Un viento traicionero

No hay nada tan perturbador para la vida tranquila y apacible, para la marcha sosegada y uniforme, que la aparición de un viento repentino. En El espejo del mar, Joseph Conrad nos habla con admiración y respeto de los vientos del Oeste y del Este. Para él, según su experiencia, vivida o contada, el viento del Oeste es como un rey vikingo, recio, fuerte, tozudo y constante. Tiene la fuerza del elefante y el zarpazo del león. Oscurece un cielo que se deshace en permanente aguacero y sopla sin tregua; pero es previsible. El buen capitán lo recibe de frente, incluso lo aprovecha para ganar velocidad, aun a riesgo de perder parte del velamen. El viento del Este, sin embargo, es torvo y traicionero como un príncipe o un condotiero del Quinientos. El del Oeste es previsible y no engaña. El cielo puede estar negro y soltando aguaceros durante semanas, pero el marinero sabe a qué atenerse; tiene hasta el detalle de avisar su final con un último turbión. Pero el del Este es capaz de dejar a la vista el cielo, el sol y la luna, para luego embestir de forma inesperada y al tiempo soltar un aguacero helado y brutal; el viento del Este puede desarbolar un barco o tenerlo a la deriva; además hay que andar desconfiado porque nunca anuncia su final.

Aitor es un hombre feliz. Joven, guapo, simpático y dinámico. No se le dieron bien los libros: sacó la ESO por los pelos y, por la insistencia de sus padres, se matriculó en un ciclo formativo relacionado con la mecánica del automóvil, sobre todo por tener un título para poder trabajar. Como suele ocurrir, en seguida destacó en las prácticas, aunque las pruebas teóricas las pasaba a duras penas. En cuanto consiguió el título, sin que nadie le dijera nada, corrió a buscar trabajo. No tardó en encontrarlo, y no podía haber un chico más feliz.

Tampoco Amelia disfrutaba con el estudio. Hubiera preferido quedarse con su abuela al cuidado de las vacas y del huerto, pero sus padres se tuvieron que trasladar a Madrid por imperativos de la empresa. Recordaba los veranos en la aldea, en casa de la abuela, asistir a las vacas y a las gallinas, faenar en el huerto. A veces pasaba por casa una de las pocas jóvenes que aún quedaban por allí. La abuela decía que en nada tenían que envidiar a las de la ciudad. Conducían un automóvil por las modernizadas pistas y carreteras, iban a las ciudades próximas y se divertían como la que más. El caso es que por añoranza o melancolía acabó la ESO y no quiso estudiar más. Se colocó en un supermercado, trabajó en una gasolinera, pero no terminó de gustarle, sobre todo después del atraco en el que se vio ante el cañón de una pistola y no acertaba a abrir la caja. Aunque lo peor fue la bronca del patrón, como si pretendiera que se hubiera enfrentado a los ladrones. Fue cuando Irene, su compañera, una chica procedente de Ucrania, espigada, lista, y con estudios de economía, le dijo que tenía amigas que iban a trabajar a las casas. Ante el respingo de Amelia, se echó a reír divertida, no mujer, le dijo, a limpiar por horas, qué te has creído. Dicen que no les va mal, normalmente son personas mayores o muy ocupadas y que ni siquiera están en casa. Te asignan una tarea y nadie te controla, siempre que lo hagas bien. Pero yo, chica, y si fuera tú haría lo mismo, me voy a matricular en clases nocturnas para sacar algo, yo qué sé, secretaria, ejecutiva, algo importante; pero no me convalidan nada y mi embajada no me hace ni caso, así que. otra vez a empezar de cero. Vamos a hacer una cosa: me acompañas y así ves de qué va eso.

Amelia y Aitor hacían botellón junto con otros amigos del barrio. De vez en cuando se enrollaban, como ellos decían, y se perdían por algún parque o descampado. Aunque no lo dijeran, se iban enamorando y siempre deseaban estar juntos. Con el primer sueldo, Aitor le compró al patrón un coche viejo que fue renovando. Con el coche se fueron independizando, y un día, los dos con trabajo, pensaron que podían juntar los sueldos, alquilar un piso y vivir como pareja. Entonces vino la ilusión por la moto. Amelia prefería una de esas de brillos cromados y niquelados y Aitor se inclinaba por una de las que se encabritan en cuanto les metes un poco de gas. Con esa ilusión, los sábados por la noche se juntaban con la peña de amigos para beber cerveza, fumar un poco y hablar de motores. Así iba todo hasta que Amelia decidió matricularse.

No iba bien la mañana. El puñetero se resistía; por más pruebas que le hiciera, la avería no daba la cara. Se lo entregaban al dueño, le decían que no veían nada, y a los dos días volvía, que si los tirones, que si el ruido ese. Pero Aitor no era de los que se lían a cambiar piezas a ver si así acertamos y de paso el cliente se deja un buen dinero; no, Aitor no era de esos, y el patrón se lo consentía porque era su mejor mecánico, así lo reconocía él, que llevaba toda la vida con el olor a grasa. No es que estuviera distraído, aunque, ahora que hacía cuentas, cada sábado le costaba más ir con los amigos, o tenía que ir solo porque Amelia tenía que estudiar, que por qué no iban alguna tarde al teatro, o al cine; y luego ese Paco, que si Paco ha dicho, que si me ha recomendado. El viento cambió de pronto y Aitor sonrió mientras empujaba el carrillo de las herramientas. Sintió el temblor de Amelia como el furtivo del primer día, el calor de su mirada, la turbación que siempre le provocaba. Pero en el fondo no alcanzaba a dar forma al desasosiego que lo había cogido como una tormenta, sentía que no era a Paco a quien había de temer. Entonces, ¿qué era lo que lo traía a mal traer?

Imagen tomada de Internet