La verdad de Elvira

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Werner Mannaers. De The Mok Series (2016). Exposición temporal Museo de Santa Cruz, Toledo. Colección Roberto Polo

La semana que viene me reuniré con Elvira. Comeremos, beberemos, fumaremos y haremos el amor, la deseo tanto. No he vuelto a ver a Diego. Tengo miedo de equivocarme, pero, ¿Qué prefiero? ¿La verdad o la ficción? Me dirá que no comprende la importancia que le doy ¿Qué cambia entre nosotros? Lo pasado ocurrió así y no hay alternativas.

Entro en mí mismo y no sé si me conozco. Tantos años viviendo en la seguridad de poseer una secreta felicidad, alternada con vacíos y añoranzas, soledades moduladas con sentido del humor y una afición, templada, por el whisky. Y mi adoración por Elvira y su rodilla ¿Por qué me siento traicionado?

Elvira está a punto de llegar y me siento ridículo: apenas duermo, bebo más y desconfío: me siento espiado y utilizado. Todo iba tan bien…

Ni que decir tiene que la esperaba con ansiedad. Mentiría si dijera que no me impacientaba la espera, toda vez que a mi deseo se unía su carácter imprevisible, además estaba deseando oír su versión ¿Quién me iba a decir que mantenía una relación con una espía? ¿Que mi mejor amigo también lo era?

Llegó media hora tarde. Entró como siempre, como un torbellino dejando un agradable aroma al frío de la calle. Se quitó el abrigo y los zapatos, y se repanchingó en el sofá.

—Dame un café con leche calentito, anda cariño —me ordenó con suma amabilidad— ¿Qué te pasa? Vaya una cara —añadió.

—¿Qué le pasa a mi cara? —pregunté a mi vez.

—Que estás pálido y ojeroso; como si estuvieras enfermo.

No me extrañó que diera esa impresión; este asunto me tiene fuera de mí.

—No, pues no estoy enfermo —le dije—; al menos no me siento.

—Ya, pero estás como cansado, falto de sueño… ¿Algo va mal?

Como estaba deseando hablarle de mis conversaciones con Diego, me alegró que me lo pusiera tan fácil.

—No, nada; será por las conversaciones con Diego; me ha contado cosas muy extrañas; increíbles, diría.

—¿Qué te ha contado? —el café humeaba en la cafetera.

—Historias de amor y espías —pensé preguntarle si sabía algo; lo descarté—; y tú entras en ellas como intrigante y urdidora.

—A ver, Luis —dijo enarcando las cejas— ¿Qué coño te puede haber contado? ¿No estarás montando una de las tuyas? Lo escribes y te haces un lío ¿De qué va esto?

Al oír sus palabras mi cabeza se puso como una olla a presión; no distinguía lo verdadero de lo falso, lo inventado de lo real. Me asaltó un pensamiento impertinente y reiterativo: Elvira me hacía luz de gas.

—Estos días he hablado mucho con Diego —le dije.

—Eso lo sé; también algo conmigo ¿Acaso lo has olvidado?

—¿Lo habéis comentado?

—No mucho, nada… Pues eso, que contigo un poco de whisky, tabaco, algún purito… y a fabular.

—¿Cómo que fabular? —dije picado— ¿Conoces a una tal Eugenia?

—Claro, y tú. Anduvo con Diego y pasó alguna vez por la revista, o, no sé, el bar; ¡no lo sé, pero estuvo! ¿No te acuerdas?

—Claro que la recuerdo… ¿Y a una tal Luisa?

Al oír el nombre sonrió, tomó aire, levantó el pecho con ostentación y emitió un largo y hondo suspiro.

—Ah, sí, Luisa, ¿con que es eso? ¿No escribirás sobre ella?

—¿Por qué no? —le pregunté inquieto.

—Porque te meterías en un berenjenal.

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