Aitor

Hay un punto en el que el narrador siente la tentación –a veces se ve forzado- de dar carta de verdad a lo que cuenta, de recibir la aprobación de la historia, de establecer una minuciosa relación causa-efecto que dé razón de lo contado. Como parece natural, dispone de los caracteres y biografías de los personajes, también tiene noticia de las peripecias que les acontecen; y lo más importante, puede penetrar en sus conciencias, recuerdos, presentimientos y sentimientos; sabe si mienten o dicen la verdad, si aman u odian. Hay ocasiones en las que renuncia a ese privilegio y sólo recoge fragmentos, a veces inconexos, de una historia amplia y larga. Esos fragmentos son como piezas de rompecabezas; en alguna ocasión los dispone y ordena para que se vea bien el mapa o el tigre de Bengala; en otras, los tira así, a la pata la llana, para pasar al lector la responsabilidad de poner orden en la narración. Pero, ¿cómo no usar todo lo que se sabe?

Para doña Rosa, la salida de la tarde era todo un acontecimiento. La cotidianidad y repetición no eran obstáculo para que viviera cada salida como un estreno aunque no pasara por alto el previo sometimiento a la más rigurosa rutina. Comprobar que las cortinas que velaban del sol y la claridad excesiva el despacho de Raimundo estaban echadas. No importaba que Amelia, una vez a la semana, después de pasar el plumero o hacer una limpieza más a fondo, lo dejara como a doña Rosa le gustaba; así, el despacho quedaba clausurado de semana en semana. Antes, en vida de él, acudía solícita por si necesitaba algo, bueno, él y otros como él, que pasaban las horas entre libros y humo, tardes enteras discutiendo sobre tal o cual palabra. Pero no era falta de interés lo que la alejaba del despacho, tampoco incomodaba a los contertulios; es que el tema se le iba de las manos y prefería dejarlos solos con sus debates. Cuántas veces diría, reunida con las amigas, que sí, que muy bien, que muy enteradas de las novedades y chismes; de amores y desamores, pero hijas, todas unas verdaderas burras. Mirad Amelia, la chica, tarde o temprano me dejará ¿Sabéis por qué? Porque se ha empeñado en acabar el bachillerato y después hacerse maestra; y acabará la carrera ¡Vaya si la acabará! Y yo la animo; le digo, hija di que sí; mira nosotras: muy estiraditas, muy puestecitas en asuntos de moda; somos expertas en servir un té o un cóctel; qué ponernos por la mañana, la tarde o la noche, pero no creas que si me preguntas dónde está esa Laponia de la que hablan te lo voy a saber decir. Así que, aplícate y estudia. Terminaba su rutina comprobando si las luces estaban apagadas, cerrados el gas y los grifos del agua, bajada la tabla del inodoro y estiradas las camas. Antes, cuando salía con don Raimundo, éste le decía que no era necesaria tanta precaución, que si algo no estaba normal ya se habrían dado cuenta, a lo que doña Rosa invariablemente respondía que nunca se sabe lo que puede pasar ¿Y si, por cualquier circunstancia, nos tienen que traer? Pero ahora ardía en ascuas por conocer la última hora de los amores de Consuelito Revuelta, mira que a estas alturas.

Cuando comprobó que todo estaba en orden, salió, cerró la puerta, bajó con cuidado las cuatro plantas y salió a la calle contenta, como si la hubieran puesto para ella.

Aitor entró en el bar campechano y sonriente. Quien lo viera carecería de motivos para pensar que hacía unos pocos minutos había pasado por una tribulación de las que hacen mella. Fue directo hacia Amelia, a la que se le iluminaron los ojos como si fueran ascuas, dio un salto de alegría y lo recibió con un beso breve pero intenso, que Paco presenció circunspecto. Amelia hizo las presentaciones. El camarero se acercó por si necesitaban algo. Pidieron una caña para Aitor y otra para Paco; Amelia dijo que con una le bastaba. Paco intentó incluir a Aitor en la conversación que mantenía con Amelia, pero éste, cuando Paco se dirigió a él, dijo con franqueza que esas cosas le resultaban muy complicadas, que lo suyo eran los motores y todo lo que tuviera relación con ellos. Entonces eres mecánico, preguntó Paco, Sí, y de los buenos, contestó Aitor; trabajo en la Peugeot, bueno, en un concesionario; tú me das cualquier coche y te lo reparo; cualquier avería mecánica o eléctrica, que bien me fijo en lo que hacen los electricistas, y si hace falta, me pongo con ellos ¿Qué coche tienes?, Un Renault, un Megane diésel; lo compré hace unos siete años, y va bastante bien. Aitor le dijo que no tuviera problemas, a cualquier pega se lo dices a Amelia y yo te lo arreglo. Y el fútbol, ¿te gusta el fútbol? que yo sé que los que os dedicáis a las letras, a la cultura y eso, os gusta poco, Bueno, le contestó Paco, no siempre es así; a mí, por ejemplo, me gusta, y a muchos más, no creas; yo soy del Atleti, Del Atleti, preguntó Aitor; toma, y yo también, y levantó el vaso para chocarlo… Del Atleti… entonces eres sufridor, como yo; ahora que con el Cholo… Yo no me acuerdo porque era pequeño, pero dice mi padre que cuando el triplete, el Cholo marcó a gatas un gol que le hacía falta al Atleti; grande el Cholo, ¿a que sí? Sí, claro, contestó Paco; es un ganador, y eso ayuda…