Clásicas

Fregó los cacharros, recogió la cocina, se cambió y fue a echar un vistazo a doña Rosa, que dormía plácidamente, Si me duermo, te vas sin despedirte; no te preocupes, es mi cabezada, ya lo sabes; un poco tarde, pero bueno; tú te vas y pierde cuidado, hija. La verdad es que habían pasado un buen rato y no pensaba echar en saco roto los consejos recibidos, salteados de pequeñas historias. Vamos, quién iba a decir que doña Rosa había padecido unos celos tan grandes, No creo que entre ellos hubiera nada, le dijo, nada de eso, pero, hija, ¿tú sabes lo que es sentirte en tu casa como una convidada de piedra? Que si este fonema, que si la relajación de las oclusivas; yo qué sé, porque yo no entendía nada. Un día cogí uno de sus libros, en la biblioteca estará, lo acababa de publicar un colega suyo, de mi marido, claro… ¡No entendí nada! Luego ella dijo que se inclinaba por las clásicas, y a eso se dedicó; también puedes ver en la biblioteca algunas traducciones suyas, y versiones de teatro y poesía. Pero tengo que reconocer que Aurorita era muy lista, por eso creo que no hubo nada; admiración nada más. Pero me daba una rabia oírla recitar ¡En griego! Y Raimundo, embelesado. ¡Si se le caía la baba!… Por eso, tú no, no seas tonta, aprende, aprovecha, que la juventud se va muy deprisa y luego no es igual; y ese novio tuyo, si te quiere, acabará comprendiéndote. Déjalo que gruña, que se queje, que diga lo que quiera, porque, ¿no será un bruto capaz de pegarte?

-No, doña Rosa, no, no es eso…

-Creo que en el fondo tiene miedo –dijo la anciana.

-¿Miedo de qué, doña Rosa?

-Sí, hija, sí, miedo; miedo de que lo aventajes, de que lo dejes atrás.

-Pero yo no quiero eso.

-Ya, hija, pero, ¿tú sabes lo que se sufre cuando te ves disminuida? ¿Tú sabes cómo llegué a odiar a Aurorita? En silencio, eso sí; ni una queja; nadie supo nada; pero, hija, qué quieres; me costó lo suyo comprender que Raimundo en nada me hacía de menos cuando estaba con ella y lo pasaba tan bien, que cada una ocupábamos nuestro lugar, y que el mío estaba en su corazón y en otro sitio que no te voy a decir.

Doña Rosa, entre risas, le dio otro pequeño tiento a la botella de anís.

 

Imagen: Medea, por Anthony Frederick Augustus Sandys

Paco

Paco, el profesor, se quedó de un aire. Qué le pasa a este chico, se preguntó. No es que se le hubiera ido la preocupación, pero al menos tenía una certeza: el mensaje o lo que fuera era de Amelia.

 

Cuando apareció por la escuela, no pasaba de ser una chica más. Luego, la aplicación y la inquietud; el interés y la voluntad; la pasión y la fe; la admiración hacia el conocimiento; y más aún: unos ojos profundos de color indefinible, la curva perfecta de sus jugosos labios, la piel tersa y delicada: dichosas las manos que te acaricien, la boca que te bese, piensa, y hace por parar. Pero hay noches en las que no acude el sueño; y en la vigilia, la imagen de Amelia, los ojos de Amelia, los labios de Amelia… y el deseo. La inmensa cama. La ausencia de Marga, su hueco: el desamor y el olvido… la infinita soledad; y en esto, Amelia, la obsesión de Amelia, el furioso deseo, tanto, que hay que acudir a íntimos desahogos.

 

Aitor camina deprisa aunque se quiere dar tiempo para pensar. Pero es el ansia de saber, de estar con ella, de decirle, de que ella le diga. Ese tío está por ella, no hay más que verlo, ¿desde cuándo un profe se interesa tanto? Ya es mayorcita. Saca el teléfono, vuelve a mirarlo, vuelve a leer: “Uy!, mi vida, perdona pero se me ha ido el santo al cielo. Ya estoy en casa. Tú dónde estás? Ahora te cuento”.

 

Imagen: René Magritte, Le Visage du génie, 1927, óleo sobre lienzo, Musée d’Ixelles, Bruxelles,

Tiempo de lectura

Hay una sacudida de hierba y rocío al abrir la puerta. Te sigue una mariposa blanca a ras de suelo. Te viene a la memoria –siempre la literatura- el personaje –una mujer- de Cien años de soledad, pero no tienes a mano un ejemplar y tampoco te apetece consultar la Wiki. De lo alto baja el piar agudo de un mirlo al que otro contesta a lo lejos. Avanzas por la pista hasta llegar a la casa semiderruida y cubierta por las plantas parásitas a la que atribuyes una historia que nada tiene que ver con la de la familia que en ella vivió hasta su completo abandono. Más abajo, las silvas se comen literalmente las ruinas de otra que formó parte de los sueños de alguien que luego no pudo cumplirlos. Con qué ilusión te enseñó los planos y perspectivas, los árboles que iba a plantar, el estanque que iba a llenar con las aguas del reguero que atraviesa la finca; pero nuestras ilusiones van por un lado y la vida se empeña en torcerse, en ir a lo suyo. El valle se ensancha y del fondo sube el rumor de algún automóvil que circula por la que pomposamente llamamos ‘carretera general’. Amarillean los prados, hace calor, apenas llueve.

Es tiempo de lectura y descanso. Entras con fuerza en Patria, de Fernando Aramburu. Te alegra ver que el libro, en cuanto a estructura y técnica narrativa, se asemeja a lo que tú escribes: un mosaico de escenas abiertas, provistas de conectores para que el lector las ensamble en una estructura superior y un conjunto de voces que sienten y cuentan. No es una historia de buenos y malos, sino de perdedores; tampoco el autor se remite a la fortuna o a las circunstancias para dar sentido a la tragedia: cada cual sabe lo que hace y por qué lo hace. Es un alivio, en un momento de neolengua espesa y alambicada, que no se hable de conflicto político, sino de odio irracional y también de callada vergüenza o silencio cobarde. Es una historia de ficción perfectamente verosímil, una forma de abrir la herida en carne viva, la mejor manera de prepararla para la cura y cicatrización, mucho mejor, desde luego, que hacer como que no ha pasado nada y cerrar en falso. No hay un progreso temporal que haga avanzar la fábula con sus caídas y mejoras: todo se sabe desde el principio y el autor vuelve una y otra vez sobre las acciones principales para que las veamos desde distintos planos, desde puntos de vista diferentes. El autor siente algo parecido al pudor a la hora de intervenir, de modo que son los personajes los que dicen la historia. Parafraseando a Mario Vargas Llosa en cuanto a Cien años de soledad, diré que Patria es una novela atractiva tanto para el lector culto y exigente como para el lector elemental que sólo sigue la anécdota y no se interesa por la lengua ni por la técnica narrativa.

Y tú piensas en la necesidad que tienen tantos de sentirse parte de algo, de trascender esa vida tan diminuta –tan pedestre en ocasiones- en algo superior a lo que vincular sus emociones, bien sea una creencia, una religión o una patria.

Hay que crear un relato compartido, lees u oyes decir; un mundo de ficción, algo en lo que nos podamos mirar sin sentir las aristas, dices tú; que los historiadores cuenten lo que convenga y que los apacentadores de masas creen contrafácticos a fuerza de rellenar significantes vacíos.

En este punto interviene Carmen y te dice: Alfonso, no te pongas estupendo.

 

Siente una vibración en el bolsillo. Saca el teléfono, lo mira, y lo deslumbra el nombre como un fogonazo. Un vuelco de alegría le cambia el semblante. Paco observa el cambio y sujeta como puede la pregunta, Me voy, dice Aitor, Pasa algo, pregunta Paco, Nada, contesta Aitor, Pero es ella, Paco no puede reprimir la pregunta, Sí, es ella; y lo deja con la palabra en la boca.

 

Imagen tomada de la portada de la novela Patria, de Fernando Aramburu, Tusquets, Barcelona, 2016

 

Ansiedad

El reloj marca las siete y media cuando Aitor baja el capot del coche en el que está trabajando. Recoge la herramienta y corre a los vestuarios. El encargado se sorprende; Aitor no acostumbra a dejar nada pendiente. Mira el móvil y no hay mensajes. Por fin se decide y escribe rápido: “¿Qué coño haces que no me llamas?” Levanta el dedo para pulsar la flechita el tiempo suficiente para arrepentirse. No, eso no, y escribe: “¿Qué haces? Te echo de menos”. Titubea pero al final se decide y lo manda.

El móvil de Amelia, en el bolsillo de la bata, emite la vibración y el sonidito. Pero la bata y la mochila están el cuarto donde se cambia. Friega los cacharros después de echar a doña Rosa en el sofá a que dé una cabezadita.

No hay respuesta inmediata. No hay respuesta. El muchacho toma una ducha que apenas lo relaja. Se pone la ropa de calle y guarda el mono en la mochila; al jefe no le gusta que anden por el taller con el mono tieso de grasa; a él tampoco. Sale y se despide de los compañeros de forma maquinal. Con la cabeza en Amelia, sube al coche y se va despistado. Cuando quiere recordar se ha saltado el semáforo; no presta atención a los pitidos y gestos de los airados conductores. Aparca lejos, al otro lado del parque y lo cruza sin hacer caso de los pájaros, el estanque, los patos, los rosales y las adelfas. Hay niños jugando en los columpios y por encima de las copas de los árboles luce una espléndida puesta de sol. Sube a casa y ella no está. No le extraña; todavía no es la hora. Suelta la mochila, anda de un lado a otro, resopla, enciende un cigarrillo, abre una cerveza. Sale de casa, sale a la calle, se encamina hacia la escuela, se mantendrá sereno, no se la piensa liar, pero, ¿por qué no le contesta? Seguro que ha mirado el móvil, está claro ¿Se habrá molestado? Tampoco es para tanto. Bueno, si quiere estudiar que estudie, pero que no se haga con él la lista; tanto cine, tanto teatro, tanto libro… ¿Para qué saber tanto? Total, para lo que vale ¿No será mejor ser un buen currante? Unas libras en el bolsillo, los colegas, ¿para qué más? Ya lo decía la abuela del Jaro, que se le habían secado los sesos de tanto estudiar.

Llega a la altura del bar, se asoma; no está. Ir o no ir a la escuela, a esperar a la puerta como los novios antiguos. Su abuela contaba cómo se reían de los novios cuando esperaban a la puerta del taller. Los miraban desde las ventanas y los hacían esperar. Fumaban y andaban de arriba abajo, de izquierda a derecha, y tu abuelo, la primera vez que le di permiso para ir a esperarme, estuvo a punto de irse, que se te va, Angelita, que se te va, me dijo la Pura. Ay, Dios mío, con lo que era la Pura y hoy sale a la calle a dar un paseíto agarrada a un taka-taka; yo así no salgo; prefiero quedarme en casa.

Cruza la calle, al fin y al cabo hará lo mismo que hacía su abuelo… ¿Y si sale con el profesor ese? ¿Y si se me cruzan los cables? No se ha percatado de que Paco, el profesor, lo espera en la puerta.

-Te he visto cruzar y me he quedado aquí esperando -le dice Paco a modo de saludo.

-Ah, sí, Paco, el profesor -Aitor se hace el despistado.

-¿No vendrás a buscar a Amelia? Porque no ha venido -Paco lo mira intrigado.

-¿Cómo que no ha venido?

-No, no ha venido; tampoco ha llamado, porque vienes a buscarla, ¿no es así? –pregunta con preocupación.

-Sí, claro –responde Aitor.

¿Y si le ha pasado algo? Es muy extraño; nunca ha faltado –La voz y el rostro de Paco evidencian alarma.

La cabeza de Aitor parece una hormigonera: todo le da vueltas. Mira al profesor, mira al suelo, aprieta los puños, la boca, resopla. Mita a Paco con fijeza. El profesor siente que un escalofrío le recorre el cuerpo de pies a cabeza.

 

 

Celos

El reloj se acerca a las cinco sin que ninguna de las dos parezca tener prisa. En el taller, Aitor mira de vez en cuando el móvil sin que pueda apreciar señal alguna de llamada o mensaje; se ha enfadado, no le cabe la menor duda, pero no tiene por qué. Si no la quisiera le daría lo mismo, bueno, también en lo que sea su chica lo tiene que respetar; pero es que la quiere, de eso no hay duda, y ahora bien lo sabe cuando en su fuero interno crece la sensación de que no es tan suya como cree, de que se puede ir, de que lo puede dejar; entonces… entonces no quiere ni pensarlo.

 

“Mis celos, esos que tanto me atormentaron durante demasiado tiempo, vinieron cuando apareció Aurorita. Y qué mal lo pasé; hoy lo recuerdo y me da pena de mí, de Raimundo, y de ella también; y me da vergüenza porque aún siento el ridículo; pero entonces lo veía todo tan grande; todo lo malinterpretaba según le convenía a la obsesión que me tenía dominada. Porque, mi querida niña, lo peor de las obsesiones, y los celos no son otra cosa, es que te hacen ver las cosas como tú quieres y, aunque parezca mentira, quieres ver lo que en realidad te daña, así que, palabra, acto, mirada, qué sé yo, cualquier cosa, es una prueba fehaciente de que en realidad ocurre lo que crees que ocurre, y no hay nada que te quite del error.

“Aurorita, como comprenderás, hoy es una señora más bien mayor, jubilada, pero entonces era una niña joven, no muy guapa, con unos enormes ojos oscuros y una mirada profunda; pero, con todo, no eran sus cualidades físicas las que mejor la adornaban sino una fina inteligencia y una curiosidad insaciable…

 

Imagen: Fotograma de Ballet Mécanique (1924), Man Ray

“¿Tú sabes lo que es el estraperlo?”

Si nos atenemos a la verdad, no podemos afirmar que a doña Rosa le sorprendieron las palabras de Amelia, al fin y al cabo se enfrentaba al eterno problema de la desconfianza y los celos, asunto que, bien mirado, tiene fácil solución cuando responde a los miedos e inseguridades de la gente joven, que en la mayoría de los casos no dejan de tener el efecto de una nube pasajera. Por otra parte, tampoco doña Rosa era propensa a sufrir grandes tragedias, o lo que sería peor, a imaginar con delectación situaciones melodramáticas y, a la vista de Amelia, no le dio por pensar en enfermedades y desgracias, tampoco en un embarazo indeseado. Esto no quiere decir que la curiosidad no la acuciara, sobre todo por el deseo de servir de ayuda a una muchacha de la se había encariñado. Por otra parte, no dejaba de pensar en el ingrato destino que por hache o por be se les asignaba a la mayoría de las mujeres. Como a ella que, viniendo de buena familia, la destinaran al cortejo, bajo el señuelo de ser un buen partido, de algún joven apuesto y necesariamente rico, y para eso no hacían falta estudios, bastaba con una buena educación para saber estar. En su casa las carreras fueron para los hombres: medicina el mayor, la milicia el mediano y el menor, derecho. Pero si su destino era banal, peor era el reservado para su hermana Carlota, nada menos que la soltería y el cuidado de sus padres cuando no se pudieran valer, sobre todo a partir de que la ruina se hiciera patente. Con esos pensamientos en la cabeza, dijo:

-Bueno, niña, esas cosas se pasan; aunque no son buenos los celos. Si son celillos pasajeros, pronto lo sabrás, pero si tu novio es celoso…

-No, doña Rosa, no creo que lo sea -protestó Amelia-; no sé qué le ha pasado.

-Y si está celoso por los estudios -doña Rosa no perdía el hilo de su discurso-, eso, hija, no te voy a engañar, creo que es mala cosa. Mira, yo no soy experta en nada, pero he vivido muchos años, y hay que ser muy fuerte para pasar por ahí.

“Verás, el que yo me casara con Raimundo no fue por gusto de mi familia, porque a pesar de la ruina a la que nos llevó mi padre con su mala vida, mi madre, mis tías y mis hermanos seguían con ínfulas de casa rica. Pero Raimundo no era tan apuesto como querían; y mucho menos rico, porque su madre, Trinidad, era nuestra costurera, viuda de un pobre hombre que murió de tuberculosis en los Jesuitas de Camposancos, donde lo metieron preso al acabar la guerra. Su madre, la de Trinidad, había servido en casa, y la mía presumía de que a Trinidad la había recogido para que ella y su hijo no se murieran de hambre. El caso es que Trinidad llevó a Raimundito y lo dejaban jugar con mi hermana y conmigo; mis hermanos abusaban de él y por eso se refugiaba con nosotras.

“Pero Trinidad era muy guapa y muy lista, y fuera como fuera, conoció a un pez gordo del sindicato, uno que hacía la vista gorda con el estraperlo, y le puso casa y taller, así que se fueron de la nuestra y se estableció por su cuenta. Por cierto, ¿tú sabes lo que es el estraperlo?

 

Sobre la imagen: Fotograma de Surcos, José Antonio Nieves Conde, 1951

Semiótica

La pregunta no coge desprevenida a la joven Amelia, la llevaba esperando toda la mañana, desde que llegó.

La mirada, las palabras, el tono… Hay todo un conjunto de señales para connotar sorpresa, admiración o duda, revelar estados de ánimo, también expectativas. “Las distintas modalidades de la risa, de la sonrisa, del llanto, aunque elementos del paralenguaje, también lo son de la cinésica. En su punto extremo, la investigación sobre las cinésicas altamente culturalizadas llega al estudio de las posiciones defecatorias, de la micción y del coito (y no digamos de las posiciones de los seres en el momento del orgasmo, que no sólo se determina por movimientos fisiológicos, sino que varía según las culturas, como demuestran varios ejemplos de la escultura erótica antigua)”, escribe Umberto Eco en La estructura ausente. Y, aunque no diremos que doña Rosa y Amelia tienen aspecto de semiólogas, es sabido que la cara es el espejo del alma, y se podría añadir que los gestos y movimientos reflejan estados en que ese alma se encuentra; y como las dos tienen ojos y oídos, interpretan lo que oyen y ven.

Doña Rosa se había encerrado en la cocina, pero en el tiempo de los preparativos, cuando aún no se ha encendido la lumbre ni hay riesgo de que se oxiden o resequen los alimentos, con cualquier pretexto, iba junto a Amelia, que si había encontrado la lejía, o la bayeta, como si ella no supiera dónde están las cosas. Doña Rosa se quedaba unos segundos callada y expectante, pero Amelia seguía a lo suyo y no decía nada; así hasta que doña Rosa volvía a la cocina. Pero ahora la pregunta es directa y sí, claro que le pasa algo, y por más que la comida, el vinillo y el anís templen los ánimos, las palabras de Aitor se repiten en su mente como un reloj de repetición.

-Sí, doña Rosa, algo me pasa -con un movimiento mecánico coge la botella de anís y llena de nuevo su copa-. Es por Aitor, que no sé qué mosca le ha picado; creo que está celoso. Pero si no le doy motivos, doña Rosa; vamos, que ni una mirada. La ha tomado con mi profesor porque hablo con él; de las cosas de clase mientras tomamos una cerveza, de eso es lo que hablamos; y de cine, nada más, palabra. Fíjese que ni se me había ocurrido pensar… Y encima me dice que deje la Escuela -da un pequeño sorbo- ¿Usted cree que voy a tener que dejar de estudiar? Con lo que me gusta…

-Ay, hija mía -ahora es doña Rosa quien se llena la copa-, estos hombres… ¿Cuándo van a empezar a cambiar?

Sobre el libro: Umberto Eco, La estructura ausente. Lumen. Barcelona, 1978

Sobre la imagen: Pieter Brueghel el Viejo, La torre de Babel, (1563). Museo de Historia del Arte de Viena. Fuente: Wikipedia.

Sincronismos

Amelia está acabando de pasar la aspiradora. Con mimo ha repasado los sofás, los sillones, las sillas y las alfombras. El trajín y el ruido la distraen. Doña Rosa ha puesto las croquetas a freír; mira al reloj: falta un cuarto de hora para las dos.

“El reloj no es solamente un medio para seguir la marcha de las horas; también es un medio para sincronizar las acciones de los hombres”, escribe David S. Landes en el epígrafe de su obra Revolución en el tiempo. El reloj, efectivamente, marca la pauta del mundo moderno. La oscilación bien puede ser punto de Arquímedes y causa de la generación y propagación de la energía; es también soporte de información y por tanto alma del mundo en que vivimos: todo el sistema se funda y sostiene en el aprovechamiento de la movilidad del electrón; el reloj es el corazón que gobierna y sostiene el sistema bajo el que se organiza el cuerpo social contemporáneo.

Doña Rosa se lava las manos y se quita el mandil. Ha puesto en la mesa mantel y servilletas con labores de Lagartera, platos de La Cartuja y vasos y copas de cristal soplado, pequeños lujos con que dar solemnidad a la mesa. Amelia sale fresca de la ducha y se pone la ropa de calle. Son las dos.

Habérmelo dicho y había puesto yo la mesa, le dice a doña Rosa, Anda, anda, abre tú el vino, que ya no tengo fuerzas, replica ésta.

Dan las dos y el personal sale corriendo: es la hora de comer. Aitor camina solo, Id vosotros delante; ahora os pillo, dice. Saca el móvil del bolsillo y ve que no hay mensajes; él tampoco los ha mandado. Siente el impulso de llamar, de poner un whatsapp, pero al final decide que no, que ya se verán esta noche.

Como si fueran viejas amigas, entre sorbos de vino, dan buena cuenta de las gambas, las croquetas y la ternera.

-Moja, hija, moja, no te dé vergüenza -dice doña Rosa-; la comida es para disfrutarla y no hay que andarse con mojigaterías.

-Ya, doña Rosa, pero mañana rúcula, tomate y lechuga: todo verde y sin calorías.

-Bueno, eso mañana, pero esto hay que acabarlo.

-¿Está todo muy rico, doña Rosa -Amelia se sirve un poco más de vino-; ya me gustaría a mí cocinar así, pero no crea, soy una negada, Fíjese que en casa es Aitor el que cocina.

Doña Rosa coge al vuelo el suspiro que Amelia deja escapar.

-¡Pues ahora viene el postre! ¿A que no sabes qué hay?

-¿Puede ser algo así como tarta de manzana?

-Vaya, vaya, se nota que eres lista ¿Cómo lo has averiguado?

-Pero doña Rosa…

Imagen sacada de Internet

Carrillada de ternera

Amelia entró como un torbellino. Con pasos decididos fue hacia doña Rosa y le estampó dos besos de los que alegran el día: todo era tan igual. Y sin embargo doña Rosa había sorprendido esas ojeras tan hondas, como lo fue su preocupación: nunca la había visto así. Llevó la mochila al cuarto donde se cambiaba, volvió a la cocina y se sentó a la mesa. Doña Rosa no quiso entrar en brusquedades, ya tendría tiempo de verla, observarla, con cualquier pretexto.

Sí, decididamente a esta chica le pasa algo ¿Será mal de amores? ¿Una desavenencia pasajera? A lo mejor un disgustillo de esos que la juventud tanto agranda. Se había afanado para preparar un buen menú: una buena ensalada, croquetas de jamón y gambas al ajillo; y como plato fuerte, carrillada de ternera al chocolate. Amelia se dispuso a prestarle ayuda y la echó de la cocina, Anda, anda, déjame; tú a lo tuyo; si es que me aturullo si hay alguien conmigo.

¿Habrá notado algo? Seguro que sí; menuda facha, le dijo al espejo del lavabo mientras lo limpiaba… Dejar los estudios, ¿por qué? ¿Qué tiene de malo? No, si no pienso dejarlos ¡No pienso dejarlos! Pero él me lo pide; bueno, tanto como pedir… más que un ruego parece una orden. Mira con lo que sale; ahora celoso; vamos, que si alguien me lo dice lo mando bien alto… Bueno, que se preocupe, que sepa lo que valgo. Vuelve a mirarse en el espejo y sorprende una expresión sombría. No, no, qué va, mi Aitor no es como el Artur, ni mucho menos; Hay que ver a la Choni con las gafas de sol… Con lo de siempre, que si se ha caído o se ha dado con una puerta; a ver, qué va a decir. El caso es que llega con el Artur, con las gafas de sol, la chupa de cuero, tan pegada a él, tan cariñosa… Pero a mí no, ni se le ocurra… No, mi Aitor no es de esos; ya se le pasará.

Amelia vierte un buen chorro de lejía con detergente en la taza del inodoro, mira los azulejos, el espejo, los sanitarios, la mampara, el suelo, y les da el visto bueno.

Aquí, en la mesa de la cocina, como si fuera de la familia, ¡cuernos! ¿A quién tengo yo más que a ella? ¿Quién me cuidó cuando la gripe? Y bien atendida que estuve. Porque Gonzalo ni se enteró; cuando me quiso llamar ya estaba mejor y, ¿para qué preocuparle? Está tan lejos… Se hará maestra, y entonces… entonces me quedaré sola del todo, con el cariño que la tengo… ¿Qué le habrá pasado?

Enrique, el carnicero, la deshuesó y limpió, ¿La hago filetes o la troceo? le preguntó y ella le dijo que no, que no pierda el jugo, le dijo. Luego, ya en la cocina, en la olla exprés depositó la carrillada entera, un par de hojas de laurel, una cebolla troceada en cuartos, un pimiento seco, dos o tres dientes de ajo, unos granos de pimienta negra, y añadió agua y un puñado de sal, todo en frío. Cerró la olla y la puso a fuego vivo hasta subir la presión; bajó el fuego a la mitad y la dejó cocer durante media hora. Después, sacó la carne de la olla y la colocó en una fuente. Así hasta el día siguiente.

Doña Rosa trocea la carne y la deposita en una cacerola; aparte, en una sartén sofríe media cebolla picada y tres o cuatro dientes de ajo; luego, añade una cucharadita pequeña de maicena y medio cubito de caldo de carne, Ay, Dios mío, ¿le gustará? Estoy perdiendo la mano, no sé… Ve dorado el sofrito y añade el vaso de vino tinto que había dispuesto; lo mezcla todo, aparta la sartén del fuego y añade el chocolate que previamente ha deshecho en un vaso con el caldo de la carne. Todo lo pasa por la batidora y prueba la salsa. No está nada segura; tiene el mismo miedo de la primera vez, cuando se la hizo a Raimundo y a su madre. Había aprendido con Rosario, la cocinera, ¿por qué nunca conseguiré el gusto que ella le daba? Vierte la salsa en la carne y pone la cacerola en el fuego; antes, espolvorea un poquito de pimienta blanca. A fuego lento y moviendo la cacerola de vez en cuando, está  muy atenta a que la salsa merme hasta encontrar el punto.

CONSOLACIÓN, 1907 Óleo sobre lienzo. Evard

El café de la tarde

Arriba, gandula, dijo Aitor, y saltó de la cama. Amelia se levantó inusualmente despacio y cuando quiso recordar le llegó desde la ducha el canto de su novio. Con menos viveza que de costumbre, se sentó en el inodoro y cerró los ojos. Del inodoro pasó a la ducha, tomó el frasco de gel y se puso a lavarle la espalda, sin embargo no bromeó cuando vio la excitación consecuencia del jugueteo. Solía decir con voz impostada y sorpresa fingida, No, estas no son horas, aunque en ocasiones se apretaba a él. Pero esa mañana no bromeó sino que lo enjuagó con suavidad y le dio un golpecito de cadera como si le dijera, ‘Anda sal, déjame sola’. Desayunaron en silencio, acabó Aitor, salió corriendo, no sin antes decir desde la puerta, Ah, no lo olvides, va en serio lo de la Escuela.

Los pájaros saludaban a la mañana con estrépito, las campanas daban las ocho; el sol la recibió en el portal y la acompañó hasta la boca del metro.

Sacó el libro de la mochila y lo abrió por la página señalada:

“Las lágrimas corrieron por sus mejillas.
Se trataba de caramelos; estaban anunciando caramelos, le dijo a Rezia un ama de cría. Juntas empezaron a deletrear: c…a…r ..
-K … R… —dijo el ama y Septimus la oyó decir «ca erre» junto a su oído, profunda, suavemente, como un órgano suave pero con un tinte de aspereza en la voz, como la de una cigarra”.

Pero lo volvió a cerrar porque nuevamente se sintió perdida. Salió del metro, anduvo y cruzó calles, abrió la puerta y subió las escaleras hasta el Cuarto; el ascensor lucía el eterno cartel de ‘No funciona’.

Al salir de casa, a doña Rosa le asaltó un titubeo: subir paseando por Fuencarral o coger el metro. Tenía tiempo de sobra porque, con el buen tiempo, siempre contaba con la primera opción; acceder por San Onofre, cruzar a la otra acera y mirar escaparates hasta llegar a la puerta del Hospicio, cruzar Barceló y concluir en la Glorieta de Bilbao para acabar recalando en el Comercial, Lo van a cerrar, se rumorea por las mesas. Preguntan a los camareros, pero éstos guardan un silencio discreto. Optó por el paseo y, como casi siempre, pensó en las transformaciones vividas: la joyería de la esquina, la tienda de discos, El Encanto, Mazón… Puntual, siempre puntual, saludando con la sonrisa, la mirada o una leve inclinación de cabeza, pasó a ocupar la mesa que a esa hora y por consenso tácito estaba ocupada por su grupo de amigas; era la de enfrente, según se entraba al salón, bajo los grandes espejos y cerca de los amplios ventanales. Siempre que entra, doña Rosa conserva la imagen del cómico alto, delgado, con gafas metálicas, el traje claro; en la mano, el vaso alto de whisky con hielo; y la joven que, medio escondida, ocupa la mesa adosada a una de las columnas; sobre la mesa, una cantidad ingente de folios escritos y en blanco, y ella, la joven, escribe sin parar. Tampoco olvidaba las veladas de antes, cuando vivía Raimundo, sobre todo porque, a pesar de no ser hombre de grandes salidas, allí se sentía cómodo junto a los colegas y alumnos con los que hacían tertulia.

A Consuelito Revuelta se la veía feliz. El brillo de los ojos y el color de la cara contrastaban con el coqueto descuido indumentario alejado del envarado atildamiento con que hasta no hace mucho se mostraba; desde luego, estaban a la vista los cambios que en Consuelito había operado el amor. Las amigas, ávidas de escuchar el relato con los pormenores de tan notable aventura, fueron obsequiadas con un relato corto y parco en detalles. El enamorado en cuestión era un retirado residente en Galicia que venía a Madrid con alguna frecuencia a casa de su hija. Pasaba unos días, iba al Retiro con los nietos, y aprovechaba para ver alguna exposición y representación teatral. Fue precisamente en una exposición donde se conocieron, una de las temporales del Thyssen, la de Munch titulada Arquetipos. Era una mañana de invierno fría y lluviosa.

Doña Rosa se despidió de sus amigas y se iba a dirigir al metro cuando cambió de idea, hacía una tarde tan espléndida. Cruzó a la otra acera y bajó hacia su casa paseando. Cómo cambian los tiempos, se dijo, mira que esta Consuelito con un amante… hace bien. Pasó ante el moderno Mercado de San Ildefonso y se preguntó qué comida le podía gustar a Amelia; yo creo que le gusta todo, se contestó, no parece melindrosa, le voy a preparar una carrillada de ternera que se va a chupar los dedos, ¿y el vino, le gustará el vino? Porque un poquito no hace daño.

Abrió la puerta con su llave y se intensificó el aroma del café que ya se apreciaba en la escalera. Sorprendió a doña Rosa atareada en la cocina, Venga, hija, suelta la mochila y siéntate, le dijo. Qué le pasará a esta niña, se preguntó, menudas ojeras.

El lector, avispado y atento, apreciará algunos desajustes cronológicos por lo cual pido disculpas, pero así me cuadra mejor el relato. Gracias.

Y mirando por ahí leo que El Comercial ha reabierto sus puertas, dicen que remozado. No he tenido ocasión de ir; “(…) mantiene el latido de su corazón”, dice alguien que trabajó allí.

Imagen:  Consolación, 1907 Óleo sobre lienzo. Edvard Munch, Museo de Munch