La buhardilla

Anda uno a la caza de situaciones favorables y luego se presentan solas, fruto del azar; pero, para ser justo con el azar, debo decir que hacer nuestro trabajo en tales fechas llevaba a no encontrar alojamiento (Freixido nos podía haber hecho una reserva, pero no lo hizo); no había tanta demanda, aunque ya se vislumbraba la invasión de ese turismo desaforado que arrasa campos, cuidades y costas. No hace mucho tiempo, aunque me va costando datarlo, fui a ver una exposición temporal en un anexo del Prado (¿O fue en otro sitio?) dedicada a Renoir, creo que monotemática si atendemos a los retratos individuales y de grupos de personas; en todo caso siempre aparecían seres humanos más que paisajes. Me fue imposible contemplarla con detenimiento debido a la aglomeración que allí había y, encima, no entiendo por qué lo permitirán, todo el mundo blandía su teléfono móvil, algunos acoplados a unos palos que me hacían temer por la integridad de las obras y los ojos de los visitantes, entre ellos los míos. Pienso que esos turistas no saben mirar, que sólo lo hacen a través de la pantalla —quienes portaban cámaras antiguas eran más pacientes, menos codiciosos, más respetuosos, a los que además se les prohibía tomar fotografías con flash—, esos que uno teme que lo dejen tuerto o rasguen algún lienzo, no sé qué será peor, al fin y al cabo la pintura se puede restaurar, pero el ojo no admite remiendos, y uno no se ve con uno de cristal, fijo e inmóvil, o con el parche que al menos sugiere la fantasía de un pasado azaroso con el que fantasear, pero mira que con un palo de esos que sostienen un móvil… En cualquier caso, los imaginaba mirando lo que no habían visto, contemplado o valorado, en la pantallita del móvil, en una habitación de hotel; imágenes mal encuadradas, enfocadas por un mecanismo que, seguro, las distorsiona, así como los colores y la luz, y deja sin ver, sobre todo, la mano del artista. Y no digamos los parques naturales, convertidos en parques temáticos, y en ellos los llamados ‘centros de interpretación’. Hace no mucho tiempo, también, a los aledaños de uno de esos centros que hay cerca del nacimiento del Guadalquivir, acudían jabalíes casi domésticos, en busca de la comida que los turistas tiraban u olvidaban. Uno de los animales daba cuenta de los ‘ganchitos’ que alguien había tirado o se lo había echado. Y esas playas, amasijos de carne a la parrilla. Y si hay rocas, pobres cangrejos. Papás y mamás con los niños, armados con palos, atacan con saña cualquier recoveco que sirva de refugio al aterrorizado crustáceo.

Pero en aquellos días, a la mañana y al atardecer, aún se podía ver a las mariscadoras recolectando almejas, berberechos y navajas, y en las rocas más batidas, mejillones; y con la caída del sol, pequeñas barcas sacando las nasas del calamar. De esos frutos también se surtía nuestro restaurador y consumían en abundancia los veraneantes y futbolistas residentes en el hotel, así como todo el que iba al restaurante, previa reserva y después de haberse sometido al escrutinio del Alfeñique, que en última instancia decidía quién y quién no merecía comer en su casa. Aquel restaurante era el que frecuentaban políticos, militares y banqueros, que eran quienes nos interesaban en aquel tiempo de reuniones, comidas y conspiraciones, cuyos acuerdos, si es que se daban, se sellaban en el comedor privado del Atlántico, porque, y ahí no podíamos llegar sin ser vistos, disponían de casas metidas en el bosque al abrigo de miradas y oídos ajenos, aunque nuestra ventaja consistía en saber y constatar que al final nadie resiste la atracción de una buena mesa, sobre todo cuando se siente impune, y a nosotros nos bastaba con saber quiénes eran y si se juntaban.

Paseamos por la villa y alrededores, contemplamos el esplendor de la ría y de las elevaciones que la flanqueaban, salpicadas de aldeas y casas aisladas, tapizadas por el verdor engañoso del eucalipto. Y así pasó la hora que nos había dado la hija del Alfeñique, a la que añadimos media más. Acudimos entonces y la joven nos dijo que la buhardilla estaba lista, que cogiéramos el equipaje y así no subíamos dos veces. Luisa llevaba una pequeña maleta y yo una pequeña bolsa de viaje; la joven le quitó y subió la maleta de Luisa sin darle opción a oponerse.

Inició la ascensión por una escalera estrecha y nos invitó a seguirla hasta lo alto del edificio. Abrió una puerta a su izquierda y nos invitó a entrar a una amplia habitación, una mezcla entre dormitorio y estudio equipada con una cama, un vetusto armario, una cómoda de la misma factura, y una mesa arrimada a una amplia cristalera. Velaba la luz una amplia cortina o visillo de encaje de Camariñas, muy al uso en aquella tierra. Le preguntamos a qué hora abría el comedor. A las dos es buena hora, nos dijo, pero a las tres entra el segundo turno, hay que aprovechar estos días, pero, como son dos, les voy a poner una mesa para ustedes sin que les venga el relevo. Eso sí, háganme el favor, bajen a las dos para que los clientes no me la reclamen, nos dijo con una sonrisa que podía expresar cualquier cosa.

Se fue la hija del dueño y nos quedamos solos. No era la primera vez. Solos habíamos estado en el hotelito, donde me insinué y Luisa captó con rapidez e ironía mis gestos. Solos habíamos estado en los viajes que habíamos hecho juntos, pero si había que hacer noche, cada cual tenía su habitación: ella no me dio ni por asomo pie para entrar en la suya y yo no me atreví a invitarla a la mía. En esta ocasión estábamos juntos y en la habitación no había sofá o sillón que sirviera de alivio, como en las películas, en las que el guionista, o el director, siempre dispone un sofá y unas mantas para que el chico haga la pantomima de acostarse, incluso dormir, dejando la cama a la chica. En esos casos el chico es tan formal que no tiene la ocurrencia de pedir un sitio en la cama para despertar entre las sábanas. En nuestro caso no había sofá ni sillón, sólo un par de sillas, que tampoco daban para que yo me ofreciera a juntarlas y buscar en el vetusto armario una manta o algo con que cubrirme y así hacer el paripé, porque yo quería yacer con Luisa, más cuando ella, en un gesto de los suyos y que yo interpreté a mi conveniencia, plantó la mano y presionó varias veces a compás como para probar la blandura del colchón. Pero las dos estaban al caer y no era tiempo de apresuramientos. La chica nos había señalado una puerta: El aseo, dijo, y Luisa me dio licencia para entrar yo el primero: Entra si te quieres componer, miró a la puerta, peinarte y esas cosas o cambiarte de ropa; venga, entra, te espero.

Entré en el cuarto de aseo, pequeño, dotado de lavabo, espejo, taza de váter y una pequeña ducha. Me miré y comprobé que necesitaba un nuevo un afeitado. Así que tomé jabón y la maquinilla y me di un repaso; la ropa no necesitaba mayor composición y ya me había duchado en el hostal de Betanzos, donde se nos hizo de noche el día anterior; me peiné, salí y le dije que era todo suyo. No pareció que ella quisiera cambiar nada, se veía que se sentía bien con los vaqueros ajustados, la blusa blanca y la cazadora corta de cuero fino y agradable al tacto, que se ajustaba como una segunda piel. Sacó un pequeño neceser de la maleta en el que llevaría lápiz de ojos y labios, un peine para pasarlo por su pelo negro y largo, quizá recogérselo, pero eso ya lo vería. Miré hacia la ría y la playa. Encendí un cigarrillo. Luisa salió del aseo y su cara mostró el arte que ponen las mujeres para realzar los ojos y labios con un ligero toque. No sé si fue el entorno, la situación no buscada, yo qué sé, el caso es que, dentro de su belleza particular, me pareció mucho más hermosa y atractiva. Bajamos al comedor.

Sobre la imagen: Man Ray, Le Voile (fragmento), 1930.

©Alfonso Cebrián Sánchez

Esta es una obra de ficción. Los hechos y personajes son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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