¿Y si fuera un juego?

Untitled 1966-7 by Willem de Kooning 1904-1997
Willem de Kooning, Sin título (1966-7)

—Entonces pensé: Si se sirven de este método, el asunto del que ya nadie habla bien pudiera ser un cuento, un montaje, una ficción.

—Hombre, resultado da —le dije entre risas—; hasta han hecho una película. Y lo tuyo, ¿dio mucho de sí?

—El asunto, amigo mío, tiene sustancia. Algún dinero saqué.

»Lo gracioso era que daban por bueno cualquier disparate, aunque no era fácil, dada la gravedad, contar historias inocuas, circunstanciales, sin apenas trascendencia. Creo que para ellos era una forma de justificarse. Me imagino a quien mandaba de verdad diciendo: ¿Y eso es lo que hay? ¿En esto gastamos el dinero?

»Claro que me aproveché; fue como un desquite. Pensé: No caigas en el señuelo; esto es un juego; saca todo el partido que puedas. Creo que mis relatos absurdos eran chorros de tinta de calamar.

»Eugenia me exigía datos, nombres, fechas, sitios, y yo le componía relatos ambiguos y nebulosos; quienes eran o pudieran ser no estaban suficientemente caracterizados para ocupar una casilla. Eugenia leía mis informes siempre con una sonrisa, la misma sonrisa. Levantaba la mirada, enarcaba las cejas, y me preguntaba: ¿Este quién es?, No estoy muy seguro, le contestaba, por eso no el pongo nombre, por eso lo señalo con pronombre ¿Y si me equivoco?

—Veo que nos tomas por gilipollas —me decía sin dejar de sonreír—. Queremos saber, sólo saber; no intervenir, nunca intervenimos; no se lo vamos a contar a nadie, es para nosotros, antes de que caiga en peores manos. Por cierto, ¿Crees que los que te rodean son de fiar? ¿No crees que alguno estará tocado?

 

—¿Me metiste en alguna de tus historias? —Le pregunté picado.

—No exactamente; no eras el tipo que necesitaban.

—No exactamente, pero de algo te serviste…

—Todo me servía. Eugenia me pedía nombres, me preguntaba por personas en concreto, si había oído algo que les relacionara con los hechos de que tanto se hablaba, tan presentes entonces en la prensa; en cualquier caso, me pedía mi opinión. Y yo jugaba al juego porque así estaba con ella y hacía durar el cuento.

—Pero no te fiabas de nadie, ¿por qué?

—Porque no, ¿acaso alguien podía fiarse? Acuérdate de aquel que apareció largando cuando todo estaba tan confuso: era un juego de todos contra todos.

—Y tú, encima, trabajando en el lado oscuro.

—Llámalo como quieras.

—Y Elvira, ¿supo algo de esto? ¿Acaso te echó una mano?

—Claro que me ayudó; y yo a ella. Deberías saberlo, siempre fue así.

No por esperada, aquella confesión dejó de dolerme. Me sentí como un cazador cazado. Me adentraba en asuntos oscuros de la vida de Diego y los hechos se volvían en mi contra. Diego y Elvira, Elvira y Diego jugando a los espías a mis espaldas, traficando con la información y el dinero en una operación poco clara. No estábamos en el centro de la tormenta, pero por nuestra modesta oficina pasaban desmentidos, declaraciones, alusiones, análisis, todo un maremágnum de ruido y confusión, y por si fuera poco, mi amante haciendo juegos de espías.

 

»Ya sabes cómo se resolvió todo. De mi paso por ahí saqué una enseñanza muy provechosa: el uso caprichoso de la información, la irrupción en asuntos y en vidas tan abrupta como azarosa y, fundamentalmente, la banalidad de tantas acciones, sometidas a las conveniencias de los centros de poder, tan interesados en hundir reputaciones como en abandonar sin explicación plausible cualquier objetivo aparente.

—No, Diego, en algo te equivocas, me lo imagino, pero no sé cómo fue.

 

No sé si arrepentirme, creo que sí, claro que me arrepiento de haber puesto este asunto en marcha, a cada momento me aparece un nuevo pesar ¿Acaso podía imaginar el alcance? Uno tiene una sospecha, imagina algo, pregunta, y le descubren una colección de intrigas ocurridas ante sus narices, de las que es posible que nunca se hubiera levantado el velo. De pronto deseé que Diego se fuera y me dejara de contar. Quise estar con Elvira, hablar con ella, pedirle explicaciones ¿Acaso me las debía? Claro que me las debía; el diablo ya lo tenía dentro, necesitaba oír su relato, compararlo, ver hasta qué punto estaban conchabados. Mi curiosidad se había vuelto perniciosa. Me costaba dormir. Imaginaba la escena que tendría con ella, mis palabras y las suyas. De ahí pasaba a sentirme ridículo, lo vas a estropear todo, me decía, años de amistad y convivencia. Y me mortificaba pensar que Elvira se burlara de mí, se preguntara, ¿Este es el pusilánime con el que me acuesto?

Abro la caja de Pandora y pago las consecuencias ¿Y si todo fuera un invento de Diego para seguirme la corriente? Porque le podría decir: Ya sé que todo lo que me cuentas es mentira, que se trata de un juego, nada más, pasto literario para que escriba y escriba. Y que él me conteste que tengo razón, que no hay nada, que la vida real es pedestre y anodina.

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Eso es cosa tuya

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Clyfford Still – PH-950, 1950

Hablar de lo pasado, de lo sufrido… no, no era cuestión de ponerse melodramático, todo estaba claro. De todos modos, otra vez lo venía a soliviantar, aunque, ¿para qué lamentarse? Habrá que ir a lo práctico, inquirir sobre el motivo que los había vuelto a juntar, saber a qué atenerse. A tomar por culo, pensó ciego por el despecho. Hemos jodido, no ha estado mal, y ahora me quiere liar. Que se vayan a la mierda ella y sus manejos. Miró a Eugenia con fijeza, las manos, como garras, se anudaron a sus brazos presionando hasta hacerle daño…

—¡Y ahora! ¡Para qué me quieres ahora! Gritó sin levantar la voz.

—No te excites, cariño, no hace falta que te excites —le dijo una Eugenia profesional que no dejaba traslucir ni un átomo de emoción—. Te hemos llamado así porque de otro modo no hubieras acudido; y te necesitamos. Es un trabajo, sólo eso; ningún riesgo; te pagarán bien y a otra cosa.

No pasó por alto ese “Te pagarán bien”. Eugenia no se incluía, no dijo: “te pagaremos bien” ¿Hasta qué punto mantenía la distancia? Quiso creer que no estaba alienada por el sistema al que servía, que únicamente se trataba de una relación distante, motivada por el dinero y el gusto por hacer algo fuera de lo ordinario.

»Cuando te hablo de estos asuntos espero, creo que me conoces, que el dinero no era mi primera pretensión. No te voy a decir que un buen sobre libre de impuestos venga mal; la tela viene bien para vivir y satisfacer los caprichos, pero hubiera preferido recuperar a Eugenia, aunque yo sea el primero que piense que soy uno de tantos gilipollas que pululan por ahí.

De lo que he visto y de lo que me cuenta concluyo que la vida de este hombre está marcada por la influencia de tres mujeres, que no hicieron de él tres hombres distintos; aún me asombra su hermetismo contradictorio: Diego no es precisamente taciturno y misántropo.

»Le dije que ya no fumaba hierba, que me había dejado de apetecer. Lo que no le dije fue que echaba tanto de menos los petardos cónicos y apretados que me hacía con Elisa, que no me quedaron ganas de volver a intentarlo hasta la noche de mi reencuentro con Blanca.

»Eugenia dejó de hacerse la remolona y entró de lleno en el asunto.

—¿Tú sabes la que hay liada por ahí arriba? No, no te envares, no hay ningún riesgo para ti; sólo información, eso es lo que queremos —Esta vez se había incluido.

—¿Qué queréis que haga?

—Algo muy fácil, ya te lo he dicho, informarnos, sólo eso.

—Pero, ¿qué tipo de información?

—Pues eso, lo que oigas; las palabras que digan, sin cambiar ni interpretar, y un breve comentario.

—Tengo que saber algo más para considerarlo.

—Es justo —dijo Eugenia—. Si tienes algún escrúpulo, me lo dices; pero no temas. Sabíamos que pondrías objeciones de índole ética, pero te aseguro que no vas a perjudicar a tus compañeros; al contrario, queremos información porque todo el mundo la tiene, y la hay buena y muy mala, según se mire; nosotros las queremos tener y controlar, para minimizar los daños, que serán grandes, no te quepa la menor duda.

—Por cierto, aunque lo sé, quiero que me lo digas, ¿quiénes sois vosotros?

—Nosotros somos nosotros, pero estamos del lado bueno, fíate.

—¿Cómo quieres que me fíe? —pregunté con violencia.

—No vuelvas por ahí, Diego, no vuelvas por ahí —se puso muy seria—; yo también lo pasé mal, no sabes hasta qué punto.

—Bueno, supongamos que me interesa —le dije para abrir así la posibilidad de colaborar.

—Pues haremos lo de la otra vez; con diferencias, claro, con diferencias.

—¿Cuáles? —le pregunté porque no quería eludir lo nuestro, ni que ella lo hiciera.

—La primera es que actuarás solo.

—¿Y la segunda? ¿Cuál es la segunda?

—La segunda es consecuencia de la primera: no estaremos juntos: cuando tengas algo que contar, llamas a este teléfono. Ya sabes, memorízalo y rompe el papel.

—¿Y si me invento historias y te llamo por verte?

—Eso es cosa tuya.

Una relación sin arraigo

Henry Moore
Henry Moore, Two Forms (1934). MOMA

Aquel “No, Diego; ya no” lo determinó a desistir del primer impulso. ¿Qué sentirá? ¿Será que se defiende y pone entre nosotros la última barrera?, se preguntó dispuesto a reavivar el rescoldo por leve que fuera. Pero no era de los que toman la fortaleza por asalto. No quiso forzar la voluntad de Eugenia por más que lo asaltara la duda. Otra vez me retraigo, pensó, y le quedó la sensación de dejarlo todo a medias. De todos modos, no se dio por vencido.

—Aquí no estamos seguros —dijo—. No corramos peligro.

—¿Qué peligro? —Eugenia lo miró extrañada.

—Quiero decir que nos pueden interrumpir —Diego esbozó media sonrisa.

Eugenia reconoció que estarían mejor en un lugar tranquilo, fuera de la mirada y los oídos de la gente. Pero sabía, bien lo sabía, lo había sentido desde que lo volvió a ver, que la intimidad los llevaría otra vez al enredo, y no quería; tampoco estabilizarse con él. Pensaba que él tampoco lo deseaba, que la costumbre acabaría con los dos. Pese a todo, accedió por fin y no le puso condición alguna, le parecía pueril y estúpido, aunque sabía que no le sería fácil mantener la distancia ¿Acaso lo intentaría?

Caminaban despacio, intentaban no hacer caso al apremio del deseo. Disimulaban la urgencia, como si el único motivo fuera mantener una conversación de trabajo fuera de la curiosidad ajena.

Diego abrió la puerta y Eugenia hizo un comentario trivial para rebajar el tono: Pero si está todo igual, dijo. Diego cerró la puerta y se situó, como antaño, frente a ella. Avanzó y Eugenia alargó los brazos con ademán de detenerlo, pero le faltaron las fuerzas y posó blandamente las manos sobre los hombros del hombre.

Pero fueron otros en el abrazo. Las impresiones dejadas por otras manos, otros cuerpos, otros alientos se manifestaron en una forma de hacer más experta pero con menos entrega. Eugenia comprendió en el acto, en el abrazo, en los besos, que no habría compromiso, que el sexo, placentero y tórrido, era lo que quedaba, para bien, pensó. Así es mejor, cada cual con su vida, y una relación sin arraigo.

—Nos estamos haciendo mayores —dijo con ironía.

Diego sonrió.

—¿Te pongo una copa?

—¿Te queda de aquel bourbon?

Diego le dijo que no, que se había cansado de un sabor tan recio, que se había acostumbrado a un escocés normalito, y sacó una botella de J&B.

—¿Quieres hielo?

—Sí, dos cubitos —contestó ella.

Lo que había sido una pasión sin freno pasó a ser una relación sin objetivo, anclada en el presente, sin pretensión de durar.

—¿Qué tenías que decirme? —Diego sacó un paquete de cigarrillos, encendió uno y se lo pasó.

—¿Ya no fumas de aquello? —preguntó Eugenia con intención.

—No, ya no —contestó Diego—; a veces, no hace mucho, pero ya no, no me apetece.

—A lo mejor me quieres contar algo; para lo que tenemos que hablar tenemos tiempo —Eugenia le lanzó el humo en la cara y sonrió.

—No, qué va; no tengo nada que contar —Diego endureció la expresión—; mejor dicho, no quiero ¿Qué te puede importar?

—Ay, Diego, no te lamentes ¿Para qué volver? ¿No te parece bien así?

No, Diego, no; ya no

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Edvard Munch – Dos seres humanos (Los solitarios) (1905)

Diego y Eugenia se quedaron solos. Se hizo un silencio denso y tirante. Sólo se movían para dar un sorbo de cerveza o para fumar. Se miraban de hito en hito y bajaban la vista. Pasados unos minutos que parecieron horas, Eugenia rompió el silencio:

—Te tendré que decir lo que queremos de ti.

—¿Por qué no me lo cuentas en mi casa? —Diego preguntó con tristeza.

—Porque no sería bueno —le contestó Eugenia con suavidad.

—¿Por qué no sería bueno? Para mí sí lo sería; y creo que para ti también ¿Acaso crees que no te conozco? ¿Qué no sé interpretar tu mirada? ¿El temblor de tus labios?

—Precisamente por eso, Diego, precisamente por eso.

A Diego no le pasó desapercibido el titubeo de Eugenia, la falta de firmeza de sus afirmaciones. Cuántas veces nos hemos esforzado para evitar repetir aquello que se dejó, por volver a la querencia de lo placentero y bueno aunque se volviera maligno, en decir lo contrario de lo que se piensa y siente. Quien nos conoce distingue lo que escondemos. Hay un hilo delgado que rompe la resistencia o fortalece y cierra la boca de quien no quiere hablar. Hay en los amantes recorridos conocidos, caricias exclusivas, reconocimientos, barreras dispuestas para caer, o levantarse y hacerse infranqueables. Todo eso lo sabía Diego; también Eugenia. Había que tocar un punto sin lugar para el equívoco y le tocaba a él pulsarlo. Recordó la mañana en que Fina los dejó en Reina Victoria ante los edificios Titanic, el paseo de Santa Engracia, el taxi… Podía haber pensado que las personas cambian, que hay momentos únicos e irrepetibles, porque lo que fue un instante luminoso deviene en un fracaso, en un triste calco. Pero no lo pensó. Durante un minúsculo intervalo, pensaron en lo mismo, cuando se volvieron locos, pero no hubo sincronía, cuando Diego pulsó la tecla, el ángel había abandonado los dominios de Eugenia.

—¿Por qué no hacemos como entonces? —preguntó Diego y le tomó la mano.

—No, Diego, no; ya no —contestó ella.

 

»El tiempo es implacable. Lo que fue una conjunción perfecta pasó a ser un compromiso triste, un ejercicio de nostalgia compensatoria. Cuando me dijo «No, Diego, no; ya no», la tristeza se le escapaba por todos los poros, aunque sus palabras, su expresión y su rostro certificaban lo que se rompió el día que desapareció de mi vida.

Me sentí incómodo y se lo dije.

—¿Por qué? —me preguntó.

—Porque estaba convencido de que éramos amigos —le dije—. Tanta conversación, ¿para qué? Resulta que ha tenido que pasar el tiempo para que ahora me lo cuentes.

—Me parece que eres injusto —me dijo— ¿Qué sentido tiene que te tuviera al corriente de una actividad clandestina? Incluso te hubiera perjudicado. Si lo piensas bien, no me he portado tan mal, no te he obligado a decidir tus fidelidades. Por otra parte, me consta, lo que yo podía decir, que era bien poco comparado con lo que salía de otras fuentes, era mera información que no se llegó a utilizar.

—¿Estás seguro?

—Bueno, uno nunca puede estarlo. El que parecía mi objetivo desde luego que no, digo que no me consta que se actuara contra él, que más tarde, como te contaré, reaparece; diría que siempre fue un tío inquieto. Y te adelanto, creo que te sorprenderá, el papel que desempeñó en la nueva etapa.

No me sorprendió, pero esperé a que me lo contara; no me anticipé por no desvirtuar el discurso, por no obligarlo a improvisar, responder o defenderse; a olvidar con el apremio los detalles que traería pensados.

Ella no te fallará

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La cocina, Ramón Bayeu (hacia 1780) Wikimedia

—¿Esto? —Fina levantó la barbilla señalando la fachada— Esto es la ilusión de mi vida. No siempre fue así; lo que compré era pura ruina; apenas pude aprovechar los fundamentos y poco más. Al constructor —no sé si se puede hablar de restaurador— le dije más o menos lo que quería y más o menos lo que recordaba, porque me crié allá abajo, en la última aldea, y a los niños nos gustaba subir; la señora mayor nos daba frutas y caramelos, y nos dejaba jugar en los prados. Siempre me gustó. Murió la señora, la familia tardó en ponerse de acuerdo en lo que querían hacer con la casa; fíjate que le dio tiempo a caer; la casa era pura ruina. La pusieron en venta y la compré: es mi retiro.

—Nunca mejor dicho —comentó Luisa risueña y asombrada.

Porque no era para menos, ¿quién iba a imaginar que Fina, una mujer sin vida aparente, dedicada íntegramente al trabajo y a la renuncia, tuviera tamaño secreto, no de índole novelesca o peliculera sino íntimo y entrañable. Solo falta que ahora aparezca alguien a quien presente como su hijo, pensó Luisa.

—Así fue como lo pensé siempre —dijo Fina—. Cuando digo siempre me refiero a los últimos treinta y pico años, que ya viene a ser la mitad de mi vida. Me dije que haría todo lo posible por acabar aquí.

—Y lo has conseguido, vaya si lo has conseguido —replicó Luisa.

—Vamos dentro —Fina cogió a Luisa del brazo y la llevó con paso decidido hacia el portón.

En el quicio, disimulado, dentro de un cajetín, se podía ver un teclado. Fina introdujo la llave, marcó un código, se oyó un clic, el mecanismo permitió el giro de la llave y la puerta se abrió.

La luz, de suyo filtrada y absorbida por árboles y prados, pasaba por el tamiz de encaje de los visillos de modo que sugería un espacio suspendido e irreal. Se veía todo nuevo: tratado o renovado: piedra, hierro y madera. Se irrumpía de golpe en el corazón de la casa, a una sala diáfana que hacía las veces de cocina, comedor y salón, todo ello seguido de izquierda a derecha

—Estarás en la gloria —dijo Luisa, que no paraba de mirar de un lado a otro.

La cocina, haciendo isla, los fregaderos bajo una ventana, potas y sartenes a la vista, unas en vasares, las otras colgadas al estilo antiguo. A la derecha una mesa amplia y consistente rodeada de sillas. Más a la derecha, a un nivel ligeramente más bajo, una mesa grande de comedor y en las paredes armarios y aparadores, y al fondo, un conjunto de tres sofás, un par de sillones, librerías y un televisor. En la pared de la izquierda, un robusto hogar con algunos troncos encendidos; al fondo, una escalera de hierro y madera conducía a la planta superior.

—No me quejo —contestó Fina.

—¿Y todo esto para ti sola? —preguntó Luisa con intención. Se había quitado la ropa de abrigo y sentado al amor de la lumbre.

—Alguien habrá encendido —observó Fina con picardía—, pero sí, básicamente para mí sola, lo que no quita para que una se relacione —sorprendió una cierta incomodidad en Luisa—; no, no te preocupes, no te meteré en sociedad: tú y yo solas.

Fina se levantó y fue hacia la cocina, ‘No te muevas’, dijo, pero Luisa se levantó y la siguió. Sobre la encimera de mármol gris oscuro y azulado con vetas blancas había una tabla cubierta por un paño, bajo la tabla se adivinaba la existencia de algo pleno, y panzudo por el centro. Fina retiró el paño y apareció una empanada circular. El suculento aroma se dejó notar.

—Bueno, nos sentamos aquí y charlamos un rato, luego comemos. Ya verás, te vas a chupar los dedos—. Cortó un trozo de empanada y lo dividió en otros más pequeños que puso en un plato blanco con bordes azulados. Cogió dos copas y sacó de la nevera una botella de vino blanco pálido y fresco.

La verdad es que Luisa no salía de su asombro. Fina se había jubilado, se había despedido discretamente —en el departamento no era la amistad lo que mejor se cultivaba—, se había ido en todos los sentidos, lo cual se interpretó como una desaparición. Antes de irse, aparte, se reunió con Luisa en un lugar convenido y le dijo que la había recomendado para que ocupara su puesto: ‘Siempre me he fiado de ti’, le dijo, ‘lo cual es comprensible debido a nuestra antigua amistad y a la competencia que has demostrado; tú, en caso de que ocurra lo que creo que ocurrirá, tendrás que pelear con los celos y resentimientos de quienes aspiran al puesto; eso lo desmontarás con tiempo y paciencia, la gente se cansa; aunque recuerda aquel asunto, ya sabes cómo se las gastan algunos. Quien no te fallará será Eugenia; bastante le hicimos cuando la pusimos a prueba, y ahí sigue; de los demás no te fíes, pero dales cuerda, sólo así saldrás adelante’.

Viaje a París

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París en Blanco y Negro

A Luisa no le quedaron ganas de hacer nada, tampoco de acabar la carrera, pero fue el tesón de sus padres y de Josefina Freire, amiga de la familia y antigua compañera de su padre, quienes la sacaron de la depresión y la animaron a concluir los estudios. Fue Josefina quien la reclutó para la nueva sección que se estaba formando; algo nuevo, arriesgado y poco de fiar para los de arriba, aunque auspiciado por el jefe, experto en servicios de información. De ese modo, fue una de las primeras mujeres que formarían parte del nuevo organismo, en el que Josefina Freire desempeñaría un papel relevante.

Pero aquella era una noche triste. El metro seguía su curso estación tras estación, y Luisa parecía no llevar rumbo, como si no le importara donde bajar.

De pronto pareció despertar de un sueño, tomó conciencia de la situación, pensó que Eugenia se las arreglaría sola. Sabía perfectamente cuál era la misión y cuál era su papel, incluso tenía permiso para tomarse un desahogo siempre que no se comprometiera demasiado. El metro entró en la estación de Valdeacederas y ella tenía que haber bajado en Cuatro Caminos. Bajó, cambió de andén y dirección y esperó al tren que venía de Plaza de Castilla. Tomó nota de que, metida en sus pensamientos, había dejado de prestar atención. Miró a la gente, poca, que había en ambos andenes y esperó en la cabecera hasta que llegó el tren. Subió, inspeccionó el vagón de arriba abajo y recostó la espalda en uno de los laterales. En esa posición, con aire despistado, esperó hasta llegar a su destino. Bajó, miró con disimulo hacia ambos lados y emprendió la marcha hacia la salida, no sin antes tomar nota de una mujer joven rubia, con zamarra amarilla y pantalones negros y un joven de pelo teñido, cresta, imperdibles en las orejas, chupa de cuero sintético verdoso y pantalón azul marino hecho jirones. Sonrió para sí: a pesar de la parafernalia cantaban demasiado: parecían salidos de Cornejo. Salió a Reina Victoria y bajó por la acera de la derecha hasta Dr. Federico Rubio. Entró en un edificio de apartamentos y miró el buzón. Cogió el ascensor, pulsó el tercer piso, salió, fue hacia la puerta G, abrió y se sintió en su casa.

Una vez dentro, se desnudó, tomó una ducha caliente, se puso el pijama, la bata, las zapatillas y conectó la TV. De la nevera sacó una pastilla de chocolate y cubos de hielo; del bar, una botella de whisky. Se sentó cómoda en el sillón y se sirvió un trago generoso.

Parecía que miraba la televisión, el programa insustancial o la película descatalogada, pero no importaba, el caso era sentir el runrún y tenerla de compañía. En ese momento pensaba poco en el trabajo; en cambio le venían  a la mente deseos incumplidos y a la memoria fragmentos de una vida a la que poco exigía, pero al menos algo de eso que llaman felicidad.

Y claro que hubo un tiempo en que fue feliz. Fina la había mandado a París en comisión de servicio. Su misión consistía en contactar mediante un buzón de seguridad con un infiltrado en lo que se llamó Junta Democrática para recibir información de lo que allí se respiraba, los proyectos, los contactos, todo ello por interés directo de la Presidencia del Gobierno.

¿Por qué ella? Pensaron, en realidad fue Fina, que una mujer se movería más cómoda. La tapadera era una representación de cosméticos a cargo de una conocida firma. Un día, diversas circunstancias retrasaron su vuelo y tuvo que hacer noche en el hotel próximo al aeropuerto.

Un accidente

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Francis Picabia (1879–1953), Olga , 1930 Lápiz grafito y crayón sobre papel

Una vez en la calle Luisa le volvió a agradecer su gentileza pero le reiteró que prefería ir en metro y pasear. Álvaro no se dio por vencido e insistió, incluso se ofreció a acompañarla, a conversar, a conocerse. Para todo ello echó mano de su indudable encanto personal, sobre todo al constatar que a Luisa no le desagradaba su compañía. Pero ésta adoptó un aire de seriedad y le dijo:

  —Anda, coge tu taxi, no sea que se haga tarde para llamar a tu mujer y a tus hijos.

  Luisa le tendió la mano, le dio dos besos y se metió en la boca del metro.

 Bajó deprisa y con agilidad las escaleras. Con la costumbre que da la profesión, comprobó de forma rutinaria si Álvaro la seguía, por si no se daba por vencido.

 Ya en el metro, mecida por el traqueteo, sintió haberlo dejado así plantado. A Luisa le habían gustado su fe y desparpajo, y su apariencia de hombre limpio y hermoso; quién sabe a qué acababa de renunciar, todo fuera por el servicio. Pensó en las relaciones, en las restricciones que venían impuestas. Eugenia, tiempo atrás, rompió la norma, y vino lo que vino. Fina se percató de que Eugenia había quedado pillada, que el amor se había impuesto a la responsabilidad de la misión. Decidieron abortarla y Diego les dio la oportunidad de hacerlo como resultado lógico cuando él mismo manifestó la sospecha de que lo estaban manipulando. No les resultó fácil convencer a Eugenia de que había que organizar su desaparición. Hubo que recurrir a la disciplina y a la amenaza. Finalmente se doblegó, pero estuvo un tiempo deprimida, despistada, no apta para el servicio. La cubrieron entre Fina y Luisa hasta que se hicieron con ella. Una no se debe encariñar con nadie, pensaba, pero, cómo evitarlo. Fina, bajo su aspecto maternal, podía ser fría e implacable; sin embargo el enamoramiento de Eugenia lo tomó como un error personal por el que la chica no tenía por qué pagar. Se portó bien con ella, y Luisa, la sucesora natural de Fina, aprendió que en cualquier oficio o cometido el cariño no tiene por qué estar proscrito, que no se pierde nada por cuidar unos de otros, eso sí, marcando con claridad las líneas que separan la vida personal de la disciplina y las reglas del juego. Eso fue lo que inculcaron a Eugenia después del fiasco de la misión y por eso ahora Luisa le daba una segunda oportunidad, bajo la advertencia de que en este caso no habría miramientos si flaqueaba.

  Luisa pensó en las oportunidades perdidas ¿Hay que renunciar al amor? No, pero hay que saber gestionarlo, administrar los compromisos, y en caso de establecerlos, tener en cuenta la provisionalidad y la arbitrariedad del azar y las contingencias. Sobre todo cubrirse y cubrir a los otros de los posibles daños. Por todo ello, esa tarde se sintió especialmente incómoda. Soy una mujer, se dijo, y ese hombre me ha gustado, pensó en pasado porque de antemano había renunciado a él. No sé si será la edad, pero hoy estoy propicia, siguió con sus pensamientos; me apetece, y no quiero coger una habitación de hotel, el teléfono, solicitar compañía.

  Solicitar compañía. La soledad te lleva a buscar un consuelo lo más impersonal posible. Un desahogo y ya está. Con la tarjeta de crédito no hay que pasar por el bochorno de los billetes. Amabilidad y pericia, todo muy profesional. Y lo aceptas porque te sientes sola y te aprieta el deseo.

  No quiere esto decir que Luisa nunca hubiera tenido relaciones, incluso estuvo a punto de casarse hace ya unos años, cuando era realmente joven. Fue en la Complutense, en la Facultad de Derecho, se llamaba Ángel Santana, estaban en el mismo curso. Proyectaron poner un bufete, trabajar juntos, casarse, tener hijos. Ángel era natural de Valdepeñas; allí vivían sus padres; acostumbraba a ir al pueblo una vez al mes. Luisa lo acompañaba a veces, y otras aprovechaba para visitar ella también a los suyos en Guadalajara. Aquel fin de semana Ángel iba solo. Conducía un R-8. La carretera estaba tranquila a esa hora de la tarde. Había oscurecido. En una curva, a la altura de La Guardia, un coche que venía de frente invadió el carril izquierdo y chocó contra el coche de Ángel, al que sacó de la carretera y le hizo dar dos vueltas de campana. Ángel murió en el acto y el otro conductor salió con graves heridas; su mujer, que viajaba al lado, quedó parapléjica.

Elisa, qué mujer tan extraña

Elisa, qué mujer tan extraña. Apenas la conocí. Recuerdo la noche en que Elvira nos la presentó, aunque confieso que me hago un lío; Elvira dice que yo no estaba, Diego cree que sí, y Elisa no me recuerda en su relato, al menos no se refiere a mí de ninguna manera, aunque, lo que es más seguro, fui para ella transparente; bien mirado, y a decir verdad, sólo tuvo ojos y sentidos para Diego, así que no me extraña que no me mencione. Lo que me extraña es que Elvira sea tan tajante; se burla de mí, seguro que se burla de mí. Qué intensa su relación con Diego, digo la de Elisa. Apenas salían. Nadie salvo Elvira tuvo amistad con ella. Vivía completamente retirada, absorbida por su trabajo, ausente de todo contacto social. Es una relación que, a diferencia de otras, Diego no quiere contar. Incluso ahora que lo sabemos todo, al menos lo que ella dice, Diego no nos deja entrar en su parte. En el relato en el que salgo difunto, apenas cuenta, si acaso al principio, cuando lo echa de su casa. Se lo he preguntado, ¿por qué aquello? Y Diego contesta con evasivas ¿Acudirías si te llamara?, le pregunto. Ahora no, por supuesto; aunque en otro tiempo… Me contesta y lo deja ahí. Elvira se ve con ella, por Elvira tenemos noticias suyas, nunca en detalle. Bien, está bien, dice; muy relajada, mucho más que entonces, tiene sus amigos… ¡Sale! Mira que costaba sacarla de su encierro. ¿Ha tenido problemas?, le preguntamos a Elvira. Y ella dice: Qué va, es una novela ¿Quién puede creer que lo que cuento sea verdad?. Lo podían comprobar, le dije una vez. Bueno, que lo comprueben ¿Tú qué crees?, me preguntó a bocajarro. Si yo te creo, le dije. Eso es lo que importa, sonrió, porque estas cosas nadie se las cree; eso me favorece.

¿No te da por ir a verla?, le pregunté a Diego. Me contestó que a veces está tentado, pero luego insiste en que está mejor así; aunque me llame no iré; así es la vida, querido Luis.

La vida de Diego está marcada por tres mujeres. Tres mujeres de marcada personalidad y de belleza notable; dos bastante parecidas en cuanto a su apariencia, con personalidad, carácter y biografía distintas, eso es lo que sabemos; la otra es el contrapunto, podríamos decir. Sin embargo, parece paradójico, es Blanca la que más lo influye: se nota su presencia, se ve en él su reflejo. Da la impresión de que con ella Diego se somete gustoso. Tiene suerte el muy bandido. Me refiero a estos años últimos, tan entregado al estudio, la escritura y el amor. Ahora que no se debe a nadie y tiene que mentir lo justo, en cuanto a la escritura me refiero.

 

Sobre la imagen: Puerta de acceso al antiguo café Lion con sus faroles (http://antiguoscafesdemadrid.blogspot.com/2013/03/el-cafe-lion-y-su-ballena-alegre.html)

Un nuevo trabajo

“Escucha con atención”, me dijo. Noté el cuerpo tenso, no pude evitar un escalofrío ni la sensación de que vivía escenas anteriores aunque en un marco diferente. No necesitaban montar un número. Quise odiar a Eugenia pero no pude; al contrario, al verla, al mirarla, revivía los momentos pasados, los días, que fueron muchos, en que convivimos, en la pasión y el amor que nos tuvimos. Y en ese momento la tenía de nuevo conmigo, requerido de forma rocambolesca para no sé qué que me diría Luisa, una Eugenia que pretendió hablarme con una firmeza profesional que me sonó impostada, que de nuevo me buscaba sin que yo alcanzara a intuir en qué consistía su requerimiento.

»Para imprimir solemnidad al asunto, Luisa dio una profunda calada al cigarrillo, tomó un breve sorbo de cerveza, carraspeó ligeramente y comenzó:

—Como comprenderás, Diego, sabemos dónde estás y qué haces —hizo una pausa, volvió al cigarrillo, a la cerveza, aclaró nuevamente la garganta, la voz le había salido ronca—. Precisamente por tu posición y por haber trabajado con nosotros eres la persona idónea para que te encomendemos este nuevo trabajo.

»No sé cuál sería mi expresión, pero se interrumpió al ver la cara que puse. Aunque pienso, en fin, lo sé, todo estaba previsto, se trataba de una pausa ensayada, pensada, programada, diríamos hoy, para dejarme respirar, para que me expresara, para descomprimirme, para crear mi expectación al tiempo que, en principio, quedaba al descubierto el asunto por el que me habían llamado. Eso lo debía de saber en aquel momento, con varios años de profesión y experiencia, después de escribir acotaciones en los discursos, señalar las pausas, los énfasis, los cambios de tono. Pero estaba tan tenso que no pude evitar estar a su merced.

 

—¿Cómo que un nuevo trabajo? —balbució.

—Sí, claro, un nuevo trabajo para nosotros sin apenas riesgo; algo sencillo, y todos nos beneficiaremos; no tendrás queja, ya lo verás.

—¿Y si me niego? —adoptó una mirada hosca; trataba de retener sin éxito la de Eugenia.

—No te puedes negar —apoyó Eugenia, que estaba como recién salida de un rapto, de una ausencia.

—¿Por qué no me puedo negar? —la pregunta era para las dos; las miró alternativamente para enfatizar. Buscaba la respuesta de Luisa por dos razones: quería oírselo por su mayor jerarquía, siempre le pareció evidente, y por evitar que Eugenia le dijera algo desagradable.

—Porque no nos conviene —dijo fatalmente Eugenia—. A ti porque sufrirías las consecuencias; a nosotras porque sería un fracaso que no nos podemos permitir.

—¿Qué consecuencias? —se atrevió a preguntar.

—Graves y de todo tipo —apoyó Luisa—. Créenos, no te conviene. Has trabajado con nosotras, nos conoces, sabes que no nos gustan los jueguecitos…

—¿Ah no? —preguntó airado dirigiéndose a Eugenia.

—No, no te confundas —Eugenia respondió con sequedad—; no nos gustan los juegos; a mí menos; nunca he jugado contigo, otra cosa es el alcance de las relaciones, los motivos, los gustos, las necesidades…

—Las necesidades… ¿Qué necesidades? —Diego iba elevando el tono e ignorando la presencia de Luisa.

—Las necesidades, Diego —Eugenia bajó la voz—; deberías saberlo, haberlo pensado, esto es así; todos lo sentimos; no te engaño. Pero ahora no vamos a hablar de eso; más adelante, si quieres, hablamos y te aclaro las dudas, siempre que pueda.

Reencuentro

Esa es otra historia, había dicho Diego cuando le pregunté por la llamada apurada de Eugenia. Le dijo que se reuniera con ella donde él sabía.

—¿Y acudiste? —le pregunté. Bien sabía la respuesta.

—Claro que acudí —me contestó—. Con celeridad, sin pensarlo.

No diré que Diego aceptó la espantada de Eugenia como si tal cosa, pero tuvo que admitir que eso era lo que temía. Cualquier día vuelvo a casa y no está, se decía, incluso se lo llegó a plantear. Qué cosas tienes, contestaba ella, intentando que no sonara a evasiva. El desánimo no le hizo mella y apenas se le notó el contratiempo. Una vez le pregunté y me dijo que habían cortado; con esa expresión me lo dijo, y yo lo interpreté como una de tantas rupturas; no le di la menor importancia.

En el ínterin ocurrieron los cambios a los que me he referido, y acabamos en el departamento de información y propaganda, así lo llamaron, donde leíamos los periódicos, seleccionábamos las noticias, los comentarios, los bulos, en fin, todo lo que interesara, para contestar, escribir, diseñar, confeccionar discursos; éramos los negros de la organización.

»No podía pensar —Diego sorbió un trago de whisky—. Eugenia, al cabo del tiempo, me llamaba; y la vi apurada y en peligro; sólo pensé en actuar, en acudir inmediatamente; me vi con ella, otra vez con ella, continuando quién sabe qué aventura.

»Blanca se mantenía distante y la habían mandado a una región, la suya, como trampolín para regresar a Madrid. Eso creía.

»Y entremedias… Bueno, de eso no hablo, ya lo cuenta Elisa. Así que te lo repito: ese es mi sino, por eso me da miedo querer; lo de hoy no me lo acabo de creer, temo que el día menos pensado se romperá.

»Llegué al bar convenido, discreto, de clientela móvil y de paso, y comprobé que no estaba, aunque supuse que en un momento aparecería, como así ocurrió. La acompañaba Luisa, los años no la habían maltratado y mantenía el atractivo de la mujer resuelta que era. Eugenia estaba espléndida, madura, grave; y perdí la cabeza. Otra vez, me dije, acabas de salir de un fracaso que no alcanzas a explicarte, porque Elisa te ha echado de su vida sin contemplaciones, sin darte una mínima explicación, algo para comprender, y ya estás de nuevo metido en otro asunto del que, seguro, saldrás mal parado. Has venido, dijo Eugenia, y me besó con un roce, suficiente para abrasarme. Luisa me besó convencionalmente y señaló una mesa donde sentarnos.

»De la primera observación que hice, no conseguí ver ninguna señal de apuro, ninguna invitación a cambiar de sitio, ninguna prisa. De sus expresiones, aunque sabía que de ahí apenas se podía sacar nada de lo que preocuparse, más bien se deducía que se trataba de un reencuentro en el que algo me habían de exponer o explicar. No contaba ni por asomo que, al cabo del tiempo, Eugenia me hubiera convocado para explicarme su desaparición. Naturalmente, la situación picó mi curiosidad y me puso expectante y tenso.

»Nos sentamos, pedimos unas cervezas y esperamos a que se alejara el camarero, pero al quedarnos solos se hizo el silencio. Nos mirábamos, sonreíamos, nos volvíamos a mirar, y nadie decía nada. Fue Luisa la que, de manera formularia, me preguntó por mi vida, cómo me iba y esas cosas.

—Supongo que lo sabréis —le dije sin reticencia, aunque con intención.

—Bueno, sí, lo sabemos; para qué te vamos a engañar —dijo con naturalidad—; lo que me preocupa es que no te hayas dado cuenta, bueno, en eso sí te miento; eso quiere decir que hacemos bien nuestro trabajo.

—¿Por qué te preocupa? —pregunté por seguir el hilo.

—Porque no hay que bajar la guardia; menos ahora.

»La conversación insustancial y la pasividad de Eugenia empezaron a incomodarme. Tomé la determinación de dar por terminado lo que me pareció un simulacro, de decirle lo que llevaba guardado. Pero me sentía confuso, falto de energía; por aquellos días andaba rumiando lo de Elisa. Me preguntaba por mi maldita pasividad, mi manía de dejar hacer. Si alguien toma una decisión, no hay que intervenir. Si una mujer te echa de su vida, desapareces sin más; no vuelves, no preguntas, no pides explicaciones… ¿Qué supe de ella? Una noche se abrió conmigo y me habló del dolor que llevaba dentro, persistente y enloquecedor. Pero yo la aceptaba como era, con sus rarezas, caprichos y locuras. Y su forma de amar, tan distinta y a la vez tan plena como la de Eugenia; nadie como ella me ha marcado la espalda y luchado para meterme dentro de sí, con ese ansia, con ese deseo enloquecido. Blanca a su lado es como un oasis, un mar en calma, un lago de aguas tibias, acogedor y cálido. Blanca, sobre todo hoy, es pura ternura. Qué le voy a hacer; en el fondo tengo mucha suerte.

»Pero estaba hablando de la incomodidad que me producía la pasividad de Eugenia, que me sugería distanciamiento o deseo de no hablar del pasado, como si se tratara de un reencuentro de colegas, nada que ver con la urgencia que había empleado al llamarme, y que encima no saben qué decirse. Entonces me decidí y dije:

—Ya que no sacáis el tema, lo saco yo; supongo que, salvo los detalles, lo nuestro no es ningún secreto —miré a Eugenia con fijeza—; y bien que me dejaste a verlas venir, abandonado y burlado. Buena forma de desaparecer, sí señor, como si fuera una puta, o un puto, que para el caso es lo mismo. Con que íbamos a por el tal Mateo.

»Eugenia me miró con intensidad. Luisa encendió un cigarrillo y, literalmente, miró para otro lado. Eugenia me dijo:

—No me voy a disculpar. Tienes toda la razón, esto es injusto; también para mí, pero no me voy a disculpar; las cosas son así y yo no puedo cambiarlas. Ahora le toca hablar a Luisa. Escucha con atención.