Celos

El reloj se acerca a las cinco sin que ninguna de las dos parezca tener prisa. En el taller, Aitor mira de vez en cuando el móvil sin que pueda apreciar señal alguna de llamada o mensaje; se ha enfadado, no le cabe la menor duda, pero no tiene por qué. Si no la quisiera le daría lo mismo, bueno, también en lo que sea su chica lo tiene que respetar; pero es que la quiere, de eso no hay duda, y ahora bien lo sabe cuando en su fuero interno crece la sensación de que no es tan suya como cree, de que se puede ir, de que lo puede dejar; entonces… entonces no quiere ni pensarlo.

 

“Mis celos, esos que tanto me atormentaron durante demasiado tiempo, vinieron cuando apareció Aurorita. Y qué mal lo pasé; hoy lo recuerdo y me da pena de mí, de Raimundo, y de ella también; y me da vergüenza porque aún siento el ridículo; pero entonces lo veía todo tan grande; todo lo malinterpretaba según le convenía a la obsesión que me tenía dominada. Porque, mi querida niña, lo peor de las obsesiones, y los celos no son otra cosa, es que te hacen ver las cosas como tú quieres y, aunque parezca mentira, quieres ver lo que en realidad te daña, así que, palabra, acto, mirada, qué sé yo, cualquier cosa, es una prueba fehaciente de que en realidad ocurre lo que crees que ocurre, y no hay nada que te quite del error.

“Aurorita, como comprenderás, hoy es una señora más bien mayor, jubilada, pero entonces era una niña joven, no muy guapa, con unos enormes ojos oscuros y una mirada profunda; pero, con todo, no eran sus cualidades físicas las que mejor la adornaban sino una fina inteligencia y una curiosidad insaciable…

 

Imagen: Fotograma de Ballet Mécanique (1924), Man Ray

“¿Tú sabes lo que es el estraperlo?”

Si nos atenemos a la verdad, no podemos afirmar que a doña Rosa le sorprendieron las palabras de Amelia, al fin y al cabo se enfrentaba al eterno problema de la desconfianza y los celos, asunto que, bien mirado, tiene fácil solución cuando responde a los miedos e inseguridades de la gente joven, que en la mayoría de los casos no dejan de tener el efecto de una nube pasajera. Por otra parte, tampoco doña Rosa era propensa a sufrir grandes tragedias, o lo que sería peor, a imaginar con delectación situaciones melodramáticas y, a la vista de Amelia, no le dio por pensar en enfermedades y desgracias, tampoco en un embarazo indeseado. Esto no quiere decir que la curiosidad no la acuciara, sobre todo por el deseo de servir de ayuda a una muchacha de la se había encariñado. Por otra parte, no dejaba de pensar en el ingrato destino que por hache o por be se les asignaba a la mayoría de las mujeres. Como a ella que, viniendo de buena familia, la destinaran al cortejo, bajo el señuelo de ser un buen partido, de algún joven apuesto y necesariamente rico, y para eso no hacían falta estudios, bastaba con una buena educación para saber estar. En su casa las carreras fueron para los hombres: medicina el mayor, la milicia el mediano y el menor, derecho. Pero si su destino era banal, peor era el reservado para su hermana Carlota, nada menos que la soltería y el cuidado de sus padres cuando no se pudieran valer, sobre todo a partir de que la ruina se hiciera patente. Con esos pensamientos en la cabeza, dijo:

-Bueno, niña, esas cosas se pasan; aunque no son buenos los celos. Si son celillos pasajeros, pronto lo sabrás, pero si tu novio es celoso…

-No, doña Rosa, no creo que lo sea -protestó Amelia-; no sé qué le ha pasado.

-Y si está celoso por los estudios -doña Rosa no perdía el hilo de su discurso-, eso, hija, no te voy a engañar, creo que es mala cosa. Mira, yo no soy experta en nada, pero he vivido muchos años, y hay que ser muy fuerte para pasar por ahí.

“Verás, el que yo me casara con Raimundo no fue por gusto de mi familia, porque a pesar de la ruina a la que nos llevó mi padre con su mala vida, mi madre, mis tías y mis hermanos seguían con ínfulas de casa rica. Pero Raimundo no era tan apuesto como querían; y mucho menos rico, porque su madre, Trinidad, era nuestra costurera, viuda de un pobre hombre que murió de tuberculosis en los Jesuitas de Camposancos, donde lo metieron preso al acabar la guerra. Su madre, la de Trinidad, había servido en casa, y la mía presumía de que a Trinidad la había recogido para que ella y su hijo no se murieran de hambre. El caso es que Trinidad llevó a Raimundito y lo dejaban jugar con mi hermana y conmigo; mis hermanos abusaban de él y por eso se refugiaba con nosotras.

“Pero Trinidad era muy guapa y muy lista, y fuera como fuera, conoció a un pez gordo del sindicato, uno que hacía la vista gorda con el estraperlo, y le puso casa y taller, así que se fueron de la nuestra y se estableció por su cuenta. Por cierto, ¿tú sabes lo que es el estraperlo?

 

Sobre la imagen: Fotograma de Surcos, José Antonio Nieves Conde, 1951

Semiótica

La pregunta no coge desprevenida a la joven Amelia, la llevaba esperando toda la mañana, desde que llegó.

La mirada, las palabras, el tono… Hay todo un conjunto de señales para connotar sorpresa, admiración o duda, revelar estados de ánimo, también expectativas. “Las distintas modalidades de la risa, de la sonrisa, del llanto, aunque elementos del paralenguaje, también lo son de la cinésica. En su punto extremo, la investigación sobre las cinésicas altamente culturalizadas llega al estudio de las posiciones defecatorias, de la micción y del coito (y no digamos de las posiciones de los seres en el momento del orgasmo, que no sólo se determina por movimientos fisiológicos, sino que varía según las culturas, como demuestran varios ejemplos de la escultura erótica antigua)”, escribe Umberto Eco en La estructura ausente. Y, aunque no diremos que doña Rosa y Amelia tienen aspecto de semiólogas, es sabido que la cara es el espejo del alma, y se podría añadir que los gestos y movimientos reflejan estados en que ese alma se encuentra; y como las dos tienen ojos y oídos, interpretan lo que oyen y ven.

Doña Rosa se había encerrado en la cocina, pero en el tiempo de los preparativos, cuando aún no se ha encendido la lumbre ni hay riesgo de que se oxiden o resequen los alimentos, con cualquier pretexto, iba junto a Amelia, que si había encontrado la lejía, o la bayeta, como si ella no supiera dónde están las cosas. Doña Rosa se quedaba unos segundos callada y expectante, pero Amelia seguía a lo suyo y no decía nada; así hasta que doña Rosa volvía a la cocina. Pero ahora la pregunta es directa y sí, claro que le pasa algo, y por más que la comida, el vinillo y el anís templen los ánimos, las palabras de Aitor se repiten en su mente como un reloj de repetición.

-Sí, doña Rosa, algo me pasa -con un movimiento mecánico coge la botella de anís y llena de nuevo su copa-. Es por Aitor, que no sé qué mosca le ha picado; creo que está celoso. Pero si no le doy motivos, doña Rosa; vamos, que ni una mirada. La ha tomado con mi profesor porque hablo con él; de las cosas de clase mientras tomamos una cerveza, de eso es lo que hablamos; y de cine, nada más, palabra. Fíjese que ni se me había ocurrido pensar… Y encima me dice que deje la Escuela -da un pequeño sorbo- ¿Usted cree que voy a tener que dejar de estudiar? Con lo que me gusta…

-Ay, hija mía -ahora es doña Rosa quien se llena la copa-, estos hombres… ¿Cuándo van a empezar a cambiar?

Sobre el libro: Umberto Eco, La estructura ausente. Lumen. Barcelona, 1978

Sobre la imagen: Pieter Brueghel el Viejo, La torre de Babel, (1563). Museo de Historia del Arte de Viena. Fuente: Wikipedia.

Sincronismos

Amelia está acabando de pasar la aspiradora. Con mimo ha repasado los sofás, los sillones, las sillas y las alfombras. El trajín y el ruido la distraen. Doña Rosa ha puesto las croquetas a freír; mira al reloj: falta un cuarto de hora para las dos.

“El reloj no es solamente un medio para seguir la marcha de las horas; también es un medio para sincronizar las acciones de los hombres”, escribe David S. Landes en el epígrafe de su obra Revolución en el tiempo. El reloj, efectivamente, marca la pauta del mundo moderno. La oscilación bien puede ser punto de Arquímedes y causa de la generación y propagación de la energía; es también soporte de información y por tanto alma del mundo en que vivimos: todo el sistema se funda y sostiene en el aprovechamiento de la movilidad del electrón; el reloj es el corazón que gobierna y sostiene el sistema bajo el que se organiza el cuerpo social contemporáneo.

Doña Rosa se lava las manos y se quita el mandil. Ha puesto en la mesa mantel y servilletas con labores de Lagartera, platos de La Cartuja y vasos y copas de cristal soplado, pequeños lujos con que dar solemnidad a la mesa. Amelia sale fresca de la ducha y se pone la ropa de calle. Son las dos.

Habérmelo dicho y había puesto yo la mesa, le dice a doña Rosa, Anda, anda, abre tú el vino, que ya no tengo fuerzas, replica ésta.

Dan las dos y el personal sale corriendo: es la hora de comer. Aitor camina solo, Id vosotros delante; ahora os pillo, dice. Saca el móvil del bolsillo y ve que no hay mensajes; él tampoco los ha mandado. Siente el impulso de llamar, de poner un whatsapp, pero al final decide que no, que ya se verán esta noche.

Como si fueran viejas amigas, entre sorbos de vino, dan buena cuenta de las gambas, las croquetas y la ternera.

-Moja, hija, moja, no te dé vergüenza -dice doña Rosa-; la comida es para disfrutarla y no hay que andarse con mojigaterías.

-Ya, doña Rosa, pero mañana rúcula, tomate y lechuga: todo verde y sin calorías.

-Bueno, eso mañana, pero esto hay que acabarlo.

-¿Está todo muy rico, doña Rosa -Amelia se sirve un poco más de vino-; ya me gustaría a mí cocinar así, pero no crea, soy una negada, Fíjese que en casa es Aitor el que cocina.

Doña Rosa coge al vuelo el suspiro que Amelia deja escapar.

-¡Pues ahora viene el postre! ¿A que no sabes qué hay?

-¿Puede ser algo así como tarta de manzana?

-Vaya, vaya, se nota que eres lista ¿Cómo lo has averiguado?

-Pero doña Rosa…

Imagen sacada de Internet

Carrillada de ternera

Amelia entró como un torbellino. Con pasos decididos fue hacia doña Rosa y le estampó dos besos de los que alegran el día: todo era tan igual. Y sin embargo doña Rosa había sorprendido esas ojeras tan hondas, como lo fue su preocupación: nunca la había visto así. Llevó la mochila al cuarto donde se cambiaba, volvió a la cocina y se sentó a la mesa. Doña Rosa no quiso entrar en brusquedades, ya tendría tiempo de verla, observarla, con cualquier pretexto.

Sí, decididamente a esta chica le pasa algo ¿Será mal de amores? ¿Una desavenencia pasajera? A lo mejor un disgustillo de esos que la juventud tanto agranda. Se había afanado para preparar un buen menú: una buena ensalada, croquetas de jamón y gambas al ajillo; y como plato fuerte, carrillada de ternera al chocolate. Amelia se dispuso a prestarle ayuda y la echó de la cocina, Anda, anda, déjame; tú a lo tuyo; si es que me aturullo si hay alguien conmigo.

¿Habrá notado algo? Seguro que sí; menuda facha, le dijo al espejo del lavabo mientras lo limpiaba… Dejar los estudios, ¿por qué? ¿Qué tiene de malo? No, si no pienso dejarlos ¡No pienso dejarlos! Pero él me lo pide; bueno, tanto como pedir… más que un ruego parece una orden. Mira con lo que sale; ahora celoso; vamos, que si alguien me lo dice lo mando bien alto… Bueno, que se preocupe, que sepa lo que valgo. Vuelve a mirarse en el espejo y sorprende una expresión sombría. No, no, qué va, mi Aitor no es como el Artur, ni mucho menos; Hay que ver a la Choni con las gafas de sol… Con lo de siempre, que si se ha caído o se ha dado con una puerta; a ver, qué va a decir. El caso es que llega con el Artur, con las gafas de sol, la chupa de cuero, tan pegada a él, tan cariñosa… Pero a mí no, ni se le ocurra… No, mi Aitor no es de esos; ya se le pasará.

Amelia vierte un buen chorro de lejía con detergente en la taza del inodoro, mira los azulejos, el espejo, los sanitarios, la mampara, el suelo, y les da el visto bueno.

Aquí, en la mesa de la cocina, como si fuera de la familia, ¡cuernos! ¿A quién tengo yo más que a ella? ¿Quién me cuidó cuando la gripe? Y bien atendida que estuve. Porque Gonzalo ni se enteró; cuando me quiso llamar ya estaba mejor y, ¿para qué preocuparle? Está tan lejos… Se hará maestra, y entonces… entonces me quedaré sola del todo, con el cariño que la tengo… ¿Qué le habrá pasado?

Enrique, el carnicero, la deshuesó y limpió, ¿La hago filetes o la troceo? le preguntó y ella le dijo que no, que no pierda el jugo, le dijo. Luego, ya en la cocina, en la olla exprés depositó la carrillada entera, un par de hojas de laurel, una cebolla troceada en cuartos, un pimiento seco, dos o tres dientes de ajo, unos granos de pimienta negra, y añadió agua y un puñado de sal, todo en frío. Cerró la olla y la puso a fuego vivo hasta subir la presión; bajó el fuego a la mitad y la dejó cocer durante media hora. Después, sacó la carne de la olla y la colocó en una fuente. Así hasta el día siguiente.

Doña Rosa trocea la carne y la deposita en una cacerola; aparte, en una sartén sofríe media cebolla picada y tres o cuatro dientes de ajo; luego, añade una cucharadita pequeña de maicena y medio cubito de caldo de carne, Ay, Dios mío, ¿le gustará? Estoy perdiendo la mano, no sé… Ve dorado el sofrito y añade el vaso de vino tinto que había dispuesto; lo mezcla todo, aparta la sartén del fuego y añade el chocolate que previamente ha deshecho en un vaso con el caldo de la carne. Todo lo pasa por la batidora y prueba la salsa. No está nada segura; tiene el mismo miedo de la primera vez, cuando se la hizo a Raimundo y a su madre. Había aprendido con Rosario, la cocinera, ¿por qué nunca conseguiré el gusto que ella le daba? Vierte la salsa en la carne y pone la cacerola en el fuego; antes, espolvorea un poquito de pimienta blanca. A fuego lento y moviendo la cacerola de vez en cuando, está  muy atenta a que la salsa merme hasta encontrar el punto.

CONSOLACIÓN, 1907 Óleo sobre lienzo. Evard

El café de la tarde

Arriba, gandula, dijo Aitor, y saltó de la cama. Amelia se levantó inusualmente despacio y cuando quiso recordar le llegó desde la ducha el canto de su novio. Con menos viveza que de costumbre, se sentó en el inodoro y cerró los ojos. Del inodoro pasó a la ducha, tomó el frasco de gel y se puso a lavarle la espalda, sin embargo no bromeó cuando vio la excitación consecuencia del jugueteo. Solía decir con voz impostada y sorpresa fingida, No, estas no son horas, aunque en ocasiones se apretaba a él. Pero esa mañana no bromeó sino que lo enjuagó con suavidad y le dio un golpecito de cadera como si le dijera, ‘Anda sal, déjame sola’. Desayunaron en silencio, acabó Aitor, salió corriendo, no sin antes decir desde la puerta, Ah, no lo olvides, va en serio lo de la Escuela.

Los pájaros saludaban a la mañana con estrépito, las campanas daban las ocho; el sol la recibió en el portal y la acompañó hasta la boca del metro.

Sacó el libro de la mochila y lo abrió por la página señalada:

“Las lágrimas corrieron por sus mejillas.
Se trataba de caramelos; estaban anunciando caramelos, le dijo a Rezia un ama de cría. Juntas empezaron a deletrear: c…a…r ..
-K … R… —dijo el ama y Septimus la oyó decir «ca erre» junto a su oído, profunda, suavemente, como un órgano suave pero con un tinte de aspereza en la voz, como la de una cigarra”.

Pero lo volvió a cerrar porque nuevamente se sintió perdida. Salió del metro, anduvo y cruzó calles, abrió la puerta y subió las escaleras hasta el Cuarto; el ascensor lucía el eterno cartel de ‘No funciona’.

Al salir de casa, a doña Rosa le asaltó un titubeo: subir paseando por Fuencarral o coger el metro. Tenía tiempo de sobra porque, con el buen tiempo, siempre contaba con la primera opción; acceder por San Onofre, cruzar a la otra acera y mirar escaparates hasta llegar a la puerta del Hospicio, cruzar Barceló y concluir en la Glorieta de Bilbao para acabar recalando en el Comercial, Lo van a cerrar, se rumorea por las mesas. Preguntan a los camareros, pero éstos guardan un silencio discreto. Optó por el paseo y, como casi siempre, pensó en las transformaciones vividas: la joyería de la esquina, la tienda de discos, El Encanto, Mazón… Puntual, siempre puntual, saludando con la sonrisa, la mirada o una leve inclinación de cabeza, pasó a ocupar la mesa que a esa hora y por consenso tácito estaba ocupada por su grupo de amigas; era la de enfrente, según se entraba al salón, bajo los grandes espejos y cerca de los amplios ventanales. Siempre que entra, doña Rosa conserva la imagen del cómico alto, delgado, con gafas metálicas, el traje claro; en la mano, el vaso alto de whisky con hielo; y la joven que, medio escondida, ocupa la mesa adosada a una de las columnas; sobre la mesa, una cantidad ingente de folios escritos y en blanco, y ella, la joven, escribe sin parar. Tampoco olvidaba las veladas de antes, cuando vivía Raimundo, sobre todo porque, a pesar de no ser hombre de grandes salidas, allí se sentía cómodo junto a los colegas y alumnos con los que hacían tertulia.

A Consuelito Revuelta se la veía feliz. El brillo de los ojos y el color de la cara contrastaban con el coqueto descuido indumentario alejado del envarado atildamiento con que hasta no hace mucho se mostraba; desde luego, estaban a la vista los cambios que en Consuelito había operado el amor. Las amigas, ávidas de escuchar el relato con los pormenores de tan notable aventura, fueron obsequiadas con un relato corto y parco en detalles. El enamorado en cuestión era un retirado residente en Galicia que venía a Madrid con alguna frecuencia a casa de su hija. Pasaba unos días, iba al Retiro con los nietos, y aprovechaba para ver alguna exposición y representación teatral. Fue precisamente en una exposición donde se conocieron, una de las temporales del Thyssen, la de Munch titulada Arquetipos. Era una mañana de invierno fría y lluviosa.

Doña Rosa se despidió de sus amigas y se iba a dirigir al metro cuando cambió de idea, hacía una tarde tan espléndida. Cruzó a la otra acera y bajó hacia su casa paseando. Cómo cambian los tiempos, se dijo, mira que esta Consuelito con un amante… hace bien. Pasó ante el moderno Mercado de San Ildefonso y se preguntó qué comida le podía gustar a Amelia; yo creo que le gusta todo, se contestó, no parece melindrosa, le voy a preparar una carrillada de ternera que se va a chupar los dedos, ¿y el vino, le gustará el vino? Porque un poquito no hace daño.

Abrió la puerta con su llave y se intensificó el aroma del café que ya se apreciaba en la escalera. Sorprendió a doña Rosa atareada en la cocina, Venga, hija, suelta la mochila y siéntate, le dijo. Qué le pasará a esta niña, se preguntó, menudas ojeras.

El lector, avispado y atento, apreciará algunos desajustes cronológicos por lo cual pido disculpas, pero así me cuadra mejor el relato. Gracias.

Y mirando por ahí leo que El Comercial ha reabierto sus puertas, dicen que remozado. No he tenido ocasión de ir; “(…) mantiene el latido de su corazón”, dice alguien que trabajó allí.

Imagen:  Consolación, 1907 Óleo sobre lienzo. Edvard Munch, Museo de Munch

Insomnio

Cuando escribo, tengo una forma de saber cuándo estoy inmerso hasta el cuello en el relato. Das vida a unos personajes, los sitúas en una ciudad, en una casa; les atribuyes tipo, facciones, edad, profesión, si la ejercen o hacen otra cosa, o nada destacable; amistades, amores y gustos; incluso manías, que a veces son las tuyas. Pero no basta con eso: estás hasta el cuello cuando no dejas de pensar en ellos, hablas de ellos y hablas con ellos: ya forman parte de tu mundo, ocupan tu espacio y tu dormitorio, incluso se te aparecen en sueños. Hace unos días, en una novela que estoy acabando, un personaje muy entrañable tenía que morir. Mari Carmen, desde que le hablé de esa posibilidad, me ha estado disuadiendo, pero el destino se tenía que cumplir. Cuando leímos la escena, me pareció que se le saltaban las lágrimas; hoy me lo ha confirmado. Yo, por mi parte, la escribí con un nudo en la garganta.

Este domingo, Javier Marías, en su sección La zona fantasma de El País semanal nos anuncia, y para mí es una buena noticia, que ha terminado la escritura de su nueva novela. Por suerte para todos tiene calidad, fama y editor, así que, pronto el libro estará con nosotros.

Escribe Javier Marías:

“He estado más de dos años conviviendo –no a diario, qué más quisiera– con unos personajes nuevos al principio y que al final son más que amistades. Aunque uno no se siente ante la máquina –y son muchas las jornadas en que es imposible hacerlo, por viajes y quehaceres varios–, durante el tiempo de composición lo rondan incesantemente. Uno piensa en ellos con más intensidad que en los seres reales que lo rodean: de éstos no está contando la historia, ni asiste a ella con el mismo grado de cercanía, y desde luego carece de capacidad decisoria sobre sus vidas, como sí la tiene sobre las de sus entes de ficción, por recuperar la vieja fórmula. Así que despedirse de ellos es en cierto sentido un cataclismo personal. “¿Cómo”, se pregunta uno, “ahora he perdido a estos amigos? ¿No tengo que ocuparme más de ellos, no he de conducirlos a diario? ¿Aquí los abandono y me abandonan? Si algunos no han muerto, ¿es que el resto de lo que les ocurra no me interesa?” Sí, me interesa, pero soy consciente de que a los posibles lectores futuros tal vez no; de que estarán a punto de cansarse de seguirlos, o de que las mejores historias son las que no se relatan completas, no de cabo a rabo”.

“Quiero que dejes la Escuela”. Las palabras sonaron irreales. El silencio se hizo largo. La voz de Aitor resonaba en la cabeza de Amelia ¿Qué habrá pasado? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué le pasa conmigo? Se le atraganta la lechuga, se le corta la respiración; quiere hablar pero no puede; es su mirada la que interroga, la que muestra curiosidad y asombro, Sí, bueno, balbucea él, que te veo muy cambiada, ya no te gustan mis cosas; y con los amigos cada día se te ve más a disgusto. No, no, no, nadie ha dicho nada -Aitor eleva el tono-, pero se nota; ya no te juntas con la Nieves ni con la Carol, con lo amigas que erais, ¡y eso no me gusta! Y todo viene desde la escuela, desde que la rusa esa te comió la cabeza. Te vas, te vas, pero yo no voy a dejar de ser como soy. Y encima el Paco ese. Que si Paco dice, que si Paco opina, que si esta película, que si este teatro… Amelia sonríe y parece que el color le vuelve a la cara, el aire a los pulmones y la sangre a la cabeza, que ya no se atraganta, Acabáramos, dice, así que ‘el Paco ese’, ¿no estarás celoso? Amelia ríe con desenfado, pero su mirada es profunda y seria. Mira, mi amor, pienses lo que pienses, no hay nadie en el mundo como tú; con lo que yo te quiero ¡Entérate, no hay ningún Paco; es un profesor y punto!

Acabaron de cenar riendo y diciendo los dichos y las voces que usan los amantes en la intimidad, pasaron la velada cada uno con lo suyo: Amelia con su cine y Aitor con sus redes hasta que llegó la hora de acostarse. Una vez en la cama, por primera vez, Amelia se dejó llevar, sintió que le faltaba entusiasmo. Aitor cogió el sueño, tranquilo porque había dicho lo que pensaba y había oído lo que quería oír. Amelia se acurrucó entre los brazos de su novio y permaneció quieta, pero no conseguía dormir. La velada, hermana del insomnio, se le hizo confusa y larga. A su embarullada cabeza acudían en desorden la Escuela, Aitor, Paco, los amigos, la Nieves y la Carol ¿De dónde habrá sacado lo de Paco?

Amelia no acertaba a comprender el origen de los celos de Aitor, y a esos celos atribuía su malestar y sus quejas. Pero no le había dado motivos. El caso es que en su fuero interno sentía un lejano halago y, en el maremágnum del insomnio, de forma recurrente y en desorden pensaba en las muestras del especial interés que Paco ponía en ella, en las casualidades que lo situaban esperando su salida, en las invitaciones a tomar algo para cambiar impresiones sobre algún tema; en los consejos y la especial atención que le prestaba. Pero no, qué va, donde estuviera su Aitor…, y acto seguido se sentía contrita por el simple hecho de haber sentido placer ante la posibilidad de atraer el amor de dos hombres. Qué loca, vaya tonterías que me vienen a la cabeza; pobre de mi Aitor, y se pegó toda ella al cuerpo dormido. Lentamente se fue abriendo paso la letra y el compás de un famoso bolero.

La musiquilla del despertador se le clavó en el cerebro como una punzada. No sabía si estaba dormida o despierta, pero lo cierto es que estaba pegada a su Aitor, que se desperezó y como siempre le dijo: Arriba, gandula.

Imagen: Kay Sage:  Too Soon for Thunder , 1943. Tomada de Internet