De Carmen Rivas a doña Carmen

Grta Garbo y Marlene Dietrich

La reunión entre Mr High y León se celebró con la máxima discreción en el despacho de don Orestes Criado, a cuyos prolegómenos asistió para luego ausentarse. En ella, sin tapujos, Mr High le confirmó lo que León suponía desde hacía años, que trabajaba para el gobierno británico y éste lo comisionaba para indagar en los asuntos españoles, y que León se había ganado sobradamente la confianza para colaborar en calidad de jurista, informador e intérprete, aunque sería mejor decir interpretador. Para ello se le pedía algo muy importante y suponía que costoso, que se estableciera cerca de los suyos, de su familia, que fuera uno de ellos, una suerte de hijo pródigo que vuelve a la casa familiar y recibe la bendición del padre. Lo necesitaban cerca de ellos, que contara con la confianza suficiente para tener acceso a las fuentes y a los aledaños del poder. Por allá se organizan cacerías, a las que el general —siempre lo nombraba así— es tan aficionado, y usted puede ser uno de los invitados con poco interés que ponga. En esos eventos se charla, se ve quien goza de privilegios, está más cerca, quien asciende; también quien cae en desgracia y pierde el sitio, quien está resentido, y, si no lo expresa con palabras, se adivina en los gestos, eso es lo que queremos saber —Mr High se expresaba en plural, desde entonces y para estos asuntos—. León Aguirre le dijo que el traslado sería un golpe muy duro para Carmen; la falta de trabajo la había llevado a perder la ilusión de antaño; no era tonta ni ilusa, pero el traslado sería la puntilla, adiós a su sueño de ser una gran actriz. No sé, dijo León, si le puedo pedir tanto. Mr High dijo que pusiera en valor lo nuevo del cambio de vida, de aires, que a lo mejor don Florentino con su ascendiente podía ayudar a convencerla.

Mr High había tenido la habilidad de estimular la ambición de un hombre al que había estudiado en todo ese tiempo, sabía que León no era amigo de perder trenes, y éste no era despreciable, no tanto por el aspecto económico, como por el hecho de gozar de la oportunidad de establecer conocimientos y relaciones. Por otra parte, a León le torturaba contemplar, sin poder hacer nada, la melancolía en que Carmen estaba cayendo, con Paquita como única cómplice y ayuda. Quizá esta fuera la ocasión de recuperarla para la alegría de la vida: los cambios, cuando se es joven, tienen un fondo de estímulo.

Mr High y León Aguirre acabaron la conversación con el compromiso de éste de iniciar con su familia las gestiones para lo que en puridad no era una reconciliación, aunque sí una recuperación de la confianza.

León Aguirre puso en marcha lo acordado, que, en lo tocante al traslado, contó con la aprobación entusiasta de su familia. En cuanto a Carmen, recibió la propuesta con resignación e indiferencia. Puso dos condiciones irrenunciables: vivir en su propia casa y llevar con ellos a Paquita. La primera la consiguió a medias y la segunda se cumplió, como es sabido. De las idas y venidas para ver a su madre y a don Florentino, así como la asistencia a los teatros madrileños, se encargaría ella, para eso había trenes.

¿Se había acabado el amor? ¿Había languidecido acaso? No. Carmen era feliz con los progresos de su marido y, aunque se maliciaba la causa, en su fuero interno no encontraba impedimento que alterara su sentir. Pero la falta de trabajo la mortificaba y pensó que el alejamiento y pasar a ser una simple espectadora, cuando se le antojara y pudiera, quizá le hiciera bien, por eso aceptó sin poner oposición. También, como quien no se da cuenta, con la presencia discreta y callada de Paquita, testigo incondicional de sus cuitas, inició una severa inclinación al coñac, a los cigarrillos y a pasar largos ratos suspensa y lánguida.

Carmen aceptó resignada el traslado, pero no quería someterse a llevar una vida plana y mucho menos disfrazarse de dama provinciana, recatada e insípida, aunque la que más y la que menos tuviera su trastienda: tenía que ser ella, distanciarse, evidenciar que era una mujer de teatro, de farándula, de arte y espectáculo. Con ayuda de su inseparable Paquita, en las revistas de moda, cine y teatro, estudió a las mujeres que más le impresionaban, las peligrosas mujeres fatales que representaban Veronica Lake, Zsa Zsa Gabor, Lauren Bacall, Marlene Dietrich y, sobre todo, su preferida, la incomparable Greta Garbo. Fue al cine a verlas en acción, a estudiar sus gestos y ademanes, sus vestidos y sombreros, sus zapatos… Y así de la crisálida que era Carmen Rivas emergió doña Carmen. Esta doña Carmen, madura y bella, era la que cortaba la respiración e intimidaba a conocidos y desconocidos, ricos y pobres; esta doña Carmen fue la que enamoró al joven Cosme Vidal.

Sobre la imagen: Greta Garbo y Marlene Dietrich. Imagen tomada de Infobae.

©Alfonso Cebrián Sánchez

Esta es una obra de ficción. Los hechos y personajes son fruto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

 

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3 respuestas a “De Carmen Rivas a doña Carmen”

  1. Sigo aquí, leyéndote, amigo mío. ¿Sabes que tengo una buenísima amiga que se llama Carmen Rivas? Un abrazo enorme.

    1. ¿No será actriz y todo eso? Gracias, querida amiga. Un abrazote.

      1. Noooo, aunque a veces… Otro grande para ti.

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