Paco

Paco, el profesor, se quedó de un aire. Qué le pasa a este chico, se preguntó. No es que se le hubiera ido la preocupación, pero al menos tenía una certeza: el mensaje o lo que fuera era de Amelia.

 

Cuando apareció por la escuela, no pasaba de ser una chica más. Luego, la aplicación y la inquietud; el interés y la voluntad; la pasión y la fe; la admiración hacia el conocimiento; y más aún: unos ojos profundos de color indefinible, la curva perfecta de sus jugosos labios, la piel tersa y delicada: dichosas las manos que te acaricien, la boca que te bese, piensa, y hace por parar. Pero hay noches en las que no acude el sueño; y en la vigilia, la imagen de Amelia, los ojos de Amelia, los labios de Amelia… y el deseo. La inmensa cama. La ausencia de Marga, su hueco: el desamor y el olvido… la infinita soledad; y en esto, Amelia, la obsesión de Amelia, el furioso deseo, tanto, que hay que acudir a íntimos desahogos.

 

Aitor camina deprisa aunque se quiere dar tiempo para pensar. Pero es el ansia de saber, de estar con ella, de decirle, de que ella le diga. Ese tío está por ella, no hay más que verlo, ¿desde cuándo un profe se interesa tanto? Ya es mayorcita. Saca el teléfono, vuelve a mirarlo, vuelve a leer: “Uy!, mi vida, perdona pero se me ha ido el santo al cielo. Ya estoy en casa. Tú dónde estás? Ahora te cuento”.

 

Imagen: René Magritte, Le Visage du génie, 1927, óleo sobre lienzo, Musée d’Ixelles, Bruxelles,

Por amor

Ella lo adoraba.

Guardaba como un tesoro una fotografía suya y todas las noches la miraba con embeleso en la penumbra de su habitación, alumbrada por una lámpara minúscula. Pero él tenía novia, la otra. Todos los días pasaban ante su ventana. Con los ojos brillantes de lágrimas y ensombrecidos por la tristeza los veía a través de los visillos.

(En aquel tiempo la gente estaba muy sola y apenas podía expresar los sentimientos)

Desde muy pequeña había jugado con él, y desde entonces lo amaba con pasión enfermiza; sin embargo, a pesar de todo, no perdía las ganas de vivir; lo adoraba, ¿acaso su felicidad no era suficiente alimento? ¡Qué importa que se case con otra! Lo amo y eso me basta.

Él se casó con la otra y se fueron a vivir a un barrio cercano. Tuvieron dos hijos. Ella quedó de amiga solícita, que cuida a los hijos de los otros cuando van al cine o a cenar fuera, que cuida a los padres viejos; por amor le cambiaba los pañales a su padre.

Pasaron los años sin que ningún detalle, por nimio que fuera, escapara a su escrutinio; hace tiempo que no lo ve feliz; sus ojos han perdido el brillo seductor y las ojeras se hacen más lívidas y profundas. Estudia, espía, observa el tono del habla, las miradas, los gestos… y ve que una sombra espesa se interpone entre la pareja. Intenta sonsacar a la otra.

No es alegría sino tristeza lo que siente cuando ésta le confirma que el desamor se ha instalado en su casa, vamos, que tiene una amante, Y no creo que sea por mi culpa, le dice; al contrario, lo soporta esperando que sea un cansancio pasajero, ese que dicen que tarde o temprano llega. Procura saber lo menos posible, hacer que no se percata de su frialdad o falta de pasión, o los ardores desmesurados y a destiempo; se hace cargo del regreso de la oficina a horas intempestivas, de los cabellos en la camisa y del olor a otro perfume. Fue entonces cuando se constituyó en confidente y pañuelo de lágrimas de su rival. La acompañó y ayudó hasta que se hizo imprescindible. Veía, olía, sorbía las cosas de él; planchaba su ropa; cuando la otra andaba deprimida, hacía la comida; todos los días, a media mañana, preparaba café.

Hoy recorre con pasos cortos y lentos el patio rectangular de altas paredes y alambradas altas. Y él es libre.

 

Publicado en el extinto blog El cuento inacabado bajo el seudónimo de madamebovary