Te hablaré de Luisa

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Paul Klee, El caballero negro, 1927

De toda esta historia, convencido de que Elvira no me iba a contar su versión, aunque no acostumbraba a cerrarse en banda, me interesaba Luisa.

—Háblame de Luisa, lo que sepas, tus impresiones, lo que me pueda servir. Te prometo que seré cuidadoso.

—Mira que eres terco. Bueno, prepárate para lo que te voy a contar.

Me lo dijo con un tono que sonaba a advertencia; ese “prepárate” me puso tenso y pensé que no sabía de la misa la mitad. Me dijo que antes de empezar quería saber lo que me había contado Diego.

—Bueno, no está mal como cuentecito —dijo cuando le hice un resumen—. No está mal lo del bolso; fue así, pero hay más.

»Efectivamente, el bolso contenía un buen fajo de billetes y una pistola, pero no fue la curiosidad lo que nos llevó donde se nos indicaba; fue el miedo. ¿Miedo de qué?, te preguntarás. Y ahí va la respuesta: miedo porque en la nota se nos decía que la única forma de deshacernos de ella, de la pistola, y de disfrutar de los dólares era, precisamente, la de acudir a la cita que nos proponían. Porque no fue nuestra perspicacia investigadora la que nos llevó al piso donde se celebraba una extraña reunión, en realidad un montaje. Tampoco creas que me mezclé porque me lo pidiera Diego o me diera por inmiscuirme, no, qué va, fui porque en la nota se decía con pelos y señales quién era yo y que era imprescindible mi asistencia.

»¿Por qué dinero y por qué una pistola? El dinero, naturalmente, como elemento corruptor, como si dijeran: «¿Ves esto? Pues hay mucho más». La pistola, como elemento disuasorio: «Os vigilamos y obra en nuestro poder un arma que, vaya usted a saber, de qué crímenes habrá sido instrumento». Así que no tuvimos más remedio que acudir con intención de desentrañar el misterio y librarnos de una amenaza ¡Qué ingenuos e ilusos!

»Acudimos donde nos dijeron y nos encontramos con el montaje que conoces, en eso el relato de Diego no difiere del mío: el piso y la tal Luisa, Miraflores, Freixido, la tal Eugenia, la tal Fina…

»El cuento de la revista estuvo bien, también la comida y la sobremesa, no se puede decir que no fueran amenas, bien servidas y regadas, pero la sorpresa me la llevé yo cuando me quedé a solas con Freixido.

»Salimos para Madrid y yo iba tan confiada, le pregunté sobre la mejora y la dinámica que cobraría la revista, y me planteaba cuáles serían las ventajas. «Has sido lista —me dije—, apenas te has comprometido y puede que de una vez despegues».

»Freixido, con su proverbial simpatía, hablaba y hablaba, y, cuando quise darme cuenta, el coche se lanzó hacia la carretera de Valencia. «¿Dónde vamos?», le pregunté. Y me contestó: «No temas, no pasará nada, pero tenemos que hacerlo; toma, ponte esto», y me largó una capucha de un tejido negro y espeso. No me dio tiempo a protestar: me conminó a ponérmelo y me dijo que era peor resistirse. «Confía en mí; algo te tiene que costar; anda póntelo; no me obligues a hacerlo». Siempre pensé que Freixido era un blando de esos que no tienen ni media hostia, pero había algo en su voz y en su expresión que me dio miedo, parecía otro, lo creí de veras capaz de hacerme daño, descubrí de pronto a un tipo capaz de ejercer una violencia infinita. Me quedé helada, literalmente de frío, se me cortó la respiración y tuve miedo, mucho miedo. Se había hecho completamente de noche, de modo que nadie me veía encapuchada porque, ya lo habrás adivinado, me puse la capucha y deseé con todas mis fuerzas que tuviera razón, que nada me pasaría.

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