LA SENDA HACIA LO DIÁFANO, de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

La senda hacia lo diáfano

“La naturaleza es el arte primigenio”, escribe Isabel Fernández Bernaldo de Quirós en el breve proemio que da comienzo a su obra, La senda hacia lo diáfano, cuestión que nos lleva a pensar en el ‘artista’, en el poeta, que, desde su condición humana, mira, interpreta y transforma lo dado y existente, y lo convierte en objeto artístico, en senda, estética, por la que llegar a la claridad perfecta.

Así, Isabel Fernández Bernaldo de Quirós dice:

 

En la senda hacia lo diáfano

que ampara la Naturaleza,

el poeta escribe salmos…

 

Isabel Fernández Bernaldo de Quirós no nos conduce por caminos fastuosos nacidos de la fantasía; al contrario, nos guía por lo pequeño, lo cotidiano, lo que se nos muestra día a día, o podemos ver desde la ventana porque lo tenemos al alcance de la mano. La araña, el quejigo, el corzo, la espiga, la libélula, las nubes; el mar, bravo o en calma, la lenta marcha de las dunas:

 

La duna es nómada

que vaga libre por sus espacios…

 

Pero la poeta no se conforma con la simple contemplación; al contrario, se implica y funde con la naturaleza a la que canta:

 

Vuelo ligera como semilla de vilano…

 

También hay alarma y temor en sus versos; clamor y denuncia ante el destrozo que venimos haciendo, sin dejar por ello la confianza en el ser humano: “Pero también hay una humanidad que hila e hila…”.

 

La senda hacia lo diáfano es, en orden temporal, el cuarto poemario publicado por Isabel Fernández Bernaldo de Quirós. Leyéndola recorremos esa senda hacia la claridad, tan necesaria, y lo hacemos con emoción contenida; no encontraremos en su obra fanfarrias y desbordes emocionales, sino la palabra cuidada, incluso estricta en su significado y sentido, y por ello lista para disfrutarla en todas sus posibilidades. Isabel Fernández Bernaldo de Quirós nos lleva por el poema hasta su remate, donde nos sorprende con versos breves a modo de sentencias que condensan su decir.

No leemos poesía para matar el tiempo. El poeta, como el músico o el pintor, vive una agonía íntima con la materia, con la palabra, la convierte en vida activa, y nos enseña a mirar el mundo más allá de lo contingente y efímero. A la poesía hay que darle su tiempo, de modo que nos pille abiertos para que nos penetre, pues leerla no es otra cosa que relación íntima con el yo del poeta.

42518874_335817633651839_7455081761404354560_n

Isabel Fernández Bernaldo de Quirós da cuenta de su amor por un todo que desgrana en su madura poesía. Por eso recomiendo su lectura.

Sobre el libro: La senda hacia lo diáfano. Isabel Fernández Bernaldo de Quirós. Ediciones Vitruvio. Madrid, 2018.

Anuncios

Historia de una novela

Andaba con Carmen. Como siempre, nuestro paso estaba a medio camino entre la marcha y el paseo, una manera de conciliar el movimiento y la conversación, de acompasar los pasos con las palabras. Le hablé de la idea que rondaba por mi cabeza: escribir otra novela; ella sonrió escéptica. La protagonista será una mujer, le dije, y será ella la que cuente, añadí. No creas que es fácil, me advirtió; no creas que lo sabéis todo de nosotras; hay sensibilidades y secretos recónditos que, seguro, los hombres no sabéis advertir. Asumiré el riesgo, tiraré de mi lado femenino, además cuento con tu ayuda, le dije. Le expuse la idea que me andaba rondando, en fin, el asunto, algo de su desarrollo, el conflicto y el final, con caídas y mejoras, vamos, nada rupturista; una novela, eso sí, con atención especial al lenguaje. Seguimos la conversación, pensamos en alguno de los personajes, los nombres —de todos es conocida su importancia—, los lugares, el tiempo; encontramos conocidos por el camino, que si no llueve, con la falta que hace; y pasamos a otros asuntos.

 

 

Cuidado con la autocensura

Hace unos días asistí a la presentación de una novela. Hablando de su obra, la novelista confesó que había tenido que trabajar duramente para dar con un léxico y una sintaxis que no desvirtuaran el tono de la obra (La acción transcurre en una cárcel) y al tiempo ‘suavizar’ en lo posible los estilos y registros del lenguaje.

No he leído la novela (la tengo en cola de lectura) y no le pregunté por ello (tampoco los demás lo hicieron), aunque, supongo, lo haría por quitar protagonismo al habla en beneficio de la trama; no quiero pensar (quizá se lo pregunte si tengo ocasión) que lo hiciera para evitar herir la supuesta sensibilidad del lector, habida cuenta del creciente temor que se viene instalando merced  a las manifestadas peticiones, cuando no exigencias, en cuanto a quitar o prohibir palabras, situaciones, escenas o imágenes cuyo contenido hiera la sensibilidad de lectores o espectadores, o les incomoden con una concepción de la vida que no es la suya. Como muestra tenemos la petición realizada por una vecina de Nueva York a la dirección del Metropolitan (Met), y que pretendía alcanzar las 9.000 firmas, para que retirara de la exposición la obra “Teresa soñando”, de Balthazar Klossowski (Balthus),  porque “El Met está, tal vez sin intención, respaldando el voyerismo y la cosificación de los niños”, según ella. La dirección se negó; hizo bien.

Y esto viene a cuento porque uno, sin apenas darse cuenta, por no molestar, por agradar, por caer bien, puede caer en la autocensura: en evitar palabras, situaciones, escenas, comportamientos o reacciones polémicas que el arte muestra y pone en juego con el fin, entre otros, de aproximarse a la verdad y la belleza, y también, y no menos importante, dar salida y expresión a lo que de otra forma no se sabe decir ni representar.

Creo que hay que estar muy atentos, y ser muy finos en el análisis, para encarar esta ola de puritanismo que supone una amenaza muy seria para nuestra forma de vida, para la libertad de expresión y creación; no podemos permitir que desde las redes sociales, magnífico instrumento por otra parte, con notorio menosprecio de la verdad, se destruyan vidas y reputaciones, porque al final acabaríamos perdiendo todos.

 

Imagen: Teresa soñando (1938), Balthazar Klossowski (Balthus), Met. Nueva York