Celos

El reloj se acerca a las cinco sin que ninguna de las dos parezca tener prisa. En el taller, Aitor mira de vez en cuando el móvil sin que pueda apreciar señal alguna de llamada o mensaje; se ha enfadado, no le cabe la menor duda, pero no tiene por qué. Si no la quisiera le daría lo mismo, bueno, también en lo que sea su chica lo tiene que respetar; pero es que la quiere, de eso no hay duda, y ahora bien lo sabe cuando en su fuero interno crece la sensación de que no es tan suya como cree, de que se puede ir, de que lo puede dejar; entonces… entonces no quiere ni pensarlo.

 

“Mis celos, esos que tanto me atormentaron durante demasiado tiempo, vinieron cuando apareció Aurorita. Y qué mal lo pasé; hoy lo recuerdo y me da pena de mí, de Raimundo, y de ella también; y me da vergüenza porque aún siento el ridículo; pero entonces lo veía todo tan grande; todo lo malinterpretaba según le convenía a la obsesión que me tenía dominada. Porque, mi querida niña, lo peor de las obsesiones, y los celos no son otra cosa, es que te hacen ver las cosas como tú quieres y, aunque parezca mentira, quieres ver lo que en realidad te daña, así que, palabra, acto, mirada, qué sé yo, cualquier cosa, es una prueba fehaciente de que en realidad ocurre lo que crees que ocurre, y no hay nada que te quite del error.

“Aurorita, como comprenderás, hoy es una señora más bien mayor, jubilada, pero entonces era una niña joven, no muy guapa, con unos enormes ojos oscuros y una mirada profunda; pero, con todo, no eran sus cualidades físicas las que mejor la adornaban sino una fina inteligencia y una curiosidad insaciable…

 

Imagen: Fotograma de Ballet Mécanique (1924), Man Ray

El viaje de Carlota

A propósito de la novela El buen soldado, de Ford Madox Ford, José María Guelbenzu escribe en El País de 23 de noviembre de 2016:

“En el mundo de la teoría literaria, a la figura del narrador de esta novela se le conoce como “narrador no fiable”. No se trata de un mentiroso o un tergiversador necesariamente, sino alguien que por su manera de contar, de seleccionar los acontecimientos y por el caprichoso orden en que va ofreciendo sus revelaciones, crea la sospecha, o al menos la incomodidad, en el lector. Una sospecha que la narración no aclara todo lo que debiera aunque el contenido de la misma sí queda expuesto de una manera comprensible.

Los hechos reveladores van apareciendo a conveniencia del narrador, que oculta o desvela según le parece, con saltos atrás y adelante que se atienen al interés del narrador, lo que obliga continuamente a atar cabos y crea el soberbio y terrible clima de tragedia humana que atraviesa la historia”.

 

Doña Rosa eleva la mirada hacia el techo y emite un largo suspiro. Da un pequeño sorbo de la copita de anís y prosigue:

-Ay, hija, perdona si me voy por las ramas, pero no creas que se me ha olvidado lo que te quería decir, lo que pasa es que hay que llegar a ello, y de paso te cuento lo de mi hermana Carlota, ¿te aburro?

-Qué va, doña Rosa; al contrario; a mí me gustan mucho las historias. Si usted viera la cocina de mi abuela; se ponen a contar y no paran. Yo, muchas veces, cuando estoy allí, ni me entero porque no sé de quiénes hablan, muchos ya están muertos o murieron hace muchos años. Hacen lo que nosotras ahora: un pocito de café, y luego, encima, venga chorritos de aguardiente; así hasta las tantas de la noche. Cuando era pequeña, me mandaban a la cama, oye, que está la cativa, decían, pero me quedaba escuchando en lo alto de la escalera. Entonces contaban chistes e historias subidas de tono que yo entendía a medias, y no vea cómo se reían.

-Es que lo de Carlota tiene su gracia. Pues sí, no ibas descaminada. Coincidieron en el portal y el ascensor estaba averiado. Según nos contó Carlota, muerta de risa, el artista se ofreció a subirla en brazos y ella, lejos de incomodarse, le rió la gracia. Así fue como se conocieron y así fue como Carlota, bajo el pretexto de visitarnos, se veía con él, que por cierto no se anduvo por las ramas y le propuso que se fugaran a la manera romántica. Mi hermana aceptó y se fueron a Venezuela, donde encontraron trabajo en una emisora haciendo radioteatro. Después vinieron los culebrones de la televisión y Carlota, ya madura, se especializó en papeles de madrastra, mala, muy mala, y él de padre bondadoso. Ambos, si se terciaba, impostaban el habla de allí, y cuando el papel lo requería, hacían de españoles.

“Claro, mis padres no tuvieron más remedio que aceptar los hechos y, ¿sabes a quién le tocó cuidarlos?

-Esa respuesta sí me la sé; a usted ¿a quién si no?

-Pues eso es. Además, la ruina fue de tal calibre que apenas podíamos contratar a nadie; bueno, miento, alguna aportación hicieron mis hermanos para que viniera una mujer y me ayudara. Así que, ya ves cómo son las cosas, por mucho que te propongas luego salen como a Dios le da a entender. Y ahora sí, ahora te voy a hablar de los celos, de los que yo sufrí sin que nada ni nadie tuviera ninguna culpa.

 

Imagen tomada de Internet

Carlota

Sabes qué es el estraperlo, pregunta doña Rosa, y Amelia, sorprendida, se siente en la obligación de responder.

-No sé, ¿algo así como el contrabando?

-Sí, algo parecido, aunque no es lo mismo comprar de contrabando que de estraperlo; de contrabando podías comprar un capricho y de estraperlo algo necesario, muy necesario, como el pan, pero veo que me voy por las ramas, ¿por dónde iba? Ah, sí, de los celos por los estudios.

“Ya te he dicho que don Raimundo no era el partido que soñaba mi madre, pero bien que se  impuso; no, si luchador y tozudo era un rato. Sacó la carrera con sobresalientes y matrículas, y aprobó a la primera la oposición de adjunto. Con esos títulos se presentó a pedir mi mano, y vaya si lo consiguió. Yo, por mi parte, dije que o me casaba con él o me iba a una misión al África; vieron tal decisión en nosotros, que dieron su brazo a torcer. Porque Raimundo y yo nos queríamos desde niños, bien pronto nos prometimos en secreto, sólo lo sabía mi hermana Carlota.

“Ay, si te cuento lo de mi hermana Carlota -doña Rosa vuelve a llenar las copitas-; menuda campanada -ríe con desenfado-. Resulta que Raimundo y yo vivíamos aquí, en esta casa, y en el tercero había una pensión. Pues bien, en la pensión pasaban temporadas, cuando los contrataban para el Price, unos artistas de variedades: cantaban, tocaban instrumentos musicales y hacían juegos malabares: cosas así; eran tres hermanos: dos chicas y un chico.

“Dio la casualidad de que Carlota, que venía mucho por casa, y a la que no le hacía ninguna gracia la encomienda de mis padres…

-Toma, menuda gracia me habría hecho a mí; me hacen a mí eso y me marcho de casa…

-Sí, hija, si, y harías bien, pero eso lo hacían muchas familias, y lo malo era que la señalada obedecía sin rechistar; y lo que es peor, solían elegir a la que tenían como poco agraciada, como si dijeran, ya que no va a ser fácil casarla, que nos cuide. Y el caso es que Carlota, que no era una belleza de las que se estilaban entonces, alta, huesuda, con la cara un poco larga, era muy elegante y resultaba muy atractiva…

-¿Y qué pasó, doña Rosa? No me lo diga; se conocieron en el ascensor, digo, al artista ese, al hermano, al de la pensión…

-Bueno, algo parecido.

 

En la imagen: Ritratto di Margherita, (1916). Amedeo Modigliani. Tomada de Internet

“¿Tú sabes lo que es el estraperlo?”

Si nos atenemos a la verdad, no podemos afirmar que a doña Rosa le sorprendieron las palabras de Amelia, al fin y al cabo se enfrentaba al eterno problema de la desconfianza y los celos, asunto que, bien mirado, tiene fácil solución cuando responde a los miedos e inseguridades de la gente joven, que en la mayoría de los casos no dejan de tener el efecto de una nube pasajera. Por otra parte, tampoco doña Rosa era propensa a sufrir grandes tragedias, o lo que sería peor, a imaginar con delectación situaciones melodramáticas y, a la vista de Amelia, no le dio por pensar en enfermedades y desgracias, tampoco en un embarazo indeseado. Esto no quiere decir que la curiosidad no la acuciara, sobre todo por el deseo de servir de ayuda a una muchacha de la se había encariñado. Por otra parte, no dejaba de pensar en el ingrato destino que por hache o por be se les asignaba a la mayoría de las mujeres. Como a ella que, viniendo de buena familia, la destinaran al cortejo, bajo el señuelo de ser un buen partido, de algún joven apuesto y necesariamente rico, y para eso no hacían falta estudios, bastaba con una buena educación para saber estar. En su casa las carreras fueron para los hombres: medicina el mayor, la milicia el mediano y el menor, derecho. Pero si su destino era banal, peor era el reservado para su hermana Carlota, nada menos que la soltería y el cuidado de sus padres cuando no se pudieran valer, sobre todo a partir de que la ruina se hiciera patente. Con esos pensamientos en la cabeza, dijo:

-Bueno, niña, esas cosas se pasan; aunque no son buenos los celos. Si son celillos pasajeros, pronto lo sabrás, pero si tu novio es celoso…

-No, doña Rosa, no creo que lo sea -protestó Amelia-; no sé qué le ha pasado.

-Y si está celoso por los estudios -doña Rosa no perdía el hilo de su discurso-, eso, hija, no te voy a engañar, creo que es mala cosa. Mira, yo no soy experta en nada, pero he vivido muchos años, y hay que ser muy fuerte para pasar por ahí.

“Verás, el que yo me casara con Raimundo no fue por gusto de mi familia, porque a pesar de la ruina a la que nos llevó mi padre con su mala vida, mi madre, mis tías y mis hermanos seguían con ínfulas de casa rica. Pero Raimundo no era tan apuesto como querían; y mucho menos rico, porque su madre, Trinidad, era nuestra costurera, viuda de un pobre hombre que murió de tuberculosis en los Jesuitas de Camposancos, donde lo metieron preso al acabar la guerra. Su madre, la de Trinidad, había servido en casa, y la mía presumía de que a Trinidad la había recogido para que ella y su hijo no se murieran de hambre. El caso es que Trinidad llevó a Raimundito y lo dejaban jugar con mi hermana y conmigo; mis hermanos abusaban de él y por eso se refugiaba con nosotras.

“Pero Trinidad era muy guapa y muy lista, y fuera como fuera, conoció a un pez gordo del sindicato, uno que hacía la vista gorda con el estraperlo, y le puso casa y taller, así que se fueron de la nuestra y se estableció por su cuenta. Por cierto, ¿tú sabes lo que es el estraperlo?

 

Sobre la imagen: Fotograma de Surcos, José Antonio Nieves Conde, 1951

Semiótica

La pregunta no coge desprevenida a la joven Amelia, la llevaba esperando toda la mañana, desde que llegó.

La mirada, las palabras, el tono… Hay todo un conjunto de señales para connotar sorpresa, admiración o duda, revelar estados de ánimo, también expectativas. “Las distintas modalidades de la risa, de la sonrisa, del llanto, aunque elementos del paralenguaje, también lo son de la cinésica. En su punto extremo, la investigación sobre las cinésicas altamente culturalizadas llega al estudio de las posiciones defecatorias, de la micción y del coito (y no digamos de las posiciones de los seres en el momento del orgasmo, que no sólo se determina por movimientos fisiológicos, sino que varía según las culturas, como demuestran varios ejemplos de la escultura erótica antigua)”, escribe Umberto Eco en La estructura ausente. Y, aunque no diremos que doña Rosa y Amelia tienen aspecto de semiólogas, es sabido que la cara es el espejo del alma, y se podría añadir que los gestos y movimientos reflejan estados en que ese alma se encuentra; y como las dos tienen ojos y oídos, interpretan lo que oyen y ven.

Doña Rosa se había encerrado en la cocina, pero en el tiempo de los preparativos, cuando aún no se ha encendido la lumbre ni hay riesgo de que se oxiden o resequen los alimentos, con cualquier pretexto, iba junto a Amelia, que si había encontrado la lejía, o la bayeta, como si ella no supiera dónde están las cosas. Doña Rosa se quedaba unos segundos callada y expectante, pero Amelia seguía a lo suyo y no decía nada; así hasta que doña Rosa volvía a la cocina. Pero ahora la pregunta es directa y sí, claro que le pasa algo, y por más que la comida, el vinillo y el anís templen los ánimos, las palabras de Aitor se repiten en su mente como un reloj de repetición.

-Sí, doña Rosa, algo me pasa -con un movimiento mecánico coge la botella de anís y llena de nuevo su copa-. Es por Aitor, que no sé qué mosca le ha picado; creo que está celoso. Pero si no le doy motivos, doña Rosa; vamos, que ni una mirada. La ha tomado con mi profesor porque hablo con él; de las cosas de clase mientras tomamos una cerveza, de eso es lo que hablamos; y de cine, nada más, palabra. Fíjese que ni se me había ocurrido pensar… Y encima me dice que deje la Escuela -da un pequeño sorbo- ¿Usted cree que voy a tener que dejar de estudiar? Con lo que me gusta…

-Ay, hija mía -ahora es doña Rosa quien se llena la copa-, estos hombres… ¿Cuándo van a empezar a cambiar?

Sobre el libro: Umberto Eco, La estructura ausente. Lumen. Barcelona, 1978

Sobre la imagen: Pieter Brueghel el Viejo, La torre de Babel, (1563). Museo de Historia del Arte de Viena. Fuente: Wikipedia.

El ala de un ángel

Hay milagros espectaculares. Los libros sagrados cuentan grandes prodigios con los que admirar y sobrecoger a las gentes. También los hay de andar por casa; pasan desapercibidos pero no por ello dejamos de sentir una sensación placentera; ha pasado un ángel, decimos.

Algo de eso debió pasar en la cocina en la cocina de doña Rosa, porque, si alguno de nosotros tuviera la facultad o posibilidad de observarlas, vería que ese ángel las había tocado con una de sus alas. Doña Rosa sentía a Amelia como la nieta que no tenía y Amelia miraba a doña Rosa como si fuera su abuela adoptiva, aunque bien es esabido que la suya se mantenía firme en la aldea.

Como una cosa lleva a la otra, doña Rosa sacó la botella de anís del Mono, botella que ocupaba un rincón del armario de la cocina, para aromatizar las labores de repostería, decía, pero lo cierto es que en uno de los vasares había unas copitas muy a propósito. Cogió dos y sirvió el licor que, sin demasiados remilgos, se echaron al coleto.

-Ay, mi niña -dijo doña Rosa-, qué envidia de juventud; qué razón tenía el poeta: juventud, divino tesoro… -Y se puso a declamar perdiendo la mirada hacia el techo-. Cuando te miro y te veo tan guapa y tan lozana, con ese ímpetu, me digo: así era yo cuando tenía su edad. Porque, hija, a mí no se me ponía nada por delante ¿Sabes lo peor? Que, como buen partido que era, tenía que prepararme para ser una señorita bien educada; cursi, diría yo… Pero… Amelia, hija, esta mañana me has tenido preocupada ¿Es que te ha pasado algo?

Imagen: Anís del Mono, litografía. Dibujo de Ramón Casas. Badalona. Tomada de Internet.

Sincronismos

Amelia está acabando de pasar la aspiradora. Con mimo ha repasado los sofás, los sillones, las sillas y las alfombras. El trajín y el ruido la distraen. Doña Rosa ha puesto las croquetas a freír; mira al reloj: falta un cuarto de hora para las dos.

“El reloj no es solamente un medio para seguir la marcha de las horas; también es un medio para sincronizar las acciones de los hombres”, escribe David S. Landes en el epígrafe de su obra Revolución en el tiempo. El reloj, efectivamente, marca la pauta del mundo moderno. La oscilación bien puede ser punto de Arquímedes y causa de la generación y propagación de la energía; es también soporte de información y por tanto alma del mundo en que vivimos: todo el sistema se funda y sostiene en el aprovechamiento de la movilidad del electrón; el reloj es el corazón que gobierna y sostiene el sistema bajo el que se organiza el cuerpo social contemporáneo.

Doña Rosa se lava las manos y se quita el mandil. Ha puesto en la mesa mantel y servilletas con labores de Lagartera, platos de La Cartuja y vasos y copas de cristal soplado, pequeños lujos con que dar solemnidad a la mesa. Amelia sale fresca de la ducha y se pone la ropa de calle. Son las dos.

Habérmelo dicho y había puesto yo la mesa, le dice a doña Rosa, Anda, anda, abre tú el vino, que ya no tengo fuerzas, replica ésta.

Dan las dos y el personal sale corriendo: es la hora de comer. Aitor camina solo, Id vosotros delante; ahora os pillo, dice. Saca el móvil del bolsillo y ve que no hay mensajes; él tampoco los ha mandado. Siente el impulso de llamar, de poner un whatsapp, pero al final decide que no, que ya se verán esta noche.

Como si fueran viejas amigas, entre sorbos de vino, dan buena cuenta de las gambas, las croquetas y la ternera.

-Moja, hija, moja, no te dé vergüenza -dice doña Rosa-; la comida es para disfrutarla y no hay que andarse con mojigaterías.

-Ya, doña Rosa, pero mañana rúcula, tomate y lechuga: todo verde y sin calorías.

-Bueno, eso mañana, pero esto hay que acabarlo.

-¿Está todo muy rico, doña Rosa -Amelia se sirve un poco más de vino-; ya me gustaría a mí cocinar así, pero no crea, soy una negada, Fíjese que en casa es Aitor el que cocina.

Doña Rosa coge al vuelo el suspiro que Amelia deja escapar.

-¡Pues ahora viene el postre! ¿A que no sabes qué hay?

-¿Puede ser algo así como tarta de manzana?

-Vaya, vaya, se nota que eres lista ¿Cómo lo has averiguado?

-Pero doña Rosa…

Imagen sacada de Internet