Mudanza

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Salimos de la casa y continuamos hasta el final de la calle, que daba a una plazoleta.

—Vamos por aquí —señaló una calle sombría, sin puertas, en cuyo lado derecho se veía la sólida fábrica de un edificio industrial de finales del XIX o principios del XX.

Nos dijo que era una antigua fábrica de harinas reconvertida en hotel. «Aquí mismo tomaremos el café», dijo.

Acabado el café volvimos al coche, que, de forma inverosímil, no tenía multa alguna. Volvimos por el camino que habíamos traído hasta llegar a la agencia, donde había otras dos mujeres, tan parecidas a la nuestra, que se diría que fueran gemelas. Nos presentó y nos invitó a sentarnos ante su mesa de trabajo. No fue necesario pelear por el precio; nos pareció bien, así como las condiciones. De forma rápida, mirando la pantalla del ordenador, nos leyó un modelo de contrato en el que fue rellenando nuestros nombres y la descripción y dirección de la casa.

No quería hacerlo, pero en ese punto dije —no lo había hablado con él— que modificaran el documento en cuanto a los nombres, quiero decir que sería mejor, si no era estrictamente necesario, que quitara el mío y que fuera Luis quien figurara y lo firmara. Ello me obligaría a tener con él una nueva confesión, o tenerlo a oscuras, aunque no sería justo, y mejor que supiera de primera mano lo que Diego no estaba en condiciones de contarle, tampoco era mucho lo que sabía y por tanto, si le daba por imaginar o inventar… La empleada no tuvo inconveniente, cambió lo que era preciso, leímos el contrato y nos dio las llaves.

Salimos tan contentos, diría que orgullosos del trámite. Hablamos de traer nuestras cosas personales, sin caer en la cuenta de lo que nos esperaba, bueno, a Luis, quien, al cabo de los años, había juntado en su piso de alquiler una buena biblioteca y diversos caprichos de los que amontona todo individuo que se precie; yo no tenía ese problema, pues podía dejar en mi casa lo que quisiera y llevarme cuatro fruslerías. Eso fue lo que pensé sin caer en la cuenta de lo necesarios que son los libros, revistas apuntes… y en mi caso un enorme archivo personal: crees que no lo vas a necesitar y enseguida te das cuenta de cuánto lo echas en falta.

También te percatas de que hay que aprovechar para hacer inventario y prescindir de lo innecesario, y de lo que cuesta expurgar la obra de toda una vida: lo que se puede regalar, donar, o simplemente tirar a la basura, con la pena que causa el desprendimiento, aunque entiendas que para todo hay un final. Así que, en casa de Luis, fuimos separando lo imprescindible de lo prescindible; lo primero lo clasificamos por forma, tamaño, peso y fragilidad y llamamos a una empresa de mudanzas. No fue pequeña nuestra sorpresa cuando llegaron pertrechados de cajas, rollos de papel para precintar, cúteres y alguna herramienta, y, con ojo experto y clasificatorio, vaciaron la casa en un santiamén. Al final nos quedó la duda del destino de lo prescindible: les preguntamos si sabían de alguien a quien le pudiera interesar y nos dijeron que, por un pequeño aumento, ellos se harían cargo: no sabemos si todo fue a un prendero, teniendo en cuenta que de esos quedan pocos, o al vertedero directamente. Tampoco hay que pensarlo demasiado.

Misiones de poca monta

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Oskar Kokoschka. Retrato de Adolf Loos

Elvira ha desaparecido. Al principio, Luis no le da importancia, ella es así, pero con el paso de los días empieza a temer lo peor. Hace memoria y recuerda otra desaparición, resuelta felizmente, pero nunca contada ni aclarada. Luis, de nuevo, echa mano de Diego.

—Te estaba esperando —me dijo mientras me servía una copa; prueba, esto no es como esas bolitas negras de pega.

—¿Dónde has andado? —la pregunté indeciso, como si no me atreviera a hacer lo que finalmente hice: abrazarme a ella y apretarla contra mí como si pretendiera no dejarla salir del abrazo.

Me correspondió, para después reptar como una culebra y salirse de mí.

—Venga, venga —me dijo sonriente—; deja algo para luego.

—¡He temido por ti! —le dije alterado— ¡Lo hemos pasado muy mal! ¡Diego y yo! ¡Dijeron que te había secuestrado una banda terrorista!

—Bueno, en realidad no andaban descaminados; también yo estaba por allí, a lo mío.

Seguí atando cabos y concluí que no fue casual su presencia por esos contornos ¿Algo que ver con el ataque posterior?

 

***

 

Ha pasado un mes y sigo sin saber de ella. Me resisto a llamar a nadie, a Diego especialmente, porque temo que me den la peor de las noticias, por mucho que sean las primeras en saberse, de las que se nos informa puntualmente porque, aunque se supone que nos importan, hay un deleite morboso en el hecho de comunicarlas.

¡Cuánto la echo de menos!

El teléfono me atrae. La he llamado y no sale siquiera la voz que te dice que el teléfono llamado está apagado o fuera de cobertura; me da unas cuantas llamadas y se corta. Por  cobardía ¿qué va a ser si no? no quiero pasar por su casa: temo que no quiera verme, o peor, la casa está cerrada y me da por llamar a la policía o a los bomberos: un infarto, mueren más mujeres que hombres de infarto; una caída del baño… O un ajuste de cuentas…

Llamé a Diego. Acudió, como siempre, rápido, y le pregunté sin preámbulos por las andanzas de Elvira. Me dijo que sabía lo que yo, lo que me había contado: misiones de poca monta, abandonadas en el periodo inicial, asuntos sin importancia.

—No, Diego, no —le dije—. Tú eras algo así como una tapadera; en realidad la querían a ella —me arrepentí, pero ya estaba dicho.

—Pues, chico, nada te puedo decir —me pareció que mostraba una actitud huidiza.

—Sin embargo, ahora lo recuerdo —lo miré inquisitivo—, cuando lo del secuestro me diste a entender que algo podías averiguar.

—Eso creía y lo pregunté, a Eugenia se lo pregunté, pero nada, no sabía o no quiso decir nada.

—Pero me tranquilizaste; eso me dijiste, que me tranquilizara, me hiciste creer que algo sabías, o no sabías nada malo o comprometido.

—Eso es verdad. Fue a la conclusión que llegué cuando Eugenia dijo que si algo había pasado con Elvira, ella lo sabría; y como no sabía nada…

La oferta

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Adolphe Appia, Boceto.

»Aquello me dejó helada: se intensificaron las sensaciones desagradables: frío, olor a cerrado, silencio ¿Qué pretendían?

»—Freixido —exigí sin convicción a quien veía tan sumiso y callado— ¡Ya está bien la broma; llévame a casa!

»—No, querida Elvira, no es una broma —el tal Artaza cambió el tono de su voz para hacerlo más severo—; esto es muy serio ¿Verdad Luisa?

»Otro número, otro golpe de efecto; no sería una broma, pero Luisa tuvo una aparición teatrera. Entró en escena a la voz de Artaza. Desde el pasillo y ya en la puerta, a mi espalda, se le oyó decir:

»—Muy, pero que muy serio, querida; y no te puedes negar.

»Me puse de pie, me giré, me acerqué a ella para estar a su altura, ensayé un contoneo con la copa en la mano, levanté la voz:

»—¿Por qué? ¿Qué me vais a hacer? ¿Acaso matarme o hacerme desaparecer?

»—No, mujer, no… Díselo, Braulio —dijo con una sonrisa no niego que encantadora.

El interpelado carraspeó ligeramente:

»—A esta hora, como sabes, en Miraflores está tu amigo Álvarez con dos de nuestras colaboradoras. Si todo va como pensamos, se sentirá un hombre feliz y afortunado, incapaz de imaginar lo que lo espera si tú no colaboras…

»—Así que, por su bien y el tuyo, mona —prosiguió Luisa—, harás lo que te digamos ¿Cómo sabremos que cumplirás? Muy sencillo, si no te lo ha dicho Braulio, te lo digo yo, te vamos a hacer una oferta que no podrás rechazar; vas a vender tu alma al diablo, ya lo verás… Adelante, Braulio.

»Luisa estaba dando toda una lección de dominio escénico: dura, suave, persuasiva, sarcástica y, sobre todo, convincente; no me cupo la menor duda de que iba en serio. El tal Braulio volvió a llenar las copas y se sentó en el sillón que estaba libre.

»—¿Quién no es ambicioso? ¿Quién, en su carrera, no quiere llegar a lo más alto? Usted, Elvira, nos consta —dijo mirando a Freixido—, lo quiere todo en su profesión ¿Me equivoco? —sin esperar respuesta prosiguió— Nosotros nos ocuparemos de ello, de que usted llegue a lo más alto. Tendrá primicias, exclusivas, entrevistas, facilidades con las editoriales… Todo eso lo tendrá ¿A cambio de qué? Se preguntará. Ya se lo digo: a cambio de información y de hacer para nosotros cosas que no podemos hacer, por ejemplo, poner en suerte a un hombre al que no podemos llegar, pero con su ayuda… Con su ayuda lo tendremos.

»Iba a protestar  cuando Luisa, en perfecta coordinación con su compañero, intervino sin darme tiempo a abrir la boca:

»—Hazle caso, te conviene, ya lo creo que te conviene; de lo contrario… Y no temas por los escrúpulos, esos los tenemos todos, ¿verdad Freixido?, pero luego se van. Además, por si te tranquiliza, alguien tiene que engrasar la máquina para que funcione.

 

—No te puedo decir ahora, créeme, si fue el miedo a sus amenazas o la ceguera de la ambición…

—¿No serían ambas cosas? —le pregunté conmocionado y por decir algo.

—Sí, claro, sería por ambas cosas, el caso es que me rendí y les dije que colaboraría con ellos.

No me vengas con esas, Luis


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Henri Matisse – Odalisca con ropaje amarillo y anémonas, 1937

Porque te meterías en un berenjenal, dijo. Y añadió:

—Tú y los demás. Insisto: no sé exactamente qué te habrá contado Diego, como si no supiera el peligro que corren los hechos al arbitrio de tu mente calenturienta —dijo con enfado.

—¿Tan inconfesable es todo? ¿Tan peligroso?

—No, tonto, todo se puede contar, siempre que no vea la luz.

—Acabáramos —dije con una mezcla de sorna y enfado—. Demasiado sabes que mis apuntes y escritos jamás se publicarán.

—Alto, Luis, no tan rápido; sabes perfectamente que cualquier material sirve para montar un escándalo; hoy tiene una salida preferente.

—Que te lo digan a ti…

—No me jodas, Luis, no me vengas con una puñalada trapera, precisamente tú ¿Qué tiene que ver la información con estos melodramas morbosos?

Decía esto y se le agitaba la respiración, se le abrían las aletas de la nariz, se le incrementaba el brillo de los ojos. Algo la agitaba; proseguí sin ningún tacto:

—No me jodas tú; no pretendo ahondar en hechos que no quieras que se sepan, no es eso lo que quiero. Como no has leído lo último que he escrito no sabes que prefiero entrar en los motivos, en los impulsos. Y es verdad, Luisa me interesa, es mi personaje favorito.

—Aquí todos somos personajes, querido mío; tú también lo eres, y por lo que veo te importamos un pimiento. Mira que sacar partido de un par de anécdotas.

—Mujer, no creo que sea una anécdota comprometer así la revista ¡Y a mis espaldas! ¡Como un tonto útil!

—Anda que no hemos hablado; no sé cómo te pones así —se le fue ablandando la tensión— ¿Quién se aprovecha? ¿Te parece poco unos años de florero, meternos en una publicación sin futuro? Ahí Freixido estuvo listo; le sacó a su paisano la supervivencia…

—¿Por qué me tuvisteis al margen?

—Porque no hubieras tragado; con el tiempo has ganado en cinismo, pero entonces eras el más puro de la peña, así que no te quejes, fue una buena decisión. En cuanto a lo que vino después, mira, cada cual ha trepado lo que ha podido; y no nos va tan mal.

—Diego me dice que se hizo espía; tú también; también te hiciste espía, quiero decir —Ahora era yo el que estaba de los nervios.

La carcajada sonó en el salón con toda su amplitud. Elvira, relajada, reía como ella sabe hacerlo, agitando el cuerpo con una buena carga sensual.

—¿Espías nosotros? ¿Pero qué me dices? Vaya un Diego, qué cosas tiene.

—Sí, sí, qué cosas tiene, pero Eugenia, Luisa, Josefina existen, las conocéis, habéis tratado con ellas, sobre todo Diego, y de qué forma.

—Claro, Diego era una tapadera, se dio cuenta y se aprovechó. Diego era ¿Cómo te diría? Como un Macguffin para justificar, para hacer ver que se hacía, para rellenar partes e informes con los que justificar actividad, para despistar. En cuanto a Eugenia, deberías saberlo, nuestro querido Diego es un enamoradizo impenitente, pero no me digas que no son bonitas sus historias de amor.

—En eso no estoy de acuerdo; de amor sí son las historias, pero sale escaldado, lo de Elisa, por ejemplo…

—A Elisa déjala; es como es, y Diego lo sabía.

La tranquilidad, de forma paradójica, la había agitado hasta tal punto que se había metido de lleno en la conversación que al principio trataba de eludir. Saqué una botella de aguardiente y le pregunté si quería un chupito.

Con retraso

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Una vez en la habitación no tenía sueño y le apetecía tomar una copa, no de un botellín de la nevera sino una generosa y bien servida. Bajó al bar. A esa hora estaba desierto y habría permanecido sola todo el tiempo si no hubiera aparecido un hombre de mediana edad, bien parecido, con pelo y barba con incipientes canas. El hombre vestía de manera informal, con ropas caras. Se acodó también en la barra y pidió whisky con hielo. Le sirvió el camarero y el hombre levantó el vaso con ademán de brindar con la única persona que en ese momento allí estaba. Luisa levantó el vaso y la mirada, y sonrió lo justo, aunque suficiente para que el otro se acercara y se presentara:

—Ignacio Lamas —dijo—, y en cierto modo soy el responsable de que ahora estemos aquí tomando una copa.

Luisa enarcó una ceja como preguntando: ¿Cómo? ¿Por qué?, y el hombre dijo:

—Porque soy el piloto de este trasto que nos ha traído, y algo tengo que ver con el retraso ¿Le ha causado algún contratiempo?

Luisa le contestó que no, salvo tener que hacer noche donde no tenía previsto.

El piloto manifestó su tranquilidad por no haberle causado ningún inconveniente salvo la molestia. Luisa dijo que lo que pudiera tener de molestia quedaba compensado con la novedad sorprendente de tomar una copa en un bar de hotel, a esas horas y en Francia.

Luisa no había dicho su nombre y el piloto quiso saberlo.

Lo de Luisa es comprensible. La naturaleza de su trabajo le exigía ser discreta. Pero en su fuero interno algo le pedía un punto de rebeldía. Le ocurría cuando alguien le caía bien o le gustaba, y era lo que estaba ocurriendo. La tapadera estaba bien definida: ella era Teresa Ortiz, socia con una amiga de una tienda de productos de belleza y cosmética, nada complicado y comprobable. Luisa, por sus conocimientos de idiomas, viajaba para tratar con proveedores, asistir a ferias, trabajar para el negocio.

—Ah, perdone si no me he presentado: Teresa Ortiz, artículos de belleza —se presentó y le tendió la mano.

El piloto se la estrechó con la energía suficiente para infundir el calor y la suavidad necesaria y no dar la sensación de fuerza.

Se hizo un breve silencio que cada cual aprovechó para tomar un sorbo; y fue Luisa, predispuesta a dominar situaciones, la que preguntó:

—¿Y qué le pasaba al avión? ¿Me lo puede decir?

La sonrisa que puso fue de las que vienen a expresar: Dilo, no me lo puedes negar.

—No, nada, en realidad nada que no se pueda resolver; pero había que salir con plena seguridad, sobre todo porque cualquier alarma, por leve que sea, nos dice que algo está fallando, o lo que es peor, puede fallar en cualquier momento, porque una incidencia pequeña a la que no damos importancia puede ocultar otra mayor. Por ejemplo: que no luzca un piloto no quiere decir que falle el elemento al que está asociado, pero es preciso que luzca: en la cabina hay disponer de toda la información; pues bien, el piloto que indica que estás al habla con la torre de control no lucía, aunque nos poníamos al habla ¿Y si se estaba gestando una avería mayor? Por alta temperatura, por ejemplo.

Se lo veía contento con la pregunta; eso le daba pie para conversar con Luisa, que para él era Teresa, a la que había valorado como una mujer muy atractiva, que se refugiaba en un aspecto neutro, por su cara limpia —y eso que comerciaba con productos de belleza—, el cabello estirado y cogido atrás en cola de caballo, el traje sastre oscuro, no ceñido sino suficientemente holgado para no marcar las curvas y ganar elegancia. Hay que decir que Luisa no negociaba con su aspecto: no consentía en disfrazarse.

—Entonces, ¿nos hemos retrasado más de dos horas por una lucecita? —dijo ella tratando de remarcar algo de frivolidad femenina.

—No, no, no era una lucecita —dijo el piloto con una sonrisa—, era algo más, nada importante, es verdad, una cablecito, una conexión, pero había que estar seguro.

Luisa se sentía cómoda con él y consideró que había que avanzar un paso en el agrado y la confianza. Mañana será otro día, se dijo, al fin y al cabo todo está un poco salido de la norma. Siguió sonriendo, bebió, sacó cigarrillos del bolso, le ofreció, fumaron, no sin antes sacar él un mechero del bolsillo y disculparse por no haber caído en la cuenta. Le dijo:

—Qué bien, así me siento segura ¿Sabe que de jovencita soñaba con salir con un piloto? Con el uniforme, para mí los pilotos iban siempre de uniforme; y esa seguridad y pericia para manejar un aparato tan grande y majestuoso; y los pasajeros protegidos por él…

—Y al final, ¿no hubo piloto? —el piloto acepta el tanteo y Luisa se da cuenta de que se ha percatado del lance. Lanza un pestañeo seguido de una caída de ojos y esboza una sonrisa.

—No, no hubo piloto; también se me pasó aquel sueño juvenil, pero cuando una es casi una niña, ya sabe, tonterías…

—¿Y la espera alguien en París? —el piloto había decidido llevar la iniciativa.

La impresión de Diego

»En ese punto me di cuenta de que esa Eugenia no era la misma que se había estremecido en mis brazos. Me pareció más dura, más metida en su papel. Quise pensar que se esforzaba por mostrarse insensible, como si estuviera demasiado pendiente de la vigilancia u observación de Luisa, que ésta actuara como supervisora muy atenta a sus reacciones, que se estuvieran permanentemente vigilando para controlar la fidelidad y sometimiento a las normas. Supuse y deseé que su ofrecimiento de hablar más adelante contuviera la promesa de reverdecer nuestra relación. Porque, a pesar del despecho y la furia, esta nueva Eugenia me resultaba más atractiva si cabe, y por lo tanto, más deseable.

»Con intensidad apenas audible, Luisa recuperó la palabra:

—Como te he dicho, sabemos lo que haces; claro, bien mirado somos nosotros los responsables. Verás. Como sabes, y seguro que estás bien informado, en la frontera están pasando cosas demasiado llamativas. No, no te hagas el nuevo, sabes a qué frontera me refiero, y a qué zona, y por qué estamos tan atentos a lo que ocurre. Además, como te puedes imaginar, controlamos algunos movimientos, aunque no todos. Ya sabes que nosotros no hacemos, nos informamos y dejamos hacer o desviamos, o informamos para que sean otros los que hagan, mejor o peor, pero que sean ellos los que lo hagan, como, por lo demás, ocurre con todos los servicios cuando se trata de asuntos de orden interno. No sé por qué te explico esto.

Iba Diego a protestar, a decir que bien lo había comprobado en sus carnes, cuando Eugenia, como si hubiera leído su mente, se adelantó:

—Sí, Diego, lo sabes, hicimos nuestro trabajo y no nos salimos del guion. Te manipulamos, no hace falta que lo digas, pero el trabajo salió bien, y tú vivo, y te recompusiste, no me digas que no.

»Lo bueno (o malo) del caso es que saben cómo hablarte para que creas que lo saben todo de ti, que desde el momento en que establecen contacto contigo tienen unos ojos que no dejan de mirarte. Y eso es terrible porque te sientes espiado y acabas no fiándote de nadie. No pude evitar pensar que conocían de parte a parte mi relación con Elisa, y la tuya; la de Elvira ya la conocían. Llegué a pensar que Elisa también era de ellos, aunque ¿Por qué? ¿Tanto importaba yo? De todos modos fue una paranoia que me asaltó y me tuvo en vilo no sé el tiempo. Pero, todo hay que decirlo, me vino muy bien el manto de Elvira, a quien he contado, con quien he descargado mis manías, quien me aseguró que Elisa no tuvo nada que ver, que lo suyo era otra cosa, según sabía o creía saber, porque Elisa siempre fue muy reservada; no creas que se abría con facilidad, y cuando lo hacía pedía la mayor discreción, que yo cumplí y seguiré cumpliendo con total escrúpulo, lo mismo que Elvira, que seguro sabe más de lo que dice porque, o bien tú eres un artista del disimulo, o poco te ha contado de lo que hablamos.

Por fin lo tenemos

—Tienes que abordarlo; si lo conoces, tienes que abordarlo; ya sabes, no puede pensar siquiera que albergas algún resquemor por lo pasado. Venga, vamos, me presentas como a todos, al fin y al cabo soy tu compañera —lo sonrió y guiñó el ojo para que se decidiera—. Ahora que nos mira.

—¡Pero bueno! —exclamó Diego con fingido entusiasmo— Mira por dónde…

Avanzó con pasos rápidos y le tendió la mano. El tal Mateo se vio sorprendido, pero reaccionó haciendo un esfuerzo para reconocer a quien se dirigía hacia él tan decidido y confianzudo.

—¡Hombre! Tú eres… ¿Matías? Sí, sí, claro, Matías… Ya recuerdo…Qué tiempos… ¿Y cómo se llamaba la chica aquella?

—Pilar, supongo que te refieres a ella —dijo Diego con su mejor sonrisa.

—Ah, claro… Pilar… Rubia, más bien alta, estudiante… Sí, sí, claro… Pilar.

—Bueno, no sé si lo sabrás… Ahora pica muy alto; está con los del Gobierno… Ah, esta es Eugenia, mi compañera; y este es Mateo, ¿no es así?

—Sí, sí, claro, Mateo. Pero eso era en aquellos tiempos… Braulio Cortés —se presentó e intercambió con Eugenia los besos de rigor— Y tú, no te llamarás Matías, supongo.

—No. Mi nombre es Diego, Diego Álvarez.

—Vaya, qué bueno; ahora que nos conocemos por nuestros nombres os presentaré a estos compañeros, a ver si hacemos algo grande.

Braulio Cortés fue presentando a los circunstantes, cuatro hombres y dos mujeres, todos de sobra conocidos.

 

Ya se ve, de vez en cuando me asaltan las dudas ¿Por qué cuento todo esto? Qué bonito sería decir que, como ya hice, que me mueve el deseo de esclarecer los hechos y la necesidad de contar la verdad. Pero, ¿a quién le interesa? Diego ha contado una historia densa, me atrevería a decir que ejemplar. Cuando lo asaltó la primera idea, vino como el sabio que descubre por fin una fórmula mágica y me gritó: ¡Ya lo tengo! ¡Una casa! Partiré de la casa, será el lugar, el centro de la historia. Alrededor de la casa crecerán los personajes. Pasó dos años de escritura incansable: Ya no es sólo la casa, dijo, una comarca, eso es lo que es, un espacio vivo, un mundo… Y me dijo que me incluiría en su relato. Trátame bien, le dije, y pareció acceder a mi pueril deseo, hasta que, ya lo he dicho, me hizo enfermar y me mató.

 

Diego cobró ánimos con la novedad, la suerte del encuentro fortuito, y así se lo dijo a Eugenia:

—Por fin; ya lo tenemos.

—Por fin, ¿qué? —lo interpeló con expresión que venía a decir algo así: No te hagas ilusiones, todavía queda mucho por hacer, mucha tela que cortar.

—Por fin tenemos al tal Mateo —la voz le salió baja y dubitativa.

—Ahora empezamos —puntualizó Eugenia—. Pero, cariño, no lo sientas, después de un día viene otro; no hay que tener prisa. En lo que los de arriba no digan nada estamos bien así.

Grandes dudas

Podía hacer una pequeña sinopsis de lo contado, pero todo está aquí. Por ello os invito a remontar el blog página a página: al fin y al cabo sólo se trata de un pequeño esfuerzo.

 

No les costó demasiado penetrar en los círculos de decisión. En realidad no había nada novedoso. En la medida en que se escalaban peldaños aparecían los mismos sujetos que en otro tiempo dirigían o tenían relevancia en las cúpulas. Capacidad, tiempo y esfuerzo, sobre todo estos últimos, eran los atributos necesarios para formar parte de los núcleos con poder de decisión: no como miembros de una estructura orgánica sino como colaboradores voluntariosos, de ese modo, imprescindibles. También era preciso mostrar entusiasmo y disposición para portar pegatinas, banderas y pancartas, o gritar consignas en las concentraciones, manifestaciones y marchas.

Hubo un momento en que Diego empezó a sospechar que no importaba tanto la localización y seguimiento del llamado Mateo como el hecho de estar allí, que en realidad su función no era otra cosa que servir de soporte para Eugenia y darle legitimidad y cobijo dentro de lo que se estaba organizando, que el Gobierno necesitaba información de primera mano y por eso los había infiltrado. Sobre todo porque era un hecho cada vez más nítido el cambio de posición y el consiguiente riesgo que se corría. No en vano entró en circulación, sin que pareciera falso, el rumor de que ni EE.UU ni la Europa que se estaba fraguando hubieran dejado a España entrar en el Mercado Común sin el compromiso previo de permanecer en la Organización Atlántica.

Naturalmente ese rumor se extendió por la revista de la mano de Freixido, y nadie hizo nada por desmentirlo, ni siquiera discutirlo, salvo Diego, muy en su papel, pero en este caso ajeno a tal movimiento, el de Freixido.

Elvira, por su parte, vivió su momento más dulce, destacada por su periódico como testigo de excepción de los cambios que se estaban operando en medio mundo.

En cuanto a mí, vivía una época de grandes dudas. Los convulsos acontecimientos provocaron una gran dispersión de voluntades y compromisos, así que pensé que había llegado el momento de hacer bien mi trabajo sin otra consideración que la idea que tenía de mi propia honestidad, aunque siempre hay que hacer la salvedad de que esa medida nos la ponemos nosotros mismos, y de nosotros dependen las trampas. Con esto quiero decir que, por falta de nexo, me dediqué a trabajar solo, sin responder ante nadie salvo mi jefe, Freixido, a poner en juego mi capacidad profesional exclusivamente.

La revista nunca había ido bien; no había sido una publicación de grandes tiradas, sino una oferta turística. Con los cambios, parecía que íbamos a coger fuerza, entrar en el mercado, pero éste estaba monopolizado por publicaciones que se iban decantando por la ideologización o el sensacionalismo. Eso fue lo que debieron ver, porque, con el paso del tiempo, la clausuraron definitivamente, no sin antes ofrecerme el trabajo que he venido ejerciendo hasta hace poco, expulsado por la edad, las nuevas tecnologías y las redes sociales, a cambio de una fidelidad perruna hacia mis patronos.

Me ofrecieron la posibilidad de formar un equipo que consistiera en un colaborador, una secretaria y yo mismo. Elvira quedó descartada; no porque nadie la vetara; simplemente en ese tiempo ella volaba a gran altura, además nos habíamos impuesto, para la buena marcha de nuestra irregular relación, evitar trabajar juntos. Es cierto que pensé en Diego, aunque no pude demorar mi decisión, entre otras cosas porque no merecía la pena; en definitiva me vino impuesto desde arriba. Y arriba estaba Blanca. Diego lo cuenta de otra manera pero ocurrió como yo lo cuento.

En eso consiste

No creas, no lo hice mal del todo —me sigue contando sin contestar a mi pregunta—. Me hubiera quedado. No te puedes imaginar el gusto que le coges al engaño y al disimulo, todo ello para perpetrar una traición, porque, por mucho que se diga, se trata de eso, de ganar confianza. El objetivo tiene que sentirte próximo, como un amigo, para soltar prenda, no por indiscreción sino por cooperación, ganar a uno más para la causa, un cómplice, un compañero, alguien con quien te jugarías la vida. ¿Sabes lo peor? Que no sientes mala conciencia porque acabas convencido de la bondad, por necesaria, de la misión.

—Ya, pero te me escapas, Diego, te me escapas…

—¿Por qué? Te lo estoy contando todo; y no es muy confesable.

—Te me escapas porque no me acabas de decir tus motivaciones reales.

—Es que no es fácil. Ya te he dicho que fue por Blanca, y por mí, ¿acaso no comprendes que nos jodieron la vida?

—Hombre, también me doy cuenta de que ahora estás con Blanca, y Eugenia es… ¿un buen recuerdo?

—Pero, ¿qué más da? —no digo que se pusiera tenso, aunque reaccionó en la dirección que yo quería.

—No sé, no sé si dará lo mismo; eso únicamente lo puedes saber tú —le contesté.

—Digo qué más da porque mis cosas con Eugenia no invalidan mi necesidad de desquite; ella puso en mi mano los medios para tomármelo, al menos eso creí. Lo que pasa es que eres un puñetero puntilloso y ahora te quieres desquitar por el tiempo en que te tuvimos in albis. Ya escribió Flaubert, y veo que tú lo sigues al pie de la letra, algo parecido a esto: ‘La biografía de un amigo hay que escribirla como si fuera una venganza’.

Podía haber dicho touché, pero no quise darle semejante satisfacción. Lo que sí le dije fue que su cita de Flaubert era imprecisa y que además le cambiaba el sentido, la cita literal es: “Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándole”. Pero Diego no andaba descaminado en sus apreciaciones; no negaré que el despecho se adueñó de mí durante demasiado tiempo; sobre todo sentí, aunque me cuesta reconocerlo, la falta de confianza de Elvira. Por mucho que uno lo niegue, quieres saber vida y milagros de quien duerme contigo, aunque no sea siempre, aunque no conviva. Paul, personaje protagonista de El último tango en París, pretende hacer del piso un islote utópico exento de sentimientos, incluso de lenguaje: allí no existen los nombres. Pero Paul trata de poseer a Jeanne, la protagonista, a toda ella. Y la persigue, quiere saber quién es, se muestra, pregunta, dice su nombre y un retazo biográfico; y camina hacia su propia destrucción, hasta la muerte.

 

No les resultó difícil entrar en contacto con uno de los grupos que por aquellos días se formaban y crecían como hongos, animados por la oportunidad que se les presentaba: culminar una gran movilización contra uno de los bloques militares formados al abrigo de la llamada “Guerra Fría”. Las plataformas antiotan eran un excelente banderín de enganche: los conocimientos, la experiencia y el entusiasmo servían de pasaporte para llegar a tocar los centros de decisión, pero lo que más les importaba era navegar por los meandros y recorridos que les llevaran al objetivo, a situarlo, a conocer sus conexiones y, lo más importante, detectar los contactos que llevaran hasta él: ‘Nosotros informamos’, decía Eugenia. ‘Otros harán lo que tengan que hacer. En eso consiste’.

 

Sobre la imagen: Fotograma de El último tango en París, Bernardo Bertolucci, 1972

 

 

 

Seis meses

Va para seis meses que publiqué en Amazon Las aguas del olvidoNo lo voy a negar: la novela ha cosechado un rotundo fracaso en cuanto a las ventas, pero muy buenas críticas, me consta. A este respecto aprovecho estas líneas para agradecer a Isabel Fernández Bernaldo de Quirós la reseña que publicó en su blog, Apalabrando los días, así como a María, Juan, Lucy, Andrés, Reme, Leonor, Martín, Pilar, César, Carmen, Eduardo, Luchi… los comentarios que animan y confirman esta mi pasión por la escritura.

Ya me referí en estas páginas a la autopublicación y me lamenté y pedí disculpas por el desastre técnico de lo que llamaría ‘Primera versión’. A la tercera va la vencida, se conoce que me dije; y es verdad, la ‘Tercera’ salió muy bien, así que aprendí para posteriores intentos.

En cuanto al contenido, me dicen que cuesta entrar, llegar a lo que es el asunto principal; pero me parece bien: la estructura está pensada, mirada y remirada para que ese sea el resultado, para que la historia se vaya haciendo mediante alusiones y recuerdos hasta entrar en el meollo.

He leído manuales que parecen de autoayuda, consejos, procedimientos, todo ello encaminado a promocionar y vender mejor. Pero ¿qué le vamos a hacer? No hago el menor caso, ni pienso hacerlo: estoy bien así.

Tengo otras tres publicaciones en cola, una de ellas lista para salir, y haré lo mismo: la anunciaré en el blog, llevaré un puñado de ejemplares a mi librero amigo, por si vende alguno; naturalmente, me pondré muy contento cuando pueda tocar el libro, hojearlo, olerlo, mirarlo: al fin y al cabo es mi criatura; y, sobre todo, agradeceré especialmente la atención que puedan prestar los lectores, a quienes me dirijo y con quienes quiero conversar.