El café de la tarde

CONSOLACIÓN, 1907 Óleo sobre lienzo. Evard

Arriba, gandula, dijo Aitor, y saltó de la cama. Amelia se levantó inusualmente despacio y cuando quiso recordar le llegó desde la ducha el canto de su novio. Con menos viveza que de costumbre, se sentó en el inodoro y cerró los ojos. Del inodoro pasó a la ducha, tomó el frasco de gel y se puso a lavarle la espalda, sin embargo no bromeó cuando vio la excitación consecuencia del jugueteo. Solía decir con voz impostada y sorpresa fingida, No, estas no son horas, aunque en ocasiones se apretaba a él. Pero esa mañana no bromeó sino que lo enjuagó con suavidad y le dio un golpecito de cadera como si le dijera, ‘Anda sal, déjame sola’. Desayunaron en silencio, acabó Aitor, salió corriendo, no sin antes decir desde la puerta, Ah, no lo olvides, va en serio lo de la Escuela.

Los pájaros saludaban a la mañana con estrépito, las campanas daban las ocho; el sol la recibió en el portal y la acompañó hasta la boca del metro.

Sacó el libro de la mochila y lo abrió por la página señalada:

“Las lágrimas corrieron por sus mejillas.
Se trataba de caramelos; estaban anunciando caramelos, le dijo a Rezia un ama de cría. Juntas empezaron a deletrear: c…a…r ..
-K … R… —dijo el ama y Septimus la oyó decir «ca erre» junto a su oído, profunda, suavemente, como un órgano suave pero con un tinte de aspereza en la voz, como la de una cigarra”.

Pero lo volvió a cerrar porque nuevamente se sintió perdida. Salió del metro, anduvo y cruzó calles, abrió la puerta y subió las escaleras hasta el Cuarto; el ascensor lucía el eterno cartel de ‘No funciona’.

Al salir de casa, a doña Rosa le asaltó un titubeo: subir paseando por Fuencarral o coger el metro. Tenía tiempo de sobra porque, con el buen tiempo, siempre contaba con la primera opción; acceder por San Onofre, cruzar a la otra acera y mirar escaparates hasta llegar a la puerta del Hospicio, cruzar Barceló y concluir en la Glorieta de Bilbao para acabar recalando en el Comercial, Lo van a cerrar, se rumorea por las mesas. Preguntan a los camareros, pero éstos guardan un silencio discreto. Optó por el paseo y, como casi siempre, pensó en las transformaciones vividas: la joyería de la esquina, la tienda de discos, El Encanto, Mazón… Puntual, siempre puntual, saludando con la sonrisa, la mirada o una leve inclinación de cabeza, pasó a ocupar la mesa que a esa hora y por consenso tácito estaba ocupada por su grupo de amigas; era la de enfrente, según se entraba al salón, bajo los grandes espejos y cerca de los amplios ventanales. Siempre que entra, doña Rosa conserva la imagen del cómico alto, delgado, con gafas metálicas, el traje claro; en la mano, el vaso alto de whisky con hielo; y la joven que, medio escondida, ocupa la mesa adosada a una de las columnas; sobre la mesa, una cantidad ingente de folios escritos y en blanco, y ella, la joven, escribe sin parar. Tampoco olvidaba las veladas de antes, cuando vivía Raimundo, sobre todo porque, a pesar de no ser hombre de grandes salidas, allí se sentía cómodo junto a los colegas y alumnos con los que hacían tertulia.

A Consuelito Revuelta se la veía feliz. El brillo de los ojos y el color de la cara contrastaban con el coqueto descuido indumentario alejado del envarado atildamiento con que hasta no hace mucho se mostraba; desde luego, estaban a la vista los cambios que en Consuelito había operado el amor. Las amigas, ávidas de escuchar el relato con los pormenores de tan notable aventura, fueron obsequiadas con un relato corto y parco en detalles. El enamorado en cuestión era un retirado residente en Galicia que venía a Madrid con alguna frecuencia a casa de su hija. Pasaba unos días, iba al Retiro con los nietos, y aprovechaba para ver alguna exposición y representación teatral. Fue precisamente en una exposición donde se conocieron, una de las temporales del Thyssen, la de Munch titulada Arquetipos. Era una mañana de invierno fría y lluviosa.

Doña Rosa se despidió de sus amigas y se iba a dirigir al metro cuando cambió de idea, hacía una tarde tan espléndida. Cruzó a la otra acera y bajó hacia su casa paseando. Cómo cambian los tiempos, se dijo, mira que esta Consuelito con un amante… hace bien. Pasó ante el moderno Mercado de San Ildefonso y se preguntó qué comida le podía gustar a Amelia; yo creo que le gusta todo, se contestó, no parece melindrosa, le voy a preparar una carrillada de ternera que se va a chupar los dedos, ¿y el vino, le gustará el vino? Porque un poquito no hace daño.

Abrió la puerta con su llave y se intensificó el aroma del café que ya se apreciaba en la escalera. Sorprendió a doña Rosa atareada en la cocina, Venga, hija, suelta la mochila y siéntate, le dijo. Qué le pasará a esta niña, se preguntó, menudas ojeras.

El lector, avispado y atento, apreciará algunos desajustes cronológicos por lo cual pido disculpas, pero así me cuadra mejor el relato. Gracias.

Y mirando por ahí leo que El Comercial ha reabierto sus puertas, dicen que remozado. No he tenido ocasión de ir; “(…) mantiene el latido de su corazón”, dice alguien que trabajó allí.

Imagen:  Consolación, 1907 Óleo sobre lienzo. Edvard Munch, Museo de Munch

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