LA SENDA HACIA LO DIÁFANO, de Isabel Fernández Bernaldo de Quirós

La senda hacia lo diáfano

“La naturaleza es el arte primigenio”, escribe Isabel Fernández Bernaldo de Quirós en el breve proemio que da comienzo a su obra, La senda hacia lo diáfano, cuestión que nos lleva a pensar en el ‘artista’, en el poeta, que, desde su condición humana, mira, interpreta y transforma lo dado y existente, y lo convierte en objeto artístico, en senda, estética, por la que llegar a la claridad perfecta.

Así, Isabel Fernández Bernaldo de Quirós dice:

 

En la senda hacia lo diáfano

que ampara la Naturaleza,

el poeta escribe salmos…

 

Isabel Fernández Bernaldo de Quirós no nos conduce por caminos fastuosos nacidos de la fantasía; al contrario, nos guía por lo pequeño, lo cotidiano, lo que se nos muestra día a día, o podemos ver desde la ventana porque lo tenemos al alcance de la mano. La araña, el quejigo, el corzo, la espiga, la libélula, las nubes; el mar, bravo o en calma, la lenta marcha de las dunas:

 

La duna es nómada

que vaga libre por sus espacios…

 

Pero la poeta no se conforma con la simple contemplación; al contrario, se implica y funde con la naturaleza a la que canta:

 

Vuelo ligera como semilla de vilano…

 

También hay alarma y temor en sus versos; clamor y denuncia ante el destrozo que venimos haciendo, sin dejar por ello la confianza en el ser humano: “Pero también hay una humanidad que hila e hila…”.

 

La senda hacia lo diáfano es, en orden temporal, el cuarto poemario publicado por Isabel Fernández Bernaldo de Quirós. Leyéndola recorremos esa senda hacia la claridad, tan necesaria, y lo hacemos con emoción contenida; no encontraremos en su obra fanfarrias y desbordes emocionales, sino la palabra cuidada, incluso estricta en su significado y sentido, y por ello lista para disfrutarla en todas sus posibilidades. Isabel Fernández Bernaldo de Quirós nos lleva por el poema hasta su remate, donde nos sorprende con versos breves a modo de sentencias que condensan su decir.

No leemos poesía para matar el tiempo. El poeta, como el músico o el pintor, vive una agonía íntima con la materia, con la palabra, la convierte en vida activa, y nos enseña a mirar el mundo más allá de lo contingente y efímero. A la poesía hay que darle su tiempo, de modo que nos pille abiertos para que nos penetre, pues leerla no es otra cosa que relación íntima con el yo del poeta.

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Isabel Fernández Bernaldo de Quirós da cuenta de su amor por un todo que desgrana en su madura poesía. Por eso recomiendo su lectura.

Sobre el libro: La senda hacia lo diáfano. Isabel Fernández Bernaldo de Quirós. Ediciones Vitruvio. Madrid, 2018.

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Álvaro Asenjo

Iba Diego a protestar por las palabras de Eugenia cuando vio que se acercaba a la mesa un individuo de aproximadamente su edad, atildado, afeitado, cabello cortado y tratado por el peluquero. Era un hombre de cabello castaño, piel clara, rubicundo, de ojos azules; ni alto ni bajo, alrededor de 175 cm, metido en un traje azul marino, camisa blanca, corbata granate, zapatos negros. Portaba una cartera también negra. Acabó de acercarse decididamente a la mesa.

—¡Hombre, Diego, Diego Álvarez, qué casualidad, qué pequeño es el mundo! —dijo con vehemencia a modo de saludo. Inmediatamente se dirigió a las dos mujeres.

—¡Señoras! —añadió, haciendo una leve inclinación de cabeza.

Diego lo miró, primero con sorpresa, y después con muestras de no haberlo reconocido y también del esfuerzo por caer en la cuenta de quién pudiera ser. Le tendió la mano sin convicción.

—Ya, ya veo que no me reconoces… Álvaro, Álvaro Asenjo, de Retamares, del polvorín, hombre, del polvorín ¿Me recuerdas ya?

—Ah, sí, hombre, claro… Asenjo, del polvorín, de la mili… ¿Y qué tal estás?… Anda, siéntate, toma algo con nosotros. Claro, claro… Asenjo… Mira, ésta es Marta —dijo señalando a Luisa—, y Alicia, Alicia Cortés —dijo al presentar a Eugenia.

El tal Álvaro aceptó la invitación y dijo que una cerveza rápida, que tenía que coger el tren.

—Pero eso no impide que nos volvamos a ver —dijo al tiempo que clavaba los ojos en Luisa.

Álvaro Asenjo fue en esos días muertos e inútiles de la mili amigo ocasional de Diego. En aquel polvorín sólo hacían trabajos y guardias. El tiempo que les quedaba libre lo empleaban en la cantina, donde compartían confidencias y unos cubalibres infames.

Se licenciaron, quedaron en verse, en salir de copas, en visitarse, pero cada uno fue por su sitio y perdieron el contacto.

 

»Y mira por dónde, aparece en un momento inoportuno. Bueno, para ellas; para mí fue una tabla de salvación, aunque nada me evitó; al contrario, su aparición provocó mi capitulación y desarme como te contaré más adelante. El caso es que Asenjo resultó ser un conquistador y algo mujeriego, eso sí, nada torpe y con muy buenas maneras. Algo de eso dejaba entrever en el destacamento, pero allí la soledad y la tristeza no daban lugar a demostraciones de esa índole. Se quedó prendado de Luisa, quizá porque a su arbitrio me emparejó con Eugenia, o porque verdaderamente se sintiera atraído por su atractiva madurez.

»Dijo que trabajaba en una multinacional con sedes en Madrid y Sevilla, que gracias al AVE, puesto en servicio recientemente, ir y venir se le hacía más cómodo. Explicó que acababa de llegar a Madrid, donde hacía noche, porque al día siguiente tenía una reunión muy temprano, que por eso disponía de habitación en un hotel cerca del trabajo, que allí, en el hotel, tenía ropa de quita y pon.

—¿Pero tú dónde vives? —le preguntó Luisa mostrando de pronto un repentino interés.

—A mitad de camino, Ciudad Real, allí tengo a la familia.

—La familia… ¿Quiénes, los padres, la mujer, los hijos?

—La mujer y los hijos —dijo con intensidad e intención.

Parecía que se iba a entablar un duelo de seducciones, pero, inopinadamente, Luisa miró el reloj y dijo que se tenía que ir. Álvaro le dijo que la acercaba donde fuera en su taxi, pero Luisa le dio las gracias y le dijo que no, que no hacía falta. De todos modos Álvaro se levantó y se despidió de nosotros, de Eugenia y de mí. Me dio una tarjeta de empresa en la que apuntó los días y las horas en las que era más fácil dar con él. Salió en compañía de Luisa.

 

Sobre la imagen: Torreón del polvorín de Retamares. Flickr.

Casi a punto

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El caso es que había incluido un pequeño fragmento para lanzar el libro, pero el famoso “big data” recorre la web y busca coincidencias, y, mira por dónde, me dice que hay fragmentos publicados en la web de forma gratuita. He hecho lo que me dice para corroborar que poseo los derechos de publicación, aunque, por si las moscas, he borrado el texto.

Sólo me queda decir: “¡Escucha, bigdata, todos los textos son míos, y ya me ha costado imaginarlos y escribirlos! ¡Todo sea por publicar!

 

Faltan muy pocos días para que ‘AMELIA Y DOÑA ROSA’ aparezca en preventa en Amazon.

Elisa, qué mujer tan extraña

Elisa, qué mujer tan extraña. Apenas la conocí. Recuerdo la noche en que Elvira nos la presentó, aunque confieso que me hago un lío; Elvira dice que yo no estaba, Diego cree que sí, y Elisa no me recuerda en su relato, al menos no se refiere a mí de ninguna manera, aunque, lo que es más seguro, fui para ella transparente; bien mirado, y a decir verdad, sólo tuvo ojos y sentidos para Diego, así que no me extraña que no me mencione. Lo que me extraña es que Elvira sea tan tajante; se burla de mí, seguro que se burla de mí. Qué intensa su relación con Diego, digo la de Elisa. Apenas salían. Nadie salvo Elvira tuvo amistad con ella. Vivía completamente retirada, absorbida por su trabajo, ausente de todo contacto social. Es una relación que, a diferencia de otras, Diego no quiere contar. Incluso ahora que lo sabemos todo, al menos lo que ella dice, Diego no nos deja entrar en su parte. En el relato en el que salgo difunto, apenas cuenta, si acaso al principio, cuando lo echa de su casa. Se lo he preguntado, ¿por qué aquello? Y Diego contesta con evasivas ¿Acudirías si te llamara?, le pregunto. Ahora no, por supuesto; aunque en otro tiempo… Me contesta y lo deja ahí. Elvira se ve con ella, por Elvira tenemos noticias suyas, nunca en detalle. Bien, está bien, dice; muy relajada, mucho más que entonces, tiene sus amigos… ¡Sale! Mira que costaba sacarla de su encierro. ¿Ha tenido problemas?, le preguntamos a Elvira. Y ella dice: Qué va, es una novela ¿Quién puede creer que lo que cuento sea verdad?. Lo podían comprobar, le dije una vez. Bueno, que lo comprueben ¿Tú qué crees?, me preguntó a bocajarro. Si yo te creo, le dije. Eso es lo que importa, sonrió, porque estas cosas nadie se las cree; eso me favorece.

¿No te da por ir a verla?, le pregunté a Diego. Me contestó que a veces está tentado, pero luego insiste en que está mejor así; aunque me llame no iré; así es la vida, querido Luis.

La vida de Diego está marcada por tres mujeres. Tres mujeres de marcada personalidad y de belleza notable; dos bastante parecidas en cuanto a su apariencia, con personalidad, carácter y biografía distintas, eso es lo que sabemos; la otra es el contrapunto, podríamos decir. Sin embargo, parece paradójico, es Blanca la que más lo influye: se nota su presencia, se ve en él su reflejo. Da la impresión de que con ella Diego se somete gustoso. Tiene suerte el muy bandido. Me refiero a estos años últimos, tan entregado al estudio, la escritura y el amor. Ahora que no se debe a nadie y tiene que mentir lo justo, en cuanto a la escritura me refiero.

 

Sobre la imagen: Puerta de acceso al antiguo café Lion con sus faroles (http://antiguoscafesdemadrid.blogspot.com/2013/03/el-cafe-lion-y-su-ballena-alegre.html)

Historia de una novela

Andaba con Carmen. Como siempre, nuestro paso estaba a medio camino entre la marcha y el paseo, una manera de conciliar el movimiento y la conversación, de acompasar los pasos con las palabras. Le hablé de la idea que rondaba por mi cabeza: escribir otra novela; ella sonrió escéptica. La protagonista será una mujer, le dije, y será ella la que cuente, añadí. No creas que es fácil, me advirtió; no creas que lo sabéis todo de nosotras; hay sensibilidades y secretos recónditos que, seguro, los hombres no sabéis advertir. Asumiré el riesgo, tiraré de mi lado femenino, además cuento con tu ayuda, le dije. Le expuse la idea que me andaba rondando, en fin, el asunto, algo de su desarrollo, el conflicto y el final, con caídas y mejoras, vamos, nada rupturista; una novela, eso sí, con atención especial al lenguaje. Seguimos la conversación, pensamos en alguno de los personajes, los nombres —de todos es conocida su importancia—, los lugares, el tiempo; encontramos conocidos por el camino, que si no llueve, con la falta que hace; y pasamos a otros asuntos.

 

 

La impresión de Diego

»En ese punto me di cuenta de que esa Eugenia no era la misma que se había estremecido en mis brazos. Me pareció más dura, más metida en su papel. Quise pensar que se esforzaba por mostrarse insensible, como si estuviera demasiado pendiente de la vigilancia u observación de Luisa, que ésta actuara como supervisora muy atenta a sus reacciones, que se estuvieran permanentemente vigilando para controlar la fidelidad y sometimiento a las normas. Supuse y deseé que su ofrecimiento de hablar más adelante contuviera la promesa de reverdecer nuestra relación. Porque, a pesar del despecho y la furia, esta nueva Eugenia me resultaba más atractiva si cabe, y por lo tanto, más deseable.

»Con intensidad apenas audible, Luisa recuperó la palabra:

—Como te he dicho, sabemos lo que haces; claro, bien mirado somos nosotros los responsables. Verás. Como sabes, y seguro que estás bien informado, en la frontera están pasando cosas demasiado llamativas. No, no te hagas el nuevo, sabes a qué frontera me refiero, y a qué zona, y por qué estamos tan atentos a lo que ocurre. Además, como te puedes imaginar, controlamos algunos movimientos, aunque no todos. Ya sabes que nosotros no hacemos, nos informamos y dejamos hacer o desviamos, o informamos para que sean otros los que hagan, mejor o peor, pero que sean ellos los que lo hagan, como, por lo demás, ocurre con todos los servicios cuando se trata de asuntos de orden interno. No sé por qué te explico esto.

Iba Diego a protestar, a decir que bien lo había comprobado en sus carnes, cuando Eugenia, como si hubiera leído su mente, se adelantó:

—Sí, Diego, lo sabes, hicimos nuestro trabajo y no nos salimos del guion. Te manipulamos, no hace falta que lo digas, pero el trabajo salió bien, y tú vivo, y te recompusiste, no me digas que no.

»Lo bueno (o malo) del caso es que saben cómo hablarte para que creas que lo saben todo de ti, que desde el momento en que establecen contacto contigo tienen unos ojos que no dejan de mirarte. Y eso es terrible porque te sientes espiado y acabas no fiándote de nadie. No pude evitar pensar que conocían de parte a parte mi relación con Elisa, y la tuya; la de Elvira ya la conocían. Llegué a pensar que Elisa también era de ellos, aunque ¿Por qué? ¿Tanto importaba yo? De todos modos fue una paranoia que me asaltó y me tuvo en vilo no sé el tiempo. Pero, todo hay que decirlo, me vino muy bien el manto de Elvira, a quien he contado, con quien he descargado mis manías, quien me aseguró que Elisa no tuvo nada que ver, que lo suyo era otra cosa, según sabía o creía saber, porque Elisa siempre fue muy reservada; no creas que se abría con facilidad, y cuando lo hacía pedía la mayor discreción, que yo cumplí y seguiré cumpliendo con total escrúpulo, lo mismo que Elvira, que seguro sabe más de lo que dice porque, o bien tú eres un artista del disimulo, o poco te ha contado de lo que hablamos.

“todo pasa y todo queda”

Pablo ha hecho su camino. Montse García, con enorme pulso artístico, calidad y solidez narrativa y, sobre todo, una mirada amorosa y tierna, nos ha tenido al corriente de la aventura de acabar sumido en una oscuridad a la que se cuelan los recuerdos, agarrados al anecdotario cotidiano.

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Como no podía ser de otra manera

Pablo ya…estará asaltando los cielos

“Sostiene el bastón con las manos juntas, señalando una nube. Pienso que me va a hablar del tiempo y dice:

-Allí estará San Pedro, esperándome

-Pero si tú no vas a misa, no eres de ellos

-Y eso qué “tié”que ver…cuando me muera voy allí…y luego ya veremos si entro o no”

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Pablo García subido en una silla y sosteniendo un cochecito.

Vivió noventa años. Según creo supo sacarle provecho a la vida

Murió el último día de octubre de 2018

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Montse García (Note Claves)

He acompañado a Pablo en sus últimos años

escribiendo y dibujando sus crónicas para dar recado de él

Gracias por leer.

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Un nuevo trabajo

“Escucha con atención”, me dijo. Noté el cuerpo tenso, no pude evitar un escalofrío ni la sensación de que vivía escenas anteriores aunque en un marco diferente. No necesitaban montar un número. Quise odiar a Eugenia pero no pude; al contrario, al verla, al mirarla, revivía los momentos pasados, los días, que fueron muchos, en que convivimos, en la pasión y el amor que nos tuvimos. Y en ese momento la tenía de nuevo conmigo, requerido de forma rocambolesca para no sé qué que me diría Luisa, una Eugenia que pretendió hablarme con una firmeza profesional que me sonó impostada, que de nuevo me buscaba sin que yo alcanzara a intuir en qué consistía su requerimiento.

»Para imprimir solemnidad al asunto, Luisa dio una profunda calada al cigarrillo, tomó un breve sorbo de cerveza, carraspeó ligeramente y comenzó:

—Como comprenderás, Diego, sabemos dónde estás y qué haces —hizo una pausa, volvió al cigarrillo, a la cerveza, aclaró nuevamente la garganta, la voz le había salido ronca—. Precisamente por tu posición y por haber trabajado con nosotros eres la persona idónea para que te encomendemos este nuevo trabajo.

»No sé cuál sería mi expresión, pero se interrumpió al ver la cara que puse. Aunque pienso, en fin, lo sé, todo estaba previsto, se trataba de una pausa ensayada, pensada, programada, diríamos hoy, para dejarme respirar, para que me expresara, para descomprimirme, para crear mi expectación al tiempo que, en principio, quedaba al descubierto el asunto por el que me habían llamado. Eso lo debía de saber en aquel momento, con varios años de profesión y experiencia, después de escribir acotaciones en los discursos, señalar las pausas, los énfasis, los cambios de tono. Pero estaba tan tenso que no pude evitar estar a su merced.

 

—¿Cómo que un nuevo trabajo? —balbució.

—Sí, claro, un nuevo trabajo para nosotros sin apenas riesgo; algo sencillo, y todos nos beneficiaremos; no tendrás queja, ya lo verás.

—¿Y si me niego? —adoptó una mirada hosca; trataba de retener sin éxito la de Eugenia.

—No te puedes negar —apoyó Eugenia, que estaba como recién salida de un rapto, de una ausencia.

—¿Por qué no me puedo negar? —la pregunta era para las dos; las miró alternativamente para enfatizar. Buscaba la respuesta de Luisa por dos razones: quería oírselo por su mayor jerarquía, siempre le pareció evidente, y por evitar que Eugenia le dijera algo desagradable.

—Porque no nos conviene —dijo fatalmente Eugenia—. A ti porque sufrirías las consecuencias; a nosotras porque sería un fracaso que no nos podemos permitir.

—¿Qué consecuencias? —se atrevió a preguntar.

—Graves y de todo tipo —apoyó Luisa—. Créenos, no te conviene. Has trabajado con nosotras, nos conoces, sabes que no nos gustan los jueguecitos…

—¿Ah no? —preguntó airado dirigiéndose a Eugenia.

—No, no te confundas —Eugenia respondió con sequedad—; no nos gustan los juegos; a mí menos; nunca he jugado contigo, otra cosa es el alcance de las relaciones, los motivos, los gustos, las necesidades…

—Las necesidades… ¿Qué necesidades? —Diego iba elevando el tono e ignorando la presencia de Luisa.

—Las necesidades, Diego —Eugenia bajó la voz—; deberías saberlo, haberlo pensado, esto es así; todos lo sentimos; no te engaño. Pero ahora no vamos a hablar de eso; más adelante, si quieres, hablamos y te aclaro las dudas, siempre que pueda.

Reencuentro

Esa es otra historia, había dicho Diego cuando le pregunté por la llamada apurada de Eugenia. Le dijo que se reuniera con ella donde él sabía.

—¿Y acudiste? —le pregunté. Bien sabía la respuesta.

—Claro que acudí —me contestó—. Con celeridad, sin pensarlo.

No diré que Diego aceptó la espantada de Eugenia como si tal cosa, pero tuvo que admitir que eso era lo que temía. Cualquier día vuelvo a casa y no está, se decía, incluso se lo llegó a plantear. Qué cosas tienes, contestaba ella, intentando que no sonara a evasiva. El desánimo no le hizo mella y apenas se le notó el contratiempo. Una vez le pregunté y me dijo que habían cortado; con esa expresión me lo dijo, y yo lo interpreté como una de tantas rupturas; no le di la menor importancia.

En el ínterin ocurrieron los cambios a los que me he referido, y acabamos en el departamento de información y propaganda, así lo llamaron, donde leíamos los periódicos, seleccionábamos las noticias, los comentarios, los bulos, en fin, todo lo que interesara, para contestar, escribir, diseñar, confeccionar discursos; éramos los negros de la organización.

»No podía pensar —Diego sorbió un trago de whisky—. Eugenia, al cabo del tiempo, me llamaba; y la vi apurada y en peligro; sólo pensé en actuar, en acudir inmediatamente; me vi con ella, otra vez con ella, continuando quién sabe qué aventura.

»Blanca se mantenía distante y la habían mandado a una región, la suya, como trampolín para regresar a Madrid. Eso creía.

»Y entremedias… Bueno, de eso no hablo, ya lo cuenta Elisa. Así que te lo repito: ese es mi sino, por eso me da miedo querer; lo de hoy no me lo acabo de creer, temo que el día menos pensado se romperá.

»Llegué al bar convenido, discreto, de clientela móvil y de paso, y comprobé que no estaba, aunque supuse que en un momento aparecería, como así ocurrió. La acompañaba Luisa, los años no la habían maltratado y mantenía el atractivo de la mujer resuelta que era. Eugenia estaba espléndida, madura, grave; y perdí la cabeza. Otra vez, me dije, acabas de salir de un fracaso que no alcanzas a explicarte, porque Elisa te ha echado de su vida sin contemplaciones, sin darte una mínima explicación, algo para comprender, y ya estás de nuevo metido en otro asunto del que, seguro, saldrás mal parado. Has venido, dijo Eugenia, y me besó con un roce, suficiente para abrasarme. Luisa me besó convencionalmente y señaló una mesa donde sentarnos.

»De la primera observación que hice, no conseguí ver ninguna señal de apuro, ninguna invitación a cambiar de sitio, ninguna prisa. De sus expresiones, aunque sabía que de ahí apenas se podía sacar nada de lo que preocuparse, más bien se deducía que se trataba de un reencuentro en el que algo me habían de exponer o explicar. No contaba ni por asomo que, al cabo del tiempo, Eugenia me hubiera convocado para explicarme su desaparición. Naturalmente, la situación picó mi curiosidad y me puso expectante y tenso.

»Nos sentamos, pedimos unas cervezas y esperamos a que se alejara el camarero, pero al quedarnos solos se hizo el silencio. Nos mirábamos, sonreíamos, nos volvíamos a mirar, y nadie decía nada. Fue Luisa la que, de manera formularia, me preguntó por mi vida, cómo me iba y esas cosas.

—Supongo que lo sabréis —le dije sin reticencia, aunque con intención.

—Bueno, sí, lo sabemos; para qué te vamos a engañar —dijo con naturalidad—; lo que me preocupa es que no te hayas dado cuenta, bueno, en eso sí te miento; eso quiere decir que hacemos bien nuestro trabajo.

—¿Por qué te preocupa? —pregunté por seguir el hilo.

—Porque no hay que bajar la guardia; menos ahora.

»La conversación insustancial y la pasividad de Eugenia empezaron a incomodarme. Tomé la determinación de dar por terminado lo que me pareció un simulacro, de decirle lo que llevaba guardado. Pero me sentía confuso, falto de energía; por aquellos días andaba rumiando lo de Elisa. Me preguntaba por mi maldita pasividad, mi manía de dejar hacer. Si alguien toma una decisión, no hay que intervenir. Si una mujer te echa de su vida, desapareces sin más; no vuelves, no preguntas, no pides explicaciones… ¿Qué supe de ella? Una noche se abrió conmigo y me habló del dolor que llevaba dentro, persistente y enloquecedor. Pero yo la aceptaba como era, con sus rarezas, caprichos y locuras. Y su forma de amar, tan distinta y a la vez tan plena como la de Eugenia; nadie como ella me ha marcado la espalda y luchado para meterme dentro de sí, con ese ansia, con ese deseo enloquecido. Blanca a su lado es como un oasis, un mar en calma, un lago de aguas tibias, acogedor y cálido. Blanca, sobre todo hoy, es pura ternura. Qué le voy a hacer; en el fondo tengo mucha suerte.

»Pero estaba hablando de la incomodidad que me producía la pasividad de Eugenia, que me sugería distanciamiento o deseo de no hablar del pasado, como si se tratara de un reencuentro de colegas, nada que ver con la urgencia que había empleado al llamarme, y que encima no saben qué decirse. Entonces me decidí y dije:

—Ya que no sacáis el tema, lo saco yo; supongo que, salvo los detalles, lo nuestro no es ningún secreto —miré a Eugenia con fijeza—; y bien que me dejaste a verlas venir, abandonado y burlado. Buena forma de desaparecer, sí señor, como si fuera una puta, o un puto, que para el caso es lo mismo. Con que íbamos a por el tal Mateo.

»Eugenia me miró con intensidad. Luisa encendió un cigarrillo y, literalmente, miró para otro lado. Eugenia me dijo:

—No me voy a disculpar. Tienes toda la razón, esto es injusto; también para mí, pero no me voy a disculpar; las cosas son así y yo no puedo cambiarlas. Ahora le toca hablar a Luisa. Escucha con atención.

El Referéndum

Habitualmente, después de cambiar impresiones, se prodigaban en caricias y juegos amorosos. Era como estar instalados en unas vacaciones eternas. Habían adquirido el hábito de estar juntos, de vivir una cotidianeidad de trabajos, compras, salidas… Hasta que llegó el día del Referéndum y se votó con el consabido resultado.

—Cariño, voy a faltar unos días —dijo Eugenia entre las sábanas—. Ya sabes, el trabajo: reuniones, informes, resultados; yo qué sé.

—Yo no puedo ir, claro.

—No, no; esto es así.

—¿Sabré dónde estás?

—No, no puedes.

—¿Me llamarás?

—Tampoco puedo.

—¿Te volveré a ver?

—Qué cosas tienes —Eugenia lo envolvió con una sonrisa cautivadora.

Pero Diego captó una neblina en sus ojos, una incierta tristeza, una humedad reprimida. Impresión que se acrecentó cuando aquella noche Eugenia lo amó como una posesa.

A la mañana siguiente se despidieron con un beso. Diego se fue a su trabajo. Eugenia dijo que no tardando también se iría ella.

Cuando Diego volvió, alrededor de las tres, vio que en la placa del buzón habían puesto una cartulina con su nombre solo. Cuando subió al piso, no quedaba ni rastro de Eugenia. Las sábanas, las toallas, las servilletas habían desaparecido. Encima de la cama, muy bien colocados, había juegos de sábanas, manteles, toallas, servilletas. Y encima de todo, un sobre bastante abultado con una cantidad considerable de dinero. El piso estaba perfectamente pulido: nada de restos de comida, un pelo en la bañera, nada.

 

Es mi sino, me dijo. He nacido para el abandono, para que se me vayan cuando más las quiero. Si no fuera por Blanca, nuestro encuentro, al cabo del tiempo…

No quería interrumpir su lamento, pero me moría de ganas de saber algunas cosas que quedaban en el alero.

—Si no he perdido el hilo, hay algo que no me has contado —le dije—; está lo de la llamada; cuando Eugenia te llamó tan apurada.

—Ah, sí, es verdad… Pero esa es otra historia.

¿Qué supe yo de todo aquello? ¿Qué interés podía tener para mí? Hombre, Diego es mi amigo, hasta no hace mucho trabajábamos juntos. Se habla, se conversa, se comparten confidencias… no porque seamos de una pasta especial sino porque al cabo del día hacemos unas cuantas horas de bar. Es ahí donde aparecen las cuestiones personales, se presentan los amores, las parejas, las relaciones. Claro que conocí a Eugenia. Una joven muy bella, de mirada entre irónica e interrogativa, que salía —entonces se decía así— con Diego, que vivía con él. Aficionada al cine y a la novela negra, que trabajaba en banca, en una caja de ahorros o algo así, inquieta; en fin, como todos.