Celos

El reloj se acerca a las cinco sin que ninguna de las dos parezca tener prisa. En el taller, Aitor mira de vez en cuando el móvil sin que pueda apreciar señal alguna de llamada o mensaje; se ha enfadado, no le cabe la menor duda, pero no tiene por qué. Si no la quisiera le daría lo mismo, bueno, también en lo que sea su chica lo tiene que respetar; pero es que la quiere, de eso no hay duda, y ahora bien lo sabe cuando en su fuero interno crece la sensación de que no es tan suya como cree, de que se puede ir, de que lo puede dejar; entonces… entonces no quiere ni pensarlo.

 

“Mis celos, esos que tanto me atormentaron durante demasiado tiempo, vinieron cuando apareció Aurorita. Y qué mal lo pasé; hoy lo recuerdo y me da pena de mí, de Raimundo, y de ella también; y me da vergüenza porque aún siento el ridículo; pero entonces lo veía todo tan grande; todo lo malinterpretaba según le convenía a la obsesión que me tenía dominada. Porque, mi querida niña, lo peor de las obsesiones, y los celos no son otra cosa, es que te hacen ver las cosas como tú quieres y, aunque parezca mentira, quieres ver lo que en realidad te daña, así que, palabra, acto, mirada, qué sé yo, cualquier cosa, es una prueba fehaciente de que en realidad ocurre lo que crees que ocurre, y no hay nada que te quite del error.

“Aurorita, como comprenderás, hoy es una señora más bien mayor, jubilada, pero entonces era una niña joven, no muy guapa, con unos enormes ojos oscuros y una mirada profunda; pero, con todo, no eran sus cualidades físicas las que mejor la adornaban sino una fina inteligencia y una curiosidad insaciable…

 

Imagen: Fotograma de Ballet Mécanique (1924), Man Ray

Semiótica

La pregunta no coge desprevenida a la joven Amelia, la llevaba esperando toda la mañana, desde que llegó.

La mirada, las palabras, el tono… Hay todo un conjunto de señales para connotar sorpresa, admiración o duda, revelar estados de ánimo, también expectativas. “Las distintas modalidades de la risa, de la sonrisa, del llanto, aunque elementos del paralenguaje, también lo son de la cinésica. En su punto extremo, la investigación sobre las cinésicas altamente culturalizadas llega al estudio de las posiciones defecatorias, de la micción y del coito (y no digamos de las posiciones de los seres en el momento del orgasmo, que no sólo se determina por movimientos fisiológicos, sino que varía según las culturas, como demuestran varios ejemplos de la escultura erótica antigua)”, escribe Umberto Eco en La estructura ausente. Y, aunque no diremos que doña Rosa y Amelia tienen aspecto de semiólogas, es sabido que la cara es el espejo del alma, y se podría añadir que los gestos y movimientos reflejan estados en que ese alma se encuentra; y como las dos tienen ojos y oídos, interpretan lo que oyen y ven.

Doña Rosa se había encerrado en la cocina, pero en el tiempo de los preparativos, cuando aún no se ha encendido la lumbre ni hay riesgo de que se oxiden o resequen los alimentos, con cualquier pretexto, iba junto a Amelia, que si había encontrado la lejía, o la bayeta, como si ella no supiera dónde están las cosas. Doña Rosa se quedaba unos segundos callada y expectante, pero Amelia seguía a lo suyo y no decía nada; así hasta que doña Rosa volvía a la cocina. Pero ahora la pregunta es directa y sí, claro que le pasa algo, y por más que la comida, el vinillo y el anís templen los ánimos, las palabras de Aitor se repiten en su mente como un reloj de repetición.

-Sí, doña Rosa, algo me pasa -con un movimiento mecánico coge la botella de anís y llena de nuevo su copa-. Es por Aitor, que no sé qué mosca le ha picado; creo que está celoso. Pero si no le doy motivos, doña Rosa; vamos, que ni una mirada. La ha tomado con mi profesor porque hablo con él; de las cosas de clase mientras tomamos una cerveza, de eso es lo que hablamos; y de cine, nada más, palabra. Fíjese que ni se me había ocurrido pensar… Y encima me dice que deje la Escuela -da un pequeño sorbo- ¿Usted cree que voy a tener que dejar de estudiar? Con lo que me gusta…

-Ay, hija mía -ahora es doña Rosa quien se llena la copa-, estos hombres… ¿Cuándo van a empezar a cambiar?

Sobre el libro: Umberto Eco, La estructura ausente. Lumen. Barcelona, 1978

Sobre la imagen: Pieter Brueghel el Viejo, La torre de Babel, (1563). Museo de Historia del Arte de Viena. Fuente: Wikipedia.