Las cartas

Ese ‘¿Me podéis enseñar las cartas?’ se podía interpretar como: ‘Bueno, pongamos las cartas boca arriba’, o bien, ‘Vamos a hablar claro’, pero los asistentes, la joven que abrió la puerta, la del vaso de ron hasta el borde, la de los pechos agresivos, fue la primera en abrir un cajón y sacar, doblado, un folio de color siena, escrito por una cara, que alargó a la mujer del traje sastre ceñido y cabello negro recogido en una cola de caballo; la otra mujer abrió tímidamente el bolso y sacó una hoja del mismo color, cosa que hicieron los dos hombres a la vez, aunque pareció darse más prisa el que planteó las objeciones.

—¿Y ustedes? —se dirigió a Diego y a Elvira.

—Bueno, nosotros… nosotros no tenemos esa carta —dijo Elvira componiendo una sonrisa retadora.

—Pero… ¿Por qué han venido? —la chica que abrió la puerta intentó meter baza sin éxito.

—No se esfuerce —dijo la que a todas luces mandaba en la reunión—, ya sé que no se les ha convocado —manteniendo la sonrisa de Elvira—. Al menos me dirán qué les trae por aquí, porque a la vista está que ustedes no conocen a esta chica, ni a nadie de los que aquí estamos.

En ningún momento se molestó en preguntar a la joven si esperaba a alguien, o en aclarar si se trataba de un malentendido.

Era lista la tal Luisa, me dijo Diego hablando del tema. Porque tengo que decir que la curiosidad y el afán les llevaron a relacionarse con ella; también porque entre los tres establecieron una extraña complicidad. Ya sé que te puede parecer increíble, pero así era —y así seguirá siendo— esa mujer.

La mujer del traje sastre aceptó el reto de Elvira y dijo que no importaba, pero sentía curiosidad por saber qué les había llevado allí.

—No hay nada que ocultar, aunque este señor…

Y señaló al hombre gordo y calvo.

… pero hay asuntos que requieren cierta reserva —Elvira se las arregló para completar la frase. La mujer, que a partir de ahora llamaremos Luisa, escondió en la sonrisa una mueca de desagrado.

—Eso mismo —dijo—, pero no me dicen qué les trae aquí, porque esta chica —señalando a la joven— no les esperaba.

Iba Diego a arrancar con una explicación cuando Elvira se adelantó para decir que en realidad la dirección se la había dado una amiga, Mirad si os puede aprovechar, nos dijo porque sabía que andábamos sin trabajo; es que a ella le salió algo en Japón y no lo necesitaba.

Un fino observador habría sorprendido un ligero fruncimiento de ojos y labios, como de haber encajado un golpe o algo por el estilo. Así que en Japón, dijo para sí.

—Bueno, me vale así. Ustedes se pueden ir —se dirigió a los dos hombres y a la mujer—; dentro de dos o tres días me pongo en contacto con ustedes y hablamos despacio del trabajo y las condiciones. Y tú —dirigiéndose a la chica—, ¿puedes ausentarte una media hora?

No sin extrañeza se fueron marchando; la chica se puso una prenda con que abrigarse, salió y cerró la puerta.

María Luisa los midió con la mirada, les dio la espalda, agachó la cabeza como pensando,  se volvió a girar, y con dura expresión dijo:

—Ahora me van a decir dónde están.

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¿Vuelta a la normalidad?

Hay que ser muy ordenado y constante para publicar un relato por entregas: mantener una frecuencia regular (¿Hay frecuencias irregulares?), y, sobre todo, no dispersarse. Se pueden dar multitud de explicaciones: un viaje, una mediodepre, cantidades ingentes de trabajo, asuntos importantes, ¿y por qué no la fiaca? (El otro día cogí al vuelo una declaración grabada de Fernando Fernán Gómez. Decía que él estaba especialmente dotado para no hacer nada: si hubiera nacido heredero, decía, no se me hubiera ocurrido trabajar); pero no, la causa ha sido mi especial incapacidad para manejar esto de la informática: menudo trabajo me ha costado editar Las aguas del olvidodisponible en Amazon, y que podéis conseguir con sólo pinchar uno de los enlaces (No sé por qué me viene a la memoria Francisco Umbral en un programa de televisión: “¡Yo aquí he venido a hablar de mi libro!”).

Así que nos habíamos quedado con Elvira y Diego (También aparecen en Las aguas…) asistiendo a una extraña reunión en un apartamento del Barrio del Pilar de Madrid. Habían acudido impulsados por la curiosidad: Diego había tenido un encuentro con una extraña mujer a la que seguían dos sabuesos con muy malas intenciones. La mujer (Eugenia Honrubia) endosa a Diego un bolso que contiene una considerable cantidad de dinero y una pistola. Previamente hay alusiones a hechos que ocurren en distintos tiempos, como el reencuentro entre Diego y Blanca.

¿Qué ocurrirá en la mentada reunión? Lo sabremos muy pronto en la próxima entrega.

Donde más le duele

Hace unos meses, publiqué este artículo en ARTE Y DENUNCIA. Ojalá los hechos que se comentan dejen de producirse porque hayamos aprendido a querer y respetar; hoy, lamentablemente, siguen ocurriendo: los que se saben y los que quedan ocultos.

Arte y denuncia

El amor a los hijos, su cuidado, la preocupación, el desvelo, la alegría y el contento son los sentimientos naturales de los padres. Veo desde mi ventana en el afán de una hembra de vencejo por acarrear el barro del nido, que milagrosamente se sostiene bajo una cornisa, la diligencia con que transporta el alimento de sus crías, el cuidado con que otea el horizonte.

Cuesta entender la muerte de un niño; es una violencia que ofende en lo más hondo. Quienes gustamos de contar historias apenas nos permitimos crear una vida incipiente para luego quitarla. En Ángel Guerra, Benito Pérez Galdós narra con la minuciosidad que lo caracteriza la enfermedad y muerte de Ción, la hija del protagonista; conmueve profundamente la pérdida; el padre queda destrozado. Hace unos días, en el programa Hoy por hoy de la cadena SER  (España), una mujer a la que se le había…

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Las aguas del olvido

Siempre hay un gesto, una mirada, un ademán que nos caracteriza, viene a decir Elisa Rubio, narradora de esta historia.

Retirada de la vida profesional, como tantos otros, decide pasar los últimos años de su vida en un lugar de la costa mediterránea. Hace amistad con Héctor Lavalle -tiene nombre de tanguista, nos dice- y con él comparte paseos, aficiones y alguna confidencia. También, entre café y café, conversa con Gloria Montesinos, antigua actriz y canzonetista mexicana, hija de un español. Hablan y hablan, pero Elisa sabe que hay cosas que, por lo terribles, no se pueden contar, que si las dices dejan de pertenecerte y quedan sometidas a la interpretación y el cambio.

Nunca ha sido fácil la relación entre la memoria y el olvido. Aunque parezca lo más sensato dejar que el tiempo vaya depositando una pátina de olvido sobre los peores recuerdos, éstos se resisten y luchan por mantenerse vivos, aunque duelan.

Elisa, tan reservada, se abre ante el lector como si quisiera darse a conocer, como si quisiera advertirnos de las trampas que nos reserva la vida.

 

Con esta presentación, por fin, aparece en Amazon mi primera novela. Me ha costado preparar la edición, pero ahí está. El libro está fresco y esperando a los lectores.

Muchas gracias a los que participáis en esta conversación bloguera tan entrañable: vuestro apoyo es impagable. Va por vosotros.


 

Las aguas del olvido está disponible en tapa blanda y en eBook:

‘tapa blanda’ en: www.amazon.es/dp/1973326353, y también en amazon.com > uk > de > fr > it > jp

eBook en: www.amazon.es/dp/B077PJF1MZ, y también en amazon.com > uk > de > fr > it > nl > jp > br > ca > mx > au > in

 

Publicar o no publicar

¿Quién no ha intentado publicar sus escritos? Porque, acabada la escritura, viene el trabajo duro: repasar, corregir, añadir, podar; hasta que te dices: ‘Hasta aquí hemos llegado; ahora a ver si publicamos’.

Creo que en algún sitio lo he escrito: qué gusto da la función esta del ordenador, la de seleccionar y suprimir; ya lo escribió Umberto Eco en El péndulo de Foucault: le das a la tecla y ¡hala! a la nada cibernética. Digo esto porque llevaba escritos dos largos párrafos de lamentos sobre las dificultades de publicar, pero, siguiendo este hilo y buscando el lado bueno del medio digital, he hundido la jeremiada y me voy a lo positivo: me autopublico (¿no es esto una redundancia?) y así no tengo que andar con los manuscritos de puerta en puerta.

Pero no todo va a ser tan fácil ¡Qué trabajo preparar el archivo! Lo diseñas en word con cuidado y esmero, te bajas la herramienta para confeccionar el libro, pero no sabes nada de formatos y ‘saltos de página’; y, encima, el tal útil no respeta nada de tipos de letra, márgenes, sangrías y párrafos. En fin, en eso ando: peleando y aprendiendo. Espero no tardar demasiado.

Una reunión de trabajo

La joven abrió la puerta, y la forma de mirarlos parecía indicar que no le resultaba extraño que se presentaran dos desconocidos, del interior salía un leve y callado murmullo. Ante la mirada interrogativa de la muchacha, Diego, a sabiendas de que Elvira no estaba dispuesta a decir ni palabra, dijo que habían ido porque tenían un papel con esa dirección escrita. La muchacha sonrió con aire de complicidad, se hizo a un lado y les franqueó la entrada. Apenas dieron dos pasos cuando se encontraron en el minúscu­lo saloncito del apartamento. Cuatro personas, además de la joven, tres hombres y una mujer, se acomodaban en los ablandados asientos de un viejo tresillo. La joven arrimó unas sillas y les invitó a sentarse; ella hizo lo mismo. Pasaban los minutos y el aire se iba cargando de humo de tabaco rubio; los allí reunidos mantenían un pesado silencio a veces alterado por monosílabos sin respuesta. Uno de los hombres pidió una copa de coñac y la joven preguntó a los demás qué querían. Ella llenó un vaso grande y ancho de hielo y se sirvió ron hasta el borde. Los hombres tomaron coñac y la otra mujer agua; Elvira y Diego pidieron whisky. Con los primeros tragos hablaron del tiempo, del tráfico y de las obras de las calles, pero cuando empezaban a sentirse incómodos, la mujer de mediana edad, traje sastre ceñido y cabello negro recogido en una cola caballo, después de un leve carraspeo, inició la conversación.

—Supongo que todos han recibido la carta y la tienen aquí; ya saben que es imprescindible traerla.

Con ojos duros e inquisitoriales recorrió uno a uno a los circunstantes; con tono que sugería fría amabilidad, prosiguió:

—Ni que decir tiene que se les ha escogido de entre muchas personas después de un examen minucioso y muy selectivo, el objeto de nuestro trabajo no es para menos.

El hombre calvo, algo entrado en carnes, que había pedido la copa de coñac no parecía muy cómodo y, por los continuos carraspeos, daba la sensación de querer hablar. La mujer le clavó una mirada helada, se puso en pie y se alisó la falda. La luz de la lámpara del rincón proyectaba su figura sobre la pared y su rostro anguloso se llenó de sombras. Se hizo de nuevo un largo silencio. Pasado un instante, tomó de nuevo la palabra y en breves rasgos les dijo que trabajarían de forma inconexa, pero coordinados por ella; que hicieran todo al pie de la letra por absurdo que les pareciera; y, después les exigió la máxima discreción.

—La verdad, quisiera saber de qué va esto. Ya sé que en el anuncio pedían seriedad y discreción, pero a mí no me gustan los líos —dijo el hombre del carraspeo a la vez que añadía coñac a su copa.

—Pero le gustará el dinero, supongo —dijo la mujer dibujando por primera vez una sonrisa—. Además, quisiera que me explicara por qué habla usted de líos: esto es un negocio como otro cualquiera y, en todo caso, si no le interesa, puede retirarse.

—Hombre, yo no es que dude de la limpieza de su negocio, pero, la verdad, quisiera verlo más claro. A mí no me gusta hacer las cosas sin saber para qué, eso es lo que veo de raro en este asunto —hablaba temeroso y miraba a los demás como pidiendo su apoyo.

La chica y los otros dos hombres fumaban y no entraban en la conversación, quizá esperando que el otro se desgastara; Elvira y Diego lucían sonrisas impersonales y se miraban de reojo como diciendo, y esto de qué coño va. La mujer que llevaba la voz cantante volvió a tomar asiento, cruzó las piernas, y con aire aparentemente distendido dijo:

—Bueno, antes de entrar en materia vamos a conocernos, ¿me podéis enseñar las cartas?

 

De todos modos, una pena

¿Ando desganado y por eso no escribo? Puede ser. También influyen las contracturas en la espalda y los dolores del trapecio derecho. Dice la fisio que por la postura, el ratón y esas cosas; digo a la hora de escribir. Aunque se puede decir -será la edad, o quizá algún encantador la tiene tomada conmigo- que estoy demasiado confuso, tanto que me siento incapaz de contar las andanzas de mis personajes, por más que ellos insistan en sus reproches.

Pero no todo va a ser negativo -no hay que serlo, por Dios-; esta mañana he oído narrar un cuento de Juanjo Millás sobre no sé qué de ansiolíticos y un hueso de melocotón trocado en uno de aceituna y se me ha levantado el ánimo, y me he dicho: ‘escribe, Alfonso, escribe; por muy mal que lo hagas, con lo que se escribe por ahí’. Y sobre todo -separado, no confundir con ‘sobretodo’, que es una prenda de abrigo- las palabras de un genetista me han hecho pensar que todo no está perdido: todos venimos de África, todos compartimos origen; eso de las razas no tiene fundamento genético; tampoco las naciones. Así que he pensado en el origen bereber, pasado por el cantón del Jura, del historiador, etnólogo, carlista y vaticanista, Oriol Junqueras, personaje barojiano y valleinclanesco, digno de figurar en el ciclo del Ruedo Ibérico o en las aventuras de Aviraneta; y me he dicho: ánimo Alfonso, que esta última carlistada, este chafarrinón reaccionario y anacrónico, es posible que se diluya sin un solo muerto, sin un solo tiro, aunque a los amigos, a las familias, les va a costar reconciliarse. De todos modos, una pena.

Comienza la búsqueda

Y cómo conseguisteis dar con ella, le pregunté a Diego un día de cervezas y whisky en que le dio por contarme retazos de aquel episodio. Me contestó que la búsqueda fue tan laboriosa como fallida, pero siempre hay que contar con el azar, me dijo; no hay que desesperarse, aunque, te confieso, nos sorprendió el azar cuando Elvira y yo debatíamos sobre la forma de aprovechar o repartir el dinero; de la pistola, pensábamos, lo mejor era deshacerse, tirarla al río o a un pantano; o por la boca de una alcantarilla, como en las películas. Y no era un problema menor el hecho de no saber cómo manejar un arma. Yo, en la mili, había disparado con un fusil, y sé que hay un seguro y un cargador, pero no nos atrevíamos a manipular el arma y menos consultar a alguien. Con ciertas dosis de maldad, pensamos que Amable, debido a sus relaciones, algo entendería, pero, ¿qué le íbamos a contar? Pues nada, le decimos que íbamos paseando y la vimos encima de un buzón, o en una papelera, tirada en un seto, sobre un pretil, un banco…, Sí, claro, o te la han echado en el buzón o tirado en el jardín. Entonces nos daba la risa pero lo cierto es que no sabíamos qué hacer con la pistola; con el dinero, alguna idea teníamos. El caso es que empezamos a tirar del hilo y tomamos como primera referencia la dirección que había en el bolso apuntada en un papel suelto; pensamos que habiendo pasta y una pistola, ¿qué íbamos a decir por teléfono? Y con loca imprevisión, espoleados por la curiosidad nos pusimos manos a la obra.

 

El autobús bordeaba la Ventilla para caer vertiginoso sobre la parte moderna del barrio del Pilar. Bajaron en la primera parada y preguntaron a un quiosquero. No les dio unas indicaciones precisas porque el hombre acompañaba un discurso de palabras inconexas con señales desganadas de ojos y brazos, pero fueron suficientes para que se adentraran por un dédalo de calles y plazas interiores unidas unas con otras por escaleras. Había paredes que lucían restos de murales, alguno de firma famosa. Encontraron la plaza que buscaban, rodeada de lo que parecían espaldas de bloques que acotaban un jardinillo y una pista de baloncesto. Buscaron el número y encontraron el portal abierto. Subieron al ascensor y oprimieron el pulsador del sexto piso. Después de recorrer un corto pasillo encontraron la letra C y llamaron al timbre. Esperaron un buen rato hasta que se abrió la puerta y apareció en el umbral una chica joven, rubia, con el pelo corto, muy atractiva, con ojos grandes inmensamente azules, labios gruesos, nariz fina y recta,­ vestida con unos tejanos muy ceñidos y una blusa de crespón rosado, muy holgada que, al caer, insinuaba la agresividad de sus pechos.

Una dirección

Describir el asombro y estupor de Elvira ante el cariz que iba tomando el relato de Diego sería tarea ardua y difícil: tendría que recurrir a tópicos y clichés para hablar de ojos desmesuradamente abiertos, aletas de la nariz dilatadas, frente fruncida, labios apretados, cuello tenso, brazos arqueados y cuerpo avanzado en posición de alarma, pero no, no conocería bien a Elvira si dijera eso de ella. Un ¡Pufff! como anuncio de una sonora carcajada, eso fue lo que emitió Elvira, repanchingada en el sofá, con un sube y baja de sus generosos pechos al compás de la risa.

—Diego, hombre, que esto da un buen subidón, ¿pero tanto para que me cuentes esta película?

—Oye, es la pura verdad, te lo juro —no sabía si mantener la seriedad o romper a reír; al final se quedó en una sonrisa.

—¿Y qué has hecho con la pasta? ¿No pensarás buscarla?

—Eso es precisamente lo que pienso hacer.

—¿Y si nos metemos en un lío? ¿Y si fuera producto de un robo? ¡O de un atraco! Mira que si es una espía o algo así…

—Meternos en un lío, ¿por qué dices meternos en un lío? ¿acaso tú…?

—Pues claro que yo. Ahí te voy a dejar. Vamos, que vienes a mi casa, me levantas de la cama, me cuentas todo este rollo; bueno, ya, la pura verdad, ya lo has dicho, ¿y quieres que me quede al margen? Ni de coña… ¿Has traído el bolso? ¿Has traído las cosas? Porque hay que mirarlo todo bien mirado: nombres, teléfonos, direcciones, tiques, facturas, billetes de metro y de autobús; entradas de cine, teatro, fútbol, boxeo, yo qué sé; algo que nos dé razón de esta chica ¿Has visto algo?

—Sí, claro…

—¿Y qué?

—Pues hay una dirección que…

La Revista

Diego no habla de Eugenia Honrubia en su novela. Habla de muchas cosas, de forma somera o pormenorizada, pero no de Eugenia; en realidad no sé por qué no lo hace, digo hablar de Eugenia, un personaje tan rico y novelesco, de su relación, de sus indecisiones, me refiero a las de él, siempre tan inseguro. Así que yo me hago cargo porque en estas historias nada se puede quedar sin contar. En realidad, lo de Eugenia es irrelevante para lo que cuento, me dijo un día que le pregunté, aunque lo cierto es que en aquel momento hablábamos de otra cosa, de cuando nos conocimos, de los comienzos de nuestra relación, de nuestra amistad, de cuando alegremente, sin miedo al porvenir, nos divertíamos porque así se puede decir, confeccionando una revista muy subvencionada. Allí nos conocimos Elvira, Diego, Raquelita y yo, todos bajo la dirección de Amable Freixido, hermano de un amigo de don Manuel, puesto por éste al frente de la publicación, que se llamaría Orzán. Lo que no sabía don Manuel es que Amable en realidad tenía contactos con todo tipo de gente, cada uno con sus ideas y posiciones, de modo que debido a la escasa atención que se nos prestaba, publicábamos artículos muy crípticos y críticos.

Hablaré de la creación de la revista. Y, como no puede ser de otra manera, me detendré en Amable Freixido, su creador y director, con estudios de Filosofía y Letras sin terminar, muy conocido en los ambientes universitarios de Santiago hasta que trasladó el expediente a la Complutense, en Madrid, en seguimiento de una joven de la que se había enamorado. Amable era el hermano pequeño de un mayorista que operaba en la lonja de Ferrol y que proveía a don Manuel de pescado y marisco, fundamentalmente almejas y percebes. Un día, después de comer, a la hora de los cafés y los aguardientes, el mayorista dijo a don Manuel si podía colocar a su hermano, Y qué sabe hacer, le preguntó don Manuel, No mucho, le contestó el mayorista, pero algo se le ocurrirá; seguro que usted sabe donde ponerlo; escribir, escribe bien, al menos eso es lo que dicen.

Una vez en Madrid, don Manuel convocó a Amable a su despacho y, con una carta de recomendación, lo mandó al jefe de publicaciones, quien le asignó un pequeño despacho y una mesa, y lo incluyó en el escalafón con cargo y haberes de Jefe de Negociado, con posibilidades de promoción. Le dijo que al Ministerio, de acuerdo con los nuevos tiempos, le vendría bien una revista que se ocupara de folclore, viajes, libros, gastronomía y cosas así (al parecer, eso es lo que dijo); que le asignaría un presupuesto para gestión, promoción y confección de la revista, y que podría contratar a cuatro o cinco colaboradores. Así que, gracias a los percebes, Amable pasó de eterno estudiante a funcionario de cierto nivel; y nosotros nos hicimos periodistas o algo por el estilo.

Con esas nuevas apareció una noche en el Comercial, ¿Veis? Ya os dije que este tío, que es hijo, algo más que putativo, del obispo de Mondoñedo es un hombre con influencias, dijo el poeta Félix Somozas.