El banco de Soledad (1)

Soledad limpia los mocos del chiquillo que, como un gorrión más, anda a saltitos alrededor del banco de la estación. Soledad siembra el suelo de migas de pan, que las aves picotean al haber perdido la desconfianza. El jefe de Estación pasea con la bandera plegada bajo el brazo y mira con simpatía al cuadro estático en que se han convertido la mujer y el niño. El tren está a punto de llegar.

Soledad ya sabe medir la proximidad de la máquina. Con minuciosidad ha estudiado los movimientos del funcionario, los pasos, las señales de la bandera; el piafar del vapor, el chirrido de los frenos, el ritmo pausado de las bielas con un compás cada vez más piano. Es entonces cuando coge de la mano al niño y recorre con mirada ansiosa de uno en uno los pasajeros que bajan de los vagones. En alguna ocasión ha tirado de la manga de la chaqueta del hombre delgado que se vuelve con expresión interrogante; y Soledad, Usted perdone, creía…

El jefe de Estación da la salida, pliega la bandera y pasa por su despacho a firmar los partes. Desde la ventana contempla un día más a Soledad con su hijo de la mano alejarse desafiando el sol y tomar el camino descubierto e inhóspito para cubrir a pie los cerca de tres kilómetros que separan la estación del pueblo. Hay días que tiene suerte y la recoge un carro que regresa de faenar del campo; en otras ocasiones soporta la burla de quienes pasan a su lado y la escupen como si fuera una apestada.

El jefe de Estación se da una vuelta por la cantina a tomar un vaso de vino tinto. Un viajante de prendas femeninas y ropa interior está comiendo y lo invita a sentarse con él:

-Y esa mujer, siempre aquí en la estación; alguna vez la he llevado al pueblo, pero no abre la boca; y lleva sujeto al crío para que tampoco lo haga, ya he oído, pero… ¿No estará un poco loca? Tiene una forma de mirar…

-Hombre, como para no estarlo -aunque no hay nadie en ese momento, el funcionario baja la voz-, mataron a su marido, la pasearon, la pelaron y le hicieron tomar aceite de ricino; bueno, ahí es donde le duele, que ella cree que su marido vive, porque según le dijeron, a su marido lo mataron en el frente y… -De una portezuela que da a la trastienda aparece el cantinero y el Jefe continúa-, ¿Y qué tal la venta? Por aquí le va a costar colocar el género: lo que usted trae es muy atrevido y… ya sabe.

-Ya -contesta el viajante-, pero no hay que desfallecer. Verá, lo que hace falta es que haya alguna que se atreva, usted ya me entiende… luego, las demás se van animando… Y la ropa interior: esa no la ve nadie.

-Ya, pero las ven comprarla -tercia el cantinero-, y, usted me va a perdonar, pero si yo me entero, y cómo no me voy a enterar -dice con picardía.

Una muchacha de unos trece años entra en la cantina y se dirige al Jefe:

-Papá, la comida.

El viajante pide un café, paga y se adentra en la camioneta a la sombra de un olmo a dormir la siesta.

El sol empieza a bajar y no cede por eso el monótono cantar de las cigarras. El viajante se despereza y vuelve a entrar en la cantina. Pide un vaso de agua y se encamina al lavabo. Primero orina en una taza turca de uso único y después en un lavabo minúsculo se remoja la cara y ordena sus duras crenchas con un peine pequeño que lleva en la cartera.

-Hasta la semana que viene -se despide del cantinero, arranca la camioneta con la manivela y la pone en marcha.

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Justicia poética (y 2)

Vestida con telas de alegres colores, perfumada y fresca, una luminosa mañana de marzo salió de su casa balanceando el bolso y cantando una canción suave. Pasó por el estanco, compró cigarrillos y sacó uno del paquete. Al buscar el mechero tropezó con un papel doblado y extraño. Excitada, se sentó en un banco. El corazón se le desbocó a galope. Con manos presurosas y torpes desdobló el papel. Por fin consiguió leer un texto que apuntaba directo al corazón:

Querida mía, aunque tú no lo sepas, no paso un día sin verte. Cuando te siento, el aire se transparenta y las cosas se tornan de brillos y mi corazón tiembla.

Sostenía el papel con mano temblorosa cuando una lágrima resbaló lentamente sobre su acalorada mejilla.

No puedo más, amor mío, muéstrate a mí y apaga esta llama que me consume, por favor ven a buscarme y llévame a tus dominios,

 

escribió con mano insegura sobre una cuartilla inmaculada sobre la que caía la ardiente escarcha de sus lágrimas. Acudió presurosa a las recónditas calles de su secreto. Allí, abrasada de amor depositó su mensaje. La mañana era transparente y tibia, el rocío hermoseaba con diminutas gotas el verdor de la hierba y de las primeras margaritas. El aire tocaba con finos dedos su renovado semblante y hacía ondear sus cabellos como una bandera. Las altas paredes de las estrechas calles se le echaban encima, se le agitaba la respiración y las lágrimas le empañaban los ojos.

Vino la tarde dorada para, luego, cubrirse con una sábana de fina lluvia. La mujer caminaba despacio sin reparar en los adolescentes que la seguían a cierta distancia. Ajena a todo lo que pasaba a su alrededor, concentraba sus sentidos en el deseo de que la hornacina guardara la respuesta deseada, y, en efecto, una nueva cuartilla se desveló doblada en cuatro pliegues. Nerviosa, con el corazón agitado como un pez recién sacado del agua, cogió el papel y buscó la luz mortecina de un farol. Con fruición, devoró el mensaje. De pronto, se le nubló la vista y las piernas se negaron a sostenerla. Agarrándose a las paredes, sollozando, llegó como pudo hasta las escaleras del atrio de Santo Domingo donde rindió sus fuerzas; su cuerpo cayó desmayado sobre los peldaños. El billete, arrugado, se escapó de su mano y fue a caer a un charco. La tarde se perdió entre nubarrones oscuros. El silencio petrificó las figuras y una neblina se extendió sobre la humedad de las calles. Unos pasos lentos anunciaron la aparición de una larga sombra. Era la de un hombre de cabellos largos y rizados, moreno, con levita negra. Se acercó al cuerpo caído, peinó sus cabellos entre sus largos dedos y, despacio, la tomó en sus brazos para perderse por las oscuras sombras de la calle.

 

Amelia y doña Rosa (final)

Amelia, antes de irse, echa el último vistazo a doña Rosa; se queda tranquila al comprobar la placidez de su sueño. Estira la mantita que el cubre las piernas y le da un beso suave en la mejilla; no llega a captar la media sonrisa que insinúan los labios de la anciana. Coge la mochila, sale de la casa y hace una bajada de escalera de reina o princesa –aunque le gusta el cine, no nos consta que viera la de Scarlett O´Hara, en Lo que el viento se llevó-. Distraída y pensativa mira escaparates sin apenas fijarse en los artículos ni en su imagen. Entra en el metro. Antes, cuando fue a meter la bata en la mochila, notó el peso del teléfono. Lo cogió, lo abrió, y vio las llamadas perdidas y los mensajes de Aitor. No quiso mirarlos, no por falta de curiosidad, tampoco de ganas de sentirlo, de hablar con él, de leer sus cosas, pero se había impuesto el esfuerzo de ignorarlo, para que aprenda, ¿Qué forma es esa de despedirse? Tengo las ideas claras.

Una vez en el metro, como de costumbre, a mitad de trayecto quedaron algunos asientos libres. Amelia descargó el cansancio y también la cabeza, un tanto achispada. Sacó el libro de la mochila y se puso a hojearlo sin encontrar el modo de centrarse en la lectura. Pasaba las hojas de forma mecánica, de adelante atrás y de atrás adelante, hasta que la escritura brilló con luz propia:

“Cuanto podía ofreceros era una opinión sobre un punto sin demasiada importancia: que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela”.

Salió del metro con las primeras farolas encendidas, los neones de los escaparates y las propias farolas dejaban caer hilillos fosforescentes. Anduvo hacia casa, a veces despacio, otras a saltitos. Subió, abrió la puerta y no estaba Aitor. Soltó la mochila, se sentó en el sofá, cogió el móvil, miró los mensajes y la invadió una mezcla de comprensión y ternura. Abrió el whassapp y escribió: “Uy!, mi vida, perdona pero se me ha ido el santo al cielo. Ya estoy en casa. Tú dónde estás? Ahora te cuento”.. Lo leyó, lo repasó y pulsó el botón de ‘enviar’

 

Agosto de 2017

Justicia poética (1)

La tarde se deshilaba en fina lluvia que, menuda y ligera, se deslizaba suavemente sobre el paraguas que una mujer sostenía con trémula mano. Las últimas luces se escapaban difuminadas por los rincones más altos de la plaza de Santo Domingo el Real y el tenue fulgor de las primeras farolas caía despacio sobre el brillo empedrado de la calle. La mujer, desde el cobertizo, miraba y miraba hacia el fondo y pensaba que todo había sido una locura, y se sentía ridícula. La plaza poco a poco se sumergía en la humedad de la noche. ‘Ahora no puedo flaquear, no hay nada de malo en todo esto; en cualquier caso es hermoso’ se decía mientras sus piernas temblaban y, no sabía bien por qué, demoraba sus pasos para retrasar en lo posible la cita con su destino.

En el Instituto hablaba de poesía con pasión contenida y sentía el ligero rubor que apenas traslucía el rescoldo que anidaba en su seno. Cuarenta años de sábanas solitarias, noche tras noche deshojaba la flor amarga del desamor.

Le gustaba dar clases al aire libre. Una tarde, en la plaza de Santo Domingo el Real, donde el silencio resuena iluminado por la tenue luz conventual, al pie de la placa de mármol que en su día dedicaron a Bécquer, con suavidad majestuosa desgranaba sus explicaciones, ilustradas por cálidos y encendidos poemas. En el aire flotaban palabras de amor y de misterio.

Solía pasear por las calles solitarias para oír el eco de sus pisadas. Disfrutaba de la soledad sin más compañía que sus pensamientos. Rara vez aparecía por las calles céntricas, sólo cuando se acercaba al teatro.

Una tarde, cuando andaba por los Cobertizos, llamó su atención una hoja blanca de papel que, doblada cuidadosamente, se ofrecía en el hueco de una antigua hornacina. Picada por la curiosidad, tomó y desdobló cuidadosamente lo que parecía un mensaje. La sorpresa se encendió en su rostro para después elevar la mirada a lo largo de las altas paredes y expresar una lejana sonrisa. Y es que, lo que antes llamaríamos billete decía lo siguiente:

Gracias a ti mis solitarios paseos se alejan de la melancolía, y al verte andar por mis calles el espíritu recupera esa alegría que consideraba perdida. Compartimos nuestras pisadas y mis manos acarician lo que tocas. No me conoces, pero algún día, si quieres, mi cuerpo estará contigo aunque ya posees mi alma. Siempre sé dónde estás. Si aceptas mis cartas pronto tendrás de nuevo mis noticias.

No quería tomar en serio tamaña tontería, lo que no le impedía dejar de pensar en ello. Quién será semejante personaje. No es más que una broma de mal gusto. Pero la curiosidad primero, y el deseo después, comenzaron a minar aquella, hasta entonces, despreocupada mente.

Las lluvias y los fríos acompañaban sus atardeceres sombríos. Miraba la hornacina por si hubiera un nuevo billete, una referencia que soplara en el fuego que iba germinando en su corazón aturdido. En clase se distraía. Los alumnos lo notaban. Hasta que una tarde amarilla, la blancura de papel resaltaba como una luz en la hornacina. Las palabras escritas en él soplaban sobre las ascuas avivando promesas de amor y de misterio. El color rosaba sus mejillas y sus ojos recuperaban lejanos brillos. Lo que había sido una mueca pasó a ser un bello resurgir otoñal. A los apagados ojos de mirada esquiva retornó el claro azul con sus brillos juveniles. La blanquecina piel hermoseaba en leves carmines y en dorados tonos y la risa iluminaba la frescura de su boca. A toda carrera, ante tanta mudanza, acudió el deseo. Ya las noches no estaban vacías. Descubrió de nuevo la seda de su piel, la olvidada firmeza de sus pechos, el suave y húmedo calor de sus rincones. La Luna, indiscreta, plateaba su cuerpo desnudo ante el frío balcón.

 

Imagen: Plaza de Santo Domingo el Real, Toledo.

 

Clásicas

Fregó los cacharros, recogió la cocina, se cambió y fue a echar un vistazo a doña Rosa, que dormía plácidamente, Si me duermo, te vas sin despedirte; no te preocupes, es mi cabezada, ya lo sabes; un poco tarde, pero bueno; tú te vas y pierde cuidado, hija. La verdad es que habían pasado un buen rato y no pensaba echar en saco roto los consejos recibidos, salteados de pequeñas historias. Vamos, quién iba a decir que doña Rosa había padecido unos celos tan grandes, No creo que entre ellos hubiera nada, le dijo, nada de eso, pero, hija, ¿tú sabes lo que es sentirte en tu casa como una convidada de piedra? Que si este fonema, que si la relajación de las oclusivas; yo qué sé, porque yo no entendía nada. Un día cogí uno de sus libros, en la biblioteca estará, lo acababa de publicar un colega suyo, de mi marido, claro… ¡No entendí nada! Luego ella dijo que se inclinaba por las clásicas, y a eso se dedicó; también puedes ver en la biblioteca algunas traducciones suyas, y versiones de teatro y poesía. Pero tengo que reconocer que Aurorita era muy lista, por eso creo que no hubo nada; admiración nada más. Pero me daba una rabia oírla recitar ¡En griego! Y Raimundo, embelesado. ¡Si se le caía la baba!… Por eso, tú no, no seas tonta, aprende, aprovecha, que la juventud se va muy deprisa y luego no es igual; y ese novio tuyo, si te quiere, acabará comprendiéndote. Déjalo que gruña, que se queje, que diga lo que quiera, porque, ¿no será un bruto capaz de pegarte?

-No, doña Rosa, no, no es eso…

-Creo que en el fondo tiene miedo –dijo la anciana.

-¿Miedo de qué, doña Rosa?

-Sí, hija, sí, miedo; miedo de que lo aventajes, de que lo dejes atrás.

-Pero yo no quiero eso.

-Ya, hija, pero, ¿tú sabes lo que se sufre cuando te ves disminuida? ¿Tú sabes cómo llegué a odiar a Aurorita? En silencio, eso sí; ni una queja; nadie supo nada; pero, hija, qué quieres; me costó lo suyo comprender que Raimundo en nada me hacía de menos cuando estaba con ella y lo pasaba tan bien, que cada una ocupábamos nuestro lugar, y que el mío estaba en su corazón y en otro sitio que no te voy a decir.

Doña Rosa, entre risas, le dio otro pequeño tiento a la botella de anís.

 

Imagen: Medea, por Anthony Frederick Augustus Sandys

Cogiendo naranjas

Sentada en la mecedora de mimbre mira con ojos ausentes las vigas pintadas de azul que surcan el techo encalado. Mientras, arrima los pies descalzos al calor del tronco de algarrobo que se anima con el crepitar de unas ramas de almendro. Diríase que descansa relajada después de un día de larga faena dedicada a la cosecha de la naranja, pero al mirarla sorprenderemos un leve temblor de boca y el nacer de unas tímidas lágrimas.

 

Bueno, bueno, así es que nos has salido roja. El comisario Comillas corta la boquilla de un cigarro y levanta la vista para mirarla con dureza, No sé qué coño queréis los niños bien. Hace un nuevo esfuerzo para sostenerle la mirada sin que sus ojos trasluzcan asomo de miedo o inseguridad. Lo mira pero no le contesta, Tienes suerte; tu padre tiene amigos; yo lo hago por él, que te conste ¡Si por mí fuera a todos los comunistas de mierda os mandaba al paredón! O a trabajos forzados, a eso os mandaba yo, vagos de los cojones ¡A trabajar, eso es lo que os hace falta! ¿Oyes? yo no me corto contigo: tú no eres una señorita. Y a todo esto, ¿qué tienes que decir? ¡Contesta, joder!

Una semana antes el comisario Comillas recibía una llamada de jefatura. Que si podía averiguar algo de la hija de Santisteban, que había desaparecido; que Flori estaba descompuesta; que sospechaba que andaba en líos de comunistas y eso. No le costó trabajo encontrarla. Sólo tuvo que llamar al famoso inspector que trabajaba a sus órdenes directas, Apañarla un poco y subirla a mi despacho ¿No se os habrá ido la mano? Por esta vez vale con un buen susto.

 

Más que los golpes dolían las vejaciones, Puta, me decían, ¿con cuántos te acuestas? Ahora te vas a enterar de lo que es un hombre. Y me hacían desnudarme, y miraban mi cuerpo con una suciedad torva que jamás podré olvidar. No, no se tapaban la cara, sabían que no era necesario, que nunca tendrían que pagar por ello. Hay que olvidar, dicen… Cabrones…

La luz de la lámpara cae sobre dos cuerpos desnudos. Ambos fuman y de vez en cuando echan un trago de ron a palo seco, Ahora estoy bien aquí contigo. Es muy duro saber que eres una apestada para quienes hasta hace poco eran tus amigos, tus compañeros, tus camaradas. Pero no dije nada, no hablé. Si vieras al hijo de puta de Comillas; el tío baboso alabando su amistad con mi padre y al mismo tiempo insinuándose, Tú eres gilipollas -decía-, con lo bien que te lo podías hacer si quisieras. Los policías no somos tan malos como cuentan. Defendemos lo que ganamos a pulso, joder. Sabemos mucho y tenemos agarraderas. Dicen que si se muere el abuelo esto va a cambiar, pero a nosotros no nos joden. Ay, niña, con lo bien que te lo podías montar con nosotros.  Ahora sales y haces que todo siga igual. Nos cuentas cosas, ya sabes. Lo de ahora no ha sido nada, muñeca, un aperitivo. Mira, a ese con cara de niño lo he tenido que sujetar. Cuando lo dejo suelto, y no siempre lo puedo controlar, no sabes lo que es capaz de hacer. Tu padre, qué suerte tienes; pero si no colaboras, ¡ni Santisteban ni hostias! Así toda la mañana y luego me decía que con lo joven y guapa que soy. De todas formas, añadía, ya sabes que todo lo puedo tomar por la fuerza, Pero no colaboré, jamás tuve nada que ver con ellos. Fue muy doloroso lo que hicisteis, bueno tú no: creo que nunca dejaste de creer en mí. Fue el niñato ese que vino de Alemania ¿Te acuerdas? Al principio se me apartó y yo lo entendí: estaba quemada; siempre he comprendido eso. Pasó el tiempo, murió el innombrable, todo cambiaba. Ya les era más difícil raptarme, o habían perdido el interés por mí; y vino ese rubiajo de mierda. Y a vosotros se os abría la boca ¿Recuerdas? Pero qué gilipollas éramos. Armas, revolución, mierda. Y la María, Cuidado con ese que es policía; y vosotros, Que va, qué va, si es un tío muy majo, lo que pasa es que no veis más que brujas. Menos mal que hubo quien se lo tomó en serio e investigó, si no yo, terrorista ¡Si soy incapaz de matar una mosca! Pero el hijo de puta os envenenó. Que si yo era una infiltrada; y os lo creísteis a pie juntillas ¿No me conocíais? Aguanté hostias, vejaciones, insultos. Soporté el vacío de más de tres años, y lo comprendí. Para acabar como chivata. No sé cómo os miro a la cara.

 

La noche avanza lenta. Una suave y húmeda brisa cargada de azahar penetra por la rendija abierta en la ventana meciendo con suavidad las leves cortinas. El fuego chisporrotea y la mujer se inclina lentamente hacia adelante para pasar las manos sobre los fatigados pies. Su mirada se pierde en el fondo del fuego. Bajo un amplio ventanal hay una mesa grande donde quedan platos con restos de comida y una botella de vino casi terminada. En el centro, un cenicero repleto de colillas. En el ambiente se respira un fuerte olor a hachís. De arriba bajan susurros y risas. Sobre una silla, y desparramadas por el suelo, se ven ropas de hombre y de mujer.

 

Enero de 1985

Paco

Paco, el profesor, se quedó de un aire. Qué le pasa a este chico, se preguntó. No es que se le hubiera ido la preocupación, pero al menos tenía una certeza: el mensaje o lo que fuera era de Amelia.

 

Cuando apareció por la escuela, no pasaba de ser una chica más. Luego, la aplicación y la inquietud; el interés y la voluntad; la pasión y la fe; la admiración hacia el conocimiento; y más aún: unos ojos profundos de color indefinible, la curva perfecta de sus jugosos labios, la piel tersa y delicada: dichosas las manos que te acaricien, la boca que te bese, piensa, y hace por parar. Pero hay noches en las que no acude el sueño; y en la vigilia, la imagen de Amelia, los ojos de Amelia, los labios de Amelia… y el deseo. La inmensa cama. La ausencia de Marga, su hueco: el desamor y el olvido… la infinita soledad; y en esto, Amelia, la obsesión de Amelia, el furioso deseo, tanto, que hay que acudir a íntimos desahogos.

 

Aitor camina deprisa aunque se quiere dar tiempo para pensar. Pero es el ansia de saber, de estar con ella, de decirle, de que ella le diga. Ese tío está por ella, no hay más que verlo, ¿desde cuándo un profe se interesa tanto? Ya es mayorcita. Saca el teléfono, vuelve a mirarlo, vuelve a leer: “Uy!, mi vida, perdona pero se me ha ido el santo al cielo. Ya estoy en casa. Tú dónde estás? Ahora te cuento”.

 

Imagen: René Magritte, Le Visage du génie, 1927, óleo sobre lienzo, Musée d’Ixelles, Bruxelles,

Tiempo de lectura

Hay una sacudida de hierba y rocío al abrir la puerta. Te sigue una mariposa blanca a ras de suelo. Te viene a la memoria –siempre la literatura- el personaje –una mujer- de Cien años de soledad, pero no tienes a mano un ejemplar y tampoco te apetece consultar la Wiki. De lo alto baja el piar agudo de un mirlo al que otro contesta a lo lejos. Avanzas por la pista hasta llegar a la casa semiderruida y cubierta por las plantas parásitas a la que atribuyes una historia que nada tiene que ver con la de la familia que en ella vivió hasta su completo abandono. Más abajo, las silvas se comen literalmente las ruinas de otra que formó parte de los sueños de alguien que luego no pudo cumplirlos. Con qué ilusión te enseñó los planos y perspectivas, los árboles que iba a plantar, el estanque que iba a llenar con las aguas del reguero que atraviesa la finca; pero nuestras ilusiones van por un lado y la vida se empeña en torcerse, en ir a lo suyo. El valle se ensancha y del fondo sube el rumor de algún automóvil que circula por la que pomposamente llamamos ‘carretera general’. Amarillean los prados, hace calor, apenas llueve.

Es tiempo de lectura y descanso. Entras con fuerza en Patria, de Fernando Aramburu. Te alegra ver que el libro, en cuanto a estructura y técnica narrativa, se asemeja a lo que tú escribes: un mosaico de escenas abiertas, provistas de conectores para que el lector las ensamble en una estructura superior y un conjunto de voces que sienten y cuentan. No es una historia de buenos y malos, sino de perdedores; tampoco el autor se remite a la fortuna o a las circunstancias para dar sentido a la tragedia: cada cual sabe lo que hace y por qué lo hace. Es un alivio, en un momento de neolengua espesa y alambicada, que no se hable de conflicto político, sino de odio irracional y también de callada vergüenza o silencio cobarde. Es una historia de ficción perfectamente verosímil, una forma de abrir la herida en carne viva, la mejor manera de prepararla para la cura y cicatrización, mucho mejor, desde luego, que hacer como que no ha pasado nada y cerrar en falso. No hay un progreso temporal que haga avanzar la fábula con sus caídas y mejoras: todo se sabe desde el principio y el autor vuelve una y otra vez sobre las acciones principales para que las veamos desde distintos planos, desde puntos de vista diferentes. El autor siente algo parecido al pudor a la hora de intervenir, de modo que son los personajes los que dicen la historia. Parafraseando a Mario Vargas Llosa en cuanto a Cien años de soledad, diré que Patria es una novela atractiva tanto para el lector culto y exigente como para el lector elemental que sólo sigue la anécdota y no se interesa por la lengua ni por la técnica narrativa.

Y tú piensas en la necesidad que tienen tantos de sentirse parte de algo, de trascender esa vida tan diminuta –tan pedestre en ocasiones- en algo superior a lo que vincular sus emociones, bien sea una creencia, una religión o una patria.

Hay que crear un relato compartido, lees u oyes decir; un mundo de ficción, algo en lo que nos podamos mirar sin sentir las aristas, dices tú; que los historiadores cuenten lo que convenga y que los apacentadores de masas creen contrafácticos a fuerza de rellenar significantes vacíos.

En este punto interviene Carmen y te dice: Alfonso, no te pongas estupendo.

 

Siente una vibración en el bolsillo. Saca el teléfono, lo mira, y lo deslumbra el nombre como un fogonazo. Un vuelco de alegría le cambia el semblante. Paco observa el cambio y sujeta como puede la pregunta, Me voy, dice Aitor, Pasa algo, pregunta Paco, Nada, contesta Aitor, Pero es ella, Paco no puede reprimir la pregunta, Sí, es ella; y lo deja con la palabra en la boca.

 

Imagen tomada de la portada de la novela Patria, de Fernando Aramburu, Tusquets, Barcelona, 2016

 

Ansiedad

El reloj marca las siete y media cuando Aitor baja el capot del coche en el que está trabajando. Recoge la herramienta y corre a los vestuarios. El encargado se sorprende; Aitor no acostumbra a dejar nada pendiente. Mira el móvil y no hay mensajes. Por fin se decide y escribe rápido: “¿Qué coño haces que no me llamas?” Levanta el dedo para pulsar la flechita el tiempo suficiente para arrepentirse. No, eso no, y escribe: “¿Qué haces? Te echo de menos”. Titubea pero al final se decide y lo manda.

El móvil de Amelia, en el bolsillo de la bata, emite la vibración y el sonidito. Pero la bata y la mochila están el cuarto donde se cambia. Friega los cacharros después de echar a doña Rosa en el sofá a que dé una cabezadita.

No hay respuesta inmediata. No hay respuesta. El muchacho toma una ducha que apenas lo relaja. Se pone la ropa de calle y guarda el mono en la mochila; al jefe no le gusta que anden por el taller con el mono tieso de grasa; a él tampoco. Sale y se despide de los compañeros de forma maquinal. Con la cabeza en Amelia, sube al coche y se va despistado. Cuando quiere recordar se ha saltado el semáforo; no presta atención a los pitidos y gestos de los airados conductores. Aparca lejos, al otro lado del parque y lo cruza sin hacer caso de los pájaros, el estanque, los patos, los rosales y las adelfas. Hay niños jugando en los columpios y por encima de las copas de los árboles luce una espléndida puesta de sol. Sube a casa y ella no está. No le extraña; todavía no es la hora. Suelta la mochila, anda de un lado a otro, resopla, enciende un cigarrillo, abre una cerveza. Sale de casa, sale a la calle, se encamina hacia la escuela, se mantendrá sereno, no se la piensa liar, pero, ¿por qué no le contesta? Seguro que ha mirado el móvil, está claro ¿Se habrá molestado? Tampoco es para tanto. Bueno, si quiere estudiar que estudie, pero que no se haga con él la lista; tanto cine, tanto teatro, tanto libro… ¿Para qué saber tanto? Total, para lo que vale ¿No será mejor ser un buen currante? Unas libras en el bolsillo, los colegas, ¿para qué más? Ya lo decía la abuela del Jaro, que se le habían secado los sesos de tanto estudiar.

Llega a la altura del bar, se asoma; no está. Ir o no ir a la escuela, a esperar a la puerta como los novios antiguos. Su abuela contaba cómo se reían de los novios cuando esperaban a la puerta del taller. Los miraban desde las ventanas y los hacían esperar. Fumaban y andaban de arriba abajo, de izquierda a derecha, y tu abuelo, la primera vez que le di permiso para ir a esperarme, estuvo a punto de irse, que se te va, Angelita, que se te va, me dijo la Pura. Ay, Dios mío, con lo que era la Pura y hoy sale a la calle a dar un paseíto agarrada a un taka-taka; yo así no salgo; prefiero quedarme en casa.

Cruza la calle, al fin y al cabo hará lo mismo que hacía su abuelo… ¿Y si sale con el profesor ese? ¿Y si se me cruzan los cables? No se ha percatado de que Paco, el profesor, lo espera en la puerta.

-Te he visto cruzar y me he quedado aquí esperando -le dice Paco a modo de saludo.

-Ah, sí, Paco, el profesor -Aitor se hace el despistado.

-¿No vendrás a buscar a Amelia? Porque no ha venido -Paco lo mira intrigado.

-¿Cómo que no ha venido?

-No, no ha venido; tampoco ha llamado, porque vienes a buscarla, ¿no es así? –pregunta con preocupación.

-Sí, claro –responde Aitor.

¿Y si le ha pasado algo? Es muy extraño; nunca ha faltado –La voz y el rostro de Paco evidencian alarma.

La cabeza de Aitor parece una hormigonera: todo le da vueltas. Mira al profesor, mira al suelo, aprieta los puños, la boca, resopla. Mita a Paco con fijeza. El profesor siente que un escalofrío le recorre el cuerpo de pies a cabeza.

 

 

Qué calor

6:00 de la mañana. Empiezo a respirar, pero ya no tengo sueño. Algo he dormido, creo. No, no era fiebre; sólo recuerdo algo como un sueño en bucle. No leo, no escribo, no…, bueno sí, aunque antes de las doce.

6:30, primera ducha. Me da ánimos el fresco abrazo del agua; duran lo que tardo en secarme. Desayuno.

7:00, a la calle; 9:30, vuelta empapado en sudor, con el pan y el periódico; nueva ducha.

10:00, ¿fruta o gazpacho?

11:30, repaso del periódico, ¿para qué comentarlo?

12:30, la casa en sombra, como una jaima, dispuestas las cortinas como grandes abanicos; nada de ventiladores ni aire acondicionado, ¿que no? a la una entra fuego por las ventanas. Aire acondicionado hasta las doce de la noche.

¿Que hacer? ¿Cine? ¿Lectura? ¿Siesta? ¿Nada?

Vemos la película argentina El ciudadano ilustre. Volver a la tierra puede ser un infierno, sobre todo si la has convertido en tu mundo literario. División de opiniones sobre el final después del final: no me gustan los estrambotes; a Carmen le parece acertado.

Inicio ¡Ya era hora! la lectura de Patria. Independientemente del contenido, ya me gustan la estructura que se adivina y los recursos formales: distribución en capítulos cortos con su propio título, y en el primero, menos de tres páginas y media, con ágiles pinceladas presenta (se presentan) a tres personajes, caracteres, conflictos… Ah, y un uso magistral del estilo indirecto libre.

Y dejo aquí la entrada. El ordenador escupe fuego por la ranura del ventilador ¡Me voy a la ducha!