Por fin lo tenemos

magritte-700x500—Tienes que abordarlo; si lo conoces, tienes que abordarlo; ya sabes, no puede pensar siquiera que albergas algún resquemor por lo pasado. Venga, vamos, me presentas como a todos, al fin y al cabo soy tu compañera —lo sonrió y guiñó el ojo para que se decidiera—. Ahora que nos mira.

—¡Pero bueno! —exclamó Diego con fingido entusiasmo— Mira por dónde…

Avanzó con pasos rápidos y le tendió la mano. El tal Mateo se vio sorprendido, pero reaccionó haciendo un esfuerzo para reconocer a quien se dirigía hacia él tan decidido y confianzudo.

—¡Hombre! Tú eres… ¿Matías? Sí, sí, claro, Matías… Ya recuerdo…Qué tiempos… ¿Y cómo se llamaba la chica aquella?

—Pilar, supongo que te refieres a ella —dijo Diego con su mejor sonrisa.

—Ah, claro… Pilar… Rubia, más bien alta, estudiante… Sí, sí, claro… Pilar.

—Bueno, no sé si lo sabrás… Ahora pica muy alto; está con los del Gobierno… Ah, esta es Eugenia, mi compañera; y este es Mateo, ¿no es así?

—Sí, sí, claro, Mateo. Pero eso era en aquellos tiempos… Braulio Cortés —se presentó e intercambió con Eugenia los besos de rigor— Y tú, no te llamarás Matías, supongo.

—No. Mi nombre es Diego, Diego Álvarez.

—Vaya, qué bueno; ahora que nos conocemos por nuestros nombres os presentaré a estos compañeros, a ver si hacemos algo grande.

Braulio Cortés fue presentando a los circunstantes, cuatro hombres y dos mujeres, todos de sobra conocidos.

 

Ya se ve, de vez en cuando me asaltan las dudas ¿Por qué cuento todo esto? Qué bonito sería decir que, como ya hice, que me mueve el deseo de esclarecer los hechos y la necesidad de contar la verdad. Pero, ¿a quién le interesa? Diego ha contado una historia densa, me atrevería a decir que ejemplar. Cuando lo asaltó la primera idea, vino como el sabio que descubre por fin una fórmula mágica y me gritó: ¡Ya lo tengo! ¡Una casa! Partiré de la casa, será el lugar, el centro de la historia. Alrededor de la casa crecerán los personajes. Pasó dos años de escritura incansable: Ya no es sólo la casa, dijo, una comarca, eso es lo que es, un espacio vivo, un mundo… Y me dijo que me incluiría en su relato. Trátame bien, le dije, y pareció acceder a mi pueril deseo, hasta que, ya lo he dicho, me hizo enfermar y me mató.

 

Diego cobró ánimos con la novedad, la suerte del encuentro fortuito, y así se lo dijo a Eugenia:

—Por fin; ya lo tenemos.

—Por fin, ¿qué? —lo interpeló con expresión que venía a decir algo así: No te hagas ilusiones, todavía queda mucho por hacer, mucha tela que cortar.

—Por fin tenemos al tal Mateo —la voz le salió baja y dubitativa.

—Ahora empezamos —puntualizó Eugenia—. Pero, cariño, no lo sientas, después de un día viene otro; no hay que tener prisa. En lo que los de arriba no digan nada estamos bien así.

 

Sobre la imagen: Le pêtre marié, René Magritte, 1961

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El tal Mateo

300px-dualiteDiego se quejó a Eugenia sin enfatizar demasiado. Le dijo que ya se daba cuenta de que habían conseguido su complicidad a cambio de nada. No estás siendo honesta conmigo, le dijo, aunque, bien mirado, ¿qué honestidad se puede pedir en el mundo en que nos movemos? Eugenia le preguntó por qué y Diego le dijo que no veía los avances en la búsqueda y acercamiento del tal Mateo. Eugenia le dijo que no se precipitara, que había que tener paciencia y saber esperar. Entonces él le confesó sus sospechas: El tal Mateo no os interesa en absoluto; ya no sé si es cierto lo que Fina me contó; creo que lo hizo por encelarme, dijo airado. En ese punto Eugenia se quedaba con ganas de decirle que había otras cosas que también lo encelaban, pero eso era tanto como incluirse en el asunto y lo dejaba hablar. Todo tiene su ritmo, mi vida, le decía; la fruta tiene que madurar para cogerla del árbol; y en eso estamos.

Claro que los objetivos eran distintos. Diego de todos modos se hallaba en continuo debate consigo mismo: primero se sentía con la obligación moral de cumplir con el compromiso, o excusa, por el que se había enrolado en semejante tarea; segundo, el que se resiste a confesar: el enorme atractivo de Eugenia. Porque en el fondo en aquel tiempo vivió un amor equívoco, un idilio que parecía no tener fin.

En otras ocasiones pensaba que Eugenia alargaba lo que llamaba la misión pensando que, una vez acabada, ya no tendría objeto seguir juntos; a ella le asignarían otro trabajo y a él lo despedirían. Tampoco, por otra parte, ninguno de los dos quería eternizar el idilio: ambos sabían que estos asuntos tienen su final y, a la vista de lo que tenían delante, convenía salir indemne.

Pero, como suele ocurrir, fue el azar el que los encaminó hacia el tal Mateo. Las cosas ocurrieron de la forma más normal: una reunión, un intercambio de experiencias, y allí estaba.

Eugenia ya se lo había advertido: tarde o temprano llegaría el momento: el azar es un factor con el que siempre hay que contar y hay que estar preparado. No te puedes permitir la menor emoción, decir o hacer algo que lo ponga en guardia; hemos de contar con su preparación, su entendimiento y su perspicacia; que es un pobre membrillo, mejor; pero hay que pensar todo lo contrario.

Tenía un aspecto más recio que el que recordaba. Habían pasado los años, se le había caído bastante pelo, lucía canas en la barba y había cambiado de tipo de desaliño. Ya no vestía la guerrera tipo militar y los tejanos descoloridos; ahora llevaba una americana azul Mahón y unos chinos de color mostaza, holgados y con pinzas. Por el modo de conducirse se veía que ejercía predicamento e influencia entre los circunstantes, lo que hacía que departiera en el grupo de los dirigentes de alto nivel.

 

 

Sobre la imagen: Dualidad onda corpúsculo (https://es.wikipedia.org/wiki/Dualidad_onda_corp%C3%BAsculo)

Grandes dudas

cartel-polc3adtico-otan-no-cartel-manifestacic3b3n-anti-otan-89x53-cms-1Podía hacer una pequeña sinopsis de lo contado, pero todo está aquí. Por ello os invito a remontar el blog página a página: al fin y al cabo sólo se trata de un pequeño esfuerzo.

 

No les costó demasiado penetrar en los círculos de decisión. En realidad no había nada novedoso. En la medida en que se escalaban peldaños aparecían los mismos sujetos que en otro tiempo dirigían o tenían relevancia en las cúpulas. Capacidad, tiempo y esfuerzo, sobre todo estos últimos, eran los atributos necesarios para formar parte de los núcleos con poder de decisión: no como miembros de una estructura orgánica sino como colaboradores voluntariosos, de ese modo, imprescindibles. También era preciso mostrar entusiasmo y disposición para portar pegatinas, banderas y pancartas, o gritar consignas en las concentraciones, manifestaciones y marchas.

Hubo un momento en que Diego empezó a sospechar que no importaba tanto la localización y seguimiento del llamado Mateo como el hecho de estar allí, que en realidad su función no era otra cosa que servir de soporte para Eugenia y darle legitimidad y cobijo dentro de lo que se estaba organizando, que el Gobierno necesitaba información de primera mano y por eso los había infiltrado. Sobre todo porque era un hecho cada vez más nítido el cambio de posición y el consiguiente riesgo que se corría. No en vano entró en circulación, sin que pareciera falso, el rumor de que ni EE.UU ni la Europa que se estaba fraguando hubieran dejado a España entrar en el Mercado Común sin el compromiso previo de permanecer en la Organización Atlántica.

Naturalmente ese rumor se extendió por la revista de la mano de Freixido, y nadie hizo nada por desmentirlo, ni siquiera discutirlo, salvo Diego, muy en su papel, pero en este caso ajeno a tal movimiento, el de Freixido.

Elvira, por su parte, vivió su momento más dulce, destacada por su periódico como testigo de excepción de los cambios que se estaban operando en medio mundo.

En cuanto a mí, vivía una época de grandes dudas. Los convulsos acontecimientos provocaron una gran dispersión de voluntades y compromisos, así que pensé que había llegado el momento de hacer bien mi trabajo sin otra consideración que la idea que tenía de mi propia honestidad, aunque siempre hay que hacer la salvedad de que esa medida nos la ponemos nosotros mismos, y de nosotros dependen las trampas. Con esto quiero decir que, por falta de nexo, me dediqué a trabajar solo, sin responder ante nadie salvo mi jefe, Freixido, a poner en juego mi capacidad profesional exclusivamente.

La revista nunca había ido bien; no había sido una publicación de grandes tiradas, sino una oferta turística. Con los cambios, parecía que íbamos a coger fuerza, entrar en el mercado, pero éste estaba monopolizado por publicaciones que se iban decantando por la ideologización o el sensacionalismo. Eso fue lo que debieron ver, porque, con el paso del tiempo, la clausuraron definitivamente, no sin antes ofrecerme el trabajo que he venido ejerciendo hasta hace poco, expulsado por la edad, las nuevas tecnologías y las redes sociales, a cambio de una fidelidad perruna hacia mis patronos.

Me ofrecieron la posibilidad de formar un equipo que consistiera en un colaborador, una secretaria y yo mismo. Elvira quedó descartada; no porque nadie la vetara; simplemente en ese tiempo ella volaba a gran altura, además nos habíamos impuesto, para la buena marcha de nuestra irregular relación, evitar trabajar juntos. Es cierto que pensé en Diego, aunque no pude demorar mi decisión, entre otras cosas porque no merecía la pena; en definitiva me vino impuesto desde arriba. Y arriba estaba Blanca. Diego lo cuenta de otra manera pero ocurrió como yo lo cuento.

 

Sobre la imagen: Partido Comunista de España – “OTAN NO” cartel manifestación anti OTAN (https://www.elmarcoverde.com/shop/partido-comunista-de-espana-otan-no-cartel-manifestacion-anti-otan/).

Por ejemplo Dinamarca

Cloacas

—¿Cuánto llevas en esto? —preguntó Diego.

—Ah, no, eso no se pregunta. Te voy a decir una cosa: acostúmbrate a no preguntar, no es nada bueno, hazme caso. Pero te voy a contestar. Mucho, mucho tiempo, el suficiente para haber visto de todo, cosas que ni te imaginas. Porque, claro, alguien tiene que quitar la mierda para que no huela. Todos queremos vivir seguros, que nadie nos moleste, ser felices… no tienes ni idea, nadie la tiene, de lo que hay debajo, de lo que hay que hacer para que nadie la pise y la lleve a casa en la suela de los zapatos. Aunque no todos son asuntos escabrosos o inconfesables, que es lo primero que se piensa, no cariño, en general somos de lo más pedestre; desde luego impresiona lo fácil que es traicionar, y no creas que la traición viene por la presión o la amenaza. El motor suele ser la venganza, pero no creas que ésta se genera, digo los deseos, por motivos poderosos; viene de lo más pueril. Y la envidia. Los envidiosos son un filón: cómo nos saben buscar; cómo nos encuentran. Ya ves que te hablo y te doy confianza; pero anda, no le des muchas vueltas, no digas que no me ha salido bien el pulpo.

Esta conversación la mantienen dos de los personajes que intervienen en el relato que vengo publicando en este blog.

 

Realidad y ficción

Empecemos por un tópico: la realidad es mucho más sorprendente que la ficción. La escena viene a ser como sigue: el Delegado del Gobierno se entrevista con un policía de los de la cloaca: ‘Hay que reivindicar el secuestro’, le dice al policía. ‘Ya —contesta éste—, pero es que a mí no se me da bien eso de redactar ¿por qué no me escribe usted lo que hay que decir?’ El Delegado coge una servilleta de papel, saca la pluma y escribe una nota de puño y letra que entrega al policía.

Ni a Le Carré, ni a Marías ni a mí mismo se nos habría ocurrido una escena tan chusca. Las situaciones y los personajes tienen que ser verosímiles, la historia tiene que ser coherente. Sin embargo, la escena descrita —en esencia— está sacada de la realidad y forma parte de un sumario.

 

El comisario

 Habrá que situarse en el momento, contextualizar. En el tiempo del que hablaremos, 2009, el comisario no era el comisario aunque fuera comisario. Trabajaba en las alcantarillas para los buenos, al parecer.

 

Sobremesas

Ya no hay puros en las bodas. Antes no había sobremesa que no estuviera presidida por ceniceros abarrotados, humo de puros y botellas de coñac. El ambiente era relajado y se contaban chistes, se decían chascarrillos, se cotilleaba, se criticaba a los ausentes…

 

La sobremesa

Según publica un supuesto medio digital, en el año 2009 se celebró una comida cuyos comensales eran un juez, una fiscala y tres comisarios de policía. En la sobremesa, según se infiere de unos cortes de audio, la fiscala y hoy ministra, Dolores Delgado, dijo, refiriéndose al juez Grande Marlaska, hoy también ministro, que era maricón. La grabación de las cintas, y su publicación, se atribuye al comisario Villarejo. La conversación es privada y por lo tanto velada al público.

 

Fariseos

No lo puedo evitar: me dan miedo los personajes públicos que, a juzgar por sus declaraciones, nunca se han masturbado, fumado un porro, emborrachado; jamás han mirado un culo, contado un chiste, reído un chascarrillo, participado en un cotilleo…

Dice Pablo Iglesias: “Alguien que se reúne de manera afable con un personaje de la basura de las cloacas de Interior en nuestro país debe alejarse de la vida política porque hace daño a la mayoría parlamentaria que protagonizó la moción de censura”. Pero hombre de Dios ¿pueden unas palabras, supuestamente dichas en 2009 en una sobremesa dentro de una comida privada, acabar con la reputación de una persona? En cuanto a las cloacas, sería bueno que Iglesias nos señalara la ausencia de cloacas en alguno de los países que le sirven de modelo, por ejemplo Dinamarca.

El banco de pensar

¡Qué calor! Y qué le voy a hacer, tiene un efecto perverso: estoy desganado y cansado de este bochorno que embota los sentidos y, será por su causa, menos dispuesto a pasar por alto este maldito alicatado territorial y urbano en que han convertido la costa mediterránea. Sí, es cierto, la playa es hermosa, el mar azul y la arena rubia, pero la huella humana impone un suelo de cristal y los edificios obstaculizan arteramente el paso a la débil brisa. Menos mal que disfruto de un pinar, de algún solitario banco de madera en el que sentarme a leer amenizado por el canto rabioso de las chicharras. Escribir, cuando me despeje.

Pero no todo el verano ha sido así, siempre puede haber un locus amoenus, y yo tengo el mío donde, lejos del mundanal ruido, disfruto del silencio, la sombra, el fresco, la amistad y un vaso de buen vino; no te garantiza la disposición a escribir, pero te alegra la vida.

En esas estaba cuando aparecieron por allí mis queridos amigos Cati y Fidel. Ella es un culo de mal asiento y él se deja llevar. ¿Qué hacéis aquí?, me preguntó en seguida. Nada, ¿te parece poco?, le contesté. ¿Y no vais a ningún sitio?. No, le volví a contestar. Aunque no es del todo cierto: Carmen se ufana de ser una de las primeras personas que ha visto el Pórtico de la Gloria recién restaurado. Pues eso no puede ser, prosiguió Cati con toda energía, hay que ir al “banco más bonito del mundo”. Naturalmente, no nos podíamos negar; sólo alcancé a defenderme diciéndole que había venido romper mi paz horaciana.

Claro que fuimos. La vista de los cabos, los acantilados y los rompientes es impresionante, pero el banco… Nada de pensar, no da tiempo. Todo el mundo con sus cámaras y sus móviles: una foto y que pase el siguiente. Mis amigos autóctonos dijeron: Ya volveremos en invierno y con temporal.

Cati estaba encantada y a punto de acabar con la memoria de su móvil de última generación.

Once de septiembre

Han pasado cuarenta y cinco años desde aquel maldito y aciago once de septiembre de 1973, cuando el gobierno constitucional chileno, presidido por Salvador Allende, fue derribado por el golpe perpetrado por el general Pinochet y otros adláteres de su calaña. Aquí el día era frío y otoñal, así es como lo recuerdo.

De los aciertos y desaciertos del Gobierno de la Unidad Popular, se ocupan y ocuparán politólogos e historiadores; yo sólo puedo recordar el espanto que me causaron las imágenes y noticias que fueron llegando a España. La del Presidente Allende y unos hombres jóvenes, de paisano y armados con metralletas, dispuestos a defender el Palacio de la Moneda, las de los aviones bombardeando el Palacio, las de la gente confinada en el Estadio Nacional, próxima a ser asesinada o a desaparecer, que es lo mismo. Por eso el once de septiembre lo tengo señalado en mi calendario.

 

La buena educación

No importa que sea San Juan, Año Nuevo, el santo del pueblo, del barrio, o el botellón de la Facultad. Jóvenes, menos jóvenes, viejos que se creen jóvenes, se divierten y no tienen reparo en dejar vasos de plástico, botellas de plástico (o de cristal), bolsas de plástico, condones de látex, vomitonas, meadas y demás excrecencias en las playas y plazas que los Ayuntamientos, con encanto o sin él, tralarí, tralará, han puesto a su disposición ¿Pan y circo?

Que no cunda el pánico. A primera hora de la mañana, una brigada contratada al efecto quitará la mierda y dejará la playa (o la plaza) impoluta para uso y disfrute de los primeros bañistas.

Hay cosas que no cambian. Nunca entendí por qué en casa de los ricos no había escupideras ni ceniceros. Ahora sí.

Sobre la imagen: Una playa cualquiera, esta mañana.

¿Para qué saber?

El contacto lleva a la confidencia, la confianza y la curiosidad; a preguntar, a tratar de saber. Sentimos la necesidad de saber la procedencia de los otros. ¿De dónde eres?, preguntamos, como si quisiéramos entrar en los orígenes del otro; no tanto por conocer a sus ascendientes, saber si viven o no, si tienen hermanos…

¿Por qué lo quieres saber?, preguntaba Eugenia ante la curiosidad de Diego. No, nada… por saberlo; en algún sitio tienes que haber nacido, respondía él. Tampoco tiene mucha importancia, decía Eugenia. Y añadía: Anda, vamos a querernos en lo que podamos. Si estaban solos, lo acariciaba, lo besaba, se arrimaba a él. Acababan anudados y entregados al amor.

No se pude decir que Diego insistiera demasiado. Sabía de las exigencias de la actividad clandestina, y Eugenia, en eso, era una profesional. Pero, por esas manías que nos entran, que nos obsesionan y nos llevan a emprender acciones absurdas, empezó calladamente a observar sus ademanes, sus facciones, el modo de vestir, y sobre todo la lengua, los giros, las palabras, a la caza de alguna particularidad fonética, léxica o estilística. En cuanto al habla, trataba de cazar un seseo, un ceceo, un alargamiento o caída vocálicos, algo que le permitiera delimitar el campo. Pero se sorprendió, bien por una cualidad intrínseca o como consecuencia de un arduo aprendizaje, al ver que Eugenia hablaba un español estándar de lo más aséptico.

Empezó, por otra parte, a necesitar correspondencia: tú me has vigilado y observado; yo te vigilo. O bien: todo lo sabes de mí y yo no te conozco. En cierta ocasión se lo dijo y ella le contestó que no, que se equivocaba, que no era del todo cierto. Fíjate si me conoces, le dijo, que no hay un rincón de mi cuerpo en que no hayas estado, ¿qué más quieres?. A ti, contestó Diego. Y ella se replegó en sí misma. Anda, no digas tonterías, voy a llamar.

Cogió la puerta y se fue.

Llamaba desde teléfonos públicos. Nunca repetía, o los iba rotando. Era una práctica como otra cualquiera, una forma de obrar como se supone deben hacerlo aquellos a los que había que localizar y vigilar.

Diego quiso penetrar en los secretos del trabajo de Eugenia, si le gustaba o no, qué sentía al vigilar, al traicionar. Ella le contestaba con evasivas; eso sí, le decía que lo mejor, lo más acertado, era no sentir, hacer del vigilado un objeto, deshumanizarlo. Pero eso es muy difícil, decía Diego, que no estaba seguro de cómo reaccionar a la hora de la verdad, imposible diría, somos humanos, sentimos… Es muy difícil. Ella entonces decía que era verdad, pero todo se aprende.

En otras ocasiones le decía que influir es más difícil que vigilar, inducir una acción, obrar sobre un comportamiento, manipular. ¿Cómo haces conmigo?, le preguntaba Diego. No, no es así, contestaba. Tú estás en esto porque quieres, incluso veo que te gusta.

Esa era una de las conclusiones a las que llegué: a Diego le gustaba la confabulación, la maquinación, la utilización, el poder, en definitiva. Nunca lo dijo así, jamás se lo he oído; creo que jamás lo dirá porque es tanto como reconocer que una vez asomado a los círculos, a los abismos de los que comúnmente abominamos, sentimos su poderosa atracción: debe ser fascinante saber que con un toque sutil, prácticamente imperceptible, puedes cambiar las cosas, incluso la historia.

 

Sobre la imagen: Gary Oldman en El topo (2011), de Tomas Alfredson, sobre la novela homónima de John le Carré

En eso consiste

No creas, no lo hice mal del todo —me sigue contando sin contestar a mi pregunta—. Me hubiera quedado. No te puedes imaginar el gusto que le coges al engaño y al disimulo, todo ello para perpetrar una traición, porque, por mucho que se diga, se trata de eso, de ganar confianza. El objetivo tiene que sentirte próximo, como un amigo, para soltar prenda, no por indiscreción sino por cooperación, ganar a uno más para la causa, un cómplice, un compañero, alguien con quien te jugarías la vida. ¿Sabes lo peor? Que no sientes mala conciencia porque acabas convencido de la bondad, por necesaria, de la misión.

—Ya, pero te me escapas, Diego, te me escapas…

—¿Por qué? Te lo estoy contando todo; y no es muy confesable.

—Te me escapas porque no me acabas de decir tus motivaciones reales.

—Es que no es fácil. Ya te he dicho que fue por Blanca, y por mí, ¿acaso no comprendes que nos jodieron la vida?

—Hombre, también me doy cuenta de que ahora estás con Blanca, y Eugenia es… ¿un buen recuerdo?

—Pero, ¿qué más da? —no digo que se pusiera tenso, aunque reaccionó en la dirección que yo quería.

—No sé, no sé si dará lo mismo; eso únicamente lo puedes saber tú —le contesté.

—Digo qué más da porque mis cosas con Eugenia no invalidan mi necesidad de desquite; ella puso en mi mano los medios para tomármelo, al menos eso creí. Lo que pasa es que eres un puñetero puntilloso y ahora te quieres desquitar por el tiempo en que te tuvimos in albis. Ya escribió Flaubert, y veo que tú lo sigues al pie de la letra, algo parecido a esto: ‘La biografía de un amigo hay que escribirla como si fuera una venganza’.

Podía haber dicho touché, pero no quise darle semejante satisfacción. Lo que sí le dije fue que su cita de Flaubert era imprecisa y que además le cambiaba el sentido, la cita literal es: “Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándole”. Pero Diego no andaba descaminado en sus apreciaciones; no negaré que el despecho se adueñó de mí durante demasiado tiempo; sobre todo sentí, aunque me cuesta reconocerlo, la falta de confianza de Elvira. Por mucho que uno lo niegue, quieres saber vida y milagros de quien duerme contigo, aunque no sea siempre, aunque no conviva. Paul, personaje protagonista de El último tango en París, pretende hacer del piso un islote utópico exento de sentimientos, incluso de lenguaje: allí no existen los nombres. Pero Paul trata de poseer a Jeanne, la protagonista, a toda ella. Y la persigue, quiere saber quién es, se muestra, pregunta, dice su nombre y un retazo biográfico; y camina hacia su propia destrucción, hasta la muerte.

 

No les resultó difícil entrar en contacto con uno de los grupos que por aquellos días se formaban y crecían como hongos, animados por la oportunidad que se les presentaba: culminar una gran movilización contra uno de los bloques militares formados al abrigo de la llamada “Guerra Fría”. Las plataformas antiotan eran un excelente banderín de enganche: los conocimientos, la experiencia y el entusiasmo servían de pasaporte para llegar a tocar los centros de decisión, pero lo que más les importaba era navegar por los meandros y recorridos que les llevaran al objetivo, a situarlo, a conocer sus conexiones y, lo más importante, detectar los contactos que llevaran hasta él: ‘Nosotros informamos’, decía Eugenia. ‘Otros harán lo que tengan que hacer. En eso consiste’.

 

Sobre la imagen: Fotograma de El último tango en París, Bernardo Bertolucci, 1972