Viaje a París

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París en Blanco y Negro

A Luisa no le quedaron ganas de hacer nada, tampoco de acabar la carrera, pero fue el tesón de sus padres y de Josefina Freire, amiga de la familia y antigua compañera de su padre, quienes la sacaron de la depresión y la animaron a concluir los estudios. Fue Josefina quien la reclutó para la nueva sección que se estaba formando; algo nuevo, arriesgado y poco de fiar para los de arriba, aunque auspiciado por el jefe, experto en servicios de información. De ese modo, fue una de las primeras mujeres que formarían parte del nuevo organismo, en el que Josefina Freire desempeñaría un papel relevante.

Pero aquella era una noche triste. El metro seguía su curso estación tras estación, y Luisa parecía no llevar rumbo, como si no le importara donde bajar.

De pronto pareció despertar de un sueño, tomó conciencia de la situación, pensó que Eugenia se las arreglaría sola. Sabía perfectamente cuál era la misión y cuál era su papel, incluso tenía permiso para tomarse un desahogo siempre que no se comprometiera demasiado. El metro entró en la estación de Valdeacederas y ella tenía que haber bajado en Cuatro Caminos. Bajó, cambió de andén y dirección y esperó al tren que venía de Plaza de Castilla. Tomó nota de que, metida en sus pensamientos, había dejado de prestar atención. Miró a la gente, poca, que había en ambos andenes y esperó en la cabecera hasta que llegó el tren. Subió, inspeccionó el vagón de arriba abajo y recostó la espalda en uno de los laterales. En esa posición, con aire despistado, esperó hasta llegar a su destino. Bajó, miró con disimulo hacia ambos lados y emprendió la marcha hacia la salida, no sin antes tomar nota de una mujer joven rubia, con zamarra amarilla y pantalones negros y un joven de pelo teñido, cresta, imperdibles en las orejas, chupa de cuero sintético verdoso y pantalón azul marino hecho jirones. Sonrió para sí: a pesar de la parafernalia cantaban demasiado: parecían salidos de Cornejo. Salió a Reina Victoria y bajó por la acera de la derecha hasta Dr. Federico Rubio. Entró en un edificio de apartamentos y miró el buzón. Cogió el ascensor, pulsó el tercer piso, salió, fue hacia la puerta G, abrió y se sintió en su casa.

Una vez dentro, se desnudó, tomó una ducha caliente, se puso el pijama, la bata, las zapatillas y conectó la TV. De la nevera sacó una pastilla de chocolate y cubos de hielo; del bar, una botella de whisky. Se sentó cómoda en el sillón y se sirvió un trago generoso.

Parecía que miraba la televisión, el programa insustancial o la película descatalogada, pero no importaba, el caso era sentir el runrún y tenerla de compañía. En ese momento pensaba poco en el trabajo; en cambio le venían  a la mente deseos incumplidos y a la memoria fragmentos de una vida a la que poco exigía, pero al menos algo de eso que llaman felicidad.

Y claro que hubo un tiempo en que fue feliz. Fina la había mandado a París en comisión de servicio. Su misión consistía en contactar mediante un buzón de seguridad con un infiltrado en lo que se llamó Junta Democrática para recibir información de lo que allí se respiraba, los proyectos, los contactos, todo ello por interés directo de la Presidencia del Gobierno.

¿Por qué ella? Pensaron, en realidad fue Fina, que una mujer se movería más cómoda. La tapadera era una representación de cosméticos a cargo de una conocida firma. Un día, diversas circunstancias retrasaron su vuelo y tuvo que hacer noche en el hotel próximo al aeropuerto.

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Un accidente

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Francis Picabia (1879–1953), Olga , 1930 Lápiz grafito y crayón sobre papel

Una vez en la calle Luisa le volvió a agradecer su gentileza pero le reiteró que prefería ir en metro y pasear. Álvaro no se dio por vencido e insistió, incluso se ofreció a acompañarla, a conversar, a conocerse. Para todo ello echó mano de su indudable encanto personal, sobre todo al constatar que a Luisa no le desagradaba su compañía. Pero ésta adoptó un aire de seriedad y le dijo:

  —Anda, coge tu taxi, no sea que se haga tarde para llamar a tu mujer y a tus hijos.

  Luisa le tendió la mano, le dio dos besos y se metió en la boca del metro.

 Bajó deprisa y con agilidad las escaleras. Con la costumbre que da la profesión, comprobó de forma rutinaria si Álvaro la seguía, por si no se daba por vencido.

 Ya en el metro, mecida por el traqueteo, sintió haberlo dejado así plantado. A Luisa le habían gustado su fe y desparpajo, y su apariencia de hombre limpio y hermoso; quién sabe a qué acababa de renunciar, todo fuera por el servicio. Pensó en las relaciones, en las restricciones que venían impuestas. Eugenia, tiempo atrás, rompió la norma, y vino lo que vino. Fina se percató de que Eugenia había quedado pillada, que el amor se había impuesto a la responsabilidad de la misión. Decidieron abortarla y Diego les dio la oportunidad de hacerlo como resultado lógico cuando él mismo manifestó la sospecha de que lo estaban manipulando. No les resultó fácil convencer a Eugenia de que había que organizar su desaparición. Hubo que recurrir a la disciplina y a la amenaza. Finalmente se doblegó, pero estuvo un tiempo deprimida, despistada, no apta para el servicio. La cubrieron entre Fina y Luisa hasta que se hicieron con ella. Una no se debe encariñar con nadie, pensaba, pero, cómo evitarlo. Fina, bajo su aspecto maternal, podía ser fría e implacable; sin embargo el enamoramiento de Eugenia lo tomó como un error personal por el que la chica no tenía por qué pagar. Se portó bien con ella, y Luisa, la sucesora natural de Fina, aprendió que en cualquier oficio o cometido el cariño no tiene por qué estar proscrito, que no se pierde nada por cuidar unos de otros, eso sí, marcando con claridad las líneas que separan la vida personal de la disciplina y las reglas del juego. Eso fue lo que inculcaron a Eugenia después del fiasco de la misión y por eso ahora Luisa le daba una segunda oportunidad, bajo la advertencia de que en este caso no habría miramientos si flaqueaba.

  Luisa pensó en las oportunidades perdidas ¿Hay que renunciar al amor? No, pero hay que saber gestionarlo, administrar los compromisos, y en caso de establecerlos, tener en cuenta la provisionalidad y la arbitrariedad del azar y las contingencias. Sobre todo cubrirse y cubrir a los otros de los posibles daños. Por todo ello, esa tarde se sintió especialmente incómoda. Soy una mujer, se dijo, y ese hombre me ha gustado, pensó en pasado porque de antemano había renunciado a él. No sé si será la edad, pero hoy estoy propicia, siguió con sus pensamientos; me apetece, y no quiero coger una habitación de hotel, el teléfono, solicitar compañía.

  Solicitar compañía. La soledad te lleva a buscar un consuelo lo más impersonal posible. Un desahogo y ya está. Con la tarjeta de crédito no hay que pasar por el bochorno de los billetes. Amabilidad y pericia, todo muy profesional. Y lo aceptas porque te sientes sola y te aprieta el deseo.

  No quiere esto decir que Luisa nunca hubiera tenido relaciones, incluso estuvo a punto de casarse hace ya unos años, cuando era realmente joven. Fue en la Complutense, en la Facultad de Derecho, se llamaba Ángel Santana, estaban en el mismo curso. Proyectaron poner un bufete, trabajar juntos, casarse, tener hijos. Ángel era natural de Valdepeñas; allí vivían sus padres; acostumbraba a ir al pueblo una vez al mes. Luisa lo acompañaba a veces, y otras aprovechaba para visitar ella también a los suyos en Guadalajara. Aquel fin de semana Ángel iba solo. Conducía un R-8. La carretera estaba tranquila a esa hora de la tarde. Había oscurecido. En una curva, a la altura de La Guardia, un coche que venía de frente invadió el carril izquierdo y chocó contra el coche de Ángel, al que sacó de la carretera y le hizo dar dos vueltas de campana. Ángel murió en el acto y el otro conductor salió con graves heridas; su mujer, que viajaba al lado, quedó parapléjica.

Elisa, qué mujer tan extraña

Elisa, qué mujer tan extraña. Apenas la conocí. Recuerdo la noche en que Elvira nos la presentó, aunque confieso que me hago un lío; Elvira dice que yo no estaba, Diego cree que sí, y Elisa no me recuerda en su relato, al menos no se refiere a mí de ninguna manera, aunque, lo que es más seguro, fui para ella transparente; bien mirado, y a decir verdad, sólo tuvo ojos y sentidos para Diego, así que no me extraña que no me mencione. Lo que me extraña es que Elvira sea tan tajante; se burla de mí, seguro que se burla de mí. Qué intensa su relación con Diego, digo la de Elisa. Apenas salían. Nadie salvo Elvira tuvo amistad con ella. Vivía completamente retirada, absorbida por su trabajo, ausente de todo contacto social. Es una relación que, a diferencia de otras, Diego no quiere contar. Incluso ahora que lo sabemos todo, al menos lo que ella dice, Diego no nos deja entrar en su parte. En el relato en el que salgo difunto, apenas cuenta, si acaso al principio, cuando lo echa de su casa. Se lo he preguntado, ¿por qué aquello? Y Diego contesta con evasivas ¿Acudirías si te llamara?, le pregunto. Ahora no, por supuesto; aunque en otro tiempo… Me contesta y lo deja ahí. Elvira se ve con ella, por Elvira tenemos noticias suyas, nunca en detalle. Bien, está bien, dice; muy relajada, mucho más que entonces, tiene sus amigos… ¡Sale! Mira que costaba sacarla de su encierro. ¿Ha tenido problemas?, le preguntamos a Elvira. Y ella dice: Qué va, es una novela ¿Quién puede creer que lo que cuento sea verdad?. Lo podían comprobar, le dije una vez. Bueno, que lo comprueben ¿Tú qué crees?, me preguntó a bocajarro. Si yo te creo, le dije. Eso es lo que importa, sonrió, porque estas cosas nadie se las cree; eso me favorece.

¿No te da por ir a verla?, le pregunté a Diego. Me contestó que a veces está tentado, pero luego insiste en que está mejor así; aunque me llame no iré; así es la vida, querido Luis.

La vida de Diego está marcada por tres mujeres. Tres mujeres de marcada personalidad y de belleza notable; dos bastante parecidas en cuanto a su apariencia, con personalidad, carácter y biografía distintas, eso es lo que sabemos; la otra es el contrapunto, podríamos decir. Sin embargo, parece paradójico, es Blanca la que más lo influye: se nota su presencia, se ve en él su reflejo. Da la impresión de que con ella Diego se somete gustoso. Tiene suerte el muy bandido. Me refiero a estos años últimos, tan entregado al estudio, la escritura y el amor. Ahora que no se debe a nadie y tiene que mentir lo justo, en cuanto a la escritura me refiero.

 

Sobre la imagen: Puerta de acceso al antiguo café Lion con sus faroles (http://antiguoscafesdemadrid.blogspot.com/2013/03/el-cafe-lion-y-su-ballena-alegre.html)

Un nuevo trabajo

“Escucha con atención”, me dijo. Noté el cuerpo tenso, no pude evitar un escalofrío ni la sensación de que vivía escenas anteriores aunque en un marco diferente. No necesitaban montar un número. Quise odiar a Eugenia pero no pude; al contrario, al verla, al mirarla, revivía los momentos pasados, los días, que fueron muchos, en que convivimos, en la pasión y el amor que nos tuvimos. Y en ese momento la tenía de nuevo conmigo, requerido de forma rocambolesca para no sé qué que me diría Luisa, una Eugenia que pretendió hablarme con una firmeza profesional que me sonó impostada, que de nuevo me buscaba sin que yo alcanzara a intuir en qué consistía su requerimiento.

»Para imprimir solemnidad al asunto, Luisa dio una profunda calada al cigarrillo, tomó un breve sorbo de cerveza, carraspeó ligeramente y comenzó:

—Como comprenderás, Diego, sabemos dónde estás y qué haces —hizo una pausa, volvió al cigarrillo, a la cerveza, aclaró nuevamente la garganta, la voz le había salido ronca—. Precisamente por tu posición y por haber trabajado con nosotros eres la persona idónea para que te encomendemos este nuevo trabajo.

»No sé cuál sería mi expresión, pero se interrumpió al ver la cara que puse. Aunque pienso, en fin, lo sé, todo estaba previsto, se trataba de una pausa ensayada, pensada, programada, diríamos hoy, para dejarme respirar, para que me expresara, para descomprimirme, para crear mi expectación al tiempo que, en principio, quedaba al descubierto el asunto por el que me habían llamado. Eso lo debía de saber en aquel momento, con varios años de profesión y experiencia, después de escribir acotaciones en los discursos, señalar las pausas, los énfasis, los cambios de tono. Pero estaba tan tenso que no pude evitar estar a su merced.

 

—¿Cómo que un nuevo trabajo? —balbució.

—Sí, claro, un nuevo trabajo para nosotros sin apenas riesgo; algo sencillo, y todos nos beneficiaremos; no tendrás queja, ya lo verás.

—¿Y si me niego? —adoptó una mirada hosca; trataba de retener sin éxito la de Eugenia.

—No te puedes negar —apoyó Eugenia, que estaba como recién salida de un rapto, de una ausencia.

—¿Por qué no me puedo negar? —la pregunta era para las dos; las miró alternativamente para enfatizar. Buscaba la respuesta de Luisa por dos razones: quería oírselo por su mayor jerarquía, siempre le pareció evidente, y por evitar que Eugenia le dijera algo desagradable.

—Porque no nos conviene —dijo fatalmente Eugenia—. A ti porque sufrirías las consecuencias; a nosotras porque sería un fracaso que no nos podemos permitir.

—¿Qué consecuencias? —se atrevió a preguntar.

—Graves y de todo tipo —apoyó Luisa—. Créenos, no te conviene. Has trabajado con nosotras, nos conoces, sabes que no nos gustan los jueguecitos…

—¿Ah no? —preguntó airado dirigiéndose a Eugenia.

—No, no te confundas —Eugenia respondió con sequedad—; no nos gustan los juegos; a mí menos; nunca he jugado contigo, otra cosa es el alcance de las relaciones, los motivos, los gustos, las necesidades…

—Las necesidades… ¿Qué necesidades? —Diego iba elevando el tono e ignorando la presencia de Luisa.

—Las necesidades, Diego —Eugenia bajó la voz—; deberías saberlo, haberlo pensado, esto es así; todos lo sentimos; no te engaño. Pero ahora no vamos a hablar de eso; más adelante, si quieres, hablamos y te aclaro las dudas, siempre que pueda.

Reencuentro

Esa es otra historia, había dicho Diego cuando le pregunté por la llamada apurada de Eugenia. Le dijo que se reuniera con ella donde él sabía.

—¿Y acudiste? —le pregunté. Bien sabía la respuesta.

—Claro que acudí —me contestó—. Con celeridad, sin pensarlo.

No diré que Diego aceptó la espantada de Eugenia como si tal cosa, pero tuvo que admitir que eso era lo que temía. Cualquier día vuelvo a casa y no está, se decía, incluso se lo llegó a plantear. Qué cosas tienes, contestaba ella, intentando que no sonara a evasiva. El desánimo no le hizo mella y apenas se le notó el contratiempo. Una vez le pregunté y me dijo que habían cortado; con esa expresión me lo dijo, y yo lo interpreté como una de tantas rupturas; no le di la menor importancia.

En el ínterin ocurrieron los cambios a los que me he referido, y acabamos en el departamento de información y propaganda, así lo llamaron, donde leíamos los periódicos, seleccionábamos las noticias, los comentarios, los bulos, en fin, todo lo que interesara, para contestar, escribir, diseñar, confeccionar discursos; éramos los negros de la organización.

»No podía pensar —Diego sorbió un trago de whisky—. Eugenia, al cabo del tiempo, me llamaba; y la vi apurada y en peligro; sólo pensé en actuar, en acudir inmediatamente; me vi con ella, otra vez con ella, continuando quién sabe qué aventura.

»Blanca se mantenía distante y la habían mandado a una región, la suya, como trampolín para regresar a Madrid. Eso creía.

»Y entremedias… Bueno, de eso no hablo, ya lo cuenta Elisa. Así que te lo repito: ese es mi sino, por eso me da miedo querer; lo de hoy no me lo acabo de creer, temo que el día menos pensado se romperá.

»Llegué al bar convenido, discreto, de clientela móvil y de paso, y comprobé que no estaba, aunque supuse que en un momento aparecería, como así ocurrió. La acompañaba Luisa, los años no la habían maltratado y mantenía el atractivo de la mujer resuelta que era. Eugenia estaba espléndida, madura, grave; y perdí la cabeza. Otra vez, me dije, acabas de salir de un fracaso que no alcanzas a explicarte, porque Elisa te ha echado de su vida sin contemplaciones, sin darte una mínima explicación, algo para comprender, y ya estás de nuevo metido en otro asunto del que, seguro, saldrás mal parado. Has venido, dijo Eugenia, y me besó con un roce, suficiente para abrasarme. Luisa me besó convencionalmente y señaló una mesa donde sentarnos.

»De la primera observación que hice, no conseguí ver ninguna señal de apuro, ninguna invitación a cambiar de sitio, ninguna prisa. De sus expresiones, aunque sabía que de ahí apenas se podía sacar nada de lo que preocuparse, más bien se deducía que se trataba de un reencuentro en el que algo me habían de exponer o explicar. No contaba ni por asomo que, al cabo del tiempo, Eugenia me hubiera convocado para explicarme su desaparición. Naturalmente, la situación picó mi curiosidad y me puso expectante y tenso.

»Nos sentamos, pedimos unas cervezas y esperamos a que se alejara el camarero, pero al quedarnos solos se hizo el silencio. Nos mirábamos, sonreíamos, nos volvíamos a mirar, y nadie decía nada. Fue Luisa la que, de manera formularia, me preguntó por mi vida, cómo me iba y esas cosas.

—Supongo que lo sabréis —le dije sin reticencia, aunque con intención.

—Bueno, sí, lo sabemos; para qué te vamos a engañar —dijo con naturalidad—; lo que me preocupa es que no te hayas dado cuenta, bueno, en eso sí te miento; eso quiere decir que hacemos bien nuestro trabajo.

—¿Por qué te preocupa? —pregunté por seguir el hilo.

—Porque no hay que bajar la guardia; menos ahora.

»La conversación insustancial y la pasividad de Eugenia empezaron a incomodarme. Tomé la determinación de dar por terminado lo que me pareció un simulacro, de decirle lo que llevaba guardado. Pero me sentía confuso, falto de energía; por aquellos días andaba rumiando lo de Elisa. Me preguntaba por mi maldita pasividad, mi manía de dejar hacer. Si alguien toma una decisión, no hay que intervenir. Si una mujer te echa de su vida, desapareces sin más; no vuelves, no preguntas, no pides explicaciones… ¿Qué supe de ella? Una noche se abrió conmigo y me habló del dolor que llevaba dentro, persistente y enloquecedor. Pero yo la aceptaba como era, con sus rarezas, caprichos y locuras. Y su forma de amar, tan distinta y a la vez tan plena como la de Eugenia; nadie como ella me ha marcado la espalda y luchado para meterme dentro de sí, con ese ansia, con ese deseo enloquecido. Blanca a su lado es como un oasis, un mar en calma, un lago de aguas tibias, acogedor y cálido. Blanca, sobre todo hoy, es pura ternura. Qué le voy a hacer; en el fondo tengo mucha suerte.

»Pero estaba hablando de la incomodidad que me producía la pasividad de Eugenia, que me sugería distanciamiento o deseo de no hablar del pasado, como si se tratara de un reencuentro de colegas, nada que ver con la urgencia que había empleado al llamarme, y que encima no saben qué decirse. Entonces me decidí y dije:

—Ya que no sacáis el tema, lo saco yo; supongo que, salvo los detalles, lo nuestro no es ningún secreto —miré a Eugenia con fijeza—; y bien que me dejaste a verlas venir, abandonado y burlado. Buena forma de desaparecer, sí señor, como si fuera una puta, o un puto, que para el caso es lo mismo. Con que íbamos a por el tal Mateo.

»Eugenia me miró con intensidad. Luisa encendió un cigarrillo y, literalmente, miró para otro lado. Eugenia me dijo:

—No me voy a disculpar. Tienes toda la razón, esto es injusto; también para mí, pero no me voy a disculpar; las cosas son así y yo no puedo cambiarlas. Ahora le toca hablar a Luisa. Escucha con atención.

El Referéndum

Habitualmente, después de cambiar impresiones, se prodigaban en caricias y juegos amorosos. Era como estar instalados en unas vacaciones eternas. Habían adquirido el hábito de estar juntos, de vivir una cotidianeidad de trabajos, compras, salidas… Hasta que llegó el día del Referéndum y se votó con el consabido resultado.

—Cariño, voy a faltar unos días —dijo Eugenia entre las sábanas—. Ya sabes, el trabajo: reuniones, informes, resultados; yo qué sé.

—Yo no puedo ir, claro.

—No, no; esto es así.

—¿Sabré dónde estás?

—No, no puedes.

—¿Me llamarás?

—Tampoco puedo.

—¿Te volveré a ver?

—Qué cosas tienes —Eugenia lo envolvió con una sonrisa cautivadora.

Pero Diego captó una neblina en sus ojos, una incierta tristeza, una humedad reprimida. Impresión que se acrecentó cuando aquella noche Eugenia lo amó como una posesa.

A la mañana siguiente se despidieron con un beso. Diego se fue a su trabajo. Eugenia dijo que no tardando también se iría ella.

Cuando Diego volvió, alrededor de las tres, vio que en la placa del buzón habían puesto una cartulina con su nombre solo. Cuando subió al piso, no quedaba ni rastro de Eugenia. Las sábanas, las toallas, las servilletas habían desaparecido. Encima de la cama, muy bien colocados, había juegos de sábanas, manteles, toallas, servilletas. Y encima de todo, un sobre bastante abultado con una cantidad considerable de dinero. El piso estaba perfectamente pulido: nada de restos de comida, un pelo en la bañera, nada.

 

Es mi sino, me dijo. He nacido para el abandono, para que se me vayan cuando más las quiero. Si no fuera por Blanca, nuestro encuentro, al cabo del tiempo…

No quería interrumpir su lamento, pero me moría de ganas de saber algunas cosas que quedaban en el alero.

—Si no he perdido el hilo, hay algo que no me has contado —le dije—; está lo de la llamada; cuando Eugenia te llamó tan apurada.

—Ah, sí, es verdad… Pero esa es otra historia.

¿Qué supe yo de todo aquello? ¿Qué interés podía tener para mí? Hombre, Diego es mi amigo, hasta no hace mucho trabajábamos juntos. Se habla, se conversa, se comparten confidencias… no porque seamos de una pasta especial sino porque al cabo del día hacemos unas cuantas horas de bar. Es ahí donde aparecen las cuestiones personales, se presentan los amores, las parejas, las relaciones. Claro que conocí a Eugenia. Una joven muy bella, de mirada entre irónica e interrogativa, que salía —entonces se decía así— con Diego, que vivía con él. Aficionada al cine y a la novela negra, que trabajaba en banca, en una caja de ahorros o algo así, inquieta; en fin, como todos.

La fuerza de una pasión

»Nos abrasamos. Lo esperado era una relación aparente, una pareja como cualquiera, un chico y una chica que comparten piso, que tienen una relación… Lo que se presupone es confuso e incompleto, algo que casa con individuos solitarios y descomprometidos. No diría que nosotros no lo fuéramos, al menos en mi caso eso pensarían, o fue como me viera Freixido al informar sobre mí. Pero vivimos el presente como un sueño, como un mundo entre paréntesis, sin conciencia del final. Como en un juego, nos metimos en harina como dos niños traviesos para quienes el engaño no tiene consecuencias…

 

Disimular, engañar, no digo traicionar porque exageraría ¿Quién hubiera pensado que alguien que trabaja a tu lado, que toma copas contigo y te habla de su vida; que comparte carpetas, noticias; que te pasa sus escritos para que los supervises y les des el visto bueno, te propone como cosa informal asuntos que le vienen impuestos por no se sabe quién, que lo dicho está ordenado y supervisado por otros, creado con un fin que no sabes? Aquel empeño en comparar a nuestros militares con los de la OTAN, el déficit en cuanto a su formación, el dominio de idiomas y tecnologías, y la idea central: la convivencia con militares demócratas, todo ello razonable pero interesado en aquel contexto, acompañado de datos sobre la obsolescencia de nuestro armamento y de la falta de operatividad de nuestras tropas. Y las filtraciones. Sabes que éstas siempre son interesadas, que las fabrican para ajustar cuentas, manipular información, ideología, estado de ánimo… Pero no se te ocurre pensar ni por asomo que el que está a tu lado y es tu amigo está metido en un juego de espías por vengar a una mujer y estar al lado de otra, aunque, efectivamente, como le dije, Blanca no te culpó, como bien sabes; te asoció, así te lo dijo, con lo peor que le había pasado, un episodio de su vida con el que no contaba porque no valoró el peligro o nadie la advirtió.

Otra vez el juego. La necesaria ignorancia o desprecio del peligro porque en caso contrario nada se haría, o quedaría todo en manos de los más osados, no necesariamente valientes. En cualquier caso, creo, te vengabas por ti mismo, porque en el fondo bien supiste que todo hubiera sido distinto si no la hubieran delatado, entregada como cebo, como el que dice: Si queréis carne, ahí la tenéis, inocente además, que nada os dirá porque nada sabe. Eso hace daño, mucho daño, tanto que la mente se te cierra y además necesitas atribuir la culpa, no importa a quién, tampoco si es o no justo, es algo que va más allá del puro razonamiento. Lo peor es el rechazo. Quizá pensara: ¿Por qué no me lo advirtió? Como si uno tuviera la facultad de saber, proteger, anticiparse.

Diego se esforzó en hacerme creer que únicamente lo movió el afán de justicia. Lo hizo de forma notable; por más que disimulaba no conseguía engañarme, armó un relato en que hizo lo imposible por establecer el equilibrio, como si pretendiera reivindicarse ante Blanca, convencerla de que compartía su dolor y hacía todo lo que estaba en su mano por repararlo. Con su historia demostraba la propensión que tenemos para inventar justificaciones; creo que no se daba cuenta de que al tratar de dignificar la peripecia, dejaba a la intemperie la pasión que lo movía, nada inconfesable por otra parte, tampoco incompatible con su esfuerzo reparador, porque a ciertas alturas de la vida, con poco que hayamos sentido, estamos dispuestos, digo más, prestos, a comprender la fuerza de una pasión. La locura de los brazos, los besos, las miradas; el hambre de comerse el uno al otro.

 

Sobre la imagen:  René Magritte, La Memoria, 1944, colección privada.

En todo caso lo tengo conmigo

Confidencia tras confidencia voy avanzando con el relato. Lo que tuvo un comienzo dubitativo, porque no conviene olvidar que me puse a escribir por despecho, va creciendo conforme me descubren aquello que ignoraba y ni siquiera pude imaginar, lo cual me hace pensar en lo que tiene de verdad lo que me cuentan o será que yo, son tan largas las noches, lo pongo de mi propia cosecha y les atribuyo hechos que están muy lejos de haber vivido, o se los endoso inducidos o deducidos de medias palabras o actitudes ambiguas, que hoy analizo a raíz de lo que me dicen; o bien puede ser que sean asuntos inventados debido a mi propensión a la fábula, que, desde luego, ellos conocen y alimentan. Ya he dicho que todo esto lo cuento por despecho, por la osadía que tuvo Diego al matarme en un relato suyo, por lo demás una soberbia narración en la que habla de una mujer solitaria, ya vieja, golpeada por la violencia que en tiempos pasados sufrió, y también de una tía de Blanca, cuya presencia inunda la vieja casa en la que ahora viven Blanca y Diego, en lo que llaman la Aldea, dentro de un valle fértil y generoso. Todo ello viene porque, es cierto, Elvira y yo los visitamos hace no demasiado tiempo. Arrastraba un catarro pesado y molesto, pero Elvira insistió tanto, y yo me muero por complacerla, que allá fuimos porque no hay nada en el mundo que me impida darle gusto. Pero de ahí, un catarro, a llevarme a morir a Suiza, hay un salto excesivo. Se lo reproché y me dijo que le venía muy bien al relato. Fue cuando me propuse escribir la verdad y en eso estoy, aunque, confieso, ya no me fío de mi imaginación y mi fantasía; tampoco creo que las distinga.

En cuanto a mi relación con Elvira, no tenía pensado entrar en los pormenores de nuestra relación, pero son tan reales los recuerdos, y los sentimientos tan vivos, que no puedo parar la mano ni la pluma. Elvira… Siempre tengo ganas de ella. Pasan los días y se hacen tan largas las ausencias. Venía, dejaba un artículo, un reportaje, y yo en la pecera como expuesto, deseando que entrara. Soportar sus ausencias, algunas largas y lejanas. Hacerme a la idea de haberla perdido sin perderla. Porque ella es así. Se da toda en el instante y pasado el momento la pierdes, hasta que vuelve, siempre vuelve.

 

No les resultó difícil hacer ver al mundo que eran una pareja feliz. Eugenia se instaló en casa de Diego y comenzó a trabajar en una sucursal de la Caja Postal. Le habían elegido un puesto funcionarial con jornada de mañana para que así tuviera la tarde libre y tiempo para comprometerse; además, los trabajos puramente manuales ya no gozaban del prestigio de otros tiempos entre aquellos con quienes se iban a relacionar. Diego, por su parte, no tuvo que hacer nada nuevo, de suyo gozaba de ser una pieza codiciada por estar vinculado al mundo de las publicaciones. Ahora sólo faltaba reaparecer, tomar contacto con los conocidos, penetrar en el meollo de la organización, estar cerca del objetivo. ‘Tenemos que ser auténticos, creíbles’, le dijo Eugenia. ‘Tú ya lo eres, has estado con alguno de ellos. Tienes que abominar de Blanca, criticar su posición; la atacarás por traidora y vendida, ¿no lo crees así?’. Diego le contestó que no, que no pensaba eso de Blanca, que no la mentaría, que no la metería en eso. Eugenia se percató de su pasión e inmadurez: no volvería a mezclar los sentimientos con el trabajo. ‘¿Qué me importa a mí Blanca?’, se dijo. ‘En todo caso lo tengo conmigo’.

Una belleza turbadora

La realidad penetró por la ventana en forma de furiosa luz, traspasó inmisericorde los visillos y los sorprendió como dos seres anfibios, blancos, de luz lechosa. Diego dormía entre los pechos de Eugenia, que parecía amamantarlo.

­—¿Qué hora será? —preguntó ella. Con los dedos acariciaba los cabellos del hombre, y él  se dejaba hacer como si estuviera dormido.

—¿Para qué quieres saberlo? —preguntó Diego con voz impostada de sueño. Aspiró profundamente el aroma del seno de Eugenia.

—Porque me tengo que reportar.

—Reportarte…

—Sí, cariño; llamar a un número, decir que estoy disponible, esperar instrucciones… Reportarme.

—¿Eso lo tendré que hacer yo?

—Claro, pero conmigo; ya te lo dijo Fina: sólo conmigo.

—¿Cómo lo haré?

—Muy fácil. Apenas nos separaremos; seremos pareja, ya sabes; viviremos juntos. Mañana empiezo a trabajar en un lugar donde hay una buena plantilla de mujeres. Me tienen que decir dónde y a quién me tengo que presentar. Después tú en la revista y yo en mi trabajo. Así nos presentaremos, así nos conocerán, eso sabrán de nosotros.

—Entonces…

—Entonces mañana me mudo. Esta noche, después de reportarme, iré a por mis cosas; bueno, dormiré en mi casa y mañana me mudo contigo.

—Ya, seguro que tú no tienes que dar explicaciones, pero, ¿cómo se lo cuento a Freixido, a Elvira, y a Luis Espejo, que está fuera de todo esto.

—A Elvira, ya te he dicho que yo me encargo; Freixido comprenderá; el resto no tiene por qué saberlo; donde tú y yo vayamos no es de su incumbencia… No te preocupes, todo saldrá bien.

Eugenia hablaba como si lo hiciera con un niño. Hablaba y jugaba con los dedos con el cabello de Diego, con el vello del pecho. Y su mano, como un cálido reptil, bajaba distraída a ocuparse de la erección que suscitaron sus caricias. ‘Mmm… que me tengo que ir… que me tengo que ir… que me tengo que ir…’, susurró al tiempo que se montaba a horcajadas sobre el cuerpo de Diego.

 

»Verás como todo sale bien, dijo Eugenia con total convicción. Transmitía una vitalidad envidiable, una seguridad contagiosa.

—Además te habías enamorado de ella —le dije.

—Además me había enamorado de ella. No sé, esto de los sentimientos es muy particular, pero era fácil enamorarse de ella.

—Dirás que a ti no te resulta difícil. Te advierto que es lo mejor que a uno le puede pasar.

»¿Cómo era entonces Eugenia? No era una belleza espléndida la que la adornaba, para ser exacto no se parecía a la modelo que te dije, quizá se diera un aire, pero no, no era eso; la suya era una belleza turbadora: ante ella, no podías sentir indiferencia. No era una mujer guapa en sentido estricto. Lo primero que te llamaba la atención era su pelo, su hermoso pelo: negro, largo, brillante, oloroso. No digo aromático porque su olor no era de esos dulzones; tampoco transmitía la frescura de lo limpio; era algo más denso, penetrante, como el resto de su cuerpo; era un olor primitivo, a hembra, me decía, y le decía a ella: ‘Hueles a hembra’. Y eso la motivaba y la ponía en guardia porque sabía que acto seguido nos íbamos a quebrar, a enredar; y no siempre estábamos en el lugar adecuado. Sus facciones eran incorrectas: los ojos ligeramente separados, ligeramente oblicuos, lobunos; la nariz más bien ancha, aunque no demasiado; los labios no muy abultados, tampoco finos, la boca tirando a grande, los pómulos asiáticos, como los de los mongoles. El cuerpo era algo musculoso, ágil y fuerte, suave y duro como un pez, pero cálido, muy cálido.

Ella no fingía

—Entonces, ¿sólo hablabas tú? —le pregunté sin aparentar demasiada curiosidad.

—Ella también habló; me dijo que comenzaba a sentirse en peligro.

—¿Por qué? ¿Por alguna cuestión propia de su oficio?

—No, ya te he dicho que de eso no hablamos. Me dijo que tenía miedo de enamorarse.

—Enamorarse… ¿De quién, de ti?

—Pues sí, de mí, ¿de quién si no? Y me lo demostró con el tiempo, quiero decir que se había enamorado de mí. Lo malo es que en mi fuero interno, en mi sentir, en mi conciencia, se libró una gran batalla: a la evidencia se oponía la incredulidad; no me podía quitar de la cabeza, y no es para menos, que aquello podía formar parte del montaje.

—¿Montaje? ¿Por qué llegar hasta esos extremos? —quise imponer sentido a su forma de discurrir.

—Eso pensé ¿Por qué iba a fingir con tanto ímpetu? Pero acto seguido aquello se me representaba como una obligación suya, algo que tenía que cumplir, que era una servidumbre del oficio.

—Ya, bueno, pero eso sólo ocurre en las novelas y en las películas, y si te fijas, le ponen algo de sentimiento —le dije con desenfado.

—Pero nosotros lo vivimos con pasión, lo cual le acarreó algún problema serio, según me contó. Pero eso ocurrió más tarde.

 

El aroma del café invadió toda la casa. Fina había vuelto a su ocupación aparente. Dio unos golpes discretos a la puerta y dijo: ‘¡El desayuno! ¡Vamos, que nos tenemos que ir!’

Eugenia y Diego se levantaron, se vistieron con la ropa del día anterior y fueron a la cocina. Fina había hecho una cafetera, calentado leche y preparado una fuente con tostadas: ‘Es lo que hay’, dijo. Los tres se sentaron. El desayuno les vino como un regalo. Fina tomó la palabra:

—Como no creo que te haya dicho nada —la sonrisa no podía ser más elocuente—, te lo digo yo. Esta casa no existe; nunca has estado aquí. Tú y yo no volveremos a vernos; si me cruzo contigo por la calle, no me conoces; sólo tendrás contacto con Eugenia, bueno, ese no lo perderás. Si por casualidad la echas en falta, no hagas nada, no vayas a ningún sitio, no preguntes; ya nos encargamos nosotros. Ahora, recogemos y nos vamos.

Salieron los tres juntos. Un Seat 127 estaba aparcado cerca. Fina abrió la puerta y le dijo a Eugenia que ocupara el asiento de atrás. A Diego le dijo que se sentara delante, a su lado, y se sintió intimidado. Le resultaba difícil conciliar la noche pasada con el papel vigilante que había adquirido Eugenia. ‘Así no me dan la espalda; se cubren, aunque no sea más que por disciplina y costumbre’, pensó.

El automóvil tomó la autovía y enfiló raudo hacia Madrid. Sin preguntar, Fina condujo por Bravo Murillo, giró en Reina Victoria y les dejó ante unos famosos salones situados en los edificios Titanic.

Imagen tomada del blog Palomitas en los ojos