La oferta

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Adolphe Appia, Boceto.

»Aquello me dejó helada: se intensificaron las sensaciones desagradables: frío, olor a cerrado, silencio ¿Qué pretendían?

»—Freixido —exigí sin convicción a quien veía tan sumiso y callado— ¡Ya está bien la broma; llévame a casa!

»—No, querida Elvira, no es una broma —el tal Artaza cambió el tono de su voz para hacerlo más severo—; esto es muy serio ¿Verdad Luisa?

»Otro número, otro golpe de efecto; no sería una broma, pero Luisa tuvo una aparición teatrera. Entró en escena a la voz de Artaza. Desde el pasillo y ya en la puerta, a mi espalda, se le oyó decir:

»—Muy, pero que muy serio, querida; y no te puedes negar.

»Me puse de pie, me giré, me acerqué a ella para estar a su altura, ensayé un contoneo con la copa en la mano, levanté la voz:

»—¿Por qué? ¿Qué me vais a hacer? ¿Acaso matarme o hacerme desaparecer?

»—No, mujer, no… Díselo, Braulio —dijo con una sonrisa no niego que encantadora.

El interpelado carraspeó ligeramente:

»—A esta hora, como sabes, en Miraflores está tu amigo Álvarez con dos de nuestras colaboradoras. Si todo va como pensamos, se sentirá un hombre feliz y afortunado, incapaz de imaginar lo que lo espera si tú no colaboras…

»—Así que, por su bien y el tuyo, mona —prosiguió Luisa—, harás lo que te digamos ¿Cómo sabremos que cumplirás? Muy sencillo, si no te lo ha dicho Braulio, te lo digo yo, te vamos a hacer una oferta que no podrás rechazar; vas a vender tu alma al diablo, ya lo verás… Adelante, Braulio.

»Luisa estaba dando toda una lección de dominio escénico: dura, suave, persuasiva, sarcástica y, sobre todo, convincente; no me cupo la menor duda de que iba en serio. El tal Braulio volvió a llenar las copas y se sentó en el sillón que estaba libre.

»—¿Quién no es ambicioso? ¿Quién, en su carrera, no quiere llegar a lo más alto? Usted, Elvira, nos consta —dijo mirando a Freixido—, lo quiere todo en su profesión ¿Me equivoco? —sin esperar respuesta prosiguió— Nosotros nos ocuparemos de ello, de que usted llegue a lo más alto. Tendrá primicias, exclusivas, entrevistas, facilidades con las editoriales… Todo eso lo tendrá ¿A cambio de qué? Se preguntará. Ya se lo digo: a cambio de información y de hacer para nosotros cosas que no podemos hacer, por ejemplo, poner en suerte a un hombre al que no podemos llegar, pero con su ayuda… Con su ayuda lo tendremos.

»Iba a protestar  cuando Luisa, en perfecta coordinación con su compañero, intervino sin darme tiempo a abrir la boca:

»—Hazle caso, te conviene, ya lo creo que te conviene; de lo contrario… Y no temas por los escrúpulos, esos los tenemos todos, ¿verdad Freixido?, pero luego se van. Además, por si te tranquiliza, alguien tiene que engrasar la máquina para que funcione.

 

—No te puedo decir ahora, créeme, si fue el miedo a sus amenazas o la ceguera de la ambición…

—¿No serían ambas cosas? —le pregunté conmocionado y por decir algo.

—Sí, claro, sería por ambas cosas, el caso es que me rendí y les dije que colaboraría con ellos.

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Poner en suerte

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Pablo Picasso. “La Tauromaquia”

»Por las maniobras que hizo, supuse que había cambiado de dirección y luego, por la disminución de la velocidad y el movimiento, tuve la impresión de que entraba en una zona de orografía irregular. El coche paró, se oyó como el arrastrar de una puerta metálica y Freixido lo volvió a poner en marcha. Se oyó un crujir de gravilla y luego el ruido del motor amplificado por un local cerrado. Paró el motor y me dijo que me quitara la capucha.

»—Vaya día de numeritos —le dije mientras miraba lo que era un garaje normal y corriente; un Simca 1200 estaba aparcado al lado del coche de Freixido. Nadie salió a recibirnos.

»—Hay que tomar precauciones, Elvira querida —dijo Freixido con sorna.

»—Ahora me ataréis, me amordazaréis y me inyectaréis una droga —dije sin abandonar el tono humorístico que Freixido pretendía—. Seguro que sale una vieja arpía, rubia con pelo corto y traje sastre gris.

»No, mujer, sólo hablaremos contigo y te haremos una oferta que no podrás rechazar.

»Al fondo había una escalera que ascendía a la planta noble de lo que parecía un chalet; eso lo pensé, porque todo estaba cerrado. Desembocamos en un pasillo y Freixido abrió una puerta doble con cristales esmerilados de color ámbar; apareció ante nosotros un salón con dos sofás de cuero y muebles castellanos.

»—Siéntate —me dijo—; él hizo lo mismo. Sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció. Acepté y nos pusimos a fumar.

»A nuestra espalda, procedente de la puerta por la que habíamos entrado oímos un «Buenas tardes». La voz era grave y de un hombre maduro. Me volví inquieta y curiosa; Freixido ni se movió.

»—Ante todo —dijo dirigiéndose a mí— perdone por las formas un tanto rocambolescas; espero que no le hayan resultado demasiado incómodas.

»Los modales del hombre, de entre cincuenta y sesenta años, eran ceremoniosos y educados; la voz, bien timbrada, hacía que no me pareciera ofensiva la situación. De todos modos, dije:

»—Incómodas, no. Si consideramos que llevo todo el día de un lado a otro, conociendo gente con la que no contaba y que, finalmente, Freixido me ha raptado y traído a un lugar desconocido, incómoda, lo que se dice incómoda, no estoy.

»El hombre abrió un mueble-bar y nos ofreció de beber. No tenía precisamente muchas ganas, pero la situación requería un buen trago. Freixido señaló una botella de Martell y el hombre sacó la botella y tras copas.

»—Permita que me presente. Me llamo Artaza, Braulio Artaza, y no le digo para lo que guste porque comprendo que la situación no lo requiere. Y si le parece, para qué perder el tiempo, iremos al grano.

»Aquel “iremos” me pareció cómico y mayestático; Freixido pasó a ser un convidado de piedra y yo no tenía opción alguna.

»—Lo primero que le diré será el motivo por el que ha sido convocada —sonrió levemente sin permitirse el recochineo—; necesitamos su ayuda para una misión delicada, una mediación.

»Artaza cabeceó, chasqueó la lengua y él mismo se corrigió:

»—Mediación, mediación… en realidad es otra cosa, digamos, en términos taurinos, poner en suerte ¿Sabe usted lo que es poner en suerte?

»Como se quedó en suspenso y mirándome fijamente me vi en la obligación de responder.

»—No, la verdad es que no; lo he oído decir, pero no he prestado atención.

»—Pues verá, se trata de colocar al toro en los terrenos propicios a lo largo de las diferentes suertes de la lidia: ante el picador, el banderillero, y la suerte culminante: ante el matador cuando entra a matar. Algo de eso hará usted.

»—¿Me van a poner ante un toro?

»—No, ante un toro no; ante un hombre.