Amelia y doña Rosa (final)

Amelia, antes de irse, echa el último vistazo a doña Rosa; se queda tranquila al comprobar la placidez de su sueño. Estira la mantita que el cubre las piernas y le da un beso suave en la mejilla; no llega a captar la media sonrisa que insinúan los labios de la anciana. Coge la mochila, sale de la casa y hace una bajada de escalera de reina o princesa –aunque le gusta el cine, no nos consta que viera la de Scarlett O´Hara, en Lo que el viento se llevó-. Distraída y pensativa mira escaparates sin apenas fijarse en los artículos ni en su imagen. Entra en el metro. Antes, cuando fue a meter la bata en la mochila, notó el peso del teléfono. Lo cogió, lo abrió, y vio las llamadas perdidas y los mensajes de Aitor. No quiso mirarlos, no por falta de curiosidad, tampoco de ganas de sentirlo, de hablar con él, de leer sus cosas, pero se había impuesto el esfuerzo de ignorarlo, para que aprenda, ¿Qué forma es esa de despedirse? Tengo las ideas claras.

Una vez en el metro, como de costumbre, a mitad de trayecto quedaron algunos asientos libres. Amelia descargó el cansancio y también la cabeza, un tanto achispada. Sacó el libro de la mochila y se puso a hojearlo sin encontrar el modo de centrarse en la lectura. Pasaba las hojas de forma mecánica, de adelante atrás y de atrás adelante, hasta que la escritura brilló con luz propia:

“Cuanto podía ofreceros era una opinión sobre un punto sin demasiada importancia: que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela”.

Salió del metro con las primeras farolas encendidas, los neones de los escaparates y las propias farolas dejaban caer hilillos fosforescentes. Anduvo hacia casa, a veces despacio, otras a saltitos. Subió, abrió la puerta y no estaba Aitor. Soltó la mochila, se sentó en el sofá, cogió el móvil, miró los mensajes y la invadió una mezcla de comprensión y ternura. Abrió el whassapp y escribió: “Uy!, mi vida, perdona pero se me ha ido el santo al cielo. Ya estoy en casa. Tú dónde estás? Ahora te cuento”.. Lo leyó, lo repasó y pulsó el botón de ‘enviar’

 

Agosto de 2017

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Clásicas

Fregó los cacharros, recogió la cocina, se cambió y fue a echar un vistazo a doña Rosa, que dormía plácidamente, Si me duermo, te vas sin despedirte; no te preocupes, es mi cabezada, ya lo sabes; un poco tarde, pero bueno; tú te vas y pierde cuidado, hija. La verdad es que habían pasado un buen rato y no pensaba echar en saco roto los consejos recibidos, salteados de pequeñas historias. Vamos, quién iba a decir que doña Rosa había padecido unos celos tan grandes, No creo que entre ellos hubiera nada, le dijo, nada de eso, pero, hija, ¿tú sabes lo que es sentirte en tu casa como una convidada de piedra? Que si este fonema, que si la relajación de las oclusivas; yo qué sé, porque yo no entendía nada. Un día cogí uno de sus libros, en la biblioteca estará, lo acababa de publicar un colega suyo, de mi marido, claro… ¡No entendí nada! Luego ella dijo que se inclinaba por las clásicas, y a eso se dedicó; también puedes ver en la biblioteca algunas traducciones suyas, y versiones de teatro y poesía. Pero tengo que reconocer que Aurorita era muy lista, por eso creo que no hubo nada; admiración nada más. Pero me daba una rabia oírla recitar ¡En griego! Y Raimundo, embelesado. ¡Si se le caía la baba!… Por eso, tú no, no seas tonta, aprende, aprovecha, que la juventud se va muy deprisa y luego no es igual; y ese novio tuyo, si te quiere, acabará comprendiéndote. Déjalo que gruña, que se queje, que diga lo que quiera, porque, ¿no será un bruto capaz de pegarte?

-No, doña Rosa, no, no es eso…

-Creo que en el fondo tiene miedo –dijo la anciana.

-¿Miedo de qué, doña Rosa?

-Sí, hija, sí, miedo; miedo de que lo aventajes, de que lo dejes atrás.

-Pero yo no quiero eso.

-Ya, hija, pero, ¿tú sabes lo que se sufre cuando te ves disminuida? ¿Tú sabes cómo llegué a odiar a Aurorita? En silencio, eso sí; ni una queja; nadie supo nada; pero, hija, qué quieres; me costó lo suyo comprender que Raimundo en nada me hacía de menos cuando estaba con ella y lo pasaba tan bien, que cada una ocupábamos nuestro lugar, y que el mío estaba en su corazón y en otro sitio que no te voy a decir.

Doña Rosa, entre risas, le dio otro pequeño tiento a la botella de anís.

 

Imagen: Medea, por Anthony Frederick Augustus Sandys

Tiempo de lectura

Hay una sacudida de hierba y rocío al abrir la puerta. Te sigue una mariposa blanca a ras de suelo. Te viene a la memoria –siempre la literatura- el personaje –una mujer- de Cien años de soledad, pero no tienes a mano un ejemplar y tampoco te apetece consultar la Wiki. De lo alto baja el piar agudo de un mirlo al que otro contesta a lo lejos. Avanzas por la pista hasta llegar a la casa semiderruida y cubierta por las plantas parásitas a la que atribuyes una historia que nada tiene que ver con la de la familia que en ella vivió hasta su completo abandono. Más abajo, las silvas se comen literalmente las ruinas de otra que formó parte de los sueños de alguien que luego no pudo cumplirlos. Con qué ilusión te enseñó los planos y perspectivas, los árboles que iba a plantar, el estanque que iba a llenar con las aguas del reguero que atraviesa la finca; pero nuestras ilusiones van por un lado y la vida se empeña en torcerse, en ir a lo suyo. El valle se ensancha y del fondo sube el rumor de algún automóvil que circula por la que pomposamente llamamos ‘carretera general’. Amarillean los prados, hace calor, apenas llueve.

Es tiempo de lectura y descanso. Entras con fuerza en Patria, de Fernando Aramburu. Te alegra ver que el libro, en cuanto a estructura y técnica narrativa, se asemeja a lo que tú escribes: un mosaico de escenas abiertas, provistas de conectores para que el lector las ensamble en una estructura superior y un conjunto de voces que sienten y cuentan. No es una historia de buenos y malos, sino de perdedores; tampoco el autor se remite a la fortuna o a las circunstancias para dar sentido a la tragedia: cada cual sabe lo que hace y por qué lo hace. Es un alivio, en un momento de neolengua espesa y alambicada, que no se hable de conflicto político, sino de odio irracional y también de callada vergüenza o silencio cobarde. Es una historia de ficción perfectamente verosímil, una forma de abrir la herida en carne viva, la mejor manera de prepararla para la cura y cicatrización, mucho mejor, desde luego, que hacer como que no ha pasado nada y cerrar en falso. No hay un progreso temporal que haga avanzar la fábula con sus caídas y mejoras: todo se sabe desde el principio y el autor vuelve una y otra vez sobre las acciones principales para que las veamos desde distintos planos, desde puntos de vista diferentes. El autor siente algo parecido al pudor a la hora de intervenir, de modo que son los personajes los que dicen la historia. Parafraseando a Mario Vargas Llosa en cuanto a Cien años de soledad, diré que Patria es una novela atractiva tanto para el lector culto y exigente como para el lector elemental que sólo sigue la anécdota y no se interesa por la lengua ni por la técnica narrativa.

Y tú piensas en la necesidad que tienen tantos de sentirse parte de algo, de trascender esa vida tan diminuta –tan pedestre en ocasiones- en algo superior a lo que vincular sus emociones, bien sea una creencia, una religión o una patria.

Hay que crear un relato compartido, lees u oyes decir; un mundo de ficción, algo en lo que nos podamos mirar sin sentir las aristas, dices tú; que los historiadores cuenten lo que convenga y que los apacentadores de masas creen contrafácticos a fuerza de rellenar significantes vacíos.

En este punto interviene Carmen y te dice: Alfonso, no te pongas estupendo.

 

Siente una vibración en el bolsillo. Saca el teléfono, lo mira, y lo deslumbra el nombre como un fogonazo. Un vuelco de alegría le cambia el semblante. Paco observa el cambio y sujeta como puede la pregunta, Me voy, dice Aitor, Pasa algo, pregunta Paco, Nada, contesta Aitor, Pero es ella, Paco no puede reprimir la pregunta, Sí, es ella; y lo deja con la palabra en la boca.

 

Imagen tomada de la portada de la novela Patria, de Fernando Aramburu, Tusquets, Barcelona, 2016

 

Ansiedad

El reloj marca las siete y media cuando Aitor baja el capot del coche en el que está trabajando. Recoge la herramienta y corre a los vestuarios. El encargado se sorprende; Aitor no acostumbra a dejar nada pendiente. Mira el móvil y no hay mensajes. Por fin se decide y escribe rápido: “¿Qué coño haces que no me llamas?” Levanta el dedo para pulsar la flechita el tiempo suficiente para arrepentirse. No, eso no, y escribe: “¿Qué haces? Te echo de menos”. Titubea pero al final se decide y lo manda.

El móvil de Amelia, en el bolsillo de la bata, emite la vibración y el sonidito. Pero la bata y la mochila están el cuarto donde se cambia. Friega los cacharros después de echar a doña Rosa en el sofá a que dé una cabezadita.

No hay respuesta inmediata. No hay respuesta. El muchacho toma una ducha que apenas lo relaja. Se pone la ropa de calle y guarda el mono en la mochila; al jefe no le gusta que anden por el taller con el mono tieso de grasa; a él tampoco. Sale y se despide de los compañeros de forma maquinal. Con la cabeza en Amelia, sube al coche y se va despistado. Cuando quiere recordar se ha saltado el semáforo; no presta atención a los pitidos y gestos de los airados conductores. Aparca lejos, al otro lado del parque y lo cruza sin hacer caso de los pájaros, el estanque, los patos, los rosales y las adelfas. Hay niños jugando en los columpios y por encima de las copas de los árboles luce una espléndida puesta de sol. Sube a casa y ella no está. No le extraña; todavía no es la hora. Suelta la mochila, anda de un lado a otro, resopla, enciende un cigarrillo, abre una cerveza. Sale de casa, sale a la calle, se encamina hacia la escuela, se mantendrá sereno, no se la piensa liar, pero, ¿por qué no le contesta? Seguro que ha mirado el móvil, está claro ¿Se habrá molestado? Tampoco es para tanto. Bueno, si quiere estudiar que estudie, pero que no se haga con él la lista; tanto cine, tanto teatro, tanto libro… ¿Para qué saber tanto? Total, para lo que vale ¿No será mejor ser un buen currante? Unas libras en el bolsillo, los colegas, ¿para qué más? Ya lo decía la abuela del Jaro, que se le habían secado los sesos de tanto estudiar.

Llega a la altura del bar, se asoma; no está. Ir o no ir a la escuela, a esperar a la puerta como los novios antiguos. Su abuela contaba cómo se reían de los novios cuando esperaban a la puerta del taller. Los miraban desde las ventanas y los hacían esperar. Fumaban y andaban de arriba abajo, de izquierda a derecha, y tu abuelo, la primera vez que le di permiso para ir a esperarme, estuvo a punto de irse, que se te va, Angelita, que se te va, me dijo la Pura. Ay, Dios mío, con lo que era la Pura y hoy sale a la calle a dar un paseíto agarrada a un taka-taka; yo así no salgo; prefiero quedarme en casa.

Cruza la calle, al fin y al cabo hará lo mismo que hacía su abuelo… ¿Y si sale con el profesor ese? ¿Y si se me cruzan los cables? No se ha percatado de que Paco, el profesor, lo espera en la puerta.

-Te he visto cruzar y me he quedado aquí esperando -le dice Paco a modo de saludo.

-Ah, sí, Paco, el profesor -Aitor se hace el despistado.

-¿No vendrás a buscar a Amelia? Porque no ha venido -Paco lo mira intrigado.

-¿Cómo que no ha venido?

-No, no ha venido; tampoco ha llamado, porque vienes a buscarla, ¿no es así? –pregunta con preocupación.

-Sí, claro –responde Aitor.

¿Y si le ha pasado algo? Es muy extraño; nunca ha faltado –La voz y el rostro de Paco evidencian alarma.

La cabeza de Aitor parece una hormigonera: todo le da vueltas. Mira al profesor, mira al suelo, aprieta los puños, la boca, resopla. Mita a Paco con fijeza. El profesor siente que un escalofrío le recorre el cuerpo de pies a cabeza.

 

 

Celos

El reloj se acerca a las cinco sin que ninguna de las dos parezca tener prisa. En el taller, Aitor mira de vez en cuando el móvil sin que pueda apreciar señal alguna de llamada o mensaje; se ha enfadado, no le cabe la menor duda, pero no tiene por qué. Si no la quisiera le daría lo mismo, bueno, también en lo que sea su chica lo tiene que respetar; pero es que la quiere, de eso no hay duda, y ahora bien lo sabe cuando en su fuero interno crece la sensación de que no es tan suya como cree, de que se puede ir, de que lo puede dejar; entonces… entonces no quiere ni pensarlo.

 

“Mis celos, esos que tanto me atormentaron durante demasiado tiempo, vinieron cuando apareció Aurorita. Y qué mal lo pasé; hoy lo recuerdo y me da pena de mí, de Raimundo, y de ella también; y me da vergüenza porque aún siento el ridículo; pero entonces lo veía todo tan grande; todo lo malinterpretaba según le convenía a la obsesión que me tenía dominada. Porque, mi querida niña, lo peor de las obsesiones, y los celos no son otra cosa, es que te hacen ver las cosas como tú quieres y, aunque parezca mentira, quieres ver lo que en realidad te daña, así que, palabra, acto, mirada, qué sé yo, cualquier cosa, es una prueba fehaciente de que en realidad ocurre lo que crees que ocurre, y no hay nada que te quite del error.

“Aurorita, como comprenderás, hoy es una señora más bien mayor, jubilada, pero entonces era una niña joven, no muy guapa, con unos enormes ojos oscuros y una mirada profunda; pero, con todo, no eran sus cualidades físicas las que mejor la adornaban sino una fina inteligencia y una curiosidad insaciable…

 

Imagen: Fotograma de Ballet Mécanique (1924), Man Ray

El viaje de Carlota

A propósito de la novela El buen soldado, de Ford Madox Ford, José María Guelbenzu escribe en El País de 23 de noviembre de 2016:

“En el mundo de la teoría literaria, a la figura del narrador de esta novela se le conoce como “narrador no fiable”. No se trata de un mentiroso o un tergiversador necesariamente, sino alguien que por su manera de contar, de seleccionar los acontecimientos y por el caprichoso orden en que va ofreciendo sus revelaciones, crea la sospecha, o al menos la incomodidad, en el lector. Una sospecha que la narración no aclara todo lo que debiera aunque el contenido de la misma sí queda expuesto de una manera comprensible.

Los hechos reveladores van apareciendo a conveniencia del narrador, que oculta o desvela según le parece, con saltos atrás y adelante que se atienen al interés del narrador, lo que obliga continuamente a atar cabos y crea el soberbio y terrible clima de tragedia humana que atraviesa la historia”.

 

Doña Rosa eleva la mirada hacia el techo y emite un largo suspiro. Da un pequeño sorbo de la copita de anís y prosigue:

-Ay, hija, perdona si me voy por las ramas, pero no creas que se me ha olvidado lo que te quería decir, lo que pasa es que hay que llegar a ello, y de paso te cuento lo de mi hermana Carlota, ¿te aburro?

-Qué va, doña Rosa; al contrario; a mí me gustan mucho las historias. Si usted viera la cocina de mi abuela; se ponen a contar y no paran. Yo, muchas veces, cuando estoy allí, ni me entero porque no sé de quiénes hablan, muchos ya están muertos o murieron hace muchos años. Hacen lo que nosotras ahora: un pocito de café, y luego, encima, venga chorritos de aguardiente; así hasta las tantas de la noche. Cuando era pequeña, me mandaban a la cama, oye, que está la cativa, decían, pero me quedaba escuchando en lo alto de la escalera. Entonces contaban chistes e historias subidas de tono que yo entendía a medias, y no vea cómo se reían.

-Es que lo de Carlota tiene su gracia. Pues sí, no ibas descaminada. Coincidieron en el portal y el ascensor estaba averiado. Según nos contó Carlota, muerta de risa, el artista se ofreció a subirla en brazos y ella, lejos de incomodarse, le rió la gracia. Así fue como se conocieron y así fue como Carlota, bajo el pretexto de visitarnos, se veía con él, que por cierto no se anduvo por las ramas y le propuso que se fugaran a la manera romántica. Mi hermana aceptó y se fueron a Venezuela, donde encontraron trabajo en una emisora haciendo radioteatro. Después vinieron los culebrones de la televisión y Carlota, ya madura, se especializó en papeles de madrastra, mala, muy mala, y él de padre bondadoso. Ambos, si se terciaba, impostaban el habla de allí, y cuando el papel lo requería, hacían de españoles.

“Claro, mis padres no tuvieron más remedio que aceptar los hechos y, ¿sabes a quién le tocó cuidarlos?

-Esa respuesta sí me la sé; a usted ¿a quién si no?

-Pues eso es. Además, la ruina fue de tal calibre que apenas podíamos contratar a nadie; bueno, miento, alguna aportación hicieron mis hermanos para que viniera una mujer y me ayudara. Así que, ya ves cómo son las cosas, por mucho que te propongas luego salen como a Dios le da a entender. Y ahora sí, ahora te voy a hablar de los celos, de los que yo sufrí sin que nada ni nadie tuviera ninguna culpa.

 

Imagen tomada de Internet

Carlota

Sabes qué es el estraperlo, pregunta doña Rosa, y Amelia, sorprendida, se siente en la obligación de responder.

-No sé, ¿algo así como el contrabando?

-Sí, algo parecido, aunque no es lo mismo comprar de contrabando que de estraperlo; de contrabando podías comprar un capricho y de estraperlo algo necesario, muy necesario, como el pan, pero veo que me voy por las ramas, ¿por dónde iba? Ah, sí, de los celos por los estudios.

“Ya te he dicho que don Raimundo no era el partido que soñaba mi madre, pero bien que se  impuso; no, si luchador y tozudo era un rato. Sacó la carrera con sobresalientes y matrículas, y aprobó a la primera la oposición de adjunto. Con esos títulos se presentó a pedir mi mano, y vaya si lo consiguió. Yo, por mi parte, dije que o me casaba con él o me iba a una misión al África; vieron tal decisión en nosotros, que dieron su brazo a torcer. Porque Raimundo y yo nos queríamos desde niños, bien pronto nos prometimos en secreto, sólo lo sabía mi hermana Carlota.

“Ay, si te cuento lo de mi hermana Carlota -doña Rosa vuelve a llenar las copitas-; menuda campanada -ríe con desenfado-. Resulta que Raimundo y yo vivíamos aquí, en esta casa, y en el tercero había una pensión. Pues bien, en la pensión pasaban temporadas, cuando los contrataban para el Price, unos artistas de variedades: cantaban, tocaban instrumentos musicales y hacían juegos malabares: cosas así; eran tres hermanos: dos chicas y un chico.

“Dio la casualidad de que Carlota, que venía mucho por casa, y a la que no le hacía ninguna gracia la encomienda de mis padres…

-Toma, menuda gracia me habría hecho a mí; me hacen a mí eso y me marcho de casa…

-Sí, hija, si, y harías bien, pero eso lo hacían muchas familias, y lo malo era que la señalada obedecía sin rechistar; y lo que es peor, solían elegir a la que tenían como poco agraciada, como si dijeran, ya que no va a ser fácil casarla, que nos cuide. Y el caso es que Carlota, que no era una belleza de las que se estilaban entonces, alta, huesuda, con la cara un poco larga, era muy elegante y resultaba muy atractiva…

-¿Y qué pasó, doña Rosa? No me lo diga; se conocieron en el ascensor, digo, al artista ese, al hermano, al de la pensión…

-Bueno, algo parecido.

 

En la imagen: Ritratto di Margherita, (1916). Amedeo Modigliani. Tomada de Internet

“¿Tú sabes lo que es el estraperlo?”

Si nos atenemos a la verdad, no podemos afirmar que a doña Rosa le sorprendieron las palabras de Amelia, al fin y al cabo se enfrentaba al eterno problema de la desconfianza y los celos, asunto que, bien mirado, tiene fácil solución cuando responde a los miedos e inseguridades de la gente joven, que en la mayoría de los casos no dejan de tener el efecto de una nube pasajera. Por otra parte, tampoco doña Rosa era propensa a sufrir grandes tragedias, o lo que sería peor, a imaginar con delectación situaciones melodramáticas y, a la vista de Amelia, no le dio por pensar en enfermedades y desgracias, tampoco en un embarazo indeseado. Esto no quiere decir que la curiosidad no la acuciara, sobre todo por el deseo de servir de ayuda a una muchacha de la se había encariñado. Por otra parte, no dejaba de pensar en el ingrato destino que por hache o por be se les asignaba a la mayoría de las mujeres. Como a ella que, viniendo de buena familia, la destinaran al cortejo, bajo el señuelo de ser un buen partido, de algún joven apuesto y necesariamente rico, y para eso no hacían falta estudios, bastaba con una buena educación para saber estar. En su casa las carreras fueron para los hombres: medicina el mayor, la milicia el mediano y el menor, derecho. Pero si su destino era banal, peor era el reservado para su hermana Carlota, nada menos que la soltería y el cuidado de sus padres cuando no se pudieran valer, sobre todo a partir de que la ruina se hiciera patente. Con esos pensamientos en la cabeza, dijo:

-Bueno, niña, esas cosas se pasan; aunque no son buenos los celos. Si son celillos pasajeros, pronto lo sabrás, pero si tu novio es celoso…

-No, doña Rosa, no creo que lo sea -protestó Amelia-; no sé qué le ha pasado.

-Y si está celoso por los estudios -doña Rosa no perdía el hilo de su discurso-, eso, hija, no te voy a engañar, creo que es mala cosa. Mira, yo no soy experta en nada, pero he vivido muchos años, y hay que ser muy fuerte para pasar por ahí.

“Verás, el que yo me casara con Raimundo no fue por gusto de mi familia, porque a pesar de la ruina a la que nos llevó mi padre con su mala vida, mi madre, mis tías y mis hermanos seguían con ínfulas de casa rica. Pero Raimundo no era tan apuesto como querían; y mucho menos rico, porque su madre, Trinidad, era nuestra costurera, viuda de un pobre hombre que murió de tuberculosis en los Jesuitas de Camposancos, donde lo metieron preso al acabar la guerra. Su madre, la de Trinidad, había servido en casa, y la mía presumía de que a Trinidad la había recogido para que ella y su hijo no se murieran de hambre. El caso es que Trinidad llevó a Raimundito y lo dejaban jugar con mi hermana y conmigo; mis hermanos abusaban de él y por eso se refugiaba con nosotras.

“Pero Trinidad era muy guapa y muy lista, y fuera como fuera, conoció a un pez gordo del sindicato, uno que hacía la vista gorda con el estraperlo, y le puso casa y taller, así que se fueron de la nuestra y se estableció por su cuenta. Por cierto, ¿tú sabes lo que es el estraperlo?

 

Sobre la imagen: Fotograma de Surcos, José Antonio Nieves Conde, 1951

Semiótica

La pregunta no coge desprevenida a la joven Amelia, la llevaba esperando toda la mañana, desde que llegó.

La mirada, las palabras, el tono… Hay todo un conjunto de señales para connotar sorpresa, admiración o duda, revelar estados de ánimo, también expectativas. “Las distintas modalidades de la risa, de la sonrisa, del llanto, aunque elementos del paralenguaje, también lo son de la cinésica. En su punto extremo, la investigación sobre las cinésicas altamente culturalizadas llega al estudio de las posiciones defecatorias, de la micción y del coito (y no digamos de las posiciones de los seres en el momento del orgasmo, que no sólo se determina por movimientos fisiológicos, sino que varía según las culturas, como demuestran varios ejemplos de la escultura erótica antigua)”, escribe Umberto Eco en La estructura ausente. Y, aunque no diremos que doña Rosa y Amelia tienen aspecto de semiólogas, es sabido que la cara es el espejo del alma, y se podría añadir que los gestos y movimientos reflejan estados en que ese alma se encuentra; y como las dos tienen ojos y oídos, interpretan lo que oyen y ven.

Doña Rosa se había encerrado en la cocina, pero en el tiempo de los preparativos, cuando aún no se ha encendido la lumbre ni hay riesgo de que se oxiden o resequen los alimentos, con cualquier pretexto, iba junto a Amelia, que si había encontrado la lejía, o la bayeta, como si ella no supiera dónde están las cosas. Doña Rosa se quedaba unos segundos callada y expectante, pero Amelia seguía a lo suyo y no decía nada; así hasta que doña Rosa volvía a la cocina. Pero ahora la pregunta es directa y sí, claro que le pasa algo, y por más que la comida, el vinillo y el anís templen los ánimos, las palabras de Aitor se repiten en su mente como un reloj de repetición.

-Sí, doña Rosa, algo me pasa -con un movimiento mecánico coge la botella de anís y llena de nuevo su copa-. Es por Aitor, que no sé qué mosca le ha picado; creo que está celoso. Pero si no le doy motivos, doña Rosa; vamos, que ni una mirada. La ha tomado con mi profesor porque hablo con él; de las cosas de clase mientras tomamos una cerveza, de eso es lo que hablamos; y de cine, nada más, palabra. Fíjese que ni se me había ocurrido pensar… Y encima me dice que deje la Escuela -da un pequeño sorbo- ¿Usted cree que voy a tener que dejar de estudiar? Con lo que me gusta…

-Ay, hija mía -ahora es doña Rosa quien se llena la copa-, estos hombres… ¿Cuándo van a empezar a cambiar?

Sobre el libro: Umberto Eco, La estructura ausente. Lumen. Barcelona, 1978

Sobre la imagen: Pieter Brueghel el Viejo, La torre de Babel, (1563). Museo de Historia del Arte de Viena. Fuente: Wikipedia.

El ala de un ángel

Hay milagros espectaculares. Los libros sagrados cuentan grandes prodigios con los que admirar y sobrecoger a las gentes. También los hay de andar por casa; pasan desapercibidos pero no por ello dejamos de sentir una sensación placentera; ha pasado un ángel, decimos.

Algo de eso debió pasar en la cocina en la cocina de doña Rosa, porque, si alguno de nosotros tuviera la facultad o posibilidad de observarlas, vería que ese ángel las había tocado con una de sus alas. Doña Rosa sentía a Amelia como la nieta que no tenía y Amelia miraba a doña Rosa como si fuera su abuela adoptiva, aunque bien es esabido que la suya se mantenía firme en la aldea.

Como una cosa lleva a la otra, doña Rosa sacó la botella de anís del Mono, botella que ocupaba un rincón del armario de la cocina, para aromatizar las labores de repostería, decía, pero lo cierto es que en uno de los vasares había unas copitas muy a propósito. Cogió dos y sirvió el licor que, sin demasiados remilgos, se echaron al coleto.

-Ay, mi niña -dijo doña Rosa-, qué envidia de juventud; qué razón tenía el poeta: juventud, divino tesoro… -Y se puso a declamar perdiendo la mirada hacia el techo-. Cuando te miro y te veo tan guapa y tan lozana, con ese ímpetu, me digo: así era yo cuando tenía su edad. Porque, hija, a mí no se me ponía nada por delante ¿Sabes lo peor? Que, como buen partido que era, tenía que prepararme para ser una señorita bien educada; cursi, diría yo… Pero… Amelia, hija, esta mañana me has tenido preocupada ¿Es que te ha pasado algo?

Imagen: Anís del Mono, litografía. Dibujo de Ramón Casas. Badalona. Tomada de Internet.