Comienza la búsqueda

Y cómo conseguisteis dar con ella, le pregunté a Diego un día de cervezas y whisky en que le dio por contarme retazos de aquel episodio. Me contestó que la búsqueda fue tan laboriosa como fallida, pero siempre hay que contar con el azar, me dijo; no hay que desesperarse, aunque, te confieso, nos sorprendió el azar cuando Elvira y yo debatíamos sobre la forma de aprovechar o repartir el dinero; de la pistola, pensábamos, lo mejor era deshacerse, tirarla al río o a un pantano; o por la boca de una alcantarilla, como en las películas. Y no era un problema menor el hecho de no saber cómo manejar un arma. Yo, en la mili, había disparado con un fusil, y sé que hay un seguro y un cargador, pero no nos atrevíamos a manipular el arma y menos consultar a alguien. Con ciertas dosis de maldad, pensamos que Amable, debido a sus relaciones, algo entendería, pero, ¿qué le íbamos a contar? Pues nada, le decimos que íbamos paseando y la vimos encima de un buzón, o en una papelera, tirada en un seto, sobre un pretil, un banco…, Sí, claro, o te la han echado en el buzón o tirado en el jardín. Entonces nos daba la risa pero lo cierto es que no sabíamos qué hacer con la pistola; con el dinero, alguna idea teníamos. El caso es que empezamos a tirar del hilo y tomamos como primera referencia la dirección que había en el bolso apuntada en un papel suelto; pensamos que habiendo pasta y una pistola, ¿qué íbamos a decir por teléfono? Y con loca imprevisión, espoleados por la curiosidad nos pusimos manos a la obra.

 

El autobús bordeaba la Ventilla para caer vertiginoso sobre la parte moderna del barrio del Pilar. Bajaron en la primera parada y preguntaron a un quiosquero. No les dio unas indicaciones precisas porque el hombre acompañaba un discurso de palabras inconexas con señales desganadas de ojos y brazos, pero fueron suficientes para que se adentraran por un dédalo de calles y plazas interiores unidas unas con otras por escaleras. Había paredes que lucían restos de murales, alguno de firma famosa. Encontraron la plaza que buscaban, rodeada de lo que parecían espaldas de bloques que acotaban un jardinillo y una pista de baloncesto. Buscaron el número y encontraron el portal abierto. Subieron al ascensor y oprimieron el pulsador del sexto piso. Después de recorrer un corto pasillo encontraron la letra C y llamaron al timbre. Esperaron un buen rato hasta que se abrió la puerta y apareció en el umbral una chica joven, rubia, con el pelo corto, muy atractiva, con ojos grandes inmensamente azules, labios gruesos, nariz fina y recta,­ vestida con unos tejanos muy ceñidos y una blusa de crespón rosado, muy holgada que, al caer, insinuaba la agresividad de sus pechos.

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Una dirección

Describir el asombro y estupor de Elvira ante el cariz que iba tomando el relato de Diego sería tarea ardua y difícil: tendría que recurrir a tópicos y clichés para hablar de ojos desmesuradamente abiertos, aletas de la nariz dilatadas, frente fruncida, labios apretados, cuello tenso, brazos arqueados y cuerpo avanzado en posición de alarma, pero no, no conocería bien a Elvira si dijera eso de ella. Un ¡Pufff! como anuncio de una sonora carcajada, eso fue lo que emitió Elvira, repanchingada en el sofá, con un sube y baja de sus generosos pechos al compás de la risa.

-Diego, hombre, que esto da un buen subidón, ¿pero tanto para que me cuentes esta película?

-Oye, es la pura verdad, te lo juro -no sabía si mantener la seriedad o romper a reír; al final se quedó en una sonrisa.

-¿Y qué has hecho con la pasta? ¿No pensarás buscarla?

-Eso es precisamente lo que pienso hacer.

-¿Y si nos metemos en un lío? ¿Y si fuera producto de un robo? ¡O de un atraco! Mira que si es una espía o algo así…

-Meternos en un lío, ¿por qué dices meternos en un lío? ¿acaso tú…?

-Pues claro que yo. Ahí te voy a dejar. Vamos, que vienes a mi casa, me levantas de la cama, me cuentas todo este rollo; bueno, ya, la pura verdad, ya lo has dicho, ¿y quieres que me quede al margen? Ni de coña… ¿Has traído el bolso? ¿Has traído las cosas? Porque hay que mirarlo todo bien mirado: nombres, teléfonos, direcciones, tiques, facturas, billetes de metro y de autobús; entradas de cine, teatro, fútbol, boxeo, yo qué sé; algo que nos dé razón de esta chica ¿Has visto algo?

-Sí, claro…

-¿Y qué?

-Pues hay una dirección que…

 

Imagen:

 

 

Tiempo de ceniza – La Revista

Diego no habla de Eugenia Honrubia en su novela. Habla de muchas cosas, de forma somera o pormenorizada, pero no de Eugenia; en realidad no sé por qué no lo hace, digo hablar de Eugenia, un personaje tan rico y novelesco, de su relación, de sus indecisiones, me refiero a las de él, siempre tan inseguro. Así que yo me hago cargo porque en estas historias nada se puede quedar sin contar. En realidad, lo de Eugenia es irrelevante para lo que cuento, me dijo un día que le pregunté, aunque lo cierto es que en aquel momento hablábamos de otra cosa, de cuando nos conocimos, de los comienzos de nuestra relación, de nuestra amistad, de cuando alegremente, sin miedo al porvenir, nos divertíamos porque así se puede decir, confeccionando una revista muy subvencionada. Allí nos conocimos Elvira, Diego, Raquelita y yo, todos bajo la dirección de Amable Freixido, hermano de un amigo de don Manuel, puesto por éste al frente de la publicación, que se llamaría Orzán. Lo que no sabía don Manuel es que Amable en realidad tenía contactos con todo tipo de gente, cada uno con sus ideas y posiciones, de modo que debido a la escasa atención que se nos prestaba, publicábamos artículos muy crípticos y críticos.

Hablaré de la creación de la revista. Y, como no puede ser de otra manera, me detendré en Amable Freixido, su creador y director, con estudios de Filosofía y Letras sin terminar, muy conocido en los ambientes universitarios de Santiago hasta que trasladó el expediente a la Complutense, en Madrid, en seguimiento de una joven de la que se había enamorado. Amable era el hermano pequeño de un mayorista que operaba en la lonja de Ferrol y que proveía a don Manuel de pescado y marisco, fundamentalmente almejas y percebes. Un día, después de comer, a la hora de los cafés y los aguardientes, el mayorista dijo a don Manuel si podía colocar a su hermano, Y qué sabe hacer, le preguntó don Manuel, No mucho, le contestó el mayorista, pero algo se le ocurrirá; seguro que usted sabe donde ponerlo; escribir, escribe bien, al menos eso es lo que dicen.

Una vez en Madrid, don Manuel convocó a Amable a su despacho y, con una carta de recomendación, lo mandó al jefe de publicaciones, quien le asignó un pequeño despacho y una mesa, y lo incluyó en el escalafón con cargo y haberes de Jefe de Negociado, con posibilidades de promoción. Le dijo que al Ministerio, de acuerdo con los nuevos tiempos, le vendría bien una revista que se ocupara de folclore, viajes, libros, gastronomía y cosas así (al parecer, eso es lo que dijo); que le asignaría un presupuesto para gestión, promoción y confección de la revista, y que podría contratar a cuatro o cinco colaboradores. Así que, gracias a los percebes, Amable pasó de eterno estudiante a funcionario de cierto nivel; y nosotros nos hicimos periodistas o algo por el estilo.

Con esas nuevas apareció una noche en el Comercial, ¿Veis? Ya os dije que este tío, que es hijo, algo más que putativo, del obispo de Mondoñedo es un hombre con influencias, dijo el poeta Félix Somozas.

 

Tiempo ceniza – El bolso

Ahora es cuando Elvira, no sabemos si por el asombro o la risa, abre los ojos desmesuradamente y no puede reprimir un “Joder, tío, menuda movida”.

-¿Y qué hiciste? -Elvira apura el vaso y se sirve de nuevo.

-Ya te lo he dicho; me escabullí. Me fui corriendo calle arriba y me metí en el metro; iba hecho una sopa y la gente me miraba, porque a pesar de lo que llovía nadie iba tan empapado como yo.

“El problema era volver a casa. Imagínate que los dos tipos se hubieran fijado en mí y pensaran que yo, tarde o temprano, volvería. Pensé en ti, no creas. Me dije, voy a casa de Elvira, ella me dará cobijo.

Elvira no puede reprimir la risa: “Cobijo, ella me dará cobijo. Una madre, eso es lo que soy; una gallina con sus polluelos bajo las alas ¿Y por qué no viniste?

-Porque no era buena hora; seguro que no estabas en casa.

-Pero sabes cómo y dónde localizarme…

-Pero no te quería complicar…

-Sí, claro, sobre todo eso -Elvira acaba de liar un cigarro bien cargadito y se lo pasa a Diego para que lo encienda-. Bueno, sigue.

“Después de hacer unos transbordos y comprobar que aquellos tipos no me seguían, anduve por Cuatro Caminos, ya había escampado, y volví andando. Tomé precauciones, miré hacia el interior del bar, escruté el portal, no vi nada raro, subí por la escalera y me metí en casa…

-Y entonces registraste el bolso para intentar atar algún cabo… ¿Y qué había?

-¿Qué había? Lo normal: barras de labios, un llavero, una pequeña agenda, un bloc de notas, unas gafas de sol, un pañuelo, un peine, esmaltes, un bolígrafo, cremas, un espejito, unas tijeras, un paquete de chicle, un par de condones, y dinero, mucho dinero, en dólares, un fajo de billetes de cien; y…

-¿Y?

-Y una pistola.

Tiempo de ceniza – La tormenta

-¿Y para eso vienes y me despiertas a las tres de la mañana? ¿No tenías otro momento? Bueno, en realidad me acababa de acostar, pero, chico, hay momentos para estas cosas –la sonrisa de Elvira desmiente su incomodidad.

-Es que no es sólo ella sino la situación lo que me inquieta -Diego ni siquiera atiende a la objeción de Elvira-; en realidad fue un encuentro fugaz; digo encuentro cuando en realidad no lo hubo, si acaso una visión nada más, y un acto de lo más desconcertante; y ahora me veo envuelto en algo así como una aventura, aunque tampoco sabría decirte de qué se trata porque no lo sé –mientras habla hace girar el licor dentro del vaso; si contuviera hielo hablaría del tintineo de los cubitos.

“Verás. Hace unos días, una tarde, estaba muy agobiado, como encerrado, y me dio por salir a dar una vuelta para que me diera el aire. Era una tarde oscura, con un cielo pesado, de los que te presionan la cabeza y deseas que estalle un trueno y se ponga a llover. Y el trueno estalló, y se puso a llover con tal fuerza que me di media vuelta, pero no quise volver a casa tan pronto y entré en el bar de abajo, ya sabes, por tomar algo, por estar fuera de casa, por ver caras, gente, ruido, qué sé yo. Afuera jarreaba. La puerta y el ventanal del escaparate se empañaron enseguida, de la calle venían figuras borrosas que, como muñecos articulados, corrían sin ton ni son (Elvira escucha con atención sin dejar la media sonrisa). Una de las figuras se fue agrandando hasta abrir la puerta y entrar en el local. Era una mujer que entró apresurada y vino hasta el fondo, cerca de mí. Pidió un café con leche y sacudió la cabeza hasta hacer ondear una melena morena. Me sentí inundado por un perfume de pelo y lluvia. Parecía nerviosa y miraba insistentemente hacia la puerta; me daba la espalda y creí que ni siquiera había reparado en mi presencia. Del bolso sacó una pitillera y de ella un cigarrillo que encendió, y chupó la primera calada con ansiedad, para expulsar el humo con cierta violencia; el café se lo hubiera tomado de dos sorbos si no fuera porque en ese bar acostumbran a servirlo muy caliente. Cogía y levantaba la taza con gracia y estilo a pesar de la evidente excitación.

“Y de pronto ocurrió lo inesperado. Por la calle pasaban dos bultos, dos hombres que andaban apresurados, que volvieron y pararon ante la puerta, la abrieron, entraron en el bar, y la mujer se volvió hacia mí y me dijo: “Paga y vamos fuera”. Me miró intensamente, como suplicándome. Hice lo que me dijo y se colgó de mi brazo. Los dos tipos tardaron en reaccionar y cuando quisieron recordar andábamos calle arriba. Seguía lloviendo a cántaros. Apareció un taxi libre, lo llamó, y cuando me quise dar cuenta tenía en la mano su bolso del que sacó una cartera. Con rapidez subió al taxi en el justo momento en que los dos hombres salían del bar y echaron a correr tras el automóvil, circunstancia que aproveché para escurrirme y desaparecer de su vista.

 

Imagen tomada de Internet

 

Tiempo de ceniza – Eugenia Honrubia

Quien estaba al otro lado del teléfono se llamaba Eugenia Honrubia, y mantenía con Diego una relación tumultuosa y equívoca. No sé cómo decirlo, pero Diego tenía una facultad asombrosa para meterse en líos, pareciera que los buscaba con esmerado empeño. Eugenia colgó sin esperar respuesta y Diego acabó por depositar la cafetera en la lumbre como si de pronto hubiera recuperado la calma y la llamada, lejos de inquietarlo, hubiera sido algo esperado por frecuente, como si Eugenia acostumbrara a llamar de esa forma tan intempestiva por cualquier nimiedad. Había dicho ‘Estoy en una cabina, por favor, ven’ en lugar de ‘Estoy en la cabina’, que hubiera sido lo acordado, pensó Diego, aunque bien mirado, hace bien en decir ‘una’ y no ‘la’ porque de ese modo, si alguien la escucha, tiene que pensar en todas las cabinas y no en una en particular, y esto no es una paranoia sino una elemental precaución ¿Y si alguien sabe cuál es la cabina? Pero yo sí sé cuál es; y si me ha dicho ‘por favor, ven’ no cabe la menor duda de que me espera en el barito que hay cerca, donde convinimos vernos si hubiera problemas, y si son los que temo…

Dos años antes, una noche de otoño, a eso de las tres de la mañana, Diego tomó un taxi libre y le dio una dirección de la zona de Arturo Soria. El taxi se detuvo ante una casa con jardín, de los años veinte. La casa, que a esa hora se veía silenciosa y apagada, está rodeada de un terreno ajardinado de notables dimensiones y separada de la calle por un seto de cipreses y una verja en cuyo centro hay una puerta enrejada. Pulsó el timbre y esperó. Al cabo de medio minuto se encendió una luz en la planta alta. Mantuvo una corta conversación por el telefonillo hasta que la puerta se abrió y accedió al jardín. La puerta principal, al abrirse, derramó un chorro de luz blanca sobre la noche y enmarcó una figura de mujer difuminada bajo un largo camisón azul de piel de ángel.

-Pasa, hace fresco.

-Elvira, te necesito.

Lo miró con una mezcla de burla y estupor para acabar sonriendo.

-Anda, ponte algo de beber; voy a ponerme una bata.

Se sirvió un whisky y otro para Elvira, y se acomodó en un sillón.

Elvira ensayó una bajada de princesa envuelta en el carmín de una bata aterciopelada.

La miró largamente aquilatando lo extraño de su belleza inquietante en el comienzo de la madurez. Pensó que sería la amante perfecta: bella, culta, alegre y divertida, y sobre todo, libre.

-El caso es que no sé cómo empezar: se trata de una cosa tonta o de dos cosas tontas que se mezclan y me tienen hecho un lío.

Se dejó caer descuidada en el sofá frente a él. Lo contemplaba divertida.

-Soy toda oídos –dijo con una sonrisa que desarmaba cualquier relato.

-Pues verás -miró al techo tomando aire-, hace algunos días tenía intención de ir al cine y antes paré a tomar una cerveza. Estaba distraído, absorto, cuando de pronto entró una chica que me fascinó de tal manera que no pasa un solo día sin que piense en ella.

 

Tiempo de ceniza – Una llamada

No tengo muy claro el porqué de contar todo esto. No quiero pensar, aunque lo tengo bien presente, que en el fondo estoy urdiendo una pequeña venganza.

Cuando leí el borrador de la novela que acababa Diego de escribir, le pregunté: ‘¿A qué viene eso de hacerme enfermar? ¿Por qué me matas?’ ‘¿Quién te ha dicho que seas tú?’, me respondió como acostumbra, con otra pregunta. ‘Hombre, cualquiera que me conozca un poco…’, le dije. Al día siguiente, tomando café con Elvira, me miró burlona y me dijo que daba bien como reaparecido, como resucitado, sobre todo después de haber sido ella misma quien esparciera mis cenizas por el lago Lemán, al pie del castillo de Chillon.

Después de esto, considero que estoy en mi derecho de contar la verdad. Ya se lo he advertido a Diego, ya le he dicho que todo al final se sabrá, tal como fue.

 

Aunque todo empezó mucho antes, me referiré a una tarde de esas grises, cerradas, de las que invitan a quedarse en casa. Diego se disponía a preparar café y poner la tele con la intención de entrar en un duermevela. Cargó bastante la cafetera y encendió la lumbre; sonó el teléfono. Lo sobresaltó el característico pitido de videojuego que siempre lo asusta y le hace caer cualquier cosa que tenga en las manos. Pero se sobrepuso y consiguió mantener la cafetera atrapada por el asa, aunque sin saber muy bien dónde depositarla. Con la cafetera en la mano acudió a la llamada imperativa preguntándose quién sería; un vendedor de seguros o algo por el estilo, se dijo. Aún tuvo tiempo, en lo que se tarda en recorrer la distancia entre la diminuta cocina y el exiguo cuarto de estar, para evocar el sonido del timbre del teléfono negro con disco de aquellos que retrocedían y hacían ta, ta, ta; y el timbre sonaba como Dios manda, lo cual permitía imaginar una voz cálida y bella envuelta en tabaco que llama desde un café con vapores y notas de jazz y dice: ‘ven pronto, te espero cariño’. Pero este sonaba como una plaiestesion. Con la cafetera en la mano, menos mal que no estaba caliente, llegó a la altura del aparato con la esperanza de reconocer el número desde el que llamaban y así hacerse una idea. Cuando reconoces el número tienes tiempo de componer un ‘Dime vida’, o bien ‘¿Qué tal, Manuel?’. Alcanzó a leer ‘número desconocido’, lo cual reafirmó su sospecha: alguien le iba a ofrecer un apartamento en la playa.

Cogió el auricular con la mano libre: ‘¡Dígame!’, dijo con tono severo. Y lo que oyó fue una voz entrecortada, angustiada: ‘Estoy en una cabina, por favor ven, por favor, por favor, no puedo volver a casa: ha ocurrido algo terrible’.

Tiempo de ceniza -Paladeando

Tenía sed y pidió una cerveza. Blanca fumaba un cigarrillo rubio y paladeaba un vino tinto.

-Me gusta el vino, cada día más -dijo-. Es difícil que haya una bebida que se asiente tan bien en la lengua; hay que retenerlo y dejarlo que caiga despacio, entonces caes en la cuenta de que posees el sentido del gusto, de que disfrutas con él.

Su voz le sonaba más ronca, o más grave. A través del amplio ventanal se veía gente por la acera, donde seguía el coche sin que a Blanca le importara demasiado. Diego le dijo si no se lo podían retirar, la grúa, ya sabes…

-Bueno, aquí no es fácil aparcar, pero bueno, no quiero comprometer… enseguida nos vamos – replicó ella.

Antes de que Diego se diera cuenta, llamó al camarero y pagó la consumición. Subieron de nuevo al coche y condujo hacia la zona alta de la ciudad, hasta llegar a una pequeña plaza donde lo hizo bajar y aparcó junto a una pared en un espacio inverosímil. Salió del coche y se colgó de su brazo, Vamos a comer, además bien, ya verás, le dijo. Lo condujo por un dédalo inverosímil calles hasta llegar a un viejo portalón con escudo nobiliario que daba entrada a un patio cubierto y ajardinado, Para dos, dijo con familiaridad a una joven que hacía las veces de recepcionista

– ¿Sabes por qué estoy aquí? -le dijo serio o solemne.

Blanca lo miró directamente a los ojos y le arrojó una carcajada directamente a la cara.

-Bien, ya me contarás, no hay prisa… No has contestado a ninguna de mis preguntas, no sé si te habrás dado cuenta. Tantos años, tantas cosas, en fin, lo que me hayas venido a decir ya me lo dirás, si es que hace falta; pero dime cómo estás tú, si eres feliz -Blanca lo acorralaba sin dejarle salida.

-Como siempre, a salto de mata. Trabajo para una revista: fiestas, folclore, viajes. No pagan mal y viajo…

-Habrás estado alguna vez aquí.

-Sí, pero muy de paso, hay una especie de corresponsal que lo hace todo, además con mucho cariño. Tampoco sabía que anduvieras por aquí -mintió y ella lo notó; Diego se quería escapar-; sólo eso; nada más…

-Entonces… esto, venir aquí, explicarme no sé qué; tú ahora, al cabo de los años, apareces y trabajas para una revista, viajes, fiestas, en fin, cosas de esas… ¿Y qué más?

-Eso era lo que te quería explicar…

-Vale, ya me lo explicarás; pero antes dime: ¿qué más?

-Pues verás, oigo, escucho…

 

Imagen: Toledo, Antiguo Café El Español. Tomada de Internet

 

Tiempo de ceniza – Un hotel céntrico

Otro día de plomo. El viento dobla la esquina y clava en la piel sus alfileres. Un camión de riego lanza sus chorros sobre el borde de la calzada y salpica la acera por la que discurren hilos oscuros que arrastran bolsas de plástico, paquetes arrugados de cigarrillos y una jeringuilla sanguinolenta arrastrada por la corriente negra hasta despeñarse por el enrejado del desagüe. Diego saca un cigarrillo arrugado del bolsillo derecho de la chaqueta, enciende una cerilla, aspira una larga bocanada, y mira hacia el cielo gris, rayado por el vuelo de una banda de palomas y enmarcado por las cornisas de los edificios, aún pálidos como láminas de acero.

Suele cruzar las calles sin hacer demasiado caso de los coches, y también acostumbra a frecuentar el bar donde toma un carajillo antes de irse a acostar. Lo entretiene alargar el café cuando se dan cita la noche y el día; husmear, es algo mirón, se asoma a la vida sin tocarla, y busca materiales para las historias que nunca contará. Después, baja sin prisa por las calles céntricas, mira escaparates y le llama la atención la tienda de ortopedia con los bragueros y los brazos articulados, así demora la llegada al pequeño apartamento en el que vive de alquiler.

Pero aquel día era por la tarde y caía una lluvia muy intensa. Fue un aguacero repentino de los que te pillan desprevenido y corres a refugiarte. Estaba cerca y allí se metió. Pidió una ginebra con tónica y mucho hielo y se dispuso a esperar a que escampara. La bebida, los cigarrillos y el atropellado entrar y salir de la gente mojada eran entretenimiento suficiente para una tarde en la que no tenía demasiado que hacer. De dinero no andaba mal pues había cobrado una suculenta comisión por un encargo que hizo fuera de Madrid. Así fue como se reencontró con Blanca, alguien a quien quería de verdad y hacía tiempo que no veía.

 

Se saludaron con aparente frialdad. Caminaron por el andén mirando hacia la puerta de salida, o más al fondo.

-Te veo un poco más, cómo te diría, la palabra no es gordo, pero parece que abultas más, y esas canas -le dijo sin cambiar la vista de dirección- te hacen más interesante. Bueno, bueno, pasan los años, te vas al culo del mundo, precioso, acogedor, agradable, y aparece el bueno de Diego ¿Y a ti cómo te va? ¿Estás bien? ¿Qué haces, a qué te dedicas?

Los dos miraban hacia la misma puerta.

-Tú también estás algo cambiada; no sé, menos niña, aunque no parece…

-¿Qué haya pasado el tiempo? Vamos Diego, no me digas.

Salieron de la estación y Blanca le condujo hacia un pequeño automóvil.

-Llévame a un hotel céntrico –dijo él-, me gustan los hoteles viejos aunque estén reformados; me gusta ir andando a los sitios, ya sabes.

-¿Entonces no te quedas en casa?

Blanca estaba tensa, aunque esa tensión indicaba que el tiempo no se había portado mal con ella. Había engordado como lo hacen algunas mujeres rubias, con una cierta proporción que la hermoseaba a pesar de un ligero descolgamiento facial y unas bolsas incipientes debajo de los ojos; a cambio había ganado en profundidad, su mirada azul era más concreta, y su forma de conducir, decidida, parecía signo de persona acostumbrada a andar sola, sin necesidad de acomodarse al gusto de nadie. Andaba por las estrechas calles de la ciudad a una velocidad que a Diego le parecía de vértigo, hasta que llegaron a una calle más concurrida donde aparcó el coche sobre la acera y le señaló la entrada del hotel. ‘Te espero en la cafetería’, le dijo.

 

El banco de Soledad (y 2)

-¿Cómo le voy a decir que esto es muy bonito pero no tiene venta?

Telas de raso, de seda, brillantes, lisas, estampadas; vestidos escotados de la espalda estampados de flores o rayas de alegres colores; medias de cristal con costura, ligueros; bragas y sostenes de raso con puntillas vaporosas…

-¡Quite usted hombre; guarde eso!

Y desde dentro el marido:

-Pero mujer, déjale…

Castañetea el rumor de la cortina que aísla el comercio del sol de la calle, entra en el recinto la mujer de la estación, pide una bobina de hilo negro y un metro de goma negra ancha. El día ha sido sofocante pero ella viste de negro riguroso, sin velo ni pañuelo a la cabeza. La penumbra del local no evita que su cabello emita reflejos de azabache. Ha dado las buenas tardes con voz queda y ronca y se ha marchado con la misma frase. La mujer mira de frente y no esconde los ojos enmarcados por la lividez de las profundas ojeras que no resaltan más por causa de su piel morena. Es alta y esbelta; bajo los lutos se adivina la altivez de su pecho y se puede apreciar la lisura de su espalda.

-Es extraña esta mujer, siempre en la estación, como esperando a alguien que no acaba de llegar -dice el viajante mirando el revuelo de la cortina.

-¿Quién, la Sole? -pregunta retóricamente la dueña de la tienda. Si la hubiera visto antes… cuando la guerra y antes ¿Quién le manda? A estos -mira hacia la trastienda- los traía por la calle de la amargura, fueran casados o solteros, daba lo mismo; comían de su mano y todo lo que hacía les parecía bien, menos mal que ha vuelto el orden y cada cual en su sitio… Si la hubiera usted visto vestida de miliciana con el pañuelo de la CNT al cuello…

Y desde dentro, ‘Mujer, deja eso’; y ella, ‘¿Por qué lo voy a dejar? Con Vicente se puede hablar. No es que hiciera nada malo, pero, ¿a quién se le ocurre venir con esas modernidades? Vinieron los de la CNT y los de la FAI y declararon eso que ellos llamaban el comunismo libertario. Hala, fuera el dinero, la propiedad, la propiedad es un robo, decían; el matrimonio, los curas. A don Antonio le hicieron quitarse la sotana y le pusieron a enseñar la cartilla a los mayores, vaya ocurrencia. Y como era verano, se iban a la charca y se bañaban desnudos, y los niños mirando, vaya un ejemplo. Decía la Sole que había que practicar el amor libre, que se había acabado eso de ser esclavas de los hombres, ¿quién iba a fregar los cacharros y hacer las camas? Menudos son estos. Claro, mucho amor libre y no dejaba al Luis ni a sol ni a sombra; así que el Luis la dejó preñada y se fue de huyenda cuando vinieron los moros. Ella estaba con sus padres y no le dio tiempo a salir corriendo, si no es por don Antonio, el cura, aquí iba a estar. Bueno, a la Sole y a las otras de los rojos las pelaron y lo del aceite, pero no pasaron de ahí, gracias a don Antonio, repito, menuda escabechina en el pueblo de al lado… ‘Pero, ¿te quieres callar? –Desde dentro- mira que si viene alguien; aquí hasta las paredes oyen y no tengo ganas de líos. Usted perdone Vicente, pero ya sabe lo que pasa’.

-Ya, me hago cargo. Bueno, ustedes se quedan las muestras y alguna pieza. Miren a las jóvenes, las que se pasan por la capital, a lo mejor alguna pica -La dueña del comercio mira las prendas con ojos soñadores.

Pasan varios días y el calor se hace cada vez más intenso. Un reverbero asciende del suelo y envuelve como un espejismo a la mujer y el niño que se acercan a la estación. El banco de madera, vacío, espera a la sombra de una acacia la llegada de la pareja. El grupo de gorriones se apresta a recibir su ración mientras las cigarras baten sus sierras enloquecidas. Falta aún media hora y el Jefe se refresca con una cerveza al lado del viajante que toma la suya bebiendo del gollete; con la mano izquierda se da aire con un abanico de cartón en el que hay pintada una mujer vestida de largos volantes anunciando una colonia.

-Ya viene, como siempre, dice el ferroviario, ¿no se dará cuenta? Verá, una mujer del pueblo de al lado había perdido a su marido y había quedado viuda. Cuál no sería su sorpresa cuando un día todo el que estaba aquí lo vio, a su marido, bajar del tren, y corrieron a decírselo ¿Y sabe que había hecho? Había cambiado sus papeles por los de un muerto de verdad y se había escondido, y no se le había ocurrido otra que alistarse a la División Azul, mira que hay que tener idea. La Paula se había casado porque a su marido lo habían dado por muerto y así rezaba en los papeles, y uno de fuera la pretendió. Así que fíjese qué lío: la Paula con dos maridos. Andan en pleitos con el obispado; han escrito a Roma: ya decidirán. Menos mal que no tiene hijos. Ahora vive con sus padres hasta que todo se arregle; y no vale que uno de los dos renuncie, menuda es la Iglesia. Entre nosotros, el Jefe baja aún más la voz, pierde el primero, ya lo verá. Entonces, como le decía, se entera Soledad y ahí la tiene, perdido el sentido y esperando a su hombre, y no hay quien la persuada de lo contrario: está convencida de que Luis hizo lo mismo.

Soledad ocupa su banco y echa miguitas de pan a los pájaros; el niño juega a las chapas en el suelo.

Cuentan que pasados los años Soledad volvió a la estación con su hijo: se lo llevaban a la mili. Cuando el tren se marchó tirado por una máquina de gasoil, la mujer enlutada se fue a sentar a su banco y los gorriones acudieron a su alrededor con su desordenado piar.