Elogio y exaltación del orinal

Deliciosa locura. Hace días me siento perseguida hasta en los quehaceres más íntimos. No sé si adrede, muy a la vista, como al descuido, sobre la cómoda destacaba inmaculada, cuidadosamente doblada, la siguiente nota:

“Música de cámara. Vasijas vacías las que más ruido hacen. Por la acústica, la resonancia cambia en la medida en que el peso del agua es conforme a la ley de la caída del agua. Como esas rapsodias de Liszt, húngaro, de ojos agitanados. Perlas. Gotas. Lluvia. Tirilin laralara luruluru. Sisssseo. La cabeza de Leopold Bloom va de los calcetines a cuadros de Boylan al alegre tintineo secretorio de Molly.

Don Rigoberto lo había pasado por alto. No tanto como los versos de Neruda:

Y por verte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,

como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,

cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,

y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma…

 

Y así, Sin transición, [don Rigoberto] divisó a Lucrecia, sentada en la taza del excusado, y escuchó el alegre chapaleo de su pipí en el fondo del recipiente, que lo recibía cascabeleando agradecido.

Cuántas horas, cuántas noches desconociendo, perdiendo la alegre sonata de sus adentros. A media noche, no sé si por efecto de las pastillas de la tensión, se levanta y recorre sonámbula la distancia que media entre la cama y el inodoro. La puerta la deja entreabierta; el cuarto de baño despide una lámina de luz. Cuando se removió para incorporarse, le dije, “Emma, hazlo en el orinal; está a tus pies, debajo de la cama”. Y así fue. El silbido de una cobra y el tintineo agudo de la oquedad vacía bajando notas hasta el grave goteo: fffffzzzziiiiioooo”.

Cuando volví a lo alto de la cama me sentí cogida de la cintura y atraída hacia él, “¡¿Pero Charles?!” grité despacito sin salir de mi asombro.

En cursiva, textos de James Joyce en Ulises y de Mario Vargas Llosa en Los cuadernos de don Rigoberto. Y de Pablo Neruda, fragmento del Tango del viudo.

En la imgen, El beso, Gustav Klimt (1907-8). Galería Belvedere, Viena.

Publicada en el extinto blog El cuento inacabado bajo el seudónimo de madamebovary

 

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