Con retraso

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Una vez en la habitación no tenía sueño y le apetecía tomar una copa, no de un botellín de la nevera sino una generosa y bien servida. Bajó al bar. A esa hora estaba desierto y habría permanecido sola todo el tiempo si no hubiera aparecido un hombre de mediana edad, bien parecido, con pelo y barba con incipientes canas. El hombre vestía de manera informal, con ropas caras. Se acodó también en la barra y pidió whisky con hielo. Le sirvió el camarero y el hombre levantó el vaso con ademán de brindar con la única persona que en ese momento allí estaba. Luisa levantó el vaso y la mirada, y sonrió lo justo, aunque suficiente para que el otro se acercara y se presentara:

—Ignacio Lamas —dijo—, y en cierto modo soy el responsable de que ahora estemos aquí tomando una copa.

Luisa enarcó una ceja como preguntando: ¿Cómo? ¿Por qué?, y el hombre dijo:

—Porque soy el piloto de este trasto que nos ha traído, y algo tengo que ver con el retraso ¿Le ha causado algún contratiempo?

Luisa le contestó que no, salvo tener que hacer noche donde no tenía previsto.

El piloto manifestó su tranquilidad por no haberle causado ningún inconveniente salvo la molestia. Luisa dijo que lo que pudiera tener de molestia quedaba compensado con la novedad sorprendente de tomar una copa en un bar de hotel, a esas horas y en Francia.

Luisa no había dicho su nombre y el piloto quiso saberlo.

Lo de Luisa es comprensible. La naturaleza de su trabajo le exigía ser discreta. Pero en su fuero interno algo le pedía un punto de rebeldía. Le ocurría cuando alguien le caía bien o le gustaba, y era lo que estaba ocurriendo. La tapadera estaba bien definida: ella era Teresa Ortiz, socia con una amiga de una tienda de productos de belleza y cosmética, nada complicado y comprobable. Luisa, por sus conocimientos de idiomas, viajaba para tratar con proveedores, asistir a ferias, trabajar para el negocio.

—Ah, perdone si no me he presentado: Teresa Ortiz, artículos de belleza —se presentó y le tendió la mano.

El piloto se la estrechó con la energía suficiente para infundir el calor y la suavidad necesaria y no dar la sensación de fuerza.

Se hizo un breve silencio que cada cual aprovechó para tomar un sorbo; y fue Luisa, predispuesta a dominar situaciones, la que preguntó:

—¿Y qué le pasaba al avión? ¿Me lo puede decir?

La sonrisa que puso fue de las que vienen a expresar: Dilo, no me lo puedes negar.

—No, nada, en realidad nada que no se pueda resolver; pero había que salir con plena seguridad, sobre todo porque cualquier alarma, por leve que sea, nos dice que algo está fallando, o lo que es peor, puede fallar en cualquier momento, porque una incidencia pequeña a la que no damos importancia puede ocultar otra mayor. Por ejemplo: que no luzca un piloto no quiere decir que falle el elemento al que está asociado, pero es preciso que luzca: en la cabina hay disponer de toda la información; pues bien, el piloto que indica que estás al habla con la torre de control no lucía, aunque nos poníamos al habla ¿Y si se estaba gestando una avería mayor? Por alta temperatura, por ejemplo.

Se lo veía contento con la pregunta; eso le daba pie para conversar con Luisa, que para él era Teresa, a la que había valorado como una mujer muy atractiva, que se refugiaba en un aspecto neutro, por su cara limpia —y eso que comerciaba con productos de belleza—, el cabello estirado y cogido atrás en cola de caballo, el traje sastre oscuro, no ceñido sino suficientemente holgado para no marcar las curvas y ganar elegancia. Hay que decir que Luisa no negociaba con su aspecto: no consentía en disfrazarse.

—Entonces, ¿nos hemos retrasado más de dos horas por una lucecita? —dijo ella tratando de remarcar algo de frivolidad femenina.

—No, no, no era una lucecita —dijo el piloto con una sonrisa—, era algo más, nada importante, es verdad, una cablecito, una conexión, pero había que estar seguro.

Luisa se sentía cómoda con él y consideró que había que avanzar un paso en el agrado y la confianza. Mañana será otro día, se dijo, al fin y al cabo todo está un poco salido de la norma. Siguió sonriendo, bebió, sacó cigarrillos del bolso, le ofreció, fumaron, no sin antes sacar él un mechero del bolsillo y disculparse por no haber caído en la cuenta. Le dijo:

—Qué bien, así me siento segura ¿Sabe que de jovencita soñaba con salir con un piloto? Con el uniforme, para mí los pilotos iban siempre de uniforme; y esa seguridad y pericia para manejar un aparato tan grande y majestuoso; y los pasajeros protegidos por él…

—Y al final, ¿no hubo piloto? —el piloto acepta el tanteo y Luisa se da cuenta de que se ha percatado del lance. Lanza un pestañeo seguido de una caída de ojos y esboza una sonrisa.

—No, no hubo piloto; también se me pasó aquel sueño juvenil, pero cuando una es casi una niña, ya sabe, tonterías…

—¿Y la espera alguien en París? —el piloto había decidido llevar la iniciativa.

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La impresión de Diego

»En ese punto me di cuenta de que esa Eugenia no era la misma que se había estremecido en mis brazos. Me pareció más dura, más metida en su papel. Quise pensar que se esforzaba por mostrarse insensible, como si estuviera demasiado pendiente de la vigilancia u observación de Luisa, que ésta actuara como supervisora muy atenta a sus reacciones, que se estuvieran permanentemente vigilando para controlar la fidelidad y sometimiento a las normas. Supuse y deseé que su ofrecimiento de hablar más adelante contuviera la promesa de reverdecer nuestra relación. Porque, a pesar del despecho y la furia, esta nueva Eugenia me resultaba más atractiva si cabe, y por lo tanto, más deseable.

»Con intensidad apenas audible, Luisa recuperó la palabra:

—Como te he dicho, sabemos lo que haces; claro, bien mirado somos nosotros los responsables. Verás. Como sabes, y seguro que estás bien informado, en la frontera están pasando cosas demasiado llamativas. No, no te hagas el nuevo, sabes a qué frontera me refiero, y a qué zona, y por qué estamos tan atentos a lo que ocurre. Además, como te puedes imaginar, controlamos algunos movimientos, aunque no todos. Ya sabes que nosotros no hacemos, nos informamos y dejamos hacer o desviamos, o informamos para que sean otros los que hagan, mejor o peor, pero que sean ellos los que lo hagan, como, por lo demás, ocurre con todos los servicios cuando se trata de asuntos de orden interno. No sé por qué te explico esto.

Iba Diego a protestar, a decir que bien lo había comprobado en sus carnes, cuando Eugenia, como si hubiera leído su mente, se adelantó:

—Sí, Diego, lo sabes, hicimos nuestro trabajo y no nos salimos del guion. Te manipulamos, no hace falta que lo digas, pero el trabajo salió bien, y tú vivo, y te recompusiste, no me digas que no.

»Lo bueno (o malo) del caso es que saben cómo hablarte para que creas que lo saben todo de ti, que desde el momento en que establecen contacto contigo tienen unos ojos que no dejan de mirarte. Y eso es terrible porque te sientes espiado y acabas no fiándote de nadie. No pude evitar pensar que conocían de parte a parte mi relación con Elisa, y la tuya; la de Elvira ya la conocían. Llegué a pensar que Elisa también era de ellos, aunque ¿Por qué? ¿Tanto importaba yo? De todos modos fue una paranoia que me asaltó y me tuvo en vilo no sé el tiempo. Pero, todo hay que decirlo, me vino muy bien el manto de Elvira, a quien he contado, con quien he descargado mis manías, quien me aseguró que Elisa no tuvo nada que ver, que lo suyo era otra cosa, según sabía o creía saber, porque Elisa siempre fue muy reservada; no creas que se abría con facilidad, y cuando lo hacía pedía la mayor discreción, que yo cumplí y seguiré cumpliendo con total escrúpulo, lo mismo que Elvira, que seguro sabe más de lo que dice porque, o bien tú eres un artista del disimulo, o poco te ha contado de lo que hablamos.

Grandes dudas

Podía hacer una pequeña sinopsis de lo contado, pero todo está aquí. Por ello os invito a remontar el blog página a página: al fin y al cabo sólo se trata de un pequeño esfuerzo.

 

No les costó demasiado penetrar en los círculos de decisión. En realidad no había nada novedoso. En la medida en que se escalaban peldaños aparecían los mismos sujetos que en otro tiempo dirigían o tenían relevancia en las cúpulas. Capacidad, tiempo y esfuerzo, sobre todo estos últimos, eran los atributos necesarios para formar parte de los núcleos con poder de decisión: no como miembros de una estructura orgánica sino como colaboradores voluntariosos, de ese modo, imprescindibles. También era preciso mostrar entusiasmo y disposición para portar pegatinas, banderas y pancartas, o gritar consignas en las concentraciones, manifestaciones y marchas.

Hubo un momento en que Diego empezó a sospechar que no importaba tanto la localización y seguimiento del llamado Mateo como el hecho de estar allí, que en realidad su función no era otra cosa que servir de soporte para Eugenia y darle legitimidad y cobijo dentro de lo que se estaba organizando, que el Gobierno necesitaba información de primera mano y por eso los había infiltrado. Sobre todo porque era un hecho cada vez más nítido el cambio de posición y el consiguiente riesgo que se corría. No en vano entró en circulación, sin que pareciera falso, el rumor de que ni EE.UU ni la Europa que se estaba fraguando hubieran dejado a España entrar en el Mercado Común sin el compromiso previo de permanecer en la Organización Atlántica.

Naturalmente ese rumor se extendió por la revista de la mano de Freixido, y nadie hizo nada por desmentirlo, ni siquiera discutirlo, salvo Diego, muy en su papel, pero en este caso ajeno a tal movimiento, el de Freixido.

Elvira, por su parte, vivió su momento más dulce, destacada por su periódico como testigo de excepción de los cambios que se estaban operando en medio mundo.

En cuanto a mí, vivía una época de grandes dudas. Los convulsos acontecimientos provocaron una gran dispersión de voluntades y compromisos, así que pensé que había llegado el momento de hacer bien mi trabajo sin otra consideración que la idea que tenía de mi propia honestidad, aunque siempre hay que hacer la salvedad de que esa medida nos la ponemos nosotros mismos, y de nosotros dependen las trampas. Con esto quiero decir que, por falta de nexo, me dediqué a trabajar solo, sin responder ante nadie salvo mi jefe, Freixido, a poner en juego mi capacidad profesional exclusivamente.

La revista nunca había ido bien; no había sido una publicación de grandes tiradas, sino una oferta turística. Con los cambios, parecía que íbamos a coger fuerza, entrar en el mercado, pero éste estaba monopolizado por publicaciones que se iban decantando por la ideologización o el sensacionalismo. Eso fue lo que debieron ver, porque, con el paso del tiempo, la clausuraron definitivamente, no sin antes ofrecerme el trabajo que he venido ejerciendo hasta hace poco, expulsado por la edad, las nuevas tecnologías y las redes sociales, a cambio de una fidelidad perruna hacia mis patronos.

Me ofrecieron la posibilidad de formar un equipo que consistiera en un colaborador, una secretaria y yo mismo. Elvira quedó descartada; no porque nadie la vetara; simplemente en ese tiempo ella volaba a gran altura, además nos habíamos impuesto, para la buena marcha de nuestra irregular relación, evitar trabajar juntos. Es cierto que pensé en Diego, aunque no pude demorar mi decisión, entre otras cosas porque no merecía la pena; en definitiva me vino impuesto desde arriba. Y arriba estaba Blanca. Diego lo cuenta de otra manera pero ocurrió como yo lo cuento.

En eso consiste

No creas, no lo hice mal del todo —me sigue contando sin contestar a mi pregunta—. Me hubiera quedado. No te puedes imaginar el gusto que le coges al engaño y al disimulo, todo ello para perpetrar una traición, porque, por mucho que se diga, se trata de eso, de ganar confianza. El objetivo tiene que sentirte próximo, como un amigo, para soltar prenda, no por indiscreción sino por cooperación, ganar a uno más para la causa, un cómplice, un compañero, alguien con quien te jugarías la vida. ¿Sabes lo peor? Que no sientes mala conciencia porque acabas convencido de la bondad, por necesaria, de la misión.

—Ya, pero te me escapas, Diego, te me escapas…

—¿Por qué? Te lo estoy contando todo; y no es muy confesable.

—Te me escapas porque no me acabas de decir tus motivaciones reales.

—Es que no es fácil. Ya te he dicho que fue por Blanca, y por mí, ¿acaso no comprendes que nos jodieron la vida?

—Hombre, también me doy cuenta de que ahora estás con Blanca, y Eugenia es… ¿un buen recuerdo?

—Pero, ¿qué más da? —no digo que se pusiera tenso, aunque reaccionó en la dirección que yo quería.

—No sé, no sé si dará lo mismo; eso únicamente lo puedes saber tú —le contesté.

—Digo qué más da porque mis cosas con Eugenia no invalidan mi necesidad de desquite; ella puso en mi mano los medios para tomármelo, al menos eso creí. Lo que pasa es que eres un puñetero puntilloso y ahora te quieres desquitar por el tiempo en que te tuvimos in albis. Ya escribió Flaubert, y veo que tú lo sigues al pie de la letra, algo parecido a esto: ‘La biografía de un amigo hay que escribirla como si fuera una venganza’.

Podía haber dicho touché, pero no quise darle semejante satisfacción. Lo que sí le dije fue que su cita de Flaubert era imprecisa y que además le cambiaba el sentido, la cita literal es: “Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándole”. Pero Diego no andaba descaminado en sus apreciaciones; no negaré que el despecho se adueñó de mí durante demasiado tiempo; sobre todo sentí, aunque me cuesta reconocerlo, la falta de confianza de Elvira. Por mucho que uno lo niegue, quieres saber vida y milagros de quien duerme contigo, aunque no sea siempre, aunque no conviva. Paul, personaje protagonista de El último tango en París, pretende hacer del piso un islote utópico exento de sentimientos, incluso de lenguaje: allí no existen los nombres. Pero Paul trata de poseer a Jeanne, la protagonista, a toda ella. Y la persigue, quiere saber quién es, se muestra, pregunta, dice su nombre y un retazo biográfico; y camina hacia su propia destrucción, hasta la muerte.

 

No les resultó difícil entrar en contacto con uno de los grupos que por aquellos días se formaban y crecían como hongos, animados por la oportunidad que se les presentaba: culminar una gran movilización contra uno de los bloques militares formados al abrigo de la llamada “Guerra Fría”. Las plataformas antiotan eran un excelente banderín de enganche: los conocimientos, la experiencia y el entusiasmo servían de pasaporte para llegar a tocar los centros de decisión, pero lo que más les importaba era navegar por los meandros y recorridos que les llevaran al objetivo, a situarlo, a conocer sus conexiones y, lo más importante, detectar los contactos que llevaran hasta él: ‘Nosotros informamos’, decía Eugenia. ‘Otros harán lo que tengan que hacer. En eso consiste’.

 

Sobre la imagen: Fotograma de El último tango en París, Bernardo Bertolucci, 1972

 

 

 

Seis meses

Va para seis meses que publiqué en Amazon Las aguas del olvidoNo lo voy a negar: la novela ha cosechado un rotundo fracaso en cuanto a las ventas, pero muy buenas críticas, me consta. A este respecto aprovecho estas líneas para agradecer a Isabel Fernández Bernaldo de Quirós la reseña que publicó en su blog, Apalabrando los días, así como a María, Juan, Lucy, Andrés, Reme, Leonor, Martín, Pilar, César, Carmen, Eduardo, Luchi… los comentarios que animan y confirman esta mi pasión por la escritura.

Ya me referí en estas páginas a la autopublicación y me lamenté y pedí disculpas por el desastre técnico de lo que llamaría ‘Primera versión’. A la tercera va la vencida, se conoce que me dije; y es verdad, la ‘Tercera’ salió muy bien, así que aprendí para posteriores intentos.

En cuanto al contenido, me dicen que cuesta entrar, llegar a lo que es el asunto principal; pero me parece bien: la estructura está pensada, mirada y remirada para que ese sea el resultado, para que la historia se vaya haciendo mediante alusiones y recuerdos hasta entrar en el meollo.

He leído manuales que parecen de autoayuda, consejos, procedimientos, todo ello encaminado a promocionar y vender mejor. Pero ¿qué le vamos a hacer? No hago el menor caso, ni pienso hacerlo: estoy bien así.

Tengo otras tres publicaciones en cola, una de ellas lista para salir, y haré lo mismo: la anunciaré en el blog, llevaré un puñado de ejemplares a mi librero amigo, por si vende alguno; naturalmente, me pondré muy contento cuando pueda tocar el libro, hojearlo, olerlo, mirarlo: al fin y al cabo es mi criatura; y, sobre todo, agradeceré especialmente la atención que puedan prestar los lectores, a quienes me dirijo y con quienes quiero conversar.

Y ellos, sólo ellos

»Sí, es cierto, de buenas a primeras me vi convertido en un espía, un soplón, un policía o vaya usted a saber. ¿Quiénes sois vosotros?, le pregunté a Eugenia. Nosotros somos nosotros ¿Qué más te da?, me contestó. Te has comprometido y no hay vuelta atrás. Y vamos a estar juntos, no creas que suelen consentir esto, pero si el destino nos ha puesto aquí, no le llevemos la contraria. Ahora nos tenemos que dejar ver, mostrarnos como pareja; no hace falta que busquemos casa, nos sirve la tuya, ante todo normalidad. Nos hemos conocido en una exposición, un café, una librería, un baile… donde sea más creíble; nos llevamos viendo un tiempo, mejor corto, vamos a probar a vivir juntos, estamos bien… aunque tampoco hay que pasarse, no hace falta estar a todas horas con tus amigos, es más, sólo cuando sea inevitable, y espero que Elvira sea discreta. Por ella no te preocupes, le dije, pero enseguida lo adivinará. Me dijo que si tenía que saber lo nuestro, que se lo dijera cuanto antes; lo mejor será que venga a casa, yo se lo explico. “Que venga a casa”, dijo. Y yo pensé: ‘No sé lo que es o no conveniente; no sé dónde me estoy metiendo’.

»En realidad no daba crédito a la conversación, me oía, la escuchaba, y lo único que era capaz de comprender, la única certeza, era mi deseo, las ansias de estar con ella. Volvimos a Cuatro Caminos y nos pusimos a callejear como si no tuviéramos otra cosa que hacer. Pensé que tendría que pasar por la revista, dar señales de vida, hablar contigo. Andando por Santa Engracia le dije que tenía que llamar por teléfono, que tenía que hablar contigo, bueno, con mi jefe, le dije. Pasamos a una cafetería. No creo que te acuerdes, pero te conté una historia bastante peregrina, que había venido un familiar mío, una prima, creo, que tenía que ayudarla con el equipaje y el alojamiento, que venía a trabajar a un hospital; algo de eso te conté. Tómate el día, me dijiste.

—Sí, claro, menudo control ejercía sobre vosotros; quizá lo hicieras para darle sensación de seriedad.

 

Diego andaba con ella, junto a ella, y recordaba los momentos pasados, su cuerpo, a ratos tenso a ratos relajado, sus movimientos felinos y ávidos alternados con aflojamientos dulces. Descanso como preludio de una nueva aceleración, un nuevo acoplamiento. Eso pensaba.

—Vamos a mi casa —dijo de pronto—.

—¿Ahora? —preguntó Eugenia sin mostrar sorpresa.

—Sí, ahora; ahora mismo, ya —contestó Diego y la tomó de la mano haciéndole notar la urgencia, con disimulo y sin atender a los pocos transeúntes.

—Bueno, vamos —Eugenia presionó y se echó a reír— ¿Cogemos un taxi?

Vieron uno libre, paró, y entraron como atropellándose. Diego dio su dirección.

 

»No sé qué pensaría el taxista, pero el calorcillo actuó como caldo de cultivo. Fue ella la más lanzada. Más tarde, hoy, pienso que sus actos no se correspondían con la prudencia exigible a alguien con esos cometidos; o quizá actuaba conforme al papel que le habían asignado. No sé qué pensar, fue todo tan confuso.

 

Habla Diego, apenas calla. Me da material y pie para contar de tan extraña historia hasta los detalles más íntimos, incluso sórdidos, que no sé si contaré o me los callaré.

 

El taxi paró donde le dijo Diego. Bajaron apresuradamente. Pagó él y no esperó el cambio. Entraron a la carrera y subieron a saltos los escalones. Diego abrió la puerta, cogió a Eugenia de la cintura y la llevó al dormitorio. Ella aceptó la urgencia, se acomodó, se sacó la ropa y se ofreció a las ansias del hombre, que metió la cabeza entre las piernas y le cogió el sexo con hambre, con la nariz, con la lengua, con la barbilla. Ella quiso hacer lo mismo, pero estaba tan tenso que le quiso indicar que no, que esperara, que estaba bien así, pero ella no estaba para esperas y lo cogió con la boca, lo que provocó el reventón que él quería demorar. Entonces ella se revolvió como una anguila y lo besó en la boca, fue como darse ellos mismos, su propia naturaleza en su ser más genuino.

Llegados a este punto, ¿qué más se puede abundar? Se acometieron hasta el agotamiento. Perdieron el hambre y el habla, nada les interesaba, sólo ellos. No hubo días anteriores, conversaciones, compromisos. El aire de la habitación era un mar de amor y sexo.

Y ellos, sólo ellos.

En la jaula

De cuando en cuando me planteo el porqué de contar estas cosas, y me digo: ‘Por la necesidad de escribir’. Escribo sobre un asunto truculento, no me cabe la menor duda, lejano en el tiempo, obsoleto y caduco, creo. Diría que no tiene otro sentido que el de tratar de conocer mejor a mis amigos; y una constatación: no llegas a conocer plenamente ni a la persona con quien compartes cama, a quien amas con dedicación religiosa. Mira que es ingrata, qué mal me corresponde, piensas. Pero tú también guardas secretos; no los revelas porque te atan tu sentido de la fidelidad y el compromiso, aunque ahora, después de tanto tiempo y tanta dedicación, como bien cuenta Diego —en eso no discrepamos— te hayan tratado como a un trasto inservible y obsoleto del que se prescinde porque supone un gasto y estorba; porque se lo ve incapaz de manejar esos laberintos que reclaman una atención constante, una necesidad imperiosa de responder con celeridad a cualquier chisme u ocurrencia, a las réplicas y a las recontrarréplicas, sin que importen demasiado la precisión y el rigor: el caso es avivar la polémica, o apagarla, según convenga. Puede que sea divertido, pero ese mundo no es para nosotros, ya no le pertenecemos, sólo nos quedan la memoria y la nostalgia. Lo más chusco del caso es que tampoco ellos supieron, no sé si lo supondrían, que yo también fui un infiltrado: interesaba estar en los medios, ver fluir las noticias, sobre todo los rumores, lo que se publica y lo que se sabe; crear opinión. Me introdujo un conspicuo miembro de la organización, entonces, cuando el entusiasmo movía comportamientos y decisiones, cuando todo eran certezas y no te hacías preguntas.

No quedaba, efectivamente, mucho que decir. Fina recuperó su rol de cocinera y desapareció con intención de recuperar los restos del mediodía para la cena.

—No tanto los restos —puntualizó—; bien me he cuidado de dejar algo apartado, sin cocinar, nada de recalentar, no está bueno y sienta mal.

Diego y Eugenia quedaron solos, al menos fuera de la vista de Fina, bastante confuso él y callada ella. Diego se propuso restaurar cuanto antes el puente de confianza que habían construido con el abrazo y el contacto. Eugenia, por su parte, procesaba con rapidez lo hablado, lo que había por delante, que ya lo tenía previsto aunque no había contado con la posibilidad de ser cogida por esta eventualidad tan vieja y tan antigua, eso que con tanta frecuencia se da entre hombres y mujeres. No se quería decir la palabra, prefería pensar en lo que bien pudiera ser un efecto del contacto, de lo imprevisto. Sin embargo no se podía engañar. Al igual que a Diego le ocurriera, desde el día del simulacro lo tenía bien presente. Pensó que no se podía permitir el lujo de dejarse llevar, de perder el control, de mostrarse ante Fina como una jovencita inerme frente a los sentimientos y el deseo.

—¿Cómo supiste que estaba en el bar? —preguntó Diego por decir algo.

—Fácil —contestó Eugenia—. Te estábamos siguiendo, te vigilábamos. Una vez en la jaula, el resto fue coser y cantar.

—¿En la jaula? —Diego preguntó haciéndose el ingenuo.

—Sí, la jaula, el bar. Lo hicimos bien; cómo te lo creíste —apuntaló Eugenia recuperando la sonrisa.

—Ya, entiendo, pero todo eso podía haber quedado en nada si me da por no hacer caso. Imagínate que soy un tío poco curioso, uno que dice: ‘Mira, una pasta, bien me vendrá’.

—Pero si todo era falso —Eugenia rió con ganas.

—Piensa si hubiera tirado la pistola por un desagüe, un pantano; a la basura no porque a las pistolas les da por aparecer —Diego siguió como si no la hubiera oído.

—Sin embargo corriste a casa de Elvira. Con eso contábamos; salió como habíamos previsto.

—Correr a casa de Elvira —Diego pretendía mostrarse escéptico.

—Sí, claro, ¿por qué te extraña? Al fin y al cabo Freixido nos tiene al corriente de vuestras reacciones, de lo que tenéis de previsible.

¿Cuánto hubo de venganza?

—No, ni se me ocurrió. No tiene nada de extraño: Eugenia ejercía sobre mí un magnetismo tal, que estaba dispuesto a creer a pie juntillas lo que me dijeran; además no era disparatado ni carecía de lógica. Ten en cuenta, y eso hay que tenerlo presente, que Fina aparentaba todo lo contrario a esas arpías de las películas: media melena teñida de rubio con mechas, la tez muy blanca, los ojos grandes y azules, el pecho generoso y una figura bien mantenida para los sesenta que aparentaba. Era dulce, te miraba de frente y no te agobiaba. Sólo me acorraló cuando me enseñó la fotografía. Por otra parte, lo sabes bien, los grupos estaban infiltrados por todo tipo de policías y gente rara. No me extrañó en absoluto que también estuvieran los de la banda, como ella los llamó: en Madrid necesitaban apoyos. Lo que te puedo decir es que se me fijaron dos ideas: una, vengar a Blanca (y a mí); no era una desgraciada ni le iba mal en la vida, pero en estos casos la procesión va por dentro; no ha vuelto a ser la misma; quizá ahora, al cabo de los años, vuelve a encontrar la tranquilidad y, como comprenderás, me hace muy feliz que sea conmigo.
—¿Y la segunda?
—La segunda, estar junto a Eugenia, trabajar con ella. Así que se me nubló cualquier tentación de resistirme.

—¿Qué papel juego yo en todo esto? —preguntó Diego.
—Uno muy peligroso, no te voy a mentir; os vamos a infiltrar a Eugenia y a ti —contestó Fina.
—Pero el tal Mateo me reconocerá —objetó Diego.
—Precisamente por eso. Si lo hacéis bien, cogerán confianza.

—Fíjate la ligereza: por un lado las preguntas se me agolpaban en la cabeza; por otro, tenía prisa en acabar para estar a solas con Eugenia.
—Y te metiste en lo que fuera, vaya usted a saber…
—No, Luis, no… Nunca fui de ellos; trabajé para ellos, que no es lo mismo.
—Pues yo no veo la diferencia ¿Duró mucho?
—Un par de años, hasta que acabamos el trabajo.
—¿Sabes lo que me llama la atención? —le pregunté sin esperar respuesta—, la enorme capacidad de disimulo y ocultación de la que habéis hecho gala. Cuando hay distancia por medio, apenas relación, lo normal es no saber lo que hace otro en sus horas libres, en su intimidad, a no ser que al azar le dé por establecer un cruce, un encuentro inesperado, una situación insólita, nada imposible por otra parte, que suele llevar a interpretaciones equívocas, con la dificultad que añade al sorprendido si pretende explicarlas; en esos casos lo mejor es dejarlo estar, no dar las explicaciones que nadie te pide. Pero vosotros, sobre todo Elvira en lo que a mí respecta… No, no os lo tengo en cuenta; ayer, si lo hubiera sabido ayer, ¿quién sabe?
Diego hacía ligeros movimientos afirmativos con la cabeza como diciendo: ‘Tienes razón. La suerte para todos es que no nos hayamos encontrado por ahí en situaciones difíciles de explicar, no en vano conociste a Eugenia como una relación mía. Elvira en realidad no tuvo que hacer nada: todo se puede atribuir a su pericia; de todos modos, todo lo consiguió por sus propios méritos, sólo le dieron el primer empujoncito’. También me miraba con cara de esperar que le hiciera la pregunta que, no por obvia, forzosamente tenía que llegar:
—Entonces, Diego, ¿cuánto hubo de venganza y cuánto de Eugenia?

Un beso, sólo un beso

—Para una tarde, ya eran novedades —le dije a Diego—; no creo que supieras por dónde tirar.

—Sí, pero lo más fuerte estaba por venir. Quién se lo iba a imaginar. Tomamos café, mantuvimos una conversación insustancial, de las que se usan cuando parece que está todo dicho; de los pormenores ya nos iría poniendo al corriente Freixido. No veía a Elvira muy convencida, yo tampoco lo estaba, y encima tenía que volver a Madrid con Luisa o con él; yo me quedaba con Eugenia y fuera lo que Dios quisiera.

»Cuando se lo dije a Elvira, me dedicó una sonrisa cómplice, no en vano fue con el asunto de la chica misteriosa etc. con el que me presenté una noche en su casa a darle la tabarra. ‘Tú sabrás lo que haces’, me dijo, y se fue con Freixido. Luisa se encerró con Fina en uno de los cuartos y, pasados como tres cuartos de hora, salió. Se despidió de Eugenia con un guiño casi imperceptible; a mí me miró con descaro: ‘Bueno, guapo, que pases buena noche’, me dijo y me estampó dos sonoros besos.

»Fina se había quedado en la habitación o donde fuera, así que me quedé a solas con Eugenia sin saber qué decir. Lo que más me confundía era el aplomo con que se conducía.

—Querrás dormir conmigo —me espetó al tiempo que me ofrecía un cigarrillo. Para ello se levantó del sillón y vino a sentarse a mi lado en el sofá, envolviéndome con su penetrante y enloquecedora proximidad.

»El corazón me latía desbocado. Se me acercó lo suficiente para que sintiera el agobio de su presencia; penetrar en mi espacio como si dijera: ‘Ahora te toca a ti; yo he hecho mi parte’. Sólo tenía que alargar la mano, tomarla por la nuca, acercarle los labios, besarla. Cuando quise recordar, unos labios húmedos y calientes se apretaban a los míos y yo me hundía en el mar de sus cabellos, finos y suaves como el agua. Estaba tan bien, me sentía tan bien, que no hice nada por apartarme, por sorprenderme, por preguntar, sólo dejarme llevar por lo que era beso y sólo beso, como si no tuviéramos brazos ni manos con que tocarnos porque no estábamos en eso, sino en un primer encuentro tan dulce como inesperado.

Fina no fue impertinente. Se dejó notar poco a poco. No es que viniera de puntillas; sus pasos eran suaves, de zapatillas, exentos de ruido. Se dejó notar con un discreto carraspeo al que atendimos sin alborotarnos. ‘Habrá que cenar’, dijo.

No me veo como un enamoradizo

‘No me veo como un enamoradizo’, me dijo Diego uno de estos días en que venimos charlando de asuntos del pasado, como sincerándonos. ‘Sin embargo, es cierto, ellas me atraen o atrajeron con una fuerza que apenas podía dominar y, ya lo ves, me implico hasta lo más hondo, y las quiero, a todas las quiero o las he querido, como más te guste. Es lo que me ocurre hoy con Blanca, aunque sería más preciso si dijera que me vuelve a ocurrir, y si me apuras te diría que en el fondo nunca la dejé de querer, porque no las he querido de una en una, sino a cada una sin dejar de querer a la otra. En cuanto a Blanca, ¿quién diría que al cabo de los años íbamos a encontrar esta paz? Pero entonces, después de aquello me dejó porque necesitaba romper con todo lo relacionado con lo que pasó’.

Echó en su vaso un par de cubitos de hielo y se añadió más whisky. Sacó del bolsillo de la camisa uno de sus cigarrillos y lo encendió con un mechero de los que suelo tener sobre la mesa; por mi parte yo encendí uno de los míos.

—No deberías fumar —me dijo en tono de broma—; y no te apures, Luisillo, que no te voy a dejar sin historia. Te voy a contar lo que me pasó después de que Freixido nos enrolara para sacar adelante nuestra revista… ¿De verdad no te diste cuenta?

—Hombre, algún cambio se notó, pero iban tan deprisa los acontecimientos y las novedades que no me dio por pensar en nada; además, tampoco me parece que se lo tomaran muy en serio, sobre todo si atendemos al último cambio, del que ya supe algo más —le dije con ironía.

—En fin, fuera como fuere, ya sabes que aceptamos y quizá nos justificamos diciéndonos que no quedaba otra, que tampoco era tanto lo que nos pedían, que con algo de habilidad nos saltaríamos las instrucciones. Lo que no sabíamos, aunque no es difícil de imaginar, es que aquello no iba a pasar de ser un trámite más y que se olvidarían de nosotros.

 

Con todo, se fue imponiendo la calma o al menos cesaron las hostilidades. La tarde tocaba a su fin y el sol desparramaba destellos rojizos encaramado en el ocaso. Volvieron Eugenia y Fina y con ellas entró en la casa una bocanada de frío.

—Habrá que tomar un café y pensar en irse a Madrid —dijo Freixido.

Eugenia dijo que ella lo prepararía y Diego aprovechó para acompañarla con la excusa, no del todo insincera, de que le gustaba mucho el café y sus preparativos, ver como lo hacen los otros porque siempre se aprende algo, incluso en las operaciones más sencillas, aunque lo que en realidad quería y Elvira captó en el acto era quedarse a solas con Eugenia. Hablaron de cosas intrascendentes: cómo moler el grano, si hay que calentar antes el agua. Eugenia le dijo que se tenía que conformar con café molido de paquete, que no se lo dijera a Freixido, y menos mal que no es de sobre, le dijo.

—¿Cuándo te puedo ver? —le preguntó Diego de sopetón, sin preparativos ni transiciones.

—Ya me estás viendo —contestó Eugenia con una sonrisa.

—No es a eso a lo que me refiero —replicó Diego.

—Ya, ya me lo imagino; si te ocurre lo que pienso, ¿por qué no te quedas?

Diego, por mucho que lo deseara, no esperaba una proposición tan directa. Nervioso, se puso a dar paseos por la cocina.

—¿Quién vive aquí? —fue lo único que se le ocurrió preguntar.

—Eso qué importa, ¿te quedas o no? Bueno, digamos que vive Fina; pensé que lo habías notado.