Ansiedad

El reloj marca las siete y media cuando Aitor baja el capot del coche en el que está trabajando. Recoge la herramienta y corre a los vestuarios. El encargado se sorprende; Aitor no acostumbra a dejar nada pendiente. Mira el móvil y no hay mensajes. Por fin se decide y escribe rápido: “¿Qué coño haces que no me llamas?” Levanta el dedo para pulsar la flechita el tiempo suficiente para arrepentirse. No, eso no, y escribe: “¿Qué haces? Te echo de menos”. Titubea pero al final se decide y lo manda.

El móvil de Amelia, en el bolsillo de la bata, emite la vibración y el sonidito. Pero la bata y la mochila están el cuarto donde se cambia. Friega los cacharros después de echar a doña Rosa en el sofá a que dé una cabezadita.

No hay respuesta inmediata. No hay respuesta. El muchacho toma una ducha que apenas lo relaja. Se pone la ropa de calle y guarda el mono en la mochila; al jefe no le gusta que anden por el taller con el mono tieso de grasa; a él tampoco. Sale y se despide de los compañeros de forma maquinal. Con la cabeza en Amelia, sube al coche y se va despistado. Cuando quiere recordar se ha saltado el semáforo; no presta atención a los pitidos y gestos de los airados conductores. Aparca lejos, al otro lado del parque y lo cruza sin hacer caso de los pájaros, el estanque, los patos, los rosales y las adelfas. Hay niños jugando en los columpios y por encima de las copas de los árboles luce una espléndida puesta de sol. Sube a casa y ella no está. No le extraña; todavía no es la hora. Suelta la mochila, anda de un lado a otro, resopla, enciende un cigarrillo, abre una cerveza. Sale de casa, sale a la calle, se encamina hacia la escuela, se mantendrá sereno, no se la piensa liar, pero, ¿por qué no le contesta? Seguro que ha mirado el móvil, está claro ¿Se habrá molestado? Tampoco es para tanto. Bueno, si quiere estudiar que estudie, pero que no se haga con él la lista; tanto cine, tanto teatro, tanto libro… ¿Para qué saber tanto? Total, para lo que vale ¿No será mejor ser un buen currante? Unas libras en el bolsillo, los colegas, ¿para qué más? Ya lo decía la abuela del Jaro, que se le habían secado los sesos de tanto estudiar.

Llega a la altura del bar, se asoma; no está. Ir o no ir a la escuela, a esperar a la puerta como los novios antiguos. Su abuela contaba cómo se reían de los novios cuando esperaban a la puerta del taller. Los miraban desde las ventanas y los hacían esperar. Fumaban y andaban de arriba abajo, de izquierda a derecha, y tu abuelo, la primera vez que le di permiso para ir a esperarme, estuvo a punto de irse, que se te va, Angelita, que se te va, me dijo la Pura. Ay, Dios mío, con lo que era la Pura y hoy sale a la calle a dar un paseíto agarrada a un taka-taka; yo así no salgo; prefiero quedarme en casa.

Cruza la calle, al fin y al cabo hará lo mismo que hacía su abuelo… ¿Y si sale con el profesor ese? ¿Y si se me cruzan los cables? No se ha percatado de que Paco, el profesor, lo espera en la puerta.

-Te he visto cruzar y me he quedado aquí esperando -le dice Paco a modo de saludo.

-Ah, sí, Paco, el profesor -Aitor se hace el despistado.

-¿No vendrás a buscar a Amelia? Porque no ha venido -Paco lo mira intrigado.

-¿Cómo que no ha venido?

-No, no ha venido; tampoco ha llamado, porque vienes a buscarla, ¿no es así? –pregunta con preocupación.

-Sí, claro –responde Aitor.

¿Y si le ha pasado algo? Es muy extraño; nunca ha faltado –La voz y el rostro de Paco evidencian alarma.

La cabeza de Aitor parece una hormigonera: todo le da vueltas. Mira al profesor, mira al suelo, aprieta los puños, la boca, resopla. Mita a Paco con fijeza. El profesor siente que un escalofrío le recorre el cuerpo de pies a cabeza.

 

 

Anuncios