El sentido de la historia

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No sabemos, mejor dicho, no alcanzo a saber si cada uno de mis actos me pertenece o pasa a ser un producto histórico; entiendo que lo que hago puede tener consecuencias, pero no le suelo dar mayor trascendencia, tanto si voy a por el pan como si participo, a la manera del joven Fabrizio del Dongo, en un Waterloo sin enterarme.

Estas palabras liminares vienen a cuento con lo que paso a decir: ayer declaró en el Tribunal Supremo Jordi Cuixart, a la sazón expresidente de Òmnium Cultural, enjuiciado en la causa que se instruye contra él y otros por los acontecimientos acaecidos en Cataluña en septiembre y octubre de 2017. No voy a entrar en los entresijos del asunto y menos, Dios me libre, a enjuiciar lo que en el Supremo se dirime; sí me paro, por eso el título, en el sentido trascendente y poético que se quiere dar a lo que, según Aristóteles, es la sucesión de los hechos uno detrás de otro.

Al parecer Cuixart, o eso es lo que le dice al tribunal, se incluye en una nómina en la que figuran Rosa Parks, Gandhi y Nelson Mandela, entre otros. Sin embargo, considerando los hechos, incluida su significación histórica, no veo al señor Cuixart en este trance por negarse a ceder el asiento a un español en el autobús que lo transporta; tampoco, por mucho que me esfuerce, puedo asociarlo con un Gandhi en su lucha anticolonial y antiviolenta; y mucho más me cuesta verlo encarcelado por oponerse al apartheid sufrido por los catalanes, sometidos al supremacismo español y sus leyes raciales. Esto no me impide afirmar sin reservas que el señor Cuixart y sus compañeros no deberían estar en la cárcel, pero sí, como todos, sometidos a la Ley y a la responsabilidad de sus actos; además, creo que deberían bajar a tierra y dejar de banalizar el sufrimiento.

Ya lo sé: la historia tiene que elegir entre conformarse con ser un relato humilde y prosaico en el que se constatan y analizan hechos, o ser la Historia, donde, sin renunciar a la hipérbole, los grandes hombres realizan grandes hazañas con una carga épica y por lo tanto poética, lo de los pueblos sería harina de otro costal.

Aunque, bien es sabido, en el terreno de las grandes pasiones domina la tragedia, pero algunos preferimos no llegar a la catarsis y nos conformamos con vivir la historia, y que nos la cuenten, como si fuera una vulgar novela.

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El fiel de la balanza

El juicio de Osiris
El juicio de Osiris. Wikipedia

—Pero, Fina, ¿de qué me hablas? De verdad, no te entiendo.

—Fui yo quien metió el miedo en el cuerpo a la mujer del piloto.

Luisa clavó la mirada en el suelo y se puso a dar pasos nerviosos de un lado a otro de la pista. Su cabeza se convirtió en un hervidero y respiró hondo para tranquilizar y poner en orden sus pensamientos.

—Pero… ¿Por qué? ¿Por qué, Fina? ¡No lo entiendo!

—No es fácil, Luisa, no es fácil; en aquel momento pensé que era lo mejor. Ahora te pido que te calmes, que no me interrumpas; luego dices lo que quieras, o te vas; pero déjame que te explique.

»Seguro que te informé de la existencia de la llamada “Sección 6”; si no la han disuelto con las remodelaciones, ahí tiene que seguir ¿Sigue? Como seguro que estás al corriente, sabrás que esos no responden ante nada ni ante nadie, vamos, que tienen carta blanca; sólo reciben órdenes del jefe.

»Pues bien. A través de mis contactos —tú tendrás los tuyos—, me llegó el soplo de que el asunto estaba en un punto en que había que dejar hacer, pero de cara a los de arriba no podíamos decir que te retirábamos, salvo que hubiera una buena razón, y los de la 6 pensaban, ya sabes que en aquellos momentos no había manera de saber dónde estaba cada cual, pensaban descubrirte, no de forma pública, naturalmente, sino ante el elemento más activo y peligroso de la conjura, con la instrucción de que hiciera lo que fuera contigo, en fin, un accidente, una desaparición…

»Me aseguré de la veracidad del soplo, de si era una intoxicación para ponernos nerviosos; pero no: estaban dispuestos a sacrificarte. Por eso intervine.

—¿No me pudiste advertir? Ya se nos hubiera ocurrido algo —objetó Luisa. Aparentemente más calmada, apartaba piedrecitas con la punta del zapato—. Algo habríamos hecho.

—Puede ser, Luisa, puede ser, pero no había tiempo y no se me ocurrió nada mejor.

—¿No te parece demasiado?

—Claro que me lo parece. Pero es ahora, cuando estoy lejos, cuando puedo pensar. Sé que te hice daño, por eso te he llamado, para decírtelo y, mira qué egoísta, para descargar la conciencia. Con el paso de los años todo se presenta con una nueva claridad, y necesitaba decírtelo, no para pedirte perdón —no se trata de eso—, sino para que supieras lo que pasó.

—¿Por qué me lo dices ahora? ¿Qué necesidad tenías?

—Ya te lo he dicho, porque ahora puedo pensar; y no te diré —eso es ocioso y hasta cursi— que para que tú no hagas lo mismo —harás lo que tengas que hacer—. Es posible que lo haga por mí, por descargarme, por confesar, ya ves, por confesar.

Luisa era de pensamiento rápido y en seguida comprendió que Fina había puesto en los platillos de la balanza su vida y su felicidad, y le quedaba la duda de si había pesado por encima de toda consideración el éxito de la misión.

Amelia y doña Rosa: y otros relatos

Una muy querida reseña de Chelo Puente.

La librería de Chelo

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AMELIA Y DOÑA ROSA: Y OTROS RELATOS

Alfonso Cebrián

Autoedición

No es la primera vez que os hablo de la obra de ALFONSO CEBRIÁN, ya os hablé de él con ocasión del comentario que hice de su novela Las aguas del olvido, pero hoy os quiero hablar de AMELIA Y DOÑA ROSA: Y OTROS RELATOS. Por el título podríais pensar que se trata solo de un libro de relatos, y es así pero además tiene una novela corta que es una delicia su lectura.

Los relatos, como es habitual, son independientes uno de otro, pero en todos he observado un denominador común: el amor. Un hombre y una mujer sienten el vacío de la despedida. Una muchacha sueña con el éxito. Un juglar, con su canto, asciende hasta la alcoba más alta. Una veterana cantante revive sus mejores tiempos. Una joven descubre el sabor de la traición. Un escritor…

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La blancura de la ballena

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Era la blancura de la ballena lo que me horrorizaba por encima de todas las cosas”

Fue el domingo al leer “Herederos de Necháiev”, artículo de Mario Vargas Llosa publicado en el País, cuando caí en la cuenta de la enorme cantidad de lecturas que tengo pendientes y pensé en el tiempo con tacañería. El autor parte de la lectura de Los demonios, “obra maestra de Dostoievski”, para poner el foco en el rechazo de la violencia política, pero, fundamentalmente, en la penetración de la obra en “las raíces mismas de la crueldad humana”.

No he leído Los demonios; ya la tengo en cola de lectura: en Amazon se puede obtener en formato digital por 0,47 €, editada por Galaxia Gutenberg, además están las librerías y las bibliotecas públicas.

Solemos decir que el azar es caprichoso y al mismo tiempo que una cosa lleva a la otra, el caso es que el pasado viernes, la sección de mi muro de Facebook llamada ‘Viernes de cine’ la dediqué a Moby Dick, de John Huston, basada en la novela homónima de Herman Melville. Para refrescar la memoria eché mano del libro, del que saqué escenas y frases, lo cual me llevó a prestar atención a la fragilidad de esa facultad tan preciada. Tener la novela en la mano, un ejemplar de los que entran por todos los sentidos, fue una bendición de Dios.

Hace años —lo que antes podían ser lustros hoy son décadas— leí un artículo de Juan Goytisolo en el que decía que había llegado a una edad en la que apenas leía novedades; sólo se dedicaba a releer los libros que consideraba importantes; sin llegar a una conclusión tan radical, desde luego me apliqué el cuento y me puse con Moby Dick. Lo bueno que tiene la relectura es el placer de sorprenderte con escenas, capítulos, pasajes o estilos que te habían pasado desapercibidos o se te habían olvidado plenamente. En fin, leer como si fuera la primera vez, cosa que es también aconsejable para otros menesteres. Y me encuentro con el fantástico Capítulo 42: ‘La blancura de la ballena’. En capítulos anteriores, Ahab conjura a la tripulación con el doblón de oro; ahora, Ismael reflexiona sobre el valor simbólico del color blanco. Señala su valor dual, pero enfatiza la unión mística del mismo con el terror irracional, el que escapa a la simple comprensión: blancos son monstruos como el oso o el tiburón, las nevadas soledades esteparias, el para los indios sagrado caballo blanco de las praderas; y, sobre todos ellos, como símbolo, el cachalote blanco, encarnación del mal y la violencia. Y concluye: “¿Os asombra entonces la ferocidad de la caza?

No queremos verlo, nos asusta encararlo, pero la literatura clásica reflexiona sobre la presencia del mal en el mundo y en nosotros mismos, y, por lo tanto, la posibilidad de hacerlo. Es difícil reconocerlo, más aún dominarlo, pero entre la banal satisfacción y la agónica lucha me quedo con esta última, por más que digan lo contrario los filósofos del bienestar.

Fui yo

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Henry Moore, aguafuerte. Pinterest

Ahora quería recordarle aquellas palabras y lo acertaba que estaba, pero intuyó que la Fina con quien compartía empanada y vino estaba muy lejos del servicio y sus contingencias.

—¿Por qué me has llamado? —le preguntó sin que la cuestión sonara inquisitiva.

—Muy sencillo, Luisa —contestó—. Porque tenía ganas de verte; simplemente por eso; también para mostrarte que también hay otra vida; no como la de tus padres, tú y yo somos de otra pasta, además estamos solas; pero hay otra vida.

—¿Cuándo esta ya está gastada?

—Sí, cuando esa ya está gastada. No saber lo que la vida te puede dar si tienes salud y un poco de dinero; y si mantienes un control razonable sobre tu cabeza.

—Y hombres… ¿Algún hombre?

—Pues claro, siempre lo hubo.

—¿Nunca te presionaron?

—Con este no pudieron. Era solo; no tenía familia, ni hijos ni mujer. Siempre estuvo lejos, embarcado… Y ahora los dos…

—Ahora sois dos jubilados felices.

—En cierto modo sí. Pero no convivimos; es tal la costumbre de estar solo; cada uno en su casa, como solemos decir, pero hay tiempo para estar juntos, incluso para el amor.

Se habían acostumbrado tanto a la mentira que Luisa no acababa de convencerse de que no hubiera una intención secreta en el encuentro, algo que tratar fuera del Centro, fuera de Madrid, lejos de los curiosos, que Fina tenía la misión de comunicarle algo, advertirle de algo… Era difícil imaginar, al menos así lo pensaba, que la hubiera llamado por el simple placer de verse. Acabó el vino y Fina la sirvió de nuevo.

—Volvamos fuera si quieres, por dar un paseo, el día no es frío del todo —dijo Fina.

Luisa accedió complacida. Ciertamente se estaba bien en aquel lugar solitario, donde prevalecía el orden del bosque, debidamente modificado para el solaz humano. Remontaron unos metros el empinado camino hasta desembocar en una bifurcación donde cruzaba una pista, más o menos horizontal, que seguía la falda del monte, una pista para el acceso de camiones y máquinas a la gran plantación de eucaliptos. Los marcos y la altura de los árboles denotaban la sucesión de las cortas y los límites de cada parcela. Fina leía con facilidad el lenguaje del bosque: dónde se acostaba un corzo, por dónde bajaba el jabalí. Del pináculo de un poste alzó el vuelo, majestuosa, un águila culebrera sin que pareciera importarle demasiado la presencia de las dos mujeres. Caminaban en silencio, no hablaban, como si se lo tuvieran todo dicho.

—Fui yo —Fina lo dijo de forma desprevenida, como una ráfaga de viento frío que cortara el aire.

—¿Fuiste tú qué? —Elisa preguntó sin saber a qué atenerse.

—Fui yo, y necesitaba que lo supieras; me encargué personalmente para evitar males mayores…

Ella no te fallará

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La cocina, Ramón Bayeu (hacia 1780) Wikimedia

—¿Esto? —Fina levantó la barbilla señalando la fachada— Esto es la ilusión de mi vida. No siempre fue así; lo que compré era pura ruina; apenas pude aprovechar los fundamentos y poco más. Al constructor —no sé si se puede hablar de restaurador— le dije más o menos lo que quería y más o menos lo que recordaba, porque me crié allá abajo, en la última aldea, y a los niños nos gustaba subir; la señora mayor nos daba frutas y caramelos, y nos dejaba jugar en los prados. Siempre me gustó. Murió la señora, la familia tardó en ponerse de acuerdo en lo que querían hacer con la casa; fíjate que le dio tiempo a caer; la casa era pura ruina. La pusieron en venta y la compré: es mi retiro.

—Nunca mejor dicho —comentó Luisa risueña y asombrada.

Porque no era para menos, ¿quién iba a imaginar que Fina, una mujer sin vida aparente, dedicada íntegramente al trabajo y a la renuncia, tuviera tamaño secreto, no de índole novelesca o peliculera sino íntimo y entrañable. Solo falta que ahora aparezca alguien a quien presente como su hijo, pensó Luisa.

—Así fue como lo pensé siempre —dijo Fina—. Cuando digo siempre me refiero a los últimos treinta y pico años, que ya viene a ser la mitad de mi vida. Me dije que haría todo lo posible por acabar aquí.

—Y lo has conseguido, vaya si lo has conseguido —replicó Luisa.

—Vamos dentro —Fina cogió a Luisa del brazo y la llevó con paso decidido hacia el portón.

En el quicio, disimulado, dentro de un cajetín, se podía ver un teclado. Fina introdujo la llave, marcó un código, se oyó un clic, el mecanismo permitió el giro de la llave y la puerta se abrió.

La luz, de suyo filtrada y absorbida por árboles y prados, pasaba por el tamiz de encaje de los visillos de modo que sugería un espacio suspendido e irreal. Se veía todo nuevo: tratado o renovado: piedra, hierro y madera. Se irrumpía de golpe en el corazón de la casa, a una sala diáfana que hacía las veces de cocina, comedor y salón, todo ello seguido de izquierda a derecha

—Estarás en la gloria —dijo Luisa, que no paraba de mirar de un lado a otro.

La cocina, haciendo isla, los fregaderos bajo una ventana, potas y sartenes a la vista, unas en vasares, las otras colgadas al estilo antiguo. A la derecha una mesa amplia y consistente rodeada de sillas. Más a la derecha, a un nivel ligeramente más bajo, una mesa grande de comedor y en las paredes armarios y aparadores, y al fondo, un conjunto de tres sofás, un par de sillones, librerías y un televisor. En la pared de la izquierda, un robusto hogar con algunos troncos encendidos; al fondo, una escalera de hierro y madera conducía a la planta superior.

—No me quejo —contestó Fina.

—¿Y todo esto para ti sola? —preguntó Luisa con intención. Se había quitado la ropa de abrigo y sentado al amor de la lumbre.

—Alguien habrá encendido —observó Fina con picardía—, pero sí, básicamente para mí sola, lo que no quita para que una se relacione —sorprendió una cierta incomodidad en Luisa—; no, no te preocupes, no te meteré en sociedad: tú y yo solas.

Fina se levantó y fue hacia la cocina, ‘No te muevas’, dijo, pero Luisa se levantó y la siguió. Sobre la encimera de mármol gris oscuro y azulado con vetas blancas había una tabla cubierta por un paño, bajo la tabla se adivinaba la existencia de algo pleno, y panzudo por el centro. Fina retiró el paño y apareció una empanada circular. El suculento aroma se dejó notar.

—Bueno, nos sentamos aquí y charlamos un rato, luego comemos. Ya verás, te vas a chupar los dedos—. Cortó un trozo de empanada y lo dividió en otros más pequeños que puso en un plato blanco con bordes azulados. Cogió dos copas y sacó de la nevera una botella de vino blanco pálido y fresco.

La verdad es que Luisa no salía de su asombro. Fina se había jubilado, se había despedido discretamente —en el departamento no era la amistad lo que mejor se cultivaba—, se había ido en todos los sentidos, lo cual se interpretó como una desaparición. Antes de irse, aparte, se reunió con Luisa en un lugar convenido y le dijo que la había recomendado para que ocupara su puesto: ‘Siempre me he fiado de ti’, le dijo, ‘lo cual es comprensible debido a nuestra antigua amistad y a la competencia que has demostrado; tú, en caso de que ocurra lo que creo que ocurrirá, tendrás que pelear con los celos y resentimientos de quienes aspiran al puesto; eso lo desmontarás con tiempo y paciencia, la gente se cansa; aunque recuerda aquel asunto, ya sabes cómo se las gastan algunos. Quien no te fallará será Eugenia; bastante le hicimos cuando la pusimos a prueba, y ahí sigue; de los demás no te fíes, pero dales cuerda, sólo así saldrás adelante’.

Una extraña invitación

 

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Paisaje, Paul Cezanne, 1870

Miró el vaso y la botella, la tomó y rellenó el recipiente con una ración generosa. Pensó, una vez más, en la alegría sorda y desvaída que trae beber a solas. Volvió a mirar hacia el teléfono, una llamada, un rato de compañía, un par de billetes, y vuelta a la soledad. Ahora que tenía una responsabilidad más alta, se permitía andar al borde de la prudencia como última válvula de escape. Pensó que a su padre no se le había exigido tanto: había formado una familia, criado a sus hijos. Comprendía que para su madre no había sido fácil, recordaba la palidez y el ligero temblor, cuando a altas horas de la noche, sonaba el teléfono y el padre no había regresado. Pero la vida se iba llevando y el padre no tuvo que renunciar a nada. Encendió un cigarrillo y dio un trago largo mientras pensaba en el sinsentido y la infelicidad, en si el precio a pagar no era demasiado alto. Acabó el contenido y añadió un chorrito más, miró al techo y soltó una carcajada. Fina, la muy canalla, una vez jubilada, desapareció ¿Por qué tuvo que mostrarse? ¿Por qué removerlo todo?

Pasado un tiempo, Luisa recibió, por carta, una extraña invitación. Fina le mandó un pasaje de avión y la reserva a su nombre en un afamado hotel ¿Cómo había averiguado que dispondría de algo de libertad en aquellos días? No lo llegó a saber; tampoco se lo preguntó. El caso es que siguió al pie de la letra las instrucciones y, cuando estaba deshaciendo la maleta y colocando sus cosas, recibió una llamada. Era Fina, que le dijo que la esperaba en el salón.
Cuando la vio, apenas la reconoció. Estaba rejuvenecida y había cambiado la ropa severa del trabajo por otra más informal. Se saludaron efusivamente, tomaron un café, y Fina la invitó a salir.
—¿Sin acabar de deshacer la maleta? —Luisa hacía honor a su sentido del orden.
—Ya lo harás —contestó Fina —; ahora nos vamos.
El día se mostraba espléndido y la bahía lucía una luz alegre de invierno. Cerca había un coche aparcado, un todoterreno. Subieron y salieron de la ciudad. Fina condujo bordeando la costa hasta que, llegados a un punto, enfiló hacia el interior. Tomaba carreteras y pistas que tiraban hacia arriba. Pasaban bajo túneles vegetales que formaban los altos robles, castaños, salgueiros, nogales y eucaliptos. Cuando Luisa pensó que estaban en medio de la nada, después de ascender por una pista irregular, surcada y desgastada por los regueros, surgió a su izquierda una casa toda de piedra y madera, rodeada de prados y manzanos, con un lavadero adosado a la pared que traslucía las vetas blancas, azules y oro viejo de la piedra, bajo un lecho de agua cristalina, donde se dejaba oír el resbalar de una película de agua. Para contemplar la magnífica fachada principal, orientada al sur, había que sentarse en el centro de una explanada de césped cuidado y recién cortado, para así descubrir la balconada corrida de hierro forjado, el acristalado del mirador, a dos bandas, sur y poniente, la puerta enmarcada por dintel y pilares de piedra, claveteada, y con un imponente llamador de bronce bruñido. Luisa no salía de su asombro: tan pronto reía como abría la boca y los ojos sin ninguna contención.
—¿Y esto? —acertó a preguntar.

Precauciones

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—Verás —dijo Fina—. Contamos con una persona infiltrada, pero no es agente ni nada que se lo parezca, así que habrá que confiar en ella lo justo. Parece convencida, pero el miedo le puede jugar una mala pasada. Tú entrarás en la casa como asistenta para diversos cometidos, fundamentalmente trabajos en el hogar. Te crearemos un perfil de mujer casada que ayuda con su trabajo a pagar el piso y a correr con otros gastos ¿Qué tal se te da la limpieza? ¿Y la cocina?

—Mujer, de todo eso aprendí de pequeña y algo sé; creo que me apañaré.

—Claro que te tendrás que apañar; y ser creíble.

 

Y la verdad es que se las compuso para ser convincente en su papel. Como estaba convenido, se presentó a pedir trabajo y no tardó en llegar a un acuerdo. La dueña de la casa le habló del continuo trasiego de personajes. Dijo que su marido proporcionaba algo así como una tapadera, pensaba que era un hombre de paja sobre quien no recaería sospecha alguna lo que lo hacía la persona conveniente para servir de correveidile, además de disponer de un lugar discreto y desconocido donde recalar. Apenas sé de lo que hablan, le dijo a Luisa la mujer de la casa. A veces, pocas, se les va la lengua delante de mí; dicen cosas muy fuertes y desagradables; por ser quienes son no me lo tomo como una baladronada o charla de sobremesa. Cuando se juntan, mi marido me indica que lo mejor es que me ausente, me dice que no es conveniente que yo esté presente ¿Qué por qué di este paso? Porque esa gente me da mucho miedo. Recordé la amistad de mi padre con… y acudí a él. Me dijo que estuviera tranquila y me lo agradeció mucho.

Cuando se reunían, Luisa entraba en el salón para servir el café y las copas. Acto seguido cerraban las puertas. La memoria fotográfica de Luisa reconstruyó ante Fina la escena completa: los asistentes, el lugar que cada uno ocupaba; pero no tuvo ocasión de asistir a sus conversaciones, ni siquiera cazar cualquier alusión, un chascarrillo. Desecharon la idea de instalar un micrófono porque el mando suponía que entre los asistentes habría alguien perteneciente o próximo a la Casa, que hiciera un doble juego o estuviera de parte de ellos.

 

—Quizá sea eso lo que explique lo que me cuentas —dijo Fina, que se levantó de la silla y caminó con pasos lentos hacia la ventana—. De todos modos, ya sabemos lo que tenemos que saber, o al menos por donde viene el golpe, que no es poco; en cualquier caso, mejor que estar a ciegas.

—¿A qué te refieres? —a Luisa se le ensombreció la expresión.

—A eso, a que alguien está haciendo doble juego y te ha descubierto.

—¿Eso quiere decir que me retiras? —preguntó Luisa con cierta ansiedad.

—Eso quiere decir que, efectivamente, lo dejas —contestó Fina—. Es evidente que te han descubierto, mejor dicho, que alguien te ha descubierto; lo que no sabemos es si se lo ha dicho a ellos o mantiene un juego a varias bandas y no tenemos ni idea de para quién trabaja; ten en cuenta que aquí hay muchos actores implicados. De lo que no cabe la menor duda es que nos quiere retirar de la escena. A la dueña de la casa le dirás que te ha salido un trabajo fijo en unos grandes almacenes y que por eso te vas, eso tiene que saber y decir; y, naturalmente, que tenga mucho cuidado y que no se exponga más.

—¿Puedo mantener contacto con ella?

—No, terminantemente, no —Fina puso su expresión más seria—. Al marcharte se asustará más si cabe; no hay que exponerla más; no nos conviene que levante la más mínima sospecha. Esperemos que su marido la quiera lo suficiente o sea tan tonto como dices.

Porque, efectivamente, Luisa decidió poner a Fina al corriente del incidente ocurrido en el parque con la niña del piloto, sin olvidar que le había advertido del pago que había que hacer por vivir lo más en paz posible.

Cuando le indicó que tenía un problema del que tenía que informarla, Fina compuso un gesto de preocupación y desaprobación. Sin decir palabra encendió un cigarrillo, se levantó del asiento, le dio la espalda y miró maquinalmente al exterior a través de la ventana. Luisa permanecía de pie y miraba la espalda de su jefa. Miraba sin ver la blusa negra de crespón, ligeramente holgada, aunque no lo suficiente para disimular la complexión fuerte de una mujer no alta pero sí de notable presencia. Por el gesto de Fina se reafirmó en la gravedad prevista, supo el serio peligro que corrían ella y la misión.

¿Qué decirle?

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Jackson Pollock, Sin título, 1950

¿Hablar con él? ¿Explicárselo? Pero, ¿qué explicar? ¿Desaparecer, hacer daño?. Si no le decía nada, la buscaría, se alarmaría, quién sabe hasta dónde podría llegar. Es posible que dijera: Se ha ido, se acabó, es una pena pero me tendré que acostumbrar a su ausencia. Pero nada es fácil, menos, tomarse las cosas de ese modo, vivirlo como el final de una aventura. Y no había sido —no era— una aventura. ¿Qué decirle?: No nos veremos más, ya no te quiero; he conocido a otro, no insistas, todo se acabó, ya lo sabes. Pero no se lo dijo porque no era verdad, aunque sabía, de eso no había duda, que la amenaza era seria, que el mensaje era para ella.

¿Quién? ¿Por qué? El por qué ya lo sabía; la suya era una profesión de riesgo, llena de enemigos, preparados y listos para hacer daño.

Con el piloto se había instalado en un oasis de paz y tranquilidad, hasta cierto punto. Se había permitido vivir el amor y se sentía más mujer, más humana; y no quería renunciar a esa parte tan importante de su vida. Pero no podía jugar con fuego, sabía que quien la avisaba no jugaba de farol. Pero, ¿quién? No ignoraba lo peligroso que era ir dejando cadáveres por el camino. Tienes la sensación de no ser descubierta, aunque la gente ata cabos, saca conclusiones. Pensó en el aviso. Era lógico, en su mundo había gente muy peligrosa, ellos mismos, y algo peor, la gente a la que pagaban para los trabajos sucios.

Y así no dejaba de pensar en el origen de la advertencia. De las misiones que había realizado, la actual, sin duda, era la más peligrosa: los presuntos implicados, como tenían demostrado, no dudaban en matar, por lo cual había que tomarse muy en serio la aparentemente inocente charla de la aparentemente inocente señora con Elena.

 

Se lo habían comunicado con solemnidad, para no quitarle importancia al asunto. La convocó Fina y la condujo al despacho del jefe principal. Además de ellas, a la reunión asistieron el mencionado jefe y un alto funcionario. En el despacho imponían la pesadez de los muebles, la severidad del papel pintado, de un verde demasiado oscuro y, por más que el jefe había intentado dar un toque personal, había elegido algunos paisajes, el despacho, con sus banderas y retratos, no había perdido el olor fúnebre del régimen predecesor. Tomó la palabra el jefe después de pedir la venia con un leve movimiento de cabeza, que fue correspondido por su superior. Le dijo, dirigiéndose a Luisa, que se podía hacer idea de la importancia de su cometido y del indiscutible peligro que iba a correr. Sabemos que hay una operación en marcha, pero sólo eso; sospechamos de algunos elementos notables, pero eso es todo: conjeturas, sospechas, nada más. Necesitamos un relato, una relación de personas, saber si hay un programa, una estrategia, unas fechas; en definitiva: saber quiénes son los actores y si tiene un plan más o menos perfilado. Fina dijo que necesitaría ayuda; Luisa no dijo ni palabra hasta que le preguntaron si se sentía capaz; dijo que sí. Dijeron que no se fiaban de nadie, que eran conscientes de las limitaciones, pero era imprescindible adelantarse a sus posibles intenciones. Y también abundaron en lo innecesario: Ya saben ustedes cómo funciona esto, dijo el alto funcionario, cualquier dato, esbozo, indicio, por aislado que parezca, nos vale. Los presentes miraban a Luisa con una mezcla de estupor y esperanza; era demasiado evidente que sólo contaban con aquel asidero, una mujer joven de poco más de treinta años, intuitiva y astuta, según las recomendaciones de Fina. Se desearon suerte y dijeron que Fina la pondría al corriente sobre el modus operandi.

Ya en el despacho de Fina, cerraron la puerta con todas las cautelas. No cayó en la tentación de pedir que no le pasaran llamadas para no perder la sensación de normalidad.

¿Y yo qué?

 

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“Automat”, Edward Hooper, 1927

El sentido, la deformación profesional, pusieron a Luisa en guardia.

—El asunto parece inocuo —prosiguió el piloto— pero mi mujer está obsesionada y, claro, me afecta. Te cuento. Hace unos días, Elena estaba en el parque con Julita, la pequeña, ya sabes. (Julita, la pequeña, tenía cuatro años, casi cinco, y había nacido al inicio de sus relaciones).

»Pues eso, que Julita jugaba en los columpios y Elena estaba sentada en el banco con la bicicleta, el agua y la merienda cuando una señora de mediana edad se sentó a su lado. Inició una conversación insustancial: los niños, el tiempo, en fin, nada de importancia. Se acercó Julita a beber agua y pidió la merienda. La señora hizo los cumplidos correspondientes y cuando la niña regresó a sus juegos, la señora ponderó sus virtudes: qué linda, qué vigor, qué salud; da gusto verlos así, dijo. Y añadió: Cuídela bien, que no se le malogre; los niños están muy expuestos; no deje que le ocurra nada, sería una lástima y usted y su marido no se lo perdonarían nunca. Piense en lo que le digo. Y dicho esto, se fue. Naturalmente, Elena, nada más llegar yo de Milán, me lo refirió. Se lo noté nada más llegar: no es mujer que oculte sus preocupaciones. No para de preguntarse a qué venía eso. Y en todo caso es de muy mal gusto hablar así a una madre, me dijo. Eso es lo que me ocurre: Elena me ha pegado su inquietud y ahora no paro de pensar en ello ¿Cómo lo ves?

Luisa, al ser interpelada, se vio obligada a dar una respuesta. Además quería y necesitaba tranquilizarlo, pero no se engañaba, el objetivo era ella y hasta donde pudiera indagaría de dónde podía venir la amenaza.

No cabía duda de que alguien la había vigilado, alguien conocía su relación, sus andanzas, y, en el mejor de los casos quería mandarle una advertencia. El asunto era saber si era fuego contrario o fuego amigo; si se trataba de un aviso o una amenaza, en cualquier caso tuvo meridianamente claro que su relación con el piloto sería perjudicial para él, que en todo caso tenía que acabar esa relación, sufrir y hacer daño, desaparecer sin dar explicaciones. Maldita la vida que había elegido pero no tenía otra cosa.

¿Me puedo fiar de Fina?, pensó. Habrá que arriesgarse.

Al piloto le dijo que en principio no le diera demasiada importancia. Hay mucha gente muy loca y entrometida; posiblemente esa señora es de las que ven demasiada televisión y sólo miran el lado malo de la vida. Hay mucha gente así. Tú llevas una vida muy particular, pero si vieras el marujeo que nos traemos con eso de los potingues… Yo no me preocuparía, y tranquiliza a Elena, mi rival, pero esa es otra historia, dijo sonriendo y abrazándolo con intención de animarlo.

Salió Luisa antes y él se quedó en el hotel. Anduvo sin rumbo y descuidada, despreciando el peligro y facilitando el trabajo a sus vigilantes. Buscó un bar tranquilo, donde al menos estuviera libre de miradas, y pidió una copa sin importarle la hora y lo poco usual; en cierto modo quería llamar la atención, comunicar a su vigilante, si es que alguien la seguía, que habían dado en el clavo, que se centraran en ella y se olvidaran de él. Pensó en las últimas misiones, en la que ahora trabajaba, para entender de dónde podía venir la amenaza o el aviso, en todo caso tenía que avisar a Fina para tomar medidas.

Tomaba la copa con parsimonia y pensaba en lo duro de la renuncia, en que además no podía liarse la manta a la cabeza y decirle: Mira, es por esto. Pero ya estoy harta, me voy. Me voy al otro lado del mundo, tú ven cuando quieras, donde no nos conozcan ni nos persigan, ya se cansarán. Pero eso no era posible. Todo lo tenía que resolver ella sola y mal, no se podían minimizar los daños: ella, destrozada y en la picota, y él, confuso, engañado, abandonado sin razón alguna que lo justifique. Se consoló pensando que él, al fin y al cabo, regresaría a una vida que no le era hostil, pero ¿Y yo? ¿Y yo qué?