Justicia poética (y 2)

Vestida con telas de alegres colores, perfumada y fresca, una luminosa mañana de marzo salió de su casa balanceando el bolso y cantando una canción suave. Pasó por el estanco, compró cigarrillos y sacó uno del paquete. Al buscar el mechero tropezó con un papel doblado y extraño. Excitada, se sentó en un banco. El corazón se le desbocó a galope. Con manos presurosas y torpes desdobló el papel. Por fin consiguió leer un texto que apuntaba directo al corazón:

Querida mía, aunque tú no lo sepas, no paso un día sin verte. Cuando te siento, el aire se transparenta y las cosas se tornan de brillos y mi corazón tiembla.

Sostenía el papel con mano temblorosa cuando una lágrima resbaló lentamente sobre su acalorada mejilla.

No puedo más, amor mío, muéstrate a mí y apaga esta llama que me consume, por favor ven a buscarme y llévame a tus dominios,

 

escribió con mano insegura sobre una cuartilla inmaculada sobre la que caía la ardiente escarcha de sus lágrimas. Acudió presurosa a las recónditas calles de su secreto. Allí, abrasada de amor depositó su mensaje. La mañana era transparente y tibia, el rocío hermoseaba con diminutas gotas el verdor de la hierba y de las primeras margaritas. El aire tocaba con finos dedos su renovado semblante y hacía ondear sus cabellos como una bandera. Las altas paredes de las estrechas calles se le echaban encima, se le agitaba la respiración y las lágrimas le empañaban los ojos.

Vino la tarde dorada para, luego, cubrirse con una sábana de fina lluvia. La mujer caminaba despacio sin reparar en los adolescentes que la seguían a cierta distancia. Ajena a todo lo que pasaba a su alrededor, concentraba sus sentidos en el deseo de que la hornacina guardara la respuesta deseada, y, en efecto, una nueva cuartilla se desveló doblada en cuatro pliegues. Nerviosa, con el corazón agitado como un pez recién sacado del agua, cogió el papel y buscó la luz mortecina de un farol. Con fruición, devoró el mensaje. De pronto, se le nubló la vista y las piernas se negaron a sostenerla. Agarrándose a las paredes, sollozando, llegó como pudo hasta las escaleras del atrio de Santo Domingo donde rindió sus fuerzas; su cuerpo cayó desmayado sobre los peldaños. El billete, arrugado, se escapó de su mano y fue a caer a un charco. La tarde se perdió entre nubarrones oscuros. El silencio petrificó las figuras y una neblina se extendió sobre la humedad de las calles. Unos pasos lentos anunciaron la aparición de una larga sombra. Era la de un hombre de cabellos largos y rizados, moreno, con levita negra. Se acercó al cuerpo caído, peinó sus cabellos entre sus largos dedos y, despacio, la tomó en sus brazos para perderse por las oscuras sombras de la calle.

 

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Justicia poética (1)

La tarde se deshilaba en fina lluvia que, menuda y ligera, se deslizaba suavemente sobre el paraguas que una mujer sostenía con trémula mano. Las últimas luces se escapaban difuminadas por los rincones más altos de la plaza de Santo Domingo el Real y el tenue fulgor de las primeras farolas caía despacio sobre el brillo empedrado de la calle. La mujer, desde el cobertizo, miraba y miraba hacia el fondo y pensaba que todo había sido una locura, y se sentía ridícula. La plaza poco a poco se sumergía en la humedad de la noche. ‘Ahora no puedo flaquear, no hay nada de malo en todo esto; en cualquier caso es hermoso’ se decía mientras sus piernas temblaban y, no sabía bien por qué, demoraba sus pasos para retrasar en lo posible la cita con su destino.

En el Instituto hablaba de poesía con pasión contenida y sentía el ligero rubor que apenas traslucía el rescoldo que anidaba en su seno. Cuarenta años de sábanas solitarias, noche tras noche deshojaba la flor amarga del desamor.

Le gustaba dar clases al aire libre. Una tarde, en la plaza de Santo Domingo el Real, donde el silencio resuena iluminado por la tenue luz conventual, al pie de la placa de mármol que en su día dedicaron a Bécquer, con suavidad majestuosa desgranaba sus explicaciones, ilustradas por cálidos y encendidos poemas. En el aire flotaban palabras de amor y de misterio.

Solía pasear por las calles solitarias para oír el eco de sus pisadas. Disfrutaba de la soledad sin más compañía que sus pensamientos. Rara vez aparecía por las calles céntricas, sólo cuando se acercaba al teatro.

Una tarde, cuando andaba por los Cobertizos, llamó su atención una hoja blanca de papel que, doblada cuidadosamente, se ofrecía en el hueco de una antigua hornacina. Picada por la curiosidad, tomó y desdobló cuidadosamente lo que parecía un mensaje. La sorpresa se encendió en su rostro para después elevar la mirada a lo largo de las altas paredes y expresar una lejana sonrisa. Y es que, lo que antes llamaríamos billete decía lo siguiente:

Gracias a ti mis solitarios paseos se alejan de la melancolía, y al verte andar por mis calles el espíritu recupera esa alegría que consideraba perdida. Compartimos nuestras pisadas y mis manos acarician lo que tocas. No me conoces, pero algún día, si quieres, mi cuerpo estará contigo aunque ya posees mi alma. Siempre sé dónde estás. Si aceptas mis cartas pronto tendrás de nuevo mis noticias.

No quería tomar en serio tamaña tontería, lo que no le impedía dejar de pensar en ello. Quién será semejante personaje. No es más que una broma de mal gusto. Pero la curiosidad primero, y el deseo después, comenzaron a minar aquella, hasta entonces, despreocupada mente.

Las lluvias y los fríos acompañaban sus atardeceres sombríos. Miraba la hornacina por si hubiera un nuevo billete, una referencia que soplara en el fuego que iba germinando en su corazón aturdido. En clase se distraía. Los alumnos lo notaban. Hasta que una tarde amarilla, la blancura de papel resaltaba como una luz en la hornacina. Las palabras escritas en él soplaban sobre las ascuas avivando promesas de amor y de misterio. El color rosaba sus mejillas y sus ojos recuperaban lejanos brillos. Lo que había sido una mueca pasó a ser un bello resurgir otoñal. A los apagados ojos de mirada esquiva retornó el claro azul con sus brillos juveniles. La blanquecina piel hermoseaba en leves carmines y en dorados tonos y la risa iluminaba la frescura de su boca. A toda carrera, ante tanta mudanza, acudió el deseo. Ya las noches no estaban vacías. Descubrió de nuevo la seda de su piel, la olvidada firmeza de sus pechos, el suave y húmedo calor de sus rincones. La Luna, indiscreta, plateaba su cuerpo desnudo ante el frío balcón.

 

Imagen: Plaza de Santo Domingo el Real, Toledo.

 

Paco

Paco, el profesor, se quedó de un aire. Qué le pasa a este chico, se preguntó. No es que se le hubiera ido la preocupación, pero al menos tenía una certeza: el mensaje o lo que fuera era de Amelia.

 

Cuando apareció por la escuela, no pasaba de ser una chica más. Luego, la aplicación y la inquietud; el interés y la voluntad; la pasión y la fe; la admiración hacia el conocimiento; y más aún: unos ojos profundos de color indefinible, la curva perfecta de sus jugosos labios, la piel tersa y delicada: dichosas las manos que te acaricien, la boca que te bese, piensa, y hace por parar. Pero hay noches en las que no acude el sueño; y en la vigilia, la imagen de Amelia, los ojos de Amelia, los labios de Amelia… y el deseo. La inmensa cama. La ausencia de Marga, su hueco: el desamor y el olvido… la infinita soledad; y en esto, Amelia, la obsesión de Amelia, el furioso deseo, tanto, que hay que acudir a íntimos desahogos.

 

Aitor camina deprisa aunque se quiere dar tiempo para pensar. Pero es el ansia de saber, de estar con ella, de decirle, de que ella le diga. Ese tío está por ella, no hay más que verlo, ¿desde cuándo un profe se interesa tanto? Ya es mayorcita. Saca el teléfono, vuelve a mirarlo, vuelve a leer: “Uy!, mi vida, perdona pero se me ha ido el santo al cielo. Ya estoy en casa. Tú dónde estás? Ahora te cuento”.

 

Imagen: René Magritte, Le Visage du génie, 1927, óleo sobre lienzo, Musée d’Ixelles, Bruxelles,

Por amor

Ella lo adoraba.

Guardaba como un tesoro una fotografía suya y todas las noches la miraba con embeleso en la penumbra de su habitación, alumbrada por una lámpara minúscula. Pero él tenía novia, la otra. Todos los días pasaban ante su ventana. Con los ojos brillantes de lágrimas y ensombrecidos por la tristeza los veía a través de los visillos.

(En aquel tiempo la gente estaba muy sola y apenas podía expresar los sentimientos)

Desde muy pequeña había jugado con él, y desde entonces lo amaba con pasión enfermiza; sin embargo, a pesar de todo, no perdía las ganas de vivir; lo adoraba, ¿acaso su felicidad no era suficiente alimento? ¡Qué importa que se case con otra! Lo amo y eso me basta.

Él se casó con la otra y se fueron a vivir a un barrio cercano. Tuvieron dos hijos. Ella quedó de amiga solícita, que cuida a los hijos de los otros cuando van al cine o a cenar fuera, que cuida a los padres viejos; por amor le cambiaba los pañales a su padre.

Pasaron los años sin que ningún detalle, por nimio que fuera, escapara a su escrutinio; hace tiempo que no lo ve feliz; sus ojos han perdido el brillo seductor y las ojeras se hacen más lívidas y profundas. Estudia, espía, observa el tono del habla, las miradas, los gestos… y ve que una sombra espesa se interpone entre la pareja. Intenta sonsacar a la otra.

No es alegría sino tristeza lo que siente cuando ésta le confirma que el desamor se ha instalado en su casa, vamos, que tiene una amante, Y no creo que sea por mi culpa, le dice; al contrario, lo soporta esperando que sea un cansancio pasajero, ese que dicen que tarde o temprano llega. Procura saber lo menos posible, hacer que no se percata de su frialdad o falta de pasión, o los ardores desmesurados y a destiempo; se hace cargo del regreso de la oficina a horas intempestivas, de los cabellos en la camisa y del olor a otro perfume. Fue entonces cuando se constituyó en confidente y pañuelo de lágrimas de su rival. La acompañó y ayudó hasta que se hizo imprescindible. Veía, olía, sorbía las cosas de él; planchaba su ropa; cuando la otra andaba deprimida, hacía la comida; todos los días, a media mañana, preparaba café.

Hoy recorre con pasos cortos y lentos el patio rectangular de altas paredes y alambradas altas. Y él es libre.

 

Publicado en el extinto blog El cuento inacabado bajo el seudónimo de madamebovary