Insomnio

Cuando escribo, tengo una forma de saber cuándo estoy inmerso hasta el cuello en el relato. Das vida a unos personajes, los sitúas en una ciudad, en una casa; les atribuyes tipo, facciones, edad, profesión, si la ejercen o hacen otra cosa, o nada destacable; amistades, amores y gustos; incluso manías, que a veces son las tuyas. Pero no basta con eso: estás hasta el cuello cuando no dejas de pensar en ellos, hablas de ellos y hablas con ellos: ya forman parte de tu mundo, ocupan tu espacio y tu dormitorio, incluso se te aparecen en sueños. Hace unos días, en una novela que estoy acabando, un personaje muy entrañable tenía que morir. Mari Carmen, desde que le hablé de esa posibilidad, me ha estado disuadiendo, pero el destino se tenía que cumplir. Cuando leímos la escena, me pareció que se le saltaban las lágrimas; hoy me lo ha confirmado. Yo, por mi parte, la escribí con un nudo en la garganta.

Este domingo, Javier Marías, en su sección La zona fantasma de El País semanal nos anuncia, y para mí es una buena noticia, que ha terminado la escritura de su nueva novela. Por suerte para todos tiene calidad, fama y editor, así que, pronto el libro estará con nosotros.

Escribe Javier Marías:

“He estado más de dos años conviviendo –no a diario, qué más quisiera– con unos personajes nuevos al principio y que al final son más que amistades. Aunque uno no se siente ante la máquina –y son muchas las jornadas en que es imposible hacerlo, por viajes y quehaceres varios–, durante el tiempo de composición lo rondan incesantemente. Uno piensa en ellos con más intensidad que en los seres reales que lo rodean: de éstos no está contando la historia, ni asiste a ella con el mismo grado de cercanía, y desde luego carece de capacidad decisoria sobre sus vidas, como sí la tiene sobre las de sus entes de ficción, por recuperar la vieja fórmula. Así que despedirse de ellos es en cierto sentido un cataclismo personal. “¿Cómo”, se pregunta uno, “ahora he perdido a estos amigos? ¿No tengo que ocuparme más de ellos, no he de conducirlos a diario? ¿Aquí los abandono y me abandonan? Si algunos no han muerto, ¿es que el resto de lo que les ocurra no me interesa?” Sí, me interesa, pero soy consciente de que a los posibles lectores futuros tal vez no; de que estarán a punto de cansarse de seguirlos, o de que las mejores historias son las que no se relatan completas, no de cabo a rabo”.

“Quiero que dejes la Escuela”. Las palabras sonaron irreales. El silencio se hizo largo. La voz de Aitor resonaba en la cabeza de Amelia ¿Qué habrá pasado? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué le pasa conmigo? Se le atraganta la lechuga, se le corta la respiración; quiere hablar pero no puede; es su mirada la que interroga, la que muestra curiosidad y asombro, Sí, bueno, balbucea él, que te veo muy cambiada, ya no te gustan mis cosas; y con los amigos cada día se te ve más a disgusto. No, no, no, nadie ha dicho nada -Aitor eleva el tono-, pero se nota; ya no te juntas con la Nieves ni con la Carol, con lo amigas que erais, ¡y eso no me gusta! Y todo viene desde la escuela, desde que la rusa esa te comió la cabeza. Te vas, te vas, pero yo no voy a dejar de ser como soy. Y encima el Paco ese. Que si Paco dice, que si Paco opina, que si esta película, que si este teatro… Amelia sonríe y parece que el color le vuelve a la cara, el aire a los pulmones y la sangre a la cabeza, que ya no se atraganta, Acabáramos, dice, así que ‘el Paco ese’, ¿no estarás celoso? Amelia ríe con desenfado, pero su mirada es profunda y seria. Mira, mi amor, pienses lo que pienses, no hay nadie en el mundo como tú; con lo que yo te quiero ¡Entérate, no hay ningún Paco; es un profesor y punto!

Acabaron de cenar riendo y diciendo los dichos y las voces que usan los amantes en la intimidad, pasaron la velada cada uno con lo suyo: Amelia con su cine y Aitor con sus redes hasta que llegó la hora de acostarse. Una vez en la cama, por primera vez, Amelia se dejó llevar, sintió que le faltaba entusiasmo. Aitor cogió el sueño, tranquilo porque había dicho lo que pensaba y había oído lo que quería oír. Amelia se acurrucó entre los brazos de su novio y permaneció quieta, pero no conseguía dormir. La velada, hermana del insomnio, se le hizo confusa y larga. A su embarullada cabeza acudían en desorden la Escuela, Aitor, Paco, los amigos, la Nieves y la Carol ¿De dónde habrá sacado lo de Paco?

Amelia no acertaba a comprender el origen de los celos de Aitor, y a esos celos atribuía su malestar y sus quejas. Pero no le había dado motivos. El caso es que en su fuero interno sentía un lejano halago y, en el maremágnum del insomnio, de forma recurrente y en desorden pensaba en las muestras del especial interés que Paco ponía en ella, en las casualidades que lo situaban esperando su salida, en las invitaciones a tomar algo para cambiar impresiones sobre algún tema; en los consejos y la especial atención que le prestaba. Pero no, qué va, donde estuviera su Aitor…, y acto seguido se sentía contrita por el simple hecho de haber sentido placer ante la posibilidad de atraer el amor de dos hombres. Qué loca, vaya tonterías que me vienen a la cabeza; pobre de mi Aitor, y se pegó toda ella al cuerpo dormido. Lentamente se fue abriendo paso la letra y el compás de un famoso bolero.

La musiquilla del despertador se le clavó en el cerebro como una punzada. No sabía si estaba dormida o despierta, pero lo cierto es que estaba pegada a su Aitor, que se desperezó y como siempre le dijo: Arriba, gandula.

Imagen: Kay Sage:  Too Soon for Thunder , 1943. Tomada de Internet

La petición

Una dificultad grande, que el narrador no siempre solventa con éxito, es la de transcribir el habla (o lenguaje coloquial) de sus personajes. Hay quien, en un alarde de autenticidad, trata de reproducir acentos, dialectos, estilos, registros, argots o jergas. A veces depende de la época, así, lo que hoy es marca de prestigio, el uso correcto de la lengua literaria, mañana puede ser desbordado por una mezcla de usos que podríamos denominar con el nombre genérico de ‘populares’: como es sabido, ya hemos pasado por ambas alternativas. En cuanto a la narrativa en español, no tengo más remedio que acudir a dos grandes talentos: Miguel de Cervantes y Benito Pérez Galdós. Una vez más me serviré del Quijote para llamar la atención sobre la habilidad del autor para utilizar diversos registros, en muchos casos de forma paródica, para así penetrar un poco más si cabe en el alma de los personajes: hay que ser muy bueno y muy hábil para mezclar el lenguaje coloquial con el lenguaje literario. Lo que en el teatro o el cine, llevado con mano discreta, puede tener cierta eficacia, en la novela puede ser un desastre, o en el mejor de los casos un intento fallido.

¿Me quiere de verdad? La pregunta apareció de pronto como el fogonazo que ciega cualquier sensación o pensamiento ¿Hay algún motivo, algún indicio? En realidad no, pero, ¿y esa manía de ir al teatro? Como aquella tarde en que se empeñó en ir al Español porque representaban Ricardo III. Poco le interesaba el teatro, aunque reconocía que por lo menos era llamativo el cromatismo de luces y decorados; y los trajes y vestidos de época, tan coloridos e historiados. Sin embargo vio salir y entrar de entre unas cortinas negras a unos personajes que cantaban, declamaban, gesticulaban, y se sentaban, subían y bajaban de grandes baúles que sin ton ni son aparecían en escena; y por si fuera poco, los hombres vestían largos y andrajosos tabardos, monos de trabajo, o ridículas gabardinas; y las mujeres vestidos y trajes que, a ver, quién se vestía así en tiempos de ese rey. Pero así será el teatro de ahora, y si a ella le gusta. Con todas sus fuerzas, intentó mantener la atención, pero no pudo evitar dar alguna cabezada. Bien, dijo, cuando Amelia le preguntó qué le había parecido; y le agradeció que no siguiera con el tema. Por si acaso se anticipó proponiéndole ir a tomar unas cervezas y comer algo antes de volver a casa.

Se sentía incómodo con esas novedades, pero Amelia era su chica y siempre fue más lista que él. No obstante, no le sentó nada bien que la tarde de aquel sábado, cuando estaban en el bar con los amigos, le ofreciera su entrada al Nico porque tenía que estudiar. Le había regalado la camiseta del Atleti, con la que estaba muy guapa, la bufanda para lucirla y extenderla cuando salían los jugadores mientras sonaba el himno, y agitarla después de cada gol. De esa guisa, se reunían con la Peña del barrio para ir todos juntos. Todo esto lo incomodaba, pero tampoco le daba demasiada importancia; tanto las salidas al cine o al teatro como las idas al fútbol culminaban en locas efusiones de amor. Y sin embargo la duda había sembrado la zozobra: algo había que hacer para que todo volviera a estar en su sitio ¿Dónde iban a encontrar mejores amigos? ¿A ver quién podía presumir de haber curado al Juli? Tan pillado por el jaco y ahora lleva una camioneta de reparto. Hubo que aguantarle el mono; para eso están los colegas. Y ahora, con tanto libro y tanto estudio, apenas se junta con los amigos, y me quiere llevar a mí detrás. Habrá que hablar, decirle las cosas, convencerla.

Como todas las noches, Amelia volvió cansada y con ganas de ponerse cómoda. Soltó la mochila y entró al dormitorio a quitarse la ropa. Se refrescaría, se daría una ducha, y se pondría algo ligero para cenar y pasar la velada. Aitor, como de costumbre, andaba por la cocina friendo boquerones y preparando una ensalada. Se sentaron a cenar, cada uno un plato colmado de ensalada y en el centro una buena tanda de boquerones, en una bandeja, sobre un lecho de lechuga. Tenemos que hablar, dijo, sin levantar los ojos del plato. Amelia lo miró expectante. Aitor levantó la vista, irguió la cabeza, carraspeó, y con voz ronca dijo: Quiero que dejes la Escuela.

[Para quien no quiera pinchar en los enlaces, me he servido del fragmento (Segunda Parte, Capítulo XIX) en el que, con motivo de las bodas de Camacho, conversan el bachiller, don Quijote y Sancho, y Don Quijote dice eso de: “Fiscal has de decir —dijo don Quijote—, que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda”. En cuanto a Benito Pérez Galdós, he acudido a “MiauEl lenguaje coloquial (humano) en Galdós”, publicado por la recordada Ana María Vigara Tauste en el Nº 5 de la revista digital Especulo, en 1997].

Un viento traicionero

No hay nada tan perturbador para la vida tranquila y apacible, para la marcha sosegada y uniforme, que la aparición de un viento repentino. En El espejo del mar, Joseph Conrad nos habla con admiración y respeto de los vientos del Oeste y del Este. Para él, según su experiencia, vivida o contada, el viento del Oeste es como un rey vikingo, recio, fuerte, tozudo y constante. Tiene la fuerza del elefante y el zarpazo del león. Oscurece un cielo que se deshace en permanente aguacero y sopla sin tregua; pero es previsible. El buen capitán lo recibe de frente, incluso lo aprovecha para ganar velocidad, aun a riesgo de perder parte del velamen. El viento del Este, sin embargo, es torvo y traicionero como un príncipe o un condotiero del Quinientos. El del Oeste es previsible y no engaña. El cielo puede estar negro y soltando aguaceros durante semanas, pero el marinero sabe a qué atenerse; tiene hasta el detalle de avisar su final con un último turbión. Pero el del Este es capaz de dejar a la vista el cielo, el sol y la luna, para luego embestir de forma inesperada y al tiempo soltar un aguacero helado y brutal; el viento del Este puede desarbolar un barco o tenerlo a la deriva; además hay que andar desconfiado porque nunca anuncia su final.

Aitor es un hombre feliz. Joven, guapo, simpático y dinámico. No se le dieron bien los libros: sacó la ESO por los pelos y, por la insistencia de sus padres, se matriculó en un ciclo formativo relacionado con la mecánica del automóvil, sobre todo por tener un título para poder trabajar. Como suele ocurrir, en seguida destacó en las prácticas, aunque las pruebas teóricas las pasaba a duras penas. En cuanto consiguió el título, sin que nadie le dijera nada, corrió a buscar trabajo. No tardó en encontrarlo, y no podía haber un chico más feliz.

Tampoco Amelia disfrutaba con el estudio. Hubiera preferido quedarse con su abuela al cuidado de las vacas y del huerto, pero sus padres se tuvieron que trasladar a Madrid por imperativos de la empresa. Recordaba los veranos en la aldea, en casa de la abuela, asistir a las vacas y a las gallinas, faenar en el huerto. A veces pasaba por casa una de las pocas jóvenes que aún quedaban por allí. La abuela decía que en nada tenían que envidiar a las de la ciudad. Conducían un automóvil por las modernizadas pistas y carreteras, iban a las ciudades próximas y se divertían como la que más. El caso es que por añoranza o melancolía acabó la ESO y no quiso estudiar más. Se colocó en un supermercado, trabajó en una gasolinera, pero no terminó de gustarle, sobre todo después del atraco en el que se vio ante el cañón de una pistola y no acertaba a abrir la caja. Aunque lo peor fue la bronca del patrón, como si pretendiera que se hubiera enfrentado a los ladrones. Fue cuando Irene, su compañera, una chica procedente de Ucrania, espigada, lista, y con estudios de economía, le dijo que tenía amigas que iban a trabajar a las casas. Ante el respingo de Amelia, se echó a reír divertida, no mujer, le dijo, a limpiar por horas, qué te has creído. Dicen que no les va mal, normalmente son personas mayores o muy ocupadas y que ni siquiera están en casa. Te asignan una tarea y nadie te controla, siempre que lo hagas bien. Pero yo, chica, y si fuera tú haría lo mismo, me voy a matricular en clases nocturnas para sacar algo, yo qué sé, secretaria, ejecutiva, algo importante; pero no me convalidan nada y mi embajada no me hace ni caso, así que. otra vez a empezar de cero. Vamos a hacer una cosa: me acompañas y así ves de qué va eso.

Amelia y Aitor hacían botellón junto con otros amigos del barrio. De vez en cuando se enrollaban, como ellos decían, y se perdían por algún parque o descampado. Aunque no lo dijeran, se iban enamorando y siempre deseaban estar juntos. Con el primer sueldo, Aitor le compró al patrón un coche viejo que fue renovando. Con el coche se fueron independizando, y un día, los dos con trabajo, pensaron que podían juntar los sueldos, alquilar un piso y vivir como pareja. Entonces vino la ilusión por la moto. Amelia prefería una de esas de brillos cromados y niquelados y Aitor se inclinaba por una de las que se encabritan en cuanto les metes un poco de gas. Con esa ilusión, los sábados por la noche se juntaban con la peña de amigos para beber cerveza, fumar un poco y hablar de motores. Así iba todo hasta que Amelia decidió matricularse.

No iba bien la mañana. El puñetero se resistía; por más pruebas que le hiciera, la avería no daba la cara. Se lo entregaban al dueño, le decían que no veían nada, y a los dos días volvía, que si los tirones, que si el ruido ese. Pero Aitor no era de los que se lían a cambiar piezas a ver si así acertamos y de paso el cliente se deja un buen dinero; no, Aitor no era de esos, y el patrón se lo consentía porque era su mejor mecánico, así lo reconocía él, que llevaba toda la vida con el olor a grasa. No es que estuviera distraído, aunque, ahora que hacía cuentas, cada sábado le costaba más ir con los amigos, o tenía que ir solo porque Amelia tenía que estudiar, que por qué no iban alguna tarde al teatro, o al cine; y luego ese Paco, que si Paco ha dicho, que si me ha recomendado. El viento cambió de pronto y Aitor sonrió mientras empujaba el carrillo de las herramientas. Sintió el temblor de Amelia como el furtivo del primer día, el calor de su mirada, la turbación que siempre le provocaba. Pero en el fondo no alcanzaba a dar forma al desasosiego que lo había cogido como una tormenta, sentía que no era a Paco a quien había de temer. Entonces, ¿qué era lo que lo traía a mal traer?

Imagen tomada de Internet

Intuiciones

Decimos de alguien que es intuitivo cuando tiene la capacidad de aprehender de forma inmediata cosas o acontecimientos que a otros les cuesta captar. El conocimiento intuitivo es directo e irreflexivo. El comisario Adamsberg, personaje creado por Fred Vargas, establece hipótesis de trabajo en base a intuiciones y corazonadas. A su lado tiene al inspector Danglard, riguroso, metódico, analítico y lógico: Adamsberg y Danglard son dos caras de la misma moneda: la intuición y el rigor se asocian para establecer la verdad de los hechos, o al menos una aproximación razonable.

Cuando Amelia salió de casa, como casi todas las mañanas, cantaban los pájaros, lucía el sol y las campanas de la iglesia daban las ocho. Faltaron a la cita los estorninos, quizá porque extendían sus rumores y sus vuelos por los sembrados próximos. Anduvo con su natural prestancia, por el centro de la acera, hacia la boca del metro. Tomó asiento, sacó el libro de la mochila y se dispuso a reanudar la lectura, pero, a diferencia del día anterior, no consiguió concentrarse. Ese día le tocaba la casa del profesor, que además es un escritor de cierto renombre. El profesor está soltero, tiene unos cuarenta y cinco años, y vive solo aunque a veces cuenta con alguna compañía. Esto lo sabe Amelia en cuanto abre la puerta. Los olores y la disposición de las cosas le dan pistas sobre cuál de las dos mujeres, porque está convencida de que son dos mujeres, ha pasado la noche. No las conoce pero las ha puesto nombre y les ha atribuido una fisionomía a juzgar por el color del carmín en las colillas, la disposición y humedad de las toallas, o los restos de comida existentes en los platos o en el cubo de la basura. Al profesor lo conoció el día de la entrevista y no lo ha vuelto a ver. Tiene las llaves de la casa y sabe lo que hay que hacer. Cada final de mes encuentra en el lugar convenido un sobre con el dinero de su retribución. En alguna ocasión el profesor le deja una nota con una recomendación particular, como aquella, la primera, en que le decía que no hiciera caso de la mesa de trabajo, que ésta tenía su propio orden y le gustaba encontrarla como la había dejado. Naturalmente, siguió sus instrucciones, aunque interpretó que el cenicero abarrotado de colillas, la taza de café y el vaso con restos de whisky no entraban en ese orden y por eso los recoge, además quita las cenizas y las manchas repartidas por encima de la mesa. Hace grandes esfuerzos, pero no puede, por eso no evita curiosear y mirar los libros abiertos, subrayados y con comentarios en los márgenes, los rimeros de hojas manuscritas, supuestamente por sus alumnos, y las hojas y cuadernos en los que hay escritos esbozos de poemas, de narraciones, y borradores que tratan cuestiones diversas, todos ellos plagados de tachaduras con palabras en el borde superior y numerosos comentarios en los márgenes. Un día se lo comentó a Paco y éste la habló sobre el proceso creativo, de obras acabadas y abiertas, de procesos, aunque, cuando bajó a la tierra, le dijo que de eso ya lo tocarían más adelante. Y la ilustró sobre la dificultad de asentar como buena y genuina la edición de una obra de un autor antiguo, sobre todo si éste ha realizado correcciones, o se las han atribuido. Las obras dramáticas, por ejemplo, cuentan además con la dificultad de que los autores, que eran los equivalentes a los empresarios o directores teatrales actuales, compraban la obra al poeta, que así llamaban al que la había escrito, y la modificaban a su gusto. Pero hoy los escritores controlan la obra desde el manuscrito hasta las pruebas de imprenta; algunos editores les hacen sugerencias, pero ellos, los autores, son muy libres de aceptarlas. Eso sí, los hay que dejan a la vista todo lo que hacen: borradores, manuscritos, comentarios, métodos de trabajo, cartas, facturas, todo, y no falta quien esté presto para publicarlas. A este respecto me hizo gracia la observación que hace Umberto Eco, el de El nombre de la Rosa, a propósito de la escritura. En el principio de El péndulo de Foucault, dice que el ordenador es una bendición porque permite hundir en el éter la palabra, el párrafo, el capítulo, que hemos escrito mal y que no queremos que nadie lea, ¿Y tú qué opinas?, le preguntó. Amelia no se sorprendía por estas preguntas por sorpresa porque ya estaba acostumbrada, ¿Yo?… Verás… A mí no me gusta que me vean hacer mi trabajo. Cuando limpio el despacho de don Raimundo, prefiero estar sola; eso sí, luego me gusta que doña Rosa vea lo que he hecho, aunque, claro, no es lo mismo.

Se habían levantado como todos los días, habían repetido el juego de compartir la ducha, Aitor había preparado el desayuno y Amelia, recogido el baño y hecho la cama; habían desayunado deprisa, y Aitor había salido disparado para ayudar a poner todo a punto antes de abrir el taller. Amelia preparó la mochila y salió de casa con las campanadas de las ocho. Como algo borroso, como salida de un sueño, se le presentó la pregunta, Sí, está casado y tiene una hija de diez años, le dijo a Aitor mientras desayunaban, ¿Qué? ¿Quién? Preguntó él como cogido por sorpresa, Paco, anoche me lo preguntaste, ¿o lo habré soñado?, Ah, no, no lo soñaste; pero, bah, a mí qué me importa, Aitor mojó la tostada en el café con leche; bueno, simple curiosidad, sólo eso, se levantó y dejó los cacharros en el fregadero, hasta luego, mi vida, se inclinó y besó los labios con sabor a café de Amelia ¿Por qué no le había dicho que Paco se estaba divorciando? Se preguntó mientras el metro iba pasando estaciones.

La mente tiene extraños mecanismos para establecer asociaciones. Hasta ese momento Amelia no se había fijado en Paco como una mujer puede mirar a un hombre o un hombre a una mujer. Paco era el profesor de Historia, simpático, agradable, amante de su especialidad y aledañas, a quien le gusta prolongar la clase ante una caña de cerveza. En la Escuela se sabía que su matrimonio no iba bien, que estaba esperando a que se resolviera la demanda de divorcio. Eso se sabía, no porque él lo fuera diciendo sino porque esas cosas se saben. Pero esa mañana, en el metro, cuando iba camino de la casa del profesor y escritor notable, Amelia no se concentraba en la lectura. Hasta ese momento no había reparado en las risas furtivas de algunos compañeros de clase cuando sorprendían a Paco en el pasillo, cerca de la puerta de salida, hojeando unos apuntes, un libro abierto, o simplemente haciendo algo con el móvil. Y también esa mañana, en el metro, porque no se concentraba en la lectura, le llegó a la mente, diáfana y deslumbrante la cuestión: ¿Por qué Aitor le había hecho esa pregunta?

Imagen sacada de Internet

Aitor

Hay un punto en el que el narrador siente la tentación –a veces se ve forzado- de dar carta de verdad a lo que cuenta, de recibir la aprobación de la historia, de establecer una minuciosa relación causa-efecto que dé razón de lo contado. Como parece natural, dispone de los caracteres y biografías de los personajes, también tiene noticia de las peripecias que les acontecen; y lo más importante, puede penetrar en sus conciencias, recuerdos, presentimientos y sentimientos; sabe si mienten o dicen la verdad, si aman u odian. Hay ocasiones en las que renuncia a ese privilegio y sólo recoge fragmentos, a veces inconexos, de una historia amplia y larga. Esos fragmentos son como piezas de rompecabezas; en alguna ocasión los dispone y ordena para que se vea bien el mapa o el tigre de Bengala; en otras, los tira así, a la pata la llana, para pasar al lector la responsabilidad de poner orden en la narración. Pero, ¿cómo no usar todo lo que se sabe?

Para doña Rosa, la salida de la tarde era todo un acontecimiento. La cotidianidad y repetición no eran obstáculo para que viviera cada salida como un estreno aunque no pasara por alto el previo sometimiento a la más rigurosa rutina. Comprobar que las cortinas que velaban del sol y la claridad excesiva el despacho de Raimundo estaban echadas. No importaba que Amelia, una vez a la semana, después de pasar el plumero o hacer una limpieza más a fondo, lo dejara como a doña Rosa le gustaba; así, el despacho quedaba clausurado de semana en semana. Antes, en vida de él, acudía solícita por si necesitaba algo, bueno, él y otros como él, que pasaban las horas entre libros y humo, tardes enteras discutiendo sobre tal o cual palabra. Pero no era falta de interés lo que la alejaba del despacho, tampoco incomodaba a los contertulios; es que el tema se le iba de las manos y prefería dejarlos solos con sus debates. Cuántas veces diría, reunida con las amigas, que sí, que muy bien, que muy enteradas de las novedades y chismes; de amores y desamores, pero hijas, todas unas verdaderas burras. Mirad Amelia, la chica, tarde o temprano me dejará ¿Sabéis por qué? Porque se ha empeñado en acabar el bachillerato y después hacerse maestra; y acabará la carrera ¡Vaya si la acabará! Y yo la animo; le digo, hija di que sí; mira nosotras: muy estiraditas, muy puestecitas en asuntos de moda; somos expertas en servir un té o un cóctel; qué ponernos por la mañana, la tarde o la noche, pero no creas que si me preguntas dónde está esa Laponia de la que hablan te lo voy a saber decir. Así que, aplícate y estudia. Terminaba su rutina comprobando si las luces estaban apagadas, cerrados el gas y los grifos del agua, bajada la tabla del inodoro y estiradas las camas. Antes, cuando salía con don Raimundo, éste le decía que no era necesaria tanta precaución, que si algo no estaba normal ya se habrían dado cuenta, a lo que doña Rosa invariablemente respondía que nunca se sabe lo que puede pasar ¿Y si, por cualquier circunstancia, nos tienen que traer? Pero ahora ardía en ascuas por conocer la última hora de los amores de Consuelito Revuelta, mira que a estas alturas.

Cuando comprobó que todo estaba en orden, salió, cerró la puerta, bajó con cuidado las cuatro plantas y salió a la calle contenta, como si la hubieran puesto para ella.

Aitor entró en el bar campechano y sonriente. Quien lo viera carecería de motivos para pensar que hacía unos pocos minutos había pasado por una tribulación de las que hacen mella. Fue directo hacia Amelia, a la que se le iluminaron los ojos como si fueran ascuas, dio un salto de alegría y lo recibió con un beso breve pero intenso, que Paco presenció circunspecto. Amelia hizo las presentaciones. El camarero se acercó por si necesitaban algo. Pidieron una caña para Aitor y otra para Paco; Amelia dijo que con una le bastaba. Paco intentó incluir a Aitor en la conversación que mantenía con Amelia, pero éste, cuando Paco se dirigió a él, dijo con franqueza que esas cosas le resultaban muy complicadas, que lo suyo eran los motores y todo lo que tuviera relación con ellos. Entonces eres mecánico, preguntó Paco, Sí, y de los buenos, contestó Aitor; trabajo en la Peugeot, bueno, en un concesionario; tú me das cualquier coche y te lo reparo; cualquier avería mecánica o eléctrica, que bien me fijo en lo que hacen los electricistas, y si hace falta, me pongo con ellos ¿Qué coche tienes?, Un Renault, un Megane diésel; lo compré hace unos siete años, y va bastante bien. Aitor le dijo que no tuviera problemas, a cualquier pega se lo dices a Amelia y yo te lo arreglo. Y el fútbol, ¿te gusta el fútbol? que yo sé que los que os dedicáis a las letras, a la cultura y eso, os gusta poco, Bueno, le contestó Paco, no siempre es así; a mí, por ejemplo, me gusta, y a muchos más, no creas; yo soy del Atleti, Del Atleti, preguntó Aitor; toma, y yo también, y levantó el vaso para chocarlo… Del Atleti… entonces eres sufridor, como yo; ahora que con el Cholo… Yo no me acuerdo porque era pequeño, pero dice mi padre que cuando el triplete, el Cholo marcó a gatas un gol que le hacía falta al Atleti; grande el Cholo, ¿a que sí? Sí, claro, contestó Paco; es un ganador, y eso ayuda…

El brillo añejo de la tarde

Aparecieron una tarde cualquiera. Doña Rosa no recuerda si era invierno o verano, pero sí que fue por la tarde. Llamaron a la puerta, alguien con algo que vender, se dijo. Abría porque no le gustaba hacerse la ausente o la tonta, Tampoco cuesta demasiado saber lo que una quiere, les decía a las amigas, por qué te van a engañar; son muy jóvenes y no tienen otra cosa; no, claro, primero pregunto. La miraron sonrientes pero con una calidez calculada y distante. La mayor aparentaba unos cincuenta años. Iba muy arreglada. La acompañaba una mujer más joven, algo atractiva, pero con una belleza desvaída. La mayor se presentó como Esperanza y le preguntó a doña Rosa si le podía hacer una pregunta. Ante la señal afirmativa y la cara de asombro de ésta, le dijo si pensaba con frecuencia en los problemas de este mundo y si pensaba si había alguna solución. Doña Rosa, abrumada y perpleja ante tan enrevesada cuestión, les dijo que no, que no se le ocurría solución alguna, Hacer las cosas bien, creo, pero bueno, no se queden aquí en la puerta, pasen y me lo preguntan más despacito. Tuvo que insistir para que le aceptaran una infusión de manzanilla y unas galletas, y mientras las servía les dijo que esas cuestiones le venían grandes, Bastante tengo con mantener mi vida en orden como para ponerme a solucionar los problemas del mundo; si no tiene arreglo, ¿para qué preocuparse? La más joven le dijo que había que pensar no sólo en este mundo sino en la trascendencia, Hay otro mundo después de este, le dijo; y a ese estamos todos llamados, siendo unos pocos los justos que disfrutarán plenamente del que ha de venir no tardando mucho. Doña Rosa vio que la conversación no llevaría a ninguna parte y les preguntó si vivían por allí, a lo que contestaron que no, que vivían en Getafe, pero que les gustaba predicar, así dijeron, por Madrid, y especialmente por el centro. Así transcurrieron días y conversaciones, de modo que se inició una relación basada en una especie de esgrima dialéctica entre Esperanza, que trataba de entrar en su materia, y doña Rosa, que practicaba el arte de escurrir el bulto; hasta que se concedieron una tregua y pasaron a conversar sobre las cosas de la vida: hablar de los hijos, del matrimonio, de la soledad, de las dificultades económicas; de cine, libros, incluso de la actualidad política: cualquier tema servía de pretexto para tomar una manzanilla, unas galletas y pasar un rato.

Amelia salió de casa con la mochila a la espalda rumbo a la Biblioteca. Parecía que iba a comerse el mundo con los ojos, cualquiera que se cruzara con ella sentiría el calor de su mirada, que sin embargo iba absorta contemplando lejanos y desconocidos paisajes acompañada de Aitor y un par de chiquillos. De ahí pasaba sin transición a pensar en las aplicaciones, y en lo que le iba a preguntar a la de Mates. Así llegó junto a Ángela, la bibliotecaria, Un café, te traigo un café, le preguntó. Ángela le dijo que sí con una sonrisa y Amelia fue a la máquina en la que seleccionó lo de siempre: uno largo y un cortado. Vio a la bibliotecaria triste y se lo refirió, Me quedan unos días, el sábado se me acaba el contrato y no me lo renuevan; otra vez al paro, dijo ésta, ¿tú crees que merece la pena matarse a estudiar para esto?

Ante estas situaciones Amelia se quedaba confusa; como cuando Aitor le decía, incluso a modo de reproche, que no entendía el porqué de tanto esfuerzo, con mi curro y con el tuyo estamos bien, decía.

Amelia acabó el café entristecida, animó a Ángela con las mejores palabras que pudo, y se dirigió a la mesa de costumbre, a la silla de costumbre. Sacó el libro de Matemáticas, el cuaderno y el bolígrafo, y antes de sentarse, paseó su mirada por el brillo añejo de la tarde que se colaba por la ventana.

La siesta

Es la hora de la siesta. En la pantalla, el busto deja ver el conato de sonrisa con que convierte la miseria y la muerte en puras banalidades. Doña Rosa se ha pasado a la penumbra del salón, a la blandura del sillón, en el que, muy a su pesar, dormitará y dejará pasar una tras otra las secuencias del serial. A lo lejos se oyen las campanadas del viejo reloj. Amelia se refresca y recompone después de haber dado una cabezada, echada en el sofá cama. Por el patio de luces asciende un ritmo de bachata que acompasa su ir y venir, para sacar mandilón y zapatillas de la mochila, y en su lugar poner cuadernos y libros. Son las cuatro y hay que hacer un repasillo en la Biblioteca, le gustan el silencio y el ambiente, como si se estudiara mejor. Después, en Adultos, Mates con Lola, la nueva, la interina.

Con la aparente desgana que viene de la rutina, doña Rosa fregó la loza, colocó la cocina, fregó el suelo, y se mudó al salón. Encendió la televisión y se aprestó para ver el capítulo del día del culebrón de la Primera. Para ello tenía dispuesto un sillón de alto respaldo, un cojín de látex ajustado a las lumbares y un escabel para combatir la hinchazón de los pies. Atacaba la serie con entusiasmo, pero al cuarto de hora se le cerraban los ojos y, a pesar de los esfuerzos, acababa dormida después de emitir un sonoro ronquido. En muchas ocasiones, más de las que ella quisiera, se despertaba cuando había acabado el capítulo de la serie. Entonces miraba el reloj por si se le había pasado la hora de arreglarse para reunirse con las amigas. Había tardes que la despertaba el ring del teléfono y se levantaba sobresaltada y presurosa, no fuera a no llegar a cogerlo. Y cuando lo descolgaba y reconocía la voz de Pili Revuelta, Reme Alonso o Purita Díaz, no podía evitar un gesto de decepción que trascendía al tono de su voz, porque lo que deseaba era oír la voz de Gonzalo, su hijo, de quien siempre esperaba la llamada que llegaba de pascuas a ramos.

Pero esta tarde lo que sonó fue el timbre de la puerta. Con pasos torpes, con las piernas dormidas, salió al recibidor y preguntó quién era sin atreverse a abrir la mirilla. Esperanza, le contestó una voz suave y bien timbrada. Espera, hija, ahora te abro, le dijo, y se fue al cuarto de baño a refrescarse y atusarse para estar presentable.

Abrió la puerta, y ante ella estaban Esperanza y Matilde: la primera de mediana edad y la segunda más joven. Miró el reloj y vio que marcaba las cinco y media, Venga, pasad y charlamos un ratito, les dijo. Entraron con la confianza que da el haber sido siempre bien recibidas y se sentaron en el sofá. Sobre la mesa depositaron unos folletos y una biblia con las cubiertas de cuero negro.

Imagen: La siesta, Vincent Van Gogh (según Millet), 1890,Musée d’Orsay, París. Bajada de Internet