estás haciendo; te proponen un pacto: nos dejas en paz y no te hacemos daño. Es peor la venganza. El que la quiera cumplir no amenaza; actúa: no busca tu desistimiento sino tu dolor. Pero esto es así, y sin embargo aquí estamos, a no ser que uno se quiera salir. Entonces, ya sabes, un periodo de descompresión y fuera, sin que nada te garantice que no seas objeto de un ajuste de cuentas, y estés sola, sin protección.

Acudió al despacho de Fina y le puso al corriente de lo sucedido y de sus temores. Fina le dijo lo que sabía y no quería oír: ‘Tienes que dejarlo, es duro, pero tienes que dejarlo’. Al tiempo que hablaba escribió en una hoja de bloc: “Esta tarde a las ocho en Vips, ya sabes”. Luisa cogió el papel, lo dobló y se lo guardó en el bolso, ya lo destruiría fuera, cuando estuviera a salvo de miradas indiscretas, porque la cautela de Fina no auguraba nada bueno.

A las ocho en punto entró en la cafetería y no se molestó en buscarla porque sería ella la que se presentaría después. Había tomado medidas para zafarse de un seguimiento y, una vez segura, entró y buscó una mesa discreta. Fina buscaría, efectivamente, una mesa discreta y la localizaría con facilidad.

No tuvo que mirar el reloj: a las ocho y dos minutos la vio. Sin saludar se acercó a la mesa y tomó asiento. Esperaron al camarero. Una vez servidas, Fina le dijo sin preámbulos que temía que fuera alguien de la Casa ¿Por qué? Por envidia, celos o, lo que es peor, por resquemor por los nuevos aires. ‘Mira, Luisa, conozco bien la Casa, casi eché los dientes en ella. En esto nunca se puede estar seguro, pero diría que fui la primera mujer reclutada para el servicio activo, además a petición del jefe, a quien le gustó mi perfil, profesional, claro… Bueno, si eso ya lo sabes. Eso es lo que te puedo decir. Me huele, sabes que tengo buen olfato, a gente de la Casa. Y sí, claro, es para putearte, no tiene otra explicación; como conmigo no pueden, te pegan a ti. Sí, sí, para joderte la vida’.

La despedida

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El caso es que, por un extraño impulso, removemos asuntos ignorados u olvidados. Hay como un honor al silencio, a guardar unos secretos que, en su momento, cuando ocurrieron los hechos, tuvieron la bondad de facilitar salidas y conformidades. Porque Luisa, a esas alturas, se había conformado con el relato, más o menos creíble, que había supuesto, como en estos menesteres suele pasar, cercano a la verdad tanto en los hechos como en los actores.

—Amenazaste a Elena, a su hija pequeña, para alarmarla y que de paso me alarmara a mí ¿Por qué no me avisaste? ¿Por qué ese montaje? —Luisa preguntó a Fina— Creo que lo hubiera comprendido y me habría apartado sin más, sin explicaciones, como sabemos hacer las cosas.

Fina la miró apesadumbrada. Por momentos se arrepentía de su debilidad, de la que había tenido, inexplicable, de anciana chocha que necesita hablar para ponerse en paz consigo misma. «Qué poco profesional», se dijo.

—¿Y si no lo hubieras hecho? Ya lo sabes, es así; en lo que nos concierne poco importa el riesgo, pero en lo tocante a quienes queremos… No me quise arriesgar; eso es todo.

Con sentido práctico, en este punto, Luisa no quiso ahondar en el tema: así había sido y no tenía remedio ¿Qué hacía ella con Eugenia? ¿Qué haría si se viera en la misma tesitura? Aunque, bien mirado, a Eugenia ya le habían cortado una relación.

—Tengo hambre —dijo Luisa zanjando el asunto—. Supongo que me tendrás preparada una sorpresa… Anda, cambia de cara, ya me lo has dicho, ya te has quedado a gusto, ya está ¿No me preguntas nada de la Casa?

—¿Para qué? Me jubilé en serio: no quiero saber nada, estoy bien así. No sé por qué te he dicho esto; tonterías de vieja; mira que lo siento. En cuanto a la sorpresa… Pues sí; ya sabes lo que me gusta la cocina.

—Claro —Luisa recuperó la calma—; bien se te daba el papel de cocinera o criada.

—¿Te gusta el bacalao? He conseguido una pieza de lo mejor ¿Sabes que ya no se sala como antes? Ahora lo hacen algo más crudo, dicen que al gusto británico. Pero la pieza era de Islandia: un buen lomo bien salado. Tiene que verse blanco, conservar la textura, no se puede deshacer; mantener el sabor de la sal, el suficiente para que sepa a eso, a bacalao, para que recuerde el aroma de las tiendas. Y por delante calamares, berberechos, zamburiñas y percebes. Ya verás.

—¿Va a venir alguien? —preguntó Luisa con intención.

—No, nadie; tú y yo solas. Después, no digas nada, después no creo que nos volvamos a ver.

El fiel de la balanza

El juicio de Osiris
El juicio de Osiris. Wikipedia

—Pero, Fina, ¿de qué me hablas? De verdad, no te entiendo.

—Fui yo quien metió el miedo en el cuerpo a la mujer del piloto.

Luisa clavó la mirada en el suelo y se puso a dar pasos nerviosos de un lado a otro de la pista. Su cabeza se convirtió en un hervidero y respiró hondo para tranquilizar y poner en orden sus pensamientos.

—Pero… ¿Por qué? ¿Por qué, Fina? ¡No lo entiendo!

—No es fácil, Luisa, no es fácil; en aquel momento pensé que era lo mejor. Ahora te pido que te calmes, que no me interrumpas; luego dices lo que quieras, o te vas; pero déjame que te explique.

»Seguro que te informé de la existencia de la llamada “Sección 6”; si no la han disuelto con las remodelaciones, ahí tiene que seguir ¿Sigue? Como seguro que estás al corriente, sabrás que esos no responden ante nada ni ante nadie, vamos, que tienen carta blanca; sólo reciben órdenes del jefe.

»Pues bien. A través de mis contactos —tú tendrás los tuyos—, me llegó el soplo de que el asunto estaba en un punto en que había que dejar hacer, pero de cara a los de arriba no podíamos decir que te retirábamos, salvo que hubiera una buena razón, y los de la 6 pensaban, ya sabes que en aquellos momentos no había manera de saber dónde estaba cada cual, pensaban descubrirte, no de forma pública, naturalmente, sino ante el elemento más activo y peligroso de la conjura, con la instrucción de que hiciera lo que fuera contigo, en fin, un accidente, una desaparición…

»Me aseguré de la veracidad del soplo, de si era una intoxicación para ponernos nerviosos; pero no: estaban dispuestos a sacrificarte. Por eso intervine.

—¿No me pudiste advertir? Ya se nos hubiera ocurrido algo —objetó Luisa. Aparentemente más calmada, apartaba piedrecitas con la punta del zapato—. Algo habríamos hecho.

—Puede ser, Luisa, puede ser, pero no había tiempo y no se me ocurrió nada mejor.

—¿No te parece demasiado?

—Claro que me lo parece. Pero es ahora, cuando estoy lejos, cuando puedo pensar. Sé que te hice daño, por eso te he llamado, para decírtelo y, mira qué egoísta, para descargar la conciencia. Con el paso de los años todo se presenta con una nueva claridad, y necesitaba decírtelo, no para pedirte perdón —no se trata de eso—, sino para que supieras lo que pasó.

—¿Por qué me lo dices ahora? ¿Qué necesidad tenías?

—Ya te lo he dicho, porque ahora puedo pensar; y no te diré —eso es ocioso y hasta cursi— que para que tú no hagas lo mismo —harás lo que tengas que hacer—. Es posible que lo haga por mí, por descargarme, por confesar, ya ves, por confesar.

Luisa era de pensamiento rápido y en seguida comprendió que Fina había puesto en los platillos de la balanza su vida y su felicidad, y le quedaba la duda de si había pesado por encima de toda consideración el éxito de la misión.

Fui yo

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Henry Moore, aguafuerte. Pinterest

Ahora quería recordarle aquellas palabras y lo acertaba que estaba, pero intuyó que la Fina con quien compartía empanada y vino estaba muy lejos del servicio y sus contingencias.

—¿Por qué me has llamado? —le preguntó sin que la cuestión sonara inquisitiva.

—Muy sencillo, Luisa —contestó—. Porque tenía ganas de verte; simplemente por eso; también para mostrarte que también hay otra vida; no como la de tus padres, tú y yo somos de otra pasta, además estamos solas; pero hay otra vida.

—¿Cuándo esta ya está gastada?

—Sí, cuando esa ya está gastada. No saber lo que la vida te puede dar si tienes salud y un poco de dinero; y si mantienes un control razonable sobre tu cabeza.

—Y hombres… ¿Algún hombre?

—Pues claro, siempre lo hubo.

—¿Nunca te presionaron?

—Con este no pudieron. Era solo; no tenía familia, ni hijos ni mujer. Siempre estuvo lejos, embarcado… Y ahora los dos…

—Ahora sois dos jubilados felices.

—En cierto modo sí. Pero no convivimos; es tal la costumbre de estar solo; cada uno en su casa, como solemos decir, pero hay tiempo para estar juntos, incluso para el amor.

Se habían acostumbrado tanto a la mentira que Luisa no acababa de convencerse de que no hubiera una intención secreta en el encuentro, algo que tratar fuera del Centro, fuera de Madrid, lejos de los curiosos, que Fina tenía la misión de comunicarle algo, advertirle de algo… Era difícil imaginar, al menos así lo pensaba, que la hubiera llamado por el simple placer de verse. Acabó el vino y Fina la sirvió de nuevo.

—Volvamos fuera si quieres, por dar un paseo, el día no es frío del todo —dijo Fina.

Luisa accedió complacida. Ciertamente se estaba bien en aquel lugar solitario, donde prevalecía el orden del bosque, debidamente modificado para el solaz humano. Remontaron unos metros el empinado camino hasta desembocar en una bifurcación donde cruzaba una pista, más o menos horizontal, que seguía la falda del monte, una pista para el acceso de camiones y máquinas a la gran plantación de eucaliptos. Los marcos y la altura de los árboles denotaban la sucesión de las cortas y los límites de cada parcela. Fina leía con facilidad el lenguaje del bosque: dónde se acostaba un corzo, por dónde bajaba el jabalí. Del pináculo de un poste alzó el vuelo, majestuosa, un águila culebrera sin que pareciera importarle demasiado la presencia de las dos mujeres. Caminaban en silencio, no hablaban, como si se lo tuvieran todo dicho.

—Fui yo —Fina lo dijo de forma desprevenida, como una ráfaga de viento frío que cortara el aire.

—¿Fuiste tú qué? —Elisa preguntó sin saber a qué atenerse.

—Fui yo, y necesitaba que lo supieras; me encargué personalmente para evitar males mayores…

Una extraña invitación

 

Paisaje Cezanne
Paisaje, Paul Cezanne, 1870

Miró el vaso y la botella, la tomó y rellenó el recipiente con una ración generosa. Pensó, una vez más, en la alegría sorda y desvaída que trae beber a solas. Volvió a mirar hacia el teléfono, una llamada, un rato de compañía, un par de billetes, y vuelta a la soledad. Ahora que tenía una responsabilidad más alta, se permitía andar al borde de la prudencia como última válvula de escape. Pensó que a su padre no se le había exigido tanto: había formado una familia, criado a sus hijos. Comprendía que para su madre no había sido fácil, recordaba la palidez y el ligero temblor, cuando a altas horas de la noche, sonaba el teléfono y el padre no había regresado. Pero la vida se iba llevando y el padre no tuvo que renunciar a nada. Encendió un cigarrillo y dio un trago largo mientras pensaba en el sinsentido y la infelicidad, en si el precio a pagar no era demasiado alto. Acabó el contenido y añadió un chorrito más, miró al techo y soltó una carcajada. Fina, la muy canalla, una vez jubilada, desapareció ¿Por qué tuvo que mostrarse? ¿Por qué removerlo todo?

Pasado un tiempo, Luisa recibió, por carta, una extraña invitación. Fina le mandó un pasaje de avión y la reserva a su nombre en un afamado hotel ¿Cómo había averiguado que dispondría de algo de libertad en aquellos días? No lo llegó a saber; tampoco se lo preguntó. El caso es que siguió al pie de la letra las instrucciones y, cuando estaba deshaciendo la maleta y colocando sus cosas, recibió una llamada. Era Fina, que le dijo que la esperaba en el salón.
Cuando la vio, apenas la reconoció. Estaba rejuvenecida y había cambiado la ropa severa del trabajo por otra más informal. Se saludaron efusivamente, tomaron un café, y Fina la invitó a salir.
—¿Sin acabar de deshacer la maleta? —Luisa hacía honor a su sentido del orden.
—Ya lo harás —contestó Fina —; ahora nos vamos.
El día se mostraba espléndido y la bahía lucía una luz alegre de invierno. Cerca había un coche aparcado, un todoterreno. Subieron y salieron de la ciudad. Fina condujo bordeando la costa hasta que, llegados a un punto, enfiló hacia el interior. Tomaba carreteras y pistas que tiraban hacia arriba. Pasaban bajo túneles vegetales que formaban los altos robles, castaños, salgueiros, nogales y eucaliptos. Cuando Luisa pensó que estaban en medio de la nada, después de ascender por una pista irregular, surcada y desgastada por los regueros, surgió a su izquierda una casa toda de piedra y madera, rodeada de prados y manzanos, con un lavadero adosado a la pared que traslucía las vetas blancas, azules y oro viejo de la piedra, bajo un lecho de agua cristalina, donde se dejaba oír el resbalar de una película de agua. Para contemplar la magnífica fachada principal, orientada al sur, había que sentarse en el centro de una explanada de césped cuidado y recién cortado, para así descubrir la balconada corrida de hierro forjado, el acristalado del mirador, a dos bandas, sur y poniente, la puerta enmarcada por dintel y pilares de piedra, claveteada, y con un imponente llamador de bronce bruñido. Luisa no salía de su asombro: tan pronto reía como abría la boca y los ojos sin ninguna contención.
—¿Y esto? —acertó a preguntar.

Precauciones

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—Verás —dijo Fina—. Contamos con una persona infiltrada, pero no es agente ni nada que se lo parezca, así que habrá que confiar en ella lo justo. Parece convencida, pero el miedo le puede jugar una mala pasada. Tú entrarás en la casa como asistenta para diversos cometidos, fundamentalmente trabajos en el hogar. Te crearemos un perfil de mujer casada que ayuda con su trabajo a pagar el piso y a correr con otros gastos ¿Qué tal se te da la limpieza? ¿Y la cocina?

—Mujer, de todo eso aprendí de pequeña y algo sé; creo que me apañaré.

—Claro que te tendrás que apañar; y ser creíble.

 

Y la verdad es que se las compuso para ser convincente en su papel. Como estaba convenido, se presentó a pedir trabajo y no tardó en llegar a un acuerdo. La dueña de la casa le habló del continuo trasiego de personajes. Dijo que su marido proporcionaba algo así como una tapadera, pensaba que era un hombre de paja sobre quien no recaería sospecha alguna lo que lo hacía la persona conveniente para servir de correveidile, además de disponer de un lugar discreto y desconocido donde recalar. Apenas sé de lo que hablan, le dijo a Luisa la mujer de la casa. A veces, pocas, se les va la lengua delante de mí; dicen cosas muy fuertes y desagradables; por ser quienes son no me lo tomo como una baladronada o charla de sobremesa. Cuando se juntan, mi marido me indica que lo mejor es que me ausente, me dice que no es conveniente que yo esté presente ¿Qué por qué di este paso? Porque esa gente me da mucho miedo. Recordé la amistad de mi padre con… y acudí a él. Me dijo que estuviera tranquila y me lo agradeció mucho.

Cuando se reunían, Luisa entraba en el salón para servir el café y las copas. Acto seguido cerraban las puertas. La memoria fotográfica de Luisa reconstruyó ante Fina la escena completa: los asistentes, el lugar que cada uno ocupaba; pero no tuvo ocasión de asistir a sus conversaciones, ni siquiera cazar cualquier alusión, un chascarrillo. Desecharon la idea de instalar un micrófono porque el mando suponía que entre los asistentes habría alguien perteneciente o próximo a la Casa, que hiciera un doble juego o estuviera de parte de ellos.

 

—Quizá sea eso lo que explique lo que me cuentas —dijo Fina, que se levantó de la silla y caminó con pasos lentos hacia la ventana—. De todos modos, ya sabemos lo que tenemos que saber, o al menos por donde viene el golpe, que no es poco; en cualquier caso, mejor que estar a ciegas.

—¿A qué te refieres? —a Luisa se le ensombreció la expresión.

—A eso, a que alguien está haciendo doble juego y te ha descubierto.

—¿Eso quiere decir que me retiras? —preguntó Luisa con cierta ansiedad.

—Eso quiere decir que, efectivamente, lo dejas —contestó Fina—. Es evidente que te han descubierto, mejor dicho, que alguien te ha descubierto; lo que no sabemos es si se lo ha dicho a ellos o mantiene un juego a varias bandas y no tenemos ni idea de para quién trabaja; ten en cuenta que aquí hay muchos actores implicados. De lo que no cabe la menor duda es que nos quiere retirar de la escena. A la dueña de la casa le dirás que te ha salido un trabajo fijo en unos grandes almacenes y que por eso te vas, eso tiene que saber y decir; y, naturalmente, que tenga mucho cuidado y que no se exponga más.

—¿Puedo mantener contacto con ella?

—No, terminantemente, no —Fina puso su expresión más seria—. Al marcharte se asustará más si cabe; no hay que exponerla más; no nos conviene que levante la más mínima sospecha. Esperemos que su marido la quiera lo suficiente o sea tan tonto como dices.

Porque, efectivamente, Luisa decidió poner a Fina al corriente del incidente ocurrido en el parque con la niña del piloto, sin olvidar que le había advertido del pago que había que hacer por vivir lo más en paz posible.

Cuando le indicó que tenía un problema del que tenía que informarla, Fina compuso un gesto de preocupación y desaprobación. Sin decir palabra encendió un cigarrillo, se levantó del asiento, le dio la espalda y miró maquinalmente al exterior a través de la ventana. Luisa permanecía de pie y miraba la espalda de su jefa. Miraba sin ver la blusa negra de crespón, ligeramente holgada, aunque no lo suficiente para disimular la complexión fuerte de una mujer no alta pero sí de notable presencia. Por el gesto de Fina se reafirmó en la gravedad prevista, supo el serio peligro que corrían ella y la misión.

¿Y yo qué?

 

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“Automat”, Edward Hooper, 1927

El sentido, la deformación profesional, pusieron a Luisa en guardia.

—El asunto parece inocuo —prosiguió el piloto— pero mi mujer está obsesionada y, claro, me afecta. Te cuento. Hace unos días, Elena estaba en el parque con Julita, la pequeña, ya sabes. (Julita, la pequeña, tenía cuatro años, casi cinco, y había nacido al inicio de sus relaciones).

»Pues eso, que Julita jugaba en los columpios y Elena estaba sentada en el banco con la bicicleta, el agua y la merienda cuando una señora de mediana edad se sentó a su lado. Inició una conversación insustancial: los niños, el tiempo, en fin, nada de importancia. Se acercó Julita a beber agua y pidió la merienda. La señora hizo los cumplidos correspondientes y cuando la niña regresó a sus juegos, la señora ponderó sus virtudes: qué linda, qué vigor, qué salud; da gusto verlos así, dijo. Y añadió: Cuídela bien, que no se le malogre; los niños están muy expuestos; no deje que le ocurra nada, sería una lástima y usted y su marido no se lo perdonarían nunca. Piense en lo que le digo. Y dicho esto, se fue. Naturalmente, Elena, nada más llegar yo de Milán, me lo refirió. Se lo noté nada más llegar: no es mujer que oculte sus preocupaciones. No para de preguntarse a qué venía eso. Y en todo caso es de muy mal gusto hablar así a una madre, me dijo. Eso es lo que me ocurre: Elena me ha pegado su inquietud y ahora no paro de pensar en ello ¿Cómo lo ves?

Luisa, al ser interpelada, se vio obligada a dar una respuesta. Además quería y necesitaba tranquilizarlo, pero no se engañaba, el objetivo era ella y hasta donde pudiera indagaría de dónde podía venir la amenaza.

No cabía duda de que alguien la había vigilado, alguien conocía su relación, sus andanzas, y, en el mejor de los casos quería mandarle una advertencia. El asunto era saber si era fuego contrario o fuego amigo; si se trataba de un aviso o una amenaza, en cualquier caso tuvo meridianamente claro que su relación con el piloto sería perjudicial para él, que en todo caso tenía que acabar esa relación, sufrir y hacer daño, desaparecer sin dar explicaciones. Maldita la vida que había elegido pero no tenía otra cosa.

¿Me puedo fiar de Fina?, pensó. Habrá que arriesgarse.

Al piloto le dijo que en principio no le diera demasiada importancia. Hay mucha gente muy loca y entrometida; posiblemente esa señora es de las que ven demasiada televisión y sólo miran el lado malo de la vida. Hay mucha gente así. Tú llevas una vida muy particular, pero si vieras el marujeo que nos traemos con eso de los potingues… Yo no me preocuparía, y tranquiliza a Elena, mi rival, pero esa es otra historia, dijo sonriendo y abrazándolo con intención de animarlo.

Salió Luisa antes y él se quedó en el hotel. Anduvo sin rumbo y descuidada, despreciando el peligro y facilitando el trabajo a sus vigilantes. Buscó un bar tranquilo, donde al menos estuviera libre de miradas, y pidió una copa sin importarle la hora y lo poco usual; en cierto modo quería llamar la atención, comunicar a su vigilante, si es que alguien la seguía, que habían dado en el clavo, que se centraran en ella y se olvidaran de él. Pensó en las últimas misiones, en la que ahora trabajaba, para entender de dónde podía venir la amenaza o el aviso, en todo caso tenía que avisar a Fina para tomar medidas.

Tomaba la copa con parsimonia y pensaba en lo duro de la renuncia, en que además no podía liarse la manta a la cabeza y decirle: Mira, es por esto. Pero ya estoy harta, me voy. Me voy al otro lado del mundo, tú ven cuando quieras, donde no nos conozcan ni nos persigan, ya se cansarán. Pero eso no era posible. Todo lo tenía que resolver ella sola y mal, no se podían minimizar los daños: ella, destrozada y en la picota, y él, confuso, engañado, abandonado sin razón alguna que lo justifique. Se consoló pensando que él, al fin y al cabo, regresaría a una vida que no le era hostil, pero ¿Y yo? ¿Y yo qué?

Un accidente

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Francis Picabia (1879–1953), Olga , 1930 Lápiz grafito y crayón sobre papel

Una vez en la calle Luisa le volvió a agradecer su gentileza pero le reiteró que prefería ir en metro y pasear. Álvaro no se dio por vencido e insistió, incluso se ofreció a acompañarla, a conversar, a conocerse. Para todo ello echó mano de su indudable encanto personal, sobre todo al constatar que a Luisa no le desagradaba su compañía. Pero ésta adoptó un aire de seriedad y le dijo:

  —Anda, coge tu taxi, no sea que se haga tarde para llamar a tu mujer y a tus hijos.

  Luisa le tendió la mano, le dio dos besos y se metió en la boca del metro.

 Bajó deprisa y con agilidad las escaleras. Con la costumbre que da la profesión, comprobó de forma rutinaria si Álvaro la seguía, por si no se daba por vencido.

 Ya en el metro, mecida por el traqueteo, sintió haberlo dejado así plantado. A Luisa le habían gustado su fe y desparpajo, y su apariencia de hombre limpio y hermoso; quién sabe a qué acababa de renunciar, todo fuera por el servicio. Pensó en las relaciones, en las restricciones que venían impuestas. Eugenia, tiempo atrás, rompió la norma, y vino lo que vino. Fina se percató de que Eugenia había quedado pillada, que el amor se había impuesto a la responsabilidad de la misión. Decidieron abortarla y Diego les dio la oportunidad de hacerlo como resultado lógico cuando él mismo manifestó la sospecha de que lo estaban manipulando. No les resultó fácil convencer a Eugenia de que había que organizar su desaparición. Hubo que recurrir a la disciplina y a la amenaza. Finalmente se doblegó, pero estuvo un tiempo deprimida, despistada, no apta para el servicio. La cubrieron entre Fina y Luisa hasta que se hicieron con ella. Una no se debe encariñar con nadie, pensaba, pero, cómo evitarlo. Fina, bajo su aspecto maternal, podía ser fría e implacable; sin embargo el enamoramiento de Eugenia lo tomó como un error personal por el que la chica no tenía por qué pagar. Se portó bien con ella, y Luisa, la sucesora natural de Fina, aprendió que en cualquier oficio o cometido el cariño no tiene por qué estar proscrito, que no se pierde nada por cuidar unos de otros, eso sí, marcando con claridad las líneas que separan la vida personal de la disciplina y las reglas del juego. Eso fue lo que inculcaron a Eugenia después del fiasco de la misión y por eso ahora Luisa le daba una segunda oportunidad, bajo la advertencia de que en este caso no habría miramientos si flaqueaba.

  Luisa pensó en las oportunidades perdidas ¿Hay que renunciar al amor? No, pero hay que saber gestionarlo, administrar los compromisos, y en caso de establecerlos, tener en cuenta la provisionalidad y la arbitrariedad del azar y las contingencias. Sobre todo cubrirse y cubrir a los otros de los posibles daños. Por todo ello, esa tarde se sintió especialmente incómoda. Soy una mujer, se dijo, y ese hombre me ha gustado, pensó en pasado porque de antemano había renunciado a él. No sé si será la edad, pero hoy estoy propicia, siguió con sus pensamientos; me apetece, y no quiero coger una habitación de hotel, el teléfono, solicitar compañía.

  Solicitar compañía. La soledad te lleva a buscar un consuelo lo más impersonal posible. Un desahogo y ya está. Con la tarjeta de crédito no hay que pasar por el bochorno de los billetes. Amabilidad y pericia, todo muy profesional. Y lo aceptas porque te sientes sola y te aprieta el deseo.

  No quiere esto decir que Luisa nunca hubiera tenido relaciones, incluso estuvo a punto de casarse hace ya unos años, cuando era realmente joven. Fue en la Complutense, en la Facultad de Derecho, se llamaba Ángel Santana, estaban en el mismo curso. Proyectaron poner un bufete, trabajar juntos, casarse, tener hijos. Ángel era natural de Valdepeñas; allí vivían sus padres; acostumbraba a ir al pueblo una vez al mes. Luisa lo acompañaba a veces, y otras aprovechaba para visitar ella también a los suyos en Guadalajara. Aquel fin de semana Ángel iba solo. Conducía un R-8. La carretera estaba tranquila a esa hora de la tarde. Había oscurecido. En una curva, a la altura de La Guardia, un coche que venía de frente invadió el carril izquierdo y chocó contra el coche de Ángel, al que sacó de la carretera y le hizo dar dos vueltas de campana. Ángel murió en el acto y el otro conductor salió con graves heridas; su mujer, que viajaba al lado, quedó parapléjica.