Luisa

Luisa recibió por carta una extraña invitación de Manuela. Le mandó un pasaje de avión y la reserva a su nombre en un afamado hotel ¿Cómo había averiguado que dispondría de algo de libertad en aquellos días? No lo llegó a saber; tampoco se lo preguntó. El caso es que siguió al pie de la letra las instrucciones y, cuando estaba deshaciendo la maleta y colocando sus cosas, recibió una llamada. Era Manuela; le dijo que la esperaba en el salón.

Cuando la vio apenas la reconoció. Estaba rejuvenecida y había cambiado la ropa severa del trabajo por otra más informal. Se saludaron efusivamente, tomaron un café, y Manuela la invitó a salir.

—¿Sin acabar de deshacer la maleta? —Luisa hacía honor a su sentido del orden.

—Ya lo harás —contestó Manuela—; ahora nos vamos.

El día se mostraba espléndido y la bahía lucía una luz alegre de invierno. Cerca había un coche aparcado, un todoterreno. Subieron y salieron de la ciudad. Manuela condujo bordeando la costa hasta que, llegados a un punto, enfiló hacia el interior. A Luisa aquellos parajes se le tornaron familiares, no por frecuentados, pero por ellos u otros muy parecidos anduvo con Cosme Vidal cuando aquel viaje de trabajo que vino a rematar en una pensión frente a la muralla de Lugo. Buenos tiempos aquellos, aunque cortos. La mancha de una mora con otra verde se quita, se suele decir, aunque el amor que encontró en Cosme no vino a sustituir otro fracasado, aunque sí marcado por la desgracia, que parecía ser su sino.

Manuela tomó por carreteras y pistas que tiraban hacia arriba. Pasaron bajo los túneles vegetales que formaban los altos robles, castaños, salgueiros, nogales y eucaliptos. Cuando Luisa pensó que estaban en medio de la nada, después de ascender por una pista irregular, surcada y desgastada por los regueros, surgió a su izquierda una casa toda de piedra y madera, rodeada de prados y manzanos, con un lavadero adosado a la pared que traslucía las vetas blancas, azules y oro viejo de la piedra, sobre la que resbalaba el murmullo del agua. Para contemplar la magnífica fachada principal, orientada al sur, había que sentarse en el centro de una explanada de césped cuidado y recién cortado, y así descubrir la balconada corrida de hierro forjado, el acristalado del mirador, a dos bandas, sur y poniente, y la puerta enmarcada por el dintel y pilares de piedra, claveteada, y con un imponente llamador de bronce bruñido. Luisa no salía de su asombro: tan pronto reía como abría la boca y los ojos sin ninguna contención.

—¿Y esto? —acertó a preguntar.

—¿Esto? —Manuela levantó la barbilla señalando la fachada— Esto es la ilusión de mi vida. No siempre fue así; lo que compré era pura ruina; apenas pude aprovechar los fundamentos. Al constructor —no sé si se puede hablar de restaurador— le dije más o menos lo que quería y más o menos lo que recordaba, porque me crie allá abajo, en la última aldea, y a los niños nos gustaba subir; la señora mayor nos daba frutas y caramelos, y nos dejaba jugar en los prados. Siempre me gustó. Murió la señora, la familia tardó en ponerse de acuerdo en lo que querían hacer con la casa; fíjate que le dio tiempo a caer; la casa era pura ruina. La pusieron en venta y la compré: es mi retiro.

—Nunca mejor dicho —comentó Luisa risueña y asombrada.

Porque no era para menos, ¿quién iba a imaginar que Manuela, una mujer sin vida aparente, dedicada íntegramente al trabajo y a la renuncia, tuviera tamaño secreto, no de índole novelesca o peliculera sino íntimo y entrañable. Sólo falta que ahora aparezca alguien a quien presente como su hijo, pensó Luisa.

—Así fue como lo pensé siempre —dijo Manuela—. Cuando digo siempre me refiero a los últimos treinta y pico años, que ya viene a ser la mitad de mi vida. Me dije que haría todo lo posible por acabar aquí.

—Y lo has conseguido, vaya si lo has conseguido —replicó Luisa.

—Vamos dentro —Manuela cogió a Luisa del brazo y la llevó con paso decidido hacia el portón.

En el quicio, disimulado, dentro de un cajetín, se podía ver un teclado. Manuela introdujo la llave, marcó un código, se oyó un clic, el mecanismo permitió el giro de la llave y la puerta se abrió.

La luz, de suyo filtrada y absorbida por árboles y prados, pasaba por el tamiz de encaje de los visillos de modo que sugería un espacio suspendido e irreal. Se veía todo nuevo, tratado o renovado, piedra, hierro y madera. Se irrumpía de golpe en el corazón de la casa, a una sala diáfana que hacía las veces de cocina, comedor y salón, todo ello seguido de izquierda a derecha

—Estarás en la gloria —dijo Luisa, que no paraba de mirar de un lado a otro.

La cocina, haciendo isla, los fregaderos bajo una ventana, potas y sartenes a la vista, unas en vasares, las otras colgadas al estilo antiguo. A la derecha una mesa amplia y consistente rodeada de sillas. Más a la derecha, a un nivel ligeramente más bajo, una mesa grande de comedor y en las paredes armarios y aparadores, y al fondo, un conjunto de tres sofás, un par de sillones, librerías y un televisor. En la pared de la izquierda, un robusto hogar con algunos troncos encendidos; al fondo, una escalera de hierro y madera conducía a la planta superior.

—No me quejo —contestó Manuela.

—¿Y todo esto para ti sola? —preguntó Luisa con intención. Se había quitado la ropa de abrigo y sentado al amor de la lumbre.

—Alguien habrá encendido —observó Manuela con picardía—, pero sí, básicamente para mí sola, lo que no quita para que una se relacione —sorprendió cierta incomodidad en Luisa—; no, no te preocupes, no te meteré en sociedad: tú y yo solas.

Manuela se levantó y fue hacia la cocina. No te muevas, dijo, pero Luisa se levantó y la siguió. Sobre la encimera de mármol gris oscuro y azulado con vetas blancas había una tabla cubierta por un paño, bajo la tabla se adivinaba la existencia de algo pleno, y panzudo por el centro. Manuela retiró el paño y apareció una empanada circular. El suculento aroma se dejó notar.

—Bueno, nos sentamos aquí y charlamos un rato, luego comemos. Ya verás, te vas a chupar los dedos—. Cortó un trozo de empanada y lo dividió en otros más pequeños que puso en un plato blanco con bordes azulados. Cogió dos copas y sacó de la nevera una botella de vino blanco pálido y fresco.

La verdad es que Luisa no salía de su asombro. Manuela se había jubilado, se había despedido discretamente —en el departamento no era la amistad lo que mejor se cultivaba—, se había ido en todos los sentidos, lo cual se interpretó como una desaparición. Antes de irse, aparte, se reunió con Luisa en un lugar convenido y le dijo que la había recomendado para que ocupara su puesto: Siempre me he fiado de ti, le dijo, lo cual es comprensible debido a nuestra antigua amistad y a la competencia que has demostrado; tú, en caso de que ocurra lo que creo que ocurrirá, tendrás que pelear con los celos y resentimientos de quienes aspiran al puesto; eso lo desmontarás con tiempo y paciencia, la gente se cansa; aunque recuerda aquel asunto, ya sabes cómo se las gastan algunos. Quien no te fallará será Eugenia; bastante le hicimos cuando la pusimos a prueba, y ahí sigue; tampoco Cosme, a pesar de todo y creo que me entiendes; de los demás no te fíes, pero dales cuerda, sólo así saldrás adelante.

Ahora quería recordarle aquellas palabras y lo acertada que estaba, pero intuyó que la Manuela con quien compartía empanada y vino estaba muy lejos del servicio y sus contingencias.

—¿Por qué me has llamado? —le preguntó sin que la cuestión sonara inquisitiva.

—Muy sencillo, Luisa —contestó—. Porque tenía ganas de verte; simplemente por eso; también para mostrarte que hay otra vida; no como la de tus padres, tú y yo somos de otra pasta, además estamos solas; pero hay otra vida.

—¿Cuándo ésta ya está gastada?

—Sí, cuando ésa ya está gastada. No sabes lo que la vida te puede dar si tienes salud y un poco de dinero; y si mantienes un control razonable sobre tu cabeza.

—Y hombres… ¿Algún hombre?

—Pues claro, siempre lo hubo.

—¿Nunca te presionaron?

—Con este no pudieron. Era solo; no tenía familia, ni hijos ni mujer. Siempre estuvo lejos, embarcado… Y ahora los dos…

—Ahora sois dos jubilados felices.

—En cierto modo sí. Pero no convivimos; es tal la costumbre de estar solo; cada uno en su casa, como solemos decir, pero hay tiempo para estar juntos, incluso para el amor.

Se habían acostumbrado tanto a la mentira que Luisa no acababa de convencerse de que no hubiera una intención secreta en el encuentro, algo que tratar fuera del Centro —la revista era historia— fuera de Madrid, lejos de los curiosos, que Manuela tenía la misión de comunicarle algo, advertirle de algo… Era difícil imaginar, al menos así lo pensaba, que la hubiera llamado por el simple placer de verse. Acabó el vino y Manuela la sirvió de nuevo.

—Volvamos fuera si quieres, por dar un paseo, el día no es frío del todo —dijo Manuela.

Luisa accedió complacida. Ciertamente se estaba bien en aquel lugar solitario, donde prevalecía el orden del bosque, debidamente modificado para el solaz humano. Remontaron unos metros el empinado camino hasta desembocar en una bifurcación donde cruzaba una pista más o menos horizontal, que seguía la falda del monte, una pista para el acceso de camiones y máquinas a la gran plantación de eucaliptos. Los marcos y la altura de los árboles denotaban la sucesión de las cortas y los límites de cada parcela. Manuela leía con facilidad el lenguaje del bosque: dónde se acostaba un corzo, por dónde bajaba el jabalí. Del pináculo de un poste alzó el vuelo, majestuosa, un águila culebrera sin que pareciera importarle demasiado la presencia de las dos mujeres. Caminaban en silencio, no hablaban, como si se lo tuvieran todo dicho.

—Fui yo —Dijo Manuela. Luisa sintió un escalofrío, como si la atravesara una ráfaga de viento frío que cortara el aire.

Sobre la imagen: Águila culebrera en vuelo. Turismo. Ayuntamiento de Cáceres.

©Alfonso Cebrián Sánchez.

Esta es una obra de ficción. Los hechos y personajes son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
 
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