Vivir con una mata-hari

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Greta Garbo en “Mata-Hari”, 1931

No quise pedirle explicaciones, no me atreví. Si algo te oculta, allá ella, no vas a dejar por eso de quererla. Te dirá que lo hizo para protegerte.

—¿Quieres que continúe? —me preguntó al percatarse de mi confusión.

—Sí —le contesté— ¿Por qué no? Ya puestos, quiero saberlo todo… Así que les dijiste que colaborarías con ellos…

—No sólo se lo dije —prosiguió—; me dispuse a entrar en aquello con todas las consecuencias. Me dije: ya que vendes el alma al diablo, que sea al precio más alto.

—Y tenías que poner en suerte a un tío, según sus palabras…

—Sí. Con ese asunto me inicié. No estoy orgullosa, pero no creas, tampoco me arrepiento; no me costó demasiado tomarlo como un trabajo, solo eso, un trabajo.

Creo que a Elvira le divertía mi embarazo; me conoce demasiado y sabe por mi respiración, por el tono de mi voz, incluso por el sudorcillo que me hace pasarme el borde de la mano por la frente, sabe que estoy azorado, incómodo ¿Cómo no me di cuenta?

—¿Cómo fue? —le pregunté para tomar aire.

—Duro, laborioso, canalla; así fue.

—Quiero decir —aspiré con estrépito y Elvira me tomó la mano divertida—. Quiero decir que me lo cuentes: quién, cuándo, cómo, dónde, ya sabes.

—Ya, ya… A eso voy. Pero, cariño, esto va a ser largo y habrá que tomar algo, hacer algo, descansar… Además, hijo, no me aturulles… ¿Tendré que pensar lo que digo?

¿Estaré perdiendo el hilo? ¿Acaso la razón? ¿Un juego que se me va de las manos? Cómo me vería para decir que paraba. Me comía la curiosidad, pero se lo agradecí ¿Qué vendrá después?

Abrimos la caja de Pandora y ya no paramos. Esa noche nos dimos una tregua. Cenar en casa o salir por ahí, cambiar de ambiente, tomar el aire, ver gente.

En el barrio hay un bar donde siempre hay alguien conocido, nada mejor que la charla, unas cervezas, unas tapas, y ganar la euforia suficiente para quitar hierro a los asuntos, ver el lado cómico que mueva a la risa. No quiero sufrir, quiero a Elvira por muchas atrocidades que haya hecho, nada cambia, incluso, a buenas horas, el morbo de no saber, de compartir un pedazo de tu vida con una mata-hari.

—¿Salimos a tomar un bocado? —le pregunté.

—Sí, claro, así te da el aire —me contestó.

La calle nos acarició con mano fría y recorrimos en silencio la distancia que nos separaba del bar. Entramos al calor del establecimiento, el televisor gritaba, ¿Siempre había sido así? Se lo pregunté a Elvira, me miró extrañada y me dijo que sí, siempre ha sido así de cutre, me dijo.

—Lo único, los calamares —añadió—; si no fuera por eso…

Nos sentamos en una mesa lo más alejada posible del ruido del televisor, y no tardó en aparecer la hija del tabernero, una joven de pantalón negro y camiseta también negra con el nombre del bar, con los brazos tatuados, media cabeza afeitada y la otra media con media melena teñida de morado, con piercings en labios, orejas y nariz.

—¿Qué tomáis? —preguntó blandiendo un blog y un bolígrafo.

—¿Tenéis calamares? —Elvira puso su mejor sonrisa, insuficiente para conmover ni un músculo de la cara de la chica.

—Sí, ¿qué os pongo? ¿Una ración? ¿Una tapa?

—Una tapita —contestó Elvira con un diminutivo— ¿Y esa oreja tan rica?

—¿Una tapa también? ¿Y para beber?

—Cerveza; para beber, cerveza —continuó Elvira.

La chica escribió en el bloc como si tomara una nota taquigráfica.

—Enseguida —dijo—. Se guardó el bloc en un bolsillo trasero del pantalón; en el otro llevaba el móvil. Salió andando como a saltitos hacia la cocina y Elvira sorprendió mi mirada.

—¿Mejor? —preguntó con picardía.

La chica volvió con un paño mojado, lo pasó sobre la mesa dejando surcos de un líquido con olor a fritanga y cerveza.

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La oferta

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Adolphe Appia, Boceto.

»Aquello me dejó helada: se intensificaron las sensaciones desagradables: frío, olor a cerrado, silencio ¿Qué pretendían?

»—Freixido —exigí sin convicción a quien veía tan sumiso y callado— ¡Ya está bien la broma; llévame a casa!

»—No, querida Elvira, no es una broma —el tal Artaza cambió el tono de su voz para hacerlo más severo—; esto es muy serio ¿Verdad Luisa?

»Otro número, otro golpe de efecto; no sería una broma, pero Luisa tuvo una aparición teatrera. Entró en escena a la voz de Artaza. Desde el pasillo y ya en la puerta, a mi espalda, se le oyó decir:

»—Muy, pero que muy serio, querida; y no te puedes negar.

»Me puse de pie, me giré, me acerqué a ella para estar a su altura, ensayé un contoneo con la copa en la mano, levanté la voz:

»—¿Por qué? ¿Qué me vais a hacer? ¿Acaso matarme o hacerme desaparecer?

»—No, mujer, no… Díselo, Braulio —dijo con una sonrisa no niego que encantadora.

El interpelado carraspeó ligeramente:

»—A esta hora, como sabes, en Miraflores está tu amigo Álvarez con dos de nuestras colaboradoras. Si todo va como pensamos, se sentirá un hombre feliz y afortunado, incapaz de imaginar lo que lo espera si tú no colaboras…

»—Así que, por su bien y el tuyo, mona —prosiguió Luisa—, harás lo que te digamos ¿Cómo sabremos que cumplirás? Muy sencillo, si no te lo ha dicho Braulio, te lo digo yo, te vamos a hacer una oferta que no podrás rechazar; vas a vender tu alma al diablo, ya lo verás… Adelante, Braulio.

»Luisa estaba dando toda una lección de dominio escénico: dura, suave, persuasiva, sarcástica y, sobre todo, convincente; no me cupo la menor duda de que iba en serio. El tal Braulio volvió a llenar las copas y se sentó en el sillón que estaba libre.

»—¿Quién no es ambicioso? ¿Quién, en su carrera, no quiere llegar a lo más alto? Usted, Elvira, nos consta —dijo mirando a Freixido—, lo quiere todo en su profesión ¿Me equivoco? —sin esperar respuesta prosiguió— Nosotros nos ocuparemos de ello, de que usted llegue a lo más alto. Tendrá primicias, exclusivas, entrevistas, facilidades con las editoriales… Todo eso lo tendrá ¿A cambio de qué? Se preguntará. Ya se lo digo: a cambio de información y de hacer para nosotros cosas que no podemos hacer, por ejemplo, poner en suerte a un hombre al que no podemos llegar, pero con su ayuda… Con su ayuda lo tendremos.

»Iba a protestar  cuando Luisa, en perfecta coordinación con su compañero, intervino sin darme tiempo a abrir la boca:

»—Hazle caso, te conviene, ya lo creo que te conviene; de lo contrario… Y no temas por los escrúpulos, esos los tenemos todos, ¿verdad Freixido?, pero luego se van. Además, por si te tranquiliza, alguien tiene que engrasar la máquina para que funcione.

 

—No te puedo decir ahora, créeme, si fue el miedo a sus amenazas o la ceguera de la ambición…

—¿No serían ambas cosas? —le pregunté conmocionado y por decir algo.

—Sí, claro, sería por ambas cosas, el caso es que me rendí y les dije que colaboraría con ellos.

Poner en suerte

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Pablo Picasso. “La Tauromaquia”

»Por las maniobras que hizo, supuse que había cambiado de dirección y luego, por la disminución de la velocidad y el movimiento, tuve la impresión de que entraba en una zona de orografía irregular. El coche paró, se oyó como el arrastrar de una puerta metálica y Freixido lo volvió a poner en marcha. Se oyó un crujir de gravilla y luego el ruido del motor amplificado por un local cerrado. Paró el motor y me dijo que me quitara la capucha.

»—Vaya día de numeritos —le dije mientras miraba lo que era un garaje normal y corriente; un Simca 1200 estaba aparcado al lado del coche de Freixido. Nadie salió a recibirnos.

»—Hay que tomar precauciones, Elvira querida —dijo Freixido con sorna.

»—Ahora me ataréis, me amordazaréis y me inyectaréis una droga —dije sin abandonar el tono humorístico que Freixido pretendía—. Seguro que sale una vieja arpía, rubia con pelo corto y traje sastre gris.

»No, mujer, sólo hablaremos contigo y te haremos una oferta que no podrás rechazar.

»Al fondo había una escalera que ascendía a la planta noble de lo que parecía un chalet; eso lo pensé, porque todo estaba cerrado. Desembocamos en un pasillo y Freixido abrió una puerta doble con cristales esmerilados de color ámbar; apareció ante nosotros un salón con dos sofás de cuero y muebles castellanos.

»—Siéntate —me dijo—; él hizo lo mismo. Sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció. Acepté y nos pusimos a fumar.

»A nuestra espalda, procedente de la puerta por la que habíamos entrado oímos un «Buenas tardes». La voz era grave y de un hombre maduro. Me volví inquieta y curiosa; Freixido ni se movió.

»—Ante todo —dijo dirigiéndose a mí— perdone por las formas un tanto rocambolescas; espero que no le hayan resultado demasiado incómodas.

»Los modales del hombre, de entre cincuenta y sesenta años, eran ceremoniosos y educados; la voz, bien timbrada, hacía que no me pareciera ofensiva la situación. De todos modos, dije:

»—Incómodas, no. Si consideramos que llevo todo el día de un lado a otro, conociendo gente con la que no contaba y que, finalmente, Freixido me ha raptado y traído a un lugar desconocido, incómoda, lo que se dice incómoda, no estoy.

»El hombre abrió un mueble-bar y nos ofreció de beber. No tenía precisamente muchas ganas, pero la situación requería un buen trago. Freixido señaló una botella de Martell y el hombre sacó la botella y tras copas.

»—Permita que me presente. Me llamo Artaza, Braulio Artaza, y no le digo para lo que guste porque comprendo que la situación no lo requiere. Y si le parece, para qué perder el tiempo, iremos al grano.

»Aquel “iremos” me pareció cómico y mayestático; Freixido pasó a ser un convidado de piedra y yo no tenía opción alguna.

»—Lo primero que le diré será el motivo por el que ha sido convocada —sonrió levemente sin permitirse el recochineo—; necesitamos su ayuda para una misión delicada, una mediación.

»Artaza cabeceó, chasqueó la lengua y él mismo se corrigió:

»—Mediación, mediación… en realidad es otra cosa, digamos, en términos taurinos, poner en suerte ¿Sabe usted lo que es poner en suerte?

»Como se quedó en suspenso y mirándome fijamente me vi en la obligación de responder.

»—No, la verdad es que no; lo he oído decir, pero no he prestado atención.

»—Pues verá, se trata de colocar al toro en los terrenos propicios a lo largo de las diferentes suertes de la lidia: ante el picador, el banderillero, y la suerte culminante: ante el matador cuando entra a matar. Algo de eso hará usted.

»—¿Me van a poner ante un toro?

»—No, ante un toro no; ante un hombre.

Te hablaré de Luisa

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Paul Klee, El caballero negro, 1927

De toda esta historia, convencido de que Elvira no me iba a contar su versión, aunque no acostumbraba a cerrarse en banda, me interesaba Luisa.

—Háblame de Luisa, lo que sepas, tus impresiones, lo que me pueda servir. Te prometo que seré cuidadoso.

—Mira que eres terco. Bueno, prepárate para lo que te voy a contar.

Me lo dijo con un tono que sonaba a advertencia; ese “prepárate” me puso tenso y pensé que no sabía de la misa la mitad. Me dijo que antes de empezar quería saber lo que me había contado Diego.

—Bueno, no está mal como cuentecito —dijo cuando le hice un resumen—. No está mal lo del bolso; fue así, pero hay más.

»Efectivamente, el bolso contenía un buen fajo de billetes y una pistola, pero no fue la curiosidad lo que nos llevó donde se nos indicaba; fue el miedo. ¿Miedo de qué?, te preguntarás. Y ahí va la respuesta: miedo porque en la nota se nos decía que la única forma de deshacernos de ella, de la pistola, y de disfrutar de los dólares era, precisamente, la de acudir a la cita que nos proponían. Porque no fue nuestra perspicacia investigadora la que nos llevó al piso donde se celebraba una extraña reunión, en realidad un montaje. Tampoco creas que me mezclé porque me lo pidiera Diego o me diera por inmiscuirme, no, qué va, fui porque en la nota se decía con pelos y señales quién era yo y que era imprescindible mi asistencia.

»¿Por qué dinero y por qué una pistola? El dinero, naturalmente, como elemento corruptor, como si dijeran: «¿Ves esto? Pues hay mucho más». La pistola, como elemento disuasorio: «Os vigilamos y obra en nuestro poder un arma que, vaya usted a saber, de qué crímenes habrá sido instrumento». Así que no tuvimos más remedio que acudir con intención de desentrañar el misterio y librarnos de una amenaza ¡Qué ingenuos e ilusos!

»Acudimos donde nos dijeron y nos encontramos con el montaje que conoces, en eso el relato de Diego no difiere del mío: el piso y la tal Luisa, Miraflores, Freixido, la tal Eugenia, la tal Fina…

»El cuento de la revista estuvo bien, también la comida y la sobremesa, no se puede decir que no fueran amenas, bien servidas y regadas, pero la sorpresa me la llevé yo cuando me quedé a solas con Freixido.

»Salimos para Madrid y yo iba tan confiada, le pregunté sobre la mejora y la dinámica que cobraría la revista, y me planteaba cuáles serían las ventajas. «Has sido lista —me dije—, apenas te has comprometido y puede que de una vez despegues».

»Freixido, con su proverbial simpatía, hablaba y hablaba, y, cuando quise darme cuenta, el coche se lanzó hacia la carretera de Valencia. «¿Dónde vamos?», le pregunté. Y me contestó: «No temas, no pasará nada, pero tenemos que hacerlo; toma, ponte esto», y me largó una capucha de un tejido negro y espeso. No me dio tiempo a protestar: me conminó a ponérmelo y me dijo que era peor resistirse. «Confía en mí; algo te tiene que costar; anda póntelo; no me obligues a hacerlo». Siempre pensé que Freixido era un blando de esos que no tienen ni media hostia, pero había algo en su voz y en su expresión que me dio miedo, parecía otro, lo creí de veras capaz de hacerme daño, descubrí de pronto a un tipo capaz de ejercer una violencia infinita. Me quedé helada, literalmente de frío, se me cortó la respiración y tuve miedo, mucho miedo. Se había hecho completamente de noche, de modo que nadie me veía encapuchada porque, ya lo habrás adivinado, me puse la capucha y deseé con todas mis fuerzas que tuviera razón, que nada me pasaría.

No me vengas con esas, Luis


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Henri Matisse – Odalisca con ropaje amarillo y anémonas, 1937

Porque te meterías en un berenjenal, dijo. Y añadió:

—Tú y los demás. Insisto: no sé exactamente qué te habrá contado Diego, como si no supiera el peligro que corren los hechos al arbitrio de tu mente calenturienta —dijo con enfado.

—¿Tan inconfesable es todo? ¿Tan peligroso?

—No, tonto, todo se puede contar, siempre que no vea la luz.

—Acabáramos —dije con una mezcla de sorna y enfado—. Demasiado sabes que mis apuntes y escritos jamás se publicarán.

—Alto, Luis, no tan rápido; sabes perfectamente que cualquier material sirve para montar un escándalo; hoy tiene una salida preferente.

—Que te lo digan a ti…

—No me jodas, Luis, no me vengas con una puñalada trapera, precisamente tú ¿Qué tiene que ver la información con estos melodramas morbosos?

Decía esto y se le agitaba la respiración, se le abrían las aletas de la nariz, se le incrementaba el brillo de los ojos. Algo la agitaba; proseguí sin ningún tacto:

—No me jodas tú; no pretendo ahondar en hechos que no quieras que se sepan, no es eso lo que quiero. Como no has leído lo último que he escrito no sabes que prefiero entrar en los motivos, en los impulsos. Y es verdad, Luisa me interesa, es mi personaje favorito.

—Aquí todos somos personajes, querido mío; tú también lo eres, y por lo que veo te importamos un pimiento. Mira que sacar partido de un par de anécdotas.

—Mujer, no creo que sea una anécdota comprometer así la revista ¡Y a mis espaldas! ¡Como un tonto útil!

—Anda que no hemos hablado; no sé cómo te pones así —se le fue ablandando la tensión— ¿Quién se aprovecha? ¿Te parece poco unos años de florero, meternos en una publicación sin futuro? Ahí Freixido estuvo listo; le sacó a su paisano la supervivencia…

—¿Por qué me tuvisteis al margen?

—Porque no hubieras tragado; con el tiempo has ganado en cinismo, pero entonces eras el más puro de la peña, así que no te quejes, fue una buena decisión. En cuanto a lo que vino después, mira, cada cual ha trepado lo que ha podido; y no nos va tan mal.

—Diego me dice que se hizo espía; tú también; también te hiciste espía, quiero decir —Ahora era yo el que estaba de los nervios.

La carcajada sonó en el salón con toda su amplitud. Elvira, relajada, reía como ella sabe hacerlo, agitando el cuerpo con una buena carga sensual.

—¿Espías nosotros? ¿Pero qué me dices? Vaya un Diego, qué cosas tiene.

—Sí, sí, qué cosas tiene, pero Eugenia, Luisa, Josefina existen, las conocéis, habéis tratado con ellas, sobre todo Diego, y de qué forma.

—Claro, Diego era una tapadera, se dio cuenta y se aprovechó. Diego era ¿Cómo te diría? Como un Macguffin para justificar, para hacer ver que se hacía, para rellenar partes e informes con los que justificar actividad, para despistar. En cuanto a Eugenia, deberías saberlo, nuestro querido Diego es un enamoradizo impenitente, pero no me digas que no son bonitas sus historias de amor.

—En eso no estoy de acuerdo; de amor sí son las historias, pero sale escaldado, lo de Elisa, por ejemplo…

—A Elisa déjala; es como es, y Diego lo sabía.

La tranquilidad, de forma paradójica, la había agitado hasta tal punto que se había metido de lleno en la conversación que al principio trataba de eludir. Saqué una botella de aguardiente y le pregunté si quería un chupito.

La verdad de Elvira

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Werner Mannaers. De The Mok Series (2016). Exposición temporal Museo de Santa Cruz, Toledo. Colección Roberto Polo

La semana que viene me reuniré con Elvira. Comeremos, beberemos, fumaremos y haremos el amor, la deseo tanto. No he vuelto a ver a Diego. Tengo miedo de equivocarme, pero, ¿Qué prefiero? ¿La verdad o la ficción? Me dirá que no comprende la importancia que le doy ¿Qué cambia entre nosotros? Lo pasado ocurrió así y no hay alternativas.

Entro en mí mismo y no sé si me conozco. Tantos años viviendo en la seguridad de poseer una secreta felicidad, alternada con vacíos y añoranzas, soledades moduladas con sentido del humor y una afición, templada, por el whisky. Y mi adoración por Elvira y su rodilla ¿Por qué me siento traicionado?

Elvira está a punto de llegar y me siento ridículo: apenas duermo, bebo más y desconfío: me siento espiado y utilizado. Todo iba tan bien…

Ni que decir tiene que la esperaba con ansiedad. Mentiría si dijera que no me impacientaba la espera, toda vez que a mi deseo se unía su carácter imprevisible, además estaba deseando oír su versión ¿Quién me iba a decir que mantenía una relación con una espía? ¿Que mi mejor amigo también lo era?

Llegó media hora tarde. Entró como siempre, como un torbellino dejando un agradable aroma al frío de la calle. Se quitó el abrigo y los zapatos, y se repanchingó en el sofá.

—Dame un café con leche calentito, anda cariño —me ordenó con suma amabilidad— ¿Qué te pasa? Vaya una cara —añadió.

—¿Qué le pasa a mi cara? —pregunté a mi vez.

—Que estás pálido y ojeroso; como si estuvieras enfermo.

No me extrañó que diera esa impresión; este asunto me tiene fuera de mí.

—No, pues no estoy enfermo —le dije—; al menos no me siento.

—Ya, pero estás como cansado, falto de sueño… ¿Algo va mal?

Como estaba deseando hablarle de mis conversaciones con Diego, me alegró que me lo pusiera tan fácil.

—No, nada; será por las conversaciones con Diego; me ha contado cosas muy extrañas; increíbles, diría.

—¿Qué te ha contado? —el café humeaba en la cafetera.

—Historias de amor y espías —pensé preguntarle si sabía algo; lo descarté—; y tú entras en ellas como intrigante y urdidora.

—A ver, Luis —dijo enarcando las cejas— ¿Qué coño te puede haber contado? ¿No estarás montando una de las tuyas? Lo escribes y te haces un lío ¿De qué va esto?

Al oír sus palabras mi cabeza se puso como una olla a presión; no distinguía lo verdadero de lo falso, lo inventado de lo real. Me asaltó un pensamiento impertinente y reiterativo: Elvira me hacía luz de gas.

—Estos días he hablado mucho con Diego —le dije.

—Eso lo sé; también algo conmigo ¿Acaso lo has olvidado?

—¿Lo habéis comentado?

—No mucho, nada… Pues eso, que contigo un poco de whisky, tabaco, algún purito… y a fabular.

—¿Cómo que fabular? —dije picado— ¿Conoces a una tal Eugenia?

—Claro, y tú. Anduvo con Diego y pasó alguna vez por la revista, o, no sé, el bar; ¡no lo sé, pero estuvo! ¿No te acuerdas?

—Claro que la recuerdo… ¿Y a una tal Luisa?

Al oír el nombre sonrió, tomó aire, levantó el pecho con ostentación y emitió un largo y hondo suspiro.

—Ah, sí, Luisa, ¿con que es eso? ¿No escribirás sobre ella?

—¿Por qué no? —le pregunté inquieto.

—Porque te meterías en un berenjenal.

¿Y si fuera un juego?

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Willem de Kooning, Sin título (1966-7)

—Entonces pensé: Si se sirven de este método, el asunto del que ya nadie habla bien pudiera ser un cuento, un montaje, una ficción.

—Hombre, resultado da —le dije entre risas—; hasta han hecho una película. Y lo tuyo, ¿dio mucho de sí?

—El asunto, amigo mío, tiene sustancia. Algún dinero saqué.

»Lo gracioso era que daban por bueno cualquier disparate, aunque no era fácil, dada la gravedad, contar historias inocuas, circunstanciales, sin apenas trascendencia. Creo que para ellos era una forma de justificarse. Me imagino a quien mandaba de verdad diciendo: ¿Y eso es lo que hay? ¿En esto gastamos el dinero?

»Claro que me aproveché; fue como un desquite. Pensé: No caigas en el señuelo; esto es un juego; saca todo el partido que puedas. Creo que mis relatos absurdos eran chorros de tinta de calamar.

»Eugenia me exigía datos, nombres, fechas, sitios, y yo le componía relatos ambiguos y nebulosos; quienes eran o pudieran ser no estaban suficientemente caracterizados para ocupar una casilla. Eugenia leía mis informes siempre con una sonrisa, la misma sonrisa. Levantaba la mirada, enarcaba las cejas, y me preguntaba: ¿Este quién es?, No estoy muy seguro, le contestaba, por eso no el pongo nombre, por eso lo señalo con pronombre ¿Y si me equivoco?

—Veo que nos tomas por gilipollas —me decía sin dejar de sonreír—. Queremos saber, sólo saber; no intervenir, nunca intervenimos; no se lo vamos a contar a nadie, es para nosotros, antes de que caiga en peores manos. Por cierto, ¿Crees que los que te rodean son de fiar? ¿No crees que alguno estará tocado?

 

—¿Me metiste en alguna de tus historias? —Le pregunté picado.

—No exactamente; no eras el tipo que necesitaban.

—No exactamente, pero de algo te serviste…

—Todo me servía. Eugenia me pedía nombres, me preguntaba por personas en concreto, si había oído algo que les relacionara con los hechos de que tanto se hablaba, tan presentes entonces en la prensa; en cualquier caso, me pedía mi opinión. Y yo jugaba al juego porque así estaba con ella y hacía durar el cuento.

—Pero no te fiabas de nadie, ¿por qué?

—Porque no, ¿acaso alguien podía fiarse? Acuérdate de aquel que apareció largando cuando todo estaba tan confuso: era un juego de todos contra todos.

—Y tú, encima, trabajando en el lado oscuro.

—Llámalo como quieras.

—Y Elvira, ¿supo algo de esto? ¿Acaso te echó una mano?

—Claro que me ayudó; y yo a ella. Deberías saberlo, siempre fue así.

No por esperada, aquella confesión dejó de dolerme. Me sentí como un cazador cazado. Me adentraba en asuntos oscuros de la vida de Diego y los hechos se volvían en mi contra. Diego y Elvira, Elvira y Diego jugando a los espías a mis espaldas, traficando con la información y el dinero en una operación poco clara. No estábamos en el centro de la tormenta, pero por nuestra modesta oficina pasaban desmentidos, declaraciones, alusiones, análisis, todo un maremágnum de ruido y confusión, y por si fuera poco, mi amante haciendo juegos de espías.

 

»Ya sabes cómo se resolvió todo. De mi paso por ahí saqué una enseñanza muy provechosa: el uso caprichoso de la información, la irrupción en asuntos y en vidas tan abrupta como azarosa y, fundamentalmente, la banalidad de tantas acciones, sometidas a las conveniencias de los centros de poder, tan interesados en hundir reputaciones como en abandonar sin explicación plausible cualquier objetivo aparente.

—No, Diego, en algo te equivocas, me lo imagino, pero no sé cómo fue.

 

No sé si arrepentirme, creo que sí, claro que me arrepiento de haber puesto este asunto en marcha, a cada momento me aparece un nuevo pesar ¿Acaso podía imaginar el alcance? Uno tiene una sospecha, imagina algo, pregunta, y le descubren una colección de intrigas ocurridas ante sus narices, de las que es posible que nunca se hubiera levantado el velo. De pronto deseé que Diego se fuera y me dejara de contar. Quise estar con Elvira, hablar con ella, pedirle explicaciones ¿Acaso me las debía? Claro que me las debía; el diablo ya lo tenía dentro, necesitaba oír su relato, compararlo, ver hasta qué punto estaban conchabados. Mi curiosidad se había vuelto perniciosa. Me costaba dormir. Imaginaba la escena que tendría con ella, mis palabras y las suyas. De ahí pasaba a sentirme ridículo, lo vas a estropear todo, me decía, años de amistad y convivencia. Y me mortificaba pensar que Elvira se burlara de mí, se preguntara, ¿Este es el pusilánime con el que me acuesto?

Abro la caja de Pandora y pago las consecuencias ¿Y si todo fuera un invento de Diego para seguirme la corriente? Porque le podría decir: Ya sé que todo lo que me cuentas es mentira, que se trata de un juego, nada más, pasto literario para que escriba y escriba. Y que él me conteste que tengo razón, que no hay nada, que la vida real es pedestre y anodina.

Eso es cosa tuya

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Clyfford Still – PH-950, 1950

Hablar de lo pasado, de lo sufrido… no, no era cuestión de ponerse melodramático, todo estaba claro. De todos modos, otra vez lo venía a soliviantar, aunque, ¿para qué lamentarse? Habrá que ir a lo práctico, inquirir sobre el motivo que los había vuelto a juntar, saber a qué atenerse. A tomar por culo, pensó ciego por el despecho. Hemos jodido, no ha estado mal, y ahora me quiere liar. Que se vayan a la mierda ella y sus manejos. Miró a Eugenia con fijeza, las manos, como garras, se anudaron a sus brazos presionando hasta hacerle daño…

—¡Y ahora! ¡Para qué me quieres ahora! Gritó sin levantar la voz.

—No te excites, cariño, no hace falta que te excites —le dijo una Eugenia profesional que no dejaba traslucir ni un átomo de emoción—. Te hemos llamado así porque de otro modo no hubieras acudido; y te necesitamos. Es un trabajo, sólo eso; ningún riesgo; te pagarán bien y a otra cosa.

No pasó por alto ese “Te pagarán bien”. Eugenia no se incluía, no dijo: “te pagaremos bien” ¿Hasta qué punto mantenía la distancia? Quiso creer que no estaba alienada por el sistema al que servía, que únicamente se trataba de una relación distante, motivada por el dinero y el gusto por hacer algo fuera de lo ordinario.

»Cuando te hablo de estos asuntos espero, creo que me conoces, que el dinero no era mi primera pretensión. No te voy a decir que un buen sobre libre de impuestos venga mal; la tela viene bien para vivir y satisfacer los caprichos, pero hubiera preferido recuperar a Eugenia, aunque yo sea el primero que piense que soy uno de tantos gilipollas que pululan por ahí.

De lo que he visto y de lo que me cuenta concluyo que la vida de este hombre está marcada por la influencia de tres mujeres, que no hicieron de él tres hombres distintos; aún me asombra su hermetismo contradictorio: Diego no es precisamente taciturno y misántropo.

»Le dije que ya no fumaba hierba, que me había dejado de apetecer. Lo que no le dije fue que echaba tanto de menos los petardos cónicos y apretados que me hacía con Elisa, que no me quedaron ganas de volver a intentarlo hasta la noche de mi reencuentro con Blanca.

»Eugenia dejó de hacerse la remolona y entró de lleno en el asunto.

—¿Tú sabes la que hay liada por ahí arriba? No, no te envares, no hay ningún riesgo para ti; sólo información, eso es lo que queremos —Esta vez se había incluido.

—¿Qué queréis que haga?

—Algo muy fácil, ya te lo he dicho, informarnos, sólo eso.

—Pero, ¿qué tipo de información?

—Pues eso, lo que oigas; las palabras que digan, sin cambiar ni interpretar, y un breve comentario.

—Tengo que saber algo más para considerarlo.

—Es justo —dijo Eugenia—. Si tienes algún escrúpulo, me lo dices; pero no temas. Sabíamos que pondrías objeciones de índole ética, pero te aseguro que no vas a perjudicar a tus compañeros; al contrario, queremos información porque todo el mundo la tiene, y la hay buena y muy mala, según se mire; nosotros las queremos tener y controlar, para minimizar los daños, que serán grandes, no te quepa la menor duda.

—Por cierto, aunque lo sé, quiero que me lo digas, ¿quiénes sois vosotros?

—Nosotros somos nosotros, pero estamos del lado bueno, fíate.

—¿Cómo quieres que me fíe? —pregunté con violencia.

—No vuelvas por ahí, Diego, no vuelvas por ahí —se puso muy seria—; yo también lo pasé mal, no sabes hasta qué punto.

—Bueno, supongamos que me interesa —le dije para abrir así la posibilidad de colaborar.

—Pues haremos lo de la otra vez; con diferencias, claro, con diferencias.

—¿Cuáles? —le pregunté porque no quería eludir lo nuestro, ni que ella lo hiciera.

—La primera es que actuarás solo.

—¿Y la segunda? ¿Cuál es la segunda?

—La segunda es consecuencia de la primera: no estaremos juntos: cuando tengas algo que contar, llamas a este teléfono. Ya sabes, memorízalo y rompe el papel.

—¿Y si me invento historias y te llamo por verte?

—Eso es cosa tuya.

Una relación sin arraigo

Henry Moore
Henry Moore, Two Forms (1934). MOMA

Aquel “No, Diego; ya no” lo determinó a desistir del primer impulso. ¿Qué sentirá? ¿Será que se defiende y pone entre nosotros la última barrera?, se preguntó dispuesto a reavivar el rescoldo por leve que fuera. Pero no era de los que toman la fortaleza por asalto. No quiso forzar la voluntad de Eugenia por más que lo asaltara la duda. Otra vez me retraigo, pensó, y le quedó la sensación de dejarlo todo a medias. De todos modos, no se dio por vencido.

—Aquí no estamos seguros —dijo—. No corramos peligro.

—¿Qué peligro? —Eugenia lo miró extrañada.

—Quiero decir que nos pueden interrumpir —Diego esbozó media sonrisa.

Eugenia reconoció que estarían mejor en un lugar tranquilo, fuera de la mirada y los oídos de la gente. Pero sabía, bien lo sabía, lo había sentido desde que lo volvió a ver, que la intimidad los llevaría otra vez al enredo, y no quería; tampoco estabilizarse con él. Pensaba que él tampoco lo deseaba, que la costumbre acabaría con los dos. Pese a todo, accedió por fin y no le puso condición alguna, le parecía pueril y estúpido, aunque sabía que no le sería fácil mantener la distancia ¿Acaso lo intentaría?

Caminaban despacio, intentaban no hacer caso al apremio del deseo. Disimulaban la urgencia, como si el único motivo fuera mantener una conversación de trabajo fuera de la curiosidad ajena.

Diego abrió la puerta y Eugenia hizo un comentario trivial para rebajar el tono: Pero si está todo igual, dijo. Diego cerró la puerta y se situó, como antaño, frente a ella. Avanzó y Eugenia alargó los brazos con ademán de detenerlo, pero le faltaron las fuerzas y posó blandamente las manos sobre los hombros del hombre.

Pero fueron otros en el abrazo. Las impresiones dejadas por otras manos, otros cuerpos, otros alientos se manifestaron en una forma de hacer más experta pero con menos entrega. Eugenia comprendió en el acto, en el abrazo, en los besos, que no habría compromiso, que el sexo, placentero y tórrido, era lo que quedaba, para bien, pensó. Así es mejor, cada cual con su vida, y una relación sin arraigo.

—Nos estamos haciendo mayores —dijo con ironía.

Diego sonrió.

—¿Te pongo una copa?

—¿Te queda de aquel bourbon?

Diego le dijo que no, que se había cansado de un sabor tan recio, que se había acostumbrado a un escocés normalito, y sacó una botella de J&B.

—¿Quieres hielo?

—Sí, dos cubitos —contestó ella.

Lo que había sido una pasión sin freno pasó a ser una relación sin objetivo, anclada en el presente, sin pretensión de durar.

—¿Qué tenías que decirme? —Diego sacó un paquete de cigarrillos, encendió uno y se lo pasó.

—¿Ya no fumas de aquello? —preguntó Eugenia con intención.

—No, ya no —contestó Diego—; a veces, no hace mucho, pero ya no, no me apetece.

—A lo mejor me quieres contar algo; para lo que tenemos que hablar tenemos tiempo —Eugenia le lanzó el humo en la cara y sonrió.

—No, qué va; no tengo nada que contar —Diego endureció la expresión—; mejor dicho, no quiero ¿Qué te puede importar?

—Ay, Diego, no te lamentes ¿Para qué volver? ¿No te parece bien así?

No, Diego, no; ya no

Edvard_Munch_-_Two_Human_Beings_(The_Lonely_Ones)_(1905) (1)
Edvard Munch – Dos seres humanos (Los solitarios) (1905)

Diego y Eugenia se quedaron solos. Se hizo un silencio denso y tirante. Sólo se movían para dar un sorbo de cerveza o para fumar. Se miraban de hito en hito y bajaban la vista. Pasados unos minutos que parecieron horas, Eugenia rompió el silencio:

—Te tendré que decir lo que queremos de ti.

—¿Por qué no me lo cuentas en mi casa? —Diego preguntó con tristeza.

—Porque no sería bueno —le contestó Eugenia con suavidad.

—¿Por qué no sería bueno? Para mí sí lo sería; y creo que para ti también ¿Acaso crees que no te conozco? ¿Qué no sé interpretar tu mirada? ¿El temblor de tus labios?

—Precisamente por eso, Diego, precisamente por eso.

A Diego no le pasó desapercibido el titubeo de Eugenia, la falta de firmeza de sus afirmaciones. Cuántas veces nos hemos esforzado para evitar repetir aquello que se dejó, por volver a la querencia de lo placentero y bueno aunque se volviera maligno, en decir lo contrario de lo que se piensa y siente. Quien nos conoce distingue lo que escondemos. Hay un hilo delgado que rompe la resistencia o fortalece y cierra la boca de quien no quiere hablar. Hay en los amantes recorridos conocidos, caricias exclusivas, reconocimientos, barreras dispuestas para caer, o levantarse y hacerse infranqueables. Todo eso lo sabía Diego; también Eugenia. Había que tocar un punto sin lugar para el equívoco y le tocaba a él pulsarlo. Recordó la mañana en que Fina los dejó en Reina Victoria ante los edificios Titanic, el paseo de Santa Engracia, el taxi… Podía haber pensado que las personas cambian, que hay momentos únicos e irrepetibles, porque lo que fue un instante luminoso deviene en un fracaso, en un triste calco. Pero no lo pensó. Durante un minúsculo intervalo, pensaron en lo mismo, cuando se volvieron locos, pero no hubo sincronía, cuando Diego pulsó la tecla, el ángel había abandonado los dominios de Eugenia.

—¿Por qué no hacemos como entonces? —preguntó Diego y le tomó la mano.

—No, Diego, no; ya no —contestó ella.

 

»El tiempo es implacable. Lo que fue una conjunción perfecta pasó a ser un compromiso triste, un ejercicio de nostalgia compensatoria. Cuando me dijo «No, Diego, no; ya no», la tristeza se le escapaba por todos los poros, aunque sus palabras, su expresión y su rostro certificaban lo que se rompió el día que desapareció de mi vida.

Me sentí incómodo y se lo dije.

—¿Por qué? —me preguntó.

—Porque estaba convencido de que éramos amigos —le dije—. Tanta conversación, ¿para qué? Resulta que ha tenido que pasar el tiempo para que ahora me lo cuentes.

—Me parece que eres injusto —me dijo— ¿Qué sentido tiene que te tuviera al corriente de una actividad clandestina? Incluso te hubiera perjudicado. Si lo piensas bien, no me he portado tan mal, no te he obligado a decidir tus fidelidades. Por otra parte, me consta, lo que yo podía decir, que era bien poco comparado con lo que salía de otras fuentes, era mera información que no se llegó a utilizar.

—¿Estás seguro?

—Bueno, uno nunca puede estarlo. El que parecía mi objetivo desde luego que no, digo que no me consta que se actuara contra él, que más tarde, como te contaré, reaparece; diría que siempre fue un tío inquieto. Y te adelanto, creo que te sorprenderá, el papel que desempeñó en la nueva etapa.

No me sorprendió, pero esperé a que me lo contara; no me anticipé por no desvirtuar el discurso, por no obligarlo a improvisar, responder o defenderse; a olvidar con el apremio los detalles que traería pensados.