La ciudad entre dos luces

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Leyendas de Toledo. Calle Hombre de Palo

Se volvió hacia mí, y al reconocerme sonrió con toda la cara.

—¿Qué si me gusta? Mucho, pero no tengo plata.

Tuve que pensar rápido porque mi intención era ganármela sin ofender su amor propio. Si algo he aprendido por ahí es a distinguir la necesidad y la dignidad, a caer en la cuenta de que hay quien no acepta la caridad y no es fácil de convencer de la diferencia entre el regalo y la limosna.

»Valentina era pobre; a pesar del lugar que ocupaba al lado de la niña, no tenía una vida regalada. La patrona la podía hacer el obsequio que quisiera sin lugar a la ofensa, porque era la patrona; pero yo era una invitada extranjera que no gozaba de ningún estatus que justificara tal regalo. Pero los ojos se le iban detrás de la prenda.

—Es una lástima porque luciría muy bien si la llevaras puesta —le dije.

»Me miró con algo parecido a la gratitud, pero no quise precipitarme.

—A mí también me gusta —proseguí—, pero creo que se me ajustaría demasiado, ya ves que soy algo grande, aunque, bien mirado, la voy a comprar con una condición.

—¿Cuál? —me preguntó como si fuera una niña.

—Que si me viene muy justa te la quedas tú.

»Estoy convencida de que se dio cuenta de la jugada porque se negó en redondo. Creo que, además, operaba el miedo de no poder justificar la adquisición salvo que confesara que se la había comprado yo.

»Por un momento creí que se iría y me quedaría sin su testimonio, lo que no pude calcular, y por ello evitar la sorpresa, fue que ella tenía ganas de hablar, de contar, siempre, me dijo después, que lo que dijera no la señalara a ella. De ello inferí que así vengaba la muerte del padre de su hijo.

»Y por ese pasado, porque en la montaña siempre está el diablo que te ofrece riqueza, poder y dominio, ahora nos vemos en este pequeño y confortable exilio. Te contaría más aventuras, pero te aburriría y de paso yo también; no creo que te interese conocer una a una a una tal colección de anécdotas, siendo que esta historia de la niña y el Flaco tiene la virtud de ser modelo de una parte de mi vida, la que no conoces, y sin embargo mantienes hacia mí una fidelidad perruna, que no veas cómo te agradezco. Pero, ahora sí, va siendo hora de terminar.

Hasta aquí he llegado, me dijo o me dice, que ya no sé el tiempo en que vivo. Supongo que todo lo haría por bien, como se suele decir, pero voy convenciéndome de que Elvira tiene un lado —¿Quién no lo tiene?— perverso. Porque bien mirado ella participa en jugadas y traiciones. No es la primera que juega con el amor al poner en marcha sus maquinaciones, lo cual lleva necesariamente a la traición, aunque por otra parte, tampoco parece desatinado pensar que aquellos a quienes se engaña en este juego necesariamente tendrán que estar avisados y puestos en guardia ante aproximaciones tan interesadas, sobre todo cuando tienen algo que guardar, defender, proteger o esconder, eso ellos lo saben, pero está la confianza o bajar la guardia porque así es la vida y por eso hay quien supera las defensas por muy bien que estén construidas y dispuestas.

Me dijo que esa franqueza —bien administrada por cierto— me la debía porque a la fuerza me tenía que seguir utilizando, a lo que le dije que los que aman saben que la predisposición y la entrega llevan precisamente a eso, a ser instrumentos, pero en ese punto se distingue entre el amado que también ama, aunque no sea tanto, y el lerdo aprovechado y manipulador. Y tú, querida, le dije, eres de los primeros porque eso se siente, y yo lo siento.

No obstante lo dicho, apenas veo la necesidad de continuar con una historia que no es de aventuras, cuando lo que me mueve a escribir es ese palpitar que justifica el vivir.

A esta conclusión llegué, en parte motu proprio y en parte motivado por la crítica mordaz de la siempre inteligente Elvira, que intervino por fin en el diálogo para hacerme notar que no está mal como divertimento hilvanar unas historias con otras con el objeto de divertir. «Y no es poco», le dije, pero a esto contestó que nada de lo dicho deja ver la verdadera historia. «Pero a eso nunca llegarás», le dije incómodo por su acerada crítica que, aunque no lo expresaba, venía a decirme: «Bien, ya lo he leído, y no creo que esto merezca mayor crédito que cualquier libelo o folletín; con cierto orden, eso sí» «¿Pero no te parece válido?», le pregunté temeroso de su respuesta. «Válido, válido… A ver, ¿qué quieres demostrar con todo esto?», me preguntó.

La verdad es que llegados a este punto tendría que releer lo escrito —hay pasajes que apenas recuerdo— para poder refutarla. Cierto que su objeción apunta al meollo de la cuestión: ¿Qué tiene de verdad lo que cuento? Creo que ya he hablado de esto, aunque no contaba con estas objeciones o algo más. Y no haré como Unamuno en Niebla, no la mandaré callar, tampoco le recordaré la posición de cada uno, y menos reproduciré conversación tan absurda, que bien sé yo de la carnalidad de Elvira. Pero, con todo, estuvo terminante y convincente.

—Esto acaba Luis, hay límites, y, amigo, esto nuestro, me refiero a tanto hablar de nosotros, se ha agotado; no sigas, no hay más, cariño ¿Qué te parece si nos cogemos de la mano y nos vamos a dar un paseo, ahora que cae la tarde, y disfrutamos de la ciudad entre dos luces?

Guadalupe Asensio

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Remedios Varo, “Visita inesperada” (1958)

—¿Entonces el coronel?

—Entonces el coronel se imaginó algo; no en detalle, pero intuyó que algo se cocía y le podía reportar algún beneficio. Pidió dinero y el narco dijo que no era cosa suya. Mis jefes, eso lo supongo, pensarían que el trabajo estaba hecho y que el presupuesto no estaba para estirarse demasiado. Fuera como fuera, el coronel aprovechó que la DEA necesitaba apuntarse un tanto en la frontera y les proporcionó detalles del tinglado del Flaco, montaron un operativo y atacaron la hacienda. El coronel en persona, en presencia de la madre y el hijo, descargó un revólver en la cabeza del Flaco. En el informe dijo que el Flaco trataba de huir esgrimiendo un arma.

»Así que, al parecer, la viuda me la juró y ahora viene el hijo a cumplir la venganza.

A Luis se le escapó la pregunta:

—¿Y aquí tú crees que estamos seguros?

—Hombre, tanto como creer… Se supone que andan despistados y que los de Eugenia se encargarán de despistarlos con una pista falsa, al menos eso me dijo; incluso de hacerles ver que este no es su terreno y que lo mejor que pueden hacer es largarse. Mientras tanto habrá que vivir con ese temor.

—Entonces, si concretamos, Luisa, Braulio Artaza y Freixido te reclutan y te meten en esa boca de lobo, y tú te las compones para tomar contacto con el refugiado y protegido por un narco para convertirlo en topo, y en estas aparece un coronel que quiere sacar tajada, pero como no lo consigue implica a la DEA, que a su vez necesita apuntarse un tanto. Matan al Flaco Bernal delante de su mujer y su hijo, quienes te culpan de su desgracia y juran venganza. Y ahora, al cabo de los años, cuando el niño ya es todo un hombre y todo un narco, quiere tomar venganza en tu persona. Ah, y menos mal que tus antiguos jefes descubren su movimiento y te ponen sobre aviso, a su manera te protegen… Y digo yo, ¿qué vas a dejar para tu novela negra?

Entonces Elvira se puso en plan irónico y mordaz.

—Bueno, mi vida, al fin y al cabo fue una de mis aventuras ¿Cómo te diría? Menos enjundiosa y por lo tanto de menor peligro. Más de uno me la tiene que tener jurada, así que apenas me preocupo, porque si lo hiciera estaría en un sinvivir. Por eso te digo que hagas lo mismo que yo ¿No querías saber? ¿Te cuento los pormenores?

—No mujer ¿Para qué saber los detalles?, tampoco se trata de que cada episodio se convierta en una novela, con el riesgo de caer en la anécdota y el lugar común. Aunque me gustaría pregúntate por los motivos que atribuyes a la viuda para buscarte con tales pretensiones.

—Pues verás, la viuda se llama Guadalupe Asensio, de padre español y madre mejicana.

La oferta

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Adolphe Appia, Boceto.

»Aquello me dejó helada: se intensificaron las sensaciones desagradables: frío, olor a cerrado, silencio ¿Qué pretendían?

»—Freixido —exigí sin convicción a quien veía tan sumiso y callado— ¡Ya está bien la broma; llévame a casa!

»—No, querida Elvira, no es una broma —el tal Artaza cambió el tono de su voz para hacerlo más severo—; esto es muy serio ¿Verdad Luisa?

»Otro número, otro golpe de efecto; no sería una broma, pero Luisa tuvo una aparición teatrera. Entró en escena a la voz de Artaza. Desde el pasillo y ya en la puerta, a mi espalda, se le oyó decir:

»—Muy, pero que muy serio, querida; y no te puedes negar.

»Me puse de pie, me giré, me acerqué a ella para estar a su altura, ensayé un contoneo con la copa en la mano, levanté la voz:

»—¿Por qué? ¿Qué me vais a hacer? ¿Acaso matarme o hacerme desaparecer?

»—No, mujer, no… Díselo, Braulio —dijo con una sonrisa no niego que encantadora.

El interpelado carraspeó ligeramente:

»—A esta hora, como sabes, en Miraflores está tu amigo Álvarez con dos de nuestras colaboradoras. Si todo va como pensamos, se sentirá un hombre feliz y afortunado, incapaz de imaginar lo que lo espera si tú no colaboras…

»—Así que, por su bien y el tuyo, mona —prosiguió Luisa—, harás lo que te digamos ¿Cómo sabremos que cumplirás? Muy sencillo, si no te lo ha dicho Braulio, te lo digo yo, te vamos a hacer una oferta que no podrás rechazar; vas a vender tu alma al diablo, ya lo verás… Adelante, Braulio.

»Luisa estaba dando toda una lección de dominio escénico: dura, suave, persuasiva, sarcástica y, sobre todo, convincente; no me cupo la menor duda de que iba en serio. El tal Braulio volvió a llenar las copas y se sentó en el sillón que estaba libre.

»—¿Quién no es ambicioso? ¿Quién, en su carrera, no quiere llegar a lo más alto? Usted, Elvira, nos consta —dijo mirando a Freixido—, lo quiere todo en su profesión ¿Me equivoco? —sin esperar respuesta prosiguió— Nosotros nos ocuparemos de ello, de que usted llegue a lo más alto. Tendrá primicias, exclusivas, entrevistas, facilidades con las editoriales… Todo eso lo tendrá ¿A cambio de qué? Se preguntará. Ya se lo digo: a cambio de información y de hacer para nosotros cosas que no podemos hacer, por ejemplo, poner en suerte a un hombre al que no podemos llegar, pero con su ayuda… Con su ayuda lo tendremos.

»Iba a protestar  cuando Luisa, en perfecta coordinación con su compañero, intervino sin darme tiempo a abrir la boca:

»—Hazle caso, te conviene, ya lo creo que te conviene; de lo contrario… Y no temas por los escrúpulos, esos los tenemos todos, ¿verdad Freixido?, pero luego se van. Además, por si te tranquiliza, alguien tiene que engrasar la máquina para que funcione.

 

—No te puedo decir ahora, créeme, si fue el miedo a sus amenazas o la ceguera de la ambición…

—¿No serían ambas cosas? —le pregunté conmocionado y por decir algo.

—Sí, claro, sería por ambas cosas, el caso es que me rendí y les dije que colaboraría con ellos.

Poner en suerte

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Pablo Picasso. “La Tauromaquia”

»Por las maniobras que hizo, supuse que había cambiado de dirección y luego, por la disminución de la velocidad y el movimiento, tuve la impresión de que entraba en una zona de orografía irregular. El coche paró, se oyó como el arrastrar de una puerta metálica y Freixido lo volvió a poner en marcha. Se oyó un crujir de gravilla y luego el ruido del motor amplificado por un local cerrado. Paró el motor y me dijo que me quitara la capucha.

»—Vaya día de numeritos —le dije mientras miraba lo que era un garaje normal y corriente; un Simca 1200 estaba aparcado al lado del coche de Freixido. Nadie salió a recibirnos.

»—Hay que tomar precauciones, Elvira querida —dijo Freixido con sorna.

»—Ahora me ataréis, me amordazaréis y me inyectaréis una droga —dije sin abandonar el tono humorístico que Freixido pretendía—. Seguro que sale una vieja arpía, rubia con pelo corto y traje sastre gris.

»No, mujer, sólo hablaremos contigo y te haremos una oferta que no podrás rechazar.

»Al fondo había una escalera que ascendía a la planta noble de lo que parecía un chalet; eso lo pensé, porque todo estaba cerrado. Desembocamos en un pasillo y Freixido abrió una puerta doble con cristales esmerilados de color ámbar; apareció ante nosotros un salón con dos sofás de cuero y muebles castellanos.

»—Siéntate —me dijo—; él hizo lo mismo. Sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció. Acepté y nos pusimos a fumar.

»A nuestra espalda, procedente de la puerta por la que habíamos entrado oímos un «Buenas tardes». La voz era grave y de un hombre maduro. Me volví inquieta y curiosa; Freixido ni se movió.

»—Ante todo —dijo dirigiéndose a mí— perdone por las formas un tanto rocambolescas; espero que no le hayan resultado demasiado incómodas.

»Los modales del hombre, de entre cincuenta y sesenta años, eran ceremoniosos y educados; la voz, bien timbrada, hacía que no me pareciera ofensiva la situación. De todos modos, dije:

»—Incómodas, no. Si consideramos que llevo todo el día de un lado a otro, conociendo gente con la que no contaba y que, finalmente, Freixido me ha raptado y traído a un lugar desconocido, incómoda, lo que se dice incómoda, no estoy.

»El hombre abrió un mueble-bar y nos ofreció de beber. No tenía precisamente muchas ganas, pero la situación requería un buen trago. Freixido señaló una botella de Martell y el hombre sacó la botella y tras copas.

»—Permita que me presente. Me llamo Artaza, Braulio Artaza, y no le digo para lo que guste porque comprendo que la situación no lo requiere. Y si le parece, para qué perder el tiempo, iremos al grano.

»Aquel “iremos” me pareció cómico y mayestático; Freixido pasó a ser un convidado de piedra y yo no tenía opción alguna.

»—Lo primero que le diré será el motivo por el que ha sido convocada —sonrió levemente sin permitirse el recochineo—; necesitamos su ayuda para una misión delicada, una mediación.

»Artaza cabeceó, chasqueó la lengua y él mismo se corrigió:

»—Mediación, mediación… en realidad es otra cosa, digamos, en términos taurinos, poner en suerte ¿Sabe usted lo que es poner en suerte?

»Como se quedó en suspenso y mirándome fijamente me vi en la obligación de responder.

»—No, la verdad es que no; lo he oído decir, pero no he prestado atención.

»—Pues verá, se trata de colocar al toro en los terrenos propicios a lo largo de las diferentes suertes de la lidia: ante el picador, el banderillero, y la suerte culminante: ante el matador cuando entra a matar. Algo de eso hará usted.

»—¿Me van a poner ante un toro?

»—No, ante un toro no; ante un hombre.